Rambo

Te propongo una prueba muy sencilla. A vos, ciudadano de a pie, contribuyente en bici, purrete, loco lindo. Necesito averiguar una cosita. Haceme el favor, andate hasta la Avenida 25 de Mayo, número 11. Sí, sí, enfrente del carrito de panchos, ahí donde está la Secretaría de Inteligencia, que antes era la SIDE. Ese. Traeme unos papeles que me dejé en el quinto piso, en un escritorio, lo vas a ver enseguida saliendo del ascensor. Yo te espero acá, ¿dale? Cuando salgas te invito un café acá en el bajo. Andá tranquilo. Si la prueba funciona podemos encarar para Ezeiza e intentarlo de nuevo, pero en el Departamento de Estado de Estados Unidos. Y si encontrás ahí el pendrive del ala Oeste, que es lo que andamos necesitando, ahí sí, bueno, ahí tenés lo que hizo Wikileaks.

Wikileaks es un colectivo online que abarca desde disidentes chinos hasta empresas de tecnología, de periodistas a matemáticos, de todo el mundo. Su misión declarada es conseguir la mayor cantidad posible de documentos clasificados para exponer regimenes opresivos y comportamientos gubernamentales poco éticos en el mundo todo. Estos son los buenos muchachos que hackearon los correos electrónicos de Hugo Chávez y Sarah Palin; luego publicaron un video de un helicóptero estadounidense acribillando civiles en Irak, y finalmente desclasificaron unos 400.000 documentos militares de la guerra en ese país.

Pero si vos, joven argentino, venís escuchando “Wikileaks” hasta en la cola de la panadería es porque estos buenos muchachos consiguieron y publicaron 250.000 documentos secretos del Departamento de Estado estadounidense. Documentos que dicen que Berlusconi es un fiestero, Ahmadineyad un terrorista, Sarkozy un maldito francés, Merkel una mujer confiable, y Cristina una loca, re loca, loco. Unas revelaciones de la puta madre. Para pensar, diría Arnaldo Pérez Manija. Entonces la internet toda se llena la boca hablando de nuestros héroes, cruce de Rambo con Rodolfo Walsh -pero muchos, como en el Eternauta-, que se meten en las fauces de la bestia misma para ganarles a los malos y salvarnos de la corrupción, la polio y el #findelperiodismo.

¿Seguros? Porque si hablamos de periodismo, o del fin del mismo, bien vale plantear algunas dudas razonables. Los documentos fueron obtenidos, no queda bien claro cómo, y luego gentilmente cedidos a los principales medios de comunicación del mundo para que ellos los chequearan (porque los chequearon, ¿no? ¿eh?) y dispusieran de ellos como quisieran. Antes que el resto del público y editando la noticia a gusto y piacere, cabe añadir. Entonces, las preguntas: ¿quién los filtró? ¿Rambo agarró a algún empleado desprevenido o se metió en los ductos de aire? Un compañero en esto del #findelperiodismo sugiere que cuando aparecen este tipo de filtraciones “accidentales”, se trata de algún descuidado que, ups, deja una carpeta tirada que, si se hace pública, casualmente, termina cagando a quien esa persona quiera cagar.

Pero por favor, no seamos tan cínicos sólo porque los documentos que publicó Wikileaks hablan mal del gobierno argentino. O algo así. Creo. Eso dicen los principales medios del mundo que tuvieron acceso a ellos antes que el público general. Ponele. Pero no, no seamos malpensados. Recordemos que el gobierno estadounidense tiene una estructura de servicios secretos tan grande que nadie puede controlarla, ni comprenderla, ni ordenarla. Una Babel de espías, según una muy buena investigación del Washington Post. Es esperable, claro, este tipo de filtraciones en un revoque tan grande.

No se nos ocurra, entonces, recordar que en los ’70, cuando el mundo todo se sacu-sacu-sacudía por el escándalo del Watergate, el gobierno estadounidense  desclasificaba los documentos del COINTELPRO, uno de los mayores planes de espionaje interno -e infiltración, y experimentos ilegales y homicidios- de la historia. Dios nos libre y nos guarde de pensar que a veces sólo se sabe lo que alguien nos deja saber. Nos acusarían de paranoícos, conspirativos, o peor, de intentar editar la realidad. Tampoco es que estemos en contra de conocer la verdad, sea cual fuere.

El problema es que, como en las relaciones interpersonales, la diplomacia se basa en que la verdad, lo que todos saben, sea implícita. Que yo sepa que vos sabés que yo pienso que sos un fiestero terrorista inestable y, ay, francés, pero que nadie lo pronuncie. Ese es uno de los principios de la diplomacia. Las embajadas del mundo serían como Showmatch si ese pacto no se respetara. Algunos argumentan que el trabajo de los medios no es proteger a los poderosos de la vergüenza, y puede que sea cierto. Pero también es cierto que no siempre se puede poner todos los trapitos al sol. Ni siquiera la verdad, por muy verdadera que sea.

Autor de la foto.

: Facundo Falduto nació en Lanús durante la presidencia de Alfonsín. El destino lo llevó de chiquito a otra vida en otro lugar. Es redactor, escribiente, algo parecido a un periodista, y editor de blogs (?). Miente mucho y a veces habla en tercera persona, como ahora.