Alejandro Z.

Reírse del pobre vale

La corrección política hace estragos en el lenguaje. A cada término ofensivo hay que buscarle un eufemismo inócuo, que eventualmente será reemplazado por otro aún menos agraviante (o no). Y si bien estoy en desacuerdo con la hipercorrección lingüística, me alegra de que surja de un deseo de no ofender a los negros, a los putos, a las minas, a los mogólicos y no de una pacatería conservadora que hace del aburrimiento una religión. Está bueno que se entienda que el diferente merece respeto.

Ahora bien, parece que todavía existe un grupo que todavía no es digno de respeto: los pobres. El pobre es, cada vez más, un otro para los clasemedios. En la televisión, el lugar del pobre va desde objeto de morbo en programas de “periodismo testimonial” (frecuentemente conducidos por actores) al rol de bufón que se le asigna en “Policías en Acción”, que nos enseña que un pobre no puede solucionar sus propios problemas familiares o barriales sin que las fuerzas policiales impongan orden. Y, por supuesto, el papel de villano popular omnipresente en los medios: los hombres jóvenes son delincuentes violentos, las madres paren hijos de a siete para cobrar subsidios, todos votan al peronismo contra sus intereses para arruinar a la clase media. Puede ser gracioso o lastimero, pero el pobre siempre es malo.

Hace años que Proyecto Cartele (gente muy cool, que publica libros y realiza exposiciones) se dedica a publicar fotos de carteles o pizarras involuntariamente graciosos. En general, los más divertidos son aquellos que surgen de la inoperancia de las autoridades: carteles que prohiben y permiten la misma conducta uno al lado del otro, los que leen “analfabetos preguntar en boletería” o idioteces similares. De alguna manera, reírse de eso tiene un ánimo subversivo. Burlarse del poder (aunque más no sea en una nimiedad) es un sano ejercicio.

Pero existe un subgénero muy abundante: es el de los errores de ortografía escritos por pobres. En este post hay tres ejemplos, y la tendencia sigue acá, y acá, y acá, y acá, y acá, y acá… Sobrada evidencia de que reírse del pobre está socialmente aceptado.

Uno podría arguir que Cartele se ríe de la ignorancia sin distinción de clases sociales, y no de la pobreza. Pero una experiencia reciente demuestra lo contrario. Hace un tiempo que ví esta pizarra en un “resto bar” muy top de La Lucila (desde hace algunos años uno importante polo gastronómico de la zona norte):

ratatuill

En seguida la imaginé como un aporte a Cartele. Al fin y al cabo, gente que se dedica a estudiar como se escribe roast beef en distintas carnicerías del conurbano también puede reírse de como un restaurant con clase escribe “Ratatouille”. Con un detalle extra: nuestro restauranteur amigo tiene más recursos para escribir correctamente que el carnicero. Si buscás “ratatuill”, Google te ofrece en seguida la forma correcta de escribir esa palabra.

Pero a Cartele no le pareció. La foto fue rechazada, asumo que por ser poco divertida. O sea: reirse de un ignorante pobre está bien, justamente porque es pobre. Reírse de un clasemedio que comete idéntico error no es tan gracioso. Ya entendimos: para la clase media, reírse del pobre es perfectamente legítimo.

De: LaResPublica

Al kirchnerismo le conviene perder

(Cross-posteado en La Res Pública)

No a nivel nacional, pero si en la Capital. Veamos:

Acá se barajan alternativas sobre como armar una lista con todo el progresismo posible. Pero se evita ver una verdad fundamental:el kirchnerismo no tiene posibilidades de ganar este distrito. Si no ganaron en 2007, no ganan más. La duda es si la victoria es para Michetti o para Carrió. Punto. Pero eso no debería ser un problema. Sabemos que, además de bancas, esta elección define el posicionamiento de cara a 2011. En sus últimos llamados a un frente nacional, Carrió esconde la intención de vaciarle la estructura a Macri. La pitonisa posmoderna les está tendiendo puentes a algunos dirigentes (Michetti, Pinedo, Bullrich?) para salir de la órbita del Gobierno porteño antes de éste naufrague. Si Carrió (o, en una alternativa de ciencia ficción, el kirchnerismo) gana en Capital, noquea al macrismo como expresión política: el PRO no tiene figuras de relevancia en ningún otro distrito, y la derrota sería interpretada como un voto de censura del electorado hacia la figura de Macri. A Macri se le acaba la expectativa presidencial, o por lo menos pierde atractivo para hacer alianzas (que necesita desesperadamente en el interior). Si pierde el PRO, la Coalición Cívica se lo fagocita.

Escenario II: Michetti gana. Macri sale fortalecido. De cara a 2011, Macri convence a potenciales socios de su viabilidad electoral. La oposición presenta nuevamente varios candidatos taquilleros como candidatos a presidente. En esas condiciones, dado el ambiente de dispersión, el candidato oficialista (Scioli?) podria ganar en primera vuelta (lo que podría ser decisivo, tras dos períodos de gobierno y desgaste nadie quiere tener que sumar a medio paíz).

Entonces lo importante de la Capital, para el kirchnerismo, es que Macri gane para dilatar la gran interna de la derecha. ¿Cómo hacerlo?

Yo apostaría a hacer todo lo contrario de lo que hizo el kirchnerismo hasta ahora en ese distrito. Presentaría una lista peronista bien peronista, tal vez con fuerte presencia sindical (Víctor Santa María a la cabeza?). De esa manera, se libera la posibilidad de un frente de centroizquierda no-kirchnerista que le robe votos a Carrió por arriba (si, Carrió y la CC son de derecha, pero hay que dar una alternativa concreta para que los porteños aún identificados con la izquierda radical no la voten). Este frente tiene un piso de alrededor del 7% (los votos de Lozano en 2007), lo suficiente para molestar. Con un buen armado y una figura convocante (Pino, María América?), puede llegar tranquilamente al 15%, sobre todo con votos sacados a Carrió (que en 2007 recibió casi tantos votos para diputados por la lista del PS como por la de la CC) y en menor medida al FPV (que ya los perdió con el avance de la pejotización).

A propósito, a mi no me interesa ni que Macri gane la Capital ni que el kirchnerismo recorte sus pérdidas. Me gusta la idea de un nuevo armado progresista en la Capital (y afuera, pero ahí lo veo más viable electoralmente), que puede crecer por factores exógenos en esta elección. Se escuchan comentarios, críticas e improperios varios.

Soberanía Biotecnológica

Porotos de Soja

(Cross-Posteado en LaResPública)

Todas las semanas recibo un boletín del trabajo legislativo de los diputados del Bloque SI. La verdad, bastante aburrido, es sólo un listado de proyectos presentados, así que no le presto demasiada atención. Hoy, revisando el de esta semana, encontré algo interesante: un proyecto de Carlos Raimundi (cofirmado por Naím, Belous y Benas) sobre soberanía biotecnológica. Me parece interesantísimo porque a la luz del conflicto del campo vale la pena poner la lupa sobre un actor bastante silencioso pero más peligroso que todos los pooles de siembra del mundo.

¿Cuál es el mayor problema de las semillas transgénicas? ¿Vamos a convertirnos en mutantes asesinos por ponerle aceite de soja transgénica a la ensalada? No, ni a palos. El tema es que las semillas transgénicas (de mayor rendimiento, resistentes a enfermedades, herbicidas, etc.) son estériles: un sojero que planta transgénicos no puede quedarse con parte de su cosecha para plantar, porque el poroto que se consume no germina. Está atado a su proveedor de granos transgénicos: multinacionales como Monsanto o Cargill, por citar a algunas de las más grandes.

Tenemos un problema: en la medida que el crecimiento económico del país está atado a los desarrollos de estas empresas, estamos en una situación de dependencia total. Ahí está la importancia del proyecto: al destinar fondos del INTA específicamente a desarrollar biotecnología local, podemos evitar la situación de dependencia respecto de desarrollos tecnológicos extranjeros. Ya no tenemos que jugar bajo las reglas de las multinacionales que, repito, son el verdadero cuco oculto en el medio del conflicto agropecuario (porque interesantemente, en general son las mismas multinacionales que se dedican al acopio y transporte de granos: TODAS las actividades más redituables y de mayor valor agregado quedan en manos del capital extranjero).

Sería una manera interesante de correr el foco de la discusión de si los chacareros tienen 4×4 o si una alícuota del 33.1% es automáticamente confiscatoria. ¿No?

Foto del usuario de Flickr ateoto usada bajo una licencia Creative Commons

“Si esto no es fascismo, ¿qué es?”

(Cross-Posteado en La Res Pública)

A raíz de una discusión y de esta entrevista, creo que hay que aclarar los tantos sobre el tema. Calificar de “fascista” al kirchnerismo es una tendencia que empezó a crecer a partir de 2005, cuando Carrió llamó a Kirchner “pequeño Roca neofascista”. Al margen de que la frase es de las mejores de Lilita (junto con aquella del “Menem pre-totémico”), es un error histórico incomensurable.

Ya en 2006 dentro del ARI debatíamos sobre el tema. Recuerdo una discusión con un par de militantes jóvenes de Capital y GBA en la que dije que llamar fascista a Kirchner era faltarle el respeto al fascismo. Sigo pensando lo mismo.

El fascismo tradicional o clásico murió en 1945. De ahí en adelante, “fascista” es un epíteto para cualquier político:

a) Autoritario; o bien

b) De Derecha.

En general, la derecha usa la acepción (a) para gobiernos autoritarios de cualquier signo (”Stalin era un fascista de izquierda”), y la izquierda usa (b) para cualquier político de derecha más allá de su grado de republicanismo (”Bush, fascista, vos sos el terrorista”). Ni una cosa ni la otra son condición suficiente para hablar de fascismo. Es más, dado que ningún gobierno se autodefinió como fascista (salvo la Italia de Mussolini) y que las políticas económicas del fascismo tienen muy poco que ver con las de la derecha liberal, vamos a ser generosos, hablemos del totalitarismo en general. No soy politólogo ni historiador, pero un análisis simple de regímenes totalitarios permite encontrar estas características en común:

  1. Se presenta como un movimiento revolucionario. Los totalitarismos siempre se presentan como un quiebre con el pasado.
  2. Toman el control total de la vida de sus ciudadanos. El totalitarismo permea la educación, los medios de comunicación, y en muchos casos hasta la religión: a diferencia del caudillo conservador clásico ungido por la iglesia oficial, los líderes totalitarios pretenden reemplazar a la religión tradicional.
  3. Los líderes totalitarios pueden ser electos democráticamente, pero rápidamente destruyen el sistema que los precedió. Concentran el poder en su persona, no dependen de estructuras como partidos, parlamento, etc.
  4. Los partidos de gobierno en regímenes totalitarios tienden a unificarse con el estado. No siempre la fusión tiene que ser total, pero se avanza en ese sentido.
  5. La oposición política es sistemáticamente aniquilada y/o neutralizada.
  6. En general, se capitaliza el odio hacia cierto grupo minoritario (racial, político, religioso, sexual) para construir mayoría heterogéneas. Las probabilidades de genocidio (estatal o privado) hacia el grupo en cuestión son altas.
  7. No es necesaria la destrucción total de los grupos de poder pre-régimen. En general, se acoplan al nuevo régimen tras aceptar jugar tras nuevas reglas que los convierten en socios minoritarios.

La lista seguramente será incompleta (se aceptan sugerencias), pero es mejor que nada. Creo que queda claro que nadie en su sano juicio puede decir que hay fascismo en la Argentina. Ni los Kirchner, que pese a sus avances contra mecanismos de checks & balances parlamentarios no destruyeron la democracia ni mucho menos. Lo mismo con Macri. No jodamos con el fascismo, que es algo mucho más jodido que toda la mafia pejotista conurbanense junta.

(Si, corresponde hacer un mea culpa: yo les dije fascistas a los dos. Ahora me parece mal. ¿Ta bien? D’Elía igual me sigue pareciendo parecido a Rohm, un líder de fuerzas de choque que desborda al líder por izquierda, y es tan boludo útil como Rohm)