Las islas, para todos

 

¿Qué decir de las Islas Malvinas un día como hoy? El desafío es complejo.

Uno podría hacer una historiografía y repetir cual mantra nacional los derechos que asisten a nuestro país para seguir ejerciendo un reclamo acerca de su soberanía.

También podríamos poner todo eso en el marco del derecho internacional y agregar unos párrafos más a la larga tradición de pueblos que denuncian y combaten el colonialismo y, por qué no, sus causas más profundas: la dominación de unas naciones sobre otras. Claro que aquí no podríamos hacernos los desentendidos y debiéramos insertar un pié de página que destiña los pabellones que nos amparan y desde allí denuncie: bajo una misma divisa todos somos iguales, sólo que algunos somos más iguales que otros. Y que la dominación del hombre sobre el hombre, como el capital, no conoce de banderas ni de himnos. Y aquí nos volveríamos internacionalistas y, por ese motivo, nos alejaríamos de las tradiciones patrioteras y vacías de humanidad y entonces, con esa nota al pie, nos estaríamos acercando a lo que de verdad queremos decir.

Otra posibilidad, quizás la más conservadora, la menos jugada, iría por el lado del constitucionalismo, esa profesión que –como las religiones- preferimos no profesar a menos que resulte indispensable para salvaguardar la única ley que de verdad nos importa: la felicidad de los pueblos. Y entonces tipearíamos que en nuestra Constitución nacional figura, como cláusula transitoria y por ende optimista, que “La Nación Argentinaratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y conforme a los principios del derecho internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”.

Entonces decidimos ir por otro lado y enfrentar el estrecho de Magallanes que implica salirse de los lugares comunes y decir:

A fuer de ser absolutamente sincero, las Islas Malvinas debieran importarme tres carajos y, por ende, importarme cuatro carajos quién posea su dominio. Un territorio hostil, frío, ventoso, casi siempre cubierto de nubes negras y brumas grises. ¿Quién, en su sano juicio, podría desear para sí un lugar brumoso? La bruma, la niebla, las nubes: sinónimos de la muerte.

Y sin embargo.

Sin embargo no olvidamos que la historia, esa construcción tan humana y como tal sujeta a los vaivenes de las luchas por las ideas y sus significados, nos van reconciliando con ciertos hechos:

-          Que la dictadura militar– y sus mandantes, beneficiarios y cómplices civiles- intentó relegitimarse socialmente con la “recuperación de las Malvinas” en 1982, cuando la anestesiada –a fuerza de tortura, masacre y desapariciones- sociedad argentina comenzaba a despertar y exigir democracia y justicia.

-          Que mandar a pibes de 18 años a una aventura guerrera criminal es la continuidad por otros medios del genocidio que venían imponiendo sistemáticamente sobre el pueblo argentino desde 1976.

-          Que gracias a esta continuidad histórica es que podemos repudiar con el mismo énfasis y la misma convicción a los militares asesinos y cobardes y reivindicar orgullosamente a nuestros desaparecidos y nuestros veteranos de guerra.

Quienes fuimos niños durante esos tiempos oscuros, quienes recordamos vivencialmente y con el mismo énfasis emotivo los cadáveres arrojados por las mareas en las playas, los barcos de guerra proa al sur y los colimbas que se iban de nuestros pueblos, hoy decimos que recuperar las Malvinas – a través del diálogo, la negociación y las vías diplomáticas- es un deber irrenunciable para todos nosotros.

Y no por algún tipo de mágica esencia territorial que las hacen inescindibles de nuestro territorio continental. Sino porque las Malvinas nos dejaron de importar tres carajos desde el momento en que allí descansan los cuerpos de nuestros hermanos mayores.

Recuperarlas es al mismo tiempo honrar la memoria de los veteranos de guerra como la de aquellos compatriotas que, arrojados al mar desde un avión asesino, hicieron de nuestro Atlántico algo más profundo que una sucesión de olas, bahías y playas.

Sólo entendemos la Patria como tal cuando un territorio se llena de nuestra humanidad colectiva.

La imagen es cortesía de Martín Kovensky

Mendieta : De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.