Privilegios

 

Por Nicolás Freibrun y Marcos Schiavi

 

Leemos al Presidente Macri: “Detrás del miedo al cambio hay a veces una mirada reaccionaria y conservadora, que defiende privilegios y hay grupos que usan el miedo para conservarlos, es mentira que estamos condenados a que se repitan nuestra historia de fracasos, es mentira que hay algo o alguien que quiera perjudicarnos. […] Las reformas, en las que tenemos que avanzar, exigen que cada uno tenga que ceder un poco, empezando por los que tienen más privilegios. […] Ya vimos que no nos sirvieron los atajos, ya vimos dónde nos llevaron las avivadas, queremos acabar con los privilegios que salvan a unos pocos, mientras tantos argentinos padecen la pobreza y la desigualdad […] Vivamos esa sana rebeldía de querer más y saber que es posible, que está en nosotros lograrlo. Sé que comparten mi visión, que es una esperanza compartida, pero no una esperanza quieta. Es una convicción que nos impulsa a dar nuevos pasos cada vez más consistentes para acercarnos una Argentina posible y maravillosa, sin distinciones ni privilegios, con oportunidades para todos, repito: sin distinciones ni privilegios, pero con oportunidades para todos. Muchas gracias a todos.”

Son extractos del discurso del 30 de octubre de 2017, tal vez el momento más exultante del recorrido presidencial de Macri, tal vez el discurso más transparente. Un discurso reformista y fundante, tal como fue presentado y leído hace apenas cuatro meses.  La palabra clave de su mensaje fue “privilegios” (y en menor medida, pero no menos importante: “reaccionarios y conservadores”). Más allá de que el devenir del gobierno en estos últimos tiempos fue muy diferente a como se imaginaba a fines de octubre, la idea de “luchar contra los privilegios” perdura. Apareció fuerte a comienzo de febrero, acá y acá, en el marco del conflicto sindical, y volvió a aparecer en la voz de Vidal hace unos días.

Ahora bien, ¿Quiénes serían esos privilegiados? ¿Por qué deberían dejar de serlo? Y, sobre todo, ¿qué lleva al primer gobierno de la élite argentina en un siglo de historia a hablar, ¡justo ellos!, de privilegios? Privilegiados luchando contra privilegios.

Lo más simple sería denunciar la impostura; demostrar que muchos de los privilegios de los que habla el macrismo en realidad son derechos (cuestión que se acerca claramente a la realidad); hablar del marketing, de los tan mentados focus group y del blindaje mediático. Eso sería lo más sencillo. Lo complejo es tratar de desentrañar el contenido de ese mensaje y sus efectos, comprender la bases estructurales que le sirven de sustento, qué tiempo social y político y qué valores expresa y, volviendo nuevamente a este interrogante (el cual en el fondo motoriza este texto) explicar cómo la élite más privilegiada del país denuncia los privilegios de los Moyano, los Baradel, los Grabois, las pymes industriales protegidas, los empleados judiciales, los trabajadores del Estado, etc. etc. (porque esos son los privilegios que se combaten, no otros). Un misterio.

Antes de iniciar un esbozo de respuesta política-discursiva a este enigma, nos parece necesario reconocer un estado de situación social: el malestar cultural que el macrismo busca canalizar, existe. Se habla de lo “injusto” del salario camionero; del que tiene plan y vive de ir a los cortes; de los empleados y docentes públicos quienes “tienen más derechos que los ciudadanos que pagan impuestos y, por ende, sus sueldos”. En un paisaje socio-laboral donde una fracción muy grande navega en los mares de la inseguridad social, aquellos que tienen derechos parecen ser privilegiados. Negar esta fractura sería un error.

Así, en este contexto, la retórica pública del gobierno trabaja sobre la fractura existente en el mundo laboral, ahondando la brecha de un conjunto heterogéneo, diverso y fragmentado como es en la actualidad el universo de los trabajadores. La técnica que aplica el gobierno es efectiva, en cuanto lleva al terreno de la despolitización (lo naturaliza, en cierta medida) aquello que pertenece, por derecho e historia, también al ámbito político. Por ejemplo, un conflicto laboral puede ser por mayores salarios, por las horas de jornada de trabajo, por mejores condiciones laborales, etc., pero en todos los casos pone sobre la escena un conflicto político entre dos partes que son desiguales. Los trabajadores que pertenecen al ámbito estatal también son trabajadores, aunque el resultado o el producto de su trabajo sea diferente al de otros trabajadores. El macrismo quiere que un trabajador pase a ser un servidor (con todo lo que la palabra supone), y en ese mismo movimiento introduce la idea de privilegio como un aspecto inmoral, del que hacen uso y abuso algunos sectores de la sociedad.

En este desarrollo, una primer cuestión a mencionar es la idea de jerarquías y su vínculo con los privilegios. Cómo muy bien adelantó Nicolás Tereschuk hace ya un año, uno de los objetivos del gobierno es generar una redefinición de las jerarquías sociales y políticas en la Argentina. En ese camino lo lógico es que sólo una mínima fracción de la población tenga privilegios; que esa fracción deba esos privilegios a sí mismo o a su familia y nunca a corporaciones o asociaciones organizadas en el tiempo. Una élite dominante y dirigente gobernando a millones de argentinos -supuestamente- iguales.

Esto nos lleva a la segunda cuestión, al elemento anticorporativo. Los privilegios que menciona el macrismo son privilegios corporativos, como si ello fuese el sinónimo de algún tipo de usurpación, de una ilegitimidad o de un abuso moral que finalmente ahora el gobierno viene a poner en su justo orden. No se denuncia a los herederos de la pampa húmeda sino al sindicato que logró mejores condiciones para sus afiliados, por encima de lo que el gobierno considera adecuado. Otra vez, aparece la idea de igualdad: todos deberíamos ser individuos iguales, tener los mismos derechos y obligaciones (salvo quienes dirigen el país). Así, todo sujeto colectivo, político y social que ha forjado una identidad histórica pareciera ser un actor a desarticular, un enemigo a combatir. Entre la dirigencia (que dirige porque domina) y la ciudadanía, nada.

Esta última cuestión nos lleva a mencionar algo que esbozamos al comienzo: en múltiples ocasiones, el macrismo ha definido a su oposición como conservadora y reaccionaria. Una definición que va de la mano de aquella que los cataloga como “defensores de privilegios”. Esto representa un importante desafío para las fuerzas que buscan disputarle el poder al macrismo, ya que realmente estos últimos han logrado “vender modernidad”. El oficialismo definió una agenda de transformaciones (para muchos, de retrocesos más que de avances) ante la cual la reacción opositora es defender un status quo, visto por muchos negativamente. Salir de la etiqueta “pasado” y articular una agenda con nuevos lenguajes políticos aparece como un desafío opositor.

Regresando a lo que veníamos planteando, el dador de esos privilegios “mal habidos” sería el Estado, y por ende hay aquí una relectura de este último. Estos privilegios (que, repetimos, en realidad la inmensa mayoría son derechos) fueron obtenidos, regalados, cedidos, ganados, exigidos en el marco de intercambios entre corporaciones, organizaciones y Estado. El macrismo busca desarmar eso; construir un Estado que no sea “dador de privilegios”. Como bien suelen argumentar los investigadores del Instituto de Trabajo y Economía – Fundación Germán Abdala, parte importante proyecto del PRO es la construcción de un Estado de bienes (constructor de puentes, rutas, metrobús, plazas), y no de servicios y de políticas que articulen derechos en base a necesidades históricamente desiguales o relegadas (educación, salud, regulación de mercados, protecciones aduaneras, incentivos industriales y productivos, etc.).

Como cualquier lector avezado habrá notado, no tenemos respuestas claras al interrogante que motoriza el texto: ¿qué factores conllevan a que la utilización de la noción “privilegio” sea eficaz, teniendo en cuenta que la emite el gobierno más elitista de los últimos cien años? Desconocemos si el camino es recorriendo el hilo histórico que nos lleva a la idea de “democracia inorgánica” que acuñó Romero hace más de siete décadas. O, si en realidad, las pistas hay que buscarlas en la más moderna crisis de la fraternidad de la que nos hablan François Dubet y Antoni Domènech. Lo que sí podemos afirmar que es éste uno de los grandes interrogantes del momento y debe ser abordado.

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