Una pieza del museo de la rosca

¿La política tiene ciclos, como la economía? ¿Cómo se construye el sentido común? ¿Cómo analizamos a los gobiernos democráticos con la distancia del tiempo?  ¿Qué pasa con los “relatos” en política? ¿Cómo pendula el peronismo? ¿El Estado tiene sus razones? ¿Cómo aparecen las razones de Estado? ¿Qué se puede hacer y qué no en cada momento? ¿Qué es un país normal? ¿De qué hablamos cuando no hablamos de corrupción? 

Reproducimos una entrevista escrita por Diego Sánchez, Federico Scigliano y Martín Rodríguez; publicada originalmente en Revista Crisis, número 7

Alberto Kohan no pregunta. Pulsa el portero eléctrico y abre. Arriba, el hall salpicado de polvo y la pileta de baño en un rincón revelan el paisaje hogareño de un departamento en obra. El Secretario General dela Presidenciadurante el gobierno de Carlos Saúl Menem, se disculpa con una frase inquietante: “perdón por el desastre”. En su época fue uno de los hombres más poderosos dela Argentina.¿Qué fue eso que llamamos “menemismo” pero algunos prefirieron denunciar como “menemato” y otros, directamente, dejar que flote sobre la definición volátil de la época?

Kohan es un hombre de Estado, como los que pretendía Alberdi. Paradoja: fue el cráneo de un proyecto que -según el imaginario más corriente-quiso desguazar el Estado, pero terminó en una refundación realista y moderna que consolidó la transición democrática esperando y recogiendo los cimientos del alfonsinismo, un proyecto nacido para hacer todo y que terminó en el laberinto de lo real. Sus palabras: “Fue Terragno aLa Riojaen uno de los aviones de la flota de gobierno, a discutir la transición, pero cuando llega me dicen que Alfonsín había pedidola Cadena Nacionaly ese día, en ese momento, le dije a Menem: ‘renuncia’. ¿Para qué va a pedir un presidente que perdió una elección y está en medio de un líola Cadena Nacional? Para renunciar”.

El menemismo fue hijo del alfonsinismo, del peso muerto de sus imposibles y de una pequeña jugada donde Alfonsín supuso que Menem era menos que Cafiero, que Cafiero era el alfonsinismo peronista, y que Menem era el pastor de la fe melancólica de un peronismo ordinario. Menem les ganó a todos. Kohan, cuando ríe, parece recordar una trama de pequeñas venganzas: del peronismo desconfiado, del alfonsinismo que creyó en su “abrazo de oso”, y vengarse con “la amistad” de los antiperonistas, un resto en retirada desde hace mucho pero presente en los palacios y las alfombras.

El menemismo fue capaz de fabricar un nuevo Estado. Kohan fue el hombre de la eficacia en un proyecto aparentemente siempre dueño del amor popular. ¿Por qué un peronismo imbatible no iba a construir un Estado imbatible? “Que las cosas funcionen.” 1989. El Muro cayó y alguien tenía que derribar los muros de aquí adentro. Alguien tenía que poner a los mitos en su lugar. El menemismo no rompe ninguna regla del peronismo. Por más que el relato posterior, la caricatura envolvente alcanzara para hacer creer en un Menem fanático, un integrista del mercado. Lo era, en parte. Pero era sobre todo una fuerza nacida de la energía social confusa del fin de esa década: “Menem despertaba una fe que es irrepetible. Las caravanas y todas esas cosas no preparadas. Yo soy un agradecido de la vida por haberlas vivido, porque nunca se va a repetir que haya 400 mil personas en Rosario autoconvocadas desde las 11 de la noche hasta las 3 de la mañana, 100 mil personas en Tucumán… la gente en las calles, porque creo que de tanta decepción la gente necesitaba fe.”

Kohan ama la primera impronta: “vinimos a pacificar”. Ese manto cubre todo. Cubre todos los “crímenes simbólicos” que parecían decisivos, del que nacieron los desprendimientos como el Grupo de los 8 o la carrera política de Pino Solanas. Kohan entiende lo más viscoso del kirchnerismo. Sólo insiste en las formas. Kohan cree en las formas, aunque parece la contracara de Carlos Vladimiro Corach, el guante de seda, un judío que parecía nacido de un nido de serpientes de la política británica. Kohan es una contracara picante pero es lo mismo. Conoce el silencio, maneja los secretos y sabe exactamente de qué nunca va a hablar: la historia oscura de esa década que está muy por detrás de ese impresionismo de la pizza con champagne. La mayor parte del primer gobierno se la pasó ordenando y “cultivando” al partido. El Estado de la paz y del mercado en el temperamento del peronismo. Paz entre hermanos, indultar “a todos”, paz con el Reino Unido, fuerzas de paz para las guerras del mundo unipolar.

Del pasado, hoy Kohan sólo guarda lo necesario. Dos fotos inmensas, la primera con Menem, saliendo de Casa Rosada, ambos de traje, y la otra, con idéntico acompañante, pero vestidos con ropa de tenis y de espaldas, transitando el largo y sinuoso camino de la quinta presidencial de Olivos. “Son las dos fotos que más quiero”, confiesa. Más allá, a sus espaldas, un viejo e inmenso Movicom, el famoso Dynatac que el mundo bautizó como “ladrillo” y que abrió la irrefrenable era de la telefonía celular. Pacificación y tecnificación: dos dimensiones del arte de la política menemista. “Este es mejor”, nos dice y acerca una valijita con el logo de Motorola, una antena de costado y, en su interior, un viejo radioteléfono que haría las delicias de todo coleccionista tecnológico. Parece una pieza del museo de la rosca. “Con esto le ganamos a Cafiero”, recuerda. Es hora de empezar a preguntar.

Una vez que ganan las elecciones, ¿cómo fueron esos primeros años casi de transición entre el ‘89 y el ‘90?

Alfonsín dejó el gobierno seis meses antes y nosotros, si bien es cierto que estábamos bastante preparados porque veníamos trabajando en el plan económico y teníamos mucha relación con el gobierno de Alfonsín, de golpe nos encontramos que de un día para otro había que hacerse cargo, y fueron años vertiginosos. Hay que acordarse de que en un sólo día, en diciembre del ‘89, hubo tres golpes hiperinflacionarios, estábamos frente a un

5000% anual de inflación, es decir, yo creo que los mayores sobresaltos eran de tipo económico. Bueno, se iba aprendiendo sobre la marcha.

¿Cuando llegan tenían más o menos pensado hacia dónde iban a orientar la política?

Nosotros lo teníamos absolutamente claro, veníamos hablando del tema privatizaciones. Había tres objetivos: energía, comunicación y transporte. Hay que acordarse que veníamos de los cortes de luz permanentes y programados, y los transportes fluvial y aéreo eran un desastre. Todos teníamos cierta experiencia y sabíamos que había cosas que no funcionaban. El tema del indulto también lo teníamos claro.

Pero no había sido el discurso de campaña.

Si te ponés a pensar, Menem en un momento determinado hace referencia a un discurso de Perón en Mendoza donde dice que les daba gratis las empresas a los empresarios con tal de que quitaran el déficit y la ineficiencia que tenían. Lo que pasa es que la campaña en general estaba basada en la fe que despertaba Menem, que era algo irrepetible. Ahora, nosotros habíamos discutido mucho el plan con Bunge y Born, y estaba basado en las privatizaciones. No tiene que ver con el discurso de campaña, pero nunca dijimos que no lo íbamos a hacer, no es que llegamos al gobierno diciendo “jamás vamos a entregar las empresas”. No, cuando nos preguntaban decíamos: “si hay que hacerlas eficientes habrá que pensar en privatizar”. Hay declaraciones de esa época.

El menemismo encarna un clima de época mundial, con la caída del Muro como acontecimiento central.

Nosotros sabíamos que no éramos distintos al mundo y que teníamos que integrarnos a él. Ya lo había dicho Chirac cuando era alcalde de París en un encuentro con Menem: “si quieren arreglar la relación exterior de Argentina con un sector importante del mundo, arreglen las relaciones con Inglaterra”. Y se cumplió. Yo estuve en Rusia y en Alemania antes de la caída dela URSS, en el ‘89, y el secretario general del Partido Comunista me decía: “Bueno, acá nosotros vamos a mantener esto, programando lo que va a ser la integración de Alemania del Este”. Y en seis meses chocaron los planetas. Pero a nosotros el gobierno no nos agarró desconociendo la realidad.

Hacia adentro del peronismo esto significaba un reacomodamiento ideológico. ¿Cómo se acomodó el peronismo a ese programa?

Primero, le ganamos una elección interna a todo el peronismo unido, a 14 gobernadores justicialistas, así que había una conducción producto de una elección interna. No era que habíamos tomado el poder y después conducíamos, habíamos ganado la interna antes. En ese momento privatizar era la única forma de tener un país eficiente. Y hay que acordarse de que las privatizaciones las hicimos con el acuerdo de los gremios, porque tampoco podríamos haber privatizado YPF si no estaba de acuerdo el SUPE, ni los teléfonos sin la anuencia del sindicato. Fue un acuerdo con los trabajadores para hacer más eficientes a las empresas y al Estado, y creo que se logró: no hubo más cortes de luz, se podía hablar por teléfono, el gas no se cortaba en invierno y los barcos podían circular por el río. Cosas elementales. Yo organicé la venida de Edward Kennedy en el ochenta y pico, Menem era gobernador, y me pasaba días enteros en una cabina telefónica en un pueblito de Córdoba, Salsipuedes, porque era la única cabina que hacía comunicación internacional y la gente del pueblo venía a ver al tipo que hablaba con Washington, pasaban por ahí y yo sentadito todo el día. Esa Argentina cambió a partir de decisiones que tuvimos que tomar. Los principios tampoco pueden ser duros, que Perón haya nacionalizado, no quiere decir que nosotros no podamos privatizar. Lo que se trataba es que fuera más eficiente el país. Que el país funcione.

Pero esa utopía menemista en algún punto termina mal. ¿No creés que había fallas estructurales en ese modelo que en 2001 terminara estallando en mil pedazos?

Cuando nosotros nos fuimos quedaron 35 mil millones de dólares en el Banco

Central. Por supuesto que con los diarios del lunes… pero podríamos haber salido nosotros de la convertibilidad, al igual que lo podría haber hecho Dela Rúasi hubiera tenido decisión política. Habría que haber manejado progresivamente una adecuación a las nuevas reglas de juego, porque durante diez años la convertibilidad hizo que las empresas se tecnificaran, que el que funcionaba bien sobreviviera bien, y el que funcionaba mal no, como es en los países capitalistas. No creo que el modelo haya fallado, creo que lo que falló es la modificación del modelo adecuándolo a las nuevas reglas de juego. No hubo decisión política.

¿Y por qué pensás que está tan demonizada esa década?

No sé si tan demonizada. Fijate que después de la cantidad de palos que nos dieron volvimos a ganar en 2003, y si hubiera habido una interna, hubiéramos ganado por más margen. Después Menem no se presentó a la segunda vuelta, eso es otra discusión. Y yo peleé hasta el final para que se presentara. Creo que no hay elección que uno gane si no se presenta. Es como un partido de fútbol: para saber si lo vas a ganar tenés que jugarlo. Y yo estaba seguro de que los que habían votado a Rodríguez Saá o a López Murphy lo iban a votar a Menem. Pero éramos diez los que discutimos enLa Rioja. Porpresentarse estaban Menem, De Narváez y yo. El resto por prudencia, convicción o temor no querían que se presentara. Menem quería presentarse pero escuchó.

Así como decís que Menem hizo lo que había que hacer y hablás de “decisión política”, ¿qué pensás de esta década? ¿Kirchner hizo “lo que había que hacer”?

Lo que yo no compartí con Kirchner fueron las formas. Echar al presidente dela Corte

Suprema por televisión es una manera de predecir un manejo distinto de las instituciones, hacerle descolgar un cuadro a un jefe de Estado Mayor. Ahora, en un momento que tenés la cosecha más alta de la historia con los precios más altos de la historia…

¿Y la Ley de Medios?

Estoy de acuerdo. Si la tengo que votar la voto. Discutiéndola un poco más, quizás.

Cuando nosotros empezamos con el tema de las privatizaciones de los medios yo impulsé una Ley Anti Trust, la misma de Estados Unidos, donde no podés tener un canal, un diario y una radio. Porque con ese sistema cualquiera te mata. Pero perdí.

Esa caracterización de que “ningún gobierno resiste tres tapas de Clarín”, ¿es real?

No, lo que pasa es que uno compra esa realidad, cuando no tendría. Una vez Clinton nos dijo (estábamos hablando en el medio de su lío con Mónica Lewinsky): “cada vez que estoy deprimido leo los diarios de Argentina”. Hay dos elementos: por un lado están los intereses de los medios que también los tienen (la devaluación que impulsó Duhalde en su momento le vino bien al Grupo Clarín) y están las operaciones internas de los gobiernos. Yo he visto que la mayor cantidad de daño proviene de lo que llaman el friendly fire, el fuego amigo.

Vos habías hablado del indulto…

Mi mujer nos puteó dos meses, a mí y a Menem, por el indulto. “Ustedes estuvieron presos, perseguidos”, nos decía. Y yo le explicaba que una cosa es opinar y otra gobernar. A veces pienso qué hubiera pasado si a uno le hubiese tocado votar. Y capaz que votaba en contra del indulto. Pero cuando te toca gobernar, tenés que gobernar para todos, porque hay que acordarse de que el indulto fue para todos los palos, no solamente para los militares, también se indultó a los guerrilleros, se indultó a todos por igual. ¿Qué significó eso? Que se puso un límite. No se olviden que el 3 de diciembre del ‘90 fue el último golpe militar en la historia argentina. Se reprimió, se los metió presos.

¿Cómo era el balance entre el Kohan “ciudadano” y sus ideas y el Kohan funcionario que debía ajustarse a ese pragmatismo de la gestión?

Reparos no podés tener cuando hay que tomar decisiones. Las cosas hay que hacerlas cuando hay que hacerlas, sin miramientos. Vos no resignás convicciones, te toca decidir y decidís lo que creés que es mejor. Yo siempre estuve de acuerdo con que hay que pacificar un país para que el país funcione.

Volviendo a la idea de “había que hacerlo”: cuando privatizan los fondos jubilatorios, ¿ustedes no podían ver que eso iba a ser un gran negocio para los bancos?

Hay que ver. El tema de los fondos de pensión en manos de quienes en definitiva lo usan para resolver problemas puntuales, es peligrosísimo. Pero en su momento tener el déficit de los fondos de pensión era una carga muy grande. Se podría haber mejorado el sistema, pero yo creo que no había otra opción.

¿Se extraña el poder?

Si, la descompresión es fea. Nadie está preparado para dejar de ser el número uno o para dejar de estar en un lugar. La soledad del poder, dicen, pero la peor soledad es no tenerlo. Y ojo que yo tuve la suerte de mantener la familia, los amigos, porque el poder también te da la opción de largar todo, y a la vuelta de la historia, la familia y los amigos te ayudan mucho. Pero que se extraña, se extraña.

Menem es una persona de buenas maneras; Kirchner era un bravo, “el furia”. Pero los dos fueron a su modo terribles caudillos, uno siempre los veía sonrientes. ¿Cómo ejercía la autoridad Menem? ¿Cómo generaba el hielo que generan los tipos que tienen poder?

Menem combinaba fondo y formas. Son estilos, personalidades, a veces hasta son razas. Creo que la raza árabe tiene esa forma también. No necesariamente tenés que gritar para hacer lo que tenés que hacer. Cuando fue el tema de Rojas yo le dije “presidente, permítame no estar”, porque mi mamá lloraba, hablabas de Rojas y lloraba, puteaba, y me quedaba eso en la cabeza. Me dijo: “te equivocás, tenés que estar”. Y cuando Menem lo recibe a Rojas, yo creo que fue un gesto impresionante de distensión, porque ¿cuál era el sentimiento de muchos sectores? No era anti menemismo, era anti peronismo, sin análisis, rechazo de lo popular, fueron gestos.

Es el final. Rengo, Kohan nos acompaña hasta la puerta de la oficina. “El matrimonio es una cruz tan pesada que hay que llevarla entre tres. Yo dormí más tiempo con Menem que con mi mujer”. Su historia con Menem tiene un año: 1973; y un corolario: 1989. Cuando abre, decide bajar con nosotros. Nos despedimos en la calle. Se va caminando por Libertador, a la altura de Retiro. Lo vemos perderse. Renguear y perderse. Nadie lo saluda. Es como un hombre devuelto a los brazos del anonimato de una multitud que habla por celular. Verlo así impone una mirada sobre esa década paradojal de mercado y democracia, una fase del capitalismo que tenía en el centro de su sistema la democratización como condición de posibilidad. Modernidad, libertad y exclusión social. Todo a la vez.

Hay una escena final de ese melodrama llamado Nixon que filmó el voluptuoso

Oliver Stone, donde Nixon (Anthony Hopkins) pone de rodillas al mismísimo Henry Kissinger, para que rece con él. Son dos hombres rendidos ante su propia obra, que no se sienten agradecidos. Y cuando no hay nada hacia abajo habrá que mirar hacia arriba. Después de eso, ya solo, Nixon se detiene ante un cuadro donde JFK luce joven, como las mejores promesas del sueño americano. Y le dice algo: “Cuando te miran a ti ven lo que quieren ser. Cuando me miran a mí ven lo que son”.

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