PRO y Conurbano: un vínculo incierto (Primera Parte)

 

 

En las elecciones de octubre de 2015 (1), en el Conurbano, Aníbal Fernández le ganó a María Eugenia Vidal. Si se suman los resultados finales de los 24 municipios que, según el INDEC, conforman el Gran Buenos Aires se obtiene una diferencia de alrededor de 100.000 votos para el candidato del Frente para la Victoria (Vidal ganó por casi 400.000 la provincia). Ese mismo octubre, en el mismo universo, Daniel Scioli obtuvo 600.000 votos más que Mauricio Macri. En el balotaje de noviembre, se incrementó esa diferencia: fue de 650.000 votos. Si no se tuvieran en cuenta los municipios de Vicente López y San Isidro, los únicos distritos gobernados por la coalición Cambiemos hasta ese momento, la distancia superaría los 800.000. El Conurbano fue la contracara de Córdoba en la que Cambiemos obtuvo una diferencia apabullante, de más de 40 puntos de distancia. Todo esto en el marco de dos elecciones históricas para el PRO; dos campañas (casi) perfectas con resultados inmejorables.

Claramente el Conurbano es un problema a resolver para el PRO (y para Cambiemos). Este ensayo parte de esta afirmación e intenta desandar algunas de los principales nudos del incierto vínculo que existe entre el partido gobernante y el Conurbano, una región que supera los diez millones de habitantes. Una relación de mutua desconfianza.

La hipótesis que atraviesa este texto es que el PRO simboliza la otredad capitalina para la mayoría de los habitantes del Conurbano. Una otredad que bascula entre la admiración y el rechazo y que a lo largo del 2016 no hizo más que profundizarse. Sin embargo, más allá de esto, los resultados del 2017 están abiertos.

Se opta por el formato ensayo pues brinda la libertad necesaria para recorrer aristas muy diversas, un camino en busca de reconstruir problemáticas con múltiples expresiones. Una relación que es un gran signo de interrogación: hoy, a febrero de 2017, no hay datos certeros que puedan asegurar si el Conurbano le traerá buenas o malas noticias electorales al PRO. Por eso hemos tratado de dar cuenta de la mayoría de fenómenos que nos parece determinantes de cara a agosto y octubre. Desde las encuestas de opinión pública a la gestión entendida como campaña; desde el desembarco de la Capital en el Conurbano a la comunicación política vía redes sociales. Este es un texto que plantea más dudas que certezas, que busca ser un primer paso en un proyecto más ambicioso centrado en el GBA y sus identidades políticas.

Aquí los grandes ausentes  son el peronismo y el kirchnerismo, entendidos como identidades y andamiajes políticos que disputan el territorio conurbano. Es imposible desconocer la influencia de ambos en la política del GBA, sin embargo hemos optado por centrarnos en el vínculo del PRO con los habitantes del Conurbano más allá de la variable relacional y la disputa con las otras fuerzas. En una segunda etapa de este proyecto sin duda se debería sumar el factor peronismo y como, en una suerte de contracara ideal, el PRO construye su imagen en relación a él. En esta etapa hemos priorizado el vínculo directo entre la fuerza política y el territorio conurbano.

En síntesis, el texto está organizado en tres partes. En la primera se presentan brevemente a los dos actores de esta relación. En la segunda se analizan discursos, acciones e imágenes que el PRO dirige al Conurbano: la protección de la gestión PRO del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sobre el anillo que la rodea, las principales herramientas de la campaña 2015 (particularmente la herramienta Facebook), la disputa por el Fondo del Conurbano, y el discurso oficial en relación al Conurbano.

En la tercera parte se describen los resultados, las reacciones que lo anterior genera. Se analizan resultados electorales, encuestas de opinión pública y el Monitor del Clima Social realizado por el Centro de Estudios Metropolitanos. Por último, el texto intenta proyectarse hacia las elecciones legislativas de este año y las ejecutivas del 2019; busca desgranar los interrogantes que forjan esta relación incierta y los futuros combates de comunicación política y opinión pública.

PRO: 100% porteño

El PRO, el partido que encabeza la coalición Cambiemos, es un partido joven, un partido del siglo XXI y, sobre todo, un partido 100% porteño. Ese es un dato insoslayable al analizar su vínculo con el Gran Buenos Aires.

Los primeros pasos de lo que luego sería el PRO se dieron en la Ciudad de Buenos Aires, en 2001, con la creación de la Fundación “Creer y Crecer”. Allí compartían cartel y proyecto Mauricio Macri y Francisco De Narváez, una sociedad que tuvo idas y vueltas y que terminó mal. Ambos buscaban conformar equipos de técnicos jóvenes para así darle forma a una nueva manera de hacer política. El proyecto era nacional, pero siempre tuvo como objetivo a mediano plazo gobernar la Ciudad de Buenos Aires. Dentro de las primeras convocatorias de la Fundación estuvieron Alfonso Prat Gay, Martín Lousteau, Alberto Abad, Eugenio Burzaco y Marcos Peña, entre otros. A ese grupo después se le sumaría otro think tank, el Grupo Sophia, a través del cual se acercaron Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal y Sol Acuña, por ejemplo. El objetivo era construir un partido nuevo y exitoso, con métodos inéditos en la política argentina, auto identificado como pos-ideológico y pos-moderno. Primero con “Compromiso con el Cambio” y luego con “Propuesta Republicana” se logró ese objetivo, a partir de una amalgama donde convivieron en un frágil equilibrio onegeístas, peronistas, radicales, conservadores, tecnócratas y empresarios. El punto débil del proyecto partidario es que eso sólo se logró en CABA, lugar en el que desde su creación el PRO perdió sólo una elección (balotaje de 2003). Fuera de ella su devenir fue errático.

La historia del PRO y de su desarrollo a lo largo de la década larga kirchnerista se puede encontrar muy bien descrito en “Mundo PRO. Anatomía de un partido fabricado para ganar” de Gabriel Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Bellotti. Aquí se busca resaltar dos ideas de ese texto, a nuestro entender centrales: la vinculación del PRO con el voto “alto”- republicano y su identificación con la Ciudad de Buenos Aires.

CABA tiene niveles de ingresos y de educación superiores al Conurbano y al resto del país. Tiene mayor concentración de escuelas y universidades. Mayores oportunidades de empleo y mejores servicios públicos. Tiene también una red de transporte densa. Esto le da forma a una sociedad determinada y, en gran medida, atípica. En CABA prima lo que Pierre Ostiguy define como voto alto, voto comprometido con los valores republicanos, que se identifica en gran medida con lo culto y patricio. Ese es el voto PRO, en el cual se hace fuerte. El problema del PRO es que CABA no es Argentina.

La hegemonía que el PRO supo construir en la Capital fidelizando ese voto alto fortaleció la identificación mutua. Hoy es difícil pensar uno escindido del otro. Una identificación hija de triunfos pero también de derrotas, hija también de la reacción que genera el PRO al cruzar el Riachuelo o la General Paz. El siguiente fragmento lo describe acertadamente:

Nacido de las entrañas de las clases medias de la Ciudad de Buenos Aires – similares a sus pares de otras grandes ciudades del país – al PRO no le ha resultado simple afincarse en otros terrenos sociales. Al menos hasta ahora, los sectores populares de las periferias urbanas, de los centros industriales y de las regiones agrícolas-ganaderas, parecen poco receptivos a la propuesta macrista.

Sin embargo, los resultados del 2015 relativizaron esa mirada. Este partido, que algunos definían como vecinal hace apenas dos años, afrontó las elecciones del 2015 con dos dirigentes porteños para las nacionales y, si no se hubiera opuesto la UCR sobre la hora, con otros dos dirigentes porteños para la gobernación de la provincia de Buenos Aires. No sólo las afrontó sino que las ganó. La imagen era clara: la Ciudad de Buenos Aires se proponía para gobernar el país y su provincia vecina.

 

¿Qué es el Conurbano?

Tomaremos en este ensayo la definición del Conurbano/Gran Buenos Aires que toma el INDEC: los veinticuatro distritos que rodean a CABA. Nos es de utilidad para medir los resultados electorales alcanzados por el PRO. También porque es la medida que utiliza el instituto de estadísticas para medir desempleo, pobreza, etc. En ellos, según el Censo 2010, habitan alrededor de diez millones de personas. Casi dos tercios de la provincia. Es un territorio en permanente crecimiento: en los últimos cuarenta años su población se duplicó. CABA, en cambio, no crece desde hace setenta. Los distritos más poblados son La Matanza (1,775,816), Lomas de Zamora (616,279), Quilmes (582,943), Almirante Brown (552,902) y Merlo (528,494). En el Conurbano, en esos veinticuatro municipios, vive un cuarto de los argentinos.

Conforma, junto a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el área metropolitana de Buenos Aires. Sin embargo, y a diferencia de otras grandes metrópolis, no son un distrito político único, no comparten ni siquiera provincia. No hay articulación interjurisdiccional viable, ni proyecto serio de avanzar en ese sentido. El Gran Buenos Aires es, como bien señala Adrián Gorelik (2), “una metrópoli a la que se la ha extirpado el corazón”. En tanto identidad se lo construye desde el exterior. Los habitantes de uno u otro municipio no suelen considerar al GBA una categoría de pertenencia. En muy contadas excepciones se autodefinen como “conurbanos”. Uno es quilmeño, de Lomas, tigrense, no conurbano. En el único momento en donde lo conurbano aparece como autoidentificación es en oposición al capitalino.

Esto último se puede explicar por la ausencia de un organización política unívoca, desde donde se pueda construir una centralidad geográfica e identitaria (La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, no forma parte del Conurbano; CABA es vista como algo ajeno y diferente). Pero sobre todo, por la construcción simbólica que rodea a la región. Gabriel Kessler, al referirse al conurbano, analiza dos concepciones disímiles pero en cierta medida complementarias; una en la que se lo describe como una entidad atípica, diferente a la capital y al interior, con una clara y disímil identidad propia; otra en la que se lo define como un territorio donde se concentran variados atributos negativos o conflictivos, un territorio signado por déficits y carencias. Estas concepciones son hoy las predominantes. Cuando se habla del Conurbano se habla de algo que es diferente a la Ciudad de Buenos Aires y que, claramente, es peor, más peligroso, más pobre.

Es el espacio simbólico donde se concentran los problemas nacionales: pobreza, desigualdad, polarización, clientelismo político, narcotráfico, inseguridad, desempleo. Continuando con lo que plantea Gorelik, entre CABA y GBA se ha consolidado “una muralla de prejuicios en la opinión pública que presenta al GBA como una suerte de Far West violento y peligroso”; como una amenaza que rodea a la capital, su antítesis.  Esta construcción, donde se describe un espacio superpoblado lleno de countries y villas, oculta más de lo que muestra, oculta otras rasgos muy importantes del Conurbano: una importante sociabilidad y vida cultural, una vasta clase media distribuida de manera heterogénea en el territorio, y una potente acción colectiva que se canaliza vía sindicatos, movimientos sociales, clubes, sociedades de fomento, etc.

En síntesis, el Conurbano es una construcción indisociable de CABA, construida desde la diferencia y la distancia a pesar de ser parte una misma metrópoli. Se conjugan alteridad, cercanía y amenaza. Ramiro Segura sostiene que “no está simplemente ahí: no se trata de una realidad autoevidente, tampoco de una categoría discursiva que refleja naturalmente una realidad urbana. El conurbano fue conurbanizado, construido como una unidad específica y opuesta a la ciudad de Buenos Aires.” En esta operación simbólica los medios masivos han tenido un papel predominante. Es desde allí donde se ha fortalecido la asociación con el delito, la contaminación, la pobreza, el clientelismo y el desorden; un lugar donde opera un tipo de legalidad diferente. Ser “del conurbano” equivale a ser feo, sucio, malo y grasa; ser ilegal, problemático o peligroso. Es la nueva otredad porteña (en reemplazo del interior del país).

Esta situación, la desigualdad económica, social y simbólica que atraviesa el área metropolitana, permea el vínculo PRO-Conurbano. Al ser un partido tan identificado con la ciudad capital (y, particularmente, con la parte más acomodada de la misma) hace que el PRO genere admiraciones y rechazos en el Conurbano. En ambos casos como una otredad. Como una suerte de espejo de la ciudad que gobierna desde 2007.

 

  1. Versión adaptada de la monografía final realizada en el marco del Posgrado en Opinión Pública y Comunicación Política – Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales
  2. Tanto esta cita de Gorelik como las siguientes de Kessler y Segura se encuentran en Kessler, Gabriel “Historia de la provincia de Buenos Aires: el Gran Buenos Aires”. Buenos Aires, Edhasa, 2015

 

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