Triunfos. Triunfazos

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Los diarios de hoy estaban llenos, repletos de triunfos. Impensados a casi siete años del inicio de una gestión que es nacional y popular. Nacional y popular como es lo nacional y popular en la Argentina y en América Latina: contradictorio, pero que va para adelante.

Así, en la pluma de Beatriz Sarlo, en el diario La Nación, nada menos, me enteré de que hay mucha gente que, después de mucho pensar, está a favor de las políticas del Gobierno. Es más. Que el espacio nacional y popular tiene militantes. Y que los que reciben algo del Estado, también pueden ser serios, genuinos, válidos miiltantes. Me quedé muy impactado. Cito, son dos párrafos:

Pero también estaba en Ferro ese nuevo mundo popular, de infinitas variaciones empíricas, que hay que leer con refinamiento: los pobres de barrio y los villeros, los asalariados en blanco y los que hacen changas, las mujeres de cooperativas y de comedores, con sus hijos y nietos, los viejos militantes populares, los gestores independientes de proyectos barriales pequeños pero significativos, los burócratas de los subsidios que organizan, presionan, obligan y protegen a los beneficiarios de planes, gente llevada al acto pero que finalmente se entusiasma, intelectuales, capas medias progresistas, y adolescentes que están allí como en un recital, haciendo el aguante.

Quienes piensan que las movilizaciones políticas antes fueron exclusivamente integradas por ciudadanos libres y autónomos, hoy reemplazados por gente que se deja acarrear, pasan por alto lo que enseñan los historiadores. Pero el estadio de Ferro no sólo se llenó de gente que iba por el plan y, además, la gente que va por el plan, incluso cuando es manipulada, también tiene capacidad de entusiasmo. Desconocerlo es casi como afirmar que quien no aprendió bien la doctrina católica va a la Iglesia sólo movido por los temores de una creencia supersticiosa o para que le regalen alguna ropita usada. Seguramente hoy es más indispensable que los punteros barriales empaqueten a la gente en los ómnibus que los traen desde el conurbano. Seguramente en condiciones de extrema pobreza, es muy difícil ejercer la autonomía.

En el mismo diario me enteré de algo fantástico. De que el kirchnerismo negocia. A esta altura de la milanesa, hace política y negocia. Acá dice que negocia con Francisco De Narváez una interna en el PJ. Y acá dice que a Daniel Scioli le han dicho que podría ser el candidato a presidente de este proyecto. En una fórmula sin un solo apellido que empiece con K. Más allá de los nombres propios, a mí, que se negocie, que se haga política a como está la mano me parece algo para destacar. Y que se busquen alternativas para sostener algunas cosas, si cierto candidato no está en condiciones de ganar un ballotage, qué mejor.

Pero mirá además de lo que me pude enterar. Leyendo La Nación, de cómo ha sido en los hechos uno de los mayores triunfos políticos de estos gobiernos. La vigencia de las paritarias. Son dos minutos de lectura obligatoria. Qué alegría.

P ablo Moyano, el hijo del líder camionero Hugo, miró fijo a su interlocutor y ejecutó su rutina. Pegó un puñetazo en la mesa, se paró y se fue. Detrás de él salieron varios hombres bien comidos que, casualmente, habían quedado esperando al lado de la puerta. Los interlocutores ya sabían que vendría el puñetazo, una marca registrada del pequeño Moyano, y luego, la partida. Sólo después de un rato, Moyano llamará de vuelta a la otra parte para regresar a la mesa de negociación. Mañas que se repiten una y otra vez.

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Había más de 30 personas en el Ministerio de Trabajo, entre ellos uno de los hijos de Moyano. El sindicalista había tomado una medida de fuerza y entre todos, varios funcionarios incluidos, negociaban para levantar el paro. “Hasta que el Néstor no llama al Hugo (sic), yo no firmo nada”, dijo sin sonrojarse el sindicalista. Lo escucharon los 30. Hugo era ya el líder de la CGT, y Néstor era Kirchner, entonces presidente. Un rato después, la corte de pacientes hombres se alegró. Parece que la comunicación llegó, y Moyano firmó. Allí terminó todo.

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“De acá no sale nadie hasta que se firme todo”, bramó un sindicalista dentro del Ministerio de Trabajo. No se trataba de una frase hecha: nadie estaba autorizado a abandonar el edificio de la avenida Leandro Alem. Fieles y fuertes seguidores del sindicalista se pararon en la puerta. La noche avanzaba y ya se veían los bostezos.

Uno de los principales abogados laboralistas, que negocia varios de los convenios colectivos más importantes del país, insistía en que tenía una cena, que lo dejen salir. El propio ministro Carlos Tomada también estaba del otro lado del muro humano. La madrugada avanzó y nadie salió. Hasta que por fin llegaron las concesiones y entonces, a las cinco de la mañana, los pechugones hombres de la puerta abrieron el paso. El ministro se fue a dormir y el abogado perdió su cena.

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La cartera laboral fue el escenario de otra curiosa experiencia. Sindicalistas, abogados y empresarios negociaban un acuerdo salarial. Pero no hubo caso, no se llegó a un acuerdo esa noche. El negociador oficial, uno de los principales funcionarios del Ministerio de Trabajo, se asomó por una ventana del edificio. “Hay muchos autos abajo, no les podemos garantizar que salgan indemnes”, les dijo a los representantes empresariales.

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En estos días comenzarán las negociaciones colectivas que terminarán por redondear un aumento para todos los trabajadores que están dentro de un convenio. Lo único que se conocerá después de concluidas será el numerito. Que el 25% para unos, que el 22% para otros, que los adicionales o las sumas no remunerativas. Estrategias, reproches, avances, retrocesos, peleas y concesiones se esconden detrás de las reuniones que terminarán irremediablemente con la foto en el Ministerio de Trabajo. Según sea el aumento, habrá risas sindicales o empresariales. A veces ganan unos, otras veces los otros.

Por si esto fuera poco, en el mismo diario, en la pluma de Miguel Angel Broda, economista ícono del establishment, me entero de que nuestras presunciones políticas eran ciertas. Que estos gobiernos han cumplido con uno de los anhelos del espacio nacional y popular. Producir un shock de gasto público. Y que lo que está detrás de los intentos de bloqueo al pago de deuda con reservas es una forma de tratar de obligar al Gobierno a que genere un violento ajuste. Y, te digo más, que si logramos liberar las reservas, nuestras reservas, vamos a poder continuar con lo que el compañero Broda llama “fiesta del gasto” y que es algo que a mí, a mí, señora, me pone con-ten-tísimo. Estuvimos bien en sostener a Mercedes Marcó del Pont. Muy bien, pienso. Casi, me emociono. Si la inflación aterriza en el segundo semestre, como dijo Orlando Ferreres, un golazo. Unos fragmentos dejo:

La característica saliente en toda la era K ha sido el permanente crecimiento del gasto público y el grosero incumplimiento, año tras año, de los presupuestos que aprobó el Congreso. En efecto, el gasto consolidado (Nación más provincias más municipios) pasó de 27,6% del PBI en 2003 a 41,3% en 2009 y camina para más de 42% en 2010.

Estas cifras impactan si tenemos en cuenta que el promedio del gasto entre 1980 y 2002 fue de 29,2% del PBI y más aún si consideramos que tan sólo en los tres últimos años el gasto aumentó ¡más de diez puntos del producto!, el doble que en Grecia.

En cambio, si el Gobierno logra (vía DNU/proyecto Verna) llevarse las reservas sin tener que comprárselas con pesos al Central y sin usar desembolsos, liberaría $ 26.900 millones para financiar la “fiesta del gasto”. Moraleja: el conflicto actual no es por las reservas, sino por la necesidad de financiar un preocupante comportamiento gastomaníaco del oficialismo (que la mayor parte de la oposición parece también avalar).

De paso, me enteré tarde de que el FMI sufrió una derrota ideológica enorme: tuvo que apoyar los controles de capitales. Que Rodolfo Terragno se vio obligado a defender lo indefendible y sin un solo dato: afirmar que Irlanda, a pesar de haber triplicado su desocupación y mientras sólo tiene emigrantes y ni un emigrante, es todavía un ejemplazo a seguir. Y que los intelectuales más lúcidos de Chile se dan cuenta de que vivían en un “país de mentira“.

Qué domingo. Por otra semana de estas.

Autor de la foto.

: "Escriba" es Nicolás Tereschuk. Politólogo (UBA), Maestría en Sociologìa Económica (IDAES-UNSAM). Me interesa la política y la forma en que la política moldea lo económico (¿o era al revés?).