Alejandro

El amor después del amor

El ocaso de un populismo sin amor. El título promete y el texto cumple. Fidanza lo termina con una afirmación severa:

El problema de los Kirchner no son los medios de comunicación ni las cajas. El déficit está en otra parte. Es la ausencia de afecto, el nervio que articula la lógica populista.

El artículo podría pasar como otro más de la crítica del kirchenerismo versión 2.0 (la que dice “el kirchnerismo no es ni siquiera lo que se propone ser”). Pero, tal vez sin darse cuenta, Findanza abre una ventana interesante desde la cual observar no solo “el ocaso” sino todo el proceso político de la década. Porque Fidanza, tal vez sin darse cuenta, rebate con sus conclusiones su premisa de que

si nos atenemos a la ciencia política, detractores y defensores del Gobierno podrían acordar en un punto: la saga de los Kirchner fue desde el principio una expresión típica del populismo.

El kirchnerismo es un populismo. El populismo requiere de afecto. El kirchnerismo no tiene afecto. Ergo: el kirchnerismo no es un populismo.

Nosotros esto ya lo sabíamos. Pablo había llegado a la misma conclusión que Fidanza con argumentos más sólidos. Y sin embargo, a más de tres años de haber dicho que el kirchnerismo no es un populismo, esta es una buena oportunidad para retomar el argumento. No desde su base post- (o super?) estructuralista que no necesita más profundización que una buena lectura de Laclau sino agregándole una perspectiva histórico-comparativa.

Fidanza nombra a Hugo Chávez y a Evo Morales para darle contraste a la la falta de amor que aqueja al kirchnerismo. En Venezuela y Bolivia Fidanza ve pupulismos de en de veras. La pregunta, entonces, sería por qué allá si y acá no. Por qué el país sudamericano que con más intensidad vivió la mayoría de las etapas políticas del siglo XX (la agroexportadora, la nacionalista popular, la burocrático-autoritaria, la dictatorial represiva, la trancisional) no puede entrar de pleno derecho en los populismos contemporáneos.

Y la respuesta a por qué durante la década no se ha desarrollado un verdadero populismo en Argentina debe buscarse, creo yo, en la existencia de una matriz sociopolítica que logró superponer a las prácticas e instituciones que vieron la luz con el populismo originario otras de nuevo tipo.

Dice Fidanza que, según Laclau, la lógica populista se estructura

a través de una secuencia de este tipo: 1°) Una serie de demandas sociales heterogéneas no pueden ser atendidas y resueltas por el sistema político vigente. 2°) Las demandas distintas se vuelven equivalentes, organizándose bajo consignas que remiten a principios generales, como “justicia”, “paz”, “orden”, etcétera. 3°) Un líder cristaliza y unifica las demandas instituyéndolas como reivindicaciones de un “pueblo”. 4°) El movimiento así constituido traza una frontera inestable, pero excluyente, que divide a la sociedad. 5°) La lucha que se desarrolla es un combate por la hegemonía, lo que significa que el “pueblo” sólo conseguirá su objetivo cuando logre representar al conjunto de la sociedad.

Pues bien, a diferencia de lo que ocurría en Venezuela y Bolivia antes de la construcción de sus respectivos movimientos populistas, en la Argentina post crisis el primer punto de la secuencia no se verificaba: las demandas sociales sí podían ser atendidas por el sistema político. Y podían serlo porque había un partido (adivinen cuál) que durante la década anterior había sufrido transformaciones que habían acompañado la reconfiguración social del país. Un partido que podía “atender y resolver” demandas sociales heterogéneas porque se había estructurado en torno al gobierno del territorio. Esto ya fue estudiado. Pero todavía sigue sin alcanzar la importancia que merece el hecho de que en la Argentina se haya logrado suplementar las prácticas de gobierno configuradas en torno a la relación salarial con otras que parten de la gestión territorial.

Y los intendentes del Conurbano serán todo lo que quieran ser pero son parte del sistema político vigente. Y los gobernadores serán todo lo que quieran ser pero son parte del sistema político vigente. Y entonces las demandas sociales no se vuelven equivalentes sino que son canalizadas cada una por los carriles institucionales previstos. El combo movimiento de trabajadores desocupados más instituciones políticas subnacionales gestionadas a través de un nuevo conjunto de prácticas políticas ha sido la mejor garantía contra la emergencia de un populismo 2.0 en la Argentina. La gestión territorial de la crisis social permitió llegar con un mínimo de integración a la recuperación económica. El acople con las prácticas e instituciones del populismo originario no ha sido (no es) una cuestión sencilla. Pero en esa articulación se ha jugado la estabilidad política durante los primeros años del kirchnerismo.

Trabajadores desocupados y trabajadores sindicalizados encontraron (en mayor o menor medida y con prácticas más o menos transparentes y democráticas) atención y, en algunos, casos resolución de sus demandas por parte de un sistema político que se había autorreformado dentro del marco institucional vigente. La secuencia “populista” se cortó antes de empezar.

El amor después del amor
tal vez se parezca a este rayo de sol.

El matrimonio gay, la personería gremial y el problema del sentido político

La decisión de Mauricio Macri de no apelar el fallo que habilita el matrimonio de una pareja gay no sólo sorprende por su inteligencia. Es además un ejemplo de éxito en una operación que le viene siendo esquiva al gobierno nacional: la asignación de sentido político a la acción de gobierno.

Al justificar su decisión de no apelar en términos del espacio de libertad que la orden judicial abre, Macri logra inscribir la medida en el marco de su difuso paradigma político. Vinculando el matrimonio gay a la libertad individual, Macri le arrebata un tema de cierto peso a quienes estructuran su discurso político en torno a la igualdad social. Si las parejas que el criterio binario oficial cataloga como “del mismo sexo” pueden casarse porque son libres o porque son iguales es algo que se decide en la lucha constante por el sentido. Ninguna acción es portadora de un sentido político “propio”, ninguna acción es necesariamente de izquierda o de derecha. [Los ejemplos sobran. En la Argentina contemporánea no hay una derecha social desarrollada -y tal vez nunca la hubo- pero en Italia, donde la derecha social fue y sigue siendo fuerte, la disputa entre ella, el socialcristianismo y las izquierdas por el sentido de la política social es crucial. Esta disputa está generalmente ligada a la construcción identitaria de los sujetos protejidos: ¿son italianos?, ¿son familias?, ¿son trabajadores?. El universo "material" es el mismo, lo que cambia es la identidad que voluntariamente se construye en relación con él.]

Desde que se ha ido agotando por su propio éxito la posibilidad de dotar a sus acciones de un sentido anti noventista o anti dictadura, el gobierno nacional evidencia fuertes dificultades a la hora de generar un sistema de valores y principios a los cuales se posible conectar de manera durable el sentido de sus políticas. Medidas cruciales como la estatización de los fondos de jubilaciones y pensiones, la aprobación de la ley de medios y la fenomenal expansión de las asignaciones familiares fueron inmediatamente consumidas en la arena política precisamente porque no estaban recubiertas de un sentido fuerte capaz de dar la disputa contra los asignados por los sectores opositores: la caja, la censura y el clientelismo respectivamente.

Todo el espacio simbólico que se abandona es ocupado por el contrincante. Y para ocuparlo, hace falta un sistema de sentido del que las acciones puedan nutrirse con coherencia y fluidez. No basta darle a cada medida una “justificación” individual. No se trata del proyecto de país agitado alegremente por los estadistas de la pluma sino de un horizonte. Un horizonte que indefectiblemente está ligado al futuro. Y el futuro no es el 2011 sino que está ligado a las diferentes posiciones del ciclo generacional que todavía atraviesa esta década sin nombre.

La cuestión de la personería gremial corre el riesgo de tener una suerte similar a la del matrimonio gay: ser apropiado por quienes quieren asignarle a la libertad sindical un contenido opuesto al que porta su demanda que es la profundización de la lucha. Más allá de si en el análisis concluimos o no que una mayor liberalización puede dañar los intereses de los trabajadores, lo importante es que su demanda está estructurada en torno a un bloque de sentidos que en ciertas circunstancias puede perder su hegemonía. Los que suman y restan “unidades del movimiento obrero” se olvidan que hay una voluntad que no puede borrarse y que está amenazada en términos de su sentido político. Lo dice el mismo Yasky:

La nueva correlación de fuerzas que va a haber en el Congreso plantearía una paradoja: que quizá sean sectores de derecha y conservadores los que terminen levantando el guante del reclamo de la CTA.

Si esto ocurriera sería una tragedia. Así como la demanda por el matrimonio gay existía y se la apropió a nivel político institucional la derecha macrista con un hábil golpe de mano, la demanda por la personería de la CTA también existe y, aunque con más dificultades, puede ser apropiada, al menos parcialmente, por quienes ven en ella una oportunidad para ir en contra de un gobierno que ubican en el polo del autoritarismo.

Como dice un amigo, todos juegan y en política no hay tiempo técnico. La pelota sigue rodando y es del que la pisa. Ya bastante hay que sufrir por haber dejado que la seguridad ciudadana sea una cuestión de espías berretas y represores 2.0. No regalemos también la cuestión de la representación sindical de los trabajadores. Por favor.

Política y seguridad

El gobierno no puede seguir estando ausente de uno de los principales temas de la agenda pública. Las declaraciones chicaneras de Aníbal Fernández luego de cada episodio conflictivo miden bien entre los fans de los anibalismos pero no aportan nada a la solución de un problema que al que no puede bajársele el precio encarándolo desde su peor arista: la de la “sensación de inseguridad” y su reverberación mediática.

La utilización de violencia en y para la comisión de robos es uno de los problemas fundamentales de la Argentina contemporánea. El objeto del repudio social es la violencia sufrida por las personas y sus bienes y no el delito considerado genéricamente. Y no debe sorprender que así sea. Primero porque cualquier ser humano le teme a la violencia directa por sobre cualquier otra cosa y segundo porque la conexión entre delitos de “guante blanco” como el lavado de dinero y los delitos violentos no es ni tiene por qué ser transparente para la opinión pública en general.

A nivel de las instituciones políticas lamentablemente el problema de la inseguridad está planteado de dos modos por lo menos incompletos: el que define hace centro en las fuerzas de seguridad (en su versión manodurezca más burda o en su versión ligera que consiste en la “policialización” -saín dixit- de la política de seguridad) y el que hace centro en la cuestión legal-judicial. Ambas miradas dejan fuera de pantalla cuestiones fundamentales como la política penitenciaria y naufragan a la hora de pensar qué hacer con la responsabilidad penal juvenil.

Sin embargo, el principal problema del conjunto de perspectivas es que desconectan el problema de la violencia delictiva de la voluntad y la acción política. Los llamamientos a la acción “concreta” de las fuerzas de seguridad, los legisladores o el poder judicial son expresión invertida de una aproximación en realidad abstracta al problema: aquella que pretende el cumplimiento homogéneo y automático de un determinado orden. Un orden que no está explicitado pero cuyo principal contenido tácito es la no utilización de la violencia en la comisión de delitos. (La premisa se extiende también a la violencia no delictiva implementada por parte de actores no institucionalizados formalmente -como los movimientos sociales, sindicatos, etc- pero ese es otro tema). Sin embargo, este orden no puede implementarse ni homogénea ni automaticamente porque su objeto no está constituido por un conjunto de regularidades (mal que les pese a los neolombrosianos que identifican pobreza con delincuencia, etc) sino por varios entramados de relaciones sociales (algunos conectados entre sí y otros no) cuyo desarrollo está dotado de una voluntad.

Son estos entramados los que hay que destruir. Pero para ello hace falta una voluntad que logre conducir al sistema legal y burocrático hacia objetivos concretos. Es en la acción contra las redes que empiezan, atraviesan o terminan en la violencia delictiva que se hará evidente la contiguidad entre ciertos delitos no violentos y la violencia delictiva. Sólamente el despliegue de la acción política puede oponer a la voluntad de que domina las relaciones delictivas la voluntad de un orden que las excluya netamente. Un orden esta vez sí concreto por cuanto producto de una voluntad y acción colectiva como es la estatal. Pero por sobre todo un orden que además de contenido tenga un sentido político. Y ese sentido no es otro que la protección de los débiles. El orden es progresista porque en las relaciones de fuerza pura pierden los que no pueden comprar su protección. El orden es progresista. El orden. Hay que construirlo dándole voluntad política a los aparatos del Estado.

Descarga

Antes que nada la sorpresa. De repente la sociedad empezó a frotarse. A frotarse contra sí misma. A frotarse y desgastarse, y desteñirse, y deshilacharse. Por qué había que lavar a la sociedad del consenso devaluacionista. Por qué había que había que perturbar la paz garbarinista. La paz, también, clarinista. La paz sojera. Por qué, por qué agitar las aguas transparentes del consumo y la producción (romper la molécula compuesta la publicidad a dos páginas – el pago en doce cuotas con 10% de descuento si justo tenés la cuenta, la cuenta sueldo o la cuenta premium, en ese banco – el trabajo ar gen ti no). Esas aguas por dónde había dejado de nadar el pez de los secuestros, el pez de los cortes de ruta, el pez de la represión. Todos esos peces que se comen la libertad. La libertad bien entendida empieza por casa. Por qué meterse a frotar en esas aguas el trapo de la sociedad. ¿Porque en el fondo de esas aguas estaba el barro inmune al derrame devaluacionista? ¿El barro de las calles de los barrios sin cloacas y sin gas natural?

Por qué ir a la guerra si ninguno de los contendientes tiene ni puede tener un ejército militar. Un ejército con uniformes y jerarquías. Nadie. Todos saben que su fuerza está plagada de traidores potenciales, de desertores preventivos. Sus fuerzas llenas de heridos o de tipos que jamás tiraron un sólo tiro. Que se hacen pis con el ruido de una sebita. Una guerra de guerrillas. Una guerra sin frente. Cada imán tiene dos polos. Si lo cortás en dos tenés dos imanes con dos polos. Y así sucesivamente. Eso es la polarización. No la fantasía (o el fantasma) boliviano-bolivariano del aumento en la distancia de los polos. No. La polarización es que cada cosa tenga dos polos. La polarización no es, tal vez ni siquiera pueda serlo, una radicalización. La polarización es la multiplicación de los minerales con carga eléctrica. Los minerales sociales se cargan con la estática de la frotación. Tienen dos polos. Cada cosa tiene dos polos. El campo – la industria – los sindicatos – los medios – la universidad – el fútbol – los movimientos – los partidos… Todo tiene dos polos. Todo porta la tensión dentro de sí.

La polarización está en el radicalismo, en el socialismo, en la CGT, en la CTA, en la televisión los diarios y las radios, en la selección nacional. No entre los actores, o las instituciones. No. Adentro, entendés, adentro, está la polarización. Todo está cargado. La mesa del asado está cargada. Tiene polos. Cómo vamos a descargar todo esto. Cómo. Dónde vamos a enterrar la lanza de la toma a tierra. Dónde vamos a enterrar el hacha de guerra.

Cómo, dónde, se va a construir el orden que siga a esta tormenta eléctrica. Cuáles van a ser los consensos de una paz que va a llegar por agotamiento. Cómo se vuelve de decir que una organización social es una mafia armada y narcotraficante. Cómo se vuelve de decirles que son grupos de tareas. Ahora que todo está polarizado. Ahora que Carrió logró que se realizara su sueño de enemigos absolutos, donde tuvieran por fin sentido sus afirmaciones que confinan a la otredad. Ahora que el Senado quiere saber “quién financia la violencia política”. Y tiene razón. Sin quererlo tiene razón. La violencia, la violencia suave pero corrosiva de la fricción, del frotamiento. De la agitación de las moléculas cargadas. Polarizadas. Es una fisión que no se puede parar. Una reacción en cadena que no tiene freno precisamente porque no puede explotar. Esto es como una discusión en un bar de mancos. No se puede llegar a las piñas. Se puede decir cualquier cosa.

Hay que pensar cuáles van a ser las ruinas de esto. Más vale que las ruinas de esto sean mejores de lo que había antes. Porque vamos a vivir en ellas.

Unidades

1) Los sectores populares cambiaron. Y mucho. Todo lo que permitía presuponer una equivalencia entre el pueblo y los trabajadores estalló en varios pedazos. Pedazos que incluyen a los desocupados, a los trabajadores precarios, a los flexibilizados, a los que el trabajo ya ni lo buscan, a los que si lo buscaran no lo encontrarían porque no saben ni cómo es. El mundo del trabajo es el mejor de los mundos posibles. Lamentablemente hay muchos otros.

2) Los sindicatos tuvieron una actitud controvertida durante ese estallido. Ya pasó el momento de discutir si deberían haberse tirado encima de la bomba que iba a terminar de arrasar con una sociedad que giraba en torno del salario para amortiguar la onda expansiva, o si hicieron bien en aferrarse, bien fuerte, a uno de los pedazos que saltarían por el aire.

3) Yo no sé si eso, si aferrarse a todo lo que las manos pudieran amarrar estuvo bien. Tal vez no podamos jamás juzgarlo porque al momento de tomar la decisión nadie sabía qué vendría después. Pero lo cierto es que mientras unos eligieron encerrarse en el castillo y defenderse desde dentro de las murallas de los ataques barbáricos del neoliberalismo, otros que surgieron de ese archipiélago informe en que había devenido el pueblo trabajador trataron de organizarse.

4) Y se organizaron.

5) Y desde hace un tiempo piden que se les reconozca la posibilidad de negociar salarios con los patrones. Ellos que estuvieron entre los primeros que negociaron planes con el gobierno quieren poder negociar salarios con los patrones.

6) Eso rompe la unidad. Dicen. No me rompan la unidad. Dicen.

7) La unidad de qué. De qué si los sectores populares la unidad la perdieron hace rato. Si hace rato que ser trabajador dejó de ser un atributo de los sectores populares y se convirtió en una demanda social.

8) ¿La unidad de los trabajadores?. De los trabajadores en blanco, con contrato, con trabajo posta, del que tuvo mi vieja con aportes para tener jubilación, con indemnización en caso de despido, con vacaciones y licencia. La unidad de una parte de los trabajadores que son una parte de los sectores populares. Que no se rompa la unidad.

9) A caso alguien piensa seriamente que porque haya dos centrales los patrones van a ser capaces de negociar aumentos menores. En serio. ¿Alguien piensa en serio que la CTA va a cerrar por menos?

10) O acaso cuando hablan de unidad hablan de la unidad de los trabajadores con los patrones. ¿Hablan de esa unidad? ¿Es de esa unidad de la que hablan? La unidad originaria. La unidad cuarentista. La unidad sobre la que se funda la industria nacional. ¿Alguien piensa en serio que la CTA quiere o puede romper esa unidad? En un país donde la productividad industrial no es que da márgenes enormes para la irresponsabilidad sindical en la negociación, para hacerse los locos, para pedir cualquier cosa.

11) El problema de la Argentina no es la unidad de los trabajadores formales. No es tampoco la unidad trabajo – capital. El problema es la unidad de los sectores populares. Ese es el problema. Y la CTA está un paso adelante en la construcción de esa unidad. Una construcción que a veces parece que está parada. Pero es solo una pausa. Porque es una construcción sobre el barro, sobre tierra movediza. Una construcción débil, todavía.

12) Tener la personería gremial le permitiría a la CTA avanzar en la construcción de la unidad del campo popular. Poder sentarse a la mesa donde se corta la torta del valor es fundamental. Sobre todo porque esa torta hay que agrandarla, porque esa torta no alcanza. Y ¿hay alguien ahí que crea que la CTA no sabe que el problema va más allá de cómo cortar la torta?

13) Y la CGT… ¿la CGT no ganaría mucho si comprendiera que los trabajadores que ella representa serían más fuertes cuanto más cerca estén de los otros fragmentos de los sectores populares? ¿No debería la CGT tener en su radar la construcción de esa unidad?

14) Hoy la identidad política ya no se constituye en el puesto de trabajo. Ya no tiene centro en el puesto de trabajo y de ahí se extiende, se proyecta hacia todas las dimensiones de la vida social. Hoy la identidad política es múltiple, fragmentaria, contradictoria. La tarea de construcción de la unidad sólo puede realizarse siguiendo todos los pliegues, estando en todos los lugares, dándole sentido político a todas las acciones. La identidad se construye en cualquier lado. La unidad hay que construirla en todos lados.

15) Con el reconocimiento de la personería a la CTA el modelo sindical argentino se enriquecería enormemente. Empezaría a reconstruir su relación con los fragmentos de los sectores populares que fueron arrancados a su representación.

No testimoniales

A veces me agarra el optimismo y quiero decir una cosa a pesar de que me contradiga: es mentira que lo único que tienen los sectores populares argentinos es el gobierno nacional. Hay fuerzas políticas, hay dos centrales sindicales y hay movimientos sociales. Ni los dos Hugos ni Pérsico y D’Elía son testimoniales. Ellos saben todo lo que se juega en junio pero saben que en junio no se juega todo. Saben que el partido es largo, larguísimo, y construyen día a día, con sus virtudes y sus defectos, organizaciones que no dependen de cuatro puntos electorales.

Es verdad que no se puede regalar ni un voto. Pero yo cambio ya 10 puntos de junio por 10% más de afiliación sindical. Es verdad que no se puede regalar ni un voto pero decir que los votos nos pueden llevar al 2001 es faltarle el respeto a todos los que construyeron en los barrios y en los lugares de trabajo cuando de los votos era mejor ni hablar. Acá la derrota no se revierte con diputados y senadores. Y será por eso que a mi me rompen un poco las pelotas los que están con el ábaco en la mano. Será por eso que me hubiese gustado mucho más escuchar decir: Compañeras y compañeros, pase lo que pase en junio, este proyecto sigue para adelante. Este proyecto está en el gobierno porque está en los barrios y por cada diputado hay 100 dirigentes barriales y sindicales que van a sostener los logros de estos años. Entonces no tenemos miedo, porque ellos tendrán los millones de Casa Tía pero nosotros tenemos a Milagros Salas. Un diputado más o menos no le mueve el amperímetro al proyecto popular.

Yo entiendo todos los argumentos de los maldacenas de la realpolitik electoral. Yo entiendo el cagazo de los que están haciendo cuentas con la Casio para ver si se llega a la pata de una banca más. Pero estimados, si en seis años no armaron ni el arbolito de navidad eso no se arregla con encuestología. Por eso creo que las declaraciones de D’Elía dicen cosas muy importantes sobre la situación política (qué duro fue ver al kirchnerismo a los ojos ese 25 de marzo en el que los únicos que pusieron el cuerpo fueron el Evita y la FTV). Por eso creo que la candidatura de Sabbatella de la mano de Yasky y De Gennaro no es un dato menor sino una iniciativa política necesaria. Cualquier gobierno popular es más sólido cuanto más desarrolladas están las organizaciones populares. La idea de “batalla final” que tan fácil se construye desde el rol de gobierno, se diluye cuando se pone al nivel de la militancia del día a día. Hasta el menos lúcido de los militantes sabe que la temporalidad del trabajo realmente político no admite el todo o nada de un día para otro.

Yo no digo que el 28 de junio vaya a ser un día más, pero me temo que la papa del proyecto popular no va a estar acreditada en los comandos de campaña. Las y los militantes no son testimoniales. Por eso el 29 a la mañana van a ir al local, al comedor, a la mesa en la facultad. Ellos saben que el 2001 no empezó con una elección. Y trabajan en la esperanza de que el 2003 no termine, ni ahora ni en 2011, con un boca de urna. Cuando me agarra el optimismo, el optimismo mendietista, pienso que hay que tener paciencia, coraje y confianza. Que no hace falta andar diciendo que acá se define todo porque los que la pelean saben muy bien dónde y cuándo se define y no sólo van a estar ahí. Ya llegaron hace rato.

Mañana 18 hs: Mocca | Rinesi | Wainfeld | Tomada

Conferencia: Trabajo, Actores Sociales y Democracia.

Edgardo Mocca, Eduardo Rinesi, Mario Wainfeld y Carlos Tomada.

Mañana martes 28 a las 18 hs. en L.N. Alem 650, piso 17 (Auditorio Islas Malvinas)

Organiza Generación Política Sur.
Auspicia el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social.

Crisis de representación

1) La “crisis de representación” de 2001 fue entendida al revés: el problema de la “clase política” de entonces no era que no representaba lo suficiente a la “sociedad” sino que la representaba demasiado.

2) Sólo un feo, sucio y malo, podía terminar con la crisis provacada por la híper-representación. Sólo un feo, sucio y malo podía hacerse cargo de romper el lazo de representación y autonomizar la decisión política del mandato representativo. Sólo un feo, sucio y malo podía hacer lo que había que hacer: devaluar.

3) Una vez completadas las tareas del intervalo de absoluta autonomía del gobierno era imposible que los que se habían encargado de romper el lazo de representación anterior construyeran uno nuevo.

4) El kirchnerismo es la continuación del duhaldismo por otros medios. Kirchner funda la construcción de un gobierno sobre principios distintos. Donde el duhaldismo preveía un orden fáctico, el kirchnerismo realiza un orden simbólico. Pero Kirchner continúa usando el mecanismo duhaldista: hacer sin representar. O mejor, poner a la representación no como causa sino como efecto de la acción. Kirchner no toma la causa de los derechos humanos en representación de la sociedad. Todo lo contrario, primero lo hace y luego se convierte en representativo de un humor social que él mismo ha creado.

5) A diferencia de la Alianza, el gobierno de Kirchner no es consumidor sino un productor de representatividad. Es en ese sentido que la afirmación de que Kirchner está a la izquierda de la sociedad sólo es válida si tenemos en cuenta que ese “estar a la izquierda” sólo es posible en tanto que primero se está adelante, de que Kirchner no funciona como un espejo sino como un proyector.

6) Contrariamente a los giros a la izquierda más radicales del subcontinente, Argentina reconstituye la gobernabilidad sin cambiar la Constitución. Sin cambiar una Constitución restaurada por un golpe militar y reformada en la cúspide de la experiencia neoliberal. Brasil había hecho lo propio en medio de la transición a la democracia. Pero nosotros no. Y sin embargo esto no es un problema.

7) En la Argentina post-crisis el problema no es la existencia de fuerzas populares no canalizables a través de los mecanismos institucionales existentes. El problema es la falta de fuerzas populares que sustenten aunque sea las mínimas reformas progresivas que son necesarias para devolverle gobernabilidad a la república. El éxito del kirchnerismo consiste en convencer a las clases medias de la vinculación entre su demanda de estabilidad y la agenda progresiva que instala el gobierno.

[Es en este sentido que debe comprenderse el carácter bolchevique de Kirchner. El kirchnerismo y el bolchevismo comparten el hecho de no ser producto de una "infraestructura", sino de proponerse crear demiurgicamente la infraestructura que en realidad los deberia haber constituido a ellos.]

8) El fracaso del kirchnerismo es no haber sabido tener hijos que pudieran capitalizar la legitimidad construida por estar a salvo del desgaste de la gestión. El kirchnerismo no creo nada por afuera de la gestión. El Evita y la FTV no son inventos de Kirchner.

9) El clima destituyente tan caro a los epistolares tiene la particularidad de ser paralelo al “problema de la representación”. El punto débil del bloque político formado en torno a los agroexportadores es precisamente que no puede alegar la ruptura de un pacto de representación. La razón es sencilla: el kirchnerismo nunca fue representativo. Ni de ellos ni de nadie porque el kirchnerismo nunca actuó como mandante, como delegado, como portador de un poder cedido por la sociedad (ay! John Locke!). El kirchnerismo es poder constituyente (ay! Toni Negri!*). El kirchnerismo constituye la sociedad y por lo tanto es preexistente a la representación.

10) Por qué entonces, si el problema de la representación le es estructuralmente ajeno, Kirchner se pone a jugar con los representantes. Si nadie estaba pidiendo el referéndum de gobernadores o intendentes y ni siquiera el de la Presidenta. Qué clase de suicidio y resurrección tiene pensado Kirchner. Por qué introducir por arriba un problema (el de la representatividad de los cargos ejecutivos y legislativos) que no surge por abajo?

11) Pienso, pienso y pienso y no entiendo por qué Kirchner ha decidido invertir la fórmula de su éxito. El kirchnerismo encuentra los votos como culminación, no como origen de su fuerza. Por qué jugarse la legitimidad que queda a doble o nada la tómbola de la elección en vez de ponerla a interés de una gestión exitosa de gobierno.

Ya lo dijo el ginebrino: si supiera lo que hay que hacer lo haría y me callaría.

- En China en vez de chistes de gallegos cuentan chistes de autonomistas. Posta, me lo dijo Tavos que estuvo.

Una Argentina mejor, una Ciencia Política diferente

“¿Qué es el Tercer Estado? Todo.
¿Qué ha sido hasta el presente en el orden político? Nada.
¿Cuáles son sus exigencias? Llegar a ser algo.”

Sieyès, “¿Qué es el Tercer Estado?”, 1789.

Con el mismo juego de oposiciones de Sieyès y mezclando otras palabras podríamos hacernos una pregunta intrigantemente parecida: qué pueden aportar los cientistas sociales – en este caso, los politólogos – a esta coyuntura argentina que pareciera exigir una recreación en las fórmulas de representación, en las potencias de la investigación social y en la finalidad de la burocracia pública: creemos que “bastante”. Qué representan hoy en día las generaciones de politólogos de la Carrera que se formaron en las transiciones y el neoliberalismo y se acoplaron – y se acoplan – a un campo intelectual o estatal constituido y sin demasiadas invariantes: colectivamente, “poco” y “nada”. A qué podemos aspirar, teniendo en cuenta la experiencia académica, de gestión, de investigación o de docencia que hemos acumulado en nuestras interpretaciones profesionales: a instalarnos como “algo” de raíces más orgánicas.

Leer el texto completo.

Con el objetivo de discutir el presente y futuro de nuestra disciplina…
Con la idea de pensar su vinculación con la realidad del país…
Con la intención de reencontrarnos y construir entre todos un espacio que piense el rol y el lugar del graduado…
Los graduados de Ciencia Política de la UBA nos juntamos este viernes a las 20hs en Pasco 255, 1er piso.
Confirmaciones y consultas a redgraduadoscp@gmail.com.

El futuro se llama Hugo

El mega hit de MEC termina con una pregunta urgente:

a qué trinchera vamos a meternos a dar la pelea cuando se vengan los años negros.

El tema ya había surgido cuando Dalmacio decía que se quería inmolar “contra la creencia de que el kirchnerismo va a ser el nucleo duro de la política a favor del crecimiento económico con inclusión social de los próximos años”. “¿Y cuál va a ser ese núcleo duro?” le preguntaba MEC

La persistencia del interrogante y las heridas causadas por el filo de plumas más agudas que la mía me lleva a abandonar el tema del desierto. En realidad tal vez sólo se trate de un extendido fenómeno de esterilidad política en la que ni Kirchner ni nadie pueden tener hijos, pero lo mismo da.

Entonces, si la pregunta es qué trinchera reforzar de cara al futuro sin dudas elijo a las centrales sindicales. Por un lado, porque las centrales van a jugar un rol central tanto en la gestión de los efectos de la crisis. Por el otro, porque como instituciones, están mucho mejor armadas que los partidos y que los movimientos sociales.

Las centrales tienen la tarea urgente de reforzar su legitimidad frente al conjunto de los trabajadores (y esto implica también a los trabajadores informales y a los trabajadores desocupados) para mejorar su relación de fuerzas frente a los actores que juegan contra el salario (o su poder adquisitivo, que no es lo mismo pero es igual).

Las centrales tienen una posición privilegiada para ser la primera línea de trinchera del campo popular. Y tienen la responsabilidad de que en esa trinchera haya lugar para todos los matices que conforman la relación de los trabajadores con el empleo (el trabajo en negro, el monotributismo, la intermitencia laboral, la desocupación, los trabajadores en formación). Si hay cien modos en que los trabajadores se relacionan con los patrones, tiene que haber cien modos en los que los trabajadores se puedan relacionar con los sindicatos.

A diferencia de la miríada de sellos de goma que van a competir en las próximas elecciones, la CGT y la CTA no están haciendo equilibrio para ver si llegan al 2011. Pase lo que pase cuando termine el gobierno de Cristina, las centrales van a estar ahí. Y por eso yo, si tuviera que elegir, quisiera estar adentro de las centrales. Por eso hoy, para cualquier dirigente joven debería ser más importante reunirse con los Hugos que con cualquier figurón de la política electoral.

El desafío es grande porque, al igual que a Alemania, nos van a atacar por dos frentes: el republicanismo radical-coalicivista y el derechismo macrista neoduhaldista . En una situación así, la única ventaja que se tiene es la facilidad en la comunicación, abastecimiento y movimiento de tropas entre un frente y otro. Pero eso requiere que no se te rompa la línea (de ataque o de defensa), por alguna división rumana que esté más concentrada en salvarse el pellejo que en pelear una guerra. Resumiendo, si yo fuera el comandante general de la defensa de los intereses de los sectores populares, en la primera línea pongo a las centrales y mientras tanto mando a los movimientos y a los partidos a hacer ejercicios de entrenamiento. Tal vez por tener estas ideas soy sencillamente uno que escribe a la espera de que se pase el domingo. Ya lo dijo el filósofo: cualquier boludo tiene un blog. Y yo ni siquiera.

* Che, me gustó esto. A la “unidad obrero estudiantil” que propone el teletrosquismo podría oponerse la concepción de los universitarios como “trabajadores en formación”, dándoles un lugar en el mundo sindical que ayude a su organización política y, de paso, mejore la articulación con el mercado del empleo.

Vamos por más

El kirchnerismo marca el fin de la prehistoria y el principio de la historia de los Derechos Humanos. Con el kirchnerismo se agota la potencia expansiva de la democracia que portaron por un cuarto de siglo los Derechos Humanos. Tanto si los consideramos desde el punto de vista de los movimientos sociales creados para su reivindicación como si lo hacemos desde el de su ser una de las principales herramientas de construcción simbólica de una comunidad política. No es momento de discutir por qué ésto sucedió con el kirchnerismo, ni por qué sólo podía suceder con él (así como sólo el menemismo podía debilitar a los sindicatos y terminar con las Fuerzas Armadas, etc.). Lo que es un dato es que con Kirchner los Derechos Humanos abandonan un estado idealista (que “sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse”) para entrar en su fase materialista (”práctico-crítica”). La política de la memoria y de la persecusión penal del kirchnerismo convierte en abstracto el viejo lema “Ni olvido ni perdón”, obligando a los Derechos Humanos a mutar para poder sobrevivir en la política argentina de este siglo.

La necesidad de esa mutación fue entendida mucho más rápidamente por algunos movimientos que por el resto del arco político que encontraba en los Derechos Humanos el signo bajo el cual, al menos una vez al año, desde la izquierda trosquista al radicalismo, pasando por el socialismo y el peronismo, podía compartirse -a veces a horarios distintos- una misma Plaza. Las Madres, sobre todo, entendieron que había que construir casas y más casas. Que la práctica puede ser sucia, pero es la única manera bajo la cual puede vivir su fuerza política en un Estado que ya enjució y castigó.

Sin embargo, el resto del espectro político que históricamente defendió el conjunto de valores y sentidos agrupados bajo la etiqueta de Derechos Humanos, parece no poder llevar adelante su propia mutuación. La imposibilidad de comprender las razones de la obsolecencia de un haz de discursos que, si no son reformulados, ya no sirven para ampliar el espacio de la democracia ni para sostener la reformulación de la matriz de poder, es sólo un testimonio más del punto hasta el cuál la política argentina, a pesar del estallido del 2001, se sigue haciendo con palabras que han perdido casi toda su carga.

Por supuesto que todos los 24 de marzo hay que seguir yendo a la Plaza. Pero la Plaza del 24 no puede ser el ámbito exclusivo de la socialización política de las nuevas generaciones. Cuando el año pasado vi la bandera del centro de estudiantes de mi colegio secundario, pensé inmediatamente en la intemperie política que rodeaba a esas chicas y chicos. ¿A dónde van los jóvenes que quieren hacer política? No a los partidos, que ya no existen, no a los sindicatos dado que rara vez trabajan en blanco si es que trabajan. Esos jóvenes van a la marcha. Pero la marcha ya no les da los lenguajes, los horizontes, las guías, para enfrentar los desafíos de una democracia a la que todavía le faltan cumplir casi todas sus promesas, de una democracia que trajo de la mano a la libertad política y a la desafiliación social.

Hay que empezar despacito a construir la victoria que nos viene retaceando la democracia de la derrota (Horowicz dixit). Y para eso necesitamos palabras que sirvan para hablar de miles y miles de casas, de educación y trabajo, de seguridad ciudadana, de integración regional, de defensa de los recursos naturales, de crecimiento económico. Y yo sé que suena medio cursi, pero a mi me gustaría que los muchachos y muchachas puedan, con el recuerdo siempre presente de los que quisieron y no pudieron, empezar a gritar todos juntos “Vamos por más!” Por más justicia social, por más igualdad, por más democracia. La historia de los Derechos Humanos tiene que empezar ahora, cuando terminamos de enjuiciar y castigar a los asesinos y sus cómplices. Ya podemos empezar a saldar las cuentas con el futuro, con la tranquilidad de que la justicia llegó (tarde, mal, insuficiente, pero victoriosa por sobre los defensores de los genocidas y sobre los partidarios de los pactos de silencio y olvido travestidos bajo el honorable nombre de “Pactos de la Moncloa”), y que hay una base para dar la pelea por lo que sigue. Vamos por Más.

Dos no, una pregunta y una posdata

1) No hay política. No hay dirigentes, no hay partidos, no hay movimientos, no hay sindicatos (sindicalismo hay un poco), no hay gestión. Hace seis meses que no escucho hablar a un ministro. ¿Quien se acuerda de lo de las heladeras y los calefones? El kirchnerismo batió récords históricos de construcción de viviendas pero no hay política sin investidura simbólica. Nadie hizo que esas casas signifiquen algo. Algo más que una casa. ¿El silencio ultrasónico de Desarrollo Social es porque están concentrados pensando qué van a hacer cuándo el empleo deje de ser la locomotora de la integración social? ¿O vamos a regalarle el tema de la pobreza a la derecha para que lo ponga en el mismo estante que la seguridad?

2) Si no hay política, al menos para mi, no hay artepolitica. ¿Es esto lo único que puede escribirse? ¿La constatación de un desierto? Hace más de un mes tengo escrito el primer párrafo de un texto que intenta explicar (sin lástima, sin resentimiento) por qué el kirchnerismo se terminó. Y no vengan con lo de Kirchner sin kirchnerismo. Kirchner sin el kirchnerismo no es nada. Es un ex intendente. Punto. Solo el kirchnerismo fue capaz de esto.

3) ¿Y si se hacía todo al revés?. Primero las AFJP. Armabas un esquema bien amplio. A los gobernadores les decías que ibas a usar la bolsa para obras, a los empresarios que iba a ser para crédito, a los que corren por izquierda que eso era reconstruir el Estado o lo que quisieran escuchar. Después Aerolíneas. Ya tenías un frente bien armado o sea que pasaba sin problemas. En vez de dársela a un ex menemista derrotado por tu misma fuerza política, se la dabas al nieto de Pino. Es más. Armabas el Ministerio de los Trenes y los Aviones Para Todos y te sacabas una foto arriba de un Pulqui puesto sobre una locomotora de las que estatizó el Pocho. Después de eso ibas por las retenciones móviles. (Diez veces menos guita que las AFJP). Por ahí ya hubiera bajado la soja y ni siquiera hacía falta plantearse el problema.

PD) Qué actualidad que tiene ésto. ¿No Martín?. Ahora, lo que es hoy, yo no conozco ningún graduado universitario que no trabaje (o tenga la ilusión de trabajar) en la administración pública nacional (incluídas sus hijas pródigas, las universidades), que se sienta un poquito interpelado por este gobierno. Gobernar es construir sentidos, trascendencias (aunque sean mínimas). La aritmética electoral lafferleana no garantiza la reconstitución de la hegemonía política.

Timerman, el Escriba y las (des)ilusiones sobre la clase media

La clase media no admite entrismo. No se puede ser a la clase media lo que los trosquistas son a la clase trabajadora. La interpretación crítica de un sector social no logra siquiera llenar malamente el vacío que deja el fracaso de su subjetivación política.* Cada vez que se habla sobre la clase media se dice menos sobre ella que sobre la incapacidad de constituirla en un sujeto políticamente interpelable.

La falsa conciencia no existe. Ni en la clase trabajadora, como gusta creer el vanguardismo izquierdista; ni en los sectores marginales, como gusta creer el republicanismo anticlientelista. Pero tampoco en los sectores medios, como se ha puesto de moda en cierto ambiente nac&pop luego de la conflictividad disparada por la suba de las retenciones a las exportaciones de granos hace ya casi nueve meses. La pregunta “¿qué hacen caceroleando esos que no tienen ni una maceta?” no es sólo políticamente inválida. Es el revés de otra pregunta aún peor que podría redactarse así: “¿por qué no nos quieren (si usamos el perfume que nos regalaron)?” o “por qué no están con nosotros (que somos hijos, como ellos, de la educación pública; que, como ellos, leemos el diario; que, como ellos, en fin, nos preocupamos por lo que acontece en ese espacio que seguimos creyendo público).” Y esa pregunta, “por qué x no ama a y” es tan estúpida en la política como en el amor.

[Y precisamente, ahí está parte de la clave. La tesis quintinista sobre los clasemedieros que se odian a si mismos (o, lo que es igual, los clasemedieros que odian a su propia clase) es una conclusión apurada y errónea. Si hay un sentimiento, en todo caso, se parece más al despecho. Pero los sentimientos no tienen nada que ver con esto. La psicología política es el marxismo de los imbéciles decía Lenin. (En realidad se refería al antisemitismo, pero creo que vale el cambio de palabra)].

Timerman y el Escriba son dos egipticistas. Para los dos la clase media es una momia que no puede salir de sus bendas. Las palabras de nuestro embajador en Washington contienen afirmaciones como ésta:

“Sin embargo, esa alianza exitosa [la de la clase media con las clases populares] provocó las más grandes tragedias nacionales, cada vez que una clase media exitosa ha vuelto a creer que se ha ganado el derecho de mirar para arriba y escupir para abajo”.

Más allá de la deficiente redacción, la idea misma de que las tragedias nacionales (supongo que se refiere a las de los últimos tres tercios del siglo XX y a las de la primera década del XXI), las más grandes tragedias nacionales, son producto de que la clase media “se dejó estafar” por la clase alta, de que la clase media “se ilusionó”, es estrictamente pre (o, mejor dicho, anti) política. Si la clase media se cambió de bando es porque lo creyó conveniente. Y si lo creyó conveniente es porque, en un momento dado, la contenía mejor el proyecto político de las clases dominantes que el de las clases trabajadoras, populares. Si no es una alianza, no sé qué es lo que propone Timerman. Lo lamento, pero dentro de las infames reglas de la democracia, cambiar de lado no sólo está permitido sino incentivado: la democracia se basa en la articulación de mayorías siempre distintas a si mismas. Lo lamento, pero para gobernar en democracia hace falta (al menos una buena parte de) esa mayoría amorfa y contrariada.**

Cuando las clases trabajadoras (o al menos sus instituciones principales) se aliaron con el gran capital internacional y sus personeros locales, ¿también lo hicieron guiadas por una falsa conciencia? ¿o creyeron que era más racional negociar mantener las obras sociales que juntarse con los desempleados y las clases medias perjudicadas a combatir el neoliberalismo?.

Y acá llegamos al Escriba. Cuyo texto, mucho más profundo que el del diplomático, nos permite seguir con la discusión. El embajador tiene por toda propuesta mandar a la mierda. El Escriba va más allá de la reacción colérica. En su tesis V habla de la inadmisión de la conducción política por parte de los sectores medios que ya ha momificado (bajo la metáfora, claro, de su fluir). Se equivoca. Lo que no admite la clase media (y acabo de anotar esto al comienzo del texto) es el entrismo. Menos si está hecho por sus propios integrantes. Conducción sí que admite. Si no pregúntenle a Alfonsín. Si no pregúntenle a Kirchner, que la condujo hacia los derechos humanos y la reforma de la Corte. Si no pregúntenle a Carrió, que la conduce a la moral y las buenas costumbres republicanas. Lo que no puede la clase media (ya dije que lo dijo Santiago) es gobernarse a si misma. Tampoco puede universalizar su horizonte. Pero eso tampoco puede hacerlo la clase alta y no parece preocuparle mucho.

¿Qué es más ilusorio? ¿El “estafador” Arteche o el hasta ahora triple fracaso de la versión progre de la clase media?. ¿Cuánto más ilusorio es el intento de “pasarse” a la clase alta que de garantizar la propia reproducción a través de la participación en la construcción de un proyecto político inclusivo “propio”? ¿Acaso esos proyectos políticos (los proyectos políticos de la dimensión incluyente de los sectores medios: la JP, el alfonsinismo/renovación peronista, la Alianza) no fracasaron con iguales o peores costos -para los mismos sectores medios- que las “estafas” de la clase dominante? ¿Ceteris paribus, no es para los sectores medios, para ponerlo crudamente, más racional apostar al plazo fijo y los fondos de inversión que al surgimiento de un PT argentino?

La clase media sabe, mejor que nosotros, sus vanguardistas esclarecidos, que sus intereses no están en el consumo, querido Escriba. Los que tienen interés en el consumo son los que piden que les suban el sueldo, querido Escriba. (El Garbarinismo pertenece mucho menos a la clase media que a la fracción de la clase trabajadora en blanco con sindicatos fuertes. El Garbarinismo es mucho menos del gris monotributista que del metalúrgico con aguinaldo y paritarias). O los que piden que les aumenten el plan, querido Escriba. Esos están interesados en el consumo. ¿Y vos alguna vez viste a la clase media pedir, querido Escriba, un aumento de sueldo?. La clase media no quiere consumir, quiere ahorrar. El ahorro y la educación son la base del progreso, ¿no es cierto Escriba? Y después del 2001, después del corralito, ahorrar no se puede. Y entonces no hay progreso. El progresismo no existe más (este es otro tema, ya sé) porque así las cosas, para la clase media el progreso es imposible. Su única manera de progresar es efectuar la traición Timermaniana y pasarse a la clase alta. O tratar de no perder lo que ya tiene. Lo que ya tiene simbólicamente, el sentido común de la República, se puede mantener votando a Carrió. Lo que ya tiene materialmente, se mantiene con la seguridad de De Narvaez o el encanto de Scioli. ¿Qué tiene eso de criticable? ¿Son esas (malas) ilusiones? Para regenerar la alianza que (ay! Timerman) yace en la base de los grandes períodos de progreso de la Nación hay que conducir (ay! Escriba) a la clase media hacia la la comprensión de la racionalidad, del propio beneficio, de un país que crece con igualdad y democracia. No hay que hablar sobre la clase media. Hay que hablar con la clase media. Para convencerla de que el crecimiento con inclusión no sólo es mejor para los pobres, sino que es mejor para ellos. Y no sólo para su bolsillo sino también para sus valores.

Si los que podrían ser parte de esa conducción están en el frío o les tiran piedras a los que tienen que liderar va a ser complicado. Pero que se puede, se puede.

* Algún lector atento de Foucault podrá esclarecernos sobre las tensiones internas de este concepto.
** Nótese como Horowicz desconecta el múltiple fracaso de un proyecto inclusivo de la actitud de la clase media.

Para que si se cae todo no se caiga arriba nuestro

Para eso hay que armar. Lo dijo el Escriba. Pero lo posteo yo porque me gustó.

También hay que armar para no estar esperando hasta el último minuto para ver desde la última fila de la popular si mojamos con un aumento para los que siguen mal a pesar de estos años de crecimiento asombroso. La gubernamentalidad solo entiende de razones políticas: a la copa la movemos entre todos o no la mueve nadie.

Ya está, lo dije, ahora asueto bloguero o algo así y a esperar el saludo de Mendieta que en el dosmilnueve va a salir en directo desde Miami. Todos sabemos que Mendieta vive en Miami, ¿o no?

Plata para el pueblo, plata para el pueblo ya!

Lo pedimos todos. Vista la poca cantidad de tiempo propongo lo siguiente: $250 mangos contra la presentación de DNI en la sucursal de Banco Nación correspondiente al domicilio. Los ricos no van a ir a hacer la cola, los pobres si. Ya sé que es poco serio lo mío, pero tirar guita desde un helicóptero es mucho más peligroso, todos sabemos que les falta mantenimiento.

Miedo

Una vez fui a la cárcel (pocas veces más útil la distinción entre ir y estar que nos provee el castellano). La primera cosa que pensé fue lo significativo que es el miedo que se les tiene a los presos: hay algo extraño en el temor a los sujetos encerrados. Hay algo sintomático en la histeria por los secuestros virtuales, por ejemplo. Ya traté, sin éxito, de tratar el miedo de las clases medias. Pero me parece que la paranoia generalizada respecto de los menores que delinquen amerita volver a intentar. Porque, de nuevo, que la sociedad se dedique a tenerle miedo a un chico, aunque sea un chico con una Glock, es algo para ponerse a pensar.

En primer lugar hay algo absolutamente normal: lo que se teme no es la fatalidad en sí sino su aleatoriedad. Ya lo dijo Giandomenico Amendola: lo que llevó a enrejar todos los puentes sobre las autopistas italianas no fue que se tiraran muchas piedras sino que se tiraran pocas piedras que nadie sabía cuándo ni de dónde venían. Lo que nos hace sentir inseguros es no saber. Y de alguna manera, los chicos potencian la aleatoriedad espacial y temporal de los robos violentos con una nueva dimensión: la aleatoriedad en la violencia. Los chicos son considerados como no racionales por no utilizar los criterios de oportunidad ni de proporcionalidad que deberían regir el uso de la violencia.

Pero. en segundo lugar, hay algo patológico. Temerle a los menores, paranoiquearse generalizadamente por un par de pibes chorros dice mucho acerca del (des)orden social vigente. Porque que la clase media, la clase que no se puede gobernar a si misma, como dice El Nene (al menos no con su propio lenguaje, agrego yo) tema a los más desprotegidos más que al crimen organizado, más que a las corporaciones saqueadoras, más que a las redes de corrupción político empresariales, quiere decir muchas cosas. Quiere decir, antes que nada, que existe una cierta predisposición a convivir (siempre que sea pacíficamente) con todas aquellas prácticas que no impliquen una puesta en peligro de la integridad patrimonial o física de la clase media. Pero quiere decir, también, que es necesaria la intervención de un Otro. Un Otro que es no temeroso. Pero que a la vez garantiza no poner en peligro la doble integridad (sublimada simbólicamente en la víctima del secuestro cuyo cuerpo y patrimonio son puestos en peligro simultáneamente) de quienes lo reclaman.

El Otro que no teme pero que promete no molestar necesita, para cumplir ambas condiciones, ser un otro (siquiera sutilmente) fuera de la Ley (entendida como una norma universal). Y ahí es donde se revela el límite de una gobernabilidad tan basada en la reivindicación de la República como en la falta de coraje para hacer regir plenamente sus principios.

El Gobierno es Todo

Así de simple: El Gobierno Nacional es el único actor político que existe. Alrededor del Gobierno (y no tan sólo a la izquierda, como afirman los que todavía piensan que el proceso abierto en dosmiltres tiene que ver con un clivaje de ese tipo) está el vacío. Al menos a nivel nacional. Nadie, y nadie quiere decir nadie, tiene ninguna capacidad para avanzar una agenda política positiva, ni dentro ni fuera de lo que se llama kirchnerismo.

El Gobierno tira el centro y cabecea porque es el único jugador de la cancha. ¿O alguien (digo algún actor colectivo) venía construyendo políticamente para que se decidiera lo anunciado por la Presidenta anteayer?. ¿O alguien venía armando para que se dicte la 125, o se resuelva la estatización de las AFJPs?. Nadie.

Los restos arqueológicos de los partidos políticos se rematan al mejor postor mediático. ¡Ay! quién hubiera imaginado al radicalismo entregado a las fauces de una pitonisa televisiva. ¡Ay! quién al peronismo que está fuera-del-gobierno-nacional suplicando a un supermercadista criollo new age o esperando a ver qué hace un intendente porteño subejecutor que cada mañana le cambia el agua a la panchera. El socialismo, verbigracia… ¿qué es el socialismo cuando se aparta del campo de fuerzas de la Presidencia de la Nación?

Los movimientos sociales ven pasar la pelota. La pelota del centro que tira y cabecea el gobierno, claro. Ni siquiera hay fuerza suficiente como para encolumnarse juntos atrás de una buena causa: no es que los movimientos vayan para un lado y el gobierno para el otro; es que el gobierno va hacia su sustentabilidad y los movimientos, en fin… Si no miremos a la ley de medios. El notable trabajo de debate y articulación realizado por diferentes actores sociales no le mueve un pelo a un gobierno que va a dictar o no la ley sólo si y cuando se lo dicte la necesidad de ampliar su propio horizonte de reproducción. Mientras tanto, ¿será que al armar el plan de obras alguien pensó en las cooperativas de la FTV?

Los sindicatos podrían refutar mi tesis. Pero su actual situación no es sino la consecuencia de una acción de gobierno que se esmeró por erigirse en árbitro no tan sólo entre el capital y el trabajo sino entre el capital y los trabajadores sindicalmente organizados. Hasta qué punto la acción estrictamente salarial/gremial de la CGT puede considerarse como informadora de una agenda positiva (esto es, no exclusivamente defensiva) que influya en las decisiones del gobierno nacional es algo que habrá que discutir. Pero lo cierto es que la CTA está casi tan lejos de poder hacer cumplir las demandas del FRENAPO como en 2001.

Los sectores económicos no parecen tener mucho más léxico que: “devaluación”, “reducción impositiva”, y “si suben los salarios suben los precios”. Es claro que con eso no basta para avanzar en la conformación de un proyecto de desarrollo nacional basado en el crecimiento económico. Claramente el Gobierno Nacional es mucho mejor schumpeteriano que los empresarios vernáculos.

Que el Gobierno Nacional sea el Alfa y la Omega de la política tiene ventajas ciertas (principalmente la velocidad y la libertad de maniobra en el diseño y la implementación de políticas), pero encarna riesgos reales.

El primer riesgo es que si el Gobierno Nacional es ocupado por una fuerza política de signo contrario no existan los diques de contención que permitan parar el embate.

El segundo riesgo es que, si sigue sin constituirse un actor con capacidad de intervención a nivel nacional, lo que siga no sea un Gobierno Nacional tal como el que configuró el kirchnerismo sino una fragmentación donde no ya el Gobierno sino los Gobiernos sean, conjuntamente, el Todo de la política nacional. Sin llegar a un escenario chapadmalense, esta situación puede ser la peor manifestación del principio de que en la política argentina sólo existe lo que gobierna el territorio.

El tercer riesgo, es que para garantizar su propia reproducción, para autosustentar su gobernabilidad, el Gobierno Nacional se vea obligado a tomar decisiones antipopulares sin una red de contención que permita mediarlas políticamente ya sea bajo la forma de la resistencia o del pacto de un sacrificio actual en pos de una mejor situación futura.

A ver si alguno de los lectores atentos de manuales de conducción encuentra dónde dice si la producción de la suplencia del liderazgo es responsabilidad del conductor o de los conducidos…

Mientras tanto, no se olviden: el Gobierno es Todo.

La blogósfera en América Latina: Un Análisis de los Webfluentials™ de la Región

La blogósfera en América Latina: Un Análisis de los Webfluentials™ de la Región, informe de The Jeffrey Group.

Este jueves: café-debate con Aldo Ferrer

Frase por frase

    Desde aquí o de donde sea he de seguir con mis cartas… he de cubrir el país de ellas (…) Tener presente a San Pablo… ¡por Dios! … quién me diera a mí la fueza de esa palabra (…) la fuerza de ese estilo… el estilo crea las cosas…, las frases, una frase, se apoderan de la realidad… ¿Y mis frases? ¡Los destruiré con mi estilo, frase por frase!

    Leónidas Lamborghini
    Perón en Caracas

Frase por frase. Mi problema no es con quienes no creen en Obama. No. Mi problema es con quienes no creen en la política. Los que, como Borón, no creen que el estilo crea las cosas, que las frases se apoderan de la realidad. Los que no creen en la potencia transformadora de las palabras. Los que ven, en fin, “sólo palabras” en las palabras. Son los mismos que no creen que nada pueda cambiar, porque todo está fijo, petrificado. Y ese es el fin de la política: la convicción de que las cosas no cambian, o que cambián sólo de acuerdo a su lógica. Así el imperio es siempre el imperio, y la guerra siempre la guerra, o lo que hace falta es el desarrollo de las condiciones objetivas, como si la historia fuera un fruto que madura y no un pan que amasamos y comemos.

Los que creemos en la política, en cambio, creemos que las palabras pueden subvertir las reglas que ordenan la realidad. Porque las palabras, todas las palabras, pero sobre todo las palabras que hablan de nosotros, son realidad y pueden transformarla. Los que creemos en la política creemos en su capacidad para producir milagros. Sí, milagros. La política es, en última instancia, una actividad divina. La política es Creación. Creación de mundos nuevos, y de los nombres de las cosas nuevas en esos mundos nuevos. Porque crear es, sobre todo, nombrar. La política nombra las cosas. Y nombrándolas imagina nuevas formas de vivir juntos.

No me molestan los que no le creen a Obama. Me molestan los que no creen que es posible cambiar el mundo a través de las palabras. Los que creen, en fin, que ser obrero el 18 de octubre del ‘45 fue lo mismo que serlo el 16. Los que creen que es lo mismo ser un trabajador precarizado (little money, less sleep) antes y después de que el presidente electo diga que esos trabajadores son uno de los ladrillos que construyen la nación.

Obama es un poeta vigoroso (de los mismos que Sócrates quizo excluir de su República). Un subversivo retórico del orden establecido. Obama nos muestra mejor que nadie hoy en ningún otro lugar que la política es posible, que nuevos horizontes se pueden construir en la comunión (y el litúrgico “yes we can” repetido después de cada frase no es sino la constatación de que comunión es un término adecuado) de un pueblo con su líder, de un pueblo que se constituye en un líder. De Weber para acá sabemos que sólo un liderazgo carismático puede romper los barrotes de la jaula de hierro de la burocracia.

Existen buenos argumentos tanto para creer como para no creer que Obama sea o vaya a ser un líder que gobierne en favor de los sectores populares de su país. Lo que no puede no creerse es que las palabras, sus palabras o las palabras de otro, sean incapaces de transformar el mundo. Esa incapacidad implicaría la muerte de la política. Y, ya lo vemos aquí, allí y en cualquier lugar, la política goza de buena salud.