La conquista del sentido común

 

 

(Por Julieta Waisgold)

El fallo a favor del 2×1 para el represor Luis Muiña dejó como mensaje que una parte bastante heterogénea de la sociedad argentina condena los delitos aberrantes de la dictadura.

Ese consenso social que no se sabe a ciencia cierta cómo está formado (y tampoco debería importar demasiado), sigiloso y temerario, forzó al oficialismo en víspera de elecciones a consensuar un proyecto de ley y a recular sobre sus propios pasos.

¿Es ese acuerdo una sanción social definitiva? tampoco se sabe. Pero parece ser una prueba indicadora de que algunos aspectos del proceso político y social hicieron mella en el sentido común.

 

Un ensayo de explicación

Repasando la cronología de los hechos, todo lo que desembocó en la marcha se gestó en apenas una semana. Una semana en la que la oposición encarnada por el Frente para la Victoria tuvo la voz cantante. El oficialismo, en cambio, primero se mostró cómodo en el abstencionismo y una semana más tarde, tres días antes de la marcha que ya se presentaba como multitudinaria, cambió de opinión para pasar a ser duramente crítico.

El cambio de opinión oficialista no fue fruto de ningún consenso visible, no hubo diálogo, ni siquiera una recapitulación pública. Esta vez nadie dijo que se equivocó. (¿Cómo decirlo?). Tan sólo hubo una catarata de opiniones contrarias a las de la semana anterior.

“Contradicción oficial”, hubiese sido el titular de los diarios de mayor circulación al día siguiente durante la presidencia anterior. Sin embargo en esta oportunidad eso no ocurrió.

Descartado entonces que se trate de un caso de voluntad de acuerdo político, se dijo que la clave de la magia catalizadora del oficialismo estuvo en que recibió encuestas. Supongamos que fue así. ¿Qué causó la efervescencia social y el resultado de esas encuestas?

El discurso del consenso indicaría que los Derechos Humanos son un punto central del acuerdo social, ya desde hace muchos años. En este sentido, dirán, la plaza de defensa de la democracia alfonsinista fue muy anterior a la de ayer y también rebalsaba de gente. En el medio y durante todo el menemismo el movimiento de Derechos Humanos creció y movilizó a la sociedad siempre en un sentido ascendente, aunque estuviese relegado a un lugar minoritario.

Otros van a decir que la razón por la cual el oficialismo se vio forzado a la marcha atrás es el malestar. Que es obvio que la medida de la Corte está mal. Que hay un clima político propicio para eso. Que el gobierno de Macri es de derecha. Que el gobierno de Macri genera un marco de impunidad. Pueden ser todas esas respuestas, una sola, o ninguna.

Y todo eso puede ser cierto. Pero ¿qué habría pasado en estos últimos diez años si el discurso presidencial hubiese sido el de las dos campanas, o sin ser tan extremo, si Néstor Kirchner sólo hubiese descolgado un cuadro en el Colegio Militar para después declararse prescindente de las decisiones de la justicia?

Las reivindicaciones de derechos humanos fueron largamente caminadas por las madres, las abuelas y los organismos, antes de que llegara el kirchnerismo. Sin embargo, Néstor y luego Cristina Kirchner se mostraron dispuestos a encaminar sus reclamos dándoles una visión creíble del rol que debían ocupar en la sociedad.

El kirchnerismo restauró la relación entre significante y significado. Revalorizó una mirada de los derechos humanos, y tal vez por primera vez el Estado les planteó a los organismos una sociedad de la que pudieran formar parte con centralidad y no sólo como minoría.

Para eso, los dos gobiernos generaron un marco institucional, material y político propicio para la persecución de los delitos de lesa humanidad. Lo hicieron tanto con medidas concretas que abrieron el espacio de participación a los organismos de derechos humanos, como a través de actos simbólicos que implicaron altos niveles de confrontación con los militares golpistas: bajar un cuadro de Videla, pedir perdón en la Ex Esma y decirles a los militares en su propia casa (el Colegio Militar) que no se les tenía miedo.

Así, y paradójicamente, este nuevo consenso social que cobró dimensión con el kirchnerismo, fue parido en el enfrentamiento.

Tanto desde la forma como desde el fondo, las gestiones Kirchner fueron claramente adversariales. Identificaban al “otro” y construían su propia identidad por oposición en relación a esa identificación, generando nuevas correlaciones de fuerzas.

Las correlaciones de fuerza no se explican. Ocurren. Sin embargo una concepción se vuelve hegemónica y tiene un grado de irreversibilidad relativa, dice Íñigo Errejón en una conversación con Chantal Mouffe, cuando logra ir un poco más allá de la disputa de poder y es capaz de echar raíces en la cultura, transformándose en parte de un sentido común de época.

Como en la efervescencia contra el 2×1, el sentido común de época no opera como una construcción lógica y consensuada en la que todos actúan coordinadamente, sino más bien como un terreno amplio, y a veces controversial y sinuoso.

Así, la participación mayoritaria, y la masa heterogénea que empujó al oficialismo macrista a revertir su discurso, tal vez esté compuesta por sectores sociales que mantienen diferentes tipos y niveles de acuerdo sobre el tema.

A juzgar por los hechos de los últimos días, la verdadera victoria del kirchnerismo en este tema es haber llevado al sentido común a un nuevo lugar en donde los militares de la dictadura agrupan a las mayorías en la vereda de enfrente.

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