
¿Qué tiene que ver la regulación del comercio de preservativos con la libertad sexual?
Finalmente, se reglamentó la esperada Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Esto reavivó, ligera y lastimosamente, la aparición de objeciones atemorizantes acerca de la inmensa cantidad de peligros que encierra esta norma hija de lo peor de la legislación chavista.
Como un año después, los argumentos siguen siendo los mismos, me veo dispensado de pensar nuevas contraargumentaciones. Y retiero lo expresado hace ya casi casi un año. Que dice más o menos así.
Con perdón por la intro autobiográfica, entré a la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA en 1988. Un par de años después, esa pareció ser una moda. Tanto como hoy parece ser una moda denostarla. Dos estúpidas modas.
De aquellos días finales del Alfonsinismo recuerdo el pequeño edificio de Callao al 900, desbordado en los teóricos de Alicia Entel, además de las primeras lecturas de Stuart Hall y Raymond Williams, las ganas de debatir, de aprender. Y el cruzarte en los angostos pasillos con alguna gente que todavía hoy suele estar cerca.
Recuerdo también que en la pared descascarada de mi habitación, junto a algún póster de Zappa o de Groucho, había un afiche con una consigna: “Por una nueva Ley de Radiodifusión”. Era de un Encuentro, creo, de Carreras de Comunicación que tenía lugar por esos días. Ya en ese entonces nos preocupaba a todos, con mayor o menor conocimiento del tema, lo que le estaba costando a la joven democracia darse esta nueva Ley. Ya sonaba escandaloso que habiendo pasado 4 años siguiéramos con la vieja norma procesista. ¡Cuatro años!
Veintidós años después debemos seguir escuchando impresentables que piden tiempo, que nadie se apure, que hay que pensar. Que no importan las decenas de proyectos cajoneados, la larga lista de atropellos y censuras, la corta lista de tipos que se atrevieron a ver cómo terminaba su carrera por haber cometido el pecado de pensar que algo había que hacer con el asunto.
Este es un gobierno extraño. Comparado con los gobiernos precedentes, debe decirse que “extraño” es un adjetivo con una fuerte carga positiva. Uno siente ganas de acercarse a esta gente al conocer a sus enemigos. Y ganas de alejarse al conocer a algunos de sus amigos. Pero lo cierto es que, por estrategia o patología, la máquina K no para de generar debates. Algunos de ellos sencillamente inimaginables hace algún tiempo. Desde la derogación de las Leyes de impunidad pasando por la reestatización de las AFJP, hasta llegar a este proyecto de Ley de Servicios Audiovisuales.
Podrá hacerse un listado larguísimo de intencionalidades ocultas, y muchas serán verosímiles. Pero discutir los hechos políticos en términos de intenciones parece a esta altura un ejercicio de ingenuidad exasperante. ¿Alguien podría cuestionar el fin de la esclavitud por esconder en rigor la necesidad de liberar las fuerzas productivas para el avance del capitalismo? ¿O ningunear los derechos adquiridos por la humanidad a partir de 1789 sólo por entender que la Revolución Francesa respondió más que nada a una necesidad de la burguesía europea de ganar más dinero?
El dar cuenta de fines escondidos deberíamos dejarlo para las malas biografías de Hallmark. Y dedicarnos a analizar de una vez por todas los hechos políticos. Pensar qué quedará de estos tiempos, cuando la distancia diluya los tonos y las formas.
En este sentido, si entre la herencia K se cuenta el haber terminado con una Ley de Medios firmada por Videla y arruinada por Menem, el balance será interesante.
De eso nos habla la reacción previsiblemente feroz y desembozada. Aquellas cosas que buscábamos con lupa los estudiantes de Semiótica II a fines de los 80, hoy nos las comentan tíos y vecinos, sorprendidos por las burdas maniobras del grupo y los grupitos.
Entre los periodistas, el tratamiento del proyecto del Ejecutivo revela comportamientos que siempre habíamos sospechado, confirma conductas de sujetos de los que no esperábamos nada y nos reencuentra con gente que pensábamos haber perdido (gracias por estar, Víctor Hugo). Pero algunos periodistas describen parábolas más complejas. Más tristes.
Así como se recuerda a los periodistas caídos por la represión, dentro de algunos años deberemos erigir un panteón para recordar a los periodistas caídos por la guita. Algunos han sido hábiles, al punto que nunca terminamos de saber quién les paga. Otros, menos ingeniosos (o menos acostumbrados a cobrar) se han expuesto en estas horas de un modo que ya no tendrá (vaya paradoja) retorno. Dentro de algunos años, en las carreras de periodismo se expondrá una figura denominada “Síndrome de Ernesto”. Se lo hará mentando el caso de un hombre, cuyo apellido ya nadie recordará, que irrumpió lenta pero decididamente hasta encumbrarse en el Prime Time de cierto Grupo multimediático. Nunca había sido demasiado brillante como algunos de sus compañeros de ruta. Ni tan formado. Pero tenía algo que lo hacía creíble. Cierta honestidad para permitirse dudar en público. Para no decir siempre lo primero que la corrección política indicara, aún pidiendo disculpas. Y uno le creía. Además, se lo veía así, algo desprolijo, con el cuello de su camisa doblándose hacia arriba, tratando de superar ciertas inhibiciones en cámara, contando escenas de una cálida vida familiar… Le creíamos. Pero, como el Síndrome de Ernesto describe, a medida que fue venciendo sus inhibiciones, sus cuellos rebeldes, su endeblez sintáctica, el hombre fue llegando a un lugar deseado. Envidiado, quizás. Claro que con ese lastre del que se desprendía se iba yendo también su capital más preciado: su capacidad de dudar, de preguntarse, de parecerse a un oyente curioso. Y de aquel “me parece”, “me pregunto”, pasó a acuñar frases menos modestas, más brutales, como “ustedes son todos ladrones” o la recordada “no me vengan con el verso de los monopolios”. Poco tiempo después ya nadie recordaría a Ernesto, pero su nombre serviría para describir algunas trayectorias dolorosas. No es poco.
Mientras tanto, en los títulos de tapa y en los zócalos siempre mal escritos de los canales de noticias, se llama “Chavización” a normas canadienses, “censura” a la regulación de cuántas licencias se puede tener y “apuro” al modo en que se presenta un proyecto paseado por más de 50 foros.
Y eso se parece bastante a la impunidad.
Supongamos que mañana la empresa de preservativos PRIME decide comprar varias de las marcas de la competencia: Tulipán, Camaleón, etc. Supongamos que la Comisión de Defensa de la Competencia actúa más o menos rápidamente con un dictamen del tipo: “Señor Prime: venda alguna parte de su empresa a otros competidores porque de lo contrario estaría en condiciones de imponer precios y condiciones a los consumidores”. ¿Alguien imagina a los voceros de la empresa hablando de que se está violando la libertad sexual? Bueno: los dueños de medios que ejercen posiciones dominantes en el mercado de la comunicación no se cansan de decir que una Ley que regule la cantidad de Licencias que puede poseer un licenciatario viola la libertad de expresión. Lo que se dice una verdadera forrada.
Debemos asistir, sin que haya cuestionamiento alguno, a que un fulano, socio de un tipo que no puede mostrar su cara por haberse convertido en sinónimo del desprestigio de la clase política en los 90, salga a denunciar un atropello del Estado. El mismo espécimen que antepuso un dudoso recurso judicial para impedir que en su provincia pudiera instalarse una repetidora de la TV pública hoy escupe vocablos inaugurales para él como “libertad de prensa” o “libre expresión”. Lo escuchamos en un discurso de 25 minutos que introdujo en medio de un programa humorístico de su canal (¿alguien andaba buscando un buen ejemplo de manejo discrecional de los medios?). Y lo hizo, claro, sólo unas horas después de haber acordado con el Estado Nacional la condonación de una deuda impositiva millonaria a cambio de pauta oficial. Esos son los héroes que cabalgan contra el proyecto. Algo que, en gran medida, debería bastar para apoyarlo.
Es cierto que hay puntos que merecen discutirse con cierta fineza. El debate acerca de la inclusión o no de las telefónicas en el nuevo mapa de medios es interesante. Hay buenos argumentos a favor y atendibles razones para rechazarla. Pero sorprende que esto altere hasta el colapso a algunos que ni siquiera se enteraron de que Telefónica es propietaria de un canal de televisión abierta hace más de 10 años.
Algo similar ocurre con la discusión acerca de la autoridad de aplicación. Es un buen punto definir si está bien que en el máximo órgano regulador haya mayoría (3-2) del PEN (que, cabe aclarar, responde siempre al que surja ganador de elecciones nacionales llevadas a cabo cada 4 años). Pero lo cierto es que hace 26 años que la autoridad de aplicación es una entidad intervenida por el PEN. Es decir, con una mayoría de 1-0. ¿No habían reparado en eso?
Es raro lo que pasa a veces. Uno tiene la sensación de que si el kirchnerismo propusiera una Ley de Arrendamiento, los Pinedo, los Bullrich y los Macri se opondrían reclamando la reforma agraria. Delicias de la política argentina.
Si el bendito proyecto de Servicios Audiovisuales logra eludir las operetas, las chicanas, los análisis de pureza maximalistas, las especulaciones electorales, los temores a posibles vendettas mediáticas, la mala leche y la ignorancia, la democracia argentina será definitivamente mejor para (casi) todos. Si perdemos esta oportunidad, corremos el riesgo de volver a quedar incomunicados. Tal vez para siempre.
Primero, me dieron 90 días para cambiar de proveedor de banda ancha. Pero a mí no me importó…
1.
— Hola, habla un operario de Fiber-tale. Lo llamo porque necesito pasar por su casa a buscar el módem que…
—Esto es una grabación. En instantes, uno de los integrantes de esta familia va a atenderlo… Turu… turú.. turú…
—Taqueloparió.
2.
—Es terrible lo que está pasando, Licenciado. ¿Hasta dónde quieren llegar?
—Yo tengo miedo, Licenciado.
—No es para menos: esto es como el nazismo. Es como el holocausto, Licenciado.
—¿Usted dice que eso fue cierto?
—Claro, Licenciado. Lo vi en History Channel. Fue terrible… Hitler fue como un Chávez.
3.
—Hola, habla un operario de Fiber-tale. Lo llamo porque necesito pasar por su casa a buscar el módem que…
—Se comunicó con la casa de un usuario. Si quiere saludar por algún cumpleaños, marque el 1. Si quiere saber qué programa de TV estamos viendo, marque el 2. Si quiere estafarnos con algún tiempo compartido, marque el 3. Si quiere decirnos que ganamos un concurso ridículo, marque el 4. Y si no, aguarde hasta que se nos dé la real gana de atenderlo. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip.
4.
—¿Y los usuarios, Licenciado? ¿Alguien piensa en ellos?
—Nadie, Licenciado. Salvo Sino Polanas, claro. Pero nadie más.
—Imagínese a todas esas personas vagando por la autopista informática sin un proveedor de banda ancha. Imagíneselos sin saber si van a poder volver a entrar a Perfil para comentar que entre los integrantes de Carta Abierta hay muchos con apellidos judíos, sin poder comprar una funda para la funda de la funda de su Ipod en Ofertasirrisorias.com, sin poder bajarse música ilegalmente, sin poder chatear, ni twitear, ni mandar abracitos de oso cariñoso en Facebook…
—Es un horror. ¿No le digo? Falta que suban en trenes a los usuarios Fiber-tales, y los lleven a campos de desconexión con una “F” pinchada en su pijama gris. Porque eso puede pasar en cualquier momento. ¡En cualquier momento!
5.
—Hola, habla un operario de Fiber-tales. Lo llamo porque necesito pasar por su casa a buscar el módem que dejamos hace dos meses y que…
—Ah, de acuerdo, pero el contrato que firmé me obliga a tener ese módem por un año, ¿se acuerda? Así que vuelva a llamar en 10 meses, ¿sí? CLAC.
—Shit.
6.
—Esto es una escalada, Licenciado. Todo empezó con eso del fútbol…
—Qué horror, Licenciado, Qué-ho-rror.
—¿Sabe la plata qué le sale eso al Estado, Licenciado?
—Ni me lo diga, Licenciado. Más de 600 millones de pesos.
—¿Sabe la cantidad de sueldos de Obispos que podríamos pagar con esa plata, Licenciado?
—Ni que lo diga, Licenciado. Ni que lo diga. Lo que pasa es que estos quieren que desaparezca la familia…
—Que desaparezcan TN y la familia. Ni que lo diga.
7.
—Hola, habla un operario de Fiber-tales. Lo llamo porque necesito pasar por su casa a buscar el módem que…
—Ah, es muy simple: tiene que mandar un fax entre el 10 y el 15 del mes…
—Pero hoy es 22.
—Qué pena, va a tener que esperar hasta el mes que viene.
—Pero…
—Me manda el fax y vemos. Tiene que llegar De 10 a 10 y cuarto, un día par que no llueva. Y de ser posible en colores, ¿OK?
—Bueno… No sé… Me pasa un número de fax por favor.
—No, para eso tendría que haber llamado más temprano, el que se acuerda el número de fax es mi nieto. Y salió. Se fue al cyber.
—¿Cuándo vuelve?
—No sé, no vive acá. Adiós. CLAC.
8.
—¿Quién les dijo a estos que pedir seguridad jurídica era ponerse a revisar si teníamos licencia para brindar los servicios que brindábamos?
—Lo que pasa es que estos hijos de 8 mil vagones cargados de putas están muy crispados.
—Así no se puede, Licenciado, uno quiere dialogar con estos montoneros corruptos mentirosos y ellos se niegan, no entiendo. Le juro que no entiendo.
—¡Acá hace falta diálogo, Licenciado! ¡Con-sen-so!
—Cuando los rajemos a patadas a esos guachos ya va a ver, Licenciado. Vamos a tener un consenso de la reconcha de su madre. Ya va a ver.
9.
—Hola, habla un operario de Fiber-tales. Lo llamo porque necesito pasar por su casa a buscar el módem que dejamos alguna vez en su casa. ¿Puede ser?
—Claro, pase mañana.
—¡Perfecto! ¡Qué alegría! ¿A qué hora le parece?
—Mire, voy a estar en mi casa en algún momento entre las 8 de la mañana y las 10 de la noche. Usted viene y se para en la puerta. Dentro de esas 14 horas, le aseguro que voy.
—…
—Hola, hola… Pobre hombre, parecía cansado.
Y afuera hace frío
CAMARADA 1: Usted confía en mi inocencia, ¿verdad?
CAMARADA 2: Por supuesto, Damianenko.
CAMARADA 1: ¿Y si le digo que me encontraba en el teatro, el día que lo mataron?
CAMARADA 2: Ese día había mucha gente. Además, yo sé lo que usted sentía por Belanov. Lo hablamos muchas veces.
CAMARADA 1: Temo que eso me juegue en contra, ¿sabe? Que alguien pretenda involucrarme.
CAMARADA 2: No entiendo. ¿Por qué habrían de hacerlo?
CAMARADA 1: Porque yo era de su confianza, tenía acceso a él.
CAMARADA 2: Usted no era el único. ¿Cuánta gente giraba alrededor de un personaje como Belanov? ¡Muchísimos!
CAMARADA 1: Sin embargo, el día del entierro sentí que me miraban con desconfianza…
CAMARADA 2: Vamos, Damianenko: la estima que Belanov tenía por usted era algo público. Él siempre hablaba de eso. Sobre todo a partir de que usted redactó ese famoso documento.
CAMARADA 1: ¿Cuál?
CAMARADA 2: Aquel en el que invitaba a la agrupación a condenar la postura “Movimientista” de Dasaev.
CAMARADA 1: ¿Usted lo recuerda?
CAMARADA 2: Claro. Yo había redactado el documento que leyó Dasaev.
CAMARADA 1: Oh. No lo sabía. Lo lamento.
CAMARADA 2: Una diferencia que se ha olvidado. De lo contrario yo no estaría hoy aquí, en su casa, bebiendo.
CAMARADA 1: Cierto. Y me alegro de que usted confíe en mí, Salenko. ¿Nada lo haría cambiar a usted de opinión, entonces?
CAMARADA 2: En absoluto.
CAMARADA 1: ¿Ni siquiera saber que el día que dispararon contra Belanov, yo, su más estrecho colaborador, estaba allí, muy cerca y con un arma?
CAMARADA 2: ¿Un arma?
CAMARADA 1: Pero no era el único. ¿Sabe cuánta gente portaba armas esa noche? ¡Muchísimos!
CAMARADA 2: Cuénteme los hechos. Desde el principio, Damianenko.
CAMARADA 1: Correcto. Ingresé a la Juventud Leninista a los 8 años…
CAMARADA 2: No, no… Cuénteme todo lo que pasó el día que mataron a Belanov.
CAMARADA 1: Bien. Llegué al teatro a las 18:22. Me dirigí a la zona de camarines. Ingresé en el de Belanov a las 18:25. Él estaba allí repasando el discurso que yo había terminado de redactar la noche anterior. Digamos, a las 23:49… Belanov estaba molesto. Decía que en el discurso había errores. A las 18:38 tuvimos un intercambio de palabras…
CAMARADA 2: ¿Usted le gritó?
CAMARADA 1: Quise hacerlo pero no pude: él me estaba tomando del cuello con mucha fuerza.
CAMARADA 2: Dios mío.
CAMARADA 1: ¿Usted cree en Dios, Salenko?
CAMARADA 2: Creer, creer… Digamos que le pongo un nombre tradicional al cuerpo energético generador de materia…
CAMARADA 1: ¿Y desde cuándo usted cree que la materia es generada por un cuerpo energético?
CAMARADA 2: Vivimos tiempos de apertura, Damianenko.
CAMARADA 1: Ya lo veo…
CAMARADA 2: ¿Está siendo irónico?
CAMARADA 1: Usted júzguelo.
CAMARADA 2: Pues creo que sí.
CAMARADA 1: Y eso… ¿le molesta?
CAMARADA 2: ¡Muchísimo!
CAMARADA 1: Lo lamento.
CAMARADA 2: Lo “lamenta”. Después me dice a mí.
CAMARADA 1: ¿Qué le digo?
CAMARADA 2: ¿Desde cuándo usted echa mano a esa fórmula del sentimentalismo burgués?
CAMARADA 1: ¿Usted se refiere a “lo lamento”?
CAMARADA 2: Exactamente.
CAMARADA 1: Son tiempos de apertura, Salenko.
CAMARADA 2: Ya lo veo.
CAMARADA 1: Discúlpeme. Si le parece bien, cuando terminemos con esta charla me abocaré a la redacción de una profunda autocrítica.
CAMARADA 2: Sería lo correcto.
CAMARADA 1: ¿Le sigo contando entonces?
CAMARADA 2: No recuerdo de qué estábamos hablando.
CAMARADA 1: Del crimen de Belanov.
CAMARADA 2: Cierto. El estaba…
CAMARADA 1: …en el camarín.
CAMARADA 2: Y usted había ido…
CAMARADA 1: …para repasar nuestro discurso.
CAMARADA 2: Recuerdo. Y él se mostró algo…
CAMARADA 1: …molesto.
CAMARADA 2: ¿Dijo usted que lo estaba tomando del cuello?
CAMARADA 1: Lo dije, sí.
CAMARADA 2: Y permítame que le pregunte una cosa, Damianenko… ¿Hubo testigos de esa discusión entre usted y Belanov?
CAMARADA 1: Belanov, yo, los agentes de seguridad que vinieron a rescatarme… Nadie más.
CAMARADA 2: ¿Agentes de seguridad?
CAMARADA 1: Sí. Uno… O un par… De decenas.
CAMARADA 2: Esto se complica.
CAMARADA 1: ¿Lo ve? Su confianza en mí se está resquebrajando.
CAMARADA 2: No es eso.
CAMARADA 1: ¿Y entonces?
CAMARADA 2: Es que de nada sirve que yo le crea, si la mayoría de la población tiene tantos elementos para considerarlo culpable.
CAMARADA 1: No puedo creer lo que oigo, Salenko.
CAMARADA 2: ¿Qué es lo que no puede creer?
CAMARADA 1: Que apele a las concepciones ilusorias de las mayorías para dudar de mi inocencia.
CAMARADA 2: Usted me está malinterpretando.
CAMARADA 1: Sus desviaciones democratistas siempre estuvieron latentes en sus discursos.
CAMARADA 2: ¿Mis discursos?
CAMARADA 1: Bueno, los que usted le escribía a Dasaev.
CAMARADA 2: Esa es una acusación muy seria, Damianenko. ¿Acaso me considera un teórico embarcado en prácticas seguidistas?
CAMARADA 1: La verdad, no quería creerlo cuando me lo decían.
CAMARADA 2: ¿Quién se lo decía? ¿Quien le hablaba mal de mí?
CAMARADA 1: Belanov.
CAMARADA 2: ¿Belanov?
CAMARADA 1: Siempre discutíamos por su culpa. Belanov no podía entender que yo cultivara una amistad con un trotskista.
CAMARADA 2: Ese miserable…
CAMARADA 1: Tiene usted razón: ese Trotsky…
CAMARADA 2: No me refiero a él.
CAMARADA 1: ¿Está usted defendiendo a Trotsky? Cuánta razón tenía el pobre Belanov.
CAMARADA 2: A él me refería cuando decía que era un miserable: a Belanov.
CAMARADA 1: Usted lo odiaba.
CAMARADA 2: Bueno…
CAMARADA 1: Lo odiaba, ¿verdad?
CAMARADA 2: No puedo mentirle. Usted es mi amigo: la verdad es que siempre odié a Belanov, su repugnante centralismo y su meneada guerra de posiciones. Maldito desgraciado.
CAMARADA 1: Salenko.
CAMARADA 2: ¿Qué?
CAMARADA 1: ¿Dónde estaba usted la noche que lo mataron?
CAMARADA 2: ¿Perdón?
CAMARADA 1: Lo que oye: no se haga el alienado.
CAMARADA 2: Estaba… en una reunión.
CAMARADA 1: Una reunión. ¿Tiene testigos?
CAMARADA 2: Muchísimos.
CAMARADA 1: Quiero nombres.
CAMARADA 2: No puedo dárselos. Era una reunión confidencial.
CAMARADA 1: Qué interesante. Mientras asesinaban a nuestro líder, la facción rupturista estaba conspirando en vaya a saber uno qué sucia catacumba socialdemócrata.
CAMARADA 2: Eso no nos convierte en asesinos.
CAMARADA 1: Eso va a determinarlo la agrupación.
CAMARADA 2: Vamos, Damianenko, usted confía en mi inocencia, ¿verdad?
CAMARADA 1: Deme una buena razón para hacerlo.
CAMARADA 2: Después de todo, el que había peleado con Belanov horas antes de que lo mataran y además llevaba un arma era usted…
CAMARADA 1: No me venga con sofismas, Salenko. En el momento en que Belanov muere, ustedes estaban planeando su asesinato. Y el orden de los factores no altera el producto.
CAMARADA 2: Sí lo altera. Si alguien se nos adelantó, el culpable es él no nosotros.
CAMARADA 1: Pero ustedes pensaban matarlo.
CAMARADA 2: Usted dice bien: “pensábamos”. Eso no nos convierte en asesinos.
CAMARADA 1: Tal vez. Pero sí los convierte en autores intelectuales.
CAMARADA 2: No, porque ni siquiera conocemos al autor material.
CAMARADA 1: Su anticuada visión escindida de las esferas intelectual y material no le será de ayuda ante el tribunal. Son otros tiempos, Salenko. Queda usted detenido.
CAMARADA 2: ¿Y desde cuándo es usted policía?
CAMARADA 1: Belanov me nombró Jefe de Policía. Fue su última voluntad.
CAMARADA 2: ¿Usted escuchó las últimas palabras de Belanov?
CAMARADA 1: Técnicamente, no. Pero yo las escribí.
CAMARADA 2: ¿Cuándo?
CAMARADA 1: Antes de que muriera, por supuesto. ¿Por quién me ha tomado?
CAMARADA 2: Y va a llevarme detenido entonces.
CAMARADA 1: Ni lo dude. Estas cosas no se pueden dejar impunes. Hoy asesinan a un líder político y mañana quién sabe. Piden el voto secreto en el Congreso.
CAMARADA 2: ¿La acusación es seria?
CAMARADA 1: Yo mismo la redacté: aquí está.
CAMARADA 2: ¿Y qué va a pasarme?
CAMARADA 1: Depende.
CAMARADA 2: ¿De qué?
CAMARADA 1: De su colaboración.
CAMARADA 2: Lo escucho.
CAMARADA 1: Hipótesis uno: usted niega todos los cargos, la Agrupación lo somete a juicio, mi acusación es tomada como prueba irrefutable, por lo tanto: es condenado a la silla eléctrica.
CAMARADA 2: Entiendo. ¿La hipótesis dos?
CAMARADA 1: Usted acepta los cargos, la Agrupación agradece su confesión, yo soy felicitado por el nuevo Secretario…
CAMARADA 2: ¿Y yo?
CAMARADA 1: Es condenado a la silla eléctrica.
CAMARADA 2: No alcanzo a comprender la diferencia entre una y otra hipótesis.
CAMARADA 1: No me sorprende: propio de un representante del más vil espontaneísmo. La diferencia es que, en el primer caso, yo no soy felicitado por el Nuevo Secretario.
CAMARADA 2: ¿Por mi culpa?
CAMARADA 1: Ni más ni menos, Salenko.
CAMARADA 2: Lo lamento. No es mi intención.
CAMARADA 1: Entonces, ¿va a firmar la confesión?
CAMARADA 2: Primero debería redactarla.
CAMARADA 1: No hace falta: yo lo hice por usted.
CAMARADA 2: Debería firmarla entonces.
CAMARADA 1: Adelante.
CAMARADA 2: Antes de firmar, quisiera hacerle una pregunta.
CAMARADA 1: Hágala, amigo.
CAMARADA 2: ¿Desde cuándo tenemos silla eléctrica?
CAMARADA 1: Ah, el progreso. El Estado se moderniza a pasos agigantados, Salenko.
CAMARADA 2: Es notable. Hasta hace algunos años no teníamos electricidad.
CAMARADA 1: Marchamos hacia una sociedad de avanzada donde la gente podrá tener más y más bienestar.
CAMARADA 2: El futuro es promisorio, ¿verdad?
CAMARADA 1: Es una lástima que usted no vaya a verlo, Salenko.
CAMARADA 2: Ya lo creo. Una lástima, sí. ¿Podría aclararme una ultima cuestión?
CAMARADA 1: Empieza a abusar de mi amabilidad.
CAMARADA 2: Por favor. La última.
CAMARADA 1: Lo escucho.
CAMARADA 2: Como viejos amigos…
CAMARADA 1: Dígame.
CAMARADA 2: ¿No hay modo de evitarlo?
CAMARADA 1: ¿Qué cosa? ¿Quiere que yo firme por usted?
CAMARADA 2: No, me refiero a la silla eléctrica.
CAMARADA 1: Bueno, tomando en cuenta el modo en que usted está colaborando con las autoridades yo podría ejercer mis influencias para que se le aplique una inyección letal.
CAMARADA 2: ¿Inyección letal?
CAMARADA 1: Lo sorprendí, ¿no es cierto?
CAMARADA 2: ¿Es que también tenemos inyección letal?
CAMARADA 1: Acabamos de adoptarla. Nuestros científicos trabajan a brazo partido, amigo. No podemos quedarnos atrás.
CAMARADA 2: Por supuesto que no…
CAMARADA 1: Le digo más: usted puede ser el primero.
CAMARADA 2: Será un honor.
CAMARADA 1: ¿Qué le parece? Uno lucha día tras día para alcanzar los ideales de nuestra Revolución y sin embargo, ¿quién sabe si llegará a ocupar un minúsculo apartado en un libro de historia? En cambio usted, Salenko, será otro de nuestros pioneros. El primer hombre en ser inoculado con una inyección letal creada por nuestra pujante industria farmacéutica.
CAMARADA 2: No piense que desestimo tamaño gesto. Pero…
CAMARADA 1: ¿Usted es de los que le temen a las inyecciones?
CAMARADA 2: No. A las cosas letales.
CAMARADA 1: Debió pensarlo antes, Salenko.
CAMARADA 2: Lo sé. Lo sé. Pero tengo hijos pequeños. Quedarán desamparados si muero…
CAMARADA 1: ¿Se cree irreemplazable? El típico pensamiento mesiánico de los líderes foquistas.
CAMARADA 2: No hay modo entonces.
CAMARADA 1: No.
CAMARADA 2: Si las cosas son de este modo, no me queda otra opción.
CAMARADA 1: ¿Qué hace?
CAMARADA 2: Es mi pastilla suicida.
CAMARADA 1: No lo haga, Salenko. Piense en sus hijos, piense en su esposa.
CAMARADA 2: No puedo pensar en todos ellos ahora. Tengo una sola.
CAMARADA 1: Morirá como un cobarde, entonces.
CAMARADA 2: ¿Tengo alternativa?
CAMARADA 1: Deme los nombres.
CAMARADA 2: ¿Qué nombres?
CAMARADA 1: Los de los otros integrantes de su agrupación izquierdista.
CAMARADA 2: ¿Estamos negociando?
CAMARADA 1: Estoy tratando de tenderle una mano en nombre de la agrupación.
CAMARADA 2: ¿Debo decidir entre mi propia vida y cargar con la muerte de mis compañeros para siempre?
CAMARADA 1: Es una buena oferta. Le ofrezco vivir.
CAMARADA 2: No lo sé. Es una decisión ética muy trascendente.
CAMARADA 1: Está bien: le ofrezco vivir y un calentador eléctrico prácticamente nuevo.
CAMARADA 2: De acuerdo. ¿Alcanza con veinticinco?
CAMARADA 1: ¿Veinticinco nombres? Excelente, Salenko. Es usted un gran camarada.
CAMARADA 2: Lo sé. Mientras escribo los nombres puede usted servirme una copa.
CAMARADA 1: Claro que sí. Esto hay que celebrarlo.
La Ley de Dios
La jueza de Paz de General Pico, Marta Covella, adelantó que no casará a personas homosexuales. “En la Biblia, Dios no aprueba este tipo de cosas”, declaró como toda explicación.
Así como el estatuto del Proceso era el libelo que guiaba los pasos de los jueces de la dictadura (como una tal Negre de Alonso), para otros, parece que por delante de la Constitución hay un librito de origen incierto pero de excelente tirada conocido como La Biblia.
Efectivamente, en ese compendio de fábulas y amenazas se castiga la homosexualidad. Se lo hace en términos tal vez un poco fuertes, es cierto: “Si un hombre yace con otro, los dos morirán”, puede leerse en el versículo 13, del capítulo 20 del Levítico. Es decir que la jueza de General Pico, Marta Covella, podría el día de mañana dar un paso más y no sólo negarse a casar a dos personas del mismo sexo. Podría también, siguiendo lo que establece la Biblia, condenarlos a muerte. Afortunadamente, Covella es sólo una Jueza de Paz y nuestro código Penal no contempla la pena de muerte.
¿Quieren conocer otras cosas que dice el librito que consulta la Jueza Marta Covella antes de irse a dormir, de dictar sentencia, de verle la cara a dios? Dice por ejemplo que “Los que adoren a otros dioses o al sol, la luna o todo el ejército del cielo, morirán lapidados” (Deuteronomio 17:2-5). Un modo bastante ecuménico de mirar el mundo, ¿no? Nos advierte también que “Todo hombre o mujer que llame a los espíritus o practique la adivinación morirá apedreado” (Levítico 20:27). Y por si quedan dudas nos ordena: “A los hechiceros no los dejaréis con vida” (Éxodo 22:17).
Por lo que si mañana se presenta ante la jueza en cuestión alguien que no optó por el dios correcto, también puede negarse a atenderlo, cuando no denunciarlo a la policía.
Antes del Código Civil, la jueza de Pico, suele leer un folleto que insólitamente puede conseguirse en cualquier librería o hasta en la mesita de luz de los hoteles, y en el que se nos dice que “Si alguien tiene un hijo rebelde que no obedece ni escucha cuando lo corrigen, lo sacarán de la ciudad y todo el pueblo lo apedreará hasta que muera” (Deuteronomio 21:18-21). O que “Si una joven se casa sin ser virgen, morirá apedreada” (Deuteronomio 22:20, 21). ¿No es tierno?
Uno pensaba, alentado incluso por la palabra de gente que persiste en sus creencias religiosas y todavía nos da charla, que estos exabruptos talibanes no debían tomarse literalmente. Pero la metatextualidad es algo que se le escapa a los psicóticos y a las juezas de Pico. Y entonces, consideran ley que “Si un hombre yace con una mujer durante su menstruación y descubre su desnudez, ambos serán borrados de en medio de su pueblo” (Levítico 20:18). Que “Si alguno comete adulterio con la mujer de su prójimo, morirán los dos, el adúltero y la adúltera” (Levítico 20:10). O incluso que “Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, ambos morirán” (Deuteronomio 22:22).
¿No es tiempo de hacer una veloz encuesta y averiguar cuántos funcionarios de nuestro aparato judicial son guiados por principios legales que establecen que “Si la hija de un sacerdote se prostituye, será quemada viva” (Levítico 21:9) o que “El que maldiga a su padre o a su madre morirá” (Éxodo 21:17 y Levítico 20, 9)?
La religión debería ser vivida como uno de esos ejemplos en los que se piensa al referirse a “los actos privados de los hombres”. Hay gente que se inyecta drogas intravenosas, gente que se toca apreciando pornografía asiática y otros que gustan de arrodillarse para hablar con quien sostienen es el creador del universo. ¿Quién culparía a cualquiera de estas tres personas por sus excéntricas aficiones? Sin embargo, lejos de una rareza vergonzante, la religión se vive con tanto orgullo que muchos de quienes las profesan sienten que desde su particular visión del mundo deben moldear el modelo de sociedad en el que se nos permite vivir. Y nuestros representantes los escuchan. O se disculpan con ellos cuando se atreven tímidamente a contradecirlos. La cantidad de legisladores que se sintió obligado a aclarar que era cristiano a pesar de votar por una ley que iguala derechos dio pena.
Tal vez, entre algunos de los legisladores que modifican, redactan u obstruyen nuestras leyes también hay quienes consideran razonable que “El que no obedezca al sacerdote ni al juez morirá” (Deuteronomio 17:12).
¿Cuántos políticos de los que se fotografían con nenas pobres en tiempos de campaña, leen por las noches con fruición el librito que dice que “Ningún varón que tenga un defecto presentará las ofrendas, ya sea ciego o cojo, desfigurado o desproporcionado, enano o bisojo, sarnoso o tiñoso, ojo robado, o con un pie o una mano quebrados o con los testículos aplastados” (Levítico 21:18)?
¿Cuántos de aquellos a los que les preocupa que un chico sea criado por dos mujeres les resulta sin embargo razonable que “El que tenga los testículos aplastados o el pene mutilado no será admitido en la asamblea de Yavé. Tampoco el mestizo hasta la décima generación” (Deuteronomio 23:1, 2)?
¿Cuántos de los que escuchamos en las interminables mesas de los programas de cable diciéndonos a cada rato que ojo, que tienen amigos homosexuales, familiares homosexuales, mascotas homosexuales, llevan en su portafolio un folleto siniestro en el que se postula que “Si un hombre hiere a su esclavo o a su esclava con un palo y los mata, será reo de crimen. Pero si sobreviven uno o dos días no se le culpará porque le pertenecían” (Éxodo 21: 20) o que “Si un hombre hiere a su esclavo en un ojo dejándolo tuerto, le dará la libertad a cambio del ojo que le sacó” (Éxodo 21:26)?
Me preguntaba hace un tiempo, ¿qué clase de persona hay que ser para marchar contra los derechos de otros? Parece que, para empezar, hay que ser una persona religiosa. O como gustan decir quienes lo son: una persona de profundas convicciones religiosas. Parece ser que ese es el piso indispensable para ejercer esta clase de atropello, de maldad. Esta violencia simbólica que parece carecer de todo sentido.
La religión es una máquina de certezas. Allí donde hay una duda, una pregunta, una cuestión existencial, la religión pone una certeza. Una certeza arbitraria, oscura o berreta. Pero una certeza al fin. Y la verdad, no hay violencia sin certezas. Nadie mata, persigue, tortura sin certezas. Podrán pronunciar una y mil veces el vocablo paz, prometer reinos de amor y esperanza, pero pocas cosas le han aportado tanta violencia a la historia de la humanidad como las religiones. O lo que Saramago llamaba “el factor Dios”.
Y sin embargo, aquí estamos, rodeados de crucifijos, con estatuas de Vírgenes presidiendo comisiones parlamentarias. Millones de cuerpos quemados, mutilados, arrojados al río, no parecen habernos enseñado nada en este sentido.
De la histórica votación en el Senado, de todo lo que se vivió en estos días, queda la alegría por haber dado otro paso hacia un país mejor. Pero también el escalofrío de haber apreciado una vez más el insólito poder de la religión. Y no digo poder abominable, abyecto, perverso, criminal. Todas esas son apreciaciones que vendrán después. Lo primero que azota nuestra inteligencia es el carácter insólito de este poder. Ese que desafía el sentido común más llano. Señores de sombreros ridículos y túnicas, líderes de grupos que cargan con las acusaciones más repugnantes, ocupan las tapas de los diarios para decirnos lo que piensan sobre la política, la inseguridad, el código civil y la defensa con línea de cuatro. Y la verdad, la naturalización de este acontecimiento es inconcebible.
¿Qué diferencia a una secta de una religión? Las sectas son grupos minúsculos que fundados en relatos improbables engañan a sus fieles prometiéndoles quimeras imposibles, los empujan a conductas antisociales, los introducen en la adoración de imágenes disparatadas, difunden la práctica de ritos que contradicen la lógica más básica e intentan establecer muchas veces oscuras relaciones con el poder.
Las religiones, en cambio, de ninguna manera son grupos minúsculos.
Quiero decir, la Iglesia es una secta que ganó. Un grupo tan estrafalario como los seguidores de Jim Jones, pero que se ha manejado indudablemente mejor en el campo de la política y la mercadotecnia.
No es original señalar la complicidad de la Iglesia Católica con los episodios más oscuros de la historia, cuando no los protagonizó directamente. Basta para ello el breve recorrido que hace Fernando Vallejo en el inicio de La puta de Babilonia, y que citábamos aquí.
Sin embargo, lo que a mí más me perturba es la manera en que ha naturalizado su presencia en nuestra cultura. Desde haber fijado la invocación a una entidad abstracta como fuente de toda razón y justicia en el principal texto del sistema legal argentino, hasta el hecho de estar obligados sistemáticamente a escuchar cómo personas que juran no tener sexo piensan que debemos encarar la educación sexual de nuestros chicos.
¿Cuándo ocurrió? ¿Cuándo pasó a ser razonable que alguien se ampare en La Biblia para desconocer una ley? ¿Cuándo dejó de ser igual que ampararse en un ejemplar de “Caperucita” para quemar un bosque?
Buena parte de los pibes de este país asisten a escuelas católicas (muchas de ellas subsidiadas por un Estado que a veces no puede ni calefaccionar una escuela pública). Y sin embargo, ¿existe algo más opuesto a la educación que una religión? Allí donde el aprendizaje pide razón, capacidad de duda, reflexión, el discurso religioso propone oscuridad, misterio y, en el peor de los casos, una explicación que espanta por lo sencillo, una fábula primitiva.
Resultaba grotesca la apelación a lo “natural” por parte de los voceros clericales para oponerse al matrimonio igualitario. Como si la familia “tradicional” viniera dada naturalmente o como si todo lo que no es natural fuera nocivo: los antibióticos, el subterráneo, las cesáreas, el Torneo Apertura y el alfajor. Pero más extraño resultó que nadie reclamara a estas personas por tan flagrante contradicción: que apelaran como todo argumento a la biología justamente ellos, que a la teoría de la evolución y el Big Bang le han opuesto la existencia de un ente inmaterial todo poderoso que fabricó un hombre soplando un puñado de barro y una mujer amputándole a éste una costilla. ¿De qué principio biológico inalterable nos hablan?
Quien esto escribe se ha fumado 8 años de educación religiosa. (Vaya oxímoron: “educación religiosa”). Y como a aquellos fumadores a los que les lleva años sacarse el último rastro de nicotina de los pulmones, me ha tomado mucho tiempo ir liberándome de cada una de aquellas taras, complejos y simplificaciones temerarias acerca del mundo que me rodea. Me ha costado años ir construyendo mi propia mirada acerca de las cosas. Una mirada idiota, sí, seguramente prejuiciosa y contradictoria. Pero mía. Una mirada que carga con la angustia de sospechar que el fin es el fin y con el laburito de tener que construir (y transmitirle a sus hijos) valores y principios que no cuentan con orígenes metafísicos. Pero una mirada que seguro, nunca, pero nunca, me dará razones para marchar contra los derechos de otros. Liberándome así de al menos una de las muchas maneras que hay de ser un hijo de puta.
La Guerra Mundial

Estuve trabajando en “Modo Mundial”. Basta ver la fecha de mi último post para darse cuenta de que todo el tiempo libre acumulado traté de destinárselo a ver la mayor cantidad de partidos posibles de esta Copa del Mundo. A gozar y sufrir por el equipo argentino. A empujar a cada equipo sudamericano poniendo más énfasis en el Chile de Bielsa y menos en Brasil. Aunque moriré pensando que era el mejor equipo de este Mundial.
Todavía no se apagan las últimas vuvuzelas ni las esperanzas por ver a Uruguay en semifinales, y sin embargo todo ha perdido vértigo. Como viene ocurriendo desde hace más de 30 años, el fútbol fue pobre. Pero lo que se dijo acerca de él fue peor. Suele pasar. De todas maneras, bajándose cada uno de sus respectivas motocicletas, cualquiera está en condiciones de decir algo sobre el fútbol. Algunos lo hacen con más gracia, mejor sintaxis, mayor información. Otros no. Buena parte de los periodistas deportivos pertenecen a este último grupo. Y eso duele más que un centro pasado. Pero todos pueden hablar de cómo se juega a la pelota. ¿Por qué no?
A mí, en lo personal, me parece que los equipos que defienden con 3 son más dúctiles y equilibrados que los que defienden con 4. Estos, o tienen demasiada gente estacionada cerca de su área, o se descompensan sistemáticamente por la subida de laterales que no siempre vuelven rápido y bien.
A mí me gustan más los equipos que tienen enganche que los que no los tienen. Me parece que juegan mejor, más claro, más profundo. Pero me irritan los enganches lentos o que actúan como aduana de cualquier y todas las pelotas que juegue su equipo.
Me gustan los equipos que presionan más que los que esperan, me gustan los equipos que consiguen la pelota para atacar y no para ver qué pasa. La tenencia es un indicador de dominio. La tenencia en si misma puede ser tedio puro o falta de ideas.
Me gusta Van Gaal más que Mourinho, Bilardo más que Menotti, Passarella más que Basile, mi tía Corina más que Cappa (porque por lo menos no escribía libros para embellecer sus derrotas). Y Bielsa, por sobre todas las cosas.
Entiendo que un hincha de Boca dé la vida por Bianchi, aunque visto con ojos neutrales, ir a ver un equipo del Virrey nunca fue lo más divertido que te podía pasar. Yo, hincha de River, nunca daría la vida por Ramón. Me parece que con mucho más material que Bianchi hizo bastante menos. Pero es una opinión. ¿Se entiende? “Opinión”.
A los 41 años y habiendo visto mucho más fútbol que la media recomendable desde los 8, pude ver equipos gloriosos perder, equipos horribles ganar, y con el tiempo fui aprendiendo que la victoria es importantísima en el fútbol, pero no es igual a tener razón. Simplemente porque parece que no la hay.
Con el tiempo aprendí que los dibujitos (3-4-3, 4-4-2) son relativos. Que no hay dibujo que salve a un equipo que deja abismos entre una línea y otra o cuyos jugadores erran la mitad de los pases. Pero esta es mi manera de ver el fútbol. Mi gusto.
En su afán por ganar discusiones a cualquier precio, para justificar sus fracasos o para construirse como mejores personas que los oponentes, el menottismo y sus hijos putativos han alimentado una miserable confusión entre ética y estética. No les parece suficiente decir que les gusta más un equipo que marca en zona. Tienen que decir que una defensa de 3 es de derecha. Han postulado la idiotez de que existe un fútbol de izquierda, como si hubiera un ludo evangelista o una manera hegeliana de hacer tortas fritas.
Provistos de sus lecturas de solapas, acusan de cosas horribles a quienes no piensan como ellos y levantan banderas rojas para explicar la trampa del offside. Aunque después se abracen con Galtieri o le digan a Videla que han ganado un Mundial Juvenil llevando al mundo “la forma de vivir de los argentinos” a la misma hora que los enviados de la OEA intentan hurgar entre las catacumbas del horror.
Periodistas de pluma pseudo florida nos han tratado de explicar que el equipo de Italia 90 (que por cierto hacía doler los ojos por momentos de lo feo que jugaba y que pasó a segunda ronda con los mismos puntos que los que sacó el equipo del 2002 para volver a casa) reflejaba el dominio del neoliberalismo. Esto, mientras su ideólogo máximo coqueteaba con el PJ menemista de Santa Fe. No podían decir simplemente que no les gustaba o que les parecía que jugaba mal, debían dejar claro que había una racionalidad política que los hacía jugar así. Y que su apreciación futbolística no era otra cosa que el ejercicio inalienable de su superioridad.
De tan lejos viene esta idiotez del “Se juega como se vive”. Y todavía no nos explica por qué la Argentina, dirigida por el papá futbolístico de quienes esto postulan, ganó una Copa del Mundo en el momento en el que peor se vivía.
Este discurso pavote con el que chapean de intelectuales tipos que creen que la Primavera de Praga es una loción para después de afeitarse, no puede ocultar las flagrantes contradicciones con la ética de las personas que deberían encarnarlo. Ni las huellas de un origen retórico oscuro y tenebroso. Al abrazarse con esto de volver a las fuentes, o aquello de jugar la nuestra, esa zoncera de recuperar la identidad futbolística que ellos sabrían cuál es, los esencialistas no hacen más que emparentarse con las gramáticas más reaccionarias de la historia. ¿Quiénes si no los adalides de un fascismo lacerante han enarbolado la idea de venir a recuperar nuestros valores, nuestra forma de ser, cada vez que derrocan a un gobierno popular, patean una puerta de madrugada, secuestran un niño o introducen cablecitos en la cavidad de un sospechoso? ¿Qué clase de analfabeto político puede pensar que es progre echar mano de un concepto de “identidad” tan momificado? ¿Qué folleto leyó alguien que cree que lo más cercano al materialismo histórico es proclamar la búsqueda de una esencia?
Basta recorrer los titulares de EL GRÁFICO durante el Mundial del 78 para descubrir los infinitos pasajes entre su retórica esencialista y restauradora con el texto de la proclama del PRN. Basta recorrer los números del 82 para encontrar coincidencias escalofriantes entre las crónicas mundialistas y la verba patriotera que se bajaba desde las usinas del Proceso. Y a propósito de ese Mundial, me parece bastante menos grave marcar mal en una pelota parada que ser el líder de un equipo derrotado y mandarlo solo a dar la cara ante sus compatriotas mientras vos te quedás tomando el solcito de las playas españolas. Los amantes del “se juega como se vive” deberían tener más presente cómo viven algunos de los tipos que defienden al punto de mancillar su propia inteligencia. Pero lamentablemente para todos suelen estar bastante mal informados acerca de lo que no les conviene. No hay otra explicación que justifique que en uno de los programas que se creen “del palo” se ande departiendo amablemente sobre fútbol con quien fuera vocero del EAM 78. Espero un informe de 678 sobre esto. ¿Espero sentado?
Sólo la soberbia más patológica puede concebir que haya cosas indiscutibles en el fútbol.
Está tan claro que no es así que yo, que no puedo hacer más de tres jueguitos, puedo opinar que Diego, el más grande jugador que vi en mi vida, hizo, al menos en sus declaraciones públicas, una mala lectura de Alemania (“puro chamuyo”) y del partido con México (“los bailamos”). Yo, que no puedo hacer una rabona sin sufrir un derrame cerebral, puedo preguntarme por qué el tipo que más sabe no paró un equipo parecido a aquel que le ganó a Alemania hace apenas tres meses. Sin embargo, sé que si Otamendi cerraba mejor (central al fin) en su primer mano a mano con Podolski, y entonces no había falta, y entonces no había tiro libre al primer palo, entonces no había tal vez gol alemán a los tres minutos. Y a lo mejor se desplegaba otro partido. Y a lo mejor esas malas lecturas pasaban a ser la astucia de un líder que llena de confianza a sus dirigidos. Como pasó a ser una buena idea poner a Agüero contra Corea en momentos en que los manuales pedían a gritos reforzar la mitad de la cancha.
Retomando, a mí en lo personal, me gustan más los técnicos trabajadores que los motivadores, los obsesivos que los bocones. Pero son mis gustos. Maradona está a salvo, debiera estarlo, de cualquier frase parecida a la ingratitud por parte de cualquiera que haya vivido para verlo en una cancha. No sólo jugó como nadie podrá hacerlo nunca, además dio hasta la última gota de transpiración por la camiseta que llevara puesta. Así que si quiere quedarse, por qué no. El equipo del Mundial fue mucho más que el de las Eliminatorias. Por qué no pensar que el de la Copa América será mejor que el del Mundial. Y además, casi como te pasa con este gobierno, cuando uno ve la clase de engendros que alimentan el ejército otra vez floreciente de enemigos del 10, ¿no te dan ganas de abrazarlo y decirle “dale, Diego, no fue nada, metele para adelante”?
Algo de eso propulsó a muchas personas a salir de sus casas un domingo de invierno para recibir a esta Selección que salió del Mundial vapuleada por un equipo que fue eso, un equipo.
A lo mejor porque Diego derrotado sigue siendo mucho más querible que algunos periodistas deportivos victoriosos.
A lo mejor porque los Mundiales son como los cumpleaños, te pegan diferente sin importar tanto cuántos años cumplís como el momento de la vida que atravesás.
A lo mejor, finalmente, porque empezamos a aprender que las alegrías vividas no te las puede quitar nadie, ni siquiera Klose. Y mucho menos el Toti Pasman.
Pongamos que hablo de Villegas
Más allá del estupor que provocan las hordas Villeguenses, no ya reclamando la inocencia de sus jóvenes sementales, sino el cambio de carátula, la comprensión por el acto, el castigo a la víctima, más allá, digo, aparece la pregunta. Cómo es. Cómo funciona. Por qué.
Alguna respuesta la da Puig en esta joyita que colgaron hace algunas horas en el blog catanpeist y que me atrevo a reiterar en este sitio.
En apenas 3 minutos y medio desfilan la flagrante descripción del ámbito, la presencia exacerbada del machismo, la división de la sociedad entre “fuertes” y “débiles”. Pareciera estar hablando del episodio que sacude nuestras conciencias por estos días.
También cuenta, cualquiera que haya leído a Puig se habrá percatado de esto, cómo el cine fue de alguna manera un antídoto contra ese paisaje llano y opresivo.
Algunas décadas después, en la pujante y sojera Villegas, hay un solo cine que, hoy por hoy, no proyecta ninguna película.
La próxima vez que alguien arroje sobre tu persona un discursito acerca de cuánto mejor se vive en el interior de la República, de la condensación de valores y cualidades que conjuga la gente de “nuestro campo”, contale que las cosas son algo más complejas que un caño de escape o dos bocinazos a destiempo. Y hablale de General Villegas. Parece que nada es tan sencillo.
Acerca de los inconvenientes políticos de la torpeza
A veces veo 678. No siempre. Un poco porque sus horarios no compatibilizan de la mejor manera con los de una casa con niños pequeños. Otro poco porque hay momentos en los que me cansa.
Le reconozco y le agradezco a 678 la posibilidad de poder escuchar voces que de otra manera no tendrían lugar en la televisión argentina, el desarticular con eficacia algunos de los resortes más siniestros de los grupos concentrados de la comunicación y, por qué no, bastante afinidad política e ideológica con mi modo de ver la Argentina. Aunque esta misión que se ha autoimpuesto, este combate, debo decir, trae consigo una dosis de tosquedad y didactismo que a veces me supera.
678 es una reacción contra cierto orden de cosas en el mapa mediático, orden que pareció eterno en algún momento. Y como tal, como reacción de un pequeño contra quien hasta ayer parecía invencible, quizás no pueda evitar los excesos, la mirada gruesa y hasta la falta de humor. A veces, lo comprendo y me lo banco. A veces no. Anoche fue una de esas veces.
Ante la lujosa presencia de Laclau y Halperín, Galende dio pie a un informe sobre los Martín Fierro y algunos correlatos de lunes. La segunda parte de ese informe era una grabación de Víctor Hugo (o como lo llaman en Clarín “el locutor oficialista”, ¿lo vieron?) en la que hablaba de cierta bajada de línea en APTRA para que sus afiliados no votaran a 678 como mejor programa periodístico. Parece creíble, aunque me pregunto si podemos seguir tomándonos en serio un premio otorgado por una entidad que contiene a gente como Cacho Rubio. Digo, tan en serio como para preocuparnos por algunas injusticias o intercambios.
Pero lo que disparó mi enojo fue la primera parte de ese informe. Allí se reaccionaba con estupor, indignación y enérgica condena ante algo que se dijo en el piso de CQC antes de presentar la cobertura de los Martín Fierro. Los conductores comentaban su derrota en todos los rubros en los que habían sido nominados, entre ellos, el de mejor periodista de TV, donde Clemente y Gonzalito perdieron a manos de Pedro Brieger. Y seguía el siguiente diálogo:
GONZALO: ¿Quién es Pedro Brieger? ¿Con quién se acostó?
JUAN: Pará, más respeto: es un periodista con título universitario…
GONZALO: Ah, OK: ¿Con qué jefe de cátedra se acostó?
Muchas personas entenderían que esto es un chiste. Tiene forma de chiste, lógica de chiste y, más allá de su opinable calidad humorística, persigue los fines risibles de un chiste.
Si se lo mira bien, eso que la docente locución de 678 señaló como “menos mal que Juan trató de instruir a su compañero” no es otra cosa que un pie para el remate de Gonza. Pie, remate, chiste. ¿Me siguen?
Lejos de entenderlo de esta sencilla manera, el envío despertó la indignación de los panelistas. Apenas tímidamente, el gran Barragán arriesgó “Es un chiste”. Pero enseguida fue tapado por otra andanada de voces indignadas ante la ignorancia de Gonzalito.
Tengo algunos elementos para señalar que este diálogo era efectivamente un chiste. Uno es contundente: lo escribí yo.
Los panelistas de 678 no tienen por qué saberlo, pero la mayoría de los programas de TV tienen guionistas. Está bien que para la gente de APTRA no existan otros guionistas que los de ficción. Esto sólo evidencia su conocimiento del medio. Pero existimos. Y una de las cosas que hacen los guionistas de no ficción (además de armar informes, redactar voces en off, pensar promos, etc) es escribir los pisos de muchos de los programas que se ven. Se trata de guiones férreos en algunos ciclos. En otros, como en Caiga, son propuestas para los conductores. Estrategias para vender una nota, líneas para abordar un tema y, sí, hay que decirlo, chistes. Estos chistes son tomados por los conductores o ignorados. Cambiados, mejorados o tristemente arruinados. Pero están para eso. Y uno de esos chistes era el mentado: “¿Quién es Pedro Brieger…?” Etc.
Podría explicar que -claramente- ese chiste apuntaba a parodiar la banalidad del medio pero dejémosle esas teorizaciones autocomplacientes a la gente de Barcelona que las hace mucho mejor.
Lo que está claro es que quien propuso ese chiste tiene un gran respeto por la figura de Pedro Brieger. Que lo escucha cada sábado con atención cuando hace su columna en Marca de Radio, que lo sigue desde hace unos cuantos años con interés, que ha asisitido a algunas charlas que dio en su Facultad, y que lo considera una de las voces más informadas e interesantes del castigado paisaje periodístico argentino.
En esta dinámica 678esca que adopta a veces la lógica de un tribunal de pureza, terminó involucrada, creo que sin quererlo, gente como Jorge Halperín, quien me consta no piensa que soy un ignorante o un estúpido. O al menos esa impresión me quedó de cuando compartimos charlas y reuniones para el proyecto de EL GEN ARGENTINO. O Pablo Alabarces, quien expuesto al mismo estímulo en DURO DE DOMAR, se perdió el chiste y creyó estar ante una muestra de ignorancia de la misma persona a quien propuso poner un 10 en su tesina de grado cuando quien esto escribe andaba terminado su Licenciatura en Ciencias de la Comunicación.
Pero además de expresar mi admiración por Brieger y mi respeto por Gonalo Rodríguez, quisiera ir más allá. Aprovechar este diminuto episodio que me involucró para reflexionar sobre ciertas formas fallidas de la comunicación K firendly. Hay estrategias que creo empiezan a hacer agua. Polarizar no está mal cuando enfrente hay un enemigo. Cuando la polarización es nuestra única forma de expresión, empieza a ser un obstáculo para construir. Si se busca algo más que el regodeo entre convencidos, sería bueno darse cuenta de que no se puede usar la misma artillería para castigar a Solanas y a Lozano que a Carrió y a Duhalde. Y que emplear el mismo tono para denunciar una operación de TN contra la Ley de Medios que para comentar un chiste del piso de CQC, parece ser más un problema que un estilo.
Como comentaba el otro día a propósito de un interesante post de Mendieta, estos son momentos de no arriesgar lo que se ha logrado en maniobras de cancha. Los tipos que están enfrente están golpeados y sólo eso puede explicar torpezas tales como el video de los niños teleprompter de Noble, pero todavía tienen la mano pesada y carecen de escrúpulos. Se viene el tiempo de acumular para crecer, de no quemar puentes con gente que el día de mañana puede estar de este lado si se vencen miserias y estrategias personalistas que existen en ambas orillas. En estos tiempos, creo, para nosotros debiera estar prohibido ser boludo (más allá de la ingeniosa canción de Barragán). Y confundir un chiste con un ataque parece transgredir esa prohibición. Se asemeja más bien al discurso psicópata que pretende ver ataques a la prensa por todos lados, y para el que vale lo mismo una patota arrojando sillas en la presentación de un libro que si le trajeron el café frío a Bonelli.
Espero que Pedro Bireger no haya sentido miedo por ese chiste. Ni que le haya traído problemas maritales, claro. En cualquiera de los dos casos, aquí estará quien esto escribe para atestiguar lo que haga falta.
Adiós, muñeca
No sé cuánto hace que la vi por primera vez. Fue en alguna revista de los 90. Acompañada de algún epígrafe tonto. A la segunda o tercera vez, me aprendí su nombre. ¿Quién era esa mujer de cabello largo, oscuro, que sonreía en las publicidades de Loreal? ¿Quién la dueña de ese rostro anguloso pero sugestivo, esos labios delgados y perfectos? Y esos ojos profundos, ¿No prometían algo más que un futuro de marido empresario, polista, evasor impositivo?
Me gustaba su perfil bajo, su ausencia en cualquier batalla que implicara a modelos, vedetongas, felinos o bailarinas de certamen grasiento.
Supe que estudiaba teatro, y que lo hacía en el mismo lugar que una compañera de trabajo. Esa fue la mayor aproximación entre mi universo de oscuro escribidor y el de ella, seguramente radiante y promisorio.
La nuestra fue una de esas afinidades que poco tienen ver con lo sexual, aunque quién soy yo para excluirlo si ella llegara a insistir. Fue una de esas fidelidades mediatizadas que los amigos de uno conocen y hasta respetan. Mirá, una foto de tu novia, me han llegado a decir algunos, en confianza, comprendiendo o tal vez padeciéndome.
Y hasta llegó a ser tema de conversación con mi pareja. Lejos de cualquier comentario al paso sobre los atributos físicos de otra artista, colega, amiga o transeúnte, siempre fui honesto en cuanto al vínculo que me unía a la bella modelo. La madre de mis hijos siempre supo que aquel improbable día en que ella golpeara a la puerta decidida por fin a llevarme consigo, no habría lugar para reproches. Que me iría con lo puesto sin derecho alguno al escándalo o a preguntas incómodas.
No voy a negar que últimamente el vínculo fue perdiendo intensidad. Que empezaba a notarle una extrema corrección que me inquietaba. Que si bien apoyé su incursión en el mundo de la entrevista aburrida de cable, solían disgustarme sus invitados. Sin embargo, quién era yo para criticarle sus amistades. Seguía buscándola en el zapping de la trasnoche cada tanto, deteniéndome en la belleza de su rostro, inalterable a pesar del tiempo, a pesar de estar más grande, al punto de tener ya casi mi edad.
Pero un día se encendieron las alarmas. Sus invitados pasaban de intrascendentes a molestos. En ese estudio penumbroso y soporífero comenzaron a sucederse los más altos exponentes del pensamiento republicano, dialoguista, gorilón y neo facho.
Y ella, a quien admiré tanto que casi voy al cine a ver una de Subiela para apreciar su rostro en dimensiones gigantográficas, ella, le regalaba sus miradas de fascinación a tipos de la calaña de Marcos Aguinis o Santiago Kovadloff. Si ella admiraba a esos filósofos de señoras tilingas de barrio Norte, tal vez se estuviera convirtiendo en una de ellas, pensé en una noche de insomnio.
Traté de olvidar el episodio, pero una triste madrugada de jueves sucedió algo espantoso. Ahora, esos ojos con los que alguna vez soñé, seducían hasta los límites de lo inapropiado a la señora Pilar Rahola. Por si tienen la suerte de no conocerla, es una periodista española que puede decir que es de izquierda y que hay que pasar a todos los musulmanes del mundo por una picadora de carne oxidada en una misma frase. Una señora que bajo el poncho de la modernidad esconde los puñales más reaccionarios, y que es capaz de llamarte antisemita si no te encanta que un misil israelí caiga sobre la cuna de un bebé palestino.
Supe entonces que las cosas no andaban bien. Y que estos tiempos de bipolaridad salvaje nos habían arrojado en bandos opuestos. Que si ella me conociera ya no pensaría que soy feo o aburrido, sino un integrante de una banda de blogueros paraestatales, un adalid de la crispación, un manifestante rentado, alguien que se quedó en los 70, un prisionero del odio, un neo montonero, un zurdito, en fin, un peligro para la democracia.
El golpe fue duro y estaba tratando de elaborar el duelo en silencio, sin comentarlo casi con nadie. Pero esta vez fuiste demasiado lejos. El sábado leí que estuviste en la Feria del Libro haciéndole un reportaje público a Hilda Molina. Todo bien. Pero, ¿había necesidad de que cuando parte del público repudiara su presencia dijeras esa frase? ¿Hacía falta desbarrancarse tan dolorosamente por el abismo de la estupidez? ¿Tenías que decir “Por qué no se van a vivir a Cuba”?
Chau, Mariana Arias. Lo nuestro terminó, aunque vos nunca te hayas enterado de que había empezado. Final. ¿Te pido un taxi?
De lejos
Un Palco en penumbras. Se oye un murmullo lejano. Entra una pareja. Ella lleva vestido negro, largo, y una cartera. Él, bermudas, camisa floreada y ojotas.
Ella: A veces creo que no me escuchás.
Él: Es verdad, hace mucho que no venimos al teatro.
Ella: ¿Ves lo que digo?
Él: ¿Qué te pusiste?
Ella: Me dijiste “elegante”.
Él: ¿En serio? No me acordaba.
Lo mira de arriba abajo.
Ella: Está claro. ¿Tenías que venir en malla?
Él: Es que te mojan. Me dijeron que estos hijos de puta te mojan.
Ella: ¿De verdad? Me encantan las obras en las que te mojan. Voy a cambiarme entonces.
Él: No, quedate que ya va a empezar.
Llegan chistidos del resto de la sala. Oscuridad. Música.
Ella: Guau: me encantan las obras en las que los actores están desnudos.
Él: Pero son todos hombres. ¡Es un asco!
Ella: No entendés nada. Es lo primitivo. Es lo animal. Es lo telúrico.
Una bola de barro lanzada desde el escenario impacta en el vestido de ella.
Ella: ¡Es barro! ¡Me tiraron barro!
Él: ¡Son unos guachos!
Ella: ¡Son geniales! ¿Te das cuenta de que están reescribiendo la metáfora bíblica de la creación del hombre?
Él: Lo que quieras, ¡pero te mancharon el vestido!
Ella: ¡Me encantan las obras que te dejan algo!
Él: ¿Te vas a quedar así?
Ella: No, me voy a cambiar: traje otra ropa de repuesto… ¡Esto es genial!
Ella sale. Él se pone de pie y se asoma. Mira hacia el escenario.
Él: Flaco, aflojá un poco porque…
Mira hacia los otros espectadores.
Él: ¿Qué hace? ¿Está meando? ¡Está meando!
Se desploma en su butaca.
Voz del padre: Finalmente, la decadencia se apoderó de todo.
Él mira a su alrededor.
Él: ¿Quién dijo eso?
Detrás de él, se ilumina la figura de un hombre gordo, pálido, calvo y con lentes oscuros. Lleva campera de cuero y fuma un pequeño habano.
Él: ¿Papá? ¿Sos vos? ¡Esto no es real! ¡No puede ser!
Padre: Claro, esto no puede ser. Pero pagar 80 pesos para ver a 5 boludos en pelotas que se tiran barro sí. Eso es normal.
Él se levanta. Se abalanza sobre el hombre para abrazarlo. El hombre levanta la voz.
Padre: ¡No te atrevas!
Él se paraliza.
Él: ¿No puedo abrazarte? ¿Por qué? ¿Tiene que ver con la inmaterialidad de la muerte?
Padre: No: abrazarse es de putos. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?
Él: Pero… Contame dónde estás… Cómo es… A qué viniste…
Padre: Shhhh. Ahí viene ella.
La figura del padre se oscurece. Entra ella con un pantalón corto y una remera.
Ella: Ya está. Lista para seguir participando… ¿Me perdí algo?
Él: No… El colorado se echó un cloro en el escenario… Pero nada más.
Ella: Ah, el despliegue de las funciones orgánicas transformadas en espectáculo.
Él: No, nena: meó.
Música beat de los 70.
Ella: Mirá: ahora cantan y ejecutan una coreografía kitsch de los 70 que no viene a cuento de nada. ¡Es la mejor versión de Macbeth que vi en mi vida!
Ella mueve sus hombros y su cabeza al compás de la música.
Él: Shami… Shamila… Quería hablarte del fantasma de mi padre…
Ella: No, bruto: eso es en Hamlet… ¿O era en Otelo? Ahora me hacés dudar. Ah, no: el fantasma del padre es en Hamlet. En Otelo es el fantasma de un negro.
Él: De mi padre quería hablarte, Shami… Ni el de Hamlet ni el de Otelo: el mío.
Ella: No me hablás nunca de tu papá y vas a hacerlo ahora, amor… Entiendo que esto te moviliza… ¿A quién no? Pero no es el…
Ella mira a su alrededor. Aspira varias veces.
Ella: ¿Podés creer que hay un hijo de puta fumando un habano adentro de la sala?
Voz del padre: ¿Qué? ¿Se puede orinar en público pero está prohibido echar el humo?
Ella: ¿Quién dijo eso?
Se ilumina la figura del padre de él.
Padre: Yo. Y ahórrese el discursito sobre el cáncer de pulmón, mi hija: ya estoy muerto.
Él: Shamila, te presento a mi papá.
Ella se queda quieta, con la boca abierta, congelada en alguno de los movimientos de su coreografía.
Ella: Así que usted…
Padre: Supongo que Octavio te habló mucho de mí.
Ella: Claro… Claro… ¿Octavio? ¿No te llamabas Juan Manuel vos?
Padre: Ese es su segundo nombre.
Él: Segundo y tercero. Juan y Manuel.
Ella: ¿Por qué no me dijiste que te llamabas Octavio?
Padre: ¿Por qué no usás tu primer nombre?
Él: ¿Vamos a hablar de mí? El hombre vino de tan lejos…
Llegan chistidos del resto de la sala.
Él: Estamos molestando acá… ¿Por qué no nos vamos a un lugar más tranquilo?
Ella: Ni loca: ya viene la parte en que los actores se cuelgan de ganchos y sacan a volar a gente de la platea. ¡¡¡Cómo me gusta el teatro!!!
Él: Pero mi amor…
Padre: ¿”Mi amor”? Sometido… Maricón… Nunca vas a aprender a tratar a una mujer, Octavio.
Ella se asoma al palco. Y observa el recorrido de un cuerpo que se acerca por el aire. Agita los brazos.
Ella: ¡A mí! ¡A mí! ¡Yo quiero ir a volar con ustedes!
Sigue la trayectoria del cuerpo que baja.
Ella: Puta madre: siempre sacan a volar a los de la platea.
Lo mira a él.
Ella: Podrías haber gastado un poquito más, ¿no? ¿Tan poco valgo para vos?
Él: Perdón, Shami. La próxima venimos a la platea. ¿Por qué ahora no nos vamos a charlar con papá y otro día volvemos?
Padre: ¿”Perdón, Shami”? ¿Qué clase de hombre le habla así a una mosquita muerta como esta?
Ella: Mire, señor: acá el único muerto parece ser usted…
Mueve una mano ventilando delante de su nariz.
Ella: Y me parece que ya empezó a pudrirse.
Padre: Usted me está pudriendo, señorita. Y el arrastrado de mi hijo.
Voces de la platea: ¿Pueden hacer silencio? No nos dejan escuchar los ruidos guturales del protagonista…
Él: ¿Ruidos qué?
Se escuchan ruidos inentendibles que provienen del escenario: alaridos, regurgitaciones, onomatopeyas. Ella se asoma entusiasmada.
Ella: ¡Genial! ¡Hermoso! ¡Qué primario!
Padre: Yo creo que ni el primario terminaron estos…
Él: ¡Les pido por favor! ¡No me hagan esto! ¡Quiero que hablemos! ¡Shamila, papá debe querer decirnos algo!
Padre: ¡Eso es verdad!
Voces de la platea: ¿Por qué no se lo va a decir afuera hijo de mil putas?
El padre asoma casi todo su cuerpo.
Padre: ¿A quién le dijiste “hijo de puta”?
El padre saca un revólver de adentro de la campera. El hijo se abalanza sobre él.
Él: Papá, papá… Otra vez no…
El padre se recompone. Guarda el arma. Shami mira hacia el escenario extasiada.
Ella: ¿Vieron eso? ¡Apareció un actor vestido de ángel! ¡Me encantan las obras con ángeles!
Él: Bueno, Shami. Yo me lo llevo a papi afuera. Si querés quedarte, quedate. Hablamos mañana.
Voz de la platea: ¡Eso! ¡Mañana! ¡Hablen mañana!
Ella: Yo no me muevo de acá: me encantan las obras que no se entienden.
Él: Pero mi papá volvió de la muerte…
Ella: ¿Todavía no captás lo que está pasando, amor? El espectáculo al que asistimos es tan conmocionante que nos hace atravesar la barrera de lo real y vivenciar una experiencia de tipo paranormal que nos reencuentra de alguna manera con nuestros miedos y nuestros deseos más ocultos.
El padre amaga a sacar el arma.
Padre: ¿La mato yo o la matás vos?
El: Tranquilo. Tranquilicémonos todos… ¿Qué pasa, papá? ¿Qué te trajo hasta aquí?
Ella: Eso, ¿Por qué no se va a descansar en paz, señor?
Padre: Hay algo que tenés que saber, hijo. Mi muerte no fue un accidente.
Pausa.
Padre: Fui asesinado por “el Tío”.
El: No puede ser… ¿El tío Ernesto?
Padre: No… ¡¡¡El tío Cámpora!!!
Ella: ¿Quién es ese?
El: Qué sé yo… No conozco a toda la familia-
Padre: Cámpora, estúpido. El delegado que quiso traicionar al Movimiento pactando con la extrema izquierda…
Ella: Tu familia es un quilombo, bicho.
El: No sé de qué me hablás, papi. Pero decime, ¿qué querés?
Padre: ¡¡¡Venganza!!!
Silencio en la sala.
Ella: Explíquese.
Padre: Tomá este puñal, hijo. Me lo regaló el General en Puerta de Hierro.
El padre saca un puñal de entre sus ropas y se lo ofrece al hijo.
El: Lindo, ¿eh?
La mira a ella.
El: Tengo que aprender a hacer asados, amor… No puede ser… Es un crimen.
Ella: Sabés que soy vegana.
Padre: ¡Cállense, pendejos! El puñal es para que lo mates.
El: ¿Que lo mate? ¿A quién?
Padre: ¡A Cámpora!
Ella: El tío que no conocés.
El: No puedo hacerlo, papá. La familia es la familia.
El hijo le devuelve el cuchillo.
Padre: Qudátelo, te digo. Por una vez haceme sentir orgulloso de haberte traído al mundo.
Forcejean. El hijo grita. Hay un hilo de sangre en su mano.
El: Me corté…
Ella: Amor… Pobrecito…
Padre: No es nada. Que se haga hombre.
Ella: Tenés que lavarte ya mismo
El: Sí… Voy al baño a lavarme…
Padre: Qué vergüenza me das… ¿Sabés las veces que me tajearon la mano en un combate cuerpo a cuerpo contra el zurdaje apátrida?
Ella: ¿Se da cuenta? A lo mejor, si hubiera sido un poquito más cuidadoso no estaría muerto, señor.
Padre: Es que siempre antepuse a mi Patria…
El: Claro, y ella se ligaba todos los cuchillazos. Voy a lavarme, permiso.
El sale. Silencio prolongado.
Ella mira hacia el escenario.
Ella: Mire, están patinando sobre hielo… ¡Qué contemporáneo!
Padre: ¿Tienen planes?
Ella: Creo que hacen 2 funciones más y se van de gira por Dinamarca.
Padre: Me refiero a ustedes dos. A usted y mi hijo.
Ella gira y lo mira al padre.
Ella: ¿Planes? No. Por ahora no.
Padre: Pero, ¿están bien?
Ella: Sí… Es divertido.
Pausa.
Padre: La mujer necesita que se la lleve con mano firme…
Ella: ¿Adónde?
Padre: A todos lados. Adonde sea.
Ella: Son opiniones.
Ella gira y mira hacia el escenario.
Padre: Aún las que son como usted, andan pidiendo a gritos un hombre que las sepa conducir en la vida.
Ella: Mire. Hay un oso en zunga. Es increíble la cantidad de recursos teatrales que estos tipos son capaces de poner en juego.
Antes de que termine la frase, el padre la toma del hombro, la hace girar hacia él y acerca su rostro hasta quedar casi pegado al rostro de ella.
Padre: Vos necesitás un hombre de verdad.
Ella: Y usted una pastilla de mentol.
Padre: Vení acá.
El intenta besarla. Forcejean. Entra el hijo.
El: Ya volví.
El padre se aleja de ella. Intercambio de miradas. Silencio prolongado.
El: Parece que no es nada. Algo superficial.
El padre vuelve a sacar el puñal.
Padre: Y con el puñal del General. Es un honor, hijo.
Ella se lo saca.
Ella: Deme eso. Usted es un peligro.
El padre forcejea con ella.
Padre: Dame eso, putita. No ensucies con tus manos mugrientas el legado de nuestro líder…
Voz del actor: Señor, estamos tratando de decir un texto, ¿podría cerrar la boca?
El padre se asoma. Ella se queda con el puñal.
Padre: A mí ningún drogodependiente me va a hacer callar.
Ella: Parece que tu papá nunca estuvo en un palco.
El: Sí, una vez: en Ezeiza.
El padre se asoma y le habla al público.
Padre: Hemos dado nuestra vida tratando de detener esta pesadilla que el mundo vive ahora. Dejamos todo por este país. Para que la bandera celeste y blanca nunca fuera cubierta por el sucio trapo rojo de la antipatria. Para que el sionismo internacional no se apoderara de nuestras tierras y de las tiernas mentes de nuestros jóvenes… He vuelto para terminar esa tarea…
Ella: ¿De qué habla?
Padre: Qué sé yo… Viste como es papi: cuando arranca con eso no lo para nadie.
Voz de la platea: Gordo ridículo, o te callás o llamo a la policía.
El padre señala a una persona del público.
Padre: A mí me vas a respetar, maricón…
Una botella de plástico pega en la cabeza del padre. Éste se asoma todavía más empuñando su arma.
Padre: ¡Zurdos! ¡Imberbes! ¡Me quieren copar el acto!
El padre se inclina tanto sobre la baranda del palco que sus piernas se despegan del piso. Su cuerpo se bambolea. Ella le clava el puñal en la espalda. Se escucha el grito del hombre cayendo. Estrépito de un cuerpo al dar contra el piso.
Voz de la platea: ¡Está muerto!
Aplausos de toda la sala.
Él: Papi… Papi… Papito… ¡No puede ser! ¡No puede ser!
Ella: Sí, Octavio: hay gente que merece morir dos veces.
Él: Pero… Yo lo quería igual… ¿Está mal eso?
Pausa.
Ella: Sí. Re mal.
Se encienden las luces de la sala. Ella y él se levantan.
Ella: Una obra bellísima.
Él: Murió papá.
Ella: La vida comienza.
Instrucciones para leer el diario
Donde dice consenso debe leerse cogobierno.
Donde dice futuro debe leerse impunidad.
Donde dice clima de negocios debe leerse descontrol para nuestros negocios.
Donde dice libertad de prensa debe leerse descontrol para nuestros negocios periodísticos.
Donde dice diálogo debe leerse rosca.
Donde dice federalismo debe leerse rosca con los gobernadores.
Donde dice previsibilidad debe leerse no cambiemos nada, nunca.
Donde dice el campo debe leerse empresarios concentrados del rubro alimentos.
Donde dice integrémonos al mundo debe leerse seamos eternos vendedores de materias primas.
Donde dice la gente debe leerse la gente de derecha.
Donde dice respeten las instituciones debe leerse no ejerzan la mayoría.
Donde dice manifestación espontánea debe leerse en lugar de llegar en un sucio micro proveniente del conurbano llegaron en taxis.
Donde dice república debe leerse un país sin peronistas.
Donde dice orden debe leerse un país sin zurditos.
Donde dice garantías para los inversores debe leerse un país sin sindicatos.
Donde dice inseguridad debe leerse mano dura, pena de muerte, baja en la edad de imputabilidad y muchas cosas horribles más.
Donde dice estamos preocupados debe leerse estamos conspirando.
Donde dice ya no hay izquierda ni derecha debe leerse ya ganó la derecha, ya ganamos.
Donde dice no hay que volver al pasado debe leerse hay que volver al pasado que nos convenía.
Finalmente, donde dice queremos que termine su mandato debe leerse todavía no definimos quién de todos nosotros se va a quedar con la sillita.
Esta es su fe de erratas. Su fe. De ratas.
¿Qué te pasó, instrumento musical de viento, de metal, semejante a la trompeta, pero más pequeño y de sonidos más agudos? *
¿Qué pasó? ¿Cómo fue que se te pasó esto? Sí, aunque no lo crean, hoy en el autodenominado gran diario argentino publicaron una buena nota. Correctamente escrita, fundamentada y a contrapelo de los lugares comunes que suelen transitar las páginas del que alguna vez fue un diario.
En su nota Chile, un modelo económico con muchas limitaciones (leer aquí), la periodista Hinde Pomeraniec analiza cómo la reciente catástrofe ha desnudado las grietas del sobrevaluado modelo chileno.
¿Se les habrá escapado? Antes de que la retiren de la web, léanla. Si no les interesa el tema, al menos como una rareza, como uno de los últimos jirones de periodismo que queda flameando por ahí.
* Como ya se ha explicado, en este blog se omite el nombre de la publicación sugerida por temor a las ridículas represalias jurídicas padecidas por colegas.
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¿Así era lo del pacto de la Moncloa?

Tenemos que hacer un gobierno para todos, dice. Para los que quieren a Videla y para los que no lo quieren. Genial.
Un gobierno para los que quieren elegir mandatarios a través del voto. Y para los que prefieren bombardear plazas, desenfundar armas y sacar a los presidentes elegidos por aquellos votos con custodia policial.
Pensemos un gobierno para los que quieren el Congreso. Pero también para los que quieren una Comisión de Asuntos Legislativos integrada por tres muñecos de uniforme.
Un gobierno para los que editan libros y para los que los queman, ¿por qué no?
Para los que tienen hijos y para los que robaron los de otros en algún procedimiento.
Para los que te tocan el timbre y para los que te patean la puerta de tu casa a las 4 de la mañana.
Para los obstetras y para los que picanean embarazadas.
Para los periodistas y para los que publican lo que les mandan en un sobre desde el batallón 601.
Para los que les gusta viajar y para los que les gusta tirar gente drogada desde los aviones.
Es hora de pensar un gobierno que incluya a los maestros y a los que empalan niños, a los médicos y a los torturadores, a los artistas y a los censores, a los delegados y a los entregadores, a nosotros y a los que nos quieren matar, a los jueces que juran por la constitución y a los que lo hicieron por el estatuto del proceso.
A todos. Que eso es el pluralismo. Eso es, después de todo, la república que sueña esa gente buena.
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Dos tazas en Valparaíso
Nosotros y la estúpida pretensión de entender. Un poema, un cuadro, una mujer. Y en el extremo más absurdo, un país. No podemos evitarlo. Como si todo tuviera un sentido. O como si este no viniera dado por infinidad de causas y azares. ¿De dónde viene el carácter de esta angosta franja de tierra acorralada entre montaña y mar que las guías turísticas insisten en llamar Chile? Del clima y la pertinaz resistencia mapuche, de San Martín y la manía que tiene la tierra de estremecerse hasta el desastre por estas zonas, de un 18 y un 11 de septiembre, de la experiencia socialista más singular de estas latitudes y una típica dictadura latinoamericana que sin embargo logra, como pocas, impregnar leyes y costumbres hasta hoy. Y probablemente hasta mañana. ¿De dónde?
Termina mi experiencia chilena. Estos veinte días de tomarse el metro, subir cerros, beber cerveza con colegas trasandinos, aburrirse, ejercer actividades poco agradables, perderse, palpitar una elección, perderla, entristecerse como si fuera propia, hacer la cola del súper, tolerar a las señoras que pagan con cheques en las cajas express, ahorrar y gastar. Termina el viaje y sigo sin entender a este país. Pero con la estúpida pretensión de lograrlo.
Hay coordenadas para esta incertidumbre. Valparaíso es una ciudad portuaria diseñada pertinazmente sobre laderas montañosas. Un reducto persistente donde conviven el Congreso y las galerías de arte for export con el deterioro más penoso. Eso que a los visitantes nos resulta encantador y a los locales sencillamente sórdido, se dispone aquí con naturalidad: metonimia de las contradicciones que atraviesan este país.
Caminando estas calles únicas, una visión horrorosa me sorprende desde la mesa de un puestito de artesanías. Se ofrecen tazas con imágenes alegóricas de esta patria. Y entonces, allí está la taza con la cara de Salvador Allende. Y justamente al lado, una igual, con la repulsiva trucha de Pinochet. Y no se trata del trastorno de un comerciante esquizoide. Al lado nomás, otra vez, Allende y Pinochet. Como macabro metegol que dispone, en un mismo plano, víctima y victimario. Demócrata y dictador. Héroe y asesino. Llevando al paroxismo esta idea idiota del diálogo a como dé lugar. O esa mediocre superstición de que lo mejor siempre está en el medio de una y otra alternativa. Siempre. Que debe haber un lugar para todas las ideas. Aunque entre las ideas de los otros esté la de matarte.
Pocas veces y en pocos lugares siente uno que las cosas se hicieron (o se dieron) mejor en la Argentina que en el país que eventualmente se visita. He aquí una de esas pocas veces. Mis amigos santiaguinos escuchan con cierto asombro que sería imposible que alguien vendiera en una plaza de Buenos Aires una tacita con la cara de Videla. Está claro que en Argentina hay gente que añora aquellas épocas. Pero la cuestión va más allá del número. Hay una conciencia de lo que es socialmente tolerado. De que aquello sería un acto marginal pasible de una condena social. Nada de eso ocurre en Chile.
Quién sabe por qué. Quién sabe si ese orden que nos admira en el transporte público de su capital, esa manera controlada de vivir, es tan pero tan buena. Si no deviene menos de un elevado estado de conciencia que de la admiración malsana por ciertas formas de autoritarismo, por aquí tan comunes. Quién sabe dónde termina un saludable respeto por el otro y empieza la represión de toda manifestación de descontento. Dónde acaba lo europeo y empieza lo prusiano. Se sorprenderían de ver lo fácil que es conseguir un ejemplar de MI LUCHA en cualquier librería de viejo de Santiago. En el centro, en Providencia o en el persa del Bio Bio, que te venden como Tristán Narvaja y se parece más bien a La Salada.
La naturalización de la dictadura pinochetista es perturbadora. Como si el de don Augusto fuera otro de los gobiernos opinables que se apilan en los manuales de historia de los países del primer mundo.
Perturba también la memoria asfaltada de lo que pasó y por qué. Los murales tapados, el haber reparado cada uno de los orificios de bala de la Casa de la Moneda, la crueldad de haber convertido la casa de Allende en un geriátrico.
Cada tanto uno se encuentra con alguien que atravesó aquellos vertiginosos días, y puede verle, si viene de ese palo, cómo se le humedecen los ojos al escuchar nuestras tontas preguntas de turista de la historia ajena. Como si aquella aventura de la UP fuese un secreto inconfesable, algo que no se debe mencionar. Una travesura justamente castigada.
Cuánta incomodidad provoca la figura de Don Salvador. Cómo fastidia por izquierda y derecha el haber intentado saltar el chantaje que quiere obligarte a optar entre la libertad o la justicia, entre los mercados genocidas y las burocracias omnipresentes.
Saboreando una cerveza artesanal, la segunda o tercera de aquella noche supongo, un guionista chileno arriesga que la obligación de haber tenido que reconstruir tantas veces estas ciudades, esta molesta inestabilidad orográfica, tal vez explique parte de la admiración de ciertas mayorías chilenas por las sólidas estructuras de cuartel. Esa alemanidad, que uno disfruta en sus manifestaciones gastronómicas y desprecia en sus aberraciones políticas. ¿Quién sabe?
La idea parece menos caprichosa al comprobar que uno de los programas de TV más exitosos de los últimos años, el que le permitió llegar al liderazgo al canal público, TVN, se llama PELOTÓN. Y es un reality (a estos tipos les encantan los realities) que cuenta (exhibe) la vida de un grupo de jóvenes en una base militar calcada de la peor filmografía estadounidense. Allí se reivindican los supuestos valores de estos marines periféricos: la valentía, la confraternidad, esa innumerable cantidad de cosas que supuestamente se aprenden bajo estos regímenes de privaciones, en fin, la nobleza de los hombres de armas. Su nauseabundo autoritarismo didáctico. Justo aquí. Donde se cuentan por miles las víctimas torturadas y asesinadas por hombres de uniforme.
Para peor, viendo atónito algunas escenas de este ciclo que rebota en los matinales de los canales de la competencia y trepa con asiduidad a las tapas de los diarios, descubrí la participación del hijo tardíamente reconocido por la rata riojana. Como si el pobrecito viajara por el mundo buscando algún puto reality donde meterse. Literalmente, procurándose una vida. Y quién podría culparlo.
Su presencia no es lo único que nos recuerda a la década del 90 por aquí. Hay mucho de aquella fiebre consumista y mucho de ese tilingo deseo de estar “integrado al mundo”. Cadenas que huyeron de las pampas o por suerte nunca llegaron con su carga de colesterol y aceites saturados, reinan aquí hace años: los negocios de hamburguesas ya conocidos conviven con los de donas, los de pollo frito y esa pizza de cartón corrugado con nombre de sombrero.
Tiendo a pensar, arbitraria e irresponsablemente, lo asumo, que el meollo del asunto es que Pinochet no fue sólo el Videla de Chile. Fue más bien el Videla y el Menem. El que derrotó a la subversión apátrida como Dios y la CIA mandan, pero también el que generó, con un poquito más de racionalidad que por aquí, un modelo económico ortodoxo que implicó el ingreso de los sectores acomodados a la burbuja primermundista. Cuando el algo habrán hecho se mezcla con el voto cuota y los vuelos de la muerte con las publicidades de viejitos piolas de las AFJP (acá AFP) la cosa se complica. Y entonces, las cuentas no declaradas en Suiza traen más incomodidad que las fosas comunes o los cantantes amputados. Capitalismo, al fin y al cabo. Mano invisible a punta de fusil: no puede fallar. Sobre todo después de una experiencia, la bombardeada en el 73, que debe haber aterrorizado a las capas medias chilenas hasta el ridículo.
Si bien se mira, en aquel plebiscito del 88, que convocó a pronunciarse a favor o en contra de una constitución que implicaba la continuidad del régimen, la derecha prodictatorial fue derrotada con un 54 por ciento de los votos. Eso permitió la vuelta de Chile a ciertas formas no del todo desenvueltas de democracia. Pero dejó sentada, al mismo tiempo, la existencia de un piso irreductible, vastísimo, de más del 40 por ciento de ciudadanos que votarían eternamente por la derecha, civil o militar. Y eso da escalofríos.
A pocos días de la segunda vuelta electoral que consagró al empresario Piñera, la presidenta inauguró en Santiago el Museo de la Memoria. Entre paréntesis, ¿se imaginan qué se hubiera dicho aquí si pocos días antes de una elección que enfrentara al oficialismo con un candidato de la derecha, la presidenta hubiera inaugurado un sitio monumental destinado a recordar los crímenes de la dictadura militar? Nada de eso pasó aquí. Acaso no sea sólo el oficialismo quien debiera mirar hacia Chile en procura de ejemplos de civismo. Cierro paréntesis.
Es algo extraño este Museo de la Memoria de Santiago. Molesta cierto exceso cool, cierta sobredosis de diseño. Parece un MALBA del genocidio. Y a pesar del excelente material de archivo que se exhibe, hasta ciertos sectores progresistas criticaron la puesta por entender que tenía demasiado de instalación. La crítica es compartible. Aunque teniendo en cuenta todo lo antedicho, tal vez Chile no esté como para hilar tan fino a la hora de evaluar cómo hace para rescatar cierta memoria. Y toda iniciativa debe ser bien recibida, aunque venga cubierta de cierta pátina palermitana.
Una de las cosas que puede verse allí es la filmación de un acto masivísimo en el Estadio Nacional, nada menos que allí, con Aylwin asumiendo. Y puede apreciarse que en aquel discurso, seguido por miles de gargantas anudadas, jamás se pronuncia la palabra Justicia. Incluso, la CONADEP chilena tiene un nombre más que elocuente: “Comisión por la verdad y la reconciliación”. Es decir, la democracia chilena no tuvo Leyes de impunidad simplemente porque no las precisó.
Con esta mochila de una dictadura que nunca acaba de irse, asistimos al final de la Concertación. Sin gritos ni penas demasiado profundas. Un fade out algo inevitable anticipado en sus internas amañadas y en sus carcamanes pegoteados en los sillones.
Sabemos que esta experiencia ligeramente socialdemócrata redujo notablemente la pobreza. Lo hizo con políticas focalizadas (esas que el gorilaje autóctono gusta denominar clientelismo). Pero que poco hizo por modificar la matriz liberaloide pinochetista, su desigualdad o su condena a un destino de exportación de materias primas que hasta cierta progresía trasandina defiende con orgullo. Algunos que saben de estos temas, describen una paradoja dolorosa: que muchos de los beneficiarios de aquellas políticas concertacionistas, que pudieron en estos años salir de la pobreza hacia una nueva clase media, se frustraron luego en este paisaje noventista en el que se paga por todo, desde ir al baño hasta asistir a la universidad pública. Y habrían terminado votando mayoritariamente por la derecha y sus promesas de góndola. Apenas una hipótesis creíble. Triste, sí, pero creíble.
Atrás queda Chile. Con su consumismo y su interminable fila de farmacias. Con su afán de país central y su TV de suburbio. Con Kike Morandé que hace pensar que Sofovich es Letterman, pero con 31 minutos. Con su slang cada vez más difícil de entender, pero el Parque Forestal. Con su debilidad por los uniformes, pero The Clinic. Con sus matinales fomes, pero sus mariscos y la soda limón. Con su smog capitalino, pero el sur. Con sus chistes xenófobos sobre peruanos, pero Valparaíso. Con el oscuro presente de Piñera pero el interesante futuro de Ominami. Con el fascismo golpista de El Mercurio, pero las tapas amarillo-lisérgicas de La Cuarta. Con el grasiento Festival de Viña, pero Carlos Cabezas. Después de todo, con su taza de Pinochet. Pero la de Allende.
Me resigno a volver sin haber logrado entender a este país.
Vuelvo a la Argentina, donde la confusión está mucho más clara.
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Reaccionarios eran los de antes

“Borges”, el compilado de diarios en los que Bioy relata sus cotidianos encuentros con el autor de Ficciones , es un opúsculo maldito: morboso, bajo, inesperado, injusto, retorcido, deshonesto, pero también maravilloso, divertido, atrapante y placentero. Y uno lo lee, qué va a hacer. Y siempre con un lápiz en la mano, para marcar citas, subrayar nombres, rescatar literatura o poder leerle algo a Adriana cuando me pregunta de qué me estoy riendo a carcajadas.
En sus páginas, convive la genialidad literaria con la más ramplona tontería política. Es decir: Borges. Una inteligencia emocionante y una estrechez ideológica que a veces pasa por una pose divertida y otras se exhibe como salvajada repulsiva. Nada de esto me impide disfrutar de su talento. Porque en mayor o menor medida, la vida te va enseñando a no buscar a los amigos ni entre los artistas ni entre los políticos. Salvo honrosas excepciones, uno debe tomar o dejar a esta gente por lo que producen como tales. De ahí el cuestionable carácter voyeur del “Borges” de Bioy. De la posibilidad fascinante y turbia a la vez de traspasar ese límite que no debería estar tan cerca.
El otro día, leyéndolo como cada tanto hago sin terminarlo nunca, encontré este párrafo más que elocuente. Lo comparto:
Viernes, 16 de agosto. Come en casa Borges. (…) Refiere el asesinato de un chofer. En el barrio de Nueva Pompeya, donde la avenida Sáenz Peña llega a las vías, apareció el cuerpo, apuñalado. Aunque en el bolsillo del muerto encontraron la cartera y el dinero, la policía creyó, desde el primer momento, que el móvil del hecho había sido el robo: los hábitos regulares y la fama de hombre de carácter afable del chofer parecían excluir otros móviles, pasionales o de venganza. La policía interrogó a los vecinos, que señalaron la presencia, en la noche del crimen, de un muchacho de aspecto tranquilo y provinciano, que pasó por allá silbando y a quien solía vérselo en determinado almacén. Un policía, vestido de civil, fue al almacén, fingió emborracharse y conversó con un grupo de parroquianos, entre los que se hallaba el mozo de la filiación señalada. El policía dijo deber varias muertes. El mozo le contestó: Mire, yo soy muy joven, tengo 17 años, y los otros días maté a un hombre. Lo siguieron, establecieron que vivía con su querida, una mujer de 28 años y, finalmente, lo detuvieron y confesó. Se llamaba Cisneros. Contó que un primo suyo y él resolvieron asaltar a un chofer. Se apostaron en la plaza de Flores y dejaron pasar dos taxímetros, hasta que paró un tercero, con la dirección a la derecha, que era lo que les convenía, por motivos técnicos, para el asalto. Indicaron una dirección en el barrio de Pompeya, que era donde vivían. Al llegar a la Avenida Sáenz, a las vías del ferrocarril, le dijeron al chofer que les diera la plata y el automóvil. Aunque persona de edad, el chofer se defendió y lo mataron de catorce puñaladas. Se asustaron de lo que habían hecho y huyeron sin sacarle el dinero. Borges opina que esos criminales son el fruto del peronismo: “Antes uno decía el crimen del silletero del año 20…” BIOY: “Ahora hay que decir el crimen del silletero de las tres de la tarde, el de las cuatro, etcétera”. BORGES: “Habría que fusilar a toda esa gente”.
Algunas ideas disparadas por el disparate:
1. La queja sobre el crecimiento de la inseguridad no es nueva, ni propia de la democracia. Como el fútbol y los carnavales, la seguridad también es un bien que parece haberse perdido en el comienzo de los tiempos. Tanto que uno se pregunta si alguna vez existieron el fútbol espectáculo, los carnavales alegres, las ciudades seguras, o si no son otro mito argentino más.
2. El relato transcurre durante la llamada “revolución libertadora” y B y B no pueden culpar de la inseguridad a un gobierno que les fascina. Pero resuelven el dilema fácilmente: la inseguridad es “fruto del peronismo”. Es decir: la inseguridad es un recurso de la derecha para castigar a los gobiernos que detestan. No importa si están en el poder elegidos democráticamente o si ellos mismos lo acaban de sacar a los bombazos.
3. Cuando Borges pide que se fusile “a toda esa gente”, no queda claro si se refiere a los criminales o a los peronistas. Probablemente, pensara que la distinción no era del todo relevante.
4. Los crímenes perpetrados por jóvenes sacuden de un modo particular. Hay algo que excede el delito puntual y que pasa por la fantasía acerca del descontrol de los jóvenes, los prejuicios generacionales o la mera incomprensión. Basta ver la rapidez con la que trepan en los títulos los pibes que matan, aunque su presencia estadística real en el delito -al parecer- es mínima.
5. Una diferencia importante: estas opiniones lamentables de Borges y Bioy pertenecen a la esfera privada. Me consta que han hecho públicas definiciones políticas iguales o peores, pero no es este el caso. Y por lo demás, jamás interrumpieron un cuento para bajar su aviso a favor de la mano dura. Su sesgo ideológico está siempre presente, obvio, pero jamás engañaron a sus lectores colando opiniones coyunturales en medio de aquello que el lector iba a buscar.
Por lo demás, después de decir estas burradas, Borges y Bioy escribían “El sueño de los héroes” o “El informe de Brodie”. Otros, sin solución de continuidad, pasan a exhibir pobres, recortar polleritas o meter gordos en el horno.
Y es que no hay nada que hacer, amén de la seguridad urbana, los carnavales y el fútbol, nada se deterioró más en la Argentina que la derecha.
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Una tarde en el obispado
miércoles 25 de noviembre de 2009
Una tarde en el obispado
Interior templo del obispado. Día. El hombre de bigotes y ojitos claros camina lentamente hacia el confesionario. Se pone de rodillas. Silencio prolongado. Carraspea. Se corre una breve cortina que da al interior del absurdo compartimento de madera. Detrás de un mosquitero bendecido se adivina la figura del Obispo. Los hombres conversan en voz baja.
MAURI: Padre, vine porque he pecado.
OBISPO: Lo sé, Mauricio. Lo sé. Estoy informado…
MAURI: Lee los diarios.
OBISPO: Sí. Y además, estoy informado…
MAURI: Entonces no hay mucho que contar.
OBISPO: Debes hacerlo. Así lo indica la dinámica establecida para este sacramento recaudatorio.
MAURI: Bueno… Usted, sabe… Fue el Fino el que me convenció… Me dijo que si tenía una policía propia y no espiaba era un pelot…
OBISPO: Ave María purísima.
MAURI: Perdón, Padre… Pero bueno, le hice caso. Es grave, ¿no?
OBISPO: No tanto, Mauricio. Yo escucho confesiones… Dios escucha todo… Y Mariano Grondona dice que es una pelot…
MAURI: ¡Padre!
OBISPO: Perdón, hijo. Continúa.
MAURI: Bueno, ya sabe: esto de la UCEP… Fue un poquito violento, ¿no?
OBISPO: Tranquilo, Mauricio. A mí tampoco me gustan los pobres, ni las villas. Pero bueno: debo reconocer que me tienen entretenidos a los curitas zurdos… Así que…
MAURI: Groso, Padre…
OBISPO: Dos mil años en el negocio, hijo. ¿Qué más?
MAURI: Lo que todos saben: subejecutamos los presupuestos de salud y educación para hacer placitas de medio palo y canteros en Palermo Soho…
OBISPO: Ego te absolvo…
MAURI: Estamos loteando la ciudad para nuestros amigos…
OBISPO: Ego te absolvo…
MAURI: Arrasamos con todas las instituciones del área de salud mental reemplazando a la gente que ganó concursos por amigotes sin experiencia con el fin de hacer negocios inmobiliarios con los edificios…
OBISPO: Ego te absolvo…
MAURI: Tenemos un sin fin de funcionarios y asesores que reivindican la dictadura militar…
OBISPO: ¿Y?
MAURI: Bueno… Dicen que está mal.
OBISPO: Ah, sí, sí… Claro… Ego nos absolvo. ¿Algo más que te estés olvidando de decirme?
MAURI: ¿Le parece poco? Cerramos centros culturales, bajamos subsidios y becas, le prohibimos hablar a los docentes, las escuelas y los hospitales están hechas pelota, lo mantenemos a Ale Rozitchner…
OBISPO: Me aburres, Mauricio. Hablame de lo que interesa. ¿Escierto que hubo un fallo de la Justicia porteña permitiendo el casamiento de dos hombres?
MAURI: Eh… A ver… Me parece que sí…
OBISPO: ¿Lo apelaste?
MAURI: Bueno… Yo… A mí me pareció… No sé… Miré unas encuestas y… Me pareció que mejor que no…
OBISPO: ¡¡¡¡MALDITO HIJO DE LUCIFER, PECADOR OMINOSO, PAGANO BLASFEMO, BESTIA HEREJE, QUE DIOS TE BORRE DE LA FAZ DE LA TIERRA Y NOS LIBERE DE TU MALÉFICA PRESENCIA PARA SIEMPRE!!!
Del interior del confesionario salen unas llamaradas rojas y azules. El edificio tiembla. Caen algunas piezas de mampostería. Una rajadura recorre el piso. Se transforma en una grieta cada vez más grande. Una mano incandescente toma el cuerpo genuflexo del hombre de bigotes y ojitos claros y lo empuja al interior de la grieta. Se escuchan unos aullidos espantosos. La grieta se cierra. Vuelve el silencio. El Obispo retoma su forma humana. O al menos la que tenía. Sale de adentro del absurdo compartimento de madera sacudiéndose algunos restos de cenizas de la impecable sotana. Suspira.
OBISPO: Una pena. Venía bien este muchacho.
Sale del recinto para seguir conspirando. Oscuridad.
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Operación Rosa Rosa
Operación Rosa Rosa
Me cae bien Sandro. Su música me parece algo chota, es verdad. Pero el tipo siempre la interpretó con garra. Creyéndosela. Por lo demás, la imagen de un señor que sale a cantar acompañado de un tubo de oxígeno porque apenas puede hablar, ciertamente conmueve.
Me cae bien Sandro. Siempre me pareció alguien que superaba, a fuerza de calle, la inteligencia media del devaluado olimpo de nuestras celebrities. Le he escuchado muchas veces respuestas ingeniosas. Pero también descarnadas. Como cuando le reconoció en una bella nota radial a Adolfo Castelo que estaba al tanto de que sus películas eran impresentables.
Me cae bien su inclaudicable culto del perfil bajo. Sus apariciones de oyente en programas de radio. Su gusto por mujeres que lejos de la silicona y la anorexia, se parecen a nuestras tías.
Me cae bien Sandro. Me gustó escucharlo dejando de garpe a alguno de los preguntadores tontones que superpueblan la nación. Es cierto, me molestó que alguna vez usara el poco aire del que disponía para decir “mano dura”, pero bueno, parece que es parte del asunto.
Igual, me cae bien Sandro. Aunque nunca me subí al rescate artístico propuesto por cierta posmodernidad palermitana. Disgresión ligeramente semiológica: en la reivindicación de lo kitsch, siempre veo un ingrediente clasista. Ensalzar algo por su fealdad cuasi paródica me suena bastante a agredir (estéticamente) a quienes disfrutan de ese producto sin retorcimientos intelectualoides, sólo porque les conmueve, le creen, o porque para sus parámetros de belleza es lindo o bueno, y punto. Cierro paréntesis.
En fin, que el hombre me cae bien. Sin fanatismos ni reconocimientos sobreactuados: bien.
Sin embargo, algo me hizo ruido en todo este despliegue médico-mediático alrededor de su multitrasplante. Algo que no tengo claro y trato de pensar mientras escribo estas líneas.
Será, no lo sé, el suponer la desigualdad del trato. Saber que en momentos en que la salud no es el bien mejor distribuido de la Argentina, hubo gendarmes, polícías, jets privados, hospitales, 70 médicos y un derroche organizacional de los que no hay ni migajas para los pacientes anónimos. Tal vez sea eso. O el sospechar que podría haber otras prioridades para aquellos órganos sanos antes que un señor de 64 años que —según su propia confesión— dinamitó su aparato respiratorio a fuerza de nicotina durante años y años. Tal vez no sea así y soy injusto. De todas maneras, no es ese el (único) origen del ruido molesto que me despierta esta noticia.
Un idiota radiofónico, de esos que abundan en el éter, anunció en el fragor de las agitadas conexiones del viernes que ya estaba “llegando el donante”. Como si se tratase de una persona que estaba yendo voluntariamente a donar sangre. Más allá del blooper, creo que es por ahí que esta noticia que copó el fin de semana me perturba un poco. El ver que de todos los detalles narrados hasta el hartazgo, se soslaya uno importante: la muerte (siempre trágica) de un joven de 22 años. En todo ese tsunami de esperanza mediática compulsiva no hubo lugar para narrar la pequeña tragedia. Pensé en los papás del muchacho (siempre me pongo en ese lugar), en los hermanos o novia si es que habían, en los amigos. A todos a quienes se agrede con tanta alegría ajena en el momento más duro de sus vidas. Respetar el anonimato no puede ser igual a barrer debajo de la alfombra.
El ruido viene de ahí. Y de cerciorarse, como pocas veces, que los medios definen vidas y muertes como dioses. De tomar conciencia, una vez más, de que los diarios no publican las noticias de todas las muertes (vaya novedad) si no las de aquellas que alimentan sensaciones de miedo, de enojo, de terror. Sensaciones que sirvan para alimentar los climas de ciertos negocios o, más acá, para vender algún que otro diario más. Y que en la misma maniobra en que llevan a primer plano y reiteran 24 horas una muerte “vendedora”, los medios callan las muertes que no convienen, las que plantan dudas, abren preguntas, humedenen fiestas. Que por eso no hubo “inseguridad” mientras se debatió la ley de medios, o no la hay cuando ganan River y Boca. Porque las de los médicos no son las únicas operaciones a las que asistimos diariamente. Que hay otras. Las de los benditos medios. Sin juramento hipocrático ni necesidad de título habilitante ni posibilidad —maldición— de juicio por mala praxis.
Ahora entiendo lo que me jodió de todo esto. Si después de todo, se sabe, Sandro me cae rebien.
El regreso de la (divina) TV Führer
lunes 16 de noviembre de 2009
El regreso de la (divina) TV Führer
¿Nos merecemos este castigo? ¿Ser interpelados espasmódicamente por esta runfla de nuevos ricos indignados? ¿Esta farándula fascistoide, la de los autos escondidos en graneros y las camionetas importadas vía contactos turbios en embajadas, los que fueron sistemáticamente procesistas y menemistas (salvo cuando no les dio la edad), los que boludeaban, pelotudeaban y recontra idiotizaban mientras sus invitados hacían pedacitos el Estado, los que bailaban y cantaban al ritmo del uno a uno, las que escapaban de comicastros gordos en ropa interior mientras la Argentina se llenaba de cuerpos sin nombre, la que le dio de comer hasta el último de los hijos de reverenda madre sin nunca un sí ni un no, pero que ahora se aterran, se enojan, se exasperan porque alguien cortó una calle o porque las consecuencias de todo eso que celebraban se corporizan en puñados de pibes morochos que salen a la calle de caño?
¿Nos merecemos escuchar cómo claman ahora por ese Estado en el que se menefregaron años, años y años porque pensaban que era algo para pobres?
¿Nos merecemos sus sermones canallas e ignorantes, plagados de los lugares más comunes del medio pelo argento? ¿Su mentirosa estrategia de erigirse en ciudadanos comunes aunque le hablen cada semana a millones de personas, aunque habiten mansiones amuralladas, aunque manejen autos que valen más que nuestras casas, aunque haga años que no prenden una hornalla, que no empujan un puto carrito de supermercado, que no se ven en la humana obligación de decir gracias, nunca?
¿Merecemos padecer a este ejército de incultos con soberbia de expertos, que creen que hacer bailar un grupo de enanos o formularles preguntas guionadas a invitados tarifados les da derecho a opinar sobre políticas de seguridad o lo que les caiga enfrente? ¿A esta fila de cerebros diminutos para cualquier otra cosa que no sea apilar billetes a cambio de nada, a salvaguarda siempre de cualquier crítica medianamente sensata, a estos experimentos unineuronales que jamás se pronunciaron en las instancias difíciles de la patria pero allí se alistan levantando el dedito con cara de inocentes recién llegados para lanzar sus miserables reclamos de cárcel a menores, represión y pena de muerte?
¿Los merecemos, con su lucecita roja a disposición de cualquier exabrupto derechista, con su lastimoso léxico de 45 palabras, con su ropa de canje y sus asesores de imagen, con sus ridículas mascotas asexuadas, sus amigos impresentables, su recurrente expresión de yo no fui, con su perorata amarilla, paranoica, y su conclusión social arrancada a mordiscones por el cómo les fue en la feria, por si el amigo de su sobrino no pudo cruzar la 9 de julio o su florista (¡su florista!) padeció un horrible episodio de violencia de los que ocurren en cualquier lugar de este mundo demencial que vivimos?
Mírenlos, igual no van a poder dejar de hacerlo, enhebrar -no sin dificultad- su rústica verba conserva, poniéndonos como modelos aquellos países de los que sólo conocen su free shop, esas repúblicas en las que los aviones de pasajeros se estrellan contra torres, los soldados ametrallan a sus colegas y —cada tanto— los estudiantes secundarios deciden que hay que pasar a sus compañeritos por las armas.
Escúchenlos, porque igual no podrán dejar de hacerlo, indignarse si algún experto en seguridad considera que la opinión de ellos tiene el mismo valor que el eructo de mi perra. Y aprecien cómo se postulan para santos por haber arreglado (gracias al canje con una empresita de pintura) el techo de una escuela, no sin antes editar un video emotivo y ponerse las lagrimitas artificiales que consumen los malos actores de telenovela.
No se consideran afortunados porque la vida los haya puesto en el curioso lugar de facturar haciendo esa cosa que hacen, sin haber jamás estudiado nada de nada, no, con la azarosa dosis de eso que ellos llaman carisma, y hasta sienten que además deben expresar su credo berretón cual si fuera una idea, y que nadie puede cuestionarlos sin poner en riesgo el derecho que tiene toda persona a expresarse libremente que uno de sus abogados les dijo figura en un librito pedorro llamado Constitución.
¿Nos merecemos que estos esperpentos catódicos nos digan que nos parecemos a Colombia, sólo porque ellos añoran ser Colombia, con su presidente blanco y de derecha, sus bases norteamericanas y hasta la posibilidad de que Alicate esté habilitado para ser candidato a presidente?
¿Nos merecemos que este aquelarre de monigotes terminados a bisturí haga un mundo de sus únicas preocupaciones sólo porque no saben lo que es el hambre, el frío, o la mínima miseria de no llegar a fin de mes?
¿Nos merecemos ser víctimas de ese narcisismo subnormal que les hace creer que si ellos estornudan hay una epidemia?
¿Realmente nos los merecemos?
Pareciera que sí. Que algo habríamos hecho. Pero algo horrible, sin dudas. Mirarlos.
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