agulewit

Antipolítica, pecheras y la Patria es el otro.

Aunque por momentos pareciera haber perdido la eficacia de la que gozó en años anteriores, el discurso de la antipolítica se rearma y vuelve a aparecer constantemente.

Fogoneado desde los grandes medios de comunicación, paradójicamente utilizado como principal argumento por distintos personajes políticos, lo cierto es que los argumentos refractarios a la política –que, por supuesto, constituyen ellos mismo un argumento y una posición política determinada- siguen encontrando asidero en amplios sectores de la sociedad.

Esta vez, dicho discurso reapareció bajo la forma de las críticas que recibió La Cámpora por colaborar con los afectados de las inundaciones utilizando pecheras identificatorias: “aprovechamiento político de la tragedia”, argumentaron unos, “apropiación política y partidaria de las colaboraciones desinteresadas”, denunciaron otros.

En cualquier caso, lo que las distintas críticas dejaron ver, además de la ya acostumbrada demonización de la militancia juvenil, fue la idea, aún sin hacerla explícita del todo, de que la verdadera solidaridad –es decir, aquella que merece ser mostrada en la televisión como un ejemplo a seguir- es la que se ejerce desde el puro desinterés, y, claro está, aquella que es absolutamente apolítica.

Es decir, las críticas a la presencia de La Cámpora en los operativos de ayuda a los damnificados, se montaron enarbolando una idea de solidaridad casi como un acto misericordioso, subsidiaria de la caridad, que nada tiene que ver con el terreno putrefacto y corrompido de la política: la solidaridad como un gesto inocuo, casi como una expiación de culpas.

Sin embargo, mal que les pese, además de mucha otra gente que se movilizó de forma independiente motivada por distintas razones, también se movilizó la juventud militante movida por el compromiso que le impone su participación política. Tal como lo hace, por lo demás, desde hace tiempo en los distintos barrios del país, no sólo cuando el agua arrasa con todo. Y estuvo identificada, sí. Y mostró orgullosa los símbolos de esa identificación política. Porque ésos símbolos no están al vicio: dotan de un sentido específico a lo que hacen, encuadran sus acciones, les dan referencias. Ésos símbolos los nuclea en torno a un proyecto en común. Son símbolos que funcionan como carta de identidad de una pertenencia colectiva.

Y este fenómeno no es una cuestión menor: en esa nueva aproximación de los jóvenes a la política, en ese novedoso sentimiento de pertenencia que parte de la juventud siente con la militancia social, descansan las mayores potencialidades de este proyecto transformador. Potencialidades presentes, pero más que nada futuras. Y quienes a él se oponen lo saben muy bien, y por eso atacan por ahí, y por eso, además, preferirían seguir hablando de “los jóvenes y las drogas”, de “los jóvenes y la violencia en los boliches”.

“La Patria es el otro”, dijo Cristina, apenas unos días antes de las inundaciones, sin saber cuánto de esa frase se jugaría en los días subsiguientes. Por que en definitiva, qué duda cabe ya, lo que se está jugando desde hace tiempo en el país, es la consolidación de un proyecto político que plantea reconstruir las relaciones con los otros -es decir, entre nosotros mismos- desde un lugar distinto al de las últimas décadas, en términos más igualitarios, menos desiguales, más solidarios. “La Patria es el otro”, en ese sentido, es una declaración de principios contra el violento individualismo, contra el sálvese quien pueda que nos encegueció frente a las necesidades de quien teníamos al lado. “La Patria es el otro” expresa el corazón de un proyecto político inclusivo que está reconstruyendo un tejido social casi inexistente hasta hace algunos años, y que busca consolidarse a pesar de la resistencia de los que siempre tuvieron la manija.

Hay que celebrar profundamente, entonces, la presencia de los jóvenes poniendo el hombro frente a la adversidad, dando muestras cabales de su compromiso social.  Y hay que comprender que están allí por que desde hace un tiempo la política aprendió a interpelarlos, aprendió a seducirlos a partir de mostrarse ella misma ya no sólo como un instrumento al servicio de los poderosos, sino también como una herramienta de profunda transformación. Hay que ver también allí las señales de una nueva época, un elemento más de ruptura, un fenómeno novedoso y disruptivo que se suma a otros tantos que conforman un nuevo tiempo.

Muchos jóvenes estuvieron y estarán en los barrios, exhibiendo sus filiaciones políticas, con pecheras, con banderas, haciendo trabajo territorial, acercándose a los sectores más postergados, estando presente en lugares donde el estado recién empieza a asomar luego de décadas de ausencia. Y estarán allí porque se convencieron de que al otro hay que incluirlo, hay que arrimarlo, hay que hermanarlo, no por caridad, sino por un comprometido sentido de justicia que es profundamente político.

Agustín Lewit.

Celebración de la Memoria.

La memoria es política y es siempre un ejercicio de muchos. Por su carácter colectivo, la memoria es también un campo de batalla, una disputa incesante por los signos del pasado, por las herencias, por los dolores, por todo aquellos que se recuerda o se silencia y olvida. La memoria se mueve –o mejor aun- es ella misma un espacio conflictivo, afectado por el cruce y la tensión entre distintos intereses, por una trifulca que, aunque a veces engañe con detenerse y descansar bajo formas fijas, siempre se encuentra en movimiento. La memoria lleva la marca de la contingencia y de lo abierto.

El kirchnerismo ha entendido esto desde muy temprano y decidió jugar una de sus principales cartas allí, precisamente en el plano de la memoria, espacio que funciona también como una fábrica de identidades sociales. Parte de esa experiencia absolutamente singular y transformadora que es la experiencia kirchnerista, se debe a que la misma produjo una intervención muy significativa en la memoria colectiva.

A diferencia de los años neoliberales, en lo que se levantaban las banderas de un presente sin historia, o, más precisamente, se presumía del fin de la misma, el kirchnerismo nunca dudó en mostrar los lazos que lo ligaban con ciertas tradiciones y ciertas generaciones del pasado argentino. Se presentó, así, –aunque ello no agote toda la historia pasada del kirchnerismo, ni contemple necesariamente a todos los que hoy se reconocen dentro de él- como una experiencia situada, como una fuerza política que traía consigo demandas y reclamos de sectores desoídos e invisibilizados, y frente a los cuales dejaba ver su filiación y un gran compromiso con los mismos. Somos los hijos y los nietos de las Madres y las Abuelas, dijo Kirchner, más de una vez. La memoria, y a eso se refería, entre otras cosas, aquella frase, supone siempre también la actualización de una herida abierta. Y en ese sentido, el kirchnerismo decidió asumir como propia una herida que permanecía descubierta y viva en lo profundo de la sociedad, rescatarla de la periferia y ponerla en el centro de la escena social, para ayudar a suturarla desde el Estado –cosa que, por lo demás, nunca es posible del todo. Es esa decisión –la de volver estatal una memoria que había sido relegada a una posición casi subterránea- la que dio el contexto y funcionó como condición de posibilidad de, por ejemplo, el pedido de perdón del Estado argentino por los crímenes durante la dictadura, la anulación de las inefables Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, o la reactivación de los juicios contra los represores (quizás no esté de más recordar aquí, que sólo en el último año 378 represores tuvieron condena). Y fue esa decisión también, la que permitió la recuperación de los ex centros clandestinos de detención, lo cual implicó, entre muchas otras cosas, definir el uso que se le iba a dar a esos espacios donde tiempo atrás se había alojado el horror.

En el caso particular de la ex Esma, contrario a la idea de sacralizar dicho espacio y exhibirlo exclusivamente como una pieza de museo de la atrocidad, el Estado propició una ocupación masiva de la misma. Allí, otra vez, hubo una intervención sobre la memoria profundamente política. La Esma será siempre el escenario del horror. La Esma será siempre el centro clandestino de detención más grande de la historia argentina, donde cinco mil personas fueron cruelmente asesinadas y donde nacieron cientos de niños de los cuales mucho permanecen aun hoy apropiados. Pero también, desde hace algunos años, la Esma es el espacio donde distintos organismos de Derechos Humanos conviven, coexisten, se cruzan, proyectan, trabajan, discuten. La Esma se ha convertido de un tiempo a esta parte, en un espacio donde es posible también un encuentro académico, una manifestación artística, un acto político. Eso, imagino, habrá implicado, e implica permanentemente, un ejercicio desgarrador de romper la extrañeza que produce ese edificio, una gimnasia cotidiana y sin tregua en vistas a apropiarse de un lugar tan impropio, tan inhumano. Pero en esa ocupación, que implica, claro está, convivir con la presencia fantasmal de la tragedia y, en parte, apropiarse también de ella, se apuntala la certeza de que es posible volver del horror, de que es posible regresar del espanto y vencer el miedo, el silencio, el olvido. Adorno sostenía que la mejor forma de que Auschwitz no vuelva a ocurrir, era no apartar del todo ese espanto de nuestra vista y de nuestra memoria. En la resignificación de la Esma, la cual supone el gesto casi milagroso de llenar de vida lo que hasta ayer era sólo muerte, pero sin invisibilizar del todo las huellas siniestras del pasado, está la clave para que el horror no vuelva a ocurrir. Quizás por eso a algunos esa resignificación, que a veces adquiere la forma de una celebración, los inquieta tanto.

Periodismo y objetividad: una relación en crisis.

Hasta hace apenas un tiempo atrás, resultaba muy común escuchar frases tales como: “te juro, lo leí en el diario”, “de verdad, lo vi en la televisión”, “aunque parezca increíble, lo escuché en la radio”. El hecho de que un acontecimiento o información apareciera difundido por algún medio de comunicación, y esto se reforzaba aun más mientras mayor masividad tuviera el medio, era condición suficiente para dotar al mismo de una objetividad incuestionable.

Hoy, sin embargo, aquello ya no resulta tan claro; o al menos no de la manera en que resultaba tiempo atrás. Por ejemplo, no sería extraño que, en el contexto actual, aquellas frases sean replicadas con otras del estilo de: “sí, pero ¿en qué diario lo leíste?”, “bien, pero ¿en cuál canal lo viste?”, “ajá, ¿y en qué radio lo escuchaste?”. La pregunta por el quién informa y el desde dónde lo hace han cobrado de un tiempo a esta parte una relevancia inédita en nuestro país. Y ello debe ser leído, sin dudas, como un avance cultural de la sociedad, en tanto supuso empezar a romper con una idea, muy instalada en el sentido común, que vinculaba de manera natural y acrítica información y verdad objetiva; una relación, por lo demás, apuntalada y reforzada por décadas desde aquellos sectores que, paradójicamente, se dedicaron a hacer de la información un negocio.

En los últimos años las costuras que ligaban al periodismo con la objetividad absoluta han empezado a mostrarse y se ha abierto con ello un espacio claro para repensar los procesos de producción de información en general.

Las innumerables acusaciones cruzadas en el mundo periodístico -de un lado acusados de “periodistas militantes adeptos al Gobierno” y del otro, de “periodistas al servicio de los intereses de un grupo económico”- no han hecho otra cosa, en este sentido, que desnudar un elemento constitutivo –y por ello mismo inerradicable- de todo proceso de comunicación: todo acto de información responde a un conjunto determinado de intereses, los cuales definen un locus específico desde dónde se informa, a la vez que un cierto recorte de aquello que se busca informar. La idea de la información como acto de neutralidad valorativa, presentada muchas veces también con aquella fórmula de periodismo independiente, resulta entonces una entelequia, una falsedad que niega, desconoce o evita hacer manifiesto el hecho ineludible de que cualquier acto informativo, en tanto no es otra cosa que una dotación de sentidos frente a lo que acontece, es siempre parcial, sesgado, incompleto.

Sobre estos supuestos, entonces, es que hay que pensar y dar batalla respecto a los perjuicios que supone para una sociedad el hecho de que la producción de la información –digámoslo un vez más: que la construcción sesgada y parcial de sentidos sobre la realidad- se encuentre monopolizada y concentrada en un pequeño sector; cuestión que se agrava aun más cuando dicho sector es, antes que nada, un grupo económico que, como cualquier otro grupo de su naturaleza, persigue el fin de maximizar sus ganancias.

Ahora bien, si la producción de la información nunca puede ser completamente objetiva, de lo que se trata, en consecuencia, es de asegurar la mayor cantidad de voces que cuenten e interpreten la realidad desde múltiples perspectivas. La objetividad informativa sólo encuentra su reaseguro en la existencia de una multiplicidad de visiones, es decir, en la coexistencia de diversas miradas parciales. Y es eso precisamente lo que la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual se ha propuesto instalar en su espíritu más profundo. Como una arista más de una tendencia que lleva casi una década, en la cual el Estado ha recuperado su papel de dinamizador y patrocinador de nuevos derechos políticos, civiles, sociales y económicos, esta nueva Ley regula y pretende volver más democrática una cuestión absolutamente sensible para la vida en sociedad.

Y por eso, también, resulta crucial que entre en vigencia de una vez por todas el afamado artículo 161, ya que materializa uno de los pilares de la normativa: limitar y garantizar una estructura de propiedad de medios no oligopólica. Restan todavía los infinitos desafíos respecto a asegurar también la multiplicidad de contenidos.

Entre los muchos cambios sustantivos de los últimos años, hay uno que  consistió en comprender, desde el Gobierno pero también desde grandes sectores de la sociedad, que la información -para algunos, exclusivamente un negocio- puede y deber ser entendida también como un derecho y como un servicio. Y que ése derecho y ése servicio sólo pueden existir en un ámbito dónde se asegure la pluralidad. Haber comprendido eso excede por completo a cualquier gobierno. Es un avance que nos pertenece a todos y es irreversible.

El futuro de las cacerolas

Como en las vísperas de un clásico de fútbol, así se vivieron las semanas anteriores al 8N. Finalmente, y tras muchos días de fuego cruzado, donde fue posible escuchar tantas críticas como apoyos a la movilización, el día llega.

Mucho se dijo en las últimas semanas respecto a los vínculos entre los organizadores del cacerolazo y ciertos políticos y representantes de distintos grupos de interés. Nadie se sorprendió demasiado cuando se conoció la participación activa en el armado del 8N de la Sociedad Rural, de la Fundación Pensar, del Grupo Clarín, de la Coalición Cívica y del Pro, entre otros.

Ahora bien, si por un lado es cierto que volver visibles esos hilos ayuda a desterrar aquella bandera del “espontaneísmo” con la cual se legitimaron los cacerolazos anteriores -y al mismo tiempo, permite ver qué sectores están jugando en las sombras- las lecturas y análisis de la movilización no deberían agotarse allí, ni dar tampoco por sentado que la misma se monta sobre una argamasa de reivindicaciones e intereses homogéneos. En efecto, la pregunta sería: ¿es posible leer la movilización desde otro lugar que no sea el de un montón de golpistas y desestabilizadores atentando contra un gobierno popular?

Si bien es indudable que hay muchos sectores intentando sacar su tajada de éste cacerolazo –entre ellos, sectores no muy afectos a la democracia-, no menos cierto es que la bronca de una gran parte de los movilizados también tiene como destinatarios a los partidos políticos opositores. En ese sentido, la repetición de estas manifestaciones políticas extra-institucionales nos habla, en parte, de que la profunda crisis de representación de 2001 todavía sigue vigente para un sector de la sociedad, el cual no logra referenciarse con ninguna fuerza política opositora. Frente a esa situación, cabe preguntarse quiénes son los perjudicados por esta disociación entre representantes opositores y representados descontentos. Por un lado, claro está, pierden todos aquellos que, no conformes con el rumbo actual del país, no logran encontrar una fuerza política que aparezca como una alternativa real y factible de ser gobierno dentro de todo el espectro opositor. Por otro lado, la sufren todos los partidos opositores que, ni siquiera después del duro revés electoral de 2011, han podido comprender que una oposición política seria no puede estar atada (al menos no totalmente) a los intereses de los medios concentrados. Y, finalmente, también pierde la democracia en su conjunto, puesto que la ausencia de una oposición que canalice demandas e intereses de las minorías –o bien, cuestiones que el oficialismo no considera prioritarias- termina afectando el funcionamiento de la democracia en general, poniendo en riesgo en última instancia su continuidad misma.

Debemos comprender, por otra parte, que es absolutamente legítimo que un sector de la sociedad se oponga, por ejemplo, a la Asignación Universal por Hijo, a la estatización de las empresas privatizadas, o a una mayor inclusión de los sectores menos favorecidos; no es un pecado moral que alguien privilegie sus intereses individuales por sobre el bienestar colectivo, y, en consecuencia, le parezca inconcebible tener que resignar unas vacaciones en el extranjero porque el país necesita frenar el éxodo de divisas. Hay que evitar esas lecturas cuanto menos ingenuas que entienden la confrontación en términos de buenos contra malos, o de causas verdaderas contra causas erradas. La política se trata precisamente de las disputas, las contradicciones, y los choques entre distintos intereses, ideales y valores. Asumiendo entonces esa inerradicabilidad del conflicto, la cuestión fundamental pasa por pensar las maneras en que podemos contener esa dimensión antagónica de lo político dentro de los cánones democráticos. La mejor manera que encontraron las sociedades modernas hasta el momento es el juego democrático entre distintas fuerzas políticas.

Así, una pregunta posible pensando más allá del 8N, podría ser si esa protesta anti gobierno logrará convertirse en algún momento en un proyecto político -o en varios- que logre articular reivindicaciones, reclamos e intereses de aquellos sectores que hoy se movilizan sin otra perspectiva que hacer sonar sus cacerolas.

La necesidad de que ello ocurra es evidente. Sólo falta que alguna fuerza política decida estar a la altura de las circunstancias.

Agustín Lewit.

The Lanata’s show

Anoche, muy fortuitamente me crucé con el programa de Lanata, justo en el momento en que empezaba a mostrar un informe sobre un supuesto tour de compras que habría hecho CFK en Nueva York, durante su visita reciente. Sex and the city Cris, se titulaba, o algo por el estilo.

La voz en off del flamante periodista-star de Clarín iba nombrando una larga lista de exclusivos negocios de la Madison Avenue en los cuales, según él, la presidenta habría adquirido innumerables accesorios de lujo: zapatos de miles de dólares el par, carteras con precios desopilantes, trajes exclusivos, etc.

Lo llamativo es que su denuncia (?) no iba acompañada de ninguna prueba concreta: ni una sola foto, ni una factura, ni un testimonio siquiera de alguna vendedora, que dé un poco de crédito a lo que se intentaba denunciar.

Más allá de la pobreza periodística del informe, yo pensaba que sólo una persona con escasas luces podría suponer que Cristina efectivamente salió a hacer shopping en medio de una asamblea de la ONU; sólo alguien con mucha imaginación y muy poco sentido común puede creerse esa ficción, más propia de una revista de peluquería, que de un programa que se vende a sí mismo como periodismo político –imagino, además- con alguna pretensión de credibilidad.

El informe continuaba presentando el “lujoso” hotel en el que se hospedó Cristina y su comitiva, tratando de resaltar, como no podía ser de otra manera, el supuesto lujo excesivo y casi pornográfico del mismo. A decir verdad, más allá de una gran vista de NY, el hotel no se diferenciaba mucho de cualquier cinco estrellas de esos que abundan cualquier gran ciudad.

Pero más allá de esas intenciones falladas, ¿Qué tipo de hospedaje considera Lanata acorde para que el presidente de un país se aloje? ¿Un hostel? ¿Una estación de trenes? ¿Pretenderá que Cristina duerma en una carpa en el medio del Central Park? ¿Acaso se sentiría mejor si Cristina hablara en la ONU envuelta en un poncho y con alpargatas de yute? ¿Puede ser eso el signo de coherencia, credibilidad y honestismo de un político? O, en todo caso, ¿puede ser eso lo más importante?

El denuncismo pobre y barato que Lanata profesa domingo tras domingo, parece haberse quedado anclado en aquel fenómeno de la farandulización de la política, en tiempos en que la pizza con champagne daba ese tono tan peculiar a los años noventa, y todos estábamos al tanto de cuántos autos tenía Menem, de dónde vacacionaba María Julia, de cuál político con qué empresario compartían grandes fiestas en Pinamar. Mientras tanto, ya lo sabemos, en la política real, esa que verdaderamente afecta la vida cotidiana de millones, se llevaba adelante un proceso de vaciamiento del estado con niveles de corrupción sin precedentes.

El informe que presentó Lanata, volviendo al tema que nos convoca, se cerraba allí para continuar luego con otro, en el cual él mismo (¿le habrá costado mucho conseguir los dólares?) entrevistaba a las marionetas, perdón, a los estudiantes de Harvard que habían repetido, digo, que habían realizado preguntas a CFK.

Respecto a lo que nuestra presidenta concretamente dijo en la asamblea de la ONU, ni una mueca por parte de la estrella clarinística. O sea, sobre cómo Cris enfrentó con valentía las amenazas de Lagarde, nada; sobre cómo defendió firmemente, en uno de los escenarios más importantes del mundo, nuestra soberanía nacional y la libre determinación de los pueblos, mutismo absoluto; sobre cómo condenó al FMI, diciendo lo que todos saben y pocos se animan a decir, ni media palabra.

Así como un artista se mide por sus obras, a un periodista no hay otra forma de juzgarlo que no sea por el tipo de periodismo que hace y profesa. Basta con sintonizar un ratito nomás canal 13 los domingos a la noche y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Democracia a la cacerola

“¿Democracia o diktadura? Por una verdadera República, digamos basta. Ni un K más”. Tal es la consigna con la que un sector de la sociedad –difícil identificar su pertenencia partidaria o su filiación política- está convocando a movilizarse hoy en distintos puntos del país, para expresar su descontento hacia el Gobierno nacional.

La frase está cargada sentidos y supuestos. Evidencia, además, las palabras y los significados con los que un sector de la sociedad piensa la política actual.

Lo primero que llama la atención es la antinomia con la que se abre la consigna: ¿democracia o diktadura?. Así, el llamado a la movilización es motivado a partir de presentar una contienda entre la “tiranía cristinista” – autoritaria, déspota, monárquica- y una Democracia con mayúsculas, a la que no agregan mayores definiciones.

Frente a esta indefinición, sería bueno saber qué concepción de democracia este sector llama a defender, o lo que es igual, cuál es la forma de gobierno que imaginan ideal, deseable, digna de vivir.

Para enfrentar esta vaguedad podemos prestar atención al concepto que aparece continuando la frase, es decir, “una verdadera república”. La aparición de este nuevo concepto parece echar un poco de luz: la democracia que ellos suponen verdadera es una que asuma la forma republicana; es decir, una democracia que preste atención a la tan preciada calidad institucional, que practique la mesura política, la búsqueda de consensos por sobre el conflicto, el control entre los poderes, etc. Aparece así, nuevamente, y aun cuando los que se sientan interpelados o reproduzcan esta consigna no lo sepan del todo, aquella visión que en nombre de un republicanismo puro, pacato, europeizante, condenó toda forma de gobierno popular por considerarlo una forma fallada, contaminada por excesos, cercana al fascismo.

Respecto al otro término de la contradicción, “diktadura”, es preocupante, en primer lugar, el uso extremadamente liviano que hacen de un concepto con tanta significancia para la historia argentina; podríamos pensar que ese uso es posible sólo a condición de vaciar de contenido el concepto mismo. Pero, en segunda medida, resulta ciertamente llamativo –también, claro está, sintomático- que con el término dictadura se refieran a un gobierno electo y reelecto con amplísimo apoyo popular y, más fundamental aun, a un gobierno que ha consagrado derechos de mayorías y de minorías  como casi no hay antecedentes en nuestra historia nacional. Ni hablar de la absoluta libertad de la que gozan para convocar a movilizarse en contra del gobierno, o de los ataques sistemáticos que a diario se realizan desde la corporación mediática, los cuales hablan a las claras de una plena libertad para decir, hacer y opinar.

Pero más allá de las reflexiones que puedan hacerse en torno a la forma en que se convoca a la movilización, en el fondo, quizá, debamos celebrar  que otros sectores de la sociedad sientan la necesidad de organizarse y movilizarse en defensa de sus intereses.

Sería muy positivo, eso sí, que quienes decidan hacerlo, se preocupen menos por expresar su odio anti-kirchnerista y se dediquen más a plantear posicionamientos claros respecto, por ejemplo, a qué tipo de economía defienden, qué opinión tienen sobre los Derechos Humanos, qué posición asumen frente a la desigualdad social, cómo imaginan las relaciones de Argentina con la región y el mundo, qué concepción tiene del Estado, que piensan respecto de la injerencia de éste en la economía, etc. En definitiva, que puedan conformar una oposición política que efectivamente represente y se articule en torno a un proyecto político alternativo.

Aquellos que no nos movilicemos, por nuestra parte, deberíamos evitar las lecturas moralizantes, esas que entienden la contienda política como una lucha entre buenos y malos, o entre razones verdaderas y erradas, y comprender, por el contrario, que del otro lado también hay intereses por defender. Y que si, como rara vez ocurre, los sectores más acomodados sienten la necesidad de salir a las calles a defenderse, es por que sus privilegios, como mínimo, han comenzado a ser cuestionados. Y frente a eso, cada uno sabrá de qué lado ubicarse.

Agustín Lewit.