Batalla perpetua, conflicto constante
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Cuando en el año 2006 tomé conocimiento de la polémica que había desatado la carta de lectores que Oscar del Barco envió a la revista “La Intemperie” de la ciudad de Córdoba, me sentí absolutamente atraída por la profundidad y originalidad de los argumentos de Del Barco y me puse rápidamente de su lado.
Sintetizar aquí los postulados de su carta y de su voluminoso libro sobre el “No Matarás” no sólo excede a este post sino que desviaría al texto de mi propósito. Lo menciono sencillamente para explicar que en ese “No Mataras” (que pretendía ser un modo sorprendentemente valiente, inesperado y arriesgado de pensar la militancia de los setenta de parte de uno de sus integrantes) yo vi un modo definitivo de asumir las consecuencias de una acción, un arrojo al momento de reconocer errores y entender que esa aceptación equivalía a una supresión de sí mismo y un modo de pensar ciertas ideas más allá de la relatividad de las coyunturas, que me subyugaron porque nunca pude sentirme cómoda en ese mundo de las responsabilidades diluidas, del “crepúsculo del deber” y de la relativización de todo acto, que expresaba el menemismo.
Pero una de las cosas más sorprendentes y bellas que tienen las lecturas es que nos atrapan en determinados momentos de nuestras vidas y que podemos pensarlas de maneras diferentes cuando nuestra realidad cambia y ponemos a prueba nuestras creencias .
El “no mataras” de Del Barco suponía un respeto y una sensibilidad hacía mi enemigo político que me inhibía frente a cualquier daño que pudiera realizarle. La muerte, pensada dentro de la lógica de los años setenta, era un camino extremo pero rápidamente accesible para el militante de izquierda que quería destruir a la oligarquía, a la derecha, al poder militar. La reflexión de Del Barco ( que aquí estoy minimizando) nos llevaba a ver a nuestro enemigo desde un lugar tan humanista, tan respetuoso de su integridad como sujeto, que yo debía superponer su humanidad por encima de cualquier contienda que pudiera llevar adelante, a tal punto que la noción misma de enemigo desaparecía. Este razonamiento se alejaba de la idea de política pensada como guerra, ya que, aunque se trate de una guerra simbólica, la lógica del asesino siempre está presente.
Cuando irrumpió el conflicto con el sector agropecuario supe que el pensamiento de Del Barco había sido desmoronado por la propia realidad.
“Una revolución es el acto mas violento que existe”, proclamaba Marx. En la Argentina del año 2008 no había tenido lugar ninguna revolución sino un hecho mínimo (aplicar retenciones a las exportaciones) que había despertado una reacción comparable a la implementación de la reforma agraria. Traduzco la frase de Marx: Cualquier cambio político, por minusválido que sea, es un acto violento o , al menos, un acto que es leído como violento por los medios, por los sectores que se verían afectados y que responden de un modo también violento.
Lo que más me hacia ruido en la exposición de Del Barco es que terminaba realzando la figura de la mansedumbre. El futuro estaba en manos de los hombres ( y supongo que mujeres aunque el machismo del filósofo cordobés merecería un post aparte) que no están dispuesto a pelearse con nadie porque toda pelea, todo conflicto puede derivar en la violencia. Del Barco construía una idea de sujeto imposible. Al menos plasma una idea de sujeto manso que yo no elijo ser porque la mansedumbre allana el camino a los predadores que quieren un mundo para pocos. La mansedumbre parece decirnos que como las revoluciones matan mejor seguir siendo un explotado como si los sistemas que no tienen resistencia no fueran cada vez más asesinos, como si quienes matan lo hicieran sólo porque hay otros que están dispuestos a matarlos y no por preservar su poder.
Vamos a bajar un poquito los decibeles porque tanto hablar de muerte puede llevar a algún distraído o apresurado a hacer alguna interpretación maliciosa, mucho más en estos días donde las susceptibilidades ya no se disimulan. Yo tampoco estoy de acuerdo con la violencia, ni con la represión, ni con tomar las armas para las causas más nobles. Yo también creo como Del Barco que cuando una idea política se militariza se reduce a la lucha armada y todas sus ideas y complejidades pasan a un segundo plano. También estoy convencida de que primero se mata al enemigo político y después al disidente que hizo la revolución con nosotros. Pero también creo, y este era el propósito de mi post, que el consenso es imposible. Al menos en la Argentina actual, sencillamente porque estamos atravesados por el odio.
La derecha antiperonista que pudo escribir “Viva el cáncer” odia desde esos días y ha enseñado el odio a sus descendientes. A Cristina Fernández se la odia. La enfermedad de Néstor Kirchner encendió de felicidad a sus enemigos. Prendemos la televisión, leemos el diario y allí hay odio. Yo no creo que nadie de la oposición se merezca la pasión del odio pero como kirchnerista no puedo ver a Elisa Carrió como a un sujeto que merece respeto, cuidado y consideración. La veo como a una persona que está cegada por el odio y la envidia. Veo a Julio Cobos asintiendo y aplaudiendo durante el discurso de Cristina Fernández en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso y me impresiona su cinismo. No me imagino un mundo donde podamos estar todos juntos en una actitud de acuerdo, de conciliación.
Es muy difícil darle la mano al que mancilló el cadáver de Eva o a la mujer que dijo “Los hijos de Ernestina de Noble son nuestros hijos”
El odio es irracional y es casi inimaginable suponer que puede ser atenuado alrededor de una mesa, usando buenos o malos términos porque, directamente, es imposible sentarse a hablar con alguien que envió cartas a las embajadas diciendo que vivíamos bajo un régimen de facto. Cuando se realizan esos actos y se los propagandiza y aplaude desde los medios se está realizando una acción casi idéntica a tomar un fusil. La respuesta jamás deberá ser violenta desde lo físico pero sí lo será desde lo simbólico, desde la contundencia de los triunfos o los fracasos, desde el lugar irreconciliable en el que ese sujeto queda en relación a la barrera que se animó a cruzar. Que la oposición desee el fracaso del país por un encono hacia el matrimonio Kirchner los ubica en un lugar donde el suelo se quiebra y nos observamos como seres que representan países, territorios, naciones, símbolos ,pasados que nos son ajenos.
Porque aquí entramos en otra versión de la consigna “Ni olvido ni perdón” yo no me puedo olvidar de quien es Gerardo Morales y no voy a perdonarle lo que está haciendo ahora. Las Madres y las Abuelas nos enseñaron por donde pasa la batalla y adhiero a sus métodos pero eso implica una nueva contienda: perseguirlos, recordar lo que pasó y buscar justicia. Carrió pedirá juicio político para la presidenta pero algún día muchos de nosotros vamos pedir que se enjuicie a Carrió, a Aguad, a Macri. Así se van a definir los conflictos en la Argentina, como nos denostaron Abel y Francisco Madariaga por estos días, restituyendo lo que nos sacaron, la identidad, la memoria, la historia el saber quienes somos.
Seré pesimista pero la solución al conflicto llegará cuando la balanza se estrelle con su metálico ruido hacia uno u otro lado . Algunos ganarán y otros perderán, algunos impondrán su proyecto de país a los otros, con fuerza, con contundencia, de un modo autoritario porque la derecha argentina no quiere un país para todos quiere un país donde pueda disfrutar de forma exclusiva y excluyente y permita que se derrame algún bienestar para los que no pertenecen a su clase. Porque nuestra supervivencia (la de los trabajadores, la de quienes vivimos del alquiler de nuestra fuerza de trabajo, sea intelectual o manual) depende del fracaso del proyecto de la derecha. No del acuerdo, de la conciliación, de la negociación con ella (hay que ser muy ciego para no aceptar que no quiere negociar sino imponer) sino de su fracaso.
Cristina Fernández lo entiende de ese modo por eso redobla una apuesta que le vale bastantes críticas.El problema es que el kirchnerismo no se tomó verdaderamente en serio esta idea (tal vez porque no es políticamente correcta) Para vencer a la derecha hay que crear un poder que sea más fuerte que el que ella posee. Queda claro, no estoy hablando de poder militar sino de haber trabajado en concientizar al pueblo en el proyecto que se estaba llevando a cabo, en haber puesto más energía e inteligencia para dar la batalla cultural que creará sujetos autónomos a los que no se les pueda vender una ideología que no responde ni a sus intereses ni a su felicidad.
Michel Hardt y Antonio Negri afirman en “Multitud”que “Una guerra dirigida a crear y mantener el orden social no tiene fin” Esto es lo que la derecha mundial viene haciendo desde los comienzos de la historia. Ellos nunca ceden, nunca descansan en su batalla cultural, económica, simbólica, material, existencial, se la toman en serio, no son mansos. Se trata entonces de entender que el bienestar del pueblo también es una batalla cuya preservación no termina nunca.
Lo que no me gusta II
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Hace unos meses escribí un post donde explicaba por que no me gusta José Natanson y después de leer su nota del domingo pasado en Página/12 confirmo mi desagrado
El primer error que comete es estructurar la presentación de las tres principales propuestas progresistas de la pos dictadura bajo la forma de clivajes. Será muy políticamente correcto desde la lógica de las ciencias políticas pero la mirada binaria es insuficiente. Un clivaje es una línea divisoria que un proyecto político establece para pensar la realidad. Se trata de un simplificación tan absoluta y autoritaria que si se la piensa aisladamente, como hace Natanson simplifica la escena política de un modo brutal .
Raúl Alfonsín no fue sólo la confrontación entre democracia o dictadura. O lo fue en su sentido extremo cuando el conflicto lo ponía contra las cuerdas. En realidad el principal desafío de Alfonsín fue querer unir el liberalismo con la democracia, dos componentes que pocas veces pudieron aceitarse en nuestra realidad política. Su límite fue no encontrar un armado económico eficaz que le diera fortaleza para sostener sus enfrentamientos con los sectores de poder.
El Frepaso fue una experiencia que fácilmente puede pensarse bajo el clivaje corrupción-transparencia porque se trataba de un proyecto político llamativamente débil que sólo existía para cuestionar al menemismo y canalizar el malestar que se observaba en la sociedad hacia el presidente riojano. Si puede pensarse bajo ese clivaje es, justamente, por su debilidad. Siendo más estricta, se trató de un producto de la telepolítica y su límite lo encontró en la realidad. Cuando fueron gobierno no les alcanzó con medir bien en un programa político, su inoperancia se volvió insostenible. Pensar bajo el concepto de clivaje es someterse a las normas mediáticas de la política porque esa consigna binaria es fácilmente asimilable por los medios.
Cuando llega al kirchnerismo Natanson encuentra varios clivajes, lo que podría explicar la negación del clivaje en sí. En realidad, como en el caso Alfonsín, se recurre al clivaje cuando el conflicto llega al extremo porque siempre que existe polarización existe también una simplificación del conflicto.
Una herramienta que utiliza el proceso de despolitización que vivimos es desvirtuar el conflicto bajo el nombre de clivaje. Al ser tan esquemático es menos interesante y se vuelve excluyente porque se lo presenta de una forma violenta donde el ciudadano siempre está afuera, como espectador de una disputa entre sectores de poder (tal como le gusta presentarla a la izquierda paleolítica) y no como un tema que los involucra. Describir un conflicto como la confrontación entre el gobierno y los productores agropecuarios no es lo mismo que definirlo como un conflicto sobre la soberanía alimentaria, sobre un proyecto de país agroindustrial, sobre la preservación del mercado interno. Allí el ciudadano ocupa un factor central, no está en la platea de un partido de tenis. Cuando los medios dicen que ese conflicto que instala el gobierno no le interesa al ciudadano de a pie está cometiendo un acto de cinismo. El conflicto debe ser presentado, tanto por el gobierno nacional como por el periodismo (mucho más si el gobierno no lo hace) como un conflicto que involucra a toda la sociedad en función de su supervivencia. En ese caso específico quien logró involucrar a la ciudadanía fue la Mesa de Enlace imponiéndole una conflictividad que no les pertenecía. La renta extraordinaria sin retenciones va a parar al bolsillo de unos pocos.
Para Natanson el error del gobierno en el conflicto con los productores agropecuarios fue presentarlo dentro del clivaje pueblo-oligarquía.Por supuesto que un clivaje de estas características no puede ser eficaz en un país que ha perdido totalmente la idea de pueblo pero, quedarse en este comentario podría implicar que la preocupación por recrear ese concepto no es válida. En este sentido aunque se haya instalado de manera desprolija, la palabra pueblo volvió a ser utilizada desde el gobierno de Néstor Kirchner sin vergüenza, de hecho Cristina Fernández la pronunció en su discurso de asunción. A veces la complacencia extrema que algunos periodistas tienen con la sociedad los lleva a negar los errores que ésta comete. Si el pueblo se identificó con la oligarquía en el conflicto por la 125 se equivocó y eso hay que señalarlo, como se equivoca cuando le brinda su apoyo a Julio Cobos. Estas cosas hay que decirlas porque aunque el gobierno nacional haya presentado el conflicto de una manera equivocada eso no justifica tan grosero error de la ciudadanía. Sino se estaría pensando a la población desde un lugar muy pasivo, cristalizándola en una expresión carente de decisión propia, de autonomía, negándole toda posibilidad y capacidad.
Natanson, en la recta final de su nota, termina reconociendo que lo que él observa como ineficacia K es en realidad la ficción de sus clivajes. Ellos buscan instalar un clivaje que no se corresponde con la realidad. Este es el lugar común de la critica que busca descalificar al kirchnerismo: convencer a la sociedad de que las gestas que ellos deciden realizar son falsas, no hay que creerles, por lo tanto, no existen. Lo que no existe es ni un gobierno ni una persona absolutamente coherente. Si el gobierno busca volver al mercado de capitales no quiere decir que la épica instalada con las retenciones sea falsa. Retenciones aplica un país como Estados Unidos que está lejos de ser comunista. El propósito mediático es pensar a los sujetos como seres de una sola pieza y si esa prueba no se cumple entonces son mentirosos, incoherentes u oportunistas. Lo que cuenta en las personas es el nivel de riesgo de su acción, la capacidad que tienen para llevar a fondo un proyecto más allá de los obstáculos y las batallas que tienen que librar, su fortaleza para no retroceder, para no amedrentarse. Después todos, hombres y mujeres con o sin poder nos equivocamos, tenemos flaquezas y también somos capaces de cambiar. Si se piensa la política desde la lógica binaria o sos blando o sos negro. Si sos gris ya sos una falsificación.
A mi me parece mucho más mentirosa esa lógica que piensa a los Kirchner como seres enclaustrados, tiránicos, necios. No creo que a la Argentina la haya sacado de la peor crisis institucional de su historia solo una persona. Creo que se necesitaba un líder y Néstor Kirchner lo fue pero seguramente deben haber sido muchos los que opinaron, pensaron y aportaron para que todo funcionara. Si no fue así hace bien en no pedir opinión, porque si es tan genial ¿para que va a dejar que los demás se inmiscuyan? Mi lectura del gobierno de Néstor Kirchner fue la de un Presidente que tuvo mucha capacidad para cambiar cuando una medida no tenía aceptación o cuando la realidad social pedía otra cosa. Un ejemplo fue el caso Blumberg.
Mi mayor rechazo al texto de Natanson se encuentra en su afirmación de que es Cobos quien instala el clivaje más inteligente al definirlo como consenso-conflicto.
La crítica que le hago al texto es que su autor no señala que ese clivaje es absolutamente falso en la boca de un vicepresidente que con su actitud opositora no hace más que acentuar lo peor del conflicto. Él no es un hombre de consenso sino de claudicaciones. Su “voto no positivo” no fue un aporte a la paz social sino una declaración de guerra al kircnerismo. Fue la mayor crispación que se pueda encontrar. Su motivación se fundamenta en su debilidad ante el poder económico y en el narcisismo de aprovechar el momento en que todos los ojos estaban puestos en él para provocar un golpe de efecto (su voto fue también un gran show mediático con la actuación de un dilema moral incluido) El consenso es posible si todos los actores en disputa están dispuestos a perder algo para que la nación gane. El sector agropecuario jamás cedió, ellos lo quieren todo a su medida, el gobierno hizo muchísimas propuestas y cambios pero no está dispuesto a sacrificar la decisión de fondo.
Margarita Stolbiszer se está acercando a Cobos y está siendo asesorada por un hombre muy inteligente llamado Marcos Novaro. La estrategia es mostrar a Cobos como la figura que garantiza la institucionalidad de la argentina frente a los abusos K.El límite que los Kirchner se estaban buscando. ¿Y quién le pone límites a Cobos? Alguien que no cumple con su rol de vicepresidente, que traicionó un proyecto político puede ser mostrado como la garantía de institucionalidad sólo porque reina la confusión. A los Kirchner se les pide que todo el tiempo hagan corresponder sus palabras con sus actos y sus actos con su pasado (lo que implicaría casi la perfección) y a la oposición (Cobos incluido) se la describe con la más absoluta indulgencia. Lo que dicen no se sostiene ni con lo que hacen ni con su pasado pero todos callan porque al momento de hablar de la oposición pareciera que son seres surgidos de un presente permanente. Son sólo lenguaje inmediato. No están situados ni tienen historia.
La vedetización de la política
Si algo me preocupa por estos días es que la necesidad de llamar la atención de los políticos es más importante que la política misma.
Julio Cobos aprovecho el momento en que todos los reflectores lo enfocaban para tomar una decisión que responde a intereses políticos sobre los que ya hablé en su oportunidad, pero también por una razón más superflua. Sabía que de ese modo lograría un protagonismo que jamás hubiera conseguido si su voto hubiera sido a favor de la 125.
Pino Solanas cuando tuvo la oportunidad de debatir en TN con los otros candidatos a diputados por la ciudad de Buenos Aires eligió golpear más duramente a Carlos Heller con quien tenía más cercanía política. La estrategia de Solanas fue disputar el voto progresista. De ese modo estableció una discusión mezquina en la que se encolumna toda la izquierda. Si el kiosco del progresismo K esta por fundirse vamos a aprovechar para acaparar a sus clientes, piensa Solanas con una lógica más de comerciante que de estadista. Luis Zamora explicó su participación en las últimas elecciones desde el mismo razonamiento: nos presentamos porque el kirchnerismo está en crisis. No dijo porque le tememos al avance de la derecha, su planteo es: solamente podemos conseguir votos si el kirchnerismo pierde adherentes.
Elisa Carrió es la abanderada de este recurso. Existe políticamente en la medida que puede producir escándalos y su intervención es exclusivamente mediática. Los periodistas que lanzan suspiros extasiados al observar la vida política chilena y uruguaya se ocupan de invitar a sus programas, de darle prensa, micrófono y cámara a estos políticos del escándalo y no a los personajes moderados que busca crear acuerdos y apoyar las medidas de gobierno que les parecen favorables para la ciudadanía. Estoy segura de que Martín Sabatella mide mucho menos que Pino o que Margarita Stolbizer, ahora bastante tranquilizada después de su alejamiento de Carrió, ha recibido menos invitaciones a los programas. El cinismo que ya ha dejado de lado pudores, exalta la convivencia democrática, la integración y el consenso pero recurre propagandísticamente a los apologistas del caos, el desastre y la crisis. Cuanto más se critica al gobierno, cuanta más virulencia se usa para calificar a la presidenta más tiempo de pantalla se obtiene.
Todos hemos sido testigos de las acusaciones que tienen que sufrir políticos como Macaluse, Raimundi o Sabatella de parte de los periodistas de TN, después de haber acompañado una política de gobierno, ni que hablar del mecanismo de desgaste psicológico que sufre Daniel Scioli al escuchar varias veces al día que es sumiso y servil a Néstor Kirchner. No hay que ser muy sagaz para darse cuenta de que lo que están buscando es que un día el gobernador de la provincia de Buenos Aires se levante con los pájaros volados y se subleve contra el supuesto tirano.
Aquí ocurren dos cosas que me interesaría señalar. Por un lado la oposición (entre la que se encuentra el grupo mediático más importante del país) sabe que no tienen una propuesta superadora al kirchnerismo y que si el kirchnerismo, pese a todo, sigue concretando logros imperfectos pero logros al fin que mejoran la vida cotidiana de la ciudadanía, ellos tienen que resignarse a mirar la película desde afuera. Lo único que les queda es destruir, ningunear y tratar de cambiarle el sentido a lo evidente a través del discurso. Decirle al pueblo argentino: ustedes creen que están mejor pero todo es un desastre ¿o acaso piensan que vamos a salvarnos de la crisis mundial? ¿O son tan tontos que no se dan cuenta de que nosotros no podemos estar en el G20, que no podemos ser un país emergente?
Pero ocurre algo tal vez más preocupante ideológicamente que es el imperio del individualismo. Cuando Pino Solanas decidió confrontar con Heller para lograr su segundo puesto como diputado eligió el camino que más le convenía a él pero no el más conveniente para el país. Pensó en términos individualistas y dejó de lado la idea de nación, camino idéntico al de Cobos. Cuando un político ocupa un cargo al que llega por el voto popular está representando a ese colectivo, no es una individualidad. Es un ser autónomo, por supuesto, porque la autonomía es una condición esencial de la subjetividad, pero su cargo lo inviste de una entidad que lo convierte en un colectivo. Hoy leí en el diario Miradas al Sur que Marcos Novaro argumentaba que Cobos no era un traidor porque representaba a ese sector de la ciudadanía que había votado al Kirchnerismo y que después se desilusionó. Es una justificación más inteligente que la que suele escucharse pero no es válida. Los que votamos a Cristina Fernández sabíamos muy bien cuál era la política que el gobierno venía implementando hacia el sector agropecuario. Además el razonamiento de Novaro supone que el político debe ir con la corriente que le dictan las masas sin pensar que estas pueden estar equivocadas o, suponiendo que esos sectores sociales piensan con total independencia, no están siendo inducidos por sectores políticos que quieren perjudicarlos.
Estas decisiones aportan a la desideologización, aún cuando sus principales actores sean personas como Solanas, con una fuerte formación política, aunque parezca increíble se comporta como un menemista porque justamente, fue el menemismo el que nos dio la libertad de ser individualistas sin culpa, la irreverencia para poner nuestros intereses más mezquinos por encima de las causa más nobles y eso es lo que mucha gente festeja tanto en Cobos como en Pino, esa ausencia de culpa para desentenderse por el otro, por lo social, por el país, porque todo eso pesa, es una carga que molesta y es mucho más fácil andar más livianos por la vida. El otro siempre es un problema.
Hace unos días leí una vieja entrevista a Nicolás Casullo donde proponía una tesis que a mí me resultó muy inspiradora. Casullo consideraba que la sociedad argentina sentía culpa por los años de la dictadura, por haber sido permisiva, por haber mirado para otro lado y que le molestaba que el kirchnerismo volviera a instalar el tema porque no dejaba de sentirse juzgada, de tener que empezar a preguntarse ¿qué hice yo en esa época? Nunca lo había pensado pero creo que parte del odio hacia el Kirchnerismo tiene que ver con haber vuelto la vida más densa, más real, más compleja, cargada de conflictos, de sentidos, de realidad, de épica. Algunos quieren, como en la obra de teatro “Calígula” seguir con su vida mediocre pero sin ser consientes de su mediocridad. No pensar, detestan a esas personas que los obligan a tomar conciencia, a hacerse cargo del pasado. No se quiere ni siquiera recordar que hubo una crisis aplastante y que salimos de ella gracias al kirchnerismo, hay personas de a pie que hacen un gesto de fastidio cuando uno les señala este dato irrefutable y hay muchos políticos y periodistas que dicen: No hablemos del pasado sino del presente. ¿En la política nueve años son el pasado? Tener una historia es algo molesto, mejor creer que somos recién nacidos, que somos esos personajes de las series que viven en un presente permanente y todo lo pueden, que el otro no es un límite ni un problema, que podemos hacer lo que se nos da la gana.
Política y ley
La conflictividad que estamos transitando en torno a la destitución del Presidente del Banco Central se lee en el idioma de la relación entre política y legalidad.
La acción política requiere de estrategias. Cristina Fernández se instala en esta batalla sostenida en la razón: La política económica la dicta la Presidenta, por lo tanto Martín Redrado debe acatar sus directivas. La independencia del Banco Central se funda en una suposición desmentida por la realidad. Que los gobiernos son insuficientes para garantizar una estabilidad monetaria y que la autarquía del Banco Central (que es en realidad una dependencia de los centros económicos mundiales) permitiría su sostenimiento monetario. Las grandes crisis latinoamericanas tuvieron lugar bajo esta reforma de la carta orgánica de dicha institución (incluida la última crisis argentina del 2001). La presidenta entonces considera que esta formulación no tiene validez y actúa como si no existiera. Esa reforma que el kirchnerismo no se animó a hacer (reconocido esto por el mismísimo Néstor Kirchner) es actuada por la presidenta, establecida de hecho.
El problema es que en política no alcanza con tener razón. La razón y la ley valen en función de una estrategia. Para la oposición es un avasallamiento a las instituciones que Cristina Fernández haya echado a Redrado pero no lo sería (o no se animarían a plantearlo) si la presidenta tuviera el 80 por ciento de popularidad. Nadie cuestionó el uso de las reservas para pagar la deuda que realizó Néstor Kirchner en el 2005 porque era difícil oponerse a un presidente legitimado por las urnas. Con esto quiero decir que para declarar ilegal una medida no basta con la objetividad de la ley sino con las relaciones de fuerza y una estrategia que haga posible su aceptación en el terreno de lo judicializable. De hecho la celeridad de la jueza Sarmiento demuestra que la justicia está embebida en estas relaciones de fuerza y responde según ellas.
En este mismo sentido podríamos decir que el desempeño de Julio Cobos es contrario a la constitución y en realidad lo es, él no cumple con el rol que la carta magna le designa al vicepresidente. Usa los beneficios cargo para hacer política opositora. Sin embargo nadie le hace juicio político. ¿Por qué? Porque como goza de buena imagen en la ciudadanía, el oficialismo no se anima a lanzarse a una cruzada que lo desgastaría y tiene todas la de perder, con el riesgo adicional de sumarle popularidad a partir de su victimización. Como saben que la oposición y los medios saldrían a respaldarlo prefieren poner las energías en otro frente. La legalidad, por la que toda la oposición se rasga las vestiduras, existe en la medida de su oportunidad, de su conveniencia y de sus relaciones de fuerza.
Una oposición que carece de propuestas y de capacidad de gobierno (como lo demostraron y lo demuestran en generosos ejemplos) tiene en la judicialización de la política su arma por excelencia. Ellos son especialistas de la denuncia y si algo demuestra la política es que la ley es arbitraria, que está sostenida en producciones de verdad que responden a una construcción de poder.
Voy a ser más clara: se judicializa al que pierde no al que gana. El que tiene que sufrir el peso de la ley es, la mayor parte de las veces, el que está en una condición de vulnerabilidad. Los crímenes de guerra existen para el bando de los vencidos, nunca para el de los vencedores.
No estoy queriendo decir con esto que los Kirchner sean perdedores, de hecho considero que este es un gobierno muy fuerte pero los Kirchner se han debilitado en su popularidad, han sufrido bajas en cuanto a sus aliados y se enfrentan claramente con una oposición desestabilizante que tiene como fuerte respaldo en grupos de poder que el kirchnerismo ha puesto claramente en el lugar de enemigos. En un mapa como este hay que actuar con cuidado.
Otro elemento importante es como se utiliza esa supuesta “rebeldía institucional” para la construcción de la imagen política. Cobos y Redrado buscaron protagonismo del mismo modo: Desafiando, desobedeciendo a los Kirchner. Los dos lograron obstruir una decisión de gobierno. La base del desgaste es frenar cualquier iniciativa del poder ejecutivo (no importa si es mala, buena o regular) para generar la sensación de una presidenta débil que no gobierna. El discurso mediático convierte a estos personajes en héroes porque se sublevan ante la tiranía de los K. Nuevamente contribuyen a uno de los rasgos ideológicos fundamentales de la derecha: el individualismo. La conveniencia personal se coloca por encima de los intereses del conjunto y la ciudadanía parece reivindicar este funcionamiento. Se festeja la astucia contra la solidaridad y se pagará un altísimo costo por este suicidio como sociedad.
Esto ocurre, en gran medida, porque la política se personaliza. La figura de Cristina Fernández provoca irritación en las clases medias y altas entonces todo se convierte en un gran culebrón donde Elisa Carrió es una villana de novela y el público, contrariamente con lo que ocurre en el teleteatro de la tarde, se identifica con la malvada.
Más allá de la discusión sobre las reservas, el Fondo del Bicentenario o la autarquía del Banco Central, lo que queda claro es que todos estos datos son excusas al momento de conspirar contra los Kirchner. Sirven como herramientas a utilizar cuando la oportunidad brinda una hendija para desgastar al gobierno. La ley es usada para cometer la ilegalidad mayor: buscar que las decisiones de estado las tomen aquellos funcionarios que no han sido votados por nadie. Bajo estas condiciones Redrado tiene más capacidad de decisión que Cristina Fernández.
La sociedad está mostrando un nivel de permisividad preocupante frente a las conspiraciones de la oposición. Digiere la sobreactuación de un Redrado o un Gerardo Morales con una complacencia desconcertante.
La contribución de varios periodistas por estos días, de explicar cuando se estableció la independencia del Banco Central, bajo qué condiciones y estrategias, quienes fueron los redactores de sus artículos (Cavallo y Martínez de Hoz) sirve para pensar la ley bajo un devenir político porque el discurso mediático mayoritario en alianza con la oposición, buscan instalarla como un valor absoluto que no responde a relaciones de poder e intereses de un momento histórico determinado, sino a una idea de verdad incuestionable, casi divina, que pareciera estar fuera de toda discusión.
Uno de los grandes argumentos de los golpes de estado, sean brutales o sofisticados, es revestir de ilegalidad al poder de turno. La oposición de derecha (y algunos progresistas destemplados) buscan erguirse como los guardianes de la constitución. No falta mucho para que se sostenga que Cristina Fernández entró de prepo a la Casa Rosada, recordemos que Carrió y Alberto Rodríguez Saá hablaron de fraude en las últimas elecciones presidenciales. Lo que el oficialismo debe evitar es llevar la confrontación política al terreno de la disputa por la veracidad del valor de las leyes, debe construir su sustentabilidad política en otro terreno, no por ser ilegales, sino porque la política no es solo sujeción a las leyes sino, fundamentalmente, construcción de realidades nuevas, creación de posibilidades, transformación social, situaciones, todas estas, que pueden llevar a cambios y mejoras en las leyes, a demostrar que ciertas normas responden a estrategias de un modelo que fracasó y que hoy en día no nos representa , o al menos algunos no queremos, que nos defina como sociedad.
Kirchnerismo y dinero
En las discusiones sobre política y kirchnerismo surge siempre un tema, un argumento de parte de los detractores del gobierno nacional: Los Kirchner son millonarios y, más descalificador aún, hicieron su dinero a costa del estado. La discusión sobre la corrupción reduce la política a un fenómeno delictivo donde todo se explica y se enuncia desde es lugar.
El problema de la corrupción ocupó un protagonismo central en la política de los noventa. Principalmente porque el gobierno menemista era claramente corrupto y, en un orden no menos importante porque el periodismo encontró su razón de ser en la denuncia de los delitos del estado. Este mecanismo enunciaba una realidad donde el funcionario de turno era un ser sólo motivado por la necesidad de enriquecerse. Llegaba entonces el periodista, como una suerte de justiciero quien a partir de la cámara sorpresa o de mecanismos emparentados con la investigación develaba el delito y le decía la verdad al espectador. Ese ciudadano sentado en el sillón de su casa veía las pruebas desplegarse con contundencia en la pantalla pero no veía jamás sus consecuencias. La denuncia era posible porque la impunidad estaba garantizada. Es decir, los dos mecanismos iban juntos, no había diferencias entre uno y otro. El periodismo de investigación no venía a oponerse al poder sino que era posible porque su investigación no iba a derivar en un enjuiciamiento sino en un hecho bastante diferente. El fenómeno de está mecánica tenía su explicación en el escepticismo que generaba en el ciudadano espectador. Al ver que nada cambiaba el desencanto lo invadía. La realidad no es un espacio en el que yo pueda intervenir. Si estos periodistas expusieron sus pruebas frente a los ojos del todo el país y nada cambia esto es irremediable. Los caminos que quedaban eran o resignarse o ser igual a ellos.
La corrupción es un gran espectáculo y un gran negocio para el periodismo. Esto no es pura especulación intelectual, lo he visto con mis propios ojos. Al ocupar el lugar de justicieros los periodistas se ganaron el “afecto de la gente”. Cuando ya no se podía creer en nada, cuando no había ideales ni políticos confiables, el único resabio era el periodismo. Así su carisma, su rol de incuestionables fue creciendo. De este modo se construyó su autoridad.
Como soy walshiana sigo creyendo que ese periodismo de investigación al que cualquier estudiante de comunicación le hace un altar, es un camino seguro a la clandestinidad si se ejerce de forma independiente. Cuando veo que grandes editoriales y grandes medios sostienen investigaciones para desenmascarar al poder (que en su boca siempre es el gobierno de turno) entiendo que algo raro pasa. O ellos se han convertido en un poder más poderoso que el gobierno (algo que ya comprobamos que es verdad) o ese mismo gobierno es el que le provee de información con una clara estrategia internista (algo que en los años menemistas pude comprobar con deslumbrante transparencia). Con todo esto quiero decir, aunque a esta altura tendría que ser algo sabido por todos: Las denuncias de corrupción hechas por el periodismo nunca son realmente contrarias al poder sino que son funcionales al poder mismo. Si no fuera así, si se tratara de un Rodolfo Walsh del siglo XXI, terminarían en una zanja. Les recuerdo que Walsh tuvo que vivir en la clandestinidad para escribir “Operación Masacre”, ningún medio le quiso publicar esa investigación, jamás trabajó en un medio importante y terminó desaparecido.
En los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner hubo un romance entre la sociedad y su presidente. Esto fue absolutamente nocivo para el periodismo. Un presidente venía a quitarles su popularidad. Entonces reapareció la corrupción kirchnerista con algunos casos que todos recordamos. Pero ¿cuál es la diferencia fundamental con el menemismo? Que cuando hay política no hay corrupción o al menos ésta se atenúa y cuando hay corrupción no hay política.
La corrupción implica que el aparato del estado es una mera formalidad y que las decisiones se toman en otro ámbito, a espaldas de la ciudadanía, que los distintos sectores sociales no interfieren. No cuentan las relaciones de fuerzas sino los negocios. Kirchner abrió el juego político, la realidad volvió a ser el escenario por excelencia. Su discusión con julio Nazareno fue pública. Cuando la política se desarrolla de esta manera el espacio para la corrupción se reduce aunque no desaparece porque el poder en sí mismo es corrupto.
Comparemos el voto por la ley de flexibilización laboral durante el gobierno de Fernando De la Ría y el voto por la resolución 125 durante el gobierno de Cristina Fernández. En el primer caso las coimas, la Banelco fueron posibles porque no había política, es decir, no existía la capacidad de negociación, de acuerdos, tampoco existía la realidad plagada de actores políticos que pudieran incidir en el voto de los legisladores. Había marketing, la vacuidad de Antonio de La Rúa haciendo discursos, entonces sólo quedaba la plata. Los compramos y sacamos la ley. En realidad lo que la Alianza quiso hacer fue copiar al menemismo pero como no entendieron sus mecanismos terminaron construyendo su propia tumba. El menemismo era la ausencia de política como estrategia con una base política sólida. La Alianza era directamente la falta de política sin estrategia.
Durante las negociaciones por las retenciones móviles el gobierno no podía comprar diputados. Y aquí quiero aclarar una cosa. No se trata de políticos honestos o corruptos, más allá de que existen personas más nobles que otras. Se trata de poder o no poder, se trata de condiciones de posibilidad. El gran error cuando se habla de corrupción es pensarla desde las intenciones. Esta fue la gran simplificación de los noventa. Busquemos políticos honestos y la corrupción se termina. Gran error. Lo que hay que construir son mecanismos políticos. ¿Por qué Menem no cayó por su propia corrupción? ¿Por qué pudo terminar sus dos mandatos sin climas destituyentes? Porque él nunca fundó su gobierno en una promesa política. Él se encargó desde el primer momento de demostrar que la palabra no valía absolutamente nada, que era inconsistente y que no tenía nada que ver con los hechos de gobierno. Kirchner, por el contrario, desde su discurso de asunción vinculó la palabra política con la acción. Allí el político genera un compromiso con la ciudadanía mucho más arriesgado porque si la población no observa esta correspondencia le quita el apoyo y lo deja en una zona de más fragilidad. Por ejemplo, si Perón hubiera perdido el apoyo popular hubiera desaparecido su identidad, se habría derrumbado. Otro político que no construya su legitimidad desde el apoyo popular podrá sobrevivir mejor sin él.
La despolitización tiene entre sus principales herramientas a la corrupción como idioma desde el que se lee la realidad. La política se reduce al delito. Hay que desenmascarar al delincuente, hay que encontrar el delito para conocer la verdad. El periodista, que actúa como operador fundamental en este sentido, necesita encontrar el caso de corrupción que desate el escándalo. Podría elegir otros caminos, podría, por ejemplo, ocuparse de brindar nuevos elementos para leer la realidad y también podría informar. La confusión es un recurso esencial para construir el estado de corrupción. Todo debe ser sospechado. “Detrás de esta medida de gobierno debe haber algún negociado”, se le escuchará decir a cualquier vecino o compañero de trabajo. Sin pruebas, sin evidencias se refugian en lo que les dicta su sentido común, su práctica de haber digerido el discurso mediático.
Pero vayamos al tema que nos convoca: ¿Los Kirchner son corruptos? No lo sé. Alguna vez vi en los programas de Jorge Lanata (uno de los grandes responsables de la despolitización de la política. Alguna vez voy a publicar un artículo que ningún editor me quiso publicar por temor a enemistarse con Lanata, explicando por qué creo que es el paradigma del periodista posmoderno y, por qué considero que es un menemista en su forma de pensar y exponer la realidad aunque él se declare anti menemista), decía entonces que vi programas de Lanata donde se creaban sospechas sobre los Kirchner donde no se exponía una sola prueba. El razonamiento era: Lanata es confiable por lo tanto los políticos no lo son. Recuerdo muy bien que después de un programa donde se enunciaba las propiedades que los miembros del gabinete tenían en Puerto Madero fue Alberto Fernández al programa y le dijo que su patrimonio no tenía nada que ver con lo que ellos había expuesto y que él no tenía las propiedades que allí se mencionaban. Lanata se quedó callado y jamás se aclaró esa situación, lo que me lleva a pensar que se carecía de una sustentación para esas acusaciones.
Yo me defino como Kirchnerista, si yo supiera que los Kirchner son corruptos no sería complaciente. Odio la frase” roban pero hacen”, con la que muchas veces me han disparado en varias discusiones. Esa frase supone una resignación sobre la que no se puede construir una política nueva, inédita, inclusiva como la que yo sueño. Si los Kirchner llegaran a ser corruptos (una posibilidad que yo no niego ni afirmo porque entiendo que el poder en sí mismo tiene mecanismos corruptos y oscuros) yo no los voy a disculpar porque nos dieron la ley de radiodifusión (entre otras cosas) creo que cuando una persona delinque debe rendir cuentas como todo ser humano pero yo no podría reducir jamás el kirchnerismo a la corrupción y me niego a aceptar eso. El kirchnerismo es una experiencia política que mejoró la vida de millones de argentinos, que integró a jubilados, a desamparados, que nos hizo protagonistas de una nueva idea de justicia, que recuperó la política, el pensamiento y la acción entre muchas otras cosas. No estoy dispuesta a perder todo eso que no les pertenece a los K sino a todo el pueblo argentino por los errores de dos o tres nombres propios. Yo defiendo la realidad de una experiencia que nos hizo confiar en las posibilidades de nuestro país cuando creíamos que estábamos derrotados. Esa experiencia va más allá de las tierras en el Calafate. Insisto, no voy a disculpar ningún abuso de poder pero nosotros no tenemos que ser tan obtusos de negar todo lo que hemos avanzado por una cartera millonaria, debemos poner nuestras energías en apropiarnos de esta experiencia y profundizarla para que no se reduzca a las limitaciones de dos o tres nombres propios.
El subsuelo de la patria sublevado
En los últimos días escuché dos frases que, a pesar de su simpleza y, hasta podríamos decir, su evidencia, no dejaron de aportarme una cuota de luminosidad, una manera sutil de mirar lo real desde otra perspectiva.
La primera la dijo Rafael Bielsa en su programa “Café las palabras”, al hacer referencia a un personaje televisivo cuyo único mérito parece ser , ostentar el valor de sus relojes y los gastos desmesurados que realiza en una noche de juerga. Bielsa señaló: “A nosotros nos molesta porque venimos de una cultura política a la que le duele la pobreza”. Entendí que en ese nosotros no sólo incluía a sus compañeros de mesa de café, Artemio López y Eduardo Valdez sino al grupo (que imagino no muy numeroso) que cada viernes disfrutábamos de ese programa. Todos los días comprobamos que existen muchísimas personas a las que la pobreza no les duele. Los que venimos de una militancia de izquierda o peronista, muchas veces caemos en la ingenuidad de creer que ese es un estado natural de cualquier sujeto. Tal vez debería serlo pero no lo es. En estos momentos estoy leyendo un libro que se llama “Retórica especulativa” donde su autor, Pascal Quignard, sostiene que el hombre, ancestralmente, se identificó con el predador a quien temía y se volvió predador para no ser presa. Quignard, asegura con una escritura deslumbrantemente poética pero no por eso menos hiriente, que no hemos avanzado en nada, que negamos ese pasado, ese origen y que queremos taparlo pero permanentemente hacernos referencia a él. La característica del ser humano es que puede ser inhumano, escribió Primo Levi.
En momentos como este donde la falta de dolor hacia el padecimiento del otro resulta inexistente para buena parte de la población, lo que se pone en juego no es sólo una política de seguridad o inseguridad, sino una definición de cada uno de nosotros como sujetos.
Y aquí voy a sumar la segunda frase.
Estaba mirando el primer video que editó Página/12 sobre las clases de José Pablo Feinmann y, frente a una de las preguntas del auditorio, Feinmann arriesgó una hipótesis que no es muy novedosa pero que tal vez fue formulada de un modo que me despertó muchísimas ganas de seguir indagando en esa suposición y en sus consecuencias. Ante a la pregunta de si el marginado, el desclasado, el piquetero podía ser el nuevo sujeto social, Feinmann aseguró que eso era perfectamente posible y que por esa razón la clase media le tiene tanto miedo a lo que ella llama “los negros”. Esta sociedad no sabe que hacer con ellos, continua Feinmann, pueden tratar de aniquilarlos con el paco como hizo Giuliani pero no creo que pueda. La lectura de Feinmann es que aquello que los medios designan bajo el nombre de inseguridad no es más que la rebelión de los descalzados. Detrás del robo, de las ganas de conseguir dinero ( y esto ya corre por mi cuenta) estaría el deseo de vengarse de una sociedad que los desprecia, ese es el modo no organizado, no politizado de la revuelta, un modo que no puede contener a la izquierda sino que es sólo de ellos, de los desclasados, desplazados y oprimidos. “Eso sí, nos van a matar a todos”, sentenció Feinmann. En su odio, en sus ganas de venganza no van a diferenciarnos por ideologías.
Tal vez la derecha entienda esto con mucha más claridad que nosotros, con menos pudor, por eso llama a reprimir, por eso no siente piedad porque es su vida o la de ellos.
Si lo que Feinmann piensa fuera verdad el dilema como sujetos se multiplica. Vivir en una sociedad implica asumir responsabilidades y consecuencias. Ninguno de nosotros es inocente sobre la historia que construimos como país. Los crímenes de la dictadura, la masacre como nación que sufrimos en los noventa, la bancarrota del 2001, no pueden ser superadas sin que tengamos que pagar un precio, un costo como sociedad. Hemos herido a muchos seres humanos con distintas cuotas de responsabilidad. Pasar por una crisis profunda siempre deja alguna secuela. Aquí se pretende desligarse del pasado en cada nuevo trazo histórico. La ideología del olvido no sólo es desplegada por los represores o por Abel Posse para eludir consecuencias, es una estrategia a la que toda la sociedad argentina recurre cuando no quiere hacerse cargo de sus complicidades, de sus silencios, de su falta de solidaridad, de ese individualismo que demonizó a los piqueteros en cuanto el kirchnerismo le permitió a la clase media recuperarse.
Yo creo que si o que Feinmann supone es el destino que nos espera elijo cuidarme, elijo ser precavida, ser realista pero no elijo entrar en la lógica asesina que no propone la derecha como refugio. No podría irme a vivir a un barrio cerrado, no quisiera un micro mundo artificial, ficticio. No me interesa negar los riesgos de esta sociedad porque creo que vivir en sociedad, pertenecer a un país y a una historia implica riesgos. No acepté irme del país en el 2002 cuando la moda era irse, cuando lo lógico, lo políticamente correcto era irse porque creo, con el peligro de sonar ridícula, que no hay que dejar el país cuando las cosas están mal sino cuando se normalizan porque uno no abandona a su familia en plena tempestad. Pertenecer a este país y a esta realidad es una parte sustancial de mi vida y quiero asumirla con todo lo que esto implica. No se trata de inmolarse, ni de tomar una pose.
Algunas personas creen que merecen vivir una vida donde no existan los pobres, ni las amenazas, donde, como en el personaje de Capusoto, al menos ellos no los vean porque afean el paisaje. Pero tal vez se trate de otra versión. Tal vez ellos ven más descarnadamente lo que nosotros atenuamos con nuestro discurso progresista. Donde nosotros vemos a una persona a la que el sistema la ha despojado de oportunidades y busca en el delito una forma de supervivencia, ellos ven la guerra descarnada. Saben que lo que tienen es producto de esa desigualdad y quieren esconderse para que no se los quiten, para que no los maten. Hay una cuota de fatalidad en todo esto que vuelve al tema mucho más difícil de resolver porque la ideología del odio que la derecha propagandiza cada vez con más descaro es incontenible e inmanejable. Soltar el odio es como soltar una peste, se vuelve irracional, se vuelve contagiosa, se vuelve inmanejable y pierde toda estrategia. Es en sí misma, invade a los sujetos y puede ser incurable.
Carta Abierta a Néstor Kirchner
La política ofrece generosamente escenas que parecen creadas por un dramaturgo. No voy a hablar aquí de la espectacularidad de la política, porque sobre ese tema se ha dicho mucho, sino sobre su valor dramático, sobre esos momentos donde las pasiones se desnudan. El jueves en el congreso la oposición no podía disimular su alegría, su espíritu revanchista, la perversidad mostró todos sus colores, las miserias no discriminaron entre derecha e izquierda. Todo lo que estos variados sectores le criticaron al kirchnerismo, estaban dispuestos a reproducirlo en ese instante. Eran seres que se relamían cumpliendo el sueño que habían tejido con trabajosa y grosera envidia.
Si de crispar o polarizar el conflicto se trata, no cabe dudas que esa oposición ansiosa por iniciar la sesión, hizo mucho para convertir las diferencias en conflictos irreconciliables. No actuaron en función del electorado que, según ellos, quiere ver reflejado en el congreso el resultado de las urnas. Todo tuvo un único destinatario: Néstor Kirchner, o, para ser más precisos, el matrimonio presidencial.
Néstor Kirchner está destinado a ser protagonista en un territorio que no le es propio. El ex presidente no tiene perfil de legislador pero deberá aprender a serlo. No le será fácil convertirse en uno más pero podrá demostrar que en ese terreno, donde las disputas se dan cuerpo a cuerpo, él podrá desplegar su capacidad política. Somos muchos los que lo votamos y necesitamos que se adapte a este nuevo desafío.
Los análisis políticos que he leído en estos días no lo toman muy en cuenta. Se ocupan por afirmar que esta oposición es débil y esa foto del jueves 3 de diciembre quedará como el mejor de sus recuerdos. Yo coincido. La oposición que, en gran medida, quiso desgastar al gobierno, consiguió debilitarse y fue el oficialismo el que salió fortalecido en la contienda. Es el kirchnerismo el que tiene un proyecto, estrategia y militantes convencidos y fieles. Lo demás es un rencor disfrazado de republicanismo que no puede construir como en el caso de Pino Solanas porque la figura egocéntrica del líder todo lo deglute, que tienen sólo una política mediática, como en el caso del PRO.O que se aferra al traidor de turno con tal de volver al poder, como el radicalismo. Hay una mezcla entre el no querer de Elisa Carrió y el no poder de un Eduardo Duhalde que los dejan a mitad de camino pero, si de pasiones se trata, también habrá que decir que se nota que los golpes le duelen a Néstor Kirchner. Sus expresiones el día de la derrota electoral, como la tarde de su jura como diputado, le otorgan una humanidad que despierta otras lecturas sobre la política. Si Néstor Kirchner es un personaje político lo es, por sobre todo, porque lo hemos visto crecer, desplomarse y resurgir. Lo vimos en pleno poder, sacando a la Argentina de la peor crisis institucional de su historia, amado como una estrella de rock y también vimos el odio, el infortunio, descubrimos al hombre que se sentaba en San Telmo en una asamblea de Carta Abierta después de la derrota y pensamos que por más errores que haya cometido no se merece perder frente a Francisco De Narváez, no se merece lo que muchos, incluido grandes sectores del pueblo argentino, le están haciendo.
Yo también creo que Victoria Donda y Claudio Lozano (que son nuestros compañeros) se equivocan al pactar con el diablo pero realmente tengo más ganas de pensar en lo que puede ser Néstor Kirchner en el congreso si es capaz de olvidarse por un rato que fue Presidente y Gobernador y entender, sin nostalgia, que la historia lo ha puesto en un lugar extraño, tal vez insólito, en el lugar que le destina a los verdaderos políticos que es el de jugar en todos los frentes, el de tener muchas vidas, muchas perspectivas y encontrar allí nuevas estrategias. Las emociones que Néstor Kirchner no puede disimular hablan de un hombre que se ha decidido a encarnar un conflicto hasta las últimas consecuencias.
Nunca me gustaron los análisis personalistas. La política se observa desde la correlación de fuerzas pero también es verdad que la tragedia griega es una fuente fundamental de aprendizaje político. Sus autores eran grandes políticos y pensaban la realidad social y guerrera desde sus textos y la teoría política se ha alimentado mucho de la dramaturgia. En la literatura griega clásica los nombres propios son muy importantes. Los personajes épicos actúan frente a condiciones dadas, frente a oponentes pero sus particularidades son fundamentales. Néstor Kirchner es una figura que puede marcar una diferencia pero yo tengo mucho miedo de que esta pelea no le interese, que no se adapte, que no acepte ser uno más. El congreso poco tiene que ver con un cargo ejecutivo y han sido muchos los ex presidentes que no han tenido un desempeño muy aceptable allí pero también creo que Néstor Kirchner es un político clásico, es decir, un político que se constituye en el terreno de lo real y esta puede ser una posibilidad imperdible de mostrar su destreza política, de desarmar a sus adversarios en el laboratorio donde las fuerzas políticas se enfrentan. Así como pudo construir su legitimidad política con el 22 por ciento de los votos, dejar sin palabras a los que decía que era el chirolita o el Cámpora de Duhalde y protagonizar uno de los mejores gobiernos de la historia argentina (algo que la derecha, en el amplio sentido de la palabra, no va a perdonarle nunca) tiene que poder demostrar que ahora, después de perder las elecciones y de no tener una mayoría automática puede cambiar la correlación de fuerzas gracias a su talento político y al de muchos otros que lo acompañan, así va a convencer a todos aquellos que se han dejado engañar por el discurso mediático, que Néstor Kirchner no gobierna con la caja sino con una Virtud que sabe enfrentarse a la Fortuna.
Lo que no me gusta
por Alejandra Varela
No me gustan las notas de José Natanson en Página/12. Alguna vez me acerqué a sus textos con curiosidad pero desde hace unos meses me parecen un decálogo de lugares comunes disfrazados de erudición, de una pretensión de estar ocupando el lugar letrado, el análisis político de fondo del diario. Me parece, además que comete errores demasiado groseros.
Este domingo 22 de noviembre prometía escribir sobre la politización de Tinelli, donde aseguraba que la política llevaba años tinellizándose y ahora, se preguntaba ¿se politiza tinelli?
La televisión siempre fue política y lo sigue siendo, aún en los programas más frívolos o supuestamente farandulizados. Se sostiene todo el tiempo bajo una estrategia política y el programa de Tinelli usó la despolitización como un recurso político. Lo que hizo en estos días (sostener un discurso más directo, discutir claramente con algunas figuras del gobierno) fue posible porque en la sociedad se instaló un malestar y él no hace más que repetirlo. Ni Tinelli, ni Susana Giménez, ni Mirtha Legrand son vanguardia, si enuncian un discurso es porque saben que existe la permisividad suficiente en la sociedad para instalarlo.
Por otro lado la farandulización de la política es un fenómeno demasiado antiguo para seguir pensándolo como novedad. Lo que vemos ahora, especialmente en los políticos del PRO, es una estrategia de llevar la política al lenguaje de lo que ellos consideran “el ciudadano común”. Traducirla a un idioma básico donde todo se arreglaría con la buena onda y la actitud positiva y, finalmente, en la gestión, termina convirtiéndose en un arma demasiado peligrosa por las consecuencias terribles que genera en la sociedad. Se piensa, desde esta postura, que la gente está cansada de grandes discursos y hay que simplificarle la tarea de pensar. Así se construyen slogans, se habla de soluciones esquemáticas y se supera el momento televisivo con simpatía pero es imposible llevar adelante la administración del estado. La espectacularización de la política es volver digerible algo tan complejo como el juego político pero a su vez tan apasionante, es quitarle tensión. Lo llamativo es que estos personajes que desprecian el conflicto, que lo único que quieren es “vivir en paz”, ahora dramatizan una situación social, sobreactúan un malestar, una situación de caos inexistente. Esto es lo que los medios han tomado del mundo de la ficción, la posibilidad de construir realidades abusando de los recursos narrativos que el periodismo comparte con la literatura. A esto le suma algunos mecanismos de contagio de la política de masas. Si varios repiten una idea todos terminarán repitiéndola porque creerán que es verdad.
Natanson plantea que hay dos políticas que resisten ser capturadas por el lenguaje mediático, una es Elisa Carrió y la otra Cristina Fernández.
Disiento en relación a la dirigente de la Coalición Cívica. Carrió trabaja un política efectista que sólo tiene sentido instalada en los medios. Ella es muy histriónica y parece tan convencida de las locuras que dice que asusta. Es un espectáculo televisivo verla sostener monólogos que serian insostenibles dentro de una discusión política seria.
Pero es verdad que Cristina Fernández es una política tradicional, en el mejor sentido de la palabra y creo que eso, paradójicamente, es lo nuevo que ha instalado en los modos de hacer política. Es un cuadro político esencialmente intelectual, casi carente de carisma, por eso es tan difícil de instalar como líder. Su estructura política no tiene muchos interlocutores. Cuando habla para los medios los obliga asimilarse a la lógica política. Su uso de la cadena nacional, que en periodistas mal intencionadas como Magdalena es un síntoma que le hace acordar a los milicos, funciona como un modo de revalorizar el discurso político por encima del mediático. Ella sabe muy bien que los medios, al reproducir su palabra, pueden usar mecanismos que cuenten otra cosa. El ejemplo más claro fue la pantalla dividida durante el conflicto con la patronal rural. La cadena nacional funciona simplemente como un registro del discurso político que no le agrega ni le quita valores narrativos. Por supuesto que es un elemento de control pero no se trata de una censura sino de un modo de resistir frente a la tiranía mediática.
Lo que tampoco comparto es la novedad que observa Natanson en las declaraciones de Tinelli de los últimos días en las que confronta con la Presidenta y con Luis D elía. Son tan directas como la campaña que le hizo a Carlos Menem y su declaración pública de que iba a votarlo. Me parece que el gran efecto banalizador de Tinelli consiste en reducir los grandes temas como la inseguridad o la elección de un Presidente a la moda. Hay que quejarse o hay que votar al Pro porque está de moda. Es una tendencia como puede serlo un vestuario de estación.
También me resulta gracioso que Natanson use la palabra “jugarse” para describir el accionar de Tinelli. Si alguien como él confronta con el gobierno lo hace porque sabe que no está corriendo riesgos. En primer lugar porque está siendo obsecuente con el medio para el que trabaja, por otro porque sabe que su audiencia está de acuerdo y el poder de Tinelli se sostiene en esas patas, no en el gobierno de turno.
sindicalismo, estado y capital
Por Alejandra Varela
En un texto llamado “La fábrica como sitio de acontecimiento”, Alain Badiou señala que “es porque hay presentación social este múltiple singular y separado que es la fábrica, que hay posibilidad del uno obrero en la política.” En momentos como el actual, donde se dan explosiones sindicales, lo que se manifiesta es ese múltiple que es el trabajador. El sindicato es la pretensión de uniformidad, que pertenece al terreno de la representación, hoy potenciada en la realidad argentina porque lo que está en juego es la posibilidad de que otra central de los trabajadores pueda ser igualmente representativa. Badiou plantea que la fabrica (el lugar de trabajo en general) es el espacio de presentación porque, la aparición del conflicto pone de manifiesto la singularidad de la clase trabajadora, imposible de ser atrapada en un discurso único.
Hay política para Badiou, sólo cuando la acción puede relacionarse con una idea política. Es necesario que la acción se platee como una intervención. Lo fundamental es que el hecho político se sostenga en su multiplicidad. Hoy el principal enemigo que cuenta para que esto ocurra son los medios que buscan asimilar lo nuevo a lo ya conocido. La huelga de subtes era un estado de caos cuando, lo que allí se planteaba era la posibilidad de crear otro espacio de representación. Cuando la presidenta Cristina Fernández decide suspender el acto de la CGT (la imagen del Uno-Obrero por excelencia) está, de algún modo, afianzando la singularidad de la situación. Aquí está ocurriendo otra cosa, señala, que deberá ser pensada en términos nuevos.
Badiou explica que “los obreros no forman una parte pertinente a la cuenta estatal”, como sí lo formaría la CGT. La fábrica es contada para el estado bajo el nombre de la empresa que sirve para “disimular una singularidad bajo una excrecencia”. La empresa es pura representación, como lo es también el sindicato. En este sentido el paso importante que dio el kirchnerismo fue sacarle exclusividad a la empresa, en cuanto a decisiones de estado y asignarle un lugar al trabajador, bajo la forma de la CGT y, en menor medida de la CTA. El problema, o el límite de este avance es que tanto la CGT como la CTA no pueden, en muchos casos, darle espacio a ese múltiple que es el obrero. Para Badiou, el lazo sindical se ocupa de las reivindicaciones salariales pero no hay motivo para pensar que este lazo garantice la presentación del múltiple obrero. Badiou considera que el sindicalismo es también una excrecencia como lo es la empresa, por no dar cuenta de la singularidad obrera. El sindicalismo, bajo su óptica, reemplaza al estado y por esta misma razón elimina la posibilidad de la política.
Si bien la lectura de Badiou me parece muy atractiva creo que, el peronismo ha sido un factor fundamental para politizar al movimiento obrero aunque no se puede desconocer que esa politización se dio siempre desde un a priori, desde una forma política ya existente. El kirchnerismo siguió con esta tradición y al volver a unir la CGT al estado como un factor para equilibrar las presiones empresariales, le dio un nuevo sentido a la política obrera.
Dentro del sindicalismo y puesto a demostrar su representatividad, el obrero suele ser considerado desde su factor numérico. Para lograr la personería se deberá demostrar que se tiene más afiliados. Esta reglamentación burocrática sólo puede ser puesta en crisis en el terreno de la presentación. Cuando el trabajador se presenta manifiesta su posibilidad da no ser sustituible. El trabajador sólo adquiere singularidad cuando se presenta y esta presentación siempre es conflictiva, caótica porque pone en crisis la esencia misma de su lugar en el estado y el sindicato. El obrero pasa de ser un desconocido, una abstracción, a ser una persona concreta que podemos cruzarnos en la calle, que podemos ver en l televisión. La política siempre generará una suerte de interrupción, mucho más cuando en su despliegue señala que algo debe ser repensado. El sindicalismo ya no podrá ser la puesta en uno de ese múltiple que son los trabajadores, entre otras cosas porque no podrá escapar al estallido político de los últimos años e nuestro país. Que la CGT tenga como líder a un dirigente que durante los noventa resistió al desguace menemista es una buena señal, un avance, pero las declaraciones de Belén demuestran que está lejos de ser compacta. Al tener que contener a una diversidad, a veces irreconciliable, al no poder negar que los trabajadores son hoy un múltiple que necesita ser contado en su singularidad, deberá convertirse en otra cosa y necesitará de dirigentes sindicales dispuestos a pensar ese cambio. El límite está en el lugar estatal, político que el gobierno busca darles a los trabajadores, o tal vez allí esté su mayor flexibilidad.
Para Badiou en la emancipación obrera es necesario que los trabajadores se desliguen del factor estatal. El peronismo ha demostrado que es el estado el que los contiene, , le cuestiona a la teoría marxista su posibilidad de emancipación por fuera del estado. Al obrero no le alcanzaría con su rebelión, necesita de un estado que lo acompañe y lo sostenga porque el mundo del capital lo destroza si se enfrenta a él por sí solo.
Badiou sostiene que la política sólo existe desligada del estado, por eso es legítimo seguir llamándose marxista. El peronismo, por el contrario, le da al estado un protagonismo insoslayable, es el gran factor politizador, sin él no hay política. La historia política ha demostrado que el obrero, sólo aliándose con el estado puede enfrentar al capital.
El imperio de la política
Alejandra Varela
La discusión por la reforma política, vuelve a instalar la importancia de los partidos para la práctica política. Durante los años noventa vivimos la explosión de personalidades mediáticas, la afirmación que para hacer política sólo bastaba construir una buena imagen y dar bien en la televisión. Con la caída de Fernando De La Rúa también se derrumbó esta certeza pero la sociedad tardó bastante en asimilarla. Principalmente por el desencanto de la política, por el hartazgo de ciertos liderazgos. Pocos fueron capaces de reconocer que esta política personalista era la responsable de la desilusión. En la mayor parte de los casos este fenómeno se presenta como una consecuencia. La aparición de numerosos partidos en los años noventa fue un síntoma de la incapacidad para trabajar el conflicto político. Nadie aquí está haciendo apología del bipartidismo pero el surgimiento de espacios como el Frente Grande hablaban de una incapacidad para trabajar hacia el interior del peronismo el sisma ideológico que significó el menemismo. Desarmados de identidad, Chacho Álvarez y su grupo de los ocho, crearon una fuerza nueva. Aclaremos que la Argentina por ese entonces no era bipartidista. Existían numerosos partidos de izquierda que no tenían mucha influencia electoral pero sí una identidad clara. Pertenecer al PC o al Partido Socialista significaba no sólo la adhesión a un sistema político sino a un modo de vida, de pensamiento. Lo mismo ocurría con la desaparecida UCEDÉ. La novedad era que espacios como el Frente Grande carecían de identidad. Se definían por su oposición al menemismo al extremo de desaparecer cuando él dejó de existir. Se proponían hacer lo mismo pero sin corrupción. Lo que expresaban era la imposibilidad de dar batalla hacia el interior del peronismo. La experiencia de Proyecto Sur fue similar. Fernando Solanas se fue del Frente Grande porque allí no podía satisfacer su necesidad de protagonismo. El problema de estas fuerzas es que no construyen sino que ante cada conflicto interno se da la alternativa de la ruptura. De este modo se multiplicaron partidos minúsculos que eran fracciones, expresiones cada vez más concisas de una fuerza política que parecía haberse quedado con su matriz. La política se volvía cada vez más específica y se diluía. Esa combinación entre no poder resolver los conflictos internos y la tentación rupturista ante cada diferencia, minó los componentes más importantes de la política. A su vez debilitó una idea más global. El nivel de confrontación que presentó el kirchnerismo muestra la necesidad de entrar a la contienda política con partidos más sólidos pero, a su vez, la dinámica que tendrán esos partidos si se aprueba la reforma política tendrá que ser, necesariamente, más flexible. No podemos imaginarnos ahora una obediencia partidaria como la de los años ochenta porque vemos que frente a situaciones puntuales, se pueden establecer alianzas muy distintas. Lo positivo sería pensar que con esta reforma se podrán poner al descubierto las bases ideológicas de las acciones de todos los días. Creo que se va a ideologizar la política. Partidos como el PRO tienen un discurso sustentado en generalidades. De hecho su nombre no es ni siquiera una palabra sino un prefijo sin significado, algo incompleto. Cualquiera que tenga una mínima noción de teoría política podrá ponerle nombre a las acciones del PRO, pero nuestra sociedad está profundamente despolitizada , en gran medida por estas prácticas personalistas, entonces es posible que alguien como Gabriela Michetti hable desde la buena onda, la no agresión, es decir, se muestre como una señora que juega a la canasta y se lleva bien con todo el mundo y no como alguien que entra en la correlación de fuerzas de la política ,y mucha gente le crea. Muchos sostienen que la reforma política favorece el bipartidismo. Creo que la pregunta tendría que ser: ¿por qué, después de las profundas crisis casi terminales que sufrió la UCR no surgió ninguna fuerza política que pudiera ocupar su lugar? Podríamos contestar que porque siempre conservó su estructura de partido. Hay una identidad que se mantiene y hubo un combate ideológico entre la socialdemocracia alfonsinista y el alvearismo del resto que siempre se dio hacia el interior del radicalismo. El Acuerdo Cívico y Social es, por ejemplo, un frente absolutamente amorfo. Ellos dicen referenciarse en el Frente Amplio Uruguayo y en la Concertación Chilena pero se parecen proco y nada. Se trata de un frente que diluye la ideología diciendo que no hay divisiones entre izquierda y derecha o que si existe no importan porque se puede acordar igual, lo que no es cierto porque ser de derecha o de izquierda en la Argentina implica divisiones irreconciliables. La estrategia de desideologizar para atrapar a un electorado más extenso ha sido muy contagiosa. La aplica el PRO, el Peronismo Disidente, el Acuerdo Cívico y Social. Ni que hablar del ARI y la Coalición Cívica que cambiaron sustancialmente de pensamiento de un modo tan repentino que hasta sus propios militantes se enteraron tarde. Otra posibilidad sería pensar si con esta reforma no se cumplirá el sueño de Chacho Álvarez de que en la Argentina las diferencias dejen de pensarse en términos de peronismo y anti peronismo y comiencen a ser planteadas, como en muchos otros países, bajo la dicotomía de izquierda y derecha. Tal vez esta reforma le ponga un freno a esa especulación tan difundida de querer peronizarlo todo para ganar una elección. El peronismo tendrá su momento para resolver su interna. De Narváez y Mauricio Macri o se meten en el peronismo y tratan de discutir qué es ser peronista o arman un partido que no será peronista sino una expresión definida de la derecha. La reforma política apunta cierta previsibilidad. A darle otra entidad a una ruptura. Alguien me podrá contestar que la reforma política propiciará más las alianzas. Es verdad pero tendrán que tener la identidad de partidos porque, de otro modo, no podrán sostenerse en el tiempo. Insisto: la despolitización es la gran estrategia de la derecha para imponer el ajuste. Un candidato como Francisco de Narváez que se instala en la política porque tiene plata y medios que lo propagandizan pero que carece de un sustento ideológico ¿qué va a hacer si llega a un cargo ejecutivo? Lo que las corporaciones le digan porque él no tiene un proyecto propio. Y lo peor de todo es que esas clases de discursos se muestran como un absoluto, no como una parcialidad y tienen una gran aceptación en la ciudadanía. Son claros, son tranquilizadores, no hay que esforzarse para entenderlos r
La política del número
Por Alejandra Varela
Por estos días la política parece nombrarse en términos numéricos. La discusión en torno al INDEC es, casi exclusivamente, una discusión de cifras donde no sólo se cotejan precios o valores estimables de una canasta sino que se exponen en números los datos de la pobreza. Tal vez demasiado habituados a una realidad expresada en cifras y tan cercanos a una elección donde también los fracasos y los éxitos se han medido en torno a puntos más o menos ventajosos, empezamos a perder la dimensión del riesgo que implica esta forma de nombrar la política.
El límite, tal vez, lo haya tocado Graciela Fernández Meijide cuando se apropió de una excusa muy usada por la derecha sobre la cantidad de desaparecidos.
Pensar la política en términos cuantitativos, reducir a los sujetos a cifras, encierra un delicado problema filosófico que va más allá de la exactitud de los datos. La enunciación de la política en términos numéricos está diciendo mucho sobre el modo en que sus enunciantes están pensando al sujeto, encierra un problema existencial.
En primer lugar supone que la situación sobre la que se está hablando es aprehensible. Es decir, que se puede abordar en términos finitos cuando, en palabras de Alain Badiou: “La situación eterna, en su finitud singular, excede siempre los recursos del proceso político”. Por el modo en que es presentada la situación pareciera ser que el problema numérico todo lo resuelve. Que la pobreza es un problema de datos o que los desaparecidos son un número. Es tanta la centralidad que se le da a ese factor que al esclarecerlo se llegaría a la verdad. Lo que supone que la discusión por la verdad se basaría en un dato contable.
Si bien la objetividad de las cifras es absolutamente necesaria como fundamentación, debe cuidarse que no ocupen el protagonismo o se conviertan en la argumentación a la que se remiten todos los debates.
Eduardo Luís Duhalde lo expresaba con claridad cuando explicaba en su carta pública como el número de treinta mil desaparecidos no es arbitrario sino que se desprende de una serie de investigaciones que sumadas y analizadas dan un resultado que tiene un sentido pero que no es definitivo. En su relato, Duhalde describe esa imposibilidad de abordar una secuencia política en su totalidad pero elabora una estrategia múltiple para poder llegar a ella. Como contrapartida, Fernández Meijide se refiere a la suma de nombres en una lista. Acepta esa parcialidad como un todo, sin desconocer que se trata de una parcialidad. El procedimiento sustractivo busca, una vez más, cerrar la discusión.
El número sería para Fernández Meijide (al igual que para Cecilia Pando) un dato que atenúa el Mal. Convertir a los muertos en un problema cuantitativo es reproducir la lógica asesina, implica cosificar al sujeto.
La cuantificación hace de las personas objetos intercambiables, la cualificación habla del carácter imprescindible, irrepetible de los sujetos. Si los desaparecidos son una herida, si los pobres hablan de nuestra frustración como sociedad, es porque se trata de capacidades, de potencialidades que no pueden o no han podido ser, porque algo en el devenir de esas vidas excepcionales ha quedado trunco, se nos ha negado.
El crimen no es mayor o menor por la cantidad de asesinados sino por la intensidad del daño que produce en el cuerpo social. Los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteky, el crimen de Carlos Fuentealba, delatan la criminalidad de un proyecto político y allí encontraron su límite. El título de Clarín “La crisis se cobró dos muertes”, señalaba, entre otras cosas, su preocupación por mostrar estos asesinatos como hechos casuales. Felipe Solá lo dijo claramente en una reunión del Club Político Argentino” me hicieron treinta mil piquetes y solamente hubo dos muertos”. La Muerte es e resultado de la convulsión social, es, inevitable, nos dice Clarín. Aquí actúa una vez más el factor cuantitativo: Es menos grave porque sólo fueron dos. Pero esos dos alcanzaron para que Eduardo Duhalde desistiera de seguir siendo Presidente.
La mecánica del gatillo fácil se sustenta en esta lógica. Casos aislados a los que se los puede disfrazar de accidentales, se vuelven presa de sus propios argumentos si las muertes empiezan a sumar como número, se busca, entonces, que esos números se vuelvan invisibles.
Del mismo modo se analiza la política. Se usan los datos de las encuestas de un modo extorsivo, se le quita valor a una experiencia política en función del porcentaje que obtuvo en una elección. Se supone que las mayorías tienen razón, que la verdad, una vez más, está íntimamente ligada al factor numérico.
De este modo se instala el fascismo de la serie ¿Qué debe hacer aquel que no piensa como las mayorías?
Pero ocurre algo mucho peor. Bajo la dictadura del número se elimina toda posibilidad de pensar lo nuevo.
Argentina, país sitiado por los medios
Transcribo un comentario que publiqué en el blog de Mendieta a una nota llamada Rossismo Crítico y más abajo copio un artículo que escribí sobre mi modo de ver a los medios hoy
Comentario:
Lo que no se toma en cuenta es que estos periodistas son frente a la cámara y el micrófono, personajes mediáticos que, por su influencia en la ciudadanía, son mucho más “controlados” que cualquier periodista anónimo. El medio que los tiene como figuras ha tejido sobre ellos demasiadas estrategias para dejar que su discurso se libre al azar. No estoy diciendo que le den un guión a reproducir pero quiero relativizar ese aire de autoridad, esa actiutud canchera, cuando se apaga la cámara son mucho más permeables a las presiones que un movilero (o tal vez lo son de distinta manera pero con igual intensidad)
Como colaboradora de Clarín yo sufro menos presiones que un editor porque a mi con no publicarme las notas se sacan el problema de encima pero el editor es el responsable del contenido que va a llegar al lector, entonces tiene que ser vigilado. No me interesa pensar en conspiraciones ridículas pero es fácil darse cuenta de que esa seudo entrevista de Erenesto Tenembaum fue preparada por alguien de la producción, fue una orden que Tenembaum cumplió, no fue una idea de Tenembaum porque ningún periodista elegiría inmlarse haciendo todo lo que un periodista no debe hacer. Eso no fue un reportaje, fue una agresión grosera, burda, explícita.
Creo que el error de Mendieta es creer que ese personaje/periodista existe por fueradel medio.
Argentina, país sitiado por los medios
La Pérdida del pudor:
Ya no se trata de un fantasma sino de una presencia concreta y tangible. En el último tiempo los medios masivos de comunicación han optado por explicitar aquellos mecanismos políticos que durante muchos años sólo parecían mostrarse bajo el prisma del análisis más minucioso.
Se expone un discurso que ha perdido los pudores en sus manifestaciones racistas e ideológicas. Este detalle habla de un derecho ganado sobre la ciudadanía, de una permisividad de la población para aceptar estos discursos, de una afinidad que se ha construido en la reciprocidad de pensamientos.
Por otro lado existe una construcción de valores que pertenecen a un sector, universalizados, la imposición de objetivos de un grupo económico como un mandato que contiene a toda la sociedad. En este campo de ideas se agita la posibilidad de movilizar a los sectores medios. .La construcción mediática de lo real ha sido tomada por la mayoría de la sociedad como La Verdad. ¿Cómo fue posible esto? La estructura que sostiene el discurso mediático elimina el pensamiento. A todo lo que ocurre los medios le dan un nombre que fija la interpretación que se le da a ese hecho. Todo se focaliza en mostrar los componentes que afianzan esa afirmación, minimizando, desacreditando o ridiculizando aquellos datos que podrían cuestionarla.
Alain Badiou definió El Mal como el imperativo de nombrarlo todo. Frente al vacío, soporte del acontecimiento que no tolera nominaciones permanentes sino transitorias, El Mal sería el mecanismo que, al asimilar lo nuevo al terreno de lo ya conocido, corta ese fluir del pensamiento que permite hacer apuestas sobre lo que todavía no tiene nombre. El periodismo se apresura por señalar que los verdaderos ciudadanos libres son los que hacen tronar las cacerolas. Esos sujetos no responden a ningún devenir histórico que no sea el de su propio cansancio frente al conflicto, no tendrán intereses políticos, ni serán violentos.
Se observa, entonces, un desfasaje muy interesante. El discurso presidencial y el mediático están en dos planos completamente distintos que impiden un diálogo entre sí.
Mientras que Cristina Fernández le exige a sus interlocutores una acumulación de datos, de saberes políticos e históricos, de articulación ideológica y cierta dramaticidad política para llevarlos a escena, los medios, Alfredo De Angeli y buena parte de la sociedad, prefieren la simpleza, no entienden lo que ella dice y de alguna manera les irrita el desafío que les propone.
Los medios han generado mecanismos que le han permitido interpretar el pensamiento de los sectores medios y traducirlo a un discurso que le otorgue legitimidad a las fantasías más discriminatorias y reaccionarias que hoy pueden expresarse sin tapujos.
¿Qué ocurre con una sociedad que desconfía del discurso político pero no del mediático que puede tener los mismos niveles de ficcionalidad?
Antes hubo un proceso de despolitización, de desaliento, de desconfianza hacia todo lo político que fue propiciado, en gran medida, por el periodismo. En primer lugar porque su mecanismo apunta a una despolitización y a un vacío de pensamiento y tal vez el mayor ejemplo sea la explosión de las cámaras sorpresa durante los años 90.
Allí la transparencia que suponía el descubrimiento de un funcionario corrupto, reducía a la política a la develación de una ilegalidad y suponía que, ante su difusión, llegaría la justicia que pondría las cosas en orden. El ciudadano era un espectador privilegiado que se indignaba y esperaba las consecuencias. Pero el imperio de la impunidad construido por el menemismo se basaba en la ausencia total de causas y efectos. ¿Por qué nada cambiaba? Porque la política es la posibilidad de modificar el sentido de lo evidente. A la despolitización del periodismo el poder respondía con una política que reducía el campo de lo real y agrandaba el espacio de lo simbólico. El ciudadano espectador se desmoralizaba. Descreía de los políticos y confiaba en ese periodista que le había mostrado la verdad. Pero jamás la evidencia habría tenido lugar en la pantalla si mínimamente se sospechara que podía tener un impacto en el terreno de lo real. El periodismo de denuncia fue posible gracias a la impunidad. Es más, fue el complemento necesario para minar los hogares del más profundo escepticismo, del más contundente desencanto.
Ejemplos como el programa de Santos Biasatti o el “Proteste ya” de CQC, muestran a un ciudadano indignado que padece la negligencia institucional y sólo encuentra alivio a su sufrimiento cuando llega Santo, Malnatti o Gonzalito, como una suerte de súper héroe.
Al presentarse como los defensores de los ciudadanos, los medios han establecido un lazo con sus seguidores más sentimental que crítico. Los periodistas hacen lo que los ciudadanos no pueden hacer: increpar a los funcionarios, retarlos y hacerlos que cumplan con su tarea. Ellos se ponen del “lado de la gente”.
Se trata de una nueva versión de la catarsis que definía Aristóteles en su “Poética”. El periodista se identifica con el espectador y cumple con los deseos de éste, cuando la escena tiene lugar en la pantalla de televisión, el ciudadano realiza su descarga emotiva a partir de la acción del periodista que reemplaza su propia movilización, allí se daría el segundo paso. Aristóteles habla de descarga y contención de la emoción. La contención es posible porque el ciudadano delega su participación en el periodista. El objetivo de control social se cumple. La tragedia griega aleccionaba contra los riesgos de enfrentarse al poder (político o religioso) en los finales del siglo XX frenaban cualquier fantasía de movilización
Los medios tienden a justificar cualquier acción o reclamo de la sociedad civil y a demonizar al gobierno de turno. De esta manera los medios construyeron su credibilidad y utilizaron a ciertos periodistas con mucha llegada en la opinión pública para transmitir ideas que atienden a intereses políticos nada inocentes.
Este mecanismo llegó a su punto crítico con el lockout patronal de los ruralistas. En primer lugar porque para que los medios apoyen a un sector de la sociedad ésta tiene que mostrarse por fuera de los partidos políticos, es decir, tiene que estar profundamente despolitizada. Su reclamo sólo debe responder a sus intereses particulares. De hecho los implicados se preocupan por señalarlo permanentemente como un modo de legitimación.
Los productores agropecuarios no son un grupo despolitizado y tampoco son un sector de la sociedad civil. Son una corporación con una inscripción y una estrategia política que recorre toda la sociedad argentina. Los medios, debieron transformarlo en algo que no era: un grupo de chacareros laburantes que no querían perder el fruto de su trabajo. Un sector ajeno a la política. La cadencia de Bazán describiendo a De Angeli como a “un gringo de campo sencillo con el rostro quemado por trabajar al sol” avergüenza por el trazo grueso, la caricatura pero ¿cuántos habrán tomado este relato al pie de la letra? En esa construcción dramática que propone TN, parta muchos es más fácil identificarse con De Angeli que con Cristina Fernández.
Buscaron sumar a otros sectores de la población que nada tenía que ver con el campo para legitimar más su protesta. Si los ciudadanos que viven de su salario apoyan el reclamo de los ruralistas, algo de razón tendrán porque a su vez esa solidaridad los iguala con cualquier huelga de cualquier trabajador . La sociedad los asimiló de este modo y en base a esta idea construyó la identificación y los medios ayudaron a sostener una mentira.
Su respaldo está en que toda mirada crítica hacia los medios masivos de comunicación será interpretada como un ataque a la libertad de prensa. Basándose en este argumento buena parte del periodismo funda su autoridad. Al construir su condición de incuestionables, los medios establecieron una nueva forma de autoritarismo o, más precisamente, de fascismo donde apelan al carisma para delinear personajes que se esgrimen como voceros y representantes de los ciudadanos, cuya palabra es garantía de verdad. Muchos sujetos desconfiados del poder político, son simples devotos de estos personajes que corporizan intereses sectoriales, a veces de un modo más privilegiado que muchos funcionarios del poder institucional.
Pero un hecho mucho más llamativo permite iluminar otro componente más oculto de esta alianza entre los medios y el mundo campestre que compone la nueva derecha.
¿Por qué a ciertos intelectuales le molesta exageradamente el discurso de Cristina Fernández cuando, después de muchísimo tiempo, tenemos una Presidenta que es una oradora brillante?
Beatriz Sarlo, en una nota publicada en el diario La Nación, le señala a la Presidenta lo inoportuno de haber establecido una continuidad entre el golpe de estado del 76 y el clima destituyente durante el lockout, en su discurso del 25 de marzo del 2008. Y le reprocha: que “no era el momento adecuado para que la presidenta de la República esbozara su tesis historiográfica sobre la complicidad de cualquier sector de la producción agraria con el golpe militar.”
¿Por qué? Porque para alguien como Sarlo esto es crear un conflicto que sería mejor evitar. Hay algo de la peor apología del olvido en esta frase. Si el exceso de memoria puede llegar a traer consecuencias regresivas, lo que se respira en el texto de Sarlo es una apología del olvido que, muy subterráneamente, encierra la certeza de que la frase de la Presidenta se basa en una verdad. Es cierto que la sociedad rural es golpista, pareciera decir Sarlo, pero si de esa verdad hacés un discurso proclamando a los cuatro vientos estás demostrando que la discusión sobre el terrorismo de estado y los años 70 atraviesa distintas capas políticas y sociales, es compleja y no murió el día que Raúl Alfonsín se puso la banda presidencial, sino que pese al repudio de muchos sectores de la población , pese a la militancia de los organismos de derechos humanos, sigue viva y ha logrado armar nuevas estrategias. Si decís eso, si le das un sustento político, histórico, ideológico a esos actos que los medios definen como una manifestación de la sociedad civil, podés llegar a poner en crisis la amalgama fundamental de la despolitización que nos está dando muy buenos frutos.
El temor que genera el discurso de Cristina Fernández es el de poner en riesgo los enunciados que le dan vida a este nuevo fascismo. Los medios en su simplificación discursiva tienen atrapada a la población en una lógica que expresa sus deseos más individualistas.
No es oportuno traer la historia porque las pruebas y los razonamientos que este mecanismo implica pueden atentar contra la sustracción, ese procedimiento que todo lo vuelve tan fácil, tan carente de conflicto, tan neutral. Si después de todo sólo se trata de una Presidenta soberbia y de un marido testarudo.
Ese discurso con efectos que horroriza a Sarlo es un discurso político. Cristina Fernández sabe que sus palabras y sus acciones traen consecuencias.
En esa despolitización se funda la concepción de objetividad que los medios exhiben como garantía de verdad. Lo que ellos entienden como objetividad son los hechos despojados del factor político que les da un sentido en la historia. ¿O acaso no es objetiva la explotación infantil, el trabajo en negro y el robo de tierras que sistemáticamente realizan las cuatro entidades en pugna con el gobierno? ¿Por qué no se presentan los datos objetivos de la evasión impositiva o de las exportaciones realizadas en pleno lockout patronal?
Si se elegía TN para ver los discursos que Cristina Fernández brindó a lo largo del conflicto, se observaba como el canal dividía la pantalla: De un lado la Presidenta , del otro los piqueteros de Gualeguychú que funcionaban como una suerte de jurado de “Bailando por un sueño”. Ella hablaba para ellos y el gran interrogante, según el vergonzoso discurso de Bazán, era ver como reaccionaban los ruralistas.
Claro que Cristina Fernández no se hacía cargo de este escenario mediático y hablaba para todos los argentinos. Se tomaba su tiempo para cantar la marcha, homenajear a las víctimas del 16 de julio, darles un espacio a las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, articulaba hechos de la historia y permanentemente la transmisión del cable se ocupaba de hacernos sentir de mil maneras que todo eso estaba de más. La presidenta politiza todo lo que los medios intentan despojar de política. Frente a la reducción de un problema de intereses donde lo que hay que saber es si las retenciones siguen o no en vigencia, el gobierno carga de sentidos, de información, de explicaciones pero lo único que importa es que los ruralistas de Gualeguychú siguen en las rutas.
Lo que se desarma, lo que se destruye es ese lenguaje que intenta construir ideas. La descalificación que le sigue a todo discurso de Cristina Fernández, intenta señalar que allí no se ha dicho nada significativo.
Esa vuelta a lo político que se celebra a partir del gobierno de Néstor Kirchner tiene que ver, en gran medida, con la recuperación del espacio público como escenario para debatir las cuestiones de estado. Ya no exclusivamente las puertas cerradas que hacen del estado una mera formalidad, sino la palabra presidencial como un ritual cotidiano, el palco en la Plaza de Mayo y la necesidad de legitimar la acción con el pueblo espontáneo o no haciendo número pero con una preocupación por reconocer que el control de la calle merece la atención del gobierno de turno.
El conflicto, esa instancia que es vista como señal de debilidad y de caos, que es relatada como una figura insoportable para la retórica mediática, no es más que un signo de la valoración de la política. Cuando desde el gobierno se toma una medida que confronta con los intereses de un sector, existirá conflicto. Él es el que abre la posibilidad del debate sobre proyectos o modelos. Evitar el conflicto implicaría negar, no hacer visibles los caminos que hacen posible el consenso. Pero esta sociedad que se refugia en el discurso mediático, parece preferir la aparente calma de los acuerdos. Cuando el conflicto tiene lugar comienza el pensamiento, nos lleva a plantearnos si eso que habíamos naturalizado puede darse de otro modo, está obligando a la sociedad a volver la mirada sobre los hechos.
A esta apuesta la política mediática responde con una caída de la imagen presidencial como una suerte de extorsión. Hay que gobernar para las encuestas, hay que hacer “lo que la gente quiere”. Claro que quienes sostienen este discurso sienten un fuerte desprecio hacia toda forma de demagogia.
Durante los 90 los medios desacreditaron la palabra pueblo para atomizarla en nombre de “la gente” desperdigada en reclamos puntuales. Aquello que alguna vez tuvo la forma de lo político colectivo se limitaba a la experiencia más inmediata. Lo real era exclusivamente aquello que se situaba en lo lindante de mi cotidianidad. El otro dejaba de ser contemplado porque la vida se reducía a una experiencia de lo privado.
A partir de ese momento la violencia se instala como una nueva forma de sociabilidad. No se trata ya de hechos aislados sino de una naturalización de la violencia.
Las manifestaciones políticas que en los noventa tenían como escenario algún lejano lugar del sur o del norte del país, especialmente aquellas zonas donde la privatización de YPF dejó un reguero de desocupados, eran ofrecidas como un acto de vandalismo, un hecho delictivo que sólo merecía mostrarse si contaba con los ingredientes de los neumáticos incendiándose y los piqueteros con palos y pasamontañas.
La judicialización de la política ayudó a construir la idea de ciudadano pasivo, incapaz de actuar sobre la realidad porque si se atrevía a dejar su sillón entraba automáticamente en la categoría delincuencial.
La violencia se encontraba en quitarle el sentido a la acción política, ayudados en que el sustento de esas acciones era meramente defensivo, reacciones frente a la impotencia, multitudes desarticuladas, a veces espontáneas que no podían armar un proyecto alternativo.
De hecho una parte de la militancia de izquierda tomó este discurso y comenzó a realizar hechos vandálicos como un modo de propaganda política, lo que ocasionó fuertes represiones. El objetivo era llegar a la violencia para ser registrados por los medios. Eso era sinónimo de reconocimiento. Hacer política para las cámaras equivalía a ser el grupo político que lideraba la protesta, mucho más si después eran invitados al programa político de moda.
El militante era aquel que había sido reprimido por las fuerzas del orden y, por supuesto, había fracasado. En realidad no tenía nada más que desplegar que su furia porque no hacía otra cosa que ser funcional a los códigos mediáticos.
Los sujetos se dividían entre los que fracasaban en sus reclamos y los que vivían las diferentes opciones de la pasividad.
Pero a partir del 19 y 20 de diciembre del 2001, los medios observaron que esa ambigüedad que era el pueblo hacía un leve esfuerzo por recobrar vigencia. Pasaron entonces a documentar una movilización que producía efectos, entre ellos la caída del gobierno de Fernando De La Rúa. Después siguieron días de quejas desesperadas en las puertas de los bancos y finalmente la aparición de un gobierno, el de Néstor Kirchner, que contemplaba al pueblo como un factor legitimador de su política, un aliado que necesitaba fatalmente ya que no estaba bendecido con buenos augurios y sólo contaba en su haber con el 22% del padrón electoral.
Es en ese momento cuando los medios comprenden que a esa multitud movilizada deben capitalizarla a su favor. Si la situación social cambia, si el pueblo hace un intento por recomponerse, que no nos encuentre desprevenidos, que no nos quite protagonismo. Tenemos que manejarlo antes de que nos desborde.
Esta idea que pudo haber sido una audacia de la imaginación, una especulación latente e irrealizable, se materializó la noche del primer cacerolazo contra el gobiernote Cristina Fernández. Los medios no se resignaron a mostrar simplemente lo que acontecía sino que fueron en gran medida sus artífices, quienes esgrimieron el clamor cacerolero como un mecanismo de presión hacia una Presidenta esquiva a su prédica.
La ciudadanía cacerolera no se diferencia mucho de esa masa que el fascismo usaba para poblar su poder del más oscuro populismo. Hoy los medios desafían a un gobierno peronista y le dicen: El pueblo está de nuestro lado. Pero el pueblo no es un a priori unificado en una mirada que lo define como totalidad. Sino una multitud dinámica que crece en la tensión interna de sus diferentes intereses y que logrando su autonomía llegará a hacer política, a ubicarse en el plano de lo histórico.
Ese mito perdido por el peronismo y que Cristina Fernández no ha sabido reconstruir está en manos de los medios. Ellos aprendieron del sentimentalismo peronista.
Sobre el postkirchnerismo
Sobre el postkirchneriosmo.
Por Alejandra Varela
Michel Foucault decía que el poder es el nombre que se le da a una situación estratégica compleja en un momento determinado. Hoy como nunca estamos asistiendo a esta pelea de producción de verdades. La lectura sobre lo real implica imponer una interpretación que sea más irrefutable que la objetividad misma.
Con esta apoyatura y la complicidad de los medios se repite permanentemente que el kirchnerismo ha llegado a su fin. Como el contagio y la necesidad de no quedar como ingenuas y despistados es, hoy por hoy, más fuerte que la originalidad y la autonomía de pensamiento, esta afirmación está en boca de las personas más impensadas.
Propongo hacer un análisis de situación donde la racionalidad despeje tanta prepotencia del discurso, teniendo en cuenta que la política no se rige sólo por la razón. Existe el azar, la Fortuna, existen los escenarios no previstos pero también cuentan la Virtud, la correlación de fuerzas, las condiciones objetivas y las estrategias.
Una experiencia política puede terminarse por su propia ineficacia, porque surge otra propuesta superadora o porque se dan las dos condiciones a la vez. Ninguno de estos escenarios es el que vive hoy el kirchnerismo.
La otra posibilidad, reiterada en nuestra historia, es la de la conspiración o golpe de estado. Algo que si sufre el kirchnerismo en su versión moderna de clima destituyente. La victoria de la derecha, en este caso, no implicaría, necesariamente, la muerte del kirchnerismo, como el derrocamiento del gobierno de Perón ni significó la muerte del peronismo.
Igualmente cuando se habla de “postkirchnerismo” se está queriendo decir que la experiencia iniciada en el 2003 se agotó y que la sociedad pide otra cosa. En este caso puntual se necesita de una experiencia superadora para que este final sea efectivo, lo que no se observa en la actualidad. Lo que sí existe es un claro propósito de establecer lo que Carta Abierta llamó una restauración conservadora. Como la expresión lo indica, se trata de un retroceso, no de una superación.
Si la restauración conservadora se concretara, la inmensa mayoría de la población se vería afectada. Lo más probable o lógico sería que esto provocara una reacción popular pero nada nos ahorraría daños irreversibles. La pregunta es: ¿La sociedad Argentina ha perdido sus reflejos a tal punto que no tiene reparos en suicidarse?
Los candidatos que aparecen como presidenciables para el 20011 no poseen liderazgo, ni capacidad política ni fortaleza suficiente para presidir el país. Y existe un dato, tal vez más importante, las alianzas que se formaron para estas elecciones no tienen sustentabilidad. No sólo porque hay una mezcla de radicales, peronistas, gente de izquierda y de derecha en todos estos frentes sino porque ya nos han demostrado que quienes las integran carecen de convicciones. Se acercan a aquel que tiene buena imagen y cuando la pierden buscan a otros para no hundirse en el barco. Por otro lado vemos como Francisco de Narváez y Mauricio Macri relegan a Felipe Solá de una manera humillante y carente de disimulo, una muestra evidente del maltrato que nos espera si logran llegar a la Casa Rosada.
En este sentido el kirchnerismo corre con una ventaja. La convicción que se ve en Florencio Randazzo, en Aníbal Fernández, en el golpeado Agustín Rossi, no se observa en otros sectores políticos. Lejos de toda ingenuidad, no desconozco las zonas oscuras ni las zonas épicas de la política pero ser kirchnerista hoy exige una claridad ideológica que no todos pueden sostener. Recordemos como abandonó a Fernando De La Rúa su propio gabinete.
Elisa Carrió, Julio Cobos, Carlos Reuteman o Macri en el sillón de Rivadavia generarían una crisis que sólo podría contener los Kirchner.
No existe un candidato de la oposición que los supere políticamente, salvo Martín Sabattele o Fernando Solanas pero no tienen suficiente caudal político.
Con Néstor Kirchner confrontando cuerpo a cuerpo en el congreso, la oposición deberá demostrar un potencial que no tiene ni está en condiciones de tener. Lo bueno de esta coyuntura es que cada vez se exige más capacidad política, más manejo de estrategias. Hoy la militancia, el conocimiento, las propuestas, son un capital en alza. Ya vivimos el fracaso de la tele política. La caída de De La Rúa fue la demostración de que no se puede gobernar sin política. La Alianza hizo una equivocada lectura del menemismo. Mientras que Carlos Menem se ocupaba de despolitizar a la sociedad, de dinamitar la realidad como el escenario donde se desarrolla la acción política, de demostrar que su discurso elemental y gracioso era la garantía de su éxito, la maquinaria del menemismo hacía uso del saber político acumulado por el peronismo para sostener esa ficción y no caerse. Una cosa es ser frívolo y otra tener la capacidad de banalizar lo importante para esto último se requiere de estrategias.
Lo que creo es que el kirchnerismo está pasando por una crisis que tiene que ver en parte con un debilitamiento cultural de nuestra sociedad y en parte con errores propios. La vieja derecha se ha reacomodado con ropajes nuevos y esta es una responsabilidad de toda la sociedad que se muestra permisiva con su reaparición.
Y aquí es donde mi análisis se da vuelta. Antes mencionaba que los propagandistas del postkirchenismo sostienen que “esta forma de hacer política se terminó, ahora la gente quiere la nueva política”. ¿Qué es la nueva política? Ni más ni menos que ala anti-política.
Si hacer política requiere de un conocimiento de la teoría clásica y de los nuevos autores que, parados en alguna tradición reformulan estos textos a la luz de los nuevos escenarios, si un político es un ser que tiene una lectura personal sobre la historia y una capacidad estratégica para llevarla a la acción, si hacer política implica articular lo coyuntural con lo histórico para abrir nuevos sentidos, la Nueva Política, desconoce la historia, los textos clásicos, modernos y posmodernos, Es inculta. Compra bibliotecas que no lee y dice que sabe gestionar empresas. Se vacía de ideas y proyectos para que las corporaciones escriban en ese espacio en blanco lo que quieran.
Mi duda es que la sociedad argentina tal vez esté harta de conflictos y discusiones y quiera gente más simple, a la que se le entienda lo que dice y que no hable del pasado. Tal vez el discurso fácil sobre la inseguridad y los buenos modos los convencen más que la inteligencia y los hechos. Tal vez la Nueva Política sea ese momento crucial en el que Julio Cobos le dijo a los mediocres del mundo: Yo vengo a salvarlos.
La despolitización de los políticos:
Por Alejandra Varela
Los anuncios apocalípticos de Elisa Carrió suponen que ¿hay personas esperando que el apocalipsis suceda? O que ¿ella usa ese posible apocalipsis para sembrar el pánico y la duda? Realizo estas preguntas porque en el texto publicado por Martín Caparrós se menciona “La iglesia cristiana primitiva lo tenía claro: su target estaba hecho de opositores varios, personas en franco desencuentro con modos y maneras del Imperio (pobres, mujeres, esclavos, metecos y otros marginales) entonces su consigna principal consistió en asegurar que ese mundo cruel e injusto tenía fecha de vencimiento: la promesa apocalíptica” En un sentido que, si mal no interpreto, busca asimilar los usos de Carrió a los textos bíblicos y me detengo en estas preguntas porque ya es un lugar común afirmar que todos están hartos de los Kirchner, cuando existimos algunas personas que nos sentimos identificadas con este gobierno y estamos dispuestas a defenderlo. Al no detenerse en este detalle, Caparrós pareciera afirmar que los presagios apocalípticos de Carrió se fundan en un malestar popular que los precede. Esto no es así, Carrió ha sido una agitadora del malestar en los tiempos más calmos del Kirchnerismo. Además la oposición ha propagandizado el desastre como un modo de convencer a l ciudadanía de los males de un Kirchnerismo que había mejorado sus vidas. Nuestra sociedad cuando está bien necesita autoconvencerse de que está mal y de que una crisis se avecina. Suele llamar o provocar sus propias desgracias.
“El apocalipsis sirvió durante esos siglos (…) para que la iglesia cristiana se mantuviera alejada del poder: ¿para qué ensuciarse con las minucias de un poder que estaba por desaparecer? “ Carrió usa sus presagios apocalípticos para hacer política pero es una política de la anti-política. Despolitiza a la ciudadanía cuando habla en términos bíblicos y pareciera sentarse a esperar la hecatombe pero, en realidad, la suya es una intervención política, una profecía auto cumplida que la justifica en su rol de no hacer nada, es decir, no proponer, no centrarse en una política y en acciones y soluciones pero que busca generar el desastre prodigando malestar y temor. Si la hecatombe tiene lugar Carrió se va a Punta del Este y desde sus playas nos dice a todos con un rostro embragado de felicidad: yo les avisé.
Después de usar el apocalipsis para enfrentar al poder, la Iglesia termina sumándose a sus filas, actuando como un mecanismo de control social y propagandizando la resignación. Carrió asusta con el apocalipsis y después le dice a los trabajadores que pongan el hombro y no pidan aumentos de sueldo. Se convierte en una vocera de los intereses de la UIA y está dispuesta a sacarle las retenciones al campo. Su discurso apocalíptico contribuye a desestabilizar al gobierno de Cristina Fernández pero es sumiso al verdadero poder.
Lo que Caparrós llama el honestismo, otros lo han llamado la judicialización de la política que tuvo su esplendor durante los años noventa y era una manifestación de impotencia. Como no me puedo dar una estrategia para enfrentar al menemismo, me pongo en el lugar del honesto para alinear a todos aquellos que sufren la corrupción menemista. Lo interesante sería pensar por qué no se pudo enfrentar políticamente al menemismo. La despolitización promulgada por Carlos Menem fue absolutamente estratégica. Así como Raúl Alfonsín politizaba a la ciudadanía porque se enfrentaba con los militares las corporaciones y la iglesia, Menem necesitaba de una ciudadanía despolitizada para destrozar al país. La oposición no discutió la idea del fin de la política, fue obediente y se resignó a la denuncia.
El “honestismo” es para mi, una herramienta de desencanto que paraliza a la ciudadanía. Decir que todos roban lleva a no creer en nada, a descalificar cualquier iniciativa política porque “lo único que quieren es hacer caja”. El problema es que este tipo de frases no sólo las dice Carrió sino que pueden leerse en el periódico del Partido Obrero. Me gustaría preguntarles a estos trotskistas si la revolución rusa no necesitó caja, si el trabajo voluntario que se impone después de una revolución, no busca que el estado tenga dinero para sostenerse en su independencia y existir y funcionar como tal.
Que una Presidenta como Cristina Fernández tome una medida distributiva y equitativa como son las retenciones y esa medida fracase porque son muchos los que creen que esa plata va a ir a los bolsillos de los Kirchner aunque esto sea una ridículés, que no se pueda creer en una medida política porque si uno no desconfía no es inteligente y que por este honestismo el mejor gobierno de la democracia puede llegar a fracasar, es realmente el apocalipsis. Lo bueno sería que Caparrós reconociera que él aporta mucha agua para ese molino.
Es verdad que el honestismo se limita a una política mediática y que no puede realizar nada por fuera de los medios pero no deja de producir efectos nocivos sobre lo real porque lo que Caparrós llama “devaluar palabras” es convertir la realidad en aquello que a Carrió le gustaría que fuera. Busca convencer a la ciudadanía de una mentira, juega a negar la realidad y reemplazarla por una situación que le resulta más útil a sus propósitos y puede hacer esto porque ningún periodista interviene para obligarla a argumentar, a analizar, porque nadie la confronta con argumentos que pongan en crisis sus desmesuras. Si existen políticos mediáticos, existen también periodistas que olvidan que pueden discutir, advertir, cuestionar aquello que exponen.
El periodismo fue un fiel cultor del honestismo (entre ellos Jorge Lanata). Durante los noventa muchos entendieron que su rol era denunciar, destapar escándalos. Lograron prestigio, popularidad, credibilidad en base a este recurso. Cuando llegó el Kirchnerismo era necesario cambiar pero ellos tuvieron miedo de ser tildados de oficialistas o vendidos, de perder sus logros profesionales. En vez de entender que el regreso de la política necesitaba de un periodismo más analítico que denunciante, optaron por asimilar a Néstor Kirchner a una nueva versión del menemismo.
Hoy una ciudadanía que sale a la calle con sus cacerolas para defender los intereses de quienes quieren aplastarla, necesita de periodistas que la ayuden a pensar, que le den nuevos elementos para entender la realidad, que le recuerden lo que mejoró su vida en estos seis años. Si se sigue propagandizando el honestismo, la denuncia, el más de lo mismo, se promulga esa chatura de la desconfianza es un cinismo de: soy vivo porque no creo en nadie, el desencanto, que no mueve a la acción sino que es destructivo con las no pocas conquistas de los últimos años, insuficientes pero amenazadas por el ejercicio de tele-políticos y sus secuaces.
En los años noventa, Alfonsín le dijo en la cara a Adolfo Sturzenegger en un estudio de televisión que no representaba las ideas del partido, en un momento donde el economista afiliado al radicalismo era señalado como la salvación económica del partido, como el hombre acorde con los tiempos. Por supuesto que por ese entonces el líder radical fue cuestionado como un retrógrado autoritario, cuando, en realidad, estaba defendiendo su lucha por convertir al radicalismo en una social democracia en pleno reinado del neoliberalismo. Cuando ser social demócrata era tan utópico como para un chico de la cava pensar en ser astronauta. Alfonsín nos estaba enseñando que hay que defender los ideales aún cuando se haya fracasado por sostenerlos.
Un tele político no puede pensar de este modo. Carrió, Francisco de Narváez, Mauricio Macri, van para donde va el viento, ellos no quieren ser perdedores. Cristina Fernández y Néstor Kirchner están, a mi modo de ver, en la misma línea que Alfonsín. Si la sociedad pudo entender muy tardíamente cuál fue el rol de Alfonsín en la historia fue por la experiencia del Kirchnerismo. La persistencia en un proyecto político más allá de las derrotas, los agravios y los riesgos no es terquedad ni desesperación por el poder solamente, nadie soporta un lockout de cuatro meses por ambición, se necesitan convicciones, una fuerza moral que te sostenga.
Se equivoca Lanata al creer que él es el intérprete de los sentimientos populares. Muchos entendimos a Alfonsín después de ver la contienda entre Cristina Fernández y el sector agropecuario y comprobar que los dos gobiernos enfrentaron a los mismos enemigos.
“La doctora encarna el individualismo más descarnado, irreductible: yo digo, yo callo, yo voy a hacer, yo voy a deshacer, yo me voy, yo vuelvo, yo nunca me fui, yo nunca estuve.”Ese individualismo es el que lleva a defender la renta extraordinaria del campo, ese individualismo se convirtió en la ideología de la clase media, ese individualismo fue el sustento del menemismo. Carrió siempre monologa, nunca se la ve confrontando con otro porque en el debate pondría en evidencia su mentira. ¿A esto le llama Carrió ser republicana? ¿Se la imaginan como Presidenta?
Carrió se definió hacia la derecha cuando se dio cuenta de que no podía estar a la izquierda del Kirchnerismo. Vio un caudal de votos que no le podían arrebatar los Kirchner
De cómo pensar maneras democráticas, consensuadas y pluralistas de matar de hambre al pueblo.
De cómo pensar maneras democráticas, consensuadas y pluralistas de matar de hambre al pueblo.
Por Alejandra Varela
El documento del Club Político Argentino que se publicó el 25 de marzo en su blog llamado “La encrucijada nacional o internacional: el CPA ante el anticipo de las elecciones”, comienza con una serie de imprecisiones. La agresividad está en el modo de sobredimensionar una iniciativa. El gobierno no impuso el adelantamiento de las elecciones sino que acercó la propuesta al Congreso y éste la aprobó. No se trata de una imposición autoritaria sino de una decisión consensuada.
En segundo lugar la expresión “sólo motivado en intereses y cálculos de corto plazo” refleja el espíritu del pensamiento liberal que impregna a este grupo. Como lo explicara alguna vez Horacio González, el liberal sustrae y lleva tan al límite esa sustracción que lo único que queda son intereses bajos y conveniencias coyunturales que horrorizan al liberal.
Allí donde el kirchnerismo instala la política ellos ven “confrontación polarizante, a todo o nada, a la que no le faltan ingredientes extorsivos”. Justamente la palabra extorción define el comportamiento de la patronal agropecuaria a la que se ha sumado una oposición irresponsable que a falta de ideas se sube al carro de los agro-negocios sin medir que el proyecto político de este sector dañaría profundamente al país. No existe una línea en el documento del C.P.A. que describa el comportamiento de la patronal agropecuaria. Un lockout de cuatro meses en el que ellos pudieron manejar la economía del país y generar una situación de inestabilidad que no se correspondía con las condiciones creadas por la economía política estatal, no es una extorción para el C.P.A. Las amenazas que sufrieron los legisladores que insinuaron un voto a favor de la 125, el tono de Alfredo De Angeli, no son una extorción para el C.P.A. Elisa Carrió diciendo que vivimos en una dictadura y exhortando a la ciudadanía para que se subleve contra los Kirchner, no es una extorción para el C.P.A El odio de la oposición que no tiene reparos ni disimulo y que hace alianzas con periodistas que han olvidado el recurso de la re pregunta y la obligación de informar y decir la verdad (muchos de ellos pertenecientes al CPA) No es una extorción. Ni una línea le dedica el CPA a estas manifestaciones de intolerancia que llevan al gobierno a plebiscitar su mandato y todos estos datos de la realidad están ausentes porque para el CPA el clima destituyente es un disparate, un delirio de Carta Abierta.
El principal problema que observo en los textos del CPA es que no ponen todas las cartas sobre la mesa. En primer lugar porque las descripciones que ellos hacen no contemplan la totalidad de los factores políticos en juego, es decir, no hacen un análisis de correlación de fuerzas como corresponde a una lectura política sino que su relato se parece más al de los medios. Aíslan algunos factores y los totalizan. Se parecen a esos antiperonistas que veían a Perón como un todo absoluto, parecían no observar los otros factores en juego. Perón cayó porque no era tan poderos, eran mucho más poderosos los grupos económicos que se oponían a él. Para ser más precisos, Perón estaba inmerso en un campo de correlación de fuerzas donde, en los últimos años de su segundo mandato, tenía el apoyo popular y demasiados enemigos políticos y económicos. Si cedía en su política social perdía la base de apoyo popular, si seguía fiel al pueblo, los grupos económicos lo atacaban con más fuerza. No pudo vencer esta contradicción y ese fue su límite.
La digresión viene a cuento porque se trata de una forma histórica de pensar al peronismo cuyo funcionamiento se basa en un líder autoritario que todo lo puede, por un lado y una sociedad, una oposición política que le piden consenso mientras él les da la espalda y esto no es así. Si al kirchnerismo se le puede criticar el ser demasiado cerrado también hay que reconocer que la oposición, salvo contadísimas excepciones, se divide en miserables y asesinos. ¿Con quién se puede sentar a negociar el kirchnerismo? ¿O acaso el gobierno no hizo muchísimas concesiones a un proyecto agropecuario mientras que la patronal ruralista se ha mostrado empecinada y en vez de negociar pretende imponer cada uno de sus reclamos sin ceder ninguno? [i]
Esa falta de análisis de correlación de fuerzas en los textos del CPA delata su despolitización. El problema de la Argentina, según ellos, es que está dominada por un monstruo autoritario llamado Néstor Kirchner y ellos hacen un llamado para ponerle un freno. Aquí voy a recurrir a un comentario realizado por Sandra Russo en una nota publicada en Página/12.Ella señala que para algunos el kirchnerismo no tiene adherentes, ni militantes, ni simpatizantes, ni persona alguna que coincida con él sino que se refieren al gobierno como si se tratara de una dictadura que vino a imponerse y nos tiene a todos sojuzgados.
“(…) este paso se da ante un desesperanzado estado de ánimo público similar a otros ya experimentados por la sociedad argentina”.[ii] Esta frase me suena a otro recurso de la oposición, especialmente de la Coalición cívica, de querer asimilar este momento a un episodio traumático de la historia argentina y de ese modo despertar en la población viejos temores y angustias. Ellos saben que es mentira pero, siguiendo los pasos de Elisa Carrió, repiten la consigna goebbeliana con la esperanza de que la mentira se convierta en verdad.
Por estos días escuché a un dirigente de la C.C. llamado Fernando Iglesias decir que hoy vivimos una situación similar al 2001 pero la diferencia radica en que por ese entonces había una oposición (el justicialismo) que incentivaba al caos y ahora esta oposición es tan responsable que pacifica. Parece no recordar que Carrió llamó a la gendarmería a desobedecer las órdenes de la Presidenta durante el lockout agropecuario. Demasiados ejemplos destituyentes que el CPA pasa por alto.
“Al calificar de “escollo” a las elecciones, uno de los pilares básicos del sistema representativo, procura sacar provecho de la despolitización, el hartazgo con la política y el supuesto “exceso “de elecciones , demandas que, planteadas en estas circunstancias, terminan expresándose frecuentemente de manera anti política y hasta autoritaria.” [iii] El CPA busca darle a la palabra “escollo” un sentido antidemocrático. Un buen ejemplo de su procedimiento analítico. Sacan la palabra de contexto y le dan un valor que reafirma su lógica de pensamiento. Lo que dijo Cristina Fernández en su discurso fue que dentro de un contexto de crisis internacional que requiere centrar las energías en pensar estrategias políticas para enfrentar sus coletazos, el estado de campaña permanente prolongado hasta octubre con una oposición que tiene un “no” irracional frente a cada iniciativa del gobierno y una llamativa ausencia de propuestas, generaría un ambiente insoportable. Las elecciones de mitad de mandato son plebiscitarias en todas partes del mundo y en todos los gobiernos y esto los integrantes del CPA lo saben porque son profesionales de la política. No se trata de un invento de Néstor Kirchner. Yo creo que el triunfo del oficialismo podría apaciguar un poco a la oposición porque, realmente, veo mucha más crispación en Gerardo Morales o en Carrió, que en la Presidenta. [iv]
Me encantaría que el CPA explicara como un gobierno que tuvo una “mala gestión económica doméstica” pudo sacar al país de la peor crisis institucional de su historia, activar la economía gracias al consumo interno por ¡seis años! Y evitar que entráramos en recesión como otros países de la región que pondera el CPA. El kirchnerismo mejoró la vida de la población como ningún otro gobierno desde el período abierto en 1983. Me sorprende que personas que han participado de experiencias políticas que fracasaron estrepitosamente, desacrediten a un gobierno que, en el marco de una crisis internacional, no tomó ninguna medida que limitara los derechos ni los salarios de los ciudadanos como lo hicieron los anteriores gobiernos.
Además creo que lo justo sería que el CPA analizara la actitud de un congreso que se opuso a la 125 sólo porque quería ganarle al gobierno como reconoció Patricia Bullrich en una reunión del CPA donde claramente dijo que los proyectos redactaros por la oposición fueron para la gilada.
“Ya antes del anuncio presidencial, el 2009 se presentaba difícil para nuestro país a causa de conflictos políticos que se agudizaron con el correr del 2008, y de problemas económicos que, lejos de afrontarse, eran ocultados con la manipulación de las estadísticas.” [v] Yo no voy a defender el manejo que hace el gobierno del INDEC pero también es bueno decir que en política nadie dice la verdad todo el tiempo. Es parte de las reglas y de las estrategias, lo que no quiere decir que sea correcto, que se justifique pero, tanto el CPA como la oposición tergiversan la información del miso modo que lo hace el gobierno con los datos oficiales. Que el CPA diga la verdad y que empiece por ahí a cambiar las cosas, que incluya en el tablero de ajedrez a todos los jugadores, que los interprete críticamente y que blanqueen su posicionamiento político, entonces realmente podría llegar a creer que su preocupación por los datos del INDEC responde a una búsqueda de la verdad. A mi modo de ver, lo que más molesta de Guillermo Moreno es su manera brutal de ponerle límites a los empresarios.
“Una metodología de hacer política basada en la conflictividad permanente y la crispación social iba mostrando, de ese modo, síntomas crecientes de inviabilidad, desgajando al propio oficialismo”. De este párrafo se desprende una idea peligrosa, la de creer que un fracaso encierra en sí una idea equivocada. Que la 125 haya fracasado no quiere decir que haya sido uno resolución equivocada. Hay muchísimos casos en la historia política de fracasos que encerraban grandes aciertos. El pragmatismo que algunos le critican al gobierno lo está encarnado ahora el CPA. Que una sociedad confundida haya salido a defender a la patronal agropecuaria no le da valor de verdad ni condena necesariamente al gobierno. Atinado sería decir que el oficialismo tendría que haberse planteado una estrategia comunicacional y, a mi modo de ver, tendría que haber aplicado paulatinamente esta resolución para no confrontar con las cuatro entidades a la vez pero me parece que aquí se elimina la posibilidad de discutir que ponerle retenciones a una renta extraordinaria es un derecho que un gobierno está en todas sus facultades de ejercer.
Pero quiero detenerme en una sensación que experimento ante cada texto del CPA y ante cada discurso de la oposición y es esa negación autoritaria de que pueda existir en este país alguien que defienda la política del gobierno. Presentan los hechos de u modo que parecieran decir: no puede existir nadie que esté de acuerdo con los Kirchner. No hay contrapeso, no hay contradicciones.
“Ya nadie dentro o fuera del peronismo puede sostener que estemos acumulando y mucho menos que estemos “incluyendo”. El paisaje económico de la Argentina luce cada vez más vulnerable en un horizonte cargado de incertidumbre.”Es probable que no se esté acumulando ni incluyendo todo lo necesario y, en este sentido, hay que ser estrictamente exigentes. También es verdad que cada vez que el gobierno aplica una medida distributiva, las corporaciones ponen el grito en el cielo. Si el CPA está de acuerdo con la inclusión y la distribución del ingreso (algo que no me queda claro) tendría que reconocer que tanto en la Argentina como en América Latina cada vez que un gobierno toma una medida distributiva se producen esos conflictos de identidad que tanto le disgustan a Vicente Palermo. Las clases altas en la Argentina no quieren ni siquiera pagar un impuesto. Si no empezamos por reconocer estas cosas es muy difícil discutir. Nicolás Casullo dijo en una entrevista radial, realizada en los días previos a la asunción de Cristina Fernández, que todos se manifestaban a favor de la distribución del ingreso pero que él quería ver a los sectores de mayores ingresos frente a una medida estatal inclusiva. Cuando ocurrió el lockout agropecuario tuve muy presente estas palabras de Casullo.
Manifestaba antes mis dudas porque si se observa a los políticos que frecuentan las reuniones del CPA se podría inferir que sus integrantes están más cerca dela teoría del derrame, a lo Francisco De Narváez, donde la riqueza genera riqueza que de un proyecto donde el trabajo, la diversificación productiva, el valor agregado en el país, sean las verdaderas fuentes decrecimiento.
“(…) si la Argentina está en el mundo, no tiene forma de sustraerse a lo que ocurre en él” Aquí falta reconocer que la decisión de desvincularse del FMI fue acertada de parte del gobierno. Para los que ven en el Kirchnerismo solo improvisación esta decisión demuestra cierta previsión.
Se respira en el texto del CPA mucho pronóstico apocalíptico al mejor estilo Carrió y poco análisis de correlación de fuerzas. El gobierno es incapaz para todo y cada una de las posibilidades que se barajan son catastróficas Por supuesto que el CPA no tiene ninguna propuesta. Entonces ¿para que escribir un artículo si lo que se tiene para decir ya lo han dicho hasta el hartazgo los periodistas de TN? ¿Tal vez porque su rol sea sumar otro granito de arena a esta campaña de escepticismo, desaliento y despolitización?
“(…) cuestionar activamente los modos mesiánicos de hacer política resulta tan importante como trabajar en la elaboración de una agenda que plantee a la ciudadanía el abordaje de los grandes temas nacionales y las propuestas de soluciones “El CPA abusa de los calificativos pero no deconstruye los momentos en que esas manifestaciones de mesianismo tienen lugar para comprenderlas y analizarlas en un marco puntual.
El CPA persiste en hacer lo que critica en los demás, situar una frase como “violentar las normas y los códigos resiente la vida democrática y no debe tomarse como un hecho menor” después de referirse al golpe de estado de 1976, intentaría decir que los golpistas son los Kirchner. Quienes consideraron que la expresión clima destituyente era una exacerbación, intentan demostrar, al mejor estilo Carrió, que los Kirchner son dictadores porque le propusieron al congreso adelantar la fecha de las elecciones (algo que antes se le había ocurrido a sus amigos del PRO) y el congreso les dio la aprobación.
Aquí hay algo que no entiendo. Un lockout de cuatro meses no es destituyente, una oposición que le pide a la patronal del campo que no pacte con el gobierno no es destituyente pero es golpista presentar al congreso una propuesta de adelantamiento de las elecciones. No sólo me huele a Carrió, me huele a conspiración porque en un contexto tan convulsionado si se va a intervenir responsablemente es para aportar soluciones, no para seguir tirando leña al fuego y decir que el gobierno es el mal absoluto. Para eso alcanza y sobra con Joaquín Morales Solá todas las semanas.
El CPA se arriesga a dos anti propuestas que son generalidades muy poco realistas. Una: un liderazgo deliberativo y otra “un núcleo estratégico de decisiones consensuadas” entre el gobierno y la oposición. Más allá de la pobreza de sus aportes, se observa aquí una falta de comprensión de la realidad argentina y latinoamericana. La oposición es funcional a los grupos económicos que no quieren ceder en nada ni perder el menor privilegio. Primero habría que tratar de lograr que la dirigencia política y el periodismo entiendan que un gobierno fue votado para implementar un proyecto político y, en segundo lugar, que el estado está para intervenir, regular y equilibrar. A esto el CPA, la oposición y los medios le dan el nombre de autoritarismo y mesianismo. Seguramente para ellos Carlos Menem y Fernando De la Rúa que eran obedientes a los mandatos del FMI, eran demócratas.
[i] En este sentido sería bueno tener en cuenta el diálogo entre Hugo Biolcatti y Mariano Grondona en el programa “Hora Clave” donde estos dos exponentes de la oligarquía argentina se solasaban imarinado que Cristina Fernández dejaba el gobierno depués del 28 de junio.
[ii] Cita original del documento mencionado.
[iii] Op.cit
[iv] Las candidaturas testimoniales son, a mi entender, un modo valiente de hacerse cargo de la dimensión política de estas elecciones. La oposición habla de unirse para cambiar el rumbo del gobierno. Néstor Kirchner decide plebiscitar los mandatos casi como si se tratara de un referéndum. Los que se horrorizan argumentan que aquí se transgrede alguna norma institucional, tendrían que pensar que un político no es alguien que simplemente se ciñe a la ley sino alguien que, sin legitimar la ilegalidad, no se limita creativamente al momento de combinar lo permitido con su capacidad para generar nuevas condiciones. Por otro lado aquí no se viola norma alguna.
[v] Op.cit
Enseñar el miedo
Por Alejandra Varela
El terror es un componente privilegiado de la política. Ya Aristóteles, en su “Poética” sostenía que la tragedia, a partir de la piedad y el temor generaba la descarga y contención de la emoción. La tragedia era, en la Grecia del siglo V antes de Cristo, un instrumento de adoctrinamiento político para los ciudadanos. Su carga didáctica buscaba señalar que si se atrevían a enfrentarse, tanto al poder divino como al poder terreno, las consecuencias que sufrirían serían fatales. El temor era un elemento clave para lograr la contención social, por lo tanto cumplía aquí un rol absolutamente político.
Esa lucidez aristotélica para identificar los dos elementos que hacían posible la empatía entre el espectador y el héroe fue adoptada por Nicolás Maquiavelo para asesorar al Príncipe y desde allí pertenecieron a la teoría política.
Mucho del espectáculo mediático que padecemos por estos días, disparado por la diva Susana Giménez, no habla sino de los variados usos del terror que pocas veces se alejan de su siempre fiel compañera, la piedad.
La inseguridad, que es presentada en los medios desde una mirada despolitizada pero que, a su vez, encierra una fuerte estrategia política, es contada desde la emoción más cruda. Más allá del estallido histérico de Susana Giménez (una persona que ha perdido los límites entre la actuación y la verdad) el dolor legítimo de una persona ante la muerte de un ser querido o ante la experiencia traumática de un robo, pareciera justificar cualquier cosa. Allí se busca la empatía con el espectador de un modo casi idéntico al relatado por Aristóteles: se siente piedad frente al que sufre injustamente y temor ante la posibilidad de que a mi también me ocurra lo mismo. Esta identificación busca ser acrítica de la situación expuesta. No estamos hablando de política, sino de sentimientos, podría decir el movilero de turno, pero esos sentimientos están predeterminados por lo político.
Pero volvamos a Susana Giménez cuyo derrape no puede dejar de leerse en el actual contexto político, esa piedad que ella exige, que la imagen mediática exige hacia la víctima y sus familiares, desaparece cuando se piensa en los delincuentes. Por supuesto que toda persona que delinque tiene que sufrir una sanción pero esto no significa, necesariamente, la eliminación de la piedad hacia el victimario. La saña con la que la conductora se refiere a los menores, al asesino que debe morir y a su hartazgo por los derechos humanos, habla de otra cosa. Porque lo que más asusta aquí es la pérdida del pudor. Que personajes públicos hablen de mutilar a quien delinque y que ciudadanos anónimos se sumen casi legitimados por estas figuras de la farándula, delata un odio, una necesidad de venganza, propia de una sociedad que se ha vuelto oscuramente racista, llamativamente intolerante hacia un mal que ellos identifican como la inseguridad que vendría a quitarle su paz y bienestar individuales. Aquí asoma fuertemente un componente de clase. Alguien ha dicho alguna vez que hay que tenerle miedo a un burgués asustado.
Me animo a decir que este comportamiento está en sintonía con esa otra pérdida del pudor que se observó el día del primer cacerolazo de la patronal agropecuaria, cuando los medios no tuvieron el menor reparo en diferenciar a los ciudadanos de los piqueteros. Los primeros eran personas civilizadas y pacíficas que ejercían su derecho a la protesta y los segundos eran bárbaros, provocadores que asustaban a la oligarquía con su sólo porte de clase trabajadora.
No se trató de una casualidad, los medios habían percibido ese racismo ya instalado en los sectores medios y sabían de la permisividad de la sociedad, así como Susana Giménez sabía muy bien que su diatriba no iba a dañar su imagen. Lamentablemente la derecha del siglo XXI (que me niego a definir como “nueva derecha”) ha encontrado una manera más efectiva de llegar a los ciudadanos que su principal contrincante, Cristina Fernández.
El catolicismo que impregna a la mayoría de estos fachos siglo XXI no es para nada un freno. La iglesia católica es partidaria de la tortura y la pena de muerte como lo señala, ni más ni menos que su mito fundacional. Jesucristo se hizo hombre para ser torturado y morir en la cruz, todo lo demás, su prédica, sus valores, su comportamiento, no fueron sino una excusa para ese final que Mel Gibson muestra en su film de un modo absolutamente dogmático y sincero. Si ese el destino que el Supremo le reservó a su propio hijo ¿que quedará para nosotros?
El nivel de politización de los medios es tan alto como el nivel de despolitización de su discurso. Porque ellos apuntan a esa ciudadanía despolitizada que no ve la inseguridad desde una perspectiva social sino como un hecho aislado. Cuando declara Susana Giménez “hay mucha gente que piensa como yo” está demostrando que ella sabía que ese era el momento justo para soltar esa bomba. Una aplanadora emocional muy básica que compite con el brillante discurso de Cristina Fernández en el congreso. Parece que cuanto más demuestra la Presidenta que puede enfrentarse a sus enemigos, éstos buscan en sus aliados mediáticos nuevas estrategias porque la descarga de Susana Giménez no es inocente ni fruto de un momento de angustia. Ella representa a una clase, a un sector social y no la creo para nada ajena a estos reagrupamientos de la derecha.
Su palabra (aunque sea triste decirlo) funciona como una propagandización de valores.
La despolitización es un mecanismo que actúa conjuntamente con la desubjetivación. Entre sus muchas formas una de ellas se expresa a través de la idea de que no hay contenidos, valores, convicciones ni sentidos sino sólo intereses. Cada persona se movería por su conveniencia y tendría como único objetivo el triunfo. La preservación de los intereses individuales lleva a defender la renta del campo como la pena de muerte. El mundo es sólo mi realidad más cercana, cualquier razonamiento que me permita afirmarme en mis intereses será mi bandera.
Cuando una sociedad se siente invadida por el terror se inclina hacia la derecha. Es interesante ver como Cristina Fernández apuesta a un discurso racional, de tono casi pedagógico con sus explicaciones y la derecha apunta a la irracionalidad. A reducir a los sujetos a seres descreídos de todo, que ven conspiraciones, delincuentes, políticos que quieren hacer caja y terminan agrandando el monstruo de la mano dura. Porque ese ciudadano irónico frente al kirchnerismo no duda de una animadora televisiva que delinquió con la compra de autos y el fraude de sus concursos mediáticos.
Cuando Estela de Carlotto le responde a Susana Giménez diciéndole que ella, que sufrió la desaparición de hija, no pidió jamás la pena de muerte ni salió a vengarse, está hablando de la posibilidad de plantarse frente al dolor de un modo no previsible. Las Abuelas y las Madres de Plaza de Mayo son una excepcionalidad. La despolitización busca que no haya excepcionalidades que los sujetos encuentren frente al televisor la manera correcta, aceptable de actuar para no quedar como un desubicado frente a su vecino. ¿O acaso se puede discutir con alguien que asume ese tono histérico de Susana Giménez donde el mínimo atisbo de disidencia ya estaba fulminado con sus gritos?
Ellos saben perfectamente que con la pena de muerte no se termina el delito pero lo que buscan es otra cosa: Hacer apología del odio, una sociedad que odia no sólo pierde la solidaridad sino los límites entre lo lícito y lo ilícito que es el componente ideológico de base de la pena de muerte: asumir la lógica del asesino.
El uso de la clase media como masa de maniobra que hace la derecha en este momento, recuerda a los ejemplos más llamativos del fascismo del siglo XX. Busca su legitimidad en la manifestación popular para instalar los valores más regresivos.
Cosecha de odio:
Cosecha de odio:
Por Alejandra Varela
La especificidad que se reclama a la descripción de una situación política no excluye entender que ciertas caracterizaciones sociales transforman su modo de presentarse y siguen vigentes con otros ropajes.
Elisa Carrió hace un uso desprolijo y malintencionado de ciertas terminologías para provocar confusión y realizar actos de terrorismo verbal. Me hago cargo, por supuesto, que con esta definición asumo el primer riesgo del tema de mi artículo. ¿Por qué uso la palabra terrorismo para referirme al modo en que la líder de la Coalición Cívica enuncia la política nacional? Porque Carrió no hace un análisis en términos realistas sino que organiza sus declaraciones sabiendo que lo que dice es falso. Carrió busca instalar una mentira como verdad, es goebbeliana. La idea es que esa mentira se convierta en realidad. Su finalidad no es discutir y confrontar propuestas sino contagiar el odio que a ella le despiertan los Kirchner. El modo de expresarse de Carrió bloquea el debate, no es político. ¿Quien va a aceptar discutir con una persona que la equipara al gordo Valor?
Carrió sabe que al confrontar pierde porque sus enunciados no se sostienen en situaciones reales sino que se ubican en el plano de las predicciones absolutamente ambiguas. Carrió busca instalar la irracionalidad, no el pensamiento: sospechas, temores, desconfianza, malestar para eso rememora las malas experiencias de la historia cercana. Genera miedo porque despierta fantasmas que todavía duelen. Hay una manipulación emocional de los sujetos.
Fue Aristóteles quien identificó en la tragedia griega los mecanismos de piedad y temor para lograr la descarga y contención de la emoción. Según Aristóteles se siente piedad por el que sufre injustamente y temor por un dolor que también podemos padecer nosotros. A partir de estos recursos los trágicos hacían pedagogía política con los ciudadanos de su democracia.
El terrorismo implica realizar propaganda política partir de un acto de violencia indiscriminada que genera pánico porque no tiene un objetivo excluyente. Cualquiera puede ser víctima. Las sociedades atravesadas por el terrorismo se vuelven temerosas, desconfiadas y, en muchos casos, reproducen ese concepto de terror.
Irresponsablemente Carrió apela a Ceasescu, Hitler, el Guetto de Varsovia o dice que si el que gobierna es Néstor Kirchner y no la Presidenta se trata de un gobierno de facto.
En esa indiscriminación, en no distinguir la especificidad de cada funcionamiento institucional, Carrió, por un lado, desacredita un hecho tan contundente como un golpe de estado (como señala en su blog Artemio López) pero, además, al homologar cosas que no pueden asimilarse, está llamando a la población a responder como si realmente se hubiera producido un golpe institucional.
Escribí esta nota antes de ver a Carrió en el programa “Tres poderes” el domingo 21 de diciembre. No hizo más que confirmar lo que escribo. Incluso dijo, casi textualmente, que se justificaba una reacción de la ciudadanía frente a un gobierno de facto como el que, según ella, existe hoy en la Argentina.
Pero agregó algo más. Cuando los periodistas, hartos de sus acusaciones desmesuradas contra Néstor Kirchner, le preguntaron: “¿Y usted qué haría si fuera presidenta?”Ella contestó: “Eliminaría las retenciones al campo y le pediría plata al fondo monetario”. No hay que ser de Sendero Luminoso para salir a discutirle semejante animalada que no sólo implica volver a los errores del pasado sino que demuestra la falta de ideas de la líder de la Coalición Cívica. Cuando Maximiliano Montenegro salió a discutirles, Carrió se puso como loca. Estoy muy lejos de defender el periodismo que hacen los tres conductores del programa: Gerardo Rozín, Reinaldo Sietecase y Montenegro pero los prefiero a los monólogos que propicia Mariano Grondona. Enfrentarse al disenso es una situación que descoloca a la republicana y democrática Carrió.
Carrió busca provocar una reacción popular propia de esa descripción desmesurada que realiza porque, no se trata sólo de un acto alocado, de una exageración. Carrió procura que sus palabras generen consecuencias y es allí donde deja de ser pintoresca para convertirse en peligrosa.
Algunos ubican en este mismo sentido las apreciaciones del gobierno sobre el clima destituyente que, desde el oficialismo y varios sectores sociales e intelectuales consideran, que estamos atravesando.
La diferencia fundamental entre los comandos civiles de Néstor Kirchner y el terrorismo de Carrió, es que el oficialismo se basa en acciones muy puntuales que demuestran un sentimiento destituyente, una voluntad de desgastar al gobierno. Los Kirchner realizan una descripción de la realidad que la propaganda mediática se ocupa de negar. Por el contrario, Carrió se maneja con los deseos que despierta el odio (¡no tiene algún amigo que le aconseje que al menos haga el intento de disimular un poco!)
Y aquí disiento con Mario Wainfeld en el artículo publicado el domingo 21 de diciembre en Página/12.
La mayor parte de la historia argentina ha transcurrido en la ilegalidad. Tenemos un catálogo generoso de acciones dictatoriales y genocidas que no siempre llevan los mismos ropajes. Hipólito Irigoyen podía ser un rojo para la oligarquía pero las matanzas de la Patagonia Rebelde y La Semana Trágica fueron acciones de una dictadura que no contemplaron los mínimos elementos del derecho, por los que el líder radical peleó alguna vez. Arturo Illia fue un político que se plantó frente a las corporaciones, que defendió la universidad pública. Bajo su gobierno la educación y la cultura vivieron su momento de gloria pero gobernó con la proscripción del principal partido político. Un acto de censura propio de los sistemas dictatoriales. Carlos Menem ganó legítimamente sus dos presidencias pero realizó la política con la que soñaron todas las dictaduras desde el 30.
Cuando se recordaban los 25 años del golpe del 76, Eduardo Grüner publicó en Página/12 un artículo en el que señalaba que por esos días (marzo del 2001) se estaba realizando otro golpe de estado. El que llevaba a Domingo Cavallo a ser el Presidente de la República , gracias a los superpoderes que estaba por votar el Congreso, se trataba de una forma más moderna y prolija de ejecutar un golpe institucional. Era el propio Presidente, Fernando de La Rúa el que lo llamaba para tomar el mando.
Se equivoca Wainfeld cuando dice que los funcionarios de la Alianza no eran tiranos. No tendrán el formato grosero de otras épocas porque todo se vuelve más elegante, justamente, para subsistir pero si en un contexto de recesión con híper desempleo y salarios congelados durante diez años, se saca mediante pagos de coimas, una ley de flexibilización laboral que implica liquidar los pocos derechos que le quedaban a los trabajadores. Se les rebaja el 13% de los salarios a quienes los poseían y a los jubilados, medida anti-humana (para decirlo de un modo básico) y después de la renuncia del vicepresidente, líder de uno de los partidos de la coalición, se llama Ministro de Economía a otro candidato que había perdido las elecciones para Presidente para que realice su proyecto político como le plazca, hay una tiranía.
La democracia es un sistema donde se respetan los derechos de los ciudadanos y donde se suma al juego político a todos los sectores sociales para que, en función de las relaciones de fuerza, tengan mayores niveles de intervención.
Tanto De La Rúa con Menem excluyeron al pueblo del juego político porque pulverizaron sus derechos como lo hicieron los conservadores a principios de siglo y un sujeto sin derechos está degradado en su condición humana.
Uno de los argumentos para sostener la afirmación del clima destituyente creado por el lockout patronal es justamente la amenaza del hambre hacia toda la sociedad que generó el desabastecimiento. A partir de ese mecanismo el sector agropecuario demostró su poder: Pueden dejar sin alimentos a la población, aumentar los precios, hacer tambalear la fuente laboral de miles de personas, influir sobre la clase media, desabastecer de combustible, bajar las ventas de los comercios, perjudicar el turismo. Además de amenazar con posibles corralitos e incentivar la compra histérica de dólares. Es decir, la economía puede estar en sus manos, pueden transformar el panorama político económico de un país más allá de la estructura económica que haya armado el gobierno y encima se dan el lujo de sostener un paro por tres meses. Evidenciaron que son un factor de poder que puede actuar en el sentido foucaltiano, tautológico del término, como un sector, casi equivalente al poder estatal mismo.
Me molesta y me inquieta que le fastidie tanto a varios analistas políticos el tono confrontativo de Néstor Kirchner ¿Qué es un político sino aquel que sabe identificar conflictos? Pero en los últimos días me molestó más una frase de Wainfeld: “Se recae en un error basal en la derrota de la 125: proponer una excitada gesta que no es la primera necesidad de las gentes de a pie”
En esta frase Wainfeld está siendo complaciente con la despolitización mayoritaria de la ciudadanía.
Los Kirchner tienen algo de vanguardistas. Van un poquito más adelante que muchos y eso es algo para reconocer y admirar. También les vale odios porque, seamos sinceros, y esto es algo que se ve tanto en los partidos de la oposición y en buena parte del periodismo, no hay una crítica equilibrada hacia los Kirchner, hay una crítica desmedida y cargada de un odio que no se disimula.
Si la ciudadanía no interpretó la gesta de la 125 como propia está equivocada y hay que decírselo. Si los que se involucraron lo hicieron para defender a las corporaciones que fantaseaban con volver a ese modelo del centenario, granero del mundo donde los terratenientes exportaban y el pueblo recibía hambre y represión, hay que explicarles la historia y señalarles su error.
Que el gobierno haya perdido en su batalla por la 125 no quiere decir que estuvo equivocado en su planteo de fondo (aunque haya cometido errores) porque sino seguimos pensando bajo la lógica menemista. El exitoso tiene razón y el que fracasa está equivocado y eso no es necesariamente así.
Esa idea que se desprende de la frase de Wainfeld que aquello que no funciona hay que abandonarlo, sin discutir si lo que guió su utilización fue o no válido, me parece que apunta a un pragmatismo vaciado de política. Si sustraemos la gesta, la épica, el mito quedan sólo los intereses y allí también desaparecen los sujetos.
“(…) no es la primer necesidad de la gente de a pie” ¿Qué idea de sujeto se desprende de esta frase? Un sujeto al que yo no quiero parecerme. Me gusta más pensarme como alguien que se involucra en la historia y comprende la articulación entre los sucesos que lo rodean como una combinación compleja y tensa con su propia biografía. No me interesa ser sólo la suma de mis necesidades sino comprender, participar, yo me siento alagada por esos gobiernos que convocan algo más de los sujetos.
La revolución de Mayo fracasó. Fracasaron Castelli, Moreno, Dorrego, Belgrano, San Martín y fueron los grandes hombres de la historia. Triunfaron Lavalle, Mitre, Rivadavia, Roca. ¿Quiénes tenían razón? ¿A quines queremos parecernos?
Los Salieris de Cristina Fernández:
Por Alejandra Varela
El primer error de Reynaldo Sietecase al escribir su diatriba contra el “uso del oficialismo de la figura de las Abuelas y las Madres de Plaza de Mayo” [i]es que define a este grupo de mujeres como seres pasivos que “le pertenecen a todo el pueblo argentino” y son usadas para “obtener beneficios políticos”, cuando, en realidad, las Abuelas y las Madres son sujetos que se involucran, que toman decisiones políticas, que eligen sus adhesiones y sus diferencias.
Cuando Cristina Fernández se refiere a ellas como contraejemplo de las mezquindades del sector agropecuario, recupera el mito fundacional del kirchnerismo: hacer realidad el sueño derrotado de los 70 y le otorga una dimensión histórica al conflicto, que no es fácil de digerir. En primer lugar porque tanto la Presidenta como Hebe de Bonaffini al entregarle su pañuelo en el acto de Plaza de Mayo están asumiendo un riesgo y en un mundo donde se proclama la moderación como la mayor virtud, en un contexto donde sostener una idea más allá de los cacerolazos y las encuestas es una locura, el accionar del gobierno nacional y de las Abuelas y Madres resulta inexplicable.
Hay dos Argentinas, nos dice la Presidenta, ¿cuál elegimos ser? Aquella que sólo se preocupa por sus intereses o aquella que hace de un drama personal, de una tragedia política, una posibilidad de reinventarse y de trazar nuevos caminos históricos.
Vicente Palermo se queja de que Néstor Kirchner convierte los conflictos de intereses en conflictos de identidad. Si sólo se considerara el conflicto de interés desaparecería el clima destituyente y las campañas mediáticas. Al sustraer el conflicto de su carga histórica, de su sentido dentro de un relato político, de su valor dentro de una serie de estrategias, se está negando la carga política del mismo. Un conflicto de intereses es el grado cero de lo político, es la sustracción de ideas y conceptos, de tensiones sociales, un esqueleto vacío que, lejos de darle densidad al debate, lo simplifica.
Es una banalización absoluta decir que la presencia de las Abuelas y las Madres es la respuesta a la escuálida presencia de una Madre convocada por Buzzi en el acto de Rosario. “Ajena a las peleas del poder” (escribe Sietecase) sólo hizo lo que le dictaba su corazón”. Este es el lenguaje de la no política. Equiparar estas dos situaciones implica negar la trascendencia que tuvo ese momento en el que Hebe le entregó su pañuelo a la Presidenta. Allí se entró en una zona que a muchos les resulta demasiado engorrosa transitar.
Sietecase desliza como un detalle secundario que el gobierno les brinda apoyo económico a las Madres y las Abuelas, a lo que ellas responderían con respaldo político. Esta campaña sustractiva que reduce a los sujetos a simples entes interesados y pragmáticos, no es inocente, defiende una idea de sujeto casi excluyente y limita cada vez más las posibilidades de pensarnos como singularidades. A esto me refería cuando mencionaba lo intragable de ciertas conductas.
Asistimos al montaje de una mentira, pareciera decir Sietecase. ¿O acaso no vieron a todos los cómplices de los militares escondidos en el gobierno?
El posicionamiento del gobierno nacional en el tema derechos humanos incluye decisiones muy concretas que, al analizarlas, tal vez le hayan traído más costos políticos que ventajas. Se trata de una de esa clase de acciones que dividen a la sociedad y, habría que ver, si la mayoría comparte la idea de llevar al banquillo de los acusados a los militares genocidas. A su vez despierta, le da entidad, a viejos enemigos. Otra vez el riesgo.
Para decirlo claramente: Cristina Fernández es una mujer atravesada por todas las debilidades, los errores y las mezquindades que pueden encontrarse en todo ser humano. Como alguien que se encuentra en las altas esferas del poder, la guían los intereses más oscuros pero hay momentos (y no son pocos) donde ella toma decisiones que la diferencian del resto de la clase política argentina y, como si esto fuera poco, la vuelven para la mayoría de la sociedad, inexplicable. ¿Por qué? Porque no hace lo que lógicamente se espera de ella, porque frente a un modelo de sujeto que se propagandiza desde los medios, la oposición y la ciudadanía biempensante, ella se sale del molde y, encima, sube al estrado a las Abuelas y las Madres que son el ejemplo de esa excepcionalidad que habita en todo sujeto. Al problema político, económico, institucional, le sumamos el problema existencial.
Ver a Hebe con lágrimas en los ojos después del fracaso de la 125 no es fácil de traducir para la mayor parte de la sociedad. Porque ese sujeto moderado, desapasionado que piensa igual que el vecino, que nunca toma decisiones inconvenientes y sólo se preocupa por sus intereses más próximos, no encaja con una mujer que durante mucho tiempo habrá sido un ama de casa como cualquier otra y que un día, a partir de un drama íntimo e histórico, entendió que salir a pelear por lo propio sirve en la medida en que también uno pueda entender el dolor de los otros y se permitió descubrir y potenciar esa excepcionalidad que todo sujeto tiene, aunque algunos se mueran sin descubrirla.
¿Molesta la intransigencia, los exabruptos, las exaltaciones o molesta saber que algunas personas sostienen sus ideas más allá de la corriente? ¿No será que lo que realmente perturba es descubrir que todos podemos afirmarnos en nuestra singularidad y ser, de ese modo, sujetos, no seres previsibles?
Los medios propagandizan el anti-sujeto y de repente tenemos una Presidenta a la que nadie entiende, aliada a una mujer como Hebe que dice lo indebido.
Pero llega la figura del restaurador para poner las cosas en orden. El vicepresidente es el Salieri de los Kirchner.
José Pablo Feinmann repite por estos días una frase de Michel Foucault: “El hombre que se rebela es inexplicable”.
Julio Cobos es absolutamente explicable, plano, transparente. Hace lo que se supone que se debe hacer y los mediocres del mundo le permiten probarse el traje de héroe.
¿Qué es lo que se celebra en Cobos? ¿Qué es lo que vino a pacificar? El temor que produce lo inexplicable, el fastidio que causa la inteligencia. ¿Cómo el poder iba a caer en manos de alguien con talento? ¿Cómo, de pronto, la presidenta iba a decir cosas más inteligentes que cualquier intelectual o periodista de turno?
Si desde el poder se propagandiza la excepcionalidad y la inteligencia, las convicciones por encima de los intereses, estamos perdidos. Si alguien se anima a seguir pensando con su propia cabeza cuando todos le dicen que está equivocada, puede ser que los giles se aviven. Por suerte lo tenemos a Cobos que viene a decirles a los mediocres del mundo: Ustedes y yo tenemos razón.
Alain Badiou sostiene que ese “ser para la muerte” del que hablaba Martin Heidegger puede ser el soporte del sujeto del Acontecimiento, ese impensable que tiene lugar en el terreno del amor, la política, la ciencia y el arte. Cuando un ser gris se topa con un acontecimiento puede elegir entre encarnarlo o dejarlo pasar. Para Badiou esa es la gran decisión ética de una persona. Al convertirnos en sujetos de un Acontecimiento descubrimos nuestra singularidad, dejamos de ser simples mortales para entrar en el terreno de la trascendencia. Descubrimos todo de lo que somos capaces. Pero en este mundo se construye, se decide, se actúa para acorazarnos en la serie.
[i] Diario Crítica de la Argentina
Del odio de los intelectuales a Cristina Fernández (Primera Parte)
Por Alejandra Varela
En su modo de relatar el cacerolazo del 25 de marzo, Beatriz Sarlo reconoce que la acción de la clase media en las calles evidenció el carácter político de la contienda. Ella hizo la traducción política de los reclamos del campo.
Lo que no dice Sarlo es que el sustento político fue el resultado de una propaganda realizada por los medios. El error de Sarlo es interpretar que esa traducción política fue un hecho espontáneo cuando en realidad fue propiciada por los medios de comunicación, internet y demás mecanismos de propaganda del sector agropecuario.
Cuando Sarlo plantea que en el voto de Julio Cobos no había nada moral en juego y que pensarlo en esos términos es una ingenuidad, Sarlo está separando la moral de la política. El voto de Cobos fue una decisión política, dice Sarlo y es verdad. El dilema ético que representó Cobos fue eso, una actuación. La justificación que dio Cobos: privilegié mis convicciones, es ingenua, tiene razón Sarlo pero esto no quiere decir que la política no implique una cuestión moral y que de este hecho no pueda hacerse una lectura en estos términos.
Porque esa ciudadanía que salió a la calle como masa de maniobra del sector agropecuario, le dio a Cobos el lugar de héroe y necesitó creer que su decisión respondía a principios.
Cobos aprovechó su oportunidad de definir la votación para vengarse de los Kirchner y acaparar protagonismo. Nada más que eso. Poco y nada le importó el país y sus consecuencias políticas, como al sector agropecuario sólo lo movieron sus intereses y eso también encierra una cuestión moral. La ideología que subyace durante todo el conflicto es la de la preponderancia de los intereses personales por encima de los colectivos.
Cuando Néstor Kirchner asume el poder en el 2003 se encuentra en un terreno desbastado en el campo de la credibilidad política. Sabía que necesitaba, para ganar la confianza de la ciudadanía, de la recuperación de un mito que tuviera la suficiente fuerza emotiva para devolver el entusiasmo de la población. Eligió, muy inteligentemente, la gesta de los 70. Los Kirchner se presentaron como dos exponentes de esa generación que venían a cumplir (con las limitaciones epocales) con los sueños frustrados, inconclusos de esa epopeya. Su estrategia funcionó de inmediato.
Cada vez que Cristina Fernández se enfrenta con algún sector del poder económico revive ese mito y lo enlaza con lo coyuntural para darle ese carácter épico que tanto le molesta a Sarlo.
Pero, a no confundirse, lo que le molesta a Sarlo es que al recurrir a la historia lo que hace el kirchnerismo es politizar la política.
Sarlo le señala a la Presidenta lo inoportuno de haber establecido una continuidad entre el golpe de estado del 76 y el clima destituyente durante el lockout, en su discurso del 25 de marzo del 2008. Y le reprocha: que “no era el momento adecuado para que la presidenta de la República esbozara su tesis historiográfica sobre la complicidad de cualquier sector de la producción agraria con el golpe militar.”
¿Por qué? Porque para alguien como Sarlo esto es crear un conflicto que sería mejor evitar. Hay algo de la peor apología del olvido en esta frase. Si el exceso de memoria puede llegar a traer consecuencias regresivas, lo que se respira en el texto de Sarlo es una apología del olvido que, muy subterráneamente, encierra la certeza de que la frase de la Presidenta se basa en una verdad. Es cierto que la sociedad rural es golpista, pareciera decir Sarlo, pero si de esa verdad hacés un discurso proclamando a los cuatro vientos estás demostrando que la discusión sobre el terrorismo de estado y los años 70 atraviesa distintas capas políticas y sociales, es compleja y no murió el día que Raúl Alfonsín se puso la banda presidencial, sino que pese al repudio de muchos sectores de la población , pese a la militancia de los organismos de derechos humanos, sigue viva y ha logrado armar nuevas estrategias. Si decís eso, si le das un sustento político, histórico, ideológico a esos actos que los medios definen como una manifestación de la sociedad civil, podés llegar a poner en crisis la amalgama fundamental de la despolitización que nos está dando muy buenos frutos.
El temor que genera el discurso de Cristina Fernández es el de poner en riesgo los enunciados que le dan vida a este nuevo fascismo. Los medios en su simplificación discursiva tienen atrapada a la población en una lógica que expresa sus deseos más individualistas.
No es oportuno traer la historia porque las pruebas y los razonamientos que este mecanismo implica pueden atentar contra la sustracción, ese procedimiento que todo lo vuelve tan fácil, tan carente de conflicto, tan neutral. Si después de todo sólo se trata de una Presidenta soberbia y de un marido testarudo.
Ese discurso con efectos que horroriza a Sarlo es un discurso político. Cristina Fernández sabe que sus palabras y sus acciones traen consecuencias.
En esa despolitización se funda la concepción de objetividad que los medios exhiben como garantía de verdad. Lo que ellos entienden como objetividad son los hechos despojados del factor político que les da un sentido en la historia. ¿O acaso no es objetiva la explotación infantil, el trabajo en negro y el robo de tierras que sistemáticamente realizan las cuatro entidades en pugna con el gobierno? ¿Por qué no se presentan los datos objetivos de la evasión impositiva o de las exportaciones realizadas en pleno lockout patronal?
Gracias a que la ciudadanía está despolitizada nosotros podemos movilizarla para nuestros fines.
En su rechazo a alinear a los protagonistas del presente en relación al pasado, Sarlo supone que existe algún tipo de transformación en las personas o en las instituciones que representan.
En primer lugar habría que discutir si ese cambio realmente existe, si la sociedad rural de los años 30 o 50 es distinta a la que hoy tiene a Hugo Biolcatti como Presidente ¿Qué es lo que querían en esa época y qué es lo que quieren hoy? Lo mismo: imponer un plan económico.
Y esto suena muy parecido al discurso de los amigos de Aramburu cuando, frente a su asesinato, dijeron que el Aramburu del 69 no era el mismo que el del 55. Aquí el cambio venía a evitar las consecuencias de la historia. Ahora que la sociedad reconoce a sus asesinos, a quienes la destruyeron, ahora que cuestiona y juzga a sus verdugos, nosotros decimos que cambiamos. La Sociedad Rural de hoy tiene que desprenderse de todas las lecturas que se realizaron del terrorismo de estado, de la institucionalización del discurso de derechos humanos, para hacerlo necesita de intelectuales como Sarlo que digan que Luciano Miguens no es Martínez de Hoz.
Sarlo lo dice claramente: “a un gobierno le impide construir un sistema de acuerdos”. ¿Cómo se puede negociar con asesinos? Negando que lo son. Negando la historia. Si no nos olvidamos del pasado no podemos avanzar. Esto es lo que se propagandiza, que profundizar en el conflicto y darle envergadura histórica y política no permite la creación hacia adelante. Cuando, en realidad, en estos 25 años de democracia fracasamos más por evitar la confrontación que por mirar la historia de frente.
Si Sarlo separó al comienzo de la entrevista la política de la moral, se contradice al considerar que Néstor Kirchner no es sincero al evocar la ideología sertentista y la lucha por los derechos humanos. Dentro de su razonamiento, no debería importarle porque si sólo respondiera a una estrategia política sería absolutamente válida. Incluso también se contradice en relación a su discurso del pasado. Le pide al gobierno que no discuta con los protagonistas del presente en relación a la historia, sin embargo ella recurre al pasado de los Kirchner para desconfiar de su discurso sobre los derechos humanos.
El problema no es el pasado sino qué efectos produce ese pasado sobre este presente. Si sigue provocando efectos políticos se vuelve peligroso.
Ella deslegitima a Kirchner en relación a su pasado pero no acepta que el oficialismo haga lo mismo con sus adversarios.
El discurso de Sarlo termina pareciéndose, tristemente, al de Elisa Carrió. Según la dirigente de la Coalición Cívica, Néstor Kirchner saqueó y destruyó el país durante su mandato. ¿Cómo hizo para destruir el país mientras lo sacaba de la peor crisis institucional de su historia, reactivaba la producción, aumentaba el empleo, los salarios, las jubilaciones generaba un superávit gemelo? ¿Cómo se puede destruir un país y hacerlo crecer al mismo tiempo? Según Sarlo los intelectuales cercanos al gobierno hacen la vista gorda a la corrupción y al autoritarismo porque ven que intenta redistribuir la riqueza. ¿Cómo se puede ser autoritario y darle tanto protagonismo al congreso? ¿Cómo se puede robar las jubilaciones y al mismo tiempo aumentarlas y crear nuevos jubilados?
La corrupción, el robo, implica un deterioro en la vida de los sujetos, un estancamiento productivo.
Me interesaba detenerme en la definición que toma Sarlo de Carlo Donolo: “la democracia es un sistema gris (…) Los caminos se concretan a través de largos procesos de negociación y no tiene un relato épico”. Lo que está diciendo es que la democracia es un sistema mediocre y le está pidiendo a la Presidenta que se adapte a esa mediocridad, que no busque ser brillante ni épica porque en la democracia se subsiste hablando más bajo que la realidad, siendo un personaje de segundo orden.
¿Por qué no se puede vivir en democracia con un relato épico? Porque, según Sarlo, no se puede combatir, no se puede entrar en los conflictos que son el motor de la historia sino pasar desapercibidos, hacer lo que ya está escrito y acordar.
Lo que no dice Sarlo es que esa política fue la que instrumentó Menem y De la Rúa y nos llevaron al desastre.
Nadie desconoce las contradicciones dentro del gobierno pero la apuesta se fundamenta en algunas decisiones que marcan un cambio con la línea política que vivimos en estos 25 años de democracia y que nos lleva a observar que el gobierno tiene como contrincantes no al pueblo, como ocurrió la mayoría de las veces, sino a los sectores de poder económico, por eso, por más que algunos nombres vinculados al gobierno no nos resulten demasiado simpáticos, uno piensa que por algo el gobierno decide enfrentarse a las corporaciones que le hacen la vida imposible y la conclusión más lógica es la de pensar que entre muchas otras cosas hay convicciones porque si solo quisieran robar pactarían y sacarían una mejor tajada.
Al negar el trazo grueso de un gobierno que apuesta al cambio por las contradicciones inevitables, ya que ningún poder es puro, se está evitando la posibilidad de cambio.
Por un lado le piden que negocie, lo que significa pactar con personajes oscuros y por otro lado les molesta que en sus políticas que tienden a una mejora en la vida de la población, arrastren a persojanes no muy respetables.
Esa subestimación con la que Sarlo relata el momento en el que Horacio González cita a John William Cooke frente a Kirchner, intenta llevar esa escena la plano de la mera ficción. No es más que un intelectual realizando un sueño juvenil. Como si fuera una cosa de todos los días que un ex Presidente (con la envergadura de un Presidente en ejercicio) vaya a la Biblioteca Nacional a reunirse con un grupo de intelectuales. Quitarle envergadura aun hecho inédito es parte de este procedimiento sustractivo que desvaloriza cada acción de los Kirchner como un modo de evitar sus efectos en el plano de lo real. Este procedimiento se alimenta y da sus frutos en el escepticismo. No podemos creer que un encuentro entre Kirchner y los intelectuales tenga algún valor como tampoco podemos creer que al gobierno le interese la distribución de l riqueza. No importa que se estaticen las AFJP y que se aumenten los salarios y las jubilaciones, hay que quitarle sustento, valor, una herramienta fundamental al momento de despolitizar las acciones políticas.
La construcción del político como un ladrón sin ideología fue fundamental durante los años 90 y tuvo entre sus principales autores a los medios masivos de comunicación. A partir de esta figura sembraron el desencanto más paralizante en los hogares argentinos. Dejar de creer era el motor de su proceso despolitizador, teñido de un halo de inteligencia. Desconfiar del político de turno era señal de lucidez, del que había aprendido y no se dejaba engañar.
Los Kirchner con su recuperación de la política amenazaron con poner en crisis el sustento de la política mediática. El esfuerzo de los medios por vaciar de sentido cualquier iniciativa oficialista responde no sólo a una campaña mediática ligada al poder económico, sino a defender ese sustento ideológico del que, por supuesto, también se alimentan las corporaciones.
Los Kirchner vinieron a darle sentido a aquello que los medios empaparon de escepticismo, entones derrumban su negocio. La gente no debe creer en nadie para creer sólo en los periodistas.
Durante el gobierno de Néstor Kirchner el periodismo político pasó a un segundo plano, no por el ridículo argumento de la censura, insostenible con sólo mirar un puesto de diarios, prender el televisor o la radio sino porque la gente ya no endiosaba a los periodistas carismáticos de turno, le resultaba más atractivo un Presidente que resolvía sus problemas.
Según Sarlo existe en muchos defensores del gobierno una aceptación de la corrupción, justificada por las medidas sociales. Sin embargo esa democracia gris que defiende Sarlo donde las negociaciones reemplazan al conflicto, se prestan mucho más a la corrupción que la épica que hoy encarna Cristina Fernández. Podríamos ir más a fondo y decir que esos acuerdos grises de Sarlo no son ni más ni menos que la descripción de una corrupción que, justamente, es posible gracias a la ausencia de política. Recuperar la política implica que todo lo que antes se hacía en la oscuridad ahora se resuelve en el espacio de la multitud.
La corrupción es la negación del estado, el armado de un estado paralelo donde todo se resuelve en secreto y el pueblo es una categoría prescindible. La política, la épica de la política, recupera el estado y sus decisiones se definen en el campo de lo real donde todos los sectores marcan las líneas de fuerza.
El conflicto insoportable
El conflicto insoportable:
Cuando se usa la expresión “triunfo de la voluntad” para referirse al modo en que se produjo la reinstauración de la política en la era K, pareciera que todo aquello que bajo la gestión de los Kirchner tuvo el nombre de político fue mera ficción. Este es un argumento al que la izquierda partidaria recurre bastante seguido para desestimar la política de derechos humanos del gobierno, entre otras cosas. Se trata, según ellos, simplemente de una pantalla que disimula el neoliberalismo más cruel. Sin embargo, cuando se habla de la vuelta a la política lo que se destaca es que la realidad es el tono que le da legitimidad a los hechos. La voluntad sólo adquiere su carácter épico si en la vida de todos los días produce realidades nuevas.
Si todo lo que el kichnerismo sostuvo hubiera sido falso, una simple manifestación de la voluntad, ya se habría desmoronado, espacialmente con los cimbronazos de los últimos meses. Con voluntad no alcanza para enfrentarse a un enemigo que hace un lockout durante más de tres meses, a los cacerolazos de una clase media rabiosa y a los ataques de los medios. Se necesita de algo más.
La política de derechos humanos no es sólo un discurso, son juicios que se han cobrado la desaparición de una persona. Todas las imperfecciones y los titubeos de las decisiones políticas que conciernen al sector agropecuario tuvieron un sustento real que generó consecuencias. .
El gobierno es acusado, especialmente desde los medios de comunicación, de crear conflictos. Esa idea de considerar que tomar una decisión política que genera un conflicto es en sí misma un error, sin importar demasiado si aquello que se sostiene tiene algún fundamento, suena a desconocer el carácter confrontativo de lo político, a molestarse simplemente porque la lucha de intereses toma el centro de la escena. Se trata de una actitud anti política. De la defensa de la despolitización como una especie de garantía del orden y del equilibrio que no alza la voz.
El gobierno no pudo visualizar las estrategias que estaba en condiciones de desplegar su enemigo. Pensemos en Ismena cuando intenta convencer a su hermana Antígona del error de desoír la prohibición de Creonte de enterrar a su hermano Polinice.: Tenés razón pero no están dadas las condiciones objetivas para hacerlo, podríamos traducir que sería el subtexto de Ismena en el drama griego. Y si se analiza la realidad que presenta la obra de Sófocles desde una perspectiva racional, Ismena está en lo cierto. Pero la transformación de una sociedad del miedo al reconocimiento de la verdad no existiría sin esa Antígona que antepone lo que debe hacer por encima de lo conveniente.
Son dos maneras de leer la política, absolutamente válidas porque mientras Antígona transgrede desde el punto de vista de la prohibición de la ley, la transgresión de Ismena es a nivel generacional: ella no quiere ser una mártir, no funda su política en la muerte como el resto de su familia.
Pueblo y anti- pueblo:
Ese conflicto entre nación o anti-nación, entre pueblo o anti- pueblo. Surge cuando uno ve a la ciudadanía con un odio desmedido haciendo tronar sus cacerolas o cuando alguien como Elisa Carrió dice que a Cristina Fernández la votaron los pobres dependientes del clientelismo político. El gobierno ubica el conflicto con el sector agropecuario como una discusión sobre un modelo de país. Cuando en el debate en el congreso se dijo que primero había que dar de comer a los cuarenta millones de argentinos y después pensar en la oportunidad mundial que se presenta, se hablaba de una decisión política que toca el zócalo del sistema capitalista: la desesperación por la subsistencia en la que se ubica cualquiera que no entienda sus leyes. Que pueda funcionar como un mecanismo defensivo del gobierno no quiere decir que no sea verdad.
Pero quería detenerme a analizar algunos de los componentes del discurso de Carrió desde el día de las elecciones de octubre hasta la fecha. Ya que es un buen ejemplo de esa anti- política que intenta confrontar con Cristina Fernández.
Carrió desconoce a las clases bajas y las unifica en un todo homogéneo sin dar cuenta de sus multiplicidades. Supone una unidad que no piensa, o que tal vez posee un solo cerebro y también tiene una mirada muy simplista sobre los modos de actuar del peronismo en eses sectores.
Si su análisis fuera tan contundente, Eduardo Duhalde tendría que haber ganado las elecciones presidenciales de 1999 frente a De La Rúa, después de diez años de políticas manzaneras en la Provincia de Buenos Aires.
Durante su campaña Carrió dijo que las mujeres de los sectores bajos sentían rechazo por la figura de Cristina Fernández, que no se sentían identificadas con la clase de de mujer que ella encarnaba. Tal vez la recorrida por los barrios de Carrió no fue tan real, tan efectiva o tan amplia como debería haber sido, pero lo cierto es que Carrió cambia de discurso con mucha facilidad para explicar los resultados que no le son favorables.
El vínculo de Carrió con la realidad merecería un análisis filosófico (o psicológico) Carrió se enoja con la realidad cuando no es como ella quisiera e intenta cambiarle el sentido a partir del discurso. Es verdad que una de las grandes habilidades de un político es cambiarle el sentido a lo evidente pero en Carrió esta estrategia no muestra la efectividad que resplandece en algunos peronistas. Carlos Menem, por ejemplo, la utilizaba para desmoralizar la capacidad de acción de sus enemigos. Estaban las pruebas, la cámara sorpresa, la transparencia que señalaba el delito pero estaban ausentes las consecuencias, la justicia que le daría valor de realidad a lo que queda, un mero espectáculo mediático.
Carrió no logra contener sus nervios. Intenta que la realidad se organice en torno a sus predicciones (nada le asegura más a un político el fracaso que apostar a una suposición) Mientras que los peronistas, como Néstor Kirchner, no se ocupan de hablar de lo que va a pasar sino que ponen la atención en la acción y después hablan de lo que hicieron, ella inventa la realidad que mejor se ajusta a sus necesidades, en vez de pensarse, políticamente, dentro de una coyuntura que ella no maneja pero que podría modificar si supiera como intervenir. Trabaja sobre esa irrealidad buscando que responda a sus deseos y amenaza con abandonar el barco. Allí Carrió vuelve a empezar de cero.
En Carrió la necesidad de transformar la realidad a partir del discurso la ubica a ella por debajo de esa realidad. Los hechos son más contundentes y ella más pequeñita peleando contra los molinos de viento. Nada peor para un político que mostrarse como alguien aplastado por la realidad.
Pero por momentos, su estrategia funciona como cuando logró instalar la posibilidad e un balotaje que siempre se vio como imposible. Claro que la ayudaron algunos periodistas operadores pero Carrió hace algunas políticas de golpe de efecto donde su palabra adquiere valores terroristas: Anticipa catástrofes, crisis, partos por cesárea que no sólo jamás ocurren sino que ella inventa conscientemente para “hacer la psicológica”. Tal vez creyendo que sus palabras van a provocar contagio en la gente.
Carrió sobredimensionó triunfos electorales que en términos representativos son inexistentes.
Después se sostiene que es el populismo el que viene a tapar los errores. El populismo surge a partir de los resultados. El populismo no existe sin ellos. Un populismo sin resultados es una contradicción insostenible.
Si el conflicto surge bajo los gobiernos populistas es porque son los únicos que mínimamente se animan a tocar a esos sectores privilegiados que reaccionan de un modo desproporcionado porque ni los Kirchner, ni Chávez son el Che Guevara pero , justamente, lo desesperado de sus reclamos los vuelve más atrevidos de lo que realmente son.
No se trata de hacer una lectura ingenua del gobierno. Nadie cree estar presenciando la revolución bolchevique pero ciertas medidas, que se ocupan de limitar las ganancias desmesuradas de ciertos sectores son bastante insólitas en la Argentina de los últimos años. Esa actitud de sospecha, de desconfianza permanente hacia todo lo que surge del poder, impide profundizar aquellas medidas acertadas que podrían crecer con la intervención de otros sectores.
La despolitización, el deterioro del pensamiento, se ve claramente en un discurso mediático que fragmenta, deshistoriza, selecciona de un modo totalizador parcialidades, hace silencios de radio frente a la propaganda del odio que hacen los personajes como Elisa Carrió.
Tal vez la encrucijada que atraviesa a la sociedad argentina desde el 2001se encuentre en esa frase de Marx: “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. El kichnerismo está a medio camino entre decidirse a ser un gobierno claramente populista o seguir pegado a ciertos sectores del capital que no están del todo de acuerdo con sus medidas. Pero también es verdad que referirse a “lo emancipatorio” como hacen los firmantes de “Carta Abierta”, requiere redefinir qué sería lo emancipatorio hoy, que seguramente no es lo mismo que en los sesenta o setenta.
Cuando Néstor Kirchner vuelve a convertir la realidad en el escenario privilegiado de la política, realiza el mayor acto democrático que puede hacer un presidente. Medir la democracia por el carácter de un mandatario, el tono de sus discursos, o el grupo íntimo al que consulta, es un error y una superficialidad. Volver a la política significó que cualquier sector social afectado por las medidas del gobierno podía participar en ese juego político y modificar en mayor o menor medida las decisiones.
En los noventa todos eran invisibles, hasta los piqueteros, podían cortar rutas, quejarse pero no cambiaban nada a nivel políticas de estado. Desde el gobierno de Néstor Kirchner la acción de la gente en la calle es un parámetro para medir una decisión política. El pueblo vuelve a ser un factor que incide y esa es la verdadera democracia. Más allá de las supuestas actitudes soberbias o autoritarias de un mandatario.
“No ha sido por intentar tales cuestiones redistributivas como núcleo de los debates y de la acción política” que los sectores concentrados han logrado el respaldo activo de actores sociales que hasta hace poco resultaba impensable que lograran y que el gobierno ve desfondarse su popularidad”. Creo que en esta frase de Vicente Palermo se concentra lo más difícil de descifrar del conflicto. La sociedad no salió a la calle por las retenciones. A la mayor parte de la ciudadanía le resultó insoportable la persistencia en un conflicto que interpretó como un estado de tozudez de la Presidenta. Leyó posicionamiento político como autoritarismo y soberbia. Se trata de una sociedad que no soporta el conflicto, que lo ve con malos ojos que lo asimila a un estado de crisis. Y sobre este malestar se operó con finalidades políticas, como ocurre siempre.
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