“Yo sucedo, tu sucedes, el sucede…”

 

“Vamos a expulsar a la gente que ha traicionado
el programa de gobierno de Alianza País…
El “primero” en ser expulsado debe ser Moreno,…
el mayor traidor que está gobernando
con la derecha, con los banqueros”.
Rafael Correa 2017

“Si el pueblo dice que se modifique la Constitución
para la reelección se hará, si no, no. Es lo más democrático
Algún jerarca de la Iglesia católica boliviana
dice que es importante la alternancia.
¿Y acaso hay alternancia para el hermano Papa Francisco?”
Evo Morales 2016

“Mi único heredero es el pueblo”
Juan Perón 1974

Hace aproximadamente seis años, y en un contexto histórico regional muy distinto al actual, nos interrogamos acerca de las sucesiones presidenciales. En ese texto, que se titulaba ¿Reelección indefinida o sucesión controlada para institucionalizar el modelo?, advertíamos acerca de las dos opciones que tenían a mano los primeros mandatarios sudamericanos para asegurar la continuidad del modelo de inclusión en marcha: reelección indefinida o sucesión controlada por el líder saliente. Luego de un lustro intenso, cambiante y aún abierto, las sucesiones presidenciales continúan siendo un tema complejo. La reciente decisión del Tribunal Constitucional Plurinacional de Bolivia de habilitar a Evo Morales para presentarse nuevamente en las elecciones presidenciales de 2019, y el enfrentamiento abierto entre el presidente saliente Rafael Correa y el entrante Lenin Moreno actualizó un debate que tiene mucha historia en la región.

Luego de un decenio de crecimiento económico sostenido, de ampliación de derechos civiles, políticos y sociales para amplios segmentos de la población y de un proceso de estabilidad política inédito en la región, los liderazgos presidenciales sudamericanos debieron, por los límites constitucionales establecidos en cada uno de los países, ordenar su propia sucesión. En la mayoría de los casos, ésta se realizó mediante la designación por parte del líder saliente de un sucesor amigable en términos ideológicos y/o personales. En otros casos, el nombramiento no tuvo las características señaladas, y se trató de una sucesión menos amigable en términos políticos. Por último, y en franca minoría con respecto a los casos precedentes, el líder presidencial optó por la reelección indefinida.

Lejos de indicar una hoja de ruta ideal, este post pretende exponer las dificultades que tiene el recambio presidencial en Sudamérica. La concentración de recursos de poder en un presidente estable (y exitoso) constituye un activo que estos líderes hacen jugar hasta el final de su mandato. Teniendo en cuenta la inseguridad que habita en el permanente ejercicio del poder presidencial, los primeros mandatarios que logran estabilidad a lo largo de sus mandatos, tienen una tentación congénita para extender el lapso constitucional. El campo fértil de baja institucionalización que caracteriza al juego democrático regional incrementa, en el mejor de los casos, las alternativas reeleccionistas o en su defecto la designación controlada de un sucesor. Ese es el contexto en el cual los liderazgos sudamericanos escogen sus estrategias políticas, y los límites que encuentran en la expansión de su propio ejercicio del poder. Pero veamos con atención cuáles fueron las estrategias que los presidentes del giro a la izquierda (y adicionaremos a Uribe) llevaron adelante en el momento de la sucesión.

Como dijimos unos párrafos arriba, la reelección indefinida no fue la opción elegida por la mayoría de los líderes estables del siglo XXI. Sólo Hugo Chávez y Evo Morales escogieron esta alternativa. El colombiano Álvaro Uribe intentó (sin éxito) un tercer mandato presidencial, pero no en la modalidad “indefinida”. En los tres casos la decisión de trascender estuvo presente, pero las modalidades para llevarlas adelante fueron disímiles: Chávez la logró mediante referendo (era el segundo, el primero lo había perdido por un pelito), Evo la obtuvo por decisión judicial (al igual que Chávez había perdido su primer intento vía referendo) y Uribe había logrado la venia legislativa, pero fue la Corte Constitucional quien le bajó el brazo. Es decir, sólo el líder venezolano conquistó mediante un apoyo popular extraordinario (superior al 55%) la reelección indefinida. En los otros casos, tanto Morales como Uribe debieron esperar decisiones judiciales para habilitar nuevos mandatos. En un caso en forma afirmativa, y en el otro negativa. Asimismo, debemos señalar que se trata de tres casos que con anterioridad habían logrado reformar los textos constitucionales que vedaban la posibilidad de reelección inmediata.

Frente al afán re reeleccionista emerge otro conjunto de presidentes que apostaron a los sucesores. Los casos de Rafael Correa, Lula Da Silva y Cristina Fernández de Kirchner (todos con reelección inmediata) marcan esta segunda estrategia sucesoria. También se debería agregar a esta lista el Chávez de diciembre de 2012 y al propio Uribe luego de su frustrada reelección. Y las sucesiones uruguaya y chilena, siempre tan particulares. Veamos más de cerca por orden de llegada. Impedido de la reelección (y con un nulo afán de toquetear el texto constitucional) Tabaré dejó en manos del Frente Amplio su propia sucesión. Apostó a su delfín, el “eterno malogrado” Astori, pero las bases del Partido miraron con más amor a Pepe Mujica. Hubo sucesión exitosa para el FA, no tan exitosa para el médico oncólogo.  Año más tarde, Lula debió afrontar el mismo dilema. A diferencia de Vázquez apostó a su propia candidata dentro de su Partido y logró convertirla en presidenta cuando a siete meses de la elección contaba con un dígito de apoyo popular. Ese mismo año Uribe también debió dejar el gobierno, y sus apuestas personales naufragaron frente a un indetenible Juan Manuel Santos. A pesar de ser el ministro estrella de su gobierno (pieza clave en la política de Seguridad Democrática de Uribe), Santos dio marcha atrás con esa política de confrontación armada, y negoció un acuerdo de paz con las FARC. Dos años más tarde, ante la evidencia de su seguro fallecimiento, Hugo Chávez designó en cadena nacional a Nicolás Maduro como su sucesor. Por último, los casos de Cristina y Correa cierran la lista. Como sabemos la líder argentina no congeniaba ni ideológica, ni personalmente con su sucesor, pero la “presión” de los gobernadores (y de las encuestas) le abrieron el camino al, a la postre, derrotado Daniel Scioli. Al igual que Lula, el caso ecuatoriano guarda aristas similares. Correa designó a un “propio” Lenin Moreno como sucesor, y bancó toda la campaña electoral para asegurar su triunfo. Eso sí, a diferencia del recambio brasileño, las diferencias se dieron en el ejercicio del poder: su sucesor decidió hacer “rancho aparte”. El caso chileno representa un oasis en este contexto. La dos veces presidenta Bachelet (en la primera se retiró con más de 80% de aprobación) nunca pudo elegir su sucesor y siempre fue “sucedida” por el candidato de derecha Sebastián Piñera.

¿Qué nos dice todo este recorrido histórico? Que ninguna estrategia asegura una sucesión exitosa. Quienes argumentan en contra de la reelección indefinida (paradójicamente nada dicen de la que existen en los parlamentarismo europeos) lo hacen dando cuenta del deterioro institucional y de los peligros que acecharían a la democracia. También muestran que quienes se inclinaron por esa vía no resultaron exitosos en la estabilidad política (Chávez, Perón, etc.). Aquellos que cuestionan las sucesiones entre pares, reflexionan acerca de las dificultades para mantener indemne el legado del presidente anterior, de la inevitable confrontación entre el saliente y el entrante y de la carencia de estabilidad política luego del recambio.

La apuesta de Evo Morales de avanzar hacia la reelección inmediata seguramente, y acá arriesgamos un cachito, estuvo enmarcada en las dificultades que tienen los procesos sucesorios. Con excepción del binomio Lula-Dilma, y en mucho menor medida Tabaré-Mujica, el resto de las sucesiones originaron conflictos internos en la fuerza oficialista. Y más: la mejor sucesión culminó en un impeachment. Si la estrategia sucesoria no resultó, con evidencia empírica en mano, para nada exitosa, ¿deberán los liderazgos estables avanzar en la reelección indefinida? ¿Será la única estrategia viable para mantener la estabilidad política y el legado? En el mismo andarivel ¿las sociedades sudamericanas son permeables a estos avatares reeleccionistas?

La suerte de Evo Morales en 2019 dará cuenta de estos dilemas. Falta un rato largo. Mientras tanto, esperamos cómo se desarrolla el juego. Eso sí, se vienen las sucesiones del giro a la derecha. ¿Tendrán las mismas características de las del “giro a la izquierda”? ¿Irán por reelecciones inmediatas o indefinidas? ¿Serán sucesiones controladas? ¿O no? Entonces… ¿Habrá sucesión dentro de ese espacio político ideológico?

“Para finalizar, la pregunta a develar continúa siendo: ¿es posible garantizar la continuidad del modelo sacrificando la sucesión propia o controlada? O para decirlo correctamente ¿cuál es la estrategia que garantiza una sucesión que de línea de continuidad a lo alcanzado? Por fuera de los marcos y de los lemas de campaña ¿es posible (o factible) que el candidato sea el modelo? Hasta hoy ambos interrogantes los responde un rotundo no. ‘¿Habrá una respuesta afirmativa en el futuro de las sucesiones? La dados están el aire, y los futuros recambios hablarán por sí solos”

 

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Doctor en Ciencia Política y docente (UBA- UNSAM- FLACSO)