Brasil tiene playa, fútbol y poder judicial

 

Si el que estuviera tirado fuera otro que Lula, esto sería un nock-out.  Un fuera de juego definitivo, con la cara llena de dedos y el tabique roto. El fin de una época. La caída en desgracia de un mito, por quedarse con un departamento en un balneario de segunda. Pero el que está tirado es Lula. Con él, además de dejarlo contra las cuerdas y patearlo en el piso, hay que impedir que hable. Si habla, seguro convence a alguien para que lo ayude a pararse.

Lula habló hoy en el sindicato de metalúrgicos, en el ABC paulista. En la periferia industrial de un país convertido a los servicios financieros. Habló, para calmar a quienes esperaban afuera, una marea de unas 10.000 personas con remeras del PT, en su mayoría. Base militante, es decir. La misma marea roja que enardece a los foristas de internet, que denuncian, apurados, que no ven el verde-amarelo nacional por allí. Los foristas. Esos desaforados que piden por Bolsonaro y escriben con mayúsculas, repitiendo BANDIDO BANDIDO BANDIDO CADEIA PARA ELE; RATO CONDENADO CADEIA. Los foristas escriben en mayúscula, como eyaculando odio, como gatillando.

Lula quiere calmar a su base. Que se va a entregar, pero que esto es un golpe. Que quiere rebatir la carga de la prueba y hacer que quienes lo persiguen tengan que encontrar otra causa para todos los problemas del país. Qué rebuscado. Que está viejo ya para asilarse en la embajada de Bolivia, en Uruguay. Que tuvo sueños, sueños que repasa, en un eco a Martin Luther King -que, seguro, pensó-. Que otras veces estuvo ante fracasos que devinieron victorias. Como la vez que resistió levantar la huelga de metalúrgicos, pese a todas las presiones, porque no sólo económicos serían los réditos de los trabajadores, en las luchas. Esa sería la estrategia, se lee en entrelíneas. Porque nadie se entrega, si se está ante un golpe. Incluso los de este tipo, que no dividen tajantemente entre democracia y dictadura. Lula sindicalista, antes que fundador del partido con el que carga, de algún modo. Lula maestro, como se autodefinió, al recordar que fue director de escuela, allí mismo, en el sindicato, ante 1083 alumnos. Con números.

Repasa uno a uno quienes lo acompañan en el palco y les levanta el brazo. Los quiere nombrar. Hace breves anécdotas y biografías de todos; pide que le hagan la lista de los que faltan, para saludarlos. Son pocos, como él mismo sabe. Está Stédile. Sé quiénes son mis amigos ocasionales y quienes me acompañan desde que tomábamos caldo para cenar, aclara. Tiene un diálogo con los de abajo, se acerca para subrayar algunas cosas, pareciera guiñarles el ojo cuando reconoce otras como ésta, que no debieran decirse en público. No es el tono de Gleisi Hoffmann, la muy clara lidereza del PT. Ella parece querer ser didáctica, explicar que van a ocupar predios y cómo se va a organizar la resistencia. Lula, en cambio, es expansivo hablando, lo envuelve todo, con una soltura y una cofraternidad difícil de encontrar en alguien. En nadie de ese palco, seguro. Da la palabra y la retira, es el anfitrión y quién mide los tiempos. Pero no tiene apuro, aunque sepa lo que quiere decir.

Sabe lo que quiere que se entienda. Que se entrega al juez Moro, pero que no se entrega. Dice “revolución”, halaga a otros con el adjetivo de “combativo” o “combativa”, dice que cuanto más lo dejen preso, más Lulas van a surgir en Brasil. ¿Cómo creerle?

Lula es La Voluntad.  Así, también con mayúscula. Un fuego lo mantiene en pie. Un impulso de negación. Esa negación que permite actuar, como sea, contra las condiciones que sean. Se define como una idea mezclada con la idea de los de abajo. Esa confusión de ideas, esa fusión, esa química colectiva haría imposible que él no se multiplicara, que desapareciera. ¿Cómo no creerle?

Se está entregando a un juez que no es un juez, que es un poder judicial entero. Un bloque macizo, sin fisuras y previsible. Un poder moral, pero para afuera. Lo sabe, pero dice que, en breve, cuando dé frutos lo que intentaron en educación, los jueces van a salir de las favelas. De Itaquera. Que van a ir por la ley de medios, que no van a dejar privatizar más nada, que si lo que le achacan es eso, va a seguir siendo un “criminoso”. Pechea. Que los jueces se saquen la toga y hagan un partido que compita en elecciones, a ver si ganan. Esa frase, también, la escuchamos por acá. Black out.

Desespera Brasil. Una crisis radical como ésta, no se soluciona con la victoria de nadie. Ni siquiera con la de Lula. Pero Lula está ahí, solo, dando pelea, como si hubiera que olvidar para actuar. Sin ese olvido habilitante, mejor la embajada en Uruguay. Dicho sea de paso, sólo Mujica se escuchó de ahí. También en la región hay intemperie.

Nombra uno a uno a los poderes que son victoriosos. Se ven, aunque no los nombrara. Porque habla para un puñado de medios que transmiten, en su mayoría, exclusivamente por internet. Con los grandes canales de televisión sobrevolando, desde helicópteros. Vuelve al sindicato y no a la sede del partido, que está diezmado. Lo espera un poder judicial que actúa como corporación de clase, sin desmarques, sin un juez ignoto del interior que dé lugar a un mínimo recurso. A ese poder se entrega, denunciando un golpe que empezó con el impeachment a Dilma, a quién se le aplicó una ley de pedaleadas fiscales que se derogó, luego de usarla para destituirla. ¿Es ingenuidad esa entrega? ¿Es sacrificio? ¿Es negociación? ¿Es así La Voluntad? Muestra del brazo a su herencia, Guilherme Boulos, que ni siquiera es del PT; a Gleisi Hoffmann, a quien no se le trasladan los votos. ¿Qué alianzas quedaron? Tengo el pescuezo corto, pero no lo voy a agachar, cita a su madre. Arenga a su clase con la cita; politiza la derrota, a ver si revierte de una vez. Lula, guerrero solitario.

No hay 17 de octubre en Brasil. Hay un animal político herido, como quizá no hubo otro. Hay una clase dirigente que nada en privilegios y descrédito. Hay una crisis económica de años, pero el capital parece haber resuelto que puede mantener el orden de otro modo que con el PT. O que ya no es su problema. Hay una fascistización social que aplaude los asesinatos de activistas y la militarización de ciudades, con una sed renovada de Deus, familia e propriedade, la otra cara del Brasil de las playas. Hay un poder judicial en bloque, que decidió que se acaba el experimento PT, tal como se lo conoce, tal como ejerció el poder. Hay una crisis radical que desborda todo, que no permite prever qué pasará. Porque no hay quién capitalice democráticamente este derrumbe. Brasil abrió la caja de Pandora.

Falta que el Supremo Tribunal Electoral falle que Lula no puede ser candidato, falta que lo proscriba, para que, de hecho, millones de votantes queden a disponibilidad. A disponibilidad, para muchas cosas. A la extrema derecha le surgirán contrincantes, inesperados y oportunistas que hablen para las izquierdas. Pero esta capacidad de veto judicial queda intacta, para cuando se precise de nuevo. Las democracias son buenas; pero mejores aún, si se las controla.

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