Perón muere

Perón_Funeral

Por Sergio De Piero

El hombre que desembarcó en Buenos Aires el 20 de junio de 1973 se llamaba Juan Domingo Perón, y había sido Presidente de la Nación. Lo fue por dos períodos, el segundo de ellos no logró terminarlo al ser derrocado; en ellos encabezó las mayores transformaciones políticas y sociales en la argentina de todo el siglo XX. No tenía linaje, sino que él mismo fundó uno tan vasto y complejo de comprender que ha desvelado, y aún lo hace, a mentes de todas partes del mundo. Como a Juan Dahlmann, el personaje de El Sur de Jorge Luis Borges, con quien torpemente hice una analogía en las primeras frases de este escrito, elegir la forma de su propia muerte fue uno de los puntos claves y obviamente culmines de su vida. Dahlmann soñó morir como lo que no había sido: un hombre de lucha. Me aventuro a decir que Perón, por el contrario, pudo haber soñado morir como había vivido. No es arriesgado pensarlo. Félix Luna había escrito pocos años antes, que Perón no podría cumplir sus tres sueños: volver a la Argentina, ponerse el traje de General, ser nuevamente presidente. Mientras el personaje borgeano solo puede delirar con ese destino de muerte, en la cama de un sanatorio, Perón sintió, quizás en algún impreciso día ya de 1971, que aquellos sueños eran realizables. Ahora se trataba de pensar el modo. Lo que en todo caso igualaba a ambos Juan, era el delicado estado de salud. Perón había sufrido ya en Madrid, un infarto del que casi nadie tenía información, salvo el círculo íntimo. Tenía, además, 79 años, luego de una vida no demasiado fácil. Norberto Galasso reproduce en su libro que le ha contestado a Jorge Paladino (delegado de Perón durante un tiempo) que pensar en una nueva presidencia es un chiste: “no duro seis meses”. Sin embargo la historia sigue su curso y “Luche y Vuelve”; porque mientras Perón esté vivo, es Perón; es posible reconstruir la Argentina y encabezar nuevos procesos políticos.

Y Perón vuelve ese 20 de junio. Ese día se realizará el acto político de mayor masividad de la historia argentina, y por lo tanto el más grande del propio peronismo. Y ocurre la primera de las tragedias que la historia nos tenía preparada para esa década: en el acto más grande que puede organizar el peronismo, Perón no está. En ese acto que es todo Perón, Perón no va. Repetimos a Borges en El Sur: “a la realidad le gustan las asimetrías y los leves anacronismo”. Ya había sucedido una vez, la primera vez de todas: el 17 de octubre de 1945, el día que oficialmente nació el peronismo, Perón no estaba. Pero aquella vez no podía estar: lo habían encarcelado en la isla Martín García (donde algunos años antes habían llevado a Yrigoyen y algunos después llevarían a Frondizi, por eso alguno le puso la isla YPF). Y la plaza repleta, colmada del subsuelo de la patria lo hizo volver. Y regresaron también las elecciones y el peronismo se pudo consagrar vía electoral. Pero el 20 de junio de 1973 no. Perón aterriza en medio del silencio en la base de Morón, en medio de la confusión y la derrota de Héctor Cámpora, quien no ha podido organizar el regreso y el reencuentro de Perón con el pueblo. A esa hora todo es un desastre. En realidad no. Los que tomaron el control real del acto han logrado su cometido, aunque también hubiesen querido tener a Perón en el palco de puente 12. José López Rega, Jorge Osinde y también el sindicalismo que encabeza Rucci, que en ese momento se sienten algo así como aliados, por el desplazamiento que todos habían “sufrido” por la Tendencia Revolucionaria, el 25 de mayo, cuando asumió Cámpora.

Juan Domingo Perón, el hombre más presente en la historia política argentina desde 1945, se había esfumado en ese día que empezó soleado. No era la primera vez. Casi como un presagio de un hombre que iba a entrar y salir de la escena, Perón “no existe” en términos legales hasta dos años después de haber nacido, es decir la fecha tomada por legal de 1895, le faltan los dos primeros años de su vida (que lleva su muerte a los 80 y no a los oficiales 78). Tal vez Perón creyó que él también desaparecería el 10 de septiembre de 1938, cuando muere Aurelia Tizón, su primera esposa. Los biógrafos mencionan que luego de su muerte sufrió una profunda depresión. Poco después, Perón es enviado como agregado militar a Europa. Pero vuelve y en octubre del 45 lo quitan y otros lo regresan. Y luego de gobernar 10 años, lo derrocan. Antes la muerte le lleva a Evita, la otra conductora; la muerte ahí, cerca. Y ahora si, con “el tirano depuesto”, la idea de que Perón no exista más, y quizás de que nunca existió se convierte en “política de Estado” (eso en lo que estaban todos los que llevan el golpe, de acuerdo). La “libertadora” se propone ese sueño: Perón no existió. Se destruyen documentos, se borran nombres, se prohíben marchas, se derrumban casas. Nunca ha estado. Rojas se ve en la obligación de emular a Sarmiento en su relación con Rosas, muy torpemente, por cierto. Y son 18 años afuera; un primer exilio errático para luego recalar en España.

Pero volvamos a 1973. Al regreso, al evitado por muchos y esperado por tantos, regreso. Es mas, ahora que vuelve, todos, incluso los que no fueron, los que jamás hubiesen ido, esperan que el viejo pueda encabezar un nuevo proceso político. Hasta la revista de Bernardo Neustadt, Extra, titula: En las manos de Perón. (En las manos. Para que la violencia nos persiga sin cesar, diez años después se descubrirá que algunos trastornados, mutilaron el cuerpo de Perón, amputándole esas mismas manos en las que tanto se confiaba; no sabremos nunca quienes ni para que). La cuestión es que los republicanos argentinos más bien propensos a los golpes militares, o a gobierno civiles débiles, perciben que no tienen otra opción que confiar en Perón, en sus manos, las únicas que podrían contener todo lo que ellos mismos han generado en los últimos 18 años.

Claro no todos piensan a ese proceso político de la misma manera. Las balas que atraviesan y frustran el acto, (y los muertos producto de esas balas) son la expresión más clara de ese desencuentro en ese mismo punto llamado Perón. Porque ya para ese momento, aun cuando se dijese a media voz, incluso cuando tal vez ni lo propios actores lo habían alcanzado a comprender, Perón, no se había convertido en un punto de convergencia, sino en un centro de gravitación: todo giraba en torno de él, ejerciendo, desde su propia voluntad, y de la de los actores, una fuerza centrífuga: todos observaban a Perón desde puntos lejanos e imposibles de conectar. Perón seguía siendo esa referencia pero ya lo era de un modo cada vez más lejano y confuso. Acaso luego de esa fiesta frustrada, que termina en una noche cargada de dudas, de fantasmas, se resume todo lo que ocurrirá después hasta el fin. Quizás Perón solo quería morirse al día siguiente cuando habla por cadena nacional y utiliza la expresión “infiltrados”, lo hace movido por la facilidad de recostarse en el sector que le estaba reclamando menos esfuerzos, y que le podía garantizar simplemente, morirse. Y Perón quizás aquel día, decidió renunciar a la conducción política, renunciar a ser Perón. Quizás se imaginó como Dahlmann soñando desde una cama la muerte que deseaba para él. Porque eso era seguro, se iba a morir y pronto. La tragedia desde luego no empezó en Ezeiza; el juego político se había enturbiado desde hacia ya un tiempo. Perón ya no era solamente un hombre con el cual reunirse en Madrid para obtener, o no, bendiciones, sino alguien que empezaba a armar su propio juego político; probablemente él nunca pensó que en ese juego político la conducción podría correrse de su propia persona. Y allí quizás se explique buena parte de lo que comenzó a suceder después. Rucci se fastidió cuando Perón optó por Campora como candidato presidencial y tal vez pensó que el viejo se entregaba a la Tendencia; después de todo Perón nunca había dejado crecer demasiado a los líderes sindicales. Montoneros aceptaba la conducción de Perón, pero seguramente pensaron que ellos habían adquirido un rol de vanguardia desde donde el General ejerciera esa conducción. ¿Se trató sólo de malos entendidos? Claro que no; se trato de muchas cosas entre ellas una disputa por la conducción política que nunca logró resolverse. Que el 20 de junio se expresó de forma trágica, convirtiendo un día definido por la esperanza que Perón parecía traer con su retorno definitivo, para que finalmente transcurra entre francotiradores, un palco “copado” por la derecha y un Perón que nunca, nunca llegará.

Y queda historia: en septiembre Perón es apoyado en las urnas: 62% propios y extraños, algunos tal vez mucho, porque siguen creyendo que solo él podrá resolver la tensión. Sólo dos días después. No demos nombres propios, pero pongámoslo de este modo: un grupo de los que lo habían votado, con convicción, fervorosamente, piensa que la elección no es la única arena política del momento y decide asesinar a José Ignacio Rucci, Secretario General de la CGT. Hay muchas explicaciones para este atentado, pero ninguna alcanza para desentrañar los objetivos políticos que buscaban lograrse. Rucci no era Vandor; no hubo nunca un proyecto político en la cabeza de Rucci, sin la conducción de Perón. ¿Hacia quien había sido la traición del Secretario General? ¿Qué podía obtenerse políticamente de aquel acto? Acaso lo sepan quienes lo llevaron adelante. Pero la secuencia sigue, Perón asume la presidencia, habla detrás de un vidrio blindado, la Tendencia se fractura y surge la JP Lealtad, el ERP retoma los ataques militares; Perón se pone el uniforme, endurece las penas, renuncian los diputados de la Tendencia; y aparece como un fantasma furtivo, lo que pronto sería la Triple A: un asesinato al día siguiente de Rucci a un joven de la Tendencia,Enrique Grinberg ; una bomba a Hipólito Solari Yrigoyen (dirigente radical, abogado de Agustín Tosco) y luego en mayo del 74 el asesinato del sacerdote Carlos Mugica; pareciera que los únicos hechos políticos que podían llevarse adelante, eran aquellos que ayudaran a subir la combustión del escenario político, que “aceleraran el curso de los acontecimientos” como dice la sentencia. Pero quedan dos postales, las últimas dos plazas de Perón con el pueblo. Una el 1 de mayo de 1974. Si no fuese porque implicó parte del drama nacional serían hasta graciosos los cantitos desafiando a Perón y Perón mandándolos a la mierda, para ser claros. Quiero detenerme en un momento previo. En el balcón que funciona como escenario, Isabel corona a la reina del trabajo, tal como las ceremonias del primer peronismo, una chica llamada Cristina Fernández. Sí, en serio. Mientras sucede eso, desde la Tendencia comienzan a subir el nivel de hostilidad y el blanco de los ataques es la propia Isabel. Hay una cámara de televisión que está dentro de la Rosada que lo toma a Perón, que está detrás, la gente no lo ve, pero él mira y sobre todo, escucha; se ve en el rostro de ese hombre quizás mucho mas anciano que sus 80 años, que algo anda mal. Se lo ve enojado, imagino que en ese momento decidió mandarlos a la mierda; y no solo los va a maltratar a ellos, va a resaltar el papel jugado por la dirigencia sindical durante su exilio, aquella en la que confió a cuentagotas. La Tendencia se va, pero Lealtad, entre otros, se queda. Y varios piensan que Montoneros se lo tenía merecido aunque claro, había que digerir las palabras a la dirigencia sindical. La Plaza semediovacía, pero lo que es más dramático es que Perón no puede conducir; los puede insultar, echar, perseguir incluso si quiere, pero no los puede conducir. ¿Y entonces qué le queda? Seguro que López Rega lo llenó de elogios sobre aquellas palabras, pero Perón no podía ignorar que de la esperanza del 20 de junio, no quedaba casi nada. Y allí surge la última carta. Es eso, una carta, no es una jugada porque Perón evalúa que el tiempo se ha terminado y le gustaría despedirse en una Plaza con otras palabras. Habla por cadena nacional. Es el 12 de junio de 1974. Ha pasado casi un año. No puede volver el tiempo atrás. Dice: “no vine a consolidar la dependencia”. Amenaza con renunciar. Un par de horas después la Plaza comienza a poblarse. Todos, todos peronistas y políticamente hablando, deciden ir. Sí, también los expulsados. Casi no hay banderas. Y Perón ahora sí, cuando sabe que ya no tiene políticamente mucho por hacer porque la vida lo abandona, lo dice: la palabra del pueblo, es mi música y es la más maravillosa. Muy distinto a Juan Dahlmann que no sabía usar el cuchillo, que lo toma sólo para justificar que lo maten, Juan Domingo Perón, que también se está por morir, en cambio puede elegir el escenario que mejor conoce y ha utilizado tantas veces para hacer política y conducir. Toma el balcón para anunciar su muerte, pero el balcón también es el arma para evitar a esa muerte. Para trascender a esa coyuntura y por eso a pesar del frío del invierno que está por llegar a la Plaza, que tal vez ya no sabe qué esperar, arroja las palabras pensando que la música es armonía, que es necesario volver a equilibrar, a compaginar, pero que él ya no puede hacerlo. Es el fin. Es el fin de Juan Domingo Perón. Con todo, la historia le ha dado esa oportunidad de abrir nuevamente la Plaza, para que ya otros, quien sabe cuándo y como, hagan sonar esa misma música maravillosa.

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