¿Nueva derecha?

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Escribimos Mariano Fraschini y Nicolás Tereschuk, publicada originalmente aquí.

“El ejecutivo del Estado moderno no es otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía” -Karl Marx

 

A medida que iban ingresando a la reunión de Gabinete, los ministros charlaban en un tono ameno y tranquilo. La mayoría se conoce, comparte valores, un lenguaje similar y una serie de códigos y complicidades que les permite entender sus propias bromas. Mientras el Presidente sonreía, entraron el ex CEO de Shell, el ex JP Morgan, la ex CEO de General Motors y el ex vicepresidente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA). Entre abrazos y palmadas, el Primer Mandatario les gritaba a los rezagados. A paso veloz, y aplaudidos por el resto, hacían su ingreso el ex CEO de LAN y el creador de Farmacity. La última en golpear la puerta cuando la reunión estaba por comenzar fue la ex gerenta de IBM y Telecom.

El epígrafe que abre esta nota pareciera calzarle justo a la escena imaginada en las líneas precedentes. Se sabe -bibliotecas enteras de debates marxistas y posmarxistas lo atestiguan-, que las cosas parecen ser muchísimo más complejas. En ese contexto, los datos aportados recientemente por el centro de estudios CIFRA, de la CTA, acerca de que el 70% de los altos funcionarios (ministros, secretarios y subsecretarios) de la gestión macrista provienen del sector privado no dejan de tener su impacto en la mirada de cualquier observador.

¿Y entonces? ¿Es el Gobierno que asumió el 10 de diciembre representante de una “nueva derecha”, portadora de “algo más” que la imagen que nos trae la frase decimonónica de Marx? ¿O es, sin más, una gestión que ya desde el elenco marca que de “nuevo” tiene poco? ¿Hay que entenderlo como un Estado “atendido por sus propios dueños”, como parte de una derecha clásica? ¿O corresponde complejizar la mirada?

RETOMANDO A O’DONNELL

Hay un concepto y una lectura clásica de Guillermo O’Donnell que nos impacta y que, más allá de que fue utilizada para un contexto muy específico, nos ayuda a buscar una posible clave de lectura al Gobierno de Macri. Se trata de la etiqueta de “normalización”, que el gran politólogo argentino aplicó en su momento para describir una de las dinámicas que ponía en marcha en su momento la llamada Revolución Argentina, sobre todo en el período 1966-1969, bajo la jefatura económica de Adalbert Krieger Vasena.

Desde este presente en el que la sociedad argentina protagoniza una vigorosa democracia puede servir repasar cómo entendía O’Donnell las políticas de un gobierno densamente “penetrado por roles tecnocráticos”.

En su obra clásica “El Estado Burocrático Autoritario”, O’Donnell destacaba: “La normalidad en estas economías consiste fundamentalmente en que la acumulación de capital se realice en principal y sistemático beneficio de sus unidades oligopólicas y más transnacionalizadas, en condiciones que les aseguran una tasa alta de acumulación”.  En el terreno económico, O Donnell nos indica que “normalizar” una economía en este tipo de países periféricos, con economías heterogéneas (¿hoy se llamarían “economías emergentes”?) no tiene tanto que ver con políticas o variables específicas, sino con asegurar la primacía de ciertos sectores. Así, “la normalización no entraña llegar a inflación cero ni a tasas consideradas normales en las economías centrales. Se trata, es cierto, de reducirla a tasas no explosivas, pero dentro de ellas basta con que sea estable y visible, y que los factores que la impulsan autónomamente desde estos mercados sean controlados por la gran burguesía y por un aparato estatal que ésta ha penetrado profundamente”.

“Ni económica ni políticamente es lo mismo la misma tasa de si es impulsada por diferentes actores sociales”. Las citas parecen lo suficientemente claras como para pensar si también podrían ser aplicadas al contexto actual.

Avancemos un poco más: “La normalización no se logra sin recuperar la confianza del capital financiero transnacional; los criterios que rigen su aprobación y, en definitiva, su confianza, marcan el desfiladero por el que tienen que pasar las políticas de normalización (…) No hay normalización posible sin aplicación, respetuosa y reconocida como tal de lo que los principales actores económicos consideran racional y causalmente eficiente para ello”.

De allí que los “técnicos” que deben llevar adelante este proyecto económico, político y social no sólo deben ganar el control del aparato estatal y tener “antecedentes irreprochables para sus interlocutores internos y externos” sino que, además, para que éstos puedan cambiar las expectativas de los agentes económicos deben hacer “verosímil las políticas de normalización que se irán decidiendo e implementando, y (asegurar que) se mantendrán, por todo el tiempo necesario para que rindan fruto”.

En síntesis, esto equivale a decir que “tiene que haberse producido, efectiva y reconocidamente un cambio en el tipo de Estado (…) una radical modificación en las bases sociales de un Estado que ahora parece capaz de extender una garantía de recuperación de las condiciones generales de funcionamiento ‘normal’ de estos capitalismos y de garantía de su sistema de dominación”

Para culminar estas largas citas del politólogo argentino, en este texto escrito a mediados del ‘70, según O’Donnell este tipo de forma de entender el Estado “sólo puede extender a la gran burguesía esas garantías con su propia gente; es decir, si y cuando abre sus instituciones a los ‘técnicos’ que encarnan ante el gran capital una visión de racionalidad económica suficientemente cercana a la de éste. Esta es la base de una aceptación que se sustenta en la pertenencia a un mundo común de relaciones, de experiencias y de intercambios personales en los que cierta visión del mundo y de lo que es en él ‘racional se expresa en común. Esos ‘técnicos’ son, por eso, el punto de imbricación del BA con la gran burguesía y el capital transnacional”.

¿UN NUEVO TIPO?

Si por momentos confunde la noción de si la gestión de Macri busca agrandar o achicar el Estado, si es privatista o estatista, vale la pena repasar este otro pasaje, en el marco de la noción de “normalización” económica propuesta: “Este liberalismo (…) no era antiestatista ni proponía un retorno al laissez-faire. (…) Además, no es hostil per se a una expansión del aparato estatal, ni siquiera de sus actividades económicas –lo que lo aleja del laissez–faire de algunos de sus aliados más tradicionales–, siempre que sirva a la expansión de la estructura productiva oligopólica de la que surgen sus principales portavoces (lo cual a su vez lo aleja tanto del Estado “equilibrador” de los paternalistas como del estatismo empresarial al que apuntan los nacionalistas)”.

La idea de “normalización” puede entenderse desde otro punto de vista como abarcando un espectro más amplio de aspectos. En una reciente nota brindada al periódico español El País, el propio jefe de Estado dice que “ofrecer una entrevista es la normalidad, ir a Davos es la normalidad. Espero generar cambios en cosas más profundas como el modelo educativo, energético, de seguridad. El resto son normalizaciones…en muchos de esos países (Nota de los Redactores: se refiere a los latinoamericanos) no veo un alejamiento de la normalidad tan grande como Argentina (…) Yo he cumplido con lo que prometí, hemos empezado a normalizar el país transmitiendo capacidad de dialogar”.

En nuestro concepto esta idea de “normalización” es una –no la única, desde ya– de las claves que pueden servir para entender tanto la dinámica económica y política propuesta por el actual Gobierno, como  entender los primeros dos meses de gobierno macrista. La “deskirchnerización” propuesta por el Gobierno, con acciones en el terreno simbólico como bajar los cuadros de Hugo Chávez y del ex presidente argentino Néstor Kirchner, va en esta misma dirección.

La “normalización” propuesta por el Gobierno, entonces, no representa ninguna novedad. Ni todo es nuevo, ni todo es viejo. Hablar de “nueva” o “vieja” derecha –el propio O’Donnell en un libro previo al que citamos daba cuenta de que en aquella temprana década del ‘70 ya había quien hablaba de “derecha moderna” o “tecnocrática”–  a veces confunde más de lo que aporta y quizás sea mejor rastrear líneas de continuidad siempre en contextos que cambian –en no pocas oportunidades de manera vertiginosa–.

Foto.
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