Fuerte y al medio

hombre barco - PRINCIPAL

Por Lucía Alvarez y Abelardo Vitale.

Esta nota fue publicada en el Número de Diciembre de 2014 de la Revista Turba.

 

Es la historia de Eduardo, podría ser la de muchos otros.

 

Llega a Buenos Aires desde Tartagal, sin garantías, pero en época de tasas chinas y con un oficio requerido. En poco tiempo, hace su primera clientela, gana plata, alquila una pieza en San Fernando, manda a sus hijos a colegios privados. Su mujer se entera a través del mercado inmobiliario informal sobre la venta de unos lotes en un asentamiento en la zona oeste. Se llama “Las Flores” y es la toma de un predio pequeño detrás de un barrio cerrado que, como muchos otros barrios cerrados, está flojo de papeles. Eduardo se decide, paga cinco mil pesos por un terreno. No recibe nada a cambio más que la palabra de un desconocido, ni un papel de compra-venta. Sobre ese terreno, construye una casa: tres ambientes, pisos de cerámicos, griferías nuevas. Compra una tele, un lavarropas, un microondas y un aire acondicionado. Su hijo mayor llega a la Universidad.

 

Mientras crece su casa, también crece el asentamiento. Los vecinos invierten en el tendido eléctrico y arman un desagüe precario que desemboca en un riachuelo. Lo hacen ellos, porque el Estado maneja tiempos más lentos, y porque pueden: tienen capacidad de trabajo, buenos salarios, la ayuda de la Asignación Universal por Hijo. Por esa inversión colectiva y porque el boom de los commodities devino ahorro en ladrillo y tierra, los precios de los lotes suben. La vivienda de Eduardo se tasa, siete años después, en 200 mil pesos. Pero sigue sin papeles.

 

Con la suba del precio del suelo, llegan también los intentos de nuevas ocupaciones en los espacios comunes o sobre el camino de sirga. Son vecinos de barrios linderos impulsados por ex funcionarios de la oficina de catastro de la municipalidad que conocen el negocio y especulan con el reconocimiento legal del barrio. Eduardo se preocupa, no sólo porque invierte e invierte en suelo inseguro. También porque ve que en esa zona gris las cosas sólo se resuelven de una manera: con la ley del más fuerte.

 

Entonces, un repaso. Eduardo: migrante, trabajador informal, buen consumidor, habitante de un asentamiento, padre de hijos universitarios.

 

¿Es pobre o clase media?

¿Es ejemplo del modelo de integración social o futura víctima de una posible restauración conservadora?

Su vida, su progreso ¿es frágil o irreversible?

Eduardo, ¿a quién vota?

Controversias

 

Hasta 2008, nadie tenía dudas. Seis años después del punto más alto de la crisis, de las imágenes del tren blanco y los cartoneros, la Argentina había dejado atrás la debacle: era otra y era mejor. Sin embargo, el paso del tiempo, el desprestigio de las estadísticas nacionales y la aparición de nuevas demandas dejaron atrás el optimismo y dieron lugar a la duda: ¿Nuestra democracia es más próspera, más fecunda, más igualitaria?

 

Proliferaron, entonces, cifras contradictorias. Los números son instrumentos capaces de construir realidades a medida. Según quién haga el análisis, la Argentina cambió mucho, poquito o nada. Al final, estamos igual que en los noventa, acusaron los más incrédulos frente al comienzo de la fase recesiva. Los más convencidos retrucaron con vehemencia: es la revancha ortodoxa, nos quieren hacer creer que es lo mismo la riqueza de una economía real que la de una basada en la especulación financiera.

 

El sociólogo Gabriel Kessler puso a dialogar ese abanico de lecturas. Juntó grillas, cuadros, indicadores privados y públicos en todos los rubros vinculados a desigualdad. El resultado es un mapa de claroscuros, que confirma algo ya dicho: la obsesión del kirchnerismo fue la inclusión. A lo ancho, primero, a través de la recomposición del mercado de trabajo y la extensión de las coberturas sociales y jubilatorias; a minorías históricamente excluidas después, con leyes específicas, como el matrimonio igualitario, el estatuto del peón rural o la de trabajadoras de casas particulares. Pero fue menos atento y tuvo peores resultados en todos los aspectos que no tracciona el mercado de trabajo: calidad educativa, relación subsidios-infraestructura, fragmentación y desigualdad en el sistema sanitario, políticas de transporte y hábitat.

 

Algunos prefieren plantearlo más llano: los argentinos vivieron mejor puertas adentro. Hubo bienestar en la intimidad de los hogares por la capacidad de consumo y la creación de derechos civiles propios de la tradición liberal. En algunos casos, en algunos municipios, esa experiencia de bienestar se extendió unos metros más allá, en calles pavimentadas, cloacas o tendidos eléctricos. Pero fuera de sus casas tuvieron que enfrentarse, una y otra vez, a servicios deficientes, trenes inseguros, la posibilidad cada vez mayor de ser víctima de algún delito.

 

Hay una tercera manera de decir lo mismo: la nueva clase media quedó atrapada en esa guerra de números como en una encerrona entre madre y padre separados. Para unos, son pobres con más plata, se volverán a caer con el próximo viento de cola. El kirchnerismo, en cambio, la presenta como su niña mimada, la muestra de que el peronismo es próspero y es popular. En medio de ese diálogo de sordos, y salvo por la quizá tardía recuperación de los trenes, poco se presta atención a sus intereses, a lo que quiere y necesita. Desde entonces, desde hace unos años, vive un poco librada a su suerte.

 

La libreta de cálculos

 

Vayamos por pasos, veámos quiénes son. Como señala José Natanson, se trata de un sector compuesto por realidades muy heterogéneas: obreros calificados de la industria, empleados administrativos, pequeños comerciantes, cuentapropistas, prestadores de servicios, trabajadoras domésticas, ciertos empleados rurales e informales. Gracias a la recuperación de los sindicatos, algunos lograron consolidar su situación y alcanzar niveles de ingresos parecidos a los de la clase media tradicional, aunque no su capital patrimonial, cultural o educativo. Los más desprotegidos, en cambio, se beneficiaron por el derrame de las negociaciones paritarias, pero siguieron dependiendo del consumo de otros para su propio consumo y bienestar.

 

Muchos de ellos componen ese 20% de la población que en estos diez años se pasó a una obra social, nacional o provincial. Con mejores o peores sueldos, sin embargo, gran parte de esa clase media en ascenso optó por la educación privada. Lo hizo impulsada por las dificultades de la escuela pública para garantizar horas de clase y calidad en la enseñanza, pero también como un gesto de diferenciación y ascenso social.

 

Otra parte de su sueldo la invirtió, seguramente, en resolver la organización de los cuidados al interior del hogar. Es un tema que apenas aparece en la agenda pública pero que modifica de raíz la composición salarial de las familias. Si no hay una abuela, una vecina, una amiga que se ocupe de los hijos mientras las parejas trabajan, la falta de vacantes en el sistema de educación inicial y la falta de instituciones estatales de cuidado de niños, enfermos y ancianos obliga a contratar servicios privados o a otras mujeres más pobres.

 

Si aún así, esas familias pudieron ahorrar antes del avance acelerado de la inflación, difícilmente eso haya alcanzado para acceder a una vivienda propia, por la escasez de políticas de crédito y de regulación del aumento en los precios del suelo. Esas clases medias suelen vivir en la periferia de las ciudades, en zonas apartadas de las tramas urbanas, más expuestas a la inseguridad y al delito.

 

En la última década, el kirchnerismo buscó reconstruir el imaginario de país de clase media con el que soñaba el primer peronismo. Estudios recientes muestran, de hecho, que en las ciudades argentinas, la gran mayoría de las personas  todavía se siente así, o en verdad, dicen que todos nos sentimos un poco más al centro de lo que realmente estamos (¿habrá llegado el momento de hablar de “las” clases medias?). Sin embargo, reforzó esa matriz igualitarista mostrándose al mismo tiempo incapaz de dar respuestas a muchos de los deseos que iba generando.

 

Ahora, ¿estas “nuevas” clases medias sienten que lo que tienen se lo deben al Estado? ¿Explican su bienestar por una decisión política o por su propio esfuerzo? ¿Y sus desgracias? Más allá del retorno de la retórica estatista, ¿se pudo construir en estos años una nueva consciencia y un nuevo valor sobre lo público? ¿Cómo hacer, entonces, desde la política, para representar a esta multiplicidad? ¿Se trata de “apuntar más fino”?

 

Desconfiar

 

Eduardo fue a Tecnópolis, su hijo más chico recibió la netbook.

Se imagina y se imagina, pero despierta todos los días en un asentamiento.

Y a veces, cuando se asusta, ve para delante y encuentra todo escurridizo: la clientela, la casa, la tranquilidad del barrio.

 

La pérdida de las elecciones legislativas de 2013 levantó a la perdiz. Muchos advirtieron: esas clases medias no van a estar por siempre agradecidas. Si los sueldos no dan margen, van a pedir que lo dé el Estado, que garantice ese nivel de vida acorde a lo que se repite todos los días en cadena nacional.

 

El kirchnerismo nunca es obvio. Al contrario, es curioso cómo aun en sus momentos de mayor torpeza, sorprende con sus obsesiones: subir los pisos jubilatorios, actualizar la AUH, ampliar el número de beneficiarios de los programas sociales. Es una fuerza política que nació teniendo que poner orden a un país en caos, que quiso refundarlo como no habían podido lograr las asambleas y las cacerolas. Tanto esmero puso en eso, que también el orden se volvió una de sus obsesiones. Pero de cara a 2015 tiene demasiada confianza en la estabilidad de esas clases medias. Y directamente se olvida que también en estos años, al margen de todo, en lo más bajo, quedó un cráter, un polo subterráneo, un núcleo de exclusión consolidado que cuenta con escuelas para pobres, hospitales para pobres y un deseo de consumir como si fuesen ricos.

 

Cuando faltan pocos meses para las elecciones, muchos de los debates giran en torno al binomio cambio-continuidad. En ese contexto, algunos sectores del oficialismo parecen dispuestos a hacer una maniobra dudosa: ir a perder y apostar a que una alternancia con la derecha, en cuatro años, permita una renovada propuesta política. Las razones para desconfiar son muchas, las más obvias están vinculadas a la contingencia en un país que nunca da respiro. Las otras tienen que ver con la vida de Eduardo en esos cuatro años, con lo que tiene para perder, con la irreversibilidad de su vida.

 

Mientras, lo único seguro es que todavía no asoma en las mesas de arena de la oposición ni en las del oficialismo una mirada que contemple y contenga a las agendas futuras de los recién llegados. Pero seguramente, apenas el escenario comience a clarificarse, serán estas heterogéneas clases medias el principal campo de disputa electoral y aquel que acierte en su capacidad de representarlas tendrá las mejores chances de triunfar.

: De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.