Un poco de antipopulismo por el amor de Lacló

¿Cuántas veces escribimos sobre esto? Un montón. Pero de vez en cuando hay que volver a poner las patas en la fuente.

En este blog hay una profunda lectura del concepto de populismo que hiciera “famoso” Ernesto Laclau. Y decimos profunda lectura por dos razones: primero porque forma parte de nuestras lecturas y reflexiones políticas desde hace por lo menos unos siete u ocho años; y segundo porque cuando decimos “populismo” no estamos queriendo decir un concepto descalificativo (tal como debés entenderlo si lo escuchás en la CNN) pero tampoco con una lectura apresurada y superficial, donde pareciera que ser “populista” es simplemente buscar el conflicto que marca un parteaguas en la sociedad.

Los populistas entendemos que sin conflicto no hay política. Y que sin política no hay democracia. Y que sin democracia no hay posibilidad efectiva de poder popular. Pero, sobre todas las cosas, los populistas saben que la primera condición de existencia es la construcción de mayorías.

Por eso, y tal como lo expresa la teoría –que, como toda teoría no es más que una conceptualización de fenómenos existentes o potencialmente existentes- el “saber populista” consiste en la articulación de demandas sociales diferentes y hasta contradictorias bajo un paraguas que las contiene y las expresa como totalidad: la mentada “cadena de significantes vacíos” viene a construir un zurcido que une lo que no está unido socialmente.

Bien. Dicho esto pasemos a la actualidad política.

Las demandas que expresan los sectores de la oposición que protagonizaron el cacerolazo de la semana pasada tienen estas características: son diversas, múltiples y –a veces- hasta contradictorias. Algunos protestan por el dólar, otros por la inseguridad, otros por “los modos”, otros porque creen ver el germen del autoritarismo en sectores del oficialismo, otros porque añoran un modelo liberal, otros por la inflación, etc ¿Qué los une? En principio, una sola cosa: su oposición al gobierno nacional y al proyecto político ideológico que este encarna. Nada más. Ni siquiera los une una pertenencia clasista. Porque, no jodamos, seamos serios entre nosotros, mi vecina que caceroleaba tiene mucho más en común socialmente conmigo que con un cacerolero de La Horqueta, en San Isidro. Y conozco gente de La Horqueta kirchnerista, por cierto. Así que, si bien podemos agruparlos a todos dentro de esa entelequia denominada “clase media”, es de una pereza importante postular que son “todos iguales”. Y nosotros no somos perezosos.

Acá también decimos que esos sectores que protestaron en la semana no tienen quién los represente políticamente y eso es un riesgo para el sistema. Porque la legitimidad del sistema democrático –donde algunos ganan elecciones y otros las pierden- está dada por aquellos que, perdiendo, reconocen su derrota y aceptan que la misma se produce en términos limpios. Si estos sectores de las cacerolas no encuentran su representación en los comicios, vacían el sistema. Lo desconocen. Lo anulan. Y no por, otra vez no seamos perezosos, por “golpistas” (que los hay, claro, como los hubo siempre).

Entonces, lo que no se entiende, es por qué desde el campo del oficialismo se hace todo lo posible por hacer el trabajo que debieran hacer los políticos opositores: unir a los que salieron a protestar. Tratarlos como un todo, no reconocer y operar sobre sus diferencias –atendiendo algunas de sus demandas e ignorando otras-, convocar a supuestas “contramarchas”, no es más que unir lo que no está unido. Y, aquí el problema, es unir en el campo contrario antes que en el propio. Y eso no es populismo. Eso es un error.

Porque, además, hay quienes creemos que la operación “populista” no es siempre conveniente. Una cosa es en elecciones, otra sin ellas. Una cosa es en situaciones de coyuntural minoría, otra expresando mayorías. De hecho, acá sospechamos que el populismo alla Argentina es conveniente a la hora de construir poder siendo oposición, pero hay que prescribirlo con dosis homeopáticas siendo gobierno.

El kirchnerismo, o al menos un sector importante y hasta conductor de él, parece estar preso de su propia ventaja: la inexistencia de otros actores políticos opositores consistentes y organizados. Entonces tiende a hacer el trabajo propio y el ajeno.

Lo que es por mí, que soy vago, dejaría que se arreglen solos sin ayudarlos. Ni acá ni en Miami.

Foto.

Mendieta : De chiquito, Mendieta no quería ser bombero ni policía. Soñaba con ser basurero. Ir colgado, como un superhéroe, del camión. Despúes se las ingenió para ser y hacer muchas cosas, todas más interesantes que lo que terminó siendo: un Licenciado en Comunicación, algunas veces como periodista, otras como funcionario público. Sus únicas certezas son su sufrimiento racinguista, la pasión por el mar y cierta terquedad militante. Todo el resto puede cambiar mañana. O pasado.