Dame fuego

 

Ay! Trigal… Dame tu surco y dame vida…
Borra mi tiempo y esta herida…
si ya es mío tu trigal.

 

(Trigal, Sandro)

Esbozamos en un breve texto reciente estas ideas en torno a la oposición:

En ese contexto, me pregunto si la forma de ganarle al oficialismo llegará de la mano de dejar de lado aquello que el campo nacional y popular tiene en su ADN y que el macrismo debe comprar en la góndola del márketing. Si la capacidad de tener sensibilidad, empatía, cercanía, corporeidad y sentido común -eso por lo que el PRO paga cuando un asesor recomienda sacar fotos a sus dirigentes tocando las manos de personas- debe ser dejada de lado para pasar a intentar una forzada estética “moderna”. Me pregunto en este sentido si esta oposición necesita muchos community managers o dos, tres, muchos Tigres de los Llanos.

 

Se trata de una idea no demasiado original que me empezó a rondar la cabeza mientras disfruté de la muy buena serie Sandro de América, de Israel Adrián Caetano. El director de NK, el documental, nos pone frente a un (a otro) ídolo popular.

“Me gustan los sobrevivientes, esa gente que a pesar de que todo se le complica, ve cómo la saca adelante”, dice Caetano en una entrevista de hace un par de años. Se nota.

Y entonces Sandro, ese que en un hogar formado por una primera generación de universitarios no se escuchaba, ese que es puro (demasiado) cuerpo, ese que es misterio y sudor, ese que es el personaje y que es Robeto, ese que es grasa y triunfa una y otra y otra vez.

El recurso de los “tres Sandros”, que pone al espectador ante un esfuerzo al que la TV no lo tiene acostumbrado resulta estimulante. El “primer Sandro”, se diría ahora -porque se dice a cada rato- “aspiracional”, el joven hijo del repartidor de damajuanas de Valentín Alsina que quiere cantar, componer y triunfar. El padre lo obliga a ser “el mejor” y con su voz llena de frustraciones lo acompañará en todo su viaje. Es el Sandro de “Los de Fuego” y el que rompe todas las marcas llegando a cantar en el Madison Square Garden de Nueva York.

El “segundo Sandro”, el del “reviente”, la decadencia, algunos delirios místicos, la muerte de la madre, la hoja en blanco. Es el estafado, el enfermo, el carcomido por la ansiedad. Como en toda historia de un gran hombre que merezca ser contada hay un “retiro”.

Y, luego, un “regreso”. El del último, el que quiere despedirse, el que siente que se muere, el del retorno triunfal, incluso de crítica, a la Calle Corrientes. El que se sobrepone a la enfermedad para decir adiós.

“Vos nos miraste cuando nadie nos miraba”. La frase que le escriben “las nenas” en una carta de amor pero también de respeto, de compañerismo, de agradecimiento contiene alguna idea no sorprendentemente similar a la que suele sentir un pueblo, cada tanto, ante una figura que, le parece,lo ha hecho revivir de un letargo, puesto de pie, invitado a caminar llevando sus pies cansados hasta lugares -no tienen por qué ser muy lejanos- que no habían soñado.

Hay muchas escenas que podrían ser recordadas. Cuando Sandro encara al productor estafador para exigirle que le pague los sueldos a los músicos porque “es lo más importante”. Cuando ya nadie recuerda ni cree que él pudiera haber cantado en Nueva York y en español. Cuando el hijo de una de sus parejas le dice que su mamá no le deja comer la torta que han enviado las fans de Sandro porque “dice que no sabe quién la hizo”. “Comé, pibe, la hicieron mis amigas”.

Sandro es dueño de una pasión controlada, de un profesionalismo desbordante, de una popularidad refinada, de un arte comercial, de un internacional proyecto local, como ese acento neutro del muchacho de Lanús.

Sandro no es lindo de ver pero no puede quitársele la mirada de encima; no es original pero es creativo; no es sencillo, pero es de barrio.

Por sobre todas las cosas, Sandro expone cuerpo, sangre, acción, pasión, error. No es espíritu, ni mente, ni sentimiento, ni control. Aunque los tenga. Sandro es popular.

Hablando justamente de lo único que el actual oficialismo no puede ser ¿La oposición va a comprar racionalidad cuando tiene carne? ¿Va a comprar un traje cuando tiene cuerpo? ¿Va a apostar por ideas surgidas de algún laboratorio cuanto tiene ideología que grita en las esquinas? ¿Va a diseñar una estética cuando lo que posee son intangibles? Se me dirá que en política (como en la vida de Sandro) lo que sirve es romper el molde. No apostar a la seguridad de la repetición. No podría estar más de acuerdo. Se me ocurre como una verdad tan evidente como darse cuenta de que una de los mayores logros de un oficialismo es definir el molde de su oposición.

Sin huevos, sin cuerpo, va a ser muy difícil. Aunque no habría que perder las esperanzas. Después de todo, dijo el poeta:


Sin tu fuego se apagó mi vida

desde que tu amor no está.

Soy madera que ya no se enciende,

si me falta tu mirar…

 

Soy ceniza que nadie recoge,

soy un llanto más…

Y en la noche larga

mi grito de ayuda quizá escucharás…!

 

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