Lo quiero ya

El amigo Escriba siempre anda citando este texto de Guillermo O´Donell, en donde el prestigioso politólogo hace notar ciertas diferencias entre la sociedad brasileña y la argentina a la hora de establecer relaciones sociales inter-clases.
Voy a citar textualmente algunos párrafos del post de nuestro prestigioso politólogo, Tereschuk:

“O’Donnell destaca cómo el carioca “superior” se dirige al “inferior” con un “você” y el porteño se dirige a un “igual”, a un “interlocutor” con un “usted”. De lo contrairo, señala el politólogo, surge el “¿y a vos quién te dio permiso para tutearme?”.”

En otro pasaje habla de los solícitos porteros brasileños y lo que, claro, conocemos aqui. En la Argentina, el portero “no tiene la más mínima sospecha de que deba abrirnos la puerta, ni ayudarnos a cargar paquetes -cuando lo hace queda claro que es una ayuda estrictamente voluntaria y uno debe agradecerla como tal-”.7

O’Donnell marca que con la dictadura esto cambió. “Entre presiones y represiones y el crecimiento del desempleo, el trabajador, en la fábrica y en el comercio tuvo que ‘guardarse’ su identidad de trabajador -el estricto tono académico de este ensayo me impide indicar dónde, según la propia cultura popular, tuvo que guardarla”.

¿A qué viene esta cita?

Bueno, creemos que –así como existe en la cultura argentina una concepción de los sectores populares que reniega de aceptarse como socialmente inferiores a las clases altas- comienza a observarse una similar operación en términos etarios. Uf, que frase pelotuda. Digamosló bien: los jóvenes se plantan de igual a igual a los mayores a la hora de discutir de política.
Porque, y no está mal complejizar un poco algunos datos que damos por obvios, en el imaginario social está dado que la juventud es per se contestaria, rebelde, quilombera. Pero esta rebeldía habitualmente tiende a darse en términos –por ser dadivosos- culturales, aunque prefiero decir en tanto “usos y costumbres”. O sea: post-dictadura, la supuesta natural rebeldía de los pibes no ha ido más allá de ciertos cambios de costumbres y de consumos culturales, pero poco ha habido de ella en relación a la esfera de lo público y de lo político. Con las excepciones del caso –excepciones que por ser tales, merecen un reconocimiento que todavía no ha llegado- las juventudes argentinas han cumplido un papel subordinado en su inserción política-partidaria. Ejemplos de estos sobran en los 80 y los 90: las juventudes políticas y politizadas –además de ser grandes minorías- aceptaban mansamente su rol “específico”: los festivales artísticos, el panfletito de “qué hacer si te detiene la policía”, la lucha contra el Sida. Y poco más.
(Insisto: había excepciones. En el trabajo social en los barrios, en la lucha contra las privatizaciones, en la oposición a la entrega del país, en la creación de los movimientos sociales. Pero eran grupos minúsculos).

Otra diferencia que cabe destacar: así como en los 70 el grado de politización juvenil era alto (aunque no tan alto como gustan de remembrar los que la vivieron), las bases de esa politización eran radicalmente diferentes a las actuales. Hoy, ningún pibe desconoce que los cambios sociales son factibles –difíciles, pero factibles- de ser realizados en democracia. Los pibes no piden revoluciones, pero exigen de la democracia mucho más de lo que en términos generales la democracia está dispuesta a darles. Exigen cambios, transformación, inclusión, realizaciones efectivas. Creen en el sistema, aunque lo vean insuficiente.

Pero, y aquí el cambio, miran a los ojos a los mayores. Y opinan. No se achican. Opinan. Y no le temen a las discusiones. A muchos les falta formación, claro ¿Pero a quién no le falta?

El futuro es mejor y me encanta. Que no se corte.

Mendieta : De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.