¿Por qué la oposición tiene tantas dificultades?
Casi nadie niega que durante el último año el Gobierno ha cometido serios errores tácticos y estratégicos, que su rumbo sigue siendo poco claro y que su prestigio y capacidad de arrastre electoral se han deteriorado. Sin duda, se pueden ver distinta gradación en cada uno de estos hechos y se pueden tener distintas previsiones sobre la posibilidad de reversión. Pero los hechos como tales casi no están en discusión.
De esto se deriva una consecuencia, en la que tampoco parece haber muchas divergencias: la oposición (o, mejor dicho, las oposiciones) tiene la mejor oportunidad, en términos políticos en general y electorales en particular, que haya tenido desde la consolidación inicial de la presidencia Kirchner a finales de 2003 y comienzos de 2004.
Y, sin embargo, se observa que la oposición (las oposiciones) muestra grandes dificultades: 1) para consolidar fuerzas capaces de aprovechar la oportunidad; 2) para articular alianzas capaces de derrotar categóricamente al kirchnerismo y su articulación de alianzas (es obvio que ni los jefes tradicionales del Conurbano ni Reutemann, para dar dos ejemplos, son kirchneristas en sentido estricto, pero sí aliados) en las elecciones.
Estas dificultades, de no ser superadas, podrían llevar a que el kirchnerismo, aún perdiendo votos y aún perdiendo distritos importantes, saliera de las elecciones de octubre como triunfador.
Para examinarlas, me propongo salirme de los aprontes electorales que se suceden y se superponen con el vertiginoso ritmo de la Fórmula 1. Está claro que lo que predomina en estos aprontes es el desorden, los volantazos, los toques, los bruscos virajes a derecha y a izquerda y los despistes propios de una largada en la categoría mayor del automovilismo mundial.* El Ingeniero nos brinda, día a día, una crónica circunstanciada de este desbarajuste.
Eso mismo da algo de tela para cortar, si se lo observa desde un punto de vista menos apegado al aquí y ahora.
* * *
Empecemos, pues, por 2001. El hecho dominante de ese año terrible no fue la jubilación anticipada del patético ocupante del despacho presidencial. Espectacular, sí, pero sólo una consecuencia en el plano institucional de un proceso mucho más importante, amplio y rico: el derrumbe del modelo neoliberal. O, para decirlo con mayor precisión, del predominio de la valorización financiera (en adelante lo seguiré llamando neoliberalismo para abreviar).
No se trata de un proceso argentino, aunque aquí adquirió la violenta figura de los acontecimientos de la segunda quincena de diciembre (en especial, el 19 y 20). Un poco antes o un poco después, el modelo dominante de las décadas finales del siglo XX en el mundo, comenzó a mostrar sus contradicciones, a perder peso como pensamiento único económico y a ser abandonado como política económica preferida (con ritmos y matices muy distintos de país a país y con el mundo periférico a la vanguardia del proceso). Las epidemias siempre atacan primero a los más débiles. La crisis neoliberal recién ha llegado a los países centrales, de economías más fuertes, a lo largo del último año y medio.
El default, la devaluación y la pesificación fueron las primeras manifestaciones del abandono del paradigma que atravesó tres décadas, desde Martínez de Hoz hasta Cavallo, con la breve interrupción de Grinspun.
El neoliberalismo provocó graves consecuencias sociales, en términos de desempleo sobre todo, pero también de ampliación de la pobreza y la indigencia y del abandono de regiones enteras a una suerte siempre triste. Pero las clases dominantes siempre muestran una gran fortaleza de espíritu para afrontar las penurias que sufren los demás. A finales de 2001, sin embargo, a grandes sectores de ellas se les despertó la sensibilidad social. Es que las formas exacerbadas que el neoliberalismo alcanzó durante el menemato llevaron al quiebre de vastos sectores de la industria, insostenibles déficits del comercio exterior, de la balanza de pagos y del presupuesto, endeudamiento por encima de cualquier posible capacidad de pago y, finalmente, a la inviabilidad de la economía nacional si no se cambiaba radicalmente de rumbo. Ante el abismo, las clases dominantes (o, mejor dicho, la mayor parte de éstas) decidieron que el modelo ya les había dado todo lo que se le podía sacar y que ahora las ponía al borde del abismo.
Sólo una minoría, pero influyente porque tuvo a su servicio a muy destacados economistas de cuyos nombres no quiero acordarme, tuvo una propuesta alternativa al cambio de rumbo, que consistía en dolarización y banca off shore, una variante apenas atenuada en lo formal de la célebre propuesta Dornbusch. Es decir, renuncia a la soberanía nacional en cualquier sentido inteligible.
Así, llegamos al caótico primer semestre de la presidencia Duhalde, que sabía mejor lo que no quería hacer que lo que quería. A los porrazos, se fue delineando (devaluación, pesificación y default mediante) un modelo diferente y, en gran medida, opuesto al del neoliberalismo. La llegada de Lavagna al gabinete le dio a este movimiento más orden y autoconciencia, aunque hasta el día de hoy, ya idos Duhalde y Lavagna tiempo ha, la improvisación sigue siendo una marca de fábrica del nuevo modelo.
Ciertamente, hay segmentos de la economía, empresas y personajes que han sido partícipes necesarios del neoliberalismo y siguen presentes. Nunca lo viejo desaparece por completo, sus partes se integran en un contexto distinto. Contexto que se define por las políticas económicas en curso.
Las novedades inauguradas en el período Duhalde se asientan y se consolidan con Kirchner, al mismo tiempo que se amplían con una mayor autonomía respecto de las potencias imperialistas, la renovación de la Corte Suprema, una sustancial aunque insuficiente mejora en los índices sociales y el relanzamiento de los aletargados juicios a los criminales procesistas. Por lo menos, hasta la ofensiva de los empresarios rurales y la derrota de la Resolución 125.
(No faltarán los que digan que se le hizo un generoso regalo al FMI o gansadas del mismo jaez. Si aparecen, contestaré en su debido momento. Ahora, no perderé tiempo en demostrar lo evidente.)
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Las grandes preguntas son: ¿Es posible la reversión total de la política económica? ¿Es factible un retorno a los 90?
La segunda pregunta debe contestarse con un no categórico. En medio de la crisis económica mundial más grave desde 1929 y de la quiebra (económica, política e ideológica) de la valorización financiera (alias Neoliberalismo), no hay posibilidades de emprender semejante curso. Sería como dirigir el barco deliberadamente hacia el iceberg más grande.
La primera pregunta merece una respuesta más matizada. Reversión total, no, pero ¿no se podrían modificar algunos parámetros, reducir la influencia de los sindicatos, “volver al mundo aunque sea un poquito”, sobar el lomo a los ariscos empresarios rurales (lomo que, recordemos, debe pagarse a 80 pesos el kilo), reducir la presión sobre las privatizadas y volverse más amigables hacia los inversores externos? La cosa pinta difícil, ya que la misma crisis mundial hace que estas recetas sean ineficaces.
La oposición se encuentra ante un ejercicio difícil de malabarismo. Con varias pelotas en el aire, no sabe bien a cuál atender primero. Hay que ser opositores, claro. Y muy opositores, por supuesto. ¿Y ofrecer qué? No hablo de promesas electorales, esa es la parte fácil. Hablo de programa de política económica.
Nadie lo tiene claro, ni Carrió, ni Macri, ni De Narváez, ni Solá, ni Duhalde (el Javier Villafañe de la política actual), ni De la Sota, ni Binner o cualquier otro desabrido socialdemócrata, ni los aspirantes al poskirchnerismo centroizquierdista. Das Neves, precursor del “me lanzo para 2011”, parece haber percibido que esta orfandad es severa y desensilló hasta que aclare. Los otros se debaten en movimientos convulsivos, ya que no hay plan alguno que los ordene.
Carrió, que no tiene ni quiere tener idea de qué hacer con la economía, viró del centroizquierda a la derecha más cerril, para volver a virar ahora hacia alianzas con fracciones piqueteros y el maoísmo. Mañana, ¿qué será mañana? Sólo Dios lo sabe, pero Dios no existe.
Los otros tienen algo más de ideas, pero que responden a sectores de intereses distintos y que, de todas maneras, sólo son capaces de idear retoques al rumbo económico, sin modificaciones de fondo. De ahí que ninguno se juegue abiertamente por el dólar a $ 4, ni a ninguna otra propuesta que no sean rezongos por lo que se hace mal y por lo que, aunque se hicieran las cosas bien, de todas maneras andaría mal. (Las pérdidas que la sequía causa en el agro se producirían igual, aunque la Mesa de Enlace asumiera los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Lo único que harían, en tal caso, es esquilmar al resto de los argentinos para cubrir las pérdidas de los empresarios rurales, pero las vacas se morirían igual de sed y las cosechas sufrirán mermas.)
Así, es igual de difícil aliarse o enfrentarse, puesto que nadie tiene muy claro por qué hacer una cosa o la otra. En términos estructurales, desde luego, en materia de reparto de puestos y sinecuras, todos la tienen clara. Pero eso no facilita los acuerdos ni echa luz sobre los desacuerdos.
Se podrá decir que la Alianza (sí, la famosa) tampoco tenía un programa económico alternativo. Y allí radica la inevitabilidad de su fracaso. Pero es cierto que ganó las elecciones de 1999, para el mayor mal de todos. Pero, así no se propusiera ninguna alternativa, el neoliberalismo menemista estaba en su etapa terminal, con respiración asistida, y predominó, en dirigentes aliancistas y votantes, la sensación de que habría un cambio, aunque nadie supiera en qué consistía (por cierto, sin tocar el sacrosanto 1 a 1 y, tal vez, eliminar la corrupción salvaría a la economía).
No es el caso actual. Nadie, ni siquiera nebulosamente, advierte que podrá haber un programa realmente alternativo y no parches que, de todas maneras, podrían ser implementados por el propio Gobierno, mañana o pasado o el mes que viene. Nadie, tampoco, que no escriba en Perfil o en Crítica, supone que suprimir la corrupción hará algo a favor de la economía.
La corrupción, desde ya, es alimento de los libretistas de la oposición. Pero todos, incluso ellos, sabemos a qué atenernos en esa materia. Las lacras sociales conmueven hoy a corazones opositores que jamás habían mostrado tanta compasión por los sufrientes. Es asunto fácil: los males sociales existen y en condiciones de crisis mundial, es previsible que empeoren. Pero el llanto fácil y el gesto compungido tampoco alcanzan para formular propuestas que a la vez sean eficaces y viables.
De estas dificultades surgen el desorden, la confusión y el desconcierto opositores. La dificultad para unirse y la dificultad para que quede claro por qué no se unen.
* Con esta ridícula frase hecha me estoy postulando para cronista deportivo de algún gran diario.
Repudio y solidaridad
Os editores das revistas abaixo relacionadas manifestam publicamente seu mais firme e veemente repúdio à operação de extermínio desencadeada pelo Estado de Israel contra o povo palestino na Faixa de Gaza. Inegável é reconhecer que a política genocida de Israel contra os palestinos é beneficiária do apoio direto do imperialismo norte-americano e demais potências imperialistas. Entendemos que a possibilidade de uma paz duradoura no Oriente Médio impõe que o governo dos Estados Unidos e as demais potências imperialistas cessem sua política intervencionista na
região e que a legítima reivindicação histórica de criação do Estado livre e independente da Palestina se transforme em concreta e imediata realidade.
Diante das atrocidades em curso, os editores das publicações signatárias manifestam sua mais viva e irrestrita solidariedade à heróica resistência do povo palestino.
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Les éditeurs des revues citées ci-dessous expriment publiquement leur plus ferme et vehémente répudiation de l’opération d’extermination déclenchée par l’État d’Israël contre le peuple palestinien dans la bande de Gaza. Il est indéniable que la politique de génocide d’Israël contre les Palestiniens bénéficie de l’appui direct de l’impérialisme américain et des autres puissances impérialistes. Nous pensons que pour rendre possible une paix durable au Moyen-Orient il est impératif que le
gouvernement des États-Unis et des autres puissances impérialistes mettent fin à leur politique interventionniste dans la région et que la légitime revendication historique de la création de l’État libre et indépendant de Palestine se transforme en une concrète et immédiate réalité.
Face aux atrocités en cours, les éditeurs des publications signataires manifestent leur plus vive et illimitée solidarité à la résistance héroïque du peuple palestinien.
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The editors of the magazines listed below would like to publicly express their firmest, most vehement repudiation of the state of Israel’s extermination of the Palestinian people in the Gaza Strip. Israel’s
policy of genocide against the Palestinians undeniably enjoys the direct support of North American imperialism and other imperialist powers. We understand that lasting peace in the Middle East requires that the government of the United States and other imperialist powers cease their
interventionist policies in the region and that the legitimate historical claim for the creation of a free, independent state of Palestine become a concrete, immediate reality.
In the face of the atrocities taking place, the editors of the publications signatory to this letter express their keenest, most unconditional solidarity with the heroic resistance of the Palestinian
people.
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Los editores de las revistas abajo mencionadas manifiestan públicamente su más firme y vehemente repudio a la operación de exterminio desencadenada por el Estado de Israel contra el pueblo palestino en la Franja de Gaza. Es innegable que la política genocida de Israel cuenta con el apoyo directo del imperialismo norteamericano y las demás potencias imperialistas. Entendemos que para hacer posible una paz duradera en Medio Oriente se impone que el gobierno de los Estados Unidos y las demás potencias imperialistas pongan fin a su política intervencionista en la región y que la legítima reivindicación histórica de la creación del Estado libre e independiente de Palestina se transforme en concreta e inmediata realidad.
Frente a las atrocidades en curso, los editores de las revistas que abajo firman manifiestan su más viva e irrestricta solidaridad con la heroica resistencia del pueblo palestino.
AMÉRICA LATINA EN MOVIMIENTO – Equador
AMÉRICA LIBRE – Argentina
ANTÍTESE – Brasil
CAMINOS – Cuba
CAROS AMIGOS – Brasil
CONTRETEMPS – França
CRÍTICA MARXISTA – Brasil
ESTRATÉGIA INTERNACIONAL – Brasil-França
FORUM – Brasil
HERRAMIENTA – Argentina
HISTÓRIA & LUTA DE CLASSES – Brasil
ISKRA – Brasil
LE MONDE DIPLOMATIQUE – Brasil
LUTAS & RESISTÊNCIAS – Brasil
LUTAS SOCIAIS – Brasil
MAISVALIA – Brasil
MARGEM ESQUERDA – Brasil
MARXISMO VIVO – Brasil
NOVOS RUMOS – Brasil
NOVOS TEMAS DE CIÊNCIAS HUMANAS – Brasil
OUTUBRO – Brasil
PERIFERIAS – Argentina
PRINCÍPIOS – Brasil
PUNTO FINAL – Chile
REVISTA DO BRASIL – Brasil
REVISTA SEM TERRA – Brasil
RUBRA – Portugal
SHIFT – Portugal
Lectura recomendada
Recomiendo la lectura de un texto sobre la crisis mundial en el sitio bolivariano Aporrea.
Acceder a
http://www.aporrea.org/internacionales/a69148.html
ГУЛАГ
“Se igual”, decía Minguito. Así parecen pensar (¿?) en el diario La Nación. Uno de los principales títulos de tapa hoy dice: “Sin caja, el gulag de Kirchner no resiste“. ¿Gulag, dijo? Si uno tiene el tiempo y la paciencia para leer la nota, descubre que, según su autor, el gulag en cuestión era el que albergaba a Bonasso, Juez, Aníbal Ibarra, Solá y otros, hasta que decidieron independizarse del kirchnerismo.
¿Gulag, dijo? Gulag es la sigla de Gosudarstvo Upravlennie Lagerei (Administración Estatal de Campos), la vasta red de campos de concentración en la Unión Soviética. ¿Kirchner tenía a estos dignos representantes de la política argentina encerrados en barracas heladas, rapados y dedicados a palear vagonetas de carbón?
¿El autor de la nota (Pagni) o alguien en La Nación se para a pensar en la pertinencia de lo que escriben? Porque se puede ser opositor, claro; se puede ser pelotudo, claro; pero todo con cierta noción de medida.
Arrepentimiento
El asesor de prensa del primer ministro iraquí Maliki informó ayer que el periodista que arrojó dos zapatos al presidente Bush envió una carta al gobernante de Irak en la que manifiesta su arrepentimiento por haberlo “humillado” ante todo el mundo. El periodista expresa también su esperanza de que la “paternal comprensión” de Maliki le permita perdonarlo.
El arrojador de zapatos permanece preso desde que efectuó su acto de repudio a Bush y su repentino arrepentimiento arroja dudas (o certezas) acerca de las condiciones de su detención y el trato que recibe.
P.D.: Al día siguiente de difundida la carta, el juez declaró que el detenido presenta signos de haber sido golpeado.
Tiene nata
Por Andrés el Viejo
El arte de gobernar, para Mauricio Macri, se reduce a la queja permanente. Cada vez que se topa con una dificultad, sólo sabe reaccionar como un nene malcriado que grita “¡Mamá, tiene nata!”
Ese ha sido el estilo constante al que hemos tenido que acostumbrarnos durante su primer año al frente del Gobierno de la Ciudad. Pero el sábado 13 de diciembre, se superó a sí mismo. Manifestó que está “harto” de que se corten las calles, refiriéndose a la marcha contra el hambre infantil del viernes. Esta es la expresión del individuo cualquiera, que no tiene otro modo que la queja de encarar una situación incómoda. Pero Macri no tiene derecho a estar “harto”, él tiene la función de resolver o, al menos, intentar resolver los problemas.
Su excusa es que no tiene policía propia. Es decir, que no tiene la posibilidad de mandar a reventar a palos a los desacatados que se atreven a salir a la calle para exponer sus reclamos. Digamos, de paso, que por lo general ese recurso termina estorbando la circulación más y por más tiempo que la propia manifestación. De manera que no sirve para aliviar el estado del tránsito sino sólo para ahogar el derecho de expresión.
Privado de ese recurso, que es su lamento permanente, Macri ni imagina que haya otra forma de asegurar, al mismo tiempo, el derecho de los manifestantes y un menor entorpecimiento del tránsito. No se le ocurre, por ejemplo, que ante una manifestación anunciada con semanas de anticipación, los calientasillas de su administración podían haberse reunido con los organizadores de la marcha, tomado nota del recorrido y de los lugares de concentración previa. Con esos datos en la mano y dos dedos de frente, los funcionarios macristas hubieran estado en condiciones de prever con antelación cómo derivar la circulación callejera con menores inconvenientes.
Pero, suponiendo en la administración del Gobierno de la Ciudad la imaginación y la inteligencia indispensables (que es mucho suponer), si hubieran hecho eso ¿cómo podrían quejarse? ¿Cómo podrían arrojar los cuestionamientos sobre los manifestantes? ¿Cómo podían los medios de comunicación omitir toda referencia a la manifestación y sus reclamos, citándola exclusivamente como un factor del “caos de tránsito”?
Dale, Mauricito, apartá la nata con la cucharita y tomá la leche.
Los usos del federalismo
El conflicto entre el Gobierno y los empresarios agrícolas ha traído nuevamente al debate temas que estaban, o al menos parecían estar, mayormente olvidados: federalismo y unitarismo, capital e interior, ciudad o campo. Este último carece de la menor entidad en un país en que la población urbana es abrumadoramente mayoritaria y sólo se explica como un recurso demagógico mediante el cual cerrar filas en un sector agrario profundamente heterogéneo. Los otros temas, casi siempre confundidos, merecen en cambio atención.
Digo confundidos porque la cuestión del federalismo y la de las quejas de las poblaciones del interior son de orden muy distinto. Los resquemores hacia la capital no son privativos de la Argentina y más bien tienen un carácter universal. No hay político norteamericano que no jure que nada tiene que ver con “Washington”, como si todos los problemas de su país sólo se originaran en el efecto tóxico que el clima de esa ciudad opera sobre los gobernantes. “Roma ladrona” es el dicterio que se le aplica a la capital italiana. Otro tanto sucede con París o Madrid. En este fenómeno se combinan dos causas. Por una parte, desde afuera se advierte en los pobladores de una gran ciudad sus capas más privilegiadas y las ventajas que les brinda vivir en ella, pasando desapercibidas las notorias desventajas que sufre la mayoría no privilegiada. Por la otra, los responsables de la administración, de la política y de la justicia aparecen dictando sus normas desde la capital, que carga así con todas las quejas.
Esta situación y la sensación de agravio que de ella se deriva nada tiene que ver con la forma de organización del Estado, sea ésta federal o unitaria. Pero, por lo menos entre nosotros, se las confunde casi siempre. En una entrevista con una alta funcionaria del Gobierno actual, a comienzos de 2004, me explicaba un proyecto de su área y, al referirse a su realización en el interior, dijo: “Como ahora somos federales…” Desde luego, un proyecto concebido y realizado desde la capital no es federal por el hecho de que se aplique en el interior. Pero la funcionaria, de buena fe, suponía que federalismo es hacer algo para el interior. Es un error. El Estado francés, por ejemplo, que es sólidamente unitario desde hace más de dos siglos, no deja por eso de impulsar obras y actividades en todo el territorio.
El federalismo es un sistema de organización estatal en el que las unidades administrativas tienen un alto grado de autonomía que, en su versión más extrema y difícilmente viable, deja en manos del poder central sólo la defensa y las relaciones exteriores. En teoría, esa era la situación durante el prolongado mandato de Rosas, aunque todos sabemos que el gobernador de Buenos Aires gobernó desde Buenos Aires, con un alto grado de centralización política y económica.
El federalismo en la Argentina ha tenido una historia sinuosa y no siempre vinculada con las necesidades del interior. Rivadavia, además de la burguesía comercial de la ciudad de Buenos Aires, contaba con el apoyo de buena parte de las burguesías provincianas, que veían en un sistema centralista la oportunidad de controlar la Aduana y poner límites a la provincia más poderosa. De ahí la primera acción rivadaviana en la Presidencia fuera apoderarse del Banco de la Provincia de Buenos Aires y proyectar la división de esta provincia en tres partes: la capital, bajo el control directo del gobierno central y dos provincias separadas. Lejos de ser una excepción, hay que observar que los dos desafíos más serios que tuvo la consolidación del partido federal (en 1829/31 y en 1840) tuvieron su base en el interior profundo.
El período de más auténtica vida política federal fue el del sistema de Liga de Gobernadores pergeñado por Roca, dejando a las oligarquías provincianas el manejo de sus asuntos y dándoles poder de decisión en el asunto clave de las candidaturas presidenciales. No por casualidad, este sistema político (oligárquico y corrupto, pero eficiente durante más de dos décadas) pudo ponerse en práctica después que el Estado nacional impuso (por la fuerza de las armas) su control sobre la ciudad de Buenos Aires, separada desde entonces de la provincia del mismo nombre.
Aunque funcional a las necesidades de las provincias del interior, poner a la ciudad bajo la autoridad directa del Gobierno nacional supuso un duro golpe al federalismo. No sólo porque fue una imposición a una provincia, sino porque puso las mayores fuentes de ingresos (el puerto y la Aduana) en manos del poder central. Aunque Roca haya pergeñado el peculiar federalismo antes referido, la nacionalización de la ciudad portuaria ofreció al Gobierno nacional una palanca formidable sobre las autonomías provinciales. De ahí en más, estas autonomías pasaron a ser una concesión antes que un derecho emergente de los “pactos preexistentes”.
Esto se revelaría en toda su dimensión con la llegada del radicalismo al Gobierno. Las tres presidencias radicales del período 1916-30 usaron ampliamente las intervenciones federales, anulando de hecho las autonomías provinciales cada vez que resultó necesario para sus propios propósitos políticos. El peronismo utilizó en mucha menor medida la intervención federal, pero pudo hacerlo por el enorme peso electoral concentrado en la conducción de Perón, que lo libraba de riesgo de gobiernos provinciales desafectos. Pero, aún así, también avasalló las autonomías provinciales cuando lo juzgó políticamente conveniente.
Es obvio que los gobiernos militares, por su carácter intrínsecamente dictatorial, eran unitarios. Los interventores o gobernadores eran nombrados desde el poder central y removidos de la misma manera, con lo que las autonomías quedaban reducidas al escudo provincial en el frente de los edificios públicos.
Si consideramos que los gobiernos radicales, peronistas y militares han ocupado la mayor parte del siglo XX, el panorama se presenta escasamente federal.
Una primera conclusión es que el federalismo declamado en los textos constitucionales ha sido mayormente ilusorio. El único rasgo propiamente federal de nuestro sistema político es la sobrerrepresentación acordada a las provincias de menor población en la Cámara de Diputados, lo que hace que un voto emitido en Tierra del Fuego valga, en ese aspecto, mucho más que uno emitido en la provincia de Buenos Aires (o en la Capital, en Córdoba, en Santa Fe e incluso en provincias de población mediana). Federal, pero rigurosamente antidemocrático.
Dado que el conflicto con los empresarios agrícolas gira alrededor de la carga impositiva que aplica, recauda y utiliza el Gobierno nacional, no es extraño que las voces que proclaman su adhesión al federalismo lo expresen sobre todo con el reclamo de que esos impuestos (en la medida en que pudieran subsistir si el embate antifiscal tuviera éxito) se coparticipen con las provincias.
Es notable que en algunos casos vayan de la mano el discurso impugnador de las retenciones con el de su coparticipación. Es obvio que lo que no existe no puede coparticiparse. Pero dejemos eso de lado. El problema es si la plata de las retenciones estaría mejor en manos de los gobiernos provinciales que en manos del nacional.
Si los autores de estas propuestas se limitaran a decir que prefieren que el dinero esté en manos de cualquiera, menos del Gobierno nacional, diríamos que hay una lógica política. Si la cuestión se expresa en términos de federalismo ya es otra cuestión. Porque entonces lo que se objeta no es el mejor o peor uso que el actual gobierno da a los fondos, ni si hay corrupción o no la hay. Planteada desde una perspectiva federalista, daría lo mismo que el dinero lo manejara el gobierno actual o cualquier otro. Daría lo mismo que el gobierno actual lo usara con buen criterio o no. Especialmente, porque no hay datos claros de que los gobiernos provinciales sean más criteriosos o menos corruptos a la hora de manejar los fondos públicos. Si se hace un poco de memoria, Cavallo pasó años denunciando que la educación en las provincias estaba en malas condiciones porque al traspasar las escuelas con su correspondiente presupuesto, los gobiernos provinciales distrajeron parte de esos fondos para usos heterodoxos. Si bien se puede poner en duda lo que diga el ex ministro, es interesante que nadie haya salido a rebatirlo.
En mi opinión, carece de mayor importancia la cuestión puramente doctrinaria sobre si la organización estatal debe ser federal o unitaria. Ambos sistemas tienen ventajas y desventajas. La cuestión, entonces, es esencialmente pragmática y coyuntural. Dadas tales o cuales circunstancias, qué sistema es más conveniente para los intereses del pueblo. Y en la etapa actual del capitalismo mundial, ningún país periférico puede darse el lujo del fraccionamiento de la autoridad estatal. En un libro sobre la crisis de los Estados-nación, Alain Bihr ha señalado que éstos sufren un doble jaque: mientras que la globalización y el poder de las transanacionales les cercenan su soberanía desde el mercado mundial, la acción de esas mismas transnacionales fomentan la fragmentación interna, pues las unidades administrativas subnacionales tienden a competir entre sí por las inversiones, impidiendo al Estado nacional retener el control sobre la economía.
Este fenómeno lo estudia Bihr en los países centrales, donde cada día podemos observar la tendencia a que las regiones más ricas busquen escapar al control estatal nacional. Ejemplos de esto son la muy reaccionaria Lega Nord en Italia o los reclamos que la burguesía catalana presenta para evitar que “sus” impuestos se gasten en las zonas menos favorecidas. Si las exigencias autonómicas eran el pasado patrimonio de las regiones más pobres, en la actualidad se presentan con mayor fuerza en las más ricas.
Si todo esto es cierto en los países centrales y prósperos, lo es doblemente en los periféricos. El caso más dramático en América Latina es el de Bolivia, donde los ricos departamentos de la Media Luna apenas disimulan sus aspiraciones separatistas, con el objetivo de librarse de sus hermanos pobres del Occidente indígena. Por el momento, se conforman con reivindicar una autonomía que cuenta con la indisimulada simpatía de los Estados Unidos. Pero nadie se engaña en cuanto a que esa autonomía es el seudónimo provisorio de la secesión.
Los Estados latinoamericanos, entre ellos el argentino, no son excesivamente fuertes. Por el contrario, son demasiado débiles frente a un capital concentrado y en gran medida transnacionalizado. Por cierto que son insuficientes para hacer frente a semejantes potencias y, por lo mismo, tienen tendencia a claudicar ante ellas. El problema de las reivindicaciones localistas es que no tienden a superar esta situación sino a empeorarla. ¿25 Estados enanos (las provincias, la ciudad autónoma y el Estado nacional residual) tendrían más fuerza y mayor decisión que las que hoy pueda tener la autoridad central? La respuesta es obvia. Dejando de lado lo problemático de que un presupuesto descentralizado en extremo fuera mejor y más honestamente administrado que uno centralizado, salta a la vista que aún si sí fuera, estaría 25 veces más atado a las imposiciones del capital concentrado y de las fuerzas externas.
Si se quiere discutir y cuestionar cómo actúa el Gobierno actual, perfecto. Pero la invocación al federalismo en nada contribuye a que esa discusión tenga sentido, salvo que se quiera renunciar a la ya demasiado endeble soberanía nacional.
Periodismo independiente
El 16 de abril, el diario Clarín dedica un amplio espacio, cubierto por su principal columnista político, Eduardo van der Kooy, a la marcha de las negociaciones entre el Gobierno y las entidades que representan a los empresarios agrícolas. La nota, que se puede leer en la página 5, brinda algunos elementos para analizar cómo el autodenominado “periodismo independiente” encara la información y opinión para brindarlas a sus lectores. Van der Kooy, además del lugar prominente que ocupa en la redacción del matutino, es un periodista veterano. Sería una grave ofensa a su profesionalidad, por lo tanto, suponer que los recursos de léxico, redacción y argumentación que emplea sean casuales y no deliberados.
La columna comienza afirmando que “resulta incomprensible, a esta altura, la morosidad con que avanzan las negociaciones con el campo” (negritas en el original). Analicemos la oración. Hay un actor tácito: alguien negocia con el campo (si se continúa la lectura aparece que es el Gobierno). No se trata de dos actores que negocian. El Gobierno negocia con el campo. Se desprende que, si quien negocia es el Gobierno y la negociación es morosa, la responsabilidad de la morosidad recae sobre este negociador. Al campo, como a un monarca medieval, sólo le cabe conceder o negar su aceptación a lo que el Gobierno proponga. Y, como un monarca medieval, impacientarse si la propuesta se demora.
Por supuesto, aquí se habla del campo, como si el campo (incluyendo a propietarios de tierras que moran en ciudades, a empresarios de distintas zonas, de muy diverso tamaño y muy dispares ingresos, a trabajadores asalariados, a vacas, ombúes y teros, sobre todo teros) fuera una realidad única, sólida y de composición homogénea. El columnista no se permite suponer que un minifundista algodonero del Chaco o de Santiago tenga otros intereses que los de los cultivadores de soja en decenas de miles de hectáreas o los más prósperos chacareros de la Pampa Húmeda.
Puesto que es el Gobierno el que negocia y el que hace morosa la negociación, las consecuencias de tal morosidad deberán recaer enteramente sobre su cabeza: “mientras el tiempo transcurre, van sucediendo (…) tres cosas”. Todas ellas, desde luego, ominosas para el moroso. Veamos las tres cosas.
“Se acentúa la desconfianza de las entidades rurales”. Esto parece muy natural. No menos natural es que se acentúe la desconfianza del Gobierno, puesto que estas entidades tampoco parecen hacer mucho por acelerar los trámites. Y, sobre todo, porque detrás de los señores que acuden a las reuniones en su nombre hay segundas, terceras y cuartas líneas que antes y durante la negociación hacen saber públicamente que no se conformarán con nada que no sea una rendición incondicional del Gobierno. El propio columnista hace más adelante referencia a De Angeli como “la cabeza visible de los autoconvocados que escapó al control de las entidades”.
“El Gobierno sigue enmadejado en el mismo conflicto”. En perfecta línea con el presupuesto de que el que negocia es sólo el Gobierno, el conflicto sólo lo enmadejar a él. El campo es inmune a ese enmadejamiento. Dicho en castellano, el lío es del Gobierno y a él corresponde arreglarlo o atenerse a las consecuencias.
“Ese enredo implica (…) una pérdida de capital político de parte de Cristina Fernández” (negritas en el original). Se reitera el concepto anterior: el lío es del Gobierno y no del campo.
El analista pasa entonces a examinar el porqué de tanta morosidad. El problema, nos dice, es que la Presidenta abrió el diálogo, pero el Gobierno carece de interlocutores para llevarlo a cabo. Alberto Fernández no sabe de “los cereales ni la carne”. El secretario de Agricultura no goza de la confianza de “los dirigentes rurales”, que “ponen en duda la efectividad de lo que puedan acordar con él”. El ministro de Economía está fuera del país, ocupado en otros menesteres de su cargo.
Y aparece el cuco. “Ese enorme espacio vacante en el poder lo aprovecha, entonces, Guillermo Moreno”. ¿No siente el lector escalofríos? Motivos tiene: este personaje “sigue haciendo de las suyas –inspecciones a los frigoríficos, cierre del registro exportador–.” ¿No denuncia el campo que los frigoríficos afectan a su rentabilidad? ¿No es una función indispensable e indelegable del Estado realizar inspecciones en las empresas, especialmente las que tienen que ver con la alimentación y la salud, y donde puede haber vehementes suposiciones de evasión impositiva? Pero dejemos de lado esos argumentos formales y vayamos a lo que es la naturaleza misma de toda negociación. Quien negocia algo trata siempre de hacer valer algún daño que amenace a la contraparte. Por eso, el campo retiene la cosecha y esgrime, antes y después de cada reunión, la amenaza de “volver a las rutas”. Parece bastante adecuado que el Gobierno, a su vez, despliegue sus propios recursos. Si no lo hiciera, estaría obligado (hay que repetirlo) a una rendición incondicional. Dicho sea de paso, la “pérdida de capital político” sería entonces mucho mayor que la que dice temer van der Kooy.
Pero Moreno (tal vez inspirado en el Plan de Operaciones de otro Moreno, Mariano) dijo en una cena “cosas de espanto sobre cómo conduciría el conflicto” (negritas en el original). Para el columnista, detrás de este monstruo habría otro mayor, el ex presidente Kirchner.
Por si estas reflexiones no fueran suficientes para atemorizar al Gobierno y convencerlo de que despliegue mayor diligencia y flexibilidad, el columnista cierra su inspirado texto invocando a otros fantasmas. Se trata de la inflación (”las expectativas, en ese terreno, se están desmadrando”) y “las fragilidades del sistema energético”. Urge, pues, es la conclusión de la columna, cerrar con urgencia el conflicto con el campo, para no “lidiar en simultáneo con otros frentes de tormenta que se avecinan”.
En resumen: de lo que el columnista habla no es de una negociación, sino de la urgencia de que el Gobierno ceda lo que le reclaman sin retaceos. Un consejo respaldado con la amenaza de males sin cuento (para el Gobierno, claro está). Nada tendría de objetable que Clarín y su columnista editorializaran esa opinión abiertamente, pero es engañoso que la adornen con los recursos señalados, que pretenden encubrirla de supuesta “objetividad”.
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