¿Re?

Este post lo armamos Mariano Fraschini y Nicolás Tereschuk.

Nos preguntamos. La posibilidad de habilitar una nueva reelección de la presidenta Cristina Kirchner ¿fortalece o debilita al kirchnerismo? ¿Los logros del kirchnerismo tienen más posibilidades de sostenerse o pueden ponerse en peligro, exponerse a un fuerte retroceso, como ha pasado en otras etapas históricas de la Argentina? La “coalición política” que implica el kirchnerismo, y que incluye a dirigentes “del Partido Justicialista” con otros que no lo son ¿se volvería más sólida o más frágil? La “alianza” de sectores en distintos puntos de la escala social que implica el kirchnerismo, reflejada en un alto nivel de voto en todos los distritos del país para Cristina, pero que también se ve en su “núcleo duro”  ¿podría sostenerse o convertirse así en una suma de “manchones” en el mapa y en la escala social? Mostrar que no hay otro candidato y que el círculo de poder es pequeño ¿puede ser un elemento que se vuelva en contra? ¿Qué impacto internacional tendría la nueva reelección -aún sólo pensando en Sudamérica-?¿El desgaste del ejercicio del poder, hasta qué medida se profundizaría con un proceso político del mismo signo de una duración inédita en los últimos cien años?

Punto y aparte.

Ahora bien. El debate sobre la reelección indefinida ya está presente y plantea estas y muchas otras preguntas posibles. No importa demasiado a los efectos de estas reflexiones si la instaló el oficialismo o la oposición o qué sectores dentro de esos conglomerados. Definir si la misma es “buena” o “mala” es una evaluación sobre la que puede haber tantos criterios como personas y que en todo caso quedará para debates posteriores, si es que el impulso a la reforma pasa de las ideas a los hechos. Definir si es “conveniente o no” políticamente para el propio kirchnerismo es otro tema que quedará para cuando la cosa empiece a rodar si es que rueda. “Falta mucho”.

Lo que intentamos hacer en este post es avanzar con una pregunta mucho más preliminar: intentar descifrar las razones por las cuales la reelección indefinida genera tantos resquemores en el interior del sistema político local (¿y regional?).

Lo primero que debemos indicar es que la reelección indefinida forma parte de las herramientas constitucionales que buena parte de los diseños institucionales del mundo contemplan para sus poderes ejecutivos. Los parlamentos europeos les proveen a sus primeros ministros de esa posibilidad no habiendo sido, hasta el momento, una controversia en el interior de esas sociedades. La historia nos muestra que tanto Felipe González en España (14 años), Françoise  Mitterrand en Francia (14 años) y Helmut Kohl en Alemania (con 16 años), fueron primeros ministros con una duración que en nuestras comarcas los acercaría a “los no republicanos”. Los partidarios del Parlamentarismo defenderían la “lógica reeleccionista” del sistema en que los frenos y contrapesos de dicho diseño institucional  permiten tener controlado al poder ejecutivo debido a que es la propia Asamblea la que tiene la potestad de elegirlo, sostenerlo o expulsarlo. Sin embargo, y sin intentar hacer un debate de la cuestión, el ejemplo inglés nos muestra cómo en un parlamentarismo la figura del poder ejecutivo puede tener un poder superior al de un presidente en cualquier presidencialismo.  Cualquier estudiante de ciencia política sabe que al poder del primer ministro inglés (al ser jefe de un partido ganador que gobierna sin coalición) muchas veces se lo compara con un líder sin limitaciones institucionales, salvo las que derivan del voto popular y del cumplimiento de la ley -mínimos que rigen para cualquier primer mandatario “democrático”-. Por lo tanto, acá la cuestión pasa por descubrir por qué asusta tanto en estas latitudes la posibilidad de la reelección indefinida.

Quienes critican la reelección indefinida lo hacen en términos de la defensa de la democracia, ya que de aprobarse esta enmienda se abriría la puerta para la emergencia de un “autoritarismo”.  Desde allí que se postule la alternancia del poder como antídoto frente a estos líderes que avanzan en la reproducción de su poder. Pero, aquí nos preguntamos, como para poner en cuestión incluso ideas que tenemos internalizadas: el principio de la alternancia en el poder ¿es un principio democrático?  ¿No resulta ser más democrático que no existan restricciones constitucionales de ninguna índole? ¿No estaremos confundiendo democracia con liberalismo o republicanismo?

En nuestro continente, en la actualidad, sólo Venezuela tiene reelección indefinida. Bolivia y Ecuador son dos de los países de la región que intentarán aprobarla y sus presidentes ya están siendo acusados de populistas que no respetan las reglas (¿Cuáles reglas? ¿Hay reglas naturales?). Hasta aquí pareciera que son sólo los líderes de izquierda los que quieren pasar “por arriba” los textos constitucionales, pero el caso clave de Álvaro Uribe en Colombia emerge como otro ejemplo. El político antioqueño, intentó su segunda reelección (y contaba con niveles de aceptación espectaculares) pero no pudo llevarla adelante por una oposición de sectores con pocos votos pero con mucho poder, que llegaba hasta la principal potencia del mundo y que se hizo efectiva con un fallo judicial. Se trata en estos casos de líderes que, desde distintas opciones ideológicas y/o “retóricas” , llevan adelante procesos de transformación que son altamente valorados por la ciudadanía.

La pregunta a responder, sería entonces: ¿qué se teme? ¿La presencia de un nuevo actor (el presidente reelegido) con poder? ¿La autonomía del Estado (y del presidente reelegido) frente a los poderes económicos -que carecen de “alternancia” alguna y a quienes la democracia, la voluntad popular no accede-? ¿Quién tiene más “que perder” con una reelección indefinida, en el marco de Estados que ganan en autonomía en América Latina?

Ahora, yendo a la oposición e incluso a ciudadanos “opositores” al Gobierno:  ¿están ellos frente a un Gobierno que arrasa con toda limitación institucional, avasallador en términos de falta de respeto a las libertades políticas y civiles? ¿Es lo que está frente a ellos un gobierno que desborda los límites del sistema democrático, representativo, republicano y federal? ¿O más bien el problema que tienen es que tan sólo están ante un gobierno y una presidenta con mucho apoyo social? ¿O es que se topan en realidad con el problema “político” de que el Gobierno aún tiene una “cosmovisión” que presenta ante la sociedad y que no ha comenzado a crujir fuertemente -no podríamos estar hablando ni de cerca de “reelección” si eso fuera así-? ¿O es que no tienen una “cosmovisión”, un proyecto de país propio y alternativo que presentar al país? En síntesis, y aquí se aloja la clave de este conjunto de preguntas: ¿No será que están más ante un problema sobre todo “político” antes que de “diseño institucional” o de “respeto a la ley vigente”?

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