¿Cómo estamos hoy, eh?

Qué pasó ayer: más o menos lo sabemos todos y cada uno lo interpreta a su manera. Qué puede pasar mañana: casi todo. Pero, ¿cómo estamos hoy? En la respuesta está también la posibilidad de pensar lo que pasó hasta hoy y, aún más importante, qué podemos esperar de acá en adelante. Si los datos y el razonamiento nos acompañan para tratar de pensar si es posible empezar a ver unas grietas en el clima de victoria asegurada para el oficialismo en 2019.

El Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella cayó 13,2% respecto al mismo mes del año pasado y 8,5% respecto al mes anterior. La caída la explica el interior del país y principalmente el Gran Buenos Aires: 8,5 de caída en el interior y 11,6 en GBA, mientras que aumenta 1,2 en Capital Federal. Si bien cae de manera transversal a todos los sectores sociales, cae más mientras menores ingresos tiene el encuestado. El trabajo puede consultarse aquí.

 

Uno de los puntos centrales de la legitimidad del gobierno de Mauricio Macri son las expectativas. Si miramos el gráfico podemos adherir intuitivamente a la idea de que expectativas y condiciones materiales presentes aparecen disociadas. En ese espacio blanco entre la línea naranja y la gris existiría algo así como la posibilidad de creer que va a mejorar, la esperanza en el cambio o, quién sabe, la ideología. Pero una segunda lectura también nos puede hacer ver otra cosa: la correlación entre ambas variables podría querer decir (habría que probarlo empírica y teóricamente) que las expectativas sobre el futuro y las condiciones materiales están vinculadas. Para decirlo más claro: que a medida que empeoran las condiciones materiales empeoran las expectativas porque unas dependen de otras. La tesis de que no importa el presente sino las expectativas no es falsa ni dejó de funcionar: simplemente se le sumó la variable tiempo. El tiempo – elecciones de octubre 2017 de por medio – puso a las expectativas a rendir cuentas.

Pero, ¿las condiciones materiales están empeorando? En verdad, el punto que nos interesa para intentar dar una respuesta a lo anterior es: ¿hay una percepción de que las cosas están empeorando?

La Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública, realizada por la Universidad de San Andrés, nos aporta algún dato. El primero de ellos: que en la percepción general sobre la marcha de las cosas vienen empeorando desde octubre de 2017 y que tocó su punto más bajo de la serie. Como puede verse además en el estudio (que se publica aquí) la tendencia es transversal a las clases sociales.

 

El estudio también nos da algún dato sobre la idea de expectativas, e incluso de retrospectivas. Más que mirar los valores nos interesa remarcar la tendencia: la percepción de que las cosas están peores que antes crece sostenidamente desde las elecciones de octubre, mientras que las expectativas sobre que la cosa mejore va en camino inverso. Por primera vez, vemos en el segundo cuadro, llega al punto de que más personas creen que va a empeorar que a mejorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otras investigaciones concuerdan sobre la caída de expectativas. La agencia de investigación Kantar presentó en su último informe una caída del 2% de su índice. Según la consultora, un 53% de los encuestados sostiene que no le alcanza el dinero para vivir según sus expectativas y necesidades. La misma tendencia registra el Centro de Estudios Metropolitanos sobre la caída de las variables (el informe se puede consultar acá) y el Índice de Optimismo que elabora la consultora Management&Fit para el diario Clarín, que puede leerse aquí.

La caída en los índices de confianza sobre el presente y sobre el futuro parecerían afectar de manera directa al presidente Mauricio Macri. Así lo muestran algunos números: la encuestadora Query registra caídas en imagen presidencial y evaluación de la gestión. El trabajo de la Universidad de San Andrés anteriormente citado y la encuestadora Grupo de Opinión Pública reflejan lo mismo.

Se puede establecer entonces que desde octubre a la fecha hay un descenso en la consideración pública del gobierno de Mauricio Macri. Podemos encontrar varias explicaciones: el escenario post-electoral que lo ubicó como actor principal del sistema político, la reforma jubilatoria de fin de año, los primeros problemas al interior del gobierno como el caso Triaca y la imposibilidad de comenzar a demostrar los resultados que avalen las buenas expectativas.

¿Ese es el escenario? Parecen, más bien, las condiciones sobre las cuales al escenario hay que construirlo. Una caída en la imagen del gobierno, de su referente o de su gestión, es un hecho pero es un hecho social. Necesita interpretaciones, formas de decir qué quiere decir.

Para construir esa interpretación es necesario contradecir lo dicho en el primer párrafo de este texto: la forma en la que llegamos a este momento también forma parte de la construcción hacia adelante. Sobre esa forma hay muchísimas interpretaciones a la que podríamos agregar una: entendiendo este momento político a la luz del Mauricio Macri del 30 de octubre de 2017, en su discurso en el CCK. Acertadamente descripto por Elisa Carrió como “el discurso de Parque Norte de Macri”, allí se puede ver el programa ideológico del gobierno de Mauricio Macri en plenitud: las directivas sociales, económicas, políticas y culturales que lo guían. Visto desde allí hay mucho para mirar: cómo fueron las reformas que fueron exitosas, cómo las que no, en cuáles todavía hay problemas y cuáles, ni siquiera, pudieron aún ponerse en agenda.

Si eso podemos decir sobre el presente visto a la luz del pasado reciente más difícil es lo que hay para decir sobre el futuro. Como punto de partida notar un dato para nada menor: la idea de que son posibles varios escenarios y no uno solo de derrota asegurada. Entre el optimismo ciego y el derrotismo que autocumple su profecía apareció un camino para andar. Que no es todo tanto como no es poco.

¿Cómo puede ser ese escenario que hay que construir? Quizás lo primero que puede hacer ese descenso en la imagen del Presidente sea romper una suerte de espiral del silencio que parece más dirigencial que social. El concepto de espiral del silencio tiene sus discusiones teóricas pero interesa contar acá cómo nació. Noelle Neumann relata que lo descubre cuando, haciendo investigación electoral para la elección de la República Federal de Alemania en 1972, encuentra un desfasaje muy amplio entre lo que los electores decían que iban a votar y lo que creían que iba a suceder en la elección. “¿Cómo podían cambiar tan radicalmente las expectativas sobre el partido ganador, mientras las intenciones de voto de los electores permanecían constantes?”, se pregunta cuando empieza a ver que el efecto se incrementa a medida que se llega al día de la elección. Descubre entonces que hay una disposición de los individuos a percibir lo que hoy conocemos como clima de opinión. Y de ahí deriva toda su teoría.

Pero lo que nos interesa ver de ahí es si no existe la posibilidad de que empiecen las primeras grietas al interior de un clima que hace apenas unos meses parecía de inevitabilidad. Un derrotismo que no hacía sino multiplicar el clima de derrota asegurada. Las expresiones de algunos dirigentes, la formación de alianzas pasajeras en el Congreso, las tensiones internas ya no sólo dentro de la coalición Cambiemos sino incluso adentro del PRO permiten arrancar la construcción de un escenario distinto. En el que todavía es posible perder, ganar, llegar bien o llegar mal.

Pero que no es, pareciera, el escenario anterior.

 

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