Fortes Fortuna adiuvat

 

Releemos el clásico de John Pocock, “The Machiavellian Moment: Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition”.

A raíz de una lectura de De Consolatione, una obra de de Boecio, de alrededor del año 520, Pocock recuerda, yendo hacia atrás en el tiempo, que en el ethos senatorial de la Roma republicana e imperial, la expresión “fortuna” se correspondía más con el significado de “oportunidad” o “chance” que con el de “azar” o “casualidad”. Un hombre tenía fortuna si había algo en su personalidad que parecía atraer oportunidades favorables. En cambio, el azar estaba presente como señal de reconocimiento de que las circunstancias no eran predecibles ni controlables.

Había una cualidad que hacía que el sujeto atraía la buena fortuna y también que manejaba eficaz y noblemente todo cuanto la fortuna pudiera depararle. El término romano para caracterizar ese haz de características era virtus.

Virtud y fortuna aparecían generalmente asociadas en forma de parejas de opuestos. Esta oposición se encontraba frecuentemente expresada en la imagen de una relación sexual: una inteligencia activa masculina intentaba dominar a una impredecible pasividad femenina que le recompensaría sometiéndose a su fuerza o le traicionaría castigándolo por su debilidad. La virtus podría asumir muchas de las connotaciones de la virilidad. El significado de vir es hombre.

De allí el dicho romano “Fortes Fortuna adiuvat”, la fortuna favorece a los fuertes, a los valientes.

También bajo ese lema voy a postular unas ideas:

 

  • La sociedad siempre está cambiando pero no es cierto que este oficialismo se monte sobre un enorme cambio social. Por un lado, no hay un cambio copernicano en la individuación, el consumismo, las “aspiraciones”, elementos que siempre han estado presentes en el sustrato cultural argentino. Por otra parte, también puede ser discutida la tesis del sacerdote Rodrigo Zarazaga –quien en una entrevista reciente relató que hace poco pudo reflexionar en su adultez sobre los sentimientos de la empleada doméstica que ingresaba por la puerta de servicio a su casa paterna- en el sentido que la base social del peronismo está “quebrada” entre trabajadores “formales” e “informales”, o entre demandantes de alimentos y de cloacas. Se trata de una idea muy atractiva pero que no se corrobora ni en el mapa del voto, ni en los datos de construcción de cloacas durante los últimos 20 años, ni en etnografías que pueden ser diversas de las del religioso.

 

  • En ese contexto, lo que sí ha habido es un movimiento que ha otorgado liderazgo, sentido, orientación y orden, que ha vuelto más “compacto” al sector que lidera la revancha de los privilegiados que ahora gobierna la Argentina. Se trata de un movimiento que pudo haber empezado a cobrar fuerza diez años atrás con el conflicto de la 125, unos años después con la conformación del “Grupo A” en la Cámara de Diputados y en otros hitos hasta llegar a su triunfo electoral en 2015. En forma paralela, y en espejo, los sectores que integraron un gobierno nacional y popular comenzaron a desgajarse, probablemente también con inicio en la 125, cuando dejaron los bloques peronistas dirigentes como Felipe Solá y Carlos Reutemann, y luego con hitos como el alejamiento del oficialismo de Hugo Moyano, primero, y de Sergio Massa, más tarde.

 

  • De un breve un tiempo a esta parte, probablemente desde el último trimestre de 2017, hay algunas señales de que esta dinámica antes descripta se ha revertido o frenado. Por un lado, se da el caso del presidente Mauricio Macri, el único que yo recuerde que, con el nivel de poder que tiene, no encuentra una larga fila de dirigentes, intelectuales o artistas que deseen ir a besar su mano. El jefe de Estado viene de retroceder algunos pasos con su programa frontal de reformas neoliberales esbozado en su discurso de noviembre en el Centro Cultural Kirchner, a partir de la resistencia social de diciembre, mes en el el que se aprobó la reforma jubilatoria. En ese contexto, el bloque compacto del oficialismo encuentra tensiones: dirigentes radicales que denuncian a ministros, empresarios aliados que cuestionan determinadas políticas económicas, alejamiento de sindicatos otrora afines o neutrales. Del lado de la oposición se da un movimiento en espejo, aunque se lo quiera minimizar. Los ejemplos son claros: Felipe Solá pisó luego de diez años un Congreso del PJ bonaerense. Hugo Moyano apareció abrazado a Jorge Capitanich, a quien cinco años atrás había tratado de “Fidel Pintos” y “Quico”, y a Axel Kicillof, “bestia negra” del Impuesto a las Ganancias, por dar solo dos ejemplos.

 

  • En ese contexto, me pregunto si la forma de ganarle al oficialismo llegará de la mano de dejar de lado aquello que el campo nacional y popular tiene en su ADN y que el macrismo debe comprar en la góndola del márketing. Si la capacidad de tener sensibilidad, empatía, cercanía, corporeidad y sentido común -eso por lo que el PRO paga cuando un asesor recomienda sacar fotos a sus dirigentes tocando las manos de personas- debe ser dejada de lado para pasar a intentar una forzada estética “moderna”. Me pregunto en este sentido si esta oposición necesita muchos community managers o dos, tres, muchos Tigres de los Llanos.

 

  • Para finalizar y retomando las reflexiones iniciales,diré que a un gobierno que -como enseña Maquiavelo- si no puede ser amado, apuesta por ser temido, lo más flojo que puede oponérsele son dirigentes que sean -como quizás diría Weber, con alguna  larga palabra en alemán- “cagones”.

 

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