Nicolás Tereschuk (Escriba)

No se puede hacer más lento

 

 

“Este libro  se  interroga  centralmente  sobre  la lógica  de  formación  de las  identidades  colectivas”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“Hola. Muéstrenme sus banderas, a ver. A ver los de atrás también sus banderas. (La gente grita Argentina Argentina). Ese me gusta más, ese me gusta más. Argentina para todos”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“Lo primero ha sido dividir la  unidad del  grupo  en  unidades menores que hemos  denominado de mandas: la unidad en nuestra perspectiva, el resultado de una articulación de demandas”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“Sé lo que está pasando y ustedes también lo saben. No vengo a contarles nada que no sepan porque lo sufren en carne propia porque hoy no hay ningún argentino que no conozca a alguien, no tenga un amigo, un pariente, un vecino, un conocido o el mismo que no haya tenido o no tenga problemas de trabajo”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“(…) el populismo no  tiene ninguna  unidad  referencial  porque  no  está  atribuido  a  un fenómeno  delimitable, sino a  una lógica social cuyos efectos  atravie­san  una  variedad  de fenómenos.  El populismo  es,  simplemente,  un modo  de construir  lo  político”.

(…)

“…la desestimación  (del populismo) está vinculada a un prejuicio  idéntico,  es  de­cir, el repudio  del medio indiferenciado  que  constituye  ‘la multitud’ o ‘el pueblo’  en nombre de la institucionalización y  la  estructuración social”.  

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“El insulto y el agravio déjenselo a ellos, nosotros organicemos a nuestros compatriotas, a nuestras mujeres, a nuestros jóvenes, a nuestros mayores”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“La unidad más  pequeña  por  la  cual  comenzaremos  corresponde a la categorÍa de  ‘demanda social’. Si  la  demanda es satisfecha, termina  el  problema;  pero  si  no  lo  es,  la  gente  puede  comenzar percibir que los vecinos  tienen  otras  demandas  igualmente insatisfechas -problemas  de  agua,  salud, educación,  etcétera-.  Si la situación permanece igual  por un  determinado  tiempo,  habrá una de demandas insatisfechas y una creciente incapacidad del sistema institucional  para  absorberlas  de  un modo  diferencial (cada  una manera separada  de las  otras)  y  esto  establece  entre  ellas una equivalencia.  El resultado  fácilmente podría ser,  si no es interrumpido por factores externos, el surgimiento de un  abismo cada vez mayor que separe  a  sistema institucional de la  población”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“Lo veo, lo veo y lo siento porque… a ver… seguramente ustedes en su barrio, en su colegio, en su trabajo tienen hombres y mujeres que por ahí son de otra idea política pero yo me pregunto: cuando van al supermercado ¿a alguno le hacen alguna rebaja o le cobran más barato porque es de un partido o de otro? A ver… yo les pregunto: cuando les llegan esas facturas delirantes de agua, de luz, de gas ¿vienen con un escudito de la Unión Cívica Radical, del PJ o del Partido Comunista? No, vienen con un escudito de Edenor, de Edesur y de todos esos que ya sabemos quiénes son. Entonces, entonces, entonces… Los telegramas de despido o las suspensiones de los turnos de las fábricas no son: voy a suspender a los de un partido y no suspendo a los de los otros, voy a despedir a los de un partido y no despido a los otros”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“Aquí  tendríamos, por lo tanto,  la  formación  de  una frontera in­terna, de  una dicotomización del  espectro  político local a través del surgimiento de una  cadena  equivalencia! de demandas insatisfechas. Las  peticiones  se van  convirtiendo  en  reclamos. A una demanda que, satisfecha o  no, permanece  aislada,  la denominaremos  ‘demanda democrática’. A la pluralidad de demandas que  a través de la articulación equivalencial  constituyen  una subjetividad  social  más amplia, las denominaremos ‘demandas populares’ comienzan así, en un nivel muy incipiente, a  constituir  al ‘pueblo’  como  actor  histórico potencial. Aquí  tenemos,  en  estado  embrionario, una configuración populista. Y a tenemos dos claras precondiciones  del populismo:  (1 ) la  formación  de  una frontera interna  antagónica separando el ‘pueblo’ del poder ;  (2)  una  articulación  equivalencia!  de demandas que hace  posible  el  surgimiento  del  ‘pueblo’. Existe una  tercera precondición  que  no  surge realmente  hasta  que la movilización política ha alcanzado  un nivel  más  alto: la unificación de estas diversas demandas -cuya equivalencia  hasta ese punto, no había ido más allá de un vago sentimiento de solidaridad- en  un  sistema estable  de significación”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“No me parece justo que estemos sufriendo, no me parece justo que nos hayan desorganizado la vida así porque ¿saben que siento? Siento que le han desorganizado la vida a la sociedad. La gente tenía la vida organizada, la gente tenía su vida organizada podía planificar. A fin de mes tenía su sueldo, sabía lo que podía gastar, sabía lo que podía ahorrar para las vacaciones, sabía cuánto iba a separar para la cuota del auto, sabía cuánto juntaba para los ladrillos o la bolsa de cemento de la casa que se estaba haciendo. Eso es tener la vida organizada y eso es lo que han venido a romper. Nos han desorganizado la vida, la gente tenía proyectos”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“Cualquier identidad popular requiere ser condensada, como sabemos, en torno a algunos  significantes (palabras, imágenes)  que se refieren a  la  cadena equivalencial como  totalidad.  Cuanto más exten­dida es la cadena,  menos ligados  van  a estar estos  significantes  a sus demandas  particulares originales es decir,  la  función de representar “universalidad”  relativa  de  la  cadena  va  a  prevalecer  sobre  la  de expresar reclamo particular que constituye el material que sostiene esa  función. En  otras  palabras:  la identidad  popular  se  vuelve  cada vez  más plena desde  un  punto  de  vista  extensivo,  ya  que representa cadena  siempre  mayor de  demandas;  pero  se vuelve  intensiva­mente más pobre, porque debe  despojarse de contenidos particulares fin de abarcar  demandas sociales  que son totalmente heterogéneas entre sí. Esto es: una  identidad  popular funciona  como un significante ­tendencialmente vacío”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

Porque ojo que esto no les llegó únicamente a los trabajadores… ha llegado también a los científicos, a las clases medias, a los profesionales… Por eso les hablo de construir esta unidad ciudadana. Luisa, ¿dónde estás Luisa? Luisa es… bibliotecaria. No es bibliotecaria, Biblioteca Popular Islas Malvinas. Vení Luisa. Luisa trabaja hace años en la Biblioteca Popular Islas Malvinas y bueno… y la gente y las familias venían siempre a pedir libros, ahora vienen a pedir comida. Y bueno… ayudan en lo que pueden porque ellos no hacen comida pero sí reciben provisiones. Gracias, gracias Luisa por todo. María, María de un comedor, hace 20 años que trabaja al frente de un comedor. María Cañete, vení María. María, comedor, hace 20 años… se más que duplicó la cantidad de chicos pero además vienen las mamás y vienen también con un tupper, vienen con un tupper porque los hombres no van al comedor porque los  hombres tienen vergüenza de pedir comida. Van las mujeres, como las leonas ¿vieron? que son las que salen a la caza. Las mujeres siempre proveemos a la cría. Gracias, gracias”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

“… a esta altura debería  estar claro  que  por  “populismo” no  entendemos  un  tipo de  movimiento -identificable con una  base social  especial  o  con  una  determinada  orientación  ideológica-,  sino una  lógica  política.  Todos los  intentos  por encontrar lo que es especí­fico  en  el  populismo en  hechos  como  la  pertenencia al  campesinado o a los pequeños propietarios, o la  resistencia a la modernización eco­nómica,  o  la  manipulación por elites  marginadas, son,  como  hemos visto,  esencialmente erróneos:  siempre  van  a  ser  superados  por  una avalancha de excepciones.  Sin embargo,  ¿qué entendemos por “lógica política!? Corno  hemos  a  afirmado  en  otra  parte, entendernos las lógicas sociales  como  involucrando  un  sistema  enrarecido  de  enun­ciaciones, es decir,  un  sistema de reglas que trazan  un horizonte den­tro  del  cual  algunos  objetos  son  representables  mientras  que  otros están  excluidos”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“Bárbara, vení Bárbara. Trabajadora del calzado, una Pyme de 15… Bárbara, calzado, sí mi amor… hay en todas partes. No llores, te pido por favor que no llores, lo único que te pido, yo te pido que no llores nada más. Yo no tengo que llorar hoy, no llores. Adrián, vení Adrián. Adrián, vení Adrián. ¿Otro ahí, un médico? Un médico allá por favor. Adrián de ex Raimat, una cooperativa que fue fábrica recuperada. Vení Adrián, él es Adrián, Adrián es el presidente de la cooperativa ex Raimat que fue fábrica recuperada y entregada en cooperativa. Los está matando el tarifazo, no pueden y además, como hacen tapitas y envases también les abrieron la importación pero quiero decirles algo de las facturas. Ellos pagaban entre 16.000 y 18.000 pesos de luz, ahora les viene 70.000 pesos de luz. Pagaban 12.000, 13.000 pesos de agua y ahora les viene más de 45.000 pesos de agua. Competencia desleal porque le abren la importación, falta de financiamiento y, por si todo eso fuera poco, tarifazo”.

(…)

“Quiero finalmente también porque hay otras historias que son también historias de vida. No y acá también me faltan porque me acuerdo… Mirá qué memoria que tengo, menos mal porque… en lo que me entregaron faltan productores. Falta Pablo, vení Pablo y Graciela, vení Graciela y vení Pablo. ¿Dónde estás Pablo? Uno de cada lado. Mírenlos bien. La lechuga que ustedes comen, la verdura de hoja que ustedes comen, los tomates y los morrones… él y escuchen bien los xenófobos por favor. El vino hace 10 años de Bolivia, tiene toda su familia acá, ocho hermanos madre y padre. Trabajan todos los días, toda la semana, solo los sábados a la tarde… pero además. Pero además, Pablo está en primer año de agronomía de la Universidad Nacional de La Plata. Señores, señoras, a los que fruncen la nariz con los compatriotas de la patria grande. Las frutillas del oeste también. Graciela, él de Melchor Romero… Graciela de la cooperativa “La Primavera”. Ella cultiva dos hectáreas pero hoy, con lo que está pasando, más lo que le pasó con la tormenta del 5 de febrero está subsistiendo ella y su familia con la AUH porque no puede ni trabajando toda la semana hacer frente a lo que está pasando. Pablo trabaja en medianía una hectárea con su hermano Abel y el 50% se lo lleva el dueño de la tierra y el otro 50 él pero acá lo tenemos, parado, orgulloso, estudiando él y Graciela manteniendo a sus hijos. Estos son los ciudadanos y las ciudadanas que queremos para todos”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“…la representación constituye un proceso en dos sentidos: un movimiento desde el representado hacia el representante,  y movimiento correlativo  del representante hacia el  representado.  El presentado depende del  representante  para  la  constitución de su identidad”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

Vengan, vengan cerca. Yo quería que ustedes entendieran qué es esto de Unidad Ciudadana. ¿Saben por qué? Les voy a explicar. Porque muchas veces cuando uno ha participado en partidos políticos… toda la vida… la propia endogamia de los partidos terminan los dirigentes creyéndose más importantes ellos que la sociedad. Y yo quiero volver, quiero volver a ser parte de un movimiento político donde lo importante es el pueblo, donde lo importante son los que sufren, los que lo necesitan, donde lo importante son los comerciantes que tienen que levantar la persiana todos los días. Los empresarios que tienen que darle trabajo a los trabajadores y poder pagar los salarios. Esta es la Argentina que queremos. Esto es Unidad Ciudadana, para que lo entiendan todos. Para que lo entiendan todos y todas. Gracias y mucha fuerza. No hay que bajar los brazos, no hay que ponerse triste, no hay que llorar. Al contrario, esto debe darnos la fuerza a todos y a todas para saber que tenemos que construir algo mejor de lo que tuvimos hasta ahora. Muchas gracias a todos y a todas. Los quiero mucho a todos y a todas. Gracias”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

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Sergio

 

El presidente Mauricio Macri publicó en una red social un video en el que se lo ve dialogando por teléfono con un votante suyo que se identifica como Sergio. Durante la conversación, el jefe de Estado desarrolla parte de su visión sobre la política, la sociedad y la economía, lo que fue en general reflejado por los medios de comunicación.

Me interesa destacar algo de lo que plantea Sergio. Por un lado, este ciudadano explica que sus ingresos le “rinden mucho menos”. Y que eso tiene que ver con tres cosas:

En sus palabras:

…más allá del agua, de la luz, del gas ¿qué afectó mi capacidad de consumo? Es el hecho de que yo voy al supermercado y en el supermercado de golpe me encuentro hoy con una leche que vale 26 o 27 pesos, me encuentro con que un kilo de milanesa vale 140, 150 pesos…

Y acá la parte en la que no puedo dejar de pensar desde que vi el video:

“...tuve que acomodar o modificar la forma o la manera de hacer las compras en mi casa. Yo antes salía al supermercado, me encanta ir con mi señora los sábados a la tarde ¿sí? y ahora dejamos de ir al supermercado lo sábados a la tarde, voy a un supermercado mayorista ¿para qué? para que bueno…

Surge en primer plano la imagen de Sergio, ese votante macrista que le plantea al Presidente que vayan presos los corruptos y devuelvan lo robado, feliz, con su señora, los sábados a la tarde en el supermercado. “Me encanta ir con mi señora los sábados a la tarde”. Y eso ya no está más.

Uno podría intentar hacer reflexiones como que no era esto lo que le pasaba al “votante medio” en las primeras elecciones legislativas que enfrentaron Raúl Alfonsín (1985), Carlos Menem (1991) o Néstor Kirchner (2005), esos primeros tests electorales que todos los presidentes quieren emular. Podría escribir las ideas sobre identidades, representación y márketing político más tristes esta noche. Podría elogiar la audaz comunicación gubernamental que pone de manifiesto las dudas de algunos votantes del oficialismo que al parecer empiezan a pensar si Macri es “aburrido”. “Hah, aburrido…” Pero nada de eso, nada de lo que podamos decir haciéndonos los analistas sofisticados es más fuerte que la imagen perdida de Sergio, feliz, con su señora un sábado a la tarde en el supermercado.

Sergio ahora va al mayorista. No sabemos si va a ese lugar hostil los sábados a la tarde. No sabemos si va con su señora. Creemos que no le encanta ir al mayorista, que no la pasa bien aunque allí las cosas sean algo más baratas.

Sergio no pide mucho. El pueblo no pide mucho, sabemos por siglos de pensamiento político occidental. Sergio pide volver a ir al supermercado. Por ahora, una módica utopía, un módico proyecto hecho apenas de frágil y cálido consumo que este gobierno ha hecho añicos.

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PJ Bonaerense. Unos apuntes

Unos apuntes sobre la situación del PJ bonaerense:

 

Micropolíticas y la parábola del chipacero

 

¿Y cómo está el clima?

Prever o evaluar la motivación del voto es siempre una misión imposible. Con las encuestas (que uno no hace) siempre tomadas entre pinzas, los diálogos sobre la “micropolítica” se multiplican.

Víctor Hugo Morales abrió su presentación en la Feria del Libro con esta frase: “El año pasado, en este mismo lugar conté que tres taxistas, al reconocerme, no me habían parado. Ahora, en quince días metí tres taxis que no me querían cobrar. ¡Algo está cambiando!”. ¿Será? ¿O será que no? ¿Que está todo igual como estaba?

Sabemos que el Gobierno, con los recursos de poder con los que cuenta -gobiernos nacional, provincial y porteño; amplios recursos financieros; respaldos de las grandes empresas comunicacionales; respaldo empresario; el servicio de jueces y servicios; el apoyo de los gobiernos de países desarrollados; y sumado a ello las ventajas que suele tener un gobierno en su primera etapa (oposición dividida, gremios neutralizados y un Congreso que marcha al ritmo del Ejecutivo- debería estar en condiciones de ganar las próximas elecciones legislativas. Si aún queda alguna duda con ese panorama es apenas por el mal desempeño económico-social que ha mostrado el Gobierno, errores de gestión y sobre-ideologización de sus decisiones. A esto se suma el desafío bonaerense y del Gran Buenos Aires, territorios donde Mauricio Macri nunca se ha impuesto en una elección. Intuimos desde hace tiempo -hoy es parte del sentido común mediático- que no será la economía el eje de campaña del Gobierno y que apelará a otros tópicos, sobre todo una revalidación de un “voto de confianza” ya otorgado por el 51% del electorado, aunque esta vez por menos electores.

Con ese panorama, desde hace meses todos los días cruzamos anécdotas con quienes hablamos de cómo está la cosa. “Tengo una tía, más macrista que Macri que viene y me dice…”. “El bar de la otra cuadra antes sólo ponía TN y ahora…”. “El grupo de whatsapp de los pibes del colegio secundario están meta mandarse este video contra ‘los k’ que…”. ¿Cómo saber?

Ahí es donde entra esta “parábola del chipacero”, un trabajador de un local gastronómico en las inmediaciones de una terminal tren, con el que dialogué -esporádicamente- durante los últimos 16 meses.

El primer diálogo “sobre política” se dio uno de los viernes de noviembre de 2015 de cara al balotaje en el que el número parecía puesto. Tras pedir mi habitual porción de sabroso chipá para compartir en el trabajo pregunté:

– ¿Y? ¿A quién vas a votar?

– ¿Yo…? Y… yo estoy con el cambio…

– Uh, ¿te parece? ¿A quién votaste en primera vuelta?

– A Massa. Y sí… con el cambio.

– ¿Estás seguro? Mirá que Mauricio es empresario. No sé si va a haber aumento de sueldo o si va a haber tanto laburo.

– (…)

– Quiere subir la boleta de la luz y con eso el morfi se va a ir muy caro…

– Ah, ¿y te creés que yo no entiendo nada… que soy un boludo?

Gran respuesta del compañero. La clase sobre izquierdas y derechas que le estaba propinando estaba demasiado subida arriba de la moto como para convencer a nadie. Opté por bajarme rápidamente de allí, dar la mano, respetar la diversidad y a otra cosa mariposa.

El próximo diálogo sobre “política” llegó con las primeras subas de la luz. De la nada, mi interlocutor lanzó:

– Está todo mal, eh.

– ¿Te parece?

– Me vinieron 500 mangos de luz. Vivo en un ambiente y no estoy nunca ¿están locos estos?

– Ah, ¿en qué barrio?

–  Soldati. Yo no lo voy a pagar. No lo voy a pagar.

A esa charla siguieron otros comentarios sobre el aumento de los alimentos y exiguos incrementos salariales.

A las movilizaciones varias registradas en este período siguieron algunos “cuánta gente ayer, eh”.

– Esto no va, no va. 

– ¿Qué pasó?

– ¿Vos viste lo que vale la ropa? Un jean 500 pesos. Un jean te digo…

– Y sí.

En uno de los últimos comentarios, el gastronómico me dejó un comentario que no dejaba dudas: “A este no va a haber que echarlo. Se va a ir solo”. Y siguió una expresión que no busqué, ni me esperaba. “Vos me lo dijiste. Yo me acuerdo”.

El restorán ahora cerró por reformas. Tengo entendido que este trabajador votante de Massa de la periferia porteña ahora fue reubicado en algún otro local de la misma empresa. Estará haciendo nuevos comentarios con nuevos clientes. O hablará poco de política, como casi siempre.

A diferencia de él, otros dicen que el Presidente mejora en su imagen. Que el oficialismo la tendrá fácil para octubre, como sería de esperar para un gobierno en su primer test electoral. Y que el silencio de la mayoría implica una renovación del voto de confianza al partido de gobierno. Quizás el chipacero se relaje en estos meses o se vea impactado por alguna de las imágenes emotivas (emociones que pueden seguramente ser el enojo y la indignación) que le proyecten los medios de comunicación y las redes sociales sobre las alternativas con las que se encontrarán en el cuarto oscuro. Puede ser también que caiga en el desánimo. Que ya no quiera hacer un comentario “de política” nunca más.

¿Cómo saberlo? Las charlas a ras del piso, la micropolítica tampoco dan certezas. Falta menos para las definiciones.

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Jerarquías

 

 

En este blog hemos argumentado que:

Quiero hacer más hincapié en esta oportunidad en la cuestión de cómo se piensan y se plantea una redefinición de las jerarquías sociales en el proyecto del gobierno. Creo que es ahí donde se juega la posibilidad del oficialismo de hacer más sólido, más estable y más profundo el despliegue de su agenda.

Sabemos, una vez más por palabras de Guillermo O’Donnell, que “la Argentina post-1930, con su secuela de fábricas, ricachones de extraños apellidos, sindicatos, pleno empleo, ‘demagogos’ y -condensando todo eso- el peronismo” generó una dinámica particular de las jerarquías sociales que la última dictadura militar buscó mediante el terror represivo modificar, pero que no fue del todo borrada.

En la Argentina, un país en el que los porteros y los mozos son trabajadores, no sirvientes, no siempre -o casi nunca- mandan los que deberían mandar. En este país, como dijo Alfonso Prat-Gay  “cada 10 años nos dejamos cooptar por un caudillo que viene del norte, del sur, no importa de dónde viene, pero de provincias de muy pocos habitantes, con un curriculum prácticamente desconocido”.

En otros países de América Latina esto no tiene la misma dinámica. En los países vecinos, una persona que cuenta con un título de Doctorado suele tener la vida resuelta y, quizás, hasta críe caballos para realizar hipismo los fines de semana. Recuerdo que una asesora de la Presidencia de un país sudamericano me comentaba que el ministro de Educación de aquel gobierno era un joven educado en Harvard y que no dudaba durante las reuniones de Gabinete en decirle al Presidente -que no se caracterizaba por su trayectoria académica-, levantando su dedo índice y algo la voz, qué era lo que tenía que hacer como jefe de Estado.

Cuando se repasa el elenco de gobierno de Macri se verá con rapidez que tanto el Presidente como la mayoría de los ministros tienen el acento que sólo adquieren algunos de quienes nacieron, como el autor de esta nota, en ciertos barrios del Norte de la Capital y del Gran Buenos Aires. En este Gabinete con dos ministros de apellido Bullrich, cada vez se escucha más que los funcionarios y hasta empleados públicos de rango inferior son seleccionados con ciertos criterios novedosos y restrictivos. La Universidad de Buenos Aires, las del conurbano y FLACSO comienzan a estar mal miradas en las trayectorias académicas. No pocos militantes de la coalición Cambiemos reevalúan sus pergaminos de capacitación y pasan a anotarse en algún curso de posgrado de la Universidad Torcuato Di Tella o San Andrés, para aspirar con menos sobresaltos a algún cobijo estatal.

¿Por qué remarco esto? Porque creo que es en algunas de estas escenas donde se juega la suerte política del Gobierno. Si el actual oficialismo puede convencer a una mayoría de argentinos -o apenas a un 45%- de que es necesaria y deseable una redefinición de las jerarquías sociales y políticas en la Argentina, su proyecto estará corriendo sobre bases firmes. El futuro mediato e inmediato del Gobierno estará marcado por el hecho de si puede instalar y lograr que se internalice la idea de que es “natural” que “manden los que tienen que mandar”. De algún modo, así como entre 2007 y 2015 logró vender la noción de que “Mauricio no va a robar porque ya tiene plata”. Se trata de un proyecto en el que esa mayoría considere que debe haber “más distancia” social que la que hubo hasta ahora entre gobernantes y gobernados. ¿Un abogado de Chascomús? ¿Un caudillo riojano? ¿Un abogado brillante, medalla de honor? ¿Un ambicioso abogado patagónico recibido en la Universidad de La Plata o su esposa, colega y compañera? Nada de eso. Que manden los que “saben”. Los que fueron criados para eso. Los que hablen el “mismo idioma” que sus contrapartes en el cargo correspondiente de Estados Unidos o Europa.

Que esta no es una tarea para cualquiera queda más que claro. Cuando le comentaba estas ideas hace poco a un historiador me decía: “pero eso es dar vuelta los últimos cien años en la Argentina…”. En efecto.

En ese contexto, el actual “plan B” del Gobierno de “endurecerse y golpear la mesa” -el soñador plan “A” por supuesto era estar alto en las encuestas y seguir mostrando niñitas, huertitas y perritos- puede beneficiarlo en el corto plazo. Siempre es bueno para un presidente argentino plantar una bandera en algún lado, antes de que se lo lleve el viento fuerte de la opinión pública. La duda es si un presidente que pasó de atacar a “los K” pero ahora ataca a “todos los peronistas” tiene una base lo suficientemente ancha para hacer pie.

Es en ese punto en el que ingresa nuestra hipótesis. El proyecto refundacional del Gobierno requiere solidificar esta idea de que su presencia en la Rosada no sólo es un accidente surgido de la alternancia democrática sino que es lo que debe ocurrir de aquí en más: que quienes deben mandar son los que más tienen. Que la distancia social entre gobernantes y gobernados debe ampliarse. No sólo se trata de más “orden”. Eduardo Duhalde, el bañero de Lomas, podía proveer más orden. Este es un “nuevo” orden.

La potencial ganancia para este gobierno que cuenta con todos los “fierros mediáticos” -los de la tele, los de Comodoro Py y los de las sombras de los servicios- es enorme. Los riesgos, también. ¿Para consolidar esa “nueva” mayoría, va a enemistarse un amplio sector social? ¿Esa otra “mitad”, se parece más a la idea que tenemos de “pueblo”?

El Capítulo IX de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, es de lo más claro que uno pueda leer sobre este dilema. Cito una versión que no parece la mejor pero sirve al efecto del argumento. Se sabe, llegar al frente del Principado Civil requiere o bien el favor de “los grandes” o el del “pueblo”. El terreno está marcado. “En toda ciudad existen dos inclinaciones diversas, una de las cuales proviene de que el pueblo desea no ser dominado y oprimido por los grandes, y la otra de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo”. Así, no es difícil ganarse el favor del pueblo. Es que éste no pide mucho: “los grandes quieren oprimir, el pueblo sólo quiere no ser oprimido”. El problema, y serio, surgirá si el príncipe se enemista con el pueblo. Esto es “lo peor” que puede ocurrirle.

Lo peor que el príncipe puede temer de un pueblo que no le ama, es ser abandonado por él”, nos dice Maquiavelo. Hay más en esta hoja de ruta: “Un ciudadano llegado a príncipe por el favor del pueblo ha de tender a conservar su afecto, lo cual es fácil, ya que el pueblo pide únicamente no ser oprimido. Pero el que llegó a ser príncipe con el auxilio de los grandes y contra el voto del pueblo, ha de procurar conciliárselo, tomándolo bajo su protección. Cuando los hombres reciben bien de quien no esperan más que mal, se apoyan más y más en él. Así, el pueblo  sometido por un príncipe nuevo, que se erige en bienhechor suyo, le toma más afecto que si él mismo, por benevolencia, le hubiera elevado a la soberanía”.

Maquiavelo no da una receta para ganarse el favor del pueblo -”me es imposible formular una regla fija y cierta sobre el asunto”- pero advierte: “me limito a insistir en que es necesario que el príncipe posea el afecto del pueblo, sin lo cual carecerá de apoyo en la adversidad”.

Fundar un nuevo orden puede bien ser una tarea posible para un gobernante. Meterse con el pueblo, en cambio, no es joda.

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Simplezas y complejidades

 

Vengo a proponerles un sueño.

Que podamos:

 

La reflexión en torno al macrismo tiene una historia.

Primero fue la “caprilización”. El discurso de Mauricio Macri a un mes de las primarias en el que prometía no quitarte nada de lo que tenías nos hablaba de esta estrategia ya ensayada por otras derechas regionales. Ante oficialismos con potencia electoral y luego de fracasar con estrategias desestabilizadoras o de puro “rechazo” a las políticas implementadas, se proponía ser no ya la “oposición” sino la “solución”.

Luego, ya durante la campaña fue una intuición que nos venía de antes. Una que indicaba que nadie gobierna la Argentina desde la “moderación”. Es decir, que candidatos que se mostraban “light” -en todos los partidos- si tenían voluntad de poder no iban a gobernar de una manera “descafeinada”. Básicamente porque este es un país que requiere del presidente concentrar una serie de recursos de poder, recostarse sobre algún sector “real” de la sociedad -no tan sólo la volátil “opinión pública”- y, de manera buscada o resignada, hacer que a un costado suyo esté alguna pared.

Tras la elección, y en particular con la conformación del Gabinete, comienza a delinearse la primera premisa de este breve escrito. Lo que es y hace el macrismo en el poder no parece ni tan complejo ni tan “nuevo”. A partir de estas percepciones, lo que más nos fue asombrando durante 2016 es que se fueran confirmando en toda su simplicidad.

Así llegamos a este marzo de 2017, con la CGT y las dos CTA sentadas en una misma mesa y en una misma movilización. Con con un paro docente (de maestros públicos y privados) en 22 provincias. Con una dirigencia peronista enrolada en distintos partidos que al opinar sobre las políticas del Gobierno pospone su Torre de Babel y habla el mismo idioma.

Beatriz Sarlo, de profesión sofisticada, afirmó que inicialmente caracterizó al gobierno de Macri como “aburrido”, pero que esa definición ya resultaba “superficial” y que lo que correspondía señalar es que se trata de una gestión “de derecha”, integrada por “una burguesía acostumbrada a usar todos los recursos del Estado en su beneficio”. Arrancamos haciendo elucubraciones complejas sobre el macrismo y nos sorprendemos viendo algunas escenas que recuerdan al primer momento en el que este hijo de la patria contratista se lanzó a la política. Espíritu de Gabriela Cerruti, sal del cuerpo de ese intelectual…

A uno en la facultad le enseñan a tratar de ser sofisticado. A la lectura del Manifiesto Comunista, con su definición de que el Estado no es más que el “comité que rige los intereses colectivos de la clase burguesa” le siguen otras, más sofisticadas, incluso del mismo autor. Pero aquí estamos.

Esta idea de captar al macrismo en toda su simplicidad, claro está, no conlleva un llamado a la pereza intelectual. Captar la belleza simple de una flor o de un tigre feroz no es nada fácil. Ni implica -para nada- una visión teleológica hacia un horizonte de helicóptero. Se ha dicho: un gobierno de derecha que funcione. Para ello, claro, debe “funcionar”.

Yendo a la segunda parte de la premisa, hacer esfuerzos por comprender al campo nacional y popular en toda su complejidad, no siempre es lo que le enseñan a uno o lo que primero nos sale.

Los últimos doce años de presidentes peronistas, Néstor y Cristina Kirchner, dificultan muchas veces captar la complejidad del campo nacional y popular, compuesto de muchos diferentes. También oculta el pragmatismo de esos presidentes “idealistas”. Hace más velado entender la trayectoria, incluso, de esos mismos presidentes, aliados -o conduciendo, según la época- a distintos peronismos, distintos radicalismos, distintos progresismos, distintos sindicalismos. El pendular de Perón, las formaciones especiales y la burocratización, los golpes para negociar, las bases a la cabeza o la cabeza de los dirigentes, las plazas llenas o semi-evacuadas a veces quedan en el olvido de quienes esperan trayectorias lineales y alineamientos de trayectorias.  

Dicen que Alejandro Magno, en esos doce años de reinado en que conquistó el mundo, aprendió a amar lo diferente y que cuanto más conocía a los bárbaros más virtudes les encontraba, a la hora de imponerles -¿o era convocarlos a?- su helenismo. La unidad -si es que existe- se construye entre diferentes. Entre iguales no es unidad, es otra cosa. Lo complejo es así.

Comprenderlos a ellos en su simplicidad. Entendernos a nosotros en toda nuestra complejidad. Apenas un ejercicio intelectual. O no.

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Es la realidad efectiva

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Leí tardíamente el libro “Intelectuales y peronismo, 1945-1955”, de Flavia Fiorucci. Me impactaron una serie de elementos que voy a tratar de comentar acá.

 

Primer tema:

En el libro se describen una serie de rasgos, “liberales” del enfoque cultural del peronismo, que lo alejan de la idea de puro “populismo”, del “revisionismo”, del puro “autoritarismo” y “opresión” que la propia élite intelectual de la época, refractaria a todo tipo de intervención estatal, promoción, regulación del campo intelectual y cultural tenía del gobierno de Juan Perón. Cuenta Fiorucci:

El gobierno quedó demasiado acotado en 1948 cuando los intelectuales más reconocidos del país se retiraron del Teatro Cervantes, dejando claro que cualquier iniciativa que el Estado llevara adelante en el ámbito de la cultura estaba condenada a ser leída como una injerencia interesada y política.

La autora tiene una opinión muy marcada en cuanto a que el gobierno de Perón actuaba con “una combinación de torpeza, desconocimiento y ánimos autoritarios” y no duda en amonestar al peronismo por optar por “una estrategia unilateral, la de la confrontación, alimentando aún más el desentendimiento con los intelectuales”. Sin embargo, no deja de marcar que el sentimiento de amenaza que la élite intelectual siente frente a la intervención del peronismo no captaba una serie de rasgos liberales, si se quiere, del statu quo, con los que también intervenía el peronismo.

Escuchemos qué interesante cómo lo expresa la autora, con un punto de vista con el que se puede polemizar pero que no deja de ser revelador:

Los logros del peronismo en el área cultural se vincularon, por lo tanto, a la integración simbólica de la población. El resultado sin embargo fue privilegiar el espectáculo y la fiesta -que insumieron una gran cantidad de recursos- sobre el desarrollo, la modernización y la edificación de nuevos museos, bibliotecas y centros culturales. Esta situación alimentó aún más el conflicto entre las clases cultas y el Estado, y sirvió de justificación a las lecturas más apocalípticas sobre el impacto del peronismo en la cultura. El énfasis sobre el espectáculo y sobre las prácticas vocacionales explica que el peronismo haya quedado asociado a un proyecto cultural de orientación popular, cuando en verdad sus políticas reforzaban las jerarquías propias del campo y abrevaban en el más liberal de los proyectos: educar y reformar al ciudadano.

Fiorucci admite que la mirada de los intelectuales sobre el peronismo “incluso si justificadas en el clima de época, resultan algo desmesuradas, como aquellas que equiparaban el peronismo al nazismo y también algunas de sus lecturas sobre temas más concretos”.

El énfasis de los intelectuales antiperonistas en enfrentarse al “revisionismo histórico” -como si el peronismo fuera desde el Estado el gran propulsor de esta visión de la historia- tampoco condice con un gobierno que rescataba la tradición liberal a la hora de construir la memoria histórica”. Resulta que el peronismo, nos cuenta la autora, “no innovó en materia de memoria histórica”.

Segundo elemento:

Fiorucci destaca que la llegada del peronismo al poder, por un lado, cristalizó en la élite intelectual la idea previa que tenía acerca de “qué es esto”: fascismo, nazismo, sin más. Estas ideas unificaron al campo de la élite intelectual. Por decirlo de algún modo, comunistas y liberales permanecieron unidos en el rechazo al régimen. Paralelamente, “y en un sentido inverso, la política se convirtió en un tema marginal en el discurso público de los intelectuales. Desde 1946 los intelectuales dejaron de interpelar a la sociedad y al gobierno por cuestiones referentes a la política”. Esto les permitía, por un lado, permanecer unidos, aunque también preservar sus instituciones (principalmente la Sociedad Argentina de Escritores – SADE) de la injerencia del peronismo. Se trata de una especie de “autocensura” para “sobrevivir” en un contexto de verdadero “terror” que la élite intelectual siente por el peronismo y sus brazos “represivos”. “En este sentido, la estrategia funcionó. La institución (la SADE) no fue clausurada”, señala Fiorucci. ¿Tanta era la amenaza? ¿Era de la magnitud que sentían estos intelectuales?

 

Tercer elemento

Es muy interesante el recorrido que Fiorucci hace de la revista peronista “Hechos e ideas”, que había comenzado con la UCR entre 1935 y 1941 y que luego reaparece en 1947.  Distingue allí dos períodos, el primero, desde 1945 hasta 1951, fue “el tiempo de los ideólogos, de los nacionalistas populares”. “Estos utilizaron la publicación como un espacio donde definir ideológicamente el proyecto del peronismo, lo que implicaba un proceso no exento de contradicciones porque, al mismo tiempo que se intentaba dotar de una serie de contenidos programáticos al nuevo régimen político, se procuraba leer la misma experiencia -tal como se estaba dando- bajo el marco de esos contenidos”. La segunda etapa, a partir de 1951, “se caracterizó por la proliferación de artículos de carácter más técnico, por los comentarios de la coyuntura política y por el tono propagandístico”. Puea veamos: “En ese entonces, los intelectuales perdieron visibilidad dentro de la publicación. Las notas firmadas por Raúl Scalabrini Ortiz, Ernesto Palacio o Atilio García Mellid desaparecieron de sus páginas y fueron reemplazadas por artículos elaborados por ministros, diputados, técnicos estatales y burócratas…

¿Y qué pasó con los intelectuales peronistas? “Scalabrini Ortiz afirmó que a partir de 1951 fue silenciado porque varias de las publicaciones en las que trabajaba se cerraron. El ensayista se refirió a este tema afirmando que había sido ‘excomulgado del gobierno’ y que no sabía si esto se debía a ‘chismes’ o a ‘su particular modo de enfocar los asuntos sin cortapisas’”. Jauretche apeló a “la poca disponibilidad de Perón a aceptar liderazgos alternativos a la hora de explicar su marginación”. Según él “Perón no quería que hubiera capitanes ni tenientes, ni sargentos, ni nada.Me lo dijo a mí enel 45. Yo le dije a Perón lo que nadie le decía y el hombre se había desacostumbrado a mi franqueza”. Jauretche, señala la autora, “describió al grupo que rodeaba a Perón como ‘un sistema de alcahuetes’”.

A Fiorucci, en una nota al pie le parece “llamativo que el carácter cada vez más represivo del gobierno no resultara en cismas. Estos intelectuales continuaron siendo peronistas aunque su peronismo se convirtió en algo privado y todos ellos se retiraron de la escena pública. De acuerdo con varios testimonios, seguían pensando que el peronismo era la mejor opción para llevar adelante sus ideas y agendas y, por lo tanto aunque no estuvieran de acuerdo con alguna de las acciones del gobierno, no se convirtieron en opositores. Ponían claramente sus ideales en un lugar subordinado a sus intereses o aspiraciones personales. Scalabrini Ortiz mencionó que decidió no criticar públicamente a Perón porque sabía que ‘todo desacuerdo que (manifestara iba a ser) aprovechado por los enemigos de esa misma Revolución Nacional”.

“La historia aquí relatada -señala la autora- indica que estos intelectuales fracasaron en convertirse en los ideólogos oficiales o en los intelectuales orgánicos del peronismo. Empero, es preciso matizar la contundencia de esta aseveración indicando ciertas victorias en el plano simbólico. A pesar de haber sido marginados, los nacionalistas -especialmente los populares- tuvieron una influencia importante en el discurso peronista. (…) Esto nos lleva a concluir que, si bien estos intelectuales no lograron relevancia a largo plazo, ganaron varias batallas en el terreno de la lucha ideológica, aunque a contrapelo de su suerte personal”.

 

Ultimo punto

El último capítulo del libro, que describe los primeros tiempos de Revolución Libertadora y la ruptura del consenso de los intelectuales sobre el peronismo es riquísimo. Algunos de los que tanto temor habían tenido de alzar su voz contra el nazi-peronismo ahora veían (y denunciaban) que el gobierno de facto torturaba, censuraba y fusilaba. Ernesto Sábato fue expulsado de la revista Mundo Argentino tras publicar un artículo titulado “Para que termine la interminable historia de las torturas”. Borges, Victoria Ocampo y Manuel Mujica Láinez, mientras tanto, firmaron tras los fusilamientos una solicitada en la que se ven “obligados a condenar a quienes perturban el afianzamiento de la Revolución”.”Juzgar y censurar la cosa pública es un derecho inalienable al que no renunciamos, pero no podemos olvidar que el país sale de una zona de infamia y que nuestra discordia favorecería fatalmente a los opresores de ayer”. Las críticas de Ezequiel Martínez Estrada, ese autor que tanto fascina a Horacio González, (“¡El pueblo es una fiera terrible, no lo hostiguéis!”) también encuentran la amonestación pública de Borges:

“El actual gobierno argentino no es perfecto. Ningún gobierno lo es. Pero, sin dudas, es el mejor gobierno posible en estos momentos. Y, sobre todo, es un gobierno mejor que el que nos merecemos. Todos los argentinos tenemos el deber de apoyarlo. Aramburu y Rojas podrán estar a veces equivocados pero nunca serán culpables. Por eso considero mala la actitud de Martínez Estrada”.

Fiorucci aclara: “Las diferencias se referían a los métodos utilizados pero no a la pertinencia o la necesidad de ‘desperonizar’. Las batallas retóricas entre los intelectuales adquirieron un decir que fueron las políticas del propio gobierno previsional las que terminaron por dividir al efecto disruptivo porque se conjugaron con la brutalidad de la Revolución Libertadora. Es campo intelectual. Sin lugar a dudas, estas se superpusieron a inquinas y rivalidades personales como el mencionado tema de las diferencias literarias entre Borges y Sábato. A esto se sumaba que el antiperonismo era una posición vaga, definida no por consensos programáticos sino po rel rechazo y donde la solidaridad grupal aconsejaba eludir debates que pudieran comprometer la lealtad a la causa”.
Son muy ricas las cuestiones que podemos pensar a partir del libro de Fiorucci. Tanto sobre el campo “no peronista” de intelectuales (que suele ser el más numeroso), como del otro. A mí se me ocurren algunas, pero seguramente el lector que haya llegado hasta aquí podrá pensar en mejores.

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La résistance

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¿Cuán presente es el “Estado presente” montado por el kirchnerismo? ¿De qué manera y a qué velocidad lo desmonta el macrismo? ¿Cuán “irreversible” era lo que era y es lo que queda? ¿Qué dinámicas se dan cuando la marea de la presencia del Estado baja y cuáles son los mecanismos que se utilizan para hacerla bajar? ¿Cuán gradualista desea ser el gradualismo y con cuánto shock sueñan los CEOs en las cocinas de sus casas? ¿Qué continuidades y qué cambios plantea la mesa de arena y la realidad liderada por Mauricio Macri?

Algunas de estas preguntas han dado forma a debates y planteos que los lectores de este blog seguramente ya conocen. Para ilustrar un poco más de qué hablamos cuando hablamos de retracción del Estado, vamos a repasar un clásico de estas temáticas para el caso de los países centrales, como una forma de evaluar si es que hay algún elemento que nos pueda iluminar nuestros desvelos locales.

Se trata del paper de Paul Pierson de 1996 “The New Politics of the Welfare State”, un trabajo en el que, como lo señala el título, el autor trata de meterse en la dinámica que ha tenido en concreto no ya la construcción sino de la retracción del Estado de Bienestar en los países desarrollados.

¿Cómo se desarrolla la estrategia política y la dinámica de desmontar un Estado de Bienestar, en el caso de los países centrales, podríamos llamarle “más extendido y presente” en el caso sudamericano, argentino? Veamos. Nos dice Pierson: “Hay una profunda diferencia entre extender beneficios a un gran número de personas y quitar esos beneficios”. Algunos fragmentos que explican esta idea:

“La política de la retracción es típicamente traicionera porque impone pérdidas tangibles a grupos concentrados de votantes a cambio de ganancias difusas e inciertas. La retracción involucra un delicado esfuerzo o bien para transformar el cambio programático en una propuesta electoralmente atractiva o, al menos, para minimizar los costos políticos inherentes. Los militantes de la retracción deben persuadir a sus vacilantes partidarios de que el precio de las reformas es manejable -una tarea que las quejas públicas sustanciales hacen casi imposible”.

“La retracción es generalmente un ejercicio de evitar la responsabilidad antes de obtener el crédito, primariamente porque sus costos están concentrados (y a menudo son inmediatos), mientras que los beneficios no lo son”.

“Esta nueva política, marcada por presiones para evitar la responsabilidad por políticas impopulares dicta nuevas estrategias políticas. Los impulsores de la retracción buscarán hacer jugar a un grupo de beneficiario contra otros y desarrollar reformas que compensen a grupos políticamente cruciales por los beneficios perdidos. Los que estén a favor de los recortes buscarán reducir la visibilidad de las reformas o bien haciendo que sea más difícil para los votantes rastrear la responsabilidad por esos efectos hacia funcionarios particulares. Cuando sea posible, los funcionarios buscarán amplios consensos sobre las reformas de manera de esparcir la responsabilidad”.

 

¿Suena? Bien, vamos a los casos concretos. Pierson toma cuatro casos de los países centrales, los de Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y Suecia. Las conclusiones generales son las siguientes:

  1. Hay poca evidencia sobre cuánto influye el tamaño del Estado y los recursos que manejan los sectores de izquierda en los resultados del proceso de retracción
  2. La impopularidad de la retracción hace que los grandes recortes sean poco probables excepto bajo crisis presupuestarias y aún así las reestructuraciones radiales son difíciles de concretar.
  3. Por la misma razón, generalmente los gobiernos buscan negociar paquetes de consenso antes que imponer reformas unilateralmente, lo cual a su vez disminuye el potencial de una reforma radical.
  4. Lejos de crear una dinámica que se refuerza, los recortes tienden a reponer el apoyo por el Estado de Bienestar.

El autor analiza el gasto en seguridad social y el total de desembolsos del gobierno como porcentaje del PIB. En los cuatro casos se mantienen relativamente sin cambios nada menos que entre 1974 y 1990 (recordemos, durante buena parte de esos períodos gobernaron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Helmut Kohl. En ese contexto, el estudio de Pierson señala que pocas áreas sufrieron fuertes recortes: entre ellas se destacan las políticas de vivienda en Gran Bretaña y las jubilaciones alemanas.

Al parecer, el “gradualismo” corre incluso para los gobiernos ultras que tienen la mayoría de los resortes político-institucionales en las manos, si se tiene en cuenta el caso de Thatcher: terminada la experiencia conservadora, el Estado benefactor británico permanece, aunque algo “abollado”, mayormente “intacto”.

“En términos generales, los conservadores británicos se encontraron con que el Estado de Bienestar era un campo minado político, siendo que el apoyo popular por el gasto social permanecía fuerte. De hecho, la opinión pública británica referida a la política social revela el mismo patrón que en todos los otros casos: una modesta declinación en el apoyo al Estado de Bienestar precedió a la llegada del gobierno de Thatcher, pero luego rebotó ante la primera señal de recortes serios. La opinión pública británica se ha mostrado fuerte y crecientemente a favor de mantener o incluso hacer crecer la provisión social”.

“Mientras que el gobierno logró algunos recortes incrementales no triviales en una serie de programas, los esfuerzos por una retracción radical del Estado de bienestar fallaron, frecuentemente con un costo político alto”.

Cuando Pierson analiza el caso norteamericano, incluso con sindicatos más débiles, “salvo en el primer año de Reagan” la cosa luce similar. “El asalto reaganista al Estado de bienestar se petrificó en 1982, cuando mayores recortes presupuestarios fueron rechazados”. La intención de Reagan de traspasar la seguridad social a los Estados murió en el Congreso sin que un solo legislador la auspiciara. Y en ese contexto los programas a favor de la clase media “también aguantaron la tormenta”.

“Aunque generalmente se argumenta que la naturaleza residual del Estado de Bienestar en Estados Unidos crea una base política angosta (para su defensa), la reacción inicial en su contra fue de corta duración. La declinación del apoyo a los programas sociales precedió a la llegada de Reagan.  Desde 1982 en adelante -es decir, inmediatamente después de la primera ronda de recortes presupuestarios- las encuestas revelaron un creciente apoyo al Estado de Bienestar”. Y luego “Reagan se volvió mucho más dubitativo a medida que el apoyo popular por la retracción del Estado de Bienestar decaía”.

Podría seguir traduciendo el paper. A mí ya me dejó bastante para pensar. ¿A ustedes no?

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Ricos tipos

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El debate venía de hacía ya tiempo pero cobró algo más de notoriedad cuando el Programa de Estudios Sobre Elites Argentinas, coordinado por Ana Castellani, Paula Canelo y Mariana Heredia, dio a conocer un trabajo con datos sobre la integración del Gabinete nacional sobre el “gobierno de los CEOs”.

¿Y qué importa si son CEOs o no son CEOs? ¿Y por qué una universidad pública debería estudiar a las elites? ¿Y qué importa si son ricos? “Confunden a dueños de empresas y a ricos con CEOs, no es lo mismo, un CEO es un empleado”. ¿Y cuál es el problema si vienen a colaborar en la política desde el sector privado?

Las respuestas a este tipo de planteos ya las han dado con mucha solvencia las autoras del estudio. De todos modos, un punto que me gustaría abordar aquí es que este debate de si los que ahora nos gobiernan son CEOs o no, si son ricos o no y cuáles son las consecuencias de ello para el sistema político y la sociedad no sólo no es “exótico” o tirado de los pelos, no sólo es perfectamente legítimo, sino que se trata de uno de los ejes centrales que ha desvelado a los mayores exponentes de la teoría política desde… siempre.

¿Qué lugar ocupa la igualdad en una sociedad de desiguales? ¿Qué lugar ocupan la riqueza y la pobreza en la dinámica política? ¿Y qué pasa particularmente cuando gobiernan los ricos?

Abrir La Política, de Aristóteles, es encontrarse de lleno con este debate, una discusión que -nada menos- nos habla de qué es y qué no la propia política. El segundo párrafo del libro ya nos brinda una idea de lo que estamos discutiendo. Cuantos opinan que es lo mismo regir una ciudad, un reino, una familia y un patrimonio con siervos no dicen bien. Esta visión se va aclarando en el capítulo séptimo:

… no es lo mismo el poder del amo y el político, ni todos los poderes entre sí, como algunos pretenden. Puesto que uno se ejerce sobre personas libres, y otro, sobre esclavos, y el gobierno doméstico es una monarquía (ya que toda la casa está gobernada por uno solo), y, en cambio, el político es un gobierno de hombres libres e iguales”.

La cuestión de si gobiernan los ricos o no es uno de los elementos centrales en los que Aristóteles basa su clasificación de los regímenes políticos.

Como señala en el Libro IV:

Por tanto, éstos parece que son los partidos principales de la ciudad, los ricos y los pobres. Además, como por lo general los unos son pocos y los otros muchos, éstos aparecen como partidos contrarios entre los elementos de la ciudad; de tal forma que lo regímenes se establecen de acuerdo con la supremacía de éstos, y dos sistemas parece que hay, la democracia y la oligarquía”.

¿Y cómo se llega entonces a la República? Simple:

Sus características resultan más claras, una vez que se ha precisado sobre la oligarquía y la democracia; ya que es la república, sencillamente, una mezcla de oligarquía y democracia. Suele darse el nombre de repúblicas a los regímenes que se inclinan a la democracia, y a los que más bien hacia la oligarquía, aristocracias, porque la educación y la nobleza van unidas a los más ricos.

 

Si seguimos un poco más, veremos que:

en todas las ciudades hay tres elementos propios de la ciudad: los muy ricos, los muy pobres, y tercero, los intermedios entre éstos. Sin embargo, puesto que se reconoce que lo moderado es lo mejor y lo intermedio, obviamente, también en el caso de los bienes de fortuna, la propiedad intermedia es la mejor de todas, ya que es la más fácil de someterse a la razón; y, en cambio, lo superbello, lo superfuerte, lo supernoble, lo superrico, o lo contrario a esto, lo superpobre, lo superdébil y lo muy despreciable, difícilmente seguirá a la razón, puesto aquéllos se vuelven soberbios y grandes criminales, y éstos, malhechores y pequeños criminales, y de los delitos, unos se cometen por soberbia, y otros, por malicia.

Asimismo, la clase media es la que menos rehúye los cargos y la que menos los ambiciona, actitudes ambas fatales para las ciudades. Además de esto, los que tienen demasiados bienes y fortuna, vigor, riqueza, amigos y otros similares , ni quieren ni saben ser gobernados (y esto les ocurre ya desde el seno de la familia, cuando son niños; pues por el lujo, ni siquiera en las escuelas tienen la costumbre de someterse), y los que carecen excesivamente de éstos son demasiado despreciables.

En consecuencias, éstos no saben gobernar, sino ser gobernados con un gobierno propio de esclavos, y aquéllos no saben ser gobernados con ningún tipo de gobierno sino gobernar con un gobierno despótico. El resultado es entonces una ciudad de esclavos y señores -pero no de hombres libres-, llenos de envidia aquéllos y de desprecio éstos, lo cual es lo más distante de la amistad y la convivencia política; ya que la convivencia requiere afecto, y ni siquiera el camino se quiere compartir con los enemigos.

La ciudad pretende estar integrada por personas lo más iguales y semejantes posible, y esta situación se da, sobre todo, en la clase media; por tanto, esta ciudad será necesariamente la mejor gobernada, (la que) consta de aquellos elementos de los que decimos que por naturaleza depende la composición de la ciudad; y sobreviven en las ciudades, sobre todo,estos ciudadanos; pues ni ambicionan lo ajeno, como los pobres, ni otros ambicionan su situación, como los pobres la de los ricos; y al no ser objeto de conspiraciones ni conspirar ellos, viven libres de peligro. Por eso es acertado el deseo que expresó Focílides:

‘Muchas cosas son mejores para la clase media; de la clase media quiero ser en una ciudad’.

Que este tipo de enfoque haya visto la luz hace más de 2.300 años algo debería decirnos sobre un debate del que uno puede ponerse del lado que más le guste, pero que difícilmente pueda eliminarlo. Podemos decir que Cristina Kirchner es millonaria, que Macri no es empresario sino hijo de un contratista de obra pública, que Lopetegui & Quintana son dos profesionales que vienen a colaborar con “lo público” y eso los hace -ponele- mejores políticos que los que hemos conocido. Sin embargo, la discusión  difícilmente pueda ser, sin más, invalidada. Sobre todo porque los “padres” del pensamiento político han vuelto una y otra vez sobre este punto.

Los humanistas que pensaron la política a la salida de la Edad Media siguieron con esta misma preocupación. Leyendo a Quentin Skinner, puede repasarse de qué manera se dieron esos debates. Por ejemplo, Brunetto Latini, en la Florencia del Siglo XII afirmaba que “los gobiernos son de tres clases, la primera de reyes, la segunda de aristocracias y la tercera de pueblos, de las cuales la tercera es, con mucho, mejor que las otras dos”.

Hacia 1500, Maquiavelo y sus contemporáneos tienen en mente cómo sostener el valor de la libertad política. Recuerda Skinner:

Una sugestión que hacen -surgida de sus temores a la riqueza privada- es que la libertad y la pobreza suelen ir unidas. (Francesco) Guicciardini concluye su ‘Discurso de Logroño’ con la observación que, aun cuando las ciudades libres necesiten ser ricas, sus habitantes individualmente deben mantenerse pobres, sin grandes disparidades de riqueza del tipo que suele causar envidia y promover así disturbios políticos. La misma sugestión -que habría sido anatema para (Leonardo) Bruni y sus seguidores- fue repetida poco después por varios teóricos relacionados con las reuniones de los jardines Oricellari. (Antonio) Brucioli menciona la idea, al término de su diálogo sobre La república, mientras Maquiavelo reitera la doctrina de Guicciardini casi textualmente en su tercer discurso. La primera propuesta de Maquiavelo para evitarla corrupción en ‘tiempos difíciles’ es ‘mantener pobres a los ciudadanos’ y después repite muy categóricamente que toda institución que ‘mantenga pobres a los ciudadanos’ será ‘la más útil” que pueda haber ‘en un estado que goce de la libertad’”.

(…)

El mismo disgusto por los “hábitos lujosos” como amenaza a la libertad política es expresado con mayor vehemencia por Maquiavelo en sus Discursos, tan sólo pocos años después de que el argumento había sido planteado nuevamente por Guicciariddini y Salamonio, y popularizado por un buen número de moralistas venecianos. En su tercer discurso, Maquiavelo declara que la “riqueza sin dignidad” es, invariablemtente, causa de corrupción cívica, y añade que fácilmente podría “explayarse sobre las ventajas de la pobreza sobre la riqueza”, y sobre “cómo la pobreza da honor a las ciudades”, mientras que “lo otro las ha arruinado”, pero esto ya “ha sido hecho muy a menudo por otros”:

Esto surge con la mayor claridad en el capítulo XIX del segundo discurso, en que elucida los problemas que surgen cuando una república se dedica a adquirir nuevos territorios. Y recuerda que Juvenal sostuvo que “la adquisición de tierras extranjeras” familiarizó a Roma con costumbres ajenas, “de modo que, en lugar de la frugalidad y sus otras altas virtudes, ‘la glotonería y la indulgencia consigo mismo tomaron posesión de ella y vengaron al mundo que había conquistado’”.

 

La preocupación por la defensa de la libertad, el recurrente planteo del Maquiavelo republicano por la necesidad de ponerle el pecho a las balas, por evitar los “ejércitos mercenarios”, por tener un “pueblo en armas” que pueda -al modo romano- defender con su propia vida la República, la libertad conseguida también toca este debate de qué pasa si los que gobiernan son sólo los nobles o los ricos.

Se toca a su vez con estas preocupaciones una muy fuerte intuición basada en el pesimismo antropológico de varios de estos teóricos, nuevamente y sobre todo Maquiavelo: la idea de que la historia tiene una serie de regularidades que vuelven a repetirse y el hecho de que los regímenes políticos, más o menos como fueron definidos en la Antigüedad, van sucediéndose en una especie de rueda de decadencia, donde la corrupción -sí, la corrupción- va carcomiendo los cimientos de uno para generar otro (ay) un poquito peor.  La riqueza (y el ansia por ella) juega en este sentido un rol muy destacado.

Imaginémonos entonces si estos padres del pensamiento político fundante de muchas de las ideas que nos habitan hoy en día hubieran estado interesados, preocupados, atraídos por pensar si es lo mismo un gobierno de ricos o no, de empresarios o no, de CEOs o no. Y en este sentido, cómo se funda la legitimidad de un régimen político de iguales en un mundo de desiguales, cómo juegan las tensiones sociales en este contexto, qué choques o acuerdos puede haber entre el “popolo” y los “grandes”. Delicias del pensamiento (crítico) que algunos sectores quieren amonestar.

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Así habla el Presidente

De esta manera, el presidente Mauricio Macri planteó este lunes, en alrededor de un minuto, la renuncia de los actuales sindicalistas a los cargos en los gremios y la modificación de todos los convenios laborales. La cita es textual, el video puede verse aquí.

La semana pasada recibí al número uno de JP Morgan Chase, la institución financiera más grnade del mundo que me dijo ‘triplicamos el capital pero abrimos un ‘hub’ acá para darle servicios a todo el mundo y ustedes le ganaron a Estados Unidos y a tres países más que estuvieron en la final interna nuestra’ ¿por qué? Por ustedes. Porque dicen ‘acá hay gente realmente preparada’. Pero todo el mundo está pensando lo mismo. Entonces tenemos que preparar más. Porque ya son diez, doce multinacionales que ya he escuchado que vienen acá a radicarse y desde acá dar servicios a toda su red interna y externa. Y esto también se tiene que ampliar a estas mesas de diálogo que estamos estableciendo con todos los sectores, sector empresario, sector gremial. Porque de alguna manera la tecnología cruza todos los sectores. Entonces necesitamos que los gremios también se renueven. Que tengan la capacidad de repensarse. Y tal vez hay que pensar si los mismos dirigentes que han conducido los gremios los últimos veinte o treinta años se están dando cuenta de esa necesidad. O tal vez ellos tienen que plantearse una renovación interna. Porque eso significa sentarse a una mesa y discutir todos los convenios laborales de vuelta. Porque estamos en el Siglo XXI, no podemos seguir aplicando convenios del siglo XX. Porque al aferrarnos a esos convenios lo que hacemos es debilitar los puestos de trabajo que tenemos. No sólo no los fortalecemos y no crecemos sino que ponemos en peligro los que tenemos. 

Súper Mario

Si se sigue tras los pasos del primer hombre, huella a huella, se formará un sendero visible pero difícilmente transitable y estrecho: una trocha y no un camino, lleno de hoyos por los cuales es más difícil avanzar que por la nieve virgen. El trabajo más duro es para el primero, y cuando a éste se le agotan las fuerzas, lo reemplaza otro, de aquel mismo quinteto de cabeza. De entre los que siguen los pasos del primero, cada uno de ellos, incluso el más pequeño, el más débil, debe pisar un pedazo del manto nevado, y no alguna otra huella. Y sobre los tractores y a caballo no viajan los escritores, sino los lectores.

“Cómo caminar en la nieve”. Varlam Shalamov, Relatos de Kolyma.

Mario Wainfeld es el maestro de todos nosotros. El lector (diría el maestro), entenderá o irá entendiendo qué significa “todos nosotros”.

Su primer libro, “Kirchner, el tipo que supo” se ha convertido en una obra-acontecimiento. Agotada su primera edición en pocos días, su lectura motiva comentarios entre compañeros y amigos. “Estoy leyendo el libro de Mario, está genial”. “Esto leyendo el libro de Mario, me largué a llorar en este tramo”. “Escuchá esta parte del libro de Mario”.

El libro de Mario, con sus vivos naranjas en la tapa y contratapa, se deja ver en el subte, en la calle, en un bar. Se lleva en la mano, al viento. Entra a los trabajos, se deja sobre las mesas. Motiva miradas, guiños, expresiones.

No es original el libro de Mario. No es pirotécnico, no es efectista. Es amable, pedagógico y preciso, cálido, iluminador. Como es Mario.

“Kirchner, el tipo que supo” es un libro político que, como enseñaría Quentin Skinner, no puede entenderse sin delinear el contexto de aquellas voces con las que está debatiendo. Porque todo libro político debate. Wainfeld hace explícita esta discusión. Aquí la vamos a precisar. Este libro debate con la antipolítica, con los que sólo se aman a ellos mismos, con los que odian, con los mercenarios, con los que no tienen amigos. El lector los podrá nombrar.

El libro tiene la virtud de elevar la vara del debate político hacia afuera y hacia adentro del kirchnerismo. Y comete la herejía -perdón por el spoiler- de destacar a Néstor Kirchner sin acudir al recurso berreta de criticar a Cristina Fernández.

El autor busca hacer lo que hace siempre con sus notas. Intenta poner, con honestidad, las cosas en su justo punto. Aristotélico, pero no zonzo, sabe -explicita- que eso se hace desde una identidad, una personalidad y en un contexto. Hacer lo que hace Mario Wainfeld en este libro, un esfuerzo por poner las cosas en su punto justo en este momento de la Argentina es algo que, como también sabía Aristóteles, requiere tener -los griegos tenían otra palabra para esto- pelotas. Este libro está escrito con las pelotas bien puestas, concepto este que seguramente no le parecerá adecuado al maestro, pero que utilizamos a falta de otro más preciso.

Durante toda la obra, Wainfeld describe el contexto en el que gobernó Néstor Kirchner y en el que se movió como ex presidente. Qué pudo allí soñar, diseñar y hacer, qué cosas quizás no pudo, no quiso o no supo -tatuaje que, ahora sabemos, lleva todo expresidente-. Cuál fue la Historia y cuál pudo haber sido, o no. Cómo son la política y la sociedad argentinas en el marco de su implacable economía (los términos de esta oración son siempre intercambiables).

Mario realiza el recorrido deteniéndose, recordando, explicando, como un guía que puede contarnos qué existía antes y qué no, cuánto esfuerzo lleva construir y qué rápido se destruye. Lo hace con su tono habitual: abierto, humilde, respetuoso de la diversidad.

Sin embargo, hacia el final, en un momento ocurre que la identidad, la emoción, la sangre gana el primer plano:

Aró con bueyes viejos, como canta Silvio Rodríguez. Por esas causas cambió la historia, fue jefe de una fuerza que creó, emblema y paladín para tantos compatriotas. Por eso se quieren borrar su recuerdo y el de sus realizaciones.

Para cerrar, el autor elige una cita de Max Weber que siempre nos conmueve y a la que nos hemos asomado en momentos de dolor e incertidumbre. Es una que comienza así: “La política consiste en una dura y prolongada lucha contra tenaces resistencias, para las que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura”. Y sigue:

Es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de hacer esto no sólo hay que ser un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra. Incluso aquellos que no son ni lo uno ni lo otro han de armarse desde ahora de esa fortaleza de ánimo que permite soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren resultar incapaces de realizar incluso lo que hoy es posible. Sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para aquello que él ofrece; sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un ‘sin embargo’; sólo un hombre de esta forma construido tiene ‘vocación’ para la política.

Salud, Mario. Fuerza todos.

Di una cosa di sinistra

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Una relectura a cielo abierto de “La Oposición”, del politólogo italiano Gianfranco Pasquino, quizás aporte algunas claves sobre una serie de debates que se dan en la Argentina actual.

Pasquino escribió este breve libro en el verano de 1994, pocos meses después de la victoria de “Forza Italia”, la coalición liderada por Silvio Berlusconi. Las mismas elecciones en las que Nanni Moretti le grita al televisor “D’Alema, di una cosa di sinistra !”, escena que seguramente ha de repetirse ahora cada tanto, palabras más, palabras menos, en algunos empoderados hogares de la Argentina.

Tener en claro que se trata de un texto muy “fechado” y que tiene como ámbito cierto debate en la Italia de la década del 90 entonces, es importante. Más allá de eso, el librito nos ofrece herramientas para entender la realidad que nos rodea.

Una cuestión que plantea el libro es el poco nivel de análisis que ha tenido históricamente la oposición en las democracias. Y también el hecho de que la oposición democrática es un fenómeno relativamente nuevo. Si se cuentan en Europa las oposiciones en democracias “consociacionales”, donde aquellas más bien buscan participar del gobierno antes que reemplazarlo, tendremos un panorama donde hay bastante poco que decir sobre el tema que nos convoca.

En ese contexto, Pasquino plantea una serie de cuestiones que nos sirven para enriquecer el debate. Reunimos aquí unos fragmentos algo desconectados, reunidos debajo de unas preguntas clave

 

¿Por qué oponerse?

“Ninguna oposición puede renunciar a su propia piel ni a su cometido dejando, sin más, gobernar al gobierno. Todo lo contrario, la oposición debe impedir que el gobierno malgobierne”.

 

“El funcionamiento de todos los regímenes políticos se explica eficazmente sólo en la medida en que se explican las relaciones entre la oposición y el gobierno”.

 

“Entre sus características fundamentales, la democracia cuenta con la de ser el sistema político que permite la máxima expresión del conflicto, y su función innovadora es capaz de garantizar el máximo de autocorrección. Pero estos dos resultados extraordinarios no podrían alcanzarse en modo alguno si no existieran actores capaces de buscarlos: si no se organizase, si no actuara una oposición. Siendo así las cosas, se puede afirmar que la calidad de una democracia no depende sólo de la virtud de su gobierno o de la interacción del gobierno con la oposición, sino, de modo muy especial, de la capacidad de esta última. Una oposición bien pertrechada mejora la calidad de la democracia, incluso cuando no consigue llegar al gobierno persiste en optar a él a través de su actividad de control y de dirección, de propuesta y de crítica”.

¿Oposiciones duras o blandas?

“Las oposiciones han de contender con el gobierno en materia de reglas y en materia de política. Serán absolutamente intransigentes cuando el gobierno se proponga establecer reglas que destruyan la posibilidad misma de la alternancia. En cuanto a las políticas, las oposiciones serán críticas de los contenidos que propone el gobierno y propositivas de contenidos distintos, pero también conciliadoras cuando existan espacios de intervención, mediación, colaboración y mejoras recíprocas. En definitiva, la buena oposición es la que sabe usar, según la enseñanza de Maquiavelo, ‘del zorro y del león’, de la astucia político-parlamentaria y de su esfuerzo político social”.

 

“La oposición resulta eficaz y se convierte en alternativa concreta allí donde consigue una presencia social, una difusión cultural y un papel político-parlamentario”.

 

“En este caso no se plantea siquiera el problema de si es conciliadora o intransigente, se limita, sencillamente, a cumplir su cometido. que consiste en representar y proteger, individual y colectivamente a los electores que le han dado su voto; en defender las reglas del juego político-institucional, pero también en reformarlas con el objetivo de mantener abierta la competición política y promover los intereses de los grupos a los que se dirige para transformarse en mayoría, es decir, para ganar las elecciones”.

 

“Ninguna oposición parlamentaria puede ni debe ser jamás antagónica por completo, es decir, al cien por cien adversary. En la práctica, ninguna oposición democrática lo es del todo”.

“Ninguna oposición democrática vota contra el gobierno en el cien por cien de los casos, ni siquiera en el cincuenta por ciento de ellos. Los porcentajes varían entre el 40 y el 20 por ciento de noes contra los proyectos de leyes aprobadas en el Parlamento”.

“Dicho esto, la distancia que separa los comportamientos antagónicos de los consociacionales es muy grande”.

 

“Adquirir recursos puede constituir un imperativo categórico para toda oposición consciente de que sus oportunidades de conquistar el gobierno a medio plazo son prácticamente nulas”.

 

¿Cómo y cuándo ser alternativa de gobierno?

“Ningún gobierno debe pedir a la oposición que le deje gobernar, sino demostrar que sabe hacerlo. Del mismo modo, ninguna oposición debe pedir al gobierno que le deje ejercer como tal. La oposición tiene el deber de contender con el gobierno demostrando ser un gobierno alternativo”.

 

Es tarea de la oposición “imponer tiempos y ritmos de cambio y convertir la restauración en innovación, lo cual, en definitiva y en todo lugar, es el cometido de las oposiciones democráticas que se transforman en gobierno”.

 

“Uno de los comportamientos posibles de la oposición consiste en actuar conscientemente para permanecer como tal, es decir, para no verse envuelta en la acción de gobierno, ni súbitamente proyectada por sí misma al escenario gubernamental”.

 

“Una oposición conservadora en tiempos de cambio o, en cualquier caso en tiempos en que el poder del gobierno se inclina al exceso, se arriesga a reducir su fuerza y, por eso mismo, su propia representatividad”.

 

“Sólo una oposición que se arriesgue a salir a mar abierto podrá, aun antes de ganar las elecciones, parecer y ser representativa y representante de muchos de aquellos grupos cuyos intereses se agreden, cuyos ideales se olvidan y cuyos valores se pisotean. Sólo una oposición dinámica puede permanecer a la altura de las circunstancias en los períodos de cambio político, social, cultural y económicos”.
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Cambiar, cambiar

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La cuento cada tanto a la anécdota, me viene a la mente seguido. Busco en Internet la fecha: veo que termina febrero de 2001. Me mandan por entonces a cubrir una visita del presidente Fernando de la Rúa a Comodoro Rivadavia. La ciudad cumple cien años. Subo al Tango 01, camino por el pasillo, miro de reojo a la suite presidencial, me siento en la parte de atrás. La irracionalidad me hace pensar que si hay algún vuelo seguro, debe ser este. Afuera el país se tensa. Una semana más tarde renunciará José Luis Machinea al Ministerio de Economía.

El Presidente y su comitiva llegan a Comodoro, se hospedan en un hotel donde un grupo de sindicalistas logra dejar un petitorio al secretario privado del jefe de Estado. Recién al otro día De la Rúa participará de los actos. El mandatario encabeza uno y otro acto protocolar. Y luego otro más, en un lugar que recuerdo como un galpón que no está muy lleno de gente. No hay TV en vivo, no hay redes sociales y el país no parece darle mucha relevancia al Presidente. Aún así, en ese galpón la situación me pone un poco nervioso. Afuera hay un país complicado. Y este buen hombre se pasa más de 24 horas aquí en Comodoro Rivadavia ¿para qué? ¿Qué hace acá? ¿Qué hace en este galpón? Se da la casualidad de que uno de los jefes de prensa del mandatario queda cerca mío y entonces tengo la posibilidad de compartir la duda:

– Escuchame una cosa ¿no se quedó demasiado tiempo acá con el despiole que hay? ¿A qué viene a este acto, si acá no pasa nada?

El funcionario me mira, deja pasar unos segundos y me ofrece una respuesta que, con el tiempo, entiendo que ya habría dado varias veces:

– Mirá, el tipo hace esto hace 30 años. Haciendo esto llegó hasta acá. No va a cambiar ahora.

La respuesta me queda rebotando en la cabeza. Me queda rebotando cuando volvemos en el Tango 01, cuando antes de bajar del avión en el sector militar de Aeroparque dudo si saludar o no con un beso a la Primera Dama, que aguarda algo ofuscada al lado de De la Rúa a que baje la prensa. Finalmente se lo doy, le digo algo así como “señora, muchas gracias”. Le estrecho la mano al Presidente y bajo por la escalerita. Los hechos posteriores de aquel 2001 hicieron que nunca me pudiera olvidar de la respuesta del jefe de prensa.

Aquella fue mi forma de descubrir algo que se me fue haciendo más claro con los años. Como personas, nos es muy difícil cambiar. A los dirigentes políticos les es, también, muy difícil. A los presidentes, dificilísimo. Sólo unos pocos, poquísimos, lo logran. Y no todo el tiempo.

“Descubrir” algo que alguien ya ha descubierto hace 500 años no parece un gran logro. Lo sabrán los más despiertos a esta altura: esta idea de que la clave de toda actividad política y lo que la hace tan complicada es la dificultad de cambiar cuando las circunstancias cambian, de modificar la propia estrategia cuando los impredecibles vientos de la Fortuna así lo indican fue quizás el más grande aporte de Nicolás Maquiavelo.

En su Machiavelli. A Very Short Introduction, Quentin Skinner destaca que en El Príncipe, el florentino produce una verdadera revolución que comienza por destacar la tarea principal a la que debe dedicarse un “príncipe nuevo”, es decir uno que se ha puesto recientemente al frente de un Estado que hasta hace poco se gobernaba de manera diferente. “Mantenere lo stato” es lo primero, si es que se quiere avanzar en lo que todos los hombres buscan: “gloria y riquezas”, los grandes dones que tiene preparada la impredecible Fortuna.  

A todos -nos dice Maquiavelo, nos lee Skinner- les gusta seguir su estilo particular: un hombre procede cautamente, otro impetuosamente, otro con fuerza, otro con astucia. Pero mientras tanto, “los tiempos y las circunstancias cambian”. Por lo tanto, el gobernante que no cambia sus métodos, eventualmente fracasará. De todos modos, la fortuna no cambia si es que uno aprende a “cambiar su propio carácter para acomodarlo a los tiempos y las circunstancias”. El príncipe exitoso será entonces aquel que se mueva de acuerdo a los tiempos.  La revolución del florentino se completa con la idea de que, en un mundo en el que los hombres son en general “ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro” más bien conviene, cuando las circunstancias así lo indiquen, no atarse siempre a las virtudes clásicas. Si el momento pide alguna acción que dista de lo que en abstracto se considera virtuoso, pues que sea.

Queda lindo en italiano antiguo.

Credo anchora che sia felice quello che riscontra el modo del procedere suo con le qualità de’ tempi, e similmente sia infelice quello che con il procedere suo si discordano e’ tempi”.

(…)

Da questo ancora depende la variazione del bene; perché, se uno che si governa con respetti e pazienzia, e’ tempi e le cose girono in modo, che il governo suo sia buono e’ viene felicitando; ma se li tempi e le cose si mutano, e’ rovina, perché non muta modo di procedere”.

Lo difícil, lo casi sobrenatural que es la empresa que se necesita emprender está en la próxima frase, que mejor sacarla de una de las versiones en español:

“Pero no existe hombre suficientemente dúctil como para adaptarse a todas las circunstancias, ya porque no puede desviarse de aquello a lo que la naturaleza lo inclina, ya porque no puede resignarse a abandonar un camino que siempre le ha sido próspero”.

Volvemos al expresivo original:

Concludo, adunque, che, variando la fortuna, es tando gli uomini ne’ loro modi ostinati, sono felici, mentre concordano insieme, e, come discordano, infelici”.

Hojeando “The Machiavellian Moment: Florentine Political Thought and the Atlantic Republican Tradition”, de J.A.G. Pocock (de quien Skinner es discípulo, aprendemos de Rinesi), uno se encuentra con una carta del viejo Niccolò al exiliado Piero Soderini, en la que ya ensaya la idea de que lograr capear los vientos cambiantes no es nada fácil para los mortales. Lo que suele ocurrir es que como nuestra naturaleza es tan difícil de cambiar, la Fortuna termina teniendo poder sobre nosotros.

Credo che come la natura ha fatto all’uomo diverso volto, cosí gli abbia fatto diverso ingegno et diversa fantasia. Da questo nasce che ciascuno secondo l’ingegno et fantasia sua si governa. . . . Ma perché i tempi et le cose universalmente et particolarmente si mutano spesso, e gli uomini non mutano le loro fantasie né i loro modi di procedere, accade che uno ha un tempo buona fortuna, ed un tempo trista . . . havendo gli uomini prima la vista corta, et non potendo poi comandare alla natura loro, ne segue che la fortuna  varia et comanda agli uomini, e tiengli sotto il giogo suo“.

Maravilloso, bello.

Ahí está entonces el jefe de prensa de De la Rúa en un galpón de la Patagonia vaticinando sin saberlo aún cuál será la suerte de su jefe. Y aquel recuerdo en el que un joven “descubre” lo ya descubierto hace siglos.

Compartir estas reflexiones cuando vemos a un presidente que ha sido un gran candidato encontrarse con la empinada tarea de gobernar, quizás ayude a entender un poco más la realidad que nos rodea. Quizás también sirva para analizar los momentos altos y aquellos que no lo fueron tanto de la última década de política argentina. O los últimos 30, 60 o 100 años del país.

Para ir, sobre todo, a lo que nos concentra en estos últimos meses. ¿Podrá el presidente Mauricio Macri cambiar sus cursos de acción si los hitos que marcaba su hoja de ruta no aparecen tal como los había previsto? ¿Podrá el jefe de Estado modificar aspectos que están en la forma en la que siempre ha encarado los problemas y los obstáculos, en cómo siempre ha concebido el mundo que lo rodea si es que -como pasa con todos los presidentes -la impredecible fortuna se cruza alguna vez en su camino y se empeña en arrasar con sus soldaditos de juguete? Más temprano que tarde lo sabremos.

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Ocho meses, siete puntas

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Ocho meses, siete puntas:

 

Estado y Sociedad: El Gobierno de Mauricio Macri entiende que la principal tarea del Estado es brindar certidumbre a sectores muy específicos de la sociedad. Son esos que Guillermo O’Donnell llamaba “Gran Burguesía” y que Eduardo Basualdo divide en Oligarquía Pampeana, Oligarquía Diversificada y Empresas Transnacionales. En los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, el Estado buscaba dar más certidumbre “abajo” (certidumbre de que la próxima paritaria empatará o le ganará a la inflación o que seguirá habiendo empleo, por ejemplo) que “arriba” (donde también hay “certidumbres”, pero de menor espesor; hay más”incomodidad”). Con el macrismo, esa ecuación se invierte. La preocupación va desde la inversión al consumo y no al revés. Otra forma de ver lo mismo: los peores momentos en términos políticos del gobierno de Cristina Kirchner tuvieron que ver con situaciones que más o menos amplios sectores sociales (en el “medio” de la pirámide social, pero también “abajo”) consideraron de excesiva incertidumbre. ¿Cepo cambiario?: excesiva incertidumbre. ¿Inflación demasiado alta?: excesiva incertidumbre. ¿Demasiado poca creación de empleo privado?: excesiva incertidumbre. Bueno, si eso fue así, ahora la certidumbre va principalmente “arriba”. Este elemento se nos ocurre desde el inicio de la actual gestión como aquel que más ayuda a marcar el contorno de la gestión macrista. La idea de “vuelta al neoliberalismo” y al “Estado mínimo” es, en cambio, más confusa. Insistimos entonces: se puede no ser “hostil per se a una expansión del aparato estatal” pero “siempre que sirva a la expansión de la estructura productiva oligopólica de la que surgen” los “principales portavoces” del Gobierno.

 

Gobernabilidad: En contra de lo que suele afirmarse, a ocho meses de gobierno, los sectores que han  aportado más a la gobernabilidad (con lo poco que a uno le gusta esta aceitosa palabra) han sido justamente los que no componen en gran medida la coalición Cambiemos. Dicho en criollo: PJ y CGT han aportado más a la gobernabilidad que sectores medios urbanos y grandes empresarios. ¿Pero cómo es esto? Paritarias negociadas a la baja, una calle relativamente tranquila y manos alzadas en el Congreso son la contracara de las lluvias de dólares que se resisten a llover. ¿Sorprende realmente esto? No debería. Los gremios en la Argentina gustan de negociar y son organizaciones que han obtenido concesiones importantes, de Onganía a Menem, su ruta. ¿Prefieren beneficiarse de “modelos de matriz diversificada con inclusión social”, como le llaman socarronamente los críticos de Cristina? Probablemente. Pero si no, allá vamos. Porque primero la organización, que vence al tiempo. El PJ (el peronismo), por su parte es un partido que -en contra de lo que se afirma- gusta de la gobernabilidad, sobre todo cuando está ocupado reconfigurando sus liderazgos internos. Otro cantar puede ser cuando se alinea detrás de un plan de vuelo o en caso de que vea amenazadas sus posibilidades de tenerlo alguna vez. Al no estar en ninguno de esos escenarios: manos alzadas. Es tu legitimidad, es tu gobierno, es tu plan, hacete cargo, la ley sale, “arreglate”. Mientras tanto, trato de obtener concesiones que me permiten disputar el liderazgo interno con más fuerza. Casos de Menem abrazando a Alfonsín en La Rioja en 1984, Cafiero en el balcón de la Rosada en 1987 o el Senado peronista de 2001 aprobando todo el plan de ajuste del ministro Cavallo. Los apoyos de la coalición Cambiemos (internos y externos), mientras tanto, no se deciden a invertir en este gobierno. Porque ¿las elecciones de medio término se ganarán? ¿podrá gobernar sin el peronismo? ¿y en cuatro años quién ganará? ¿por qué “poner” ahora si mis amigos están gobernando y pueden darme mucho más? ¿invertir para qué, en qué sectores, de qué manera? Entre 1989 y 1991 un Carlos Menem ultra-mimado por los mercados no lograba domar las hiperinflaciones, sobre todo por disputas entre las fraccioes del capital. Los últimos coletazos “sorprendentes” de la inflación que se resiste a bajar se parecen más a situaciones de ese estilo, de grandes jugadores disputándose excedente o mexicaneándose medidas de política económica. Si los sindicatos están negociando paritarias a la baja y cae el consumo ¿por qué no baja la inflación “core”, compañeros? La apuesta al blanqueo, dicen todos, ¿será la penúltima forma de conformar la “comunidad de negocios” que ahora sí le permita a los que votaron a Cambiemos apoyar (y no de pico) al gobierno de Cambiemos?

 

Estado de Derecho de baja intensidad: Como todo gobierno en la Argentina, no gobierna desde un “centro”, no es “moderado”. Ocurre que el gobierno de Mauricio Macri parece ir unos pasitos más allá. (¿Como el gobierno de Onganía?) el Gobierno está en su primera etapa, “etapa económica” (¿necesita por ello cerrar la política por reparaciones?). Y coquetea con cambiar las reglas del juego político. Gusta del juego brusco, tiene presos políticos como Milagro Sala, amenaza con tener más, hay jueces que denuncian “aprietes”, hay dirigentes políticos de la oposición amenazados con carpetas judiciales, tiene a los servicios desbocados y muy conectados con los de los países centrales, quiere entrar al submundo del delito de la mano del submundo de la DEA, rehabilitó los fondos reservados de la ex SIDE, se disgusta con el disenso o cuando lo “satirizan de mala manera”, quiere acceder a los correos electrónicos de todos los habitantes con el declarado fin de hacerles llegar propaganda gubernamental y siguen los ejemplos de acciones que si las hubiera realizado Cristina Kirchner desde la Casa Rosada, se estaría llamando a los Cascos Azules de la OEA para una pronta invasión. Como frutilla del postre, el PRO, con ocho meses de gestión, está planteando la mayor reforma en la forma de votar en cien años. La exmandataria habló de un Estado de Derecho de baja intensidad, expresión que impresionísticamente expone ese panorama.

 

Todo lo popular les es ajeno: Todo lo popular le es ajeno al Gobierno. “Fuimos a la fiesta del poncho”. “Hice un asado por el día del amigo”. “Humahuaca”. Poses “pop” del gobierno que se pelea con el peronismo díscolo, la Iglesia, con Tinelli, el fútbol, los intelectuales, los que “no quieren pagar lo que vale las tarifas por un tema cultural” y varios etcéteras como podría ser una Justicia laboral que supimos conseguir. Locro gourmet del 25 de Mayo con Señoras Bien en Olivos, Campo de Polo y Bandas Militares Aburridas el 9 de Julio, Tecnópolis Zombie. Todo lo popular les es ajeno.

Crecimiento ¿qué crecimiento?: Cuando el Gobierno habla de crecimiento económico, cuando habla de una tasa de crecimiento de 3,5 puntos para el año que viene ¿habla de lo mismo que cuando crecía la economía kirchnerista? El PBI creció más de 6 puntos en 1969, el año del cordobazo. Crecimiento ¿qué crecimiento? ¿en qué sectores? ¿de qué manera? ¿hacia dónde? ¿Con asados todos los domingos? ¿O con pulover en casa en invierno?

 

Hay margen y no es magia: Más allá de los bolsos del Sr. López y de errores políticos de la última etapa kirchnerista, si hay margen en el macrismo es porque hay con qué. Es porque hay fierros. Si la artillería naval de los medios y la Justicia mantienen a varios kilómetros de distancia a las defensas enemigas es porque esos barcos y esos cañones de 76 milímetros están. Medios, Jueces, Fuerzas de Seguridad, Servicios, Estados Unidos (CIA-DEA-FBI-Departamento de Estado), son fierros que están y tiran. Si hay margen es porque tienen poder de fuego. Podrían llamarse “recursos de poder”. El Gobierno por ahora tiene estos y buscará otros. Pero por ahora usa los que tiene. Porque puede.

 

Todo esto puede funcionar: Como el Estado Mexicano, como Colombia, como Perú, como los países donde no hay casi sindicatos ni derechos civiles medianamente serios, como el Milagro Brasileño de la década del 70 con tasas de crecimiento “chinas” y distribución india, todo esto puede funcionar. Puede funcionar política y económicamente. De Estados democráticos que benefician -sobre todo- a los oligopolios está repleto este mundo. Aquí el futuro dependerá sobre de la política -de la del gobierno (el Presidente), que en la Argentina juega con blancas, y de la de la oposición-. Pero sobre todo dependerá de la sociedad y de sus anuencias o resistencias.
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Esperando el Milagro

Desde que asumió el presidente Mauricio Macri en el gobierno, comenzamos a notar un “aire de familia” de su gestión con otra experiencias “clásicas” de la derecha local. Nuestra hipótesis es que no es una “nueva derecha” sino que es una expresión política con líneas que lo contactan muy profundamente con tradiciones políticas de ciertos sectores sociales en la Argentina, en un nuevo contexto. Porque los contextos siempre cambian.

En ese sentido, por ejemplo, nos servía la obra clásica el Estado Burocrático Autoritario, en la que Guillermo O’Donnell destacaba que la gestión de Adalbert Krieger Vasena durante el gobierno de Juan Carlos Onganía “no era antiestatista ni proponía un retorno al laissez-faire” ni era “hostil per se a una expansión del aparato estatal, ni siquiera de sus actividades económicas” siempre y cuando aquello sirviera “a la expansión de la estructura productiva oligopólica de la que surgen sus principales portavoces”, todos pertenecientes a la “Gran Burguesía”.

Para decirlo de otra manera: la clave está en la cuestión de la incertidumbre. Si en la gestión anterior -o en sus mejores momentos- “los de abajo” tenían certidumbre y “los de arriba” sentían incertidumbre -aunque, capitalismo al fin, no siempre los de abajo ganaran y los de arriba perdieran, ni mucho menos-, la clave de lectura del gobierno actual está en la forma en que da vuelta esa ecuación.

También es notorio cómo en la mirada de Pierre Ostiguy, el gobierno de Mauricio Macri se ubica muy “arriba”. El espectro político argentino, además de en derecha / izquierda, se divide en “alto” y “bajo”. El gobierno de Cambiemos tiene todas las características de lo “alto”: la política se ve como institucionalmente mediada, se plantea la cuestión de una autoridad impersonal, se enfatiza la cuestión del procedimentalismo y del legalismo, se trata de la política de los que se comportan “bien”, son los “leídos”, “pulidos”. Lo “popular” les es ajeno.

Ernesto Laclau diría que prima una “lógica de la diferencia” en la que lo social se construye mediante la afirmación de la particularidad, en la que no se declama el trazado de una frontera antagónica.

Yendo al terreno económico, creo también que hay una lectura que pueda ayudar a delinear o entender un poco mejor qué es y qué no es Cambiemos. También puede ser útil para salir de una mirada “catastrofista” en el sentido que el Gobierno “la va a chocar” -que puede ser, pero que políticamente no ayuda a los sectores que, ahora sí, en la actualidad dicen “Cambiemos”-.

A fines de los 60 y principios de los 70 hubo en Brasil una polémica en torno a si la dictadura inaugurada en 1964 tenía o no la capacidad de relanzar el crecimiento en ese país. Celso Furtado, en 1966, publicó “Desarrollo y Estancamiento en América Latina: un enfoque estructuralista”, en el que abonaba una visión pesimista. En resumen, afirmaba que la concentración del ingreso es compatible con el crecimiento, en el marco de la Industrialización por Sustitución de Importaciones, mientras priman las  actividades y ramas productoras de bienes no durables y durables de consumo de elaboración simple y valor unitario reducido (la llamada “sustitución fácil”). Pero la concentración termina por imponer un límite al proceso sustitutivo y a la expansión industrial. Si la demanda de bienes durables “nuevos” y “modernos” se puede realizar sólo en mercados muy reducidos -quienes están más alto en la pirámide social- y hay un sector importante de la población que se mantiene en una situación de subsistencia, todo el sistema se dirige hacia el estancamiento.

En contra de esta visión, Maria da Conceição Tavares y el actual canciller brasileño, José Serra, escribieron en 1971 un trabajo titulado “Más allá del estancamiento”. Y ahí describieron algunas de las bases sobre las que se asentaba el llamado “milagro” brasileño logrado por la dictadura.

Tavares y Serra mostraban que se podía producir una dinámica de expansión económica muy fuerte, aunque en el marco de un modelo “concentrador y excluyente”. Así, la acumulación y el crecimiento tenían  su base en la expansión de ciertos sectores líderes (petroquímica, minería, siderurgia, energía eléctrica, transporte y comunicaciones).

Ese “estilo de desarrollo” funciona de esta manera:

Esto se complementa con una política clave: el gobierno militar brasileño creó esquemas de financiamiento del consumo de bienes durables dirigidos a estratos medios y altos urbanos.

“El proceso capitalista en Brasil, en particular, se desarrolla en forma cada vez más desigual, incluyendo y excluyendo sectores de la población y estratos económicos, y llevando a profundizar una serie de diferencias relacionadas con el consumo y la productividad logró establecer un esquema que le permite autogenerar fuentes internas estimulación y expansión que le dan dinamismo. En este sentido, se puede decir que, si bien el capitalismo brasileño se desarrolla de manera satisfactoria, la Nación, la mayoría de la población se mantiene en una posición de gran privación económica y esto en gran parte debido al dinamismo del sistema o incluso el tipo de dinamismo que lo anima”.

Así funcionaba el “Milagro”, con tasas de crecimiento que llegaron a superar los 10 puntos porcentuales anuales, eso sí, más fácilmente en un contexto de fuerte crecimiento de la economía mundial y, después de la crisis del petróleo de 1973, con la rueda de auxilio de un fuerte endeudamiento externo.

Creo que estas lecturas pueden servir para nutrir las neuronas de cara al segundo o al llamado “tercer semestre” cuando todo esto arranque. Porque arrancar siempre se puede arrancar. El tema es hacia dónde y con la conducción de quién.

¿Y a vos quién te banca?

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La Alianza fue un desastre. No porque los radicales no sepan gobernar, como dicen algunos, porque los peronistas tampoco saben gobernar. A mi juicio, el problema básico que tuvo la Alianza es que no logró articulaciones con grupos de interés real que dieran sustento a esa expresión que era de centro. Algo que, además, considero imposible en la Argentina. Porque aquí, para que las alianzas de centro tengan sustentabilidad real: o se hacen con los sectores propietarios o se hacen con los sectores populares. No hay condiciones para una alianza de centro que se asiente exclusivamente en un sector de las clases medias -por más amplio que sea- y en los intelectuales. (…) Sin embargo, sólo con la ideología y los votos no se gobierna. Para gobernar se hace necesario contar con el apoyo de alguno de los grupos de interés real de la sociedad que son, por ejemplo, los grandes empresarios, la clase media, la clase obrera, los marginales, los sindicatos, los grupos intelectuales, la universidad, la iglesia, etc. Si uno no tiene el apoyo de eso, un gobierno es inviable”.

La afirmación es de Torcuato Di Tella, de hace algunos años ya. Cada dos años me vuelve a la mente como una señal de alarma. Y las preguntas en torno al gobierno de Mauricio Macri, surgen con rapidez.

¿Cuál va a ser el sustento político de la gestión de Macri? ¿Quién defiende al gobierno de Macri? ¿Son los grandes empresarios que firmaron una declaración en la que se comprometen a mantener su planta de personal por 90 días? ¿Es “el campo” que mejoró su desempeño exportador luego de que el Gobierno levantó las retenciones y devaluó? ¿Es la opinión pública, que en sus “focus” retoma sus pesadillas históricas con el PRO y sostiene  que este es un gobierno de ricos para ricos?

¿Y qué pasará con la intensidad de esos apoyos? Porque lo que dice Di Tella de que “con la ideología y los votos no se gobierna” a mí me suena que va por ahí. Lo que da “viabilidad” a un gobierno son esos sectores que “sostienen”, que “bancan”, que “apuntalan”. Porque -¿no lo dije aún?-. Ser oficialismo es muy duro. Ser oficialismo en el país de los compatriotas de Intratables no es fácil.

Hemos afirmado aquí que puede haber un gobierno de derecha exitoso, estable, con un presidente que mantenga niveles de apoyo social, sea electo y reelecto. Pero para eso tiene que “funcionar”. “Deliver”, le dicen los yankis. O sea cumplir, entregar, embocar, resolver.

Las dificultades generadas a partir de abril pasado, cuando, por un lado, se aceleraron la inflación y los despidos, se generó un cierto clima de malhumor por el impacto de la suba de tarifas y además el Gobierno se vio envuelto en un escándalo internacional como el de los Panamá Papers no fueron estridentes ni definitorias. Pero generaron cambios en el juego político. El Senado votó una ley en contra de la opinión del Ejecutivo, las cinco centrales sindicales generaron una movilización conjunta muy fuerte, el PJ dio a conocer a sus nuevas autoridades sin grandes desgajamientos y, para colmo, hubo contactos entre las distintas “tribus peronistas” que empezaron a tocar una canción similar. ¿Quién te defiende entonces cuando se te suman una serie de hechos desafortunados?

En la Argentina, el que marca el ritmo del partido es el Presidente. Si pone el balón contra el piso, se da un juego; pero si elige el pelotazo, todos a correr y entonces es otra la dinámica. El anuncio del veto presidencial, en el actual contexto, fue como un pelotazo. Y ahora se trata entonces de una pelota dividida.

Es entonces el Presidente el que “une” o “desune” a la oposición. La dinámica es Presidente vs. Oposición. Así, desnuda.

En ese contexto, fluyen las analogías. Con el 22 por ciento de los votos, Néstor Kirchner hacía cosas que no estaban en su libreto de gobernador justicialista. Se abrazaba con los organismos de Derechos Humanos. Abjuraba de la marcha peronista y del “ritualismo”. Abría. Otro estilo: Carlos Menem, en otro contexto, “quemaba las naves”. En ese 89-90 tremendo, enfundado en un traje que hubiera relucido aún en el lado oscuro de la Luna, hablaba de “cirugía mayor sin anestesia”, “ramal que para, ramal que cierra”, acusaba a los que se “quedaron en el 45” y eran “la máquina de impedir”. Juego, huevos, carisma, sexo, rock. ¿Dónde va a hacer palanca Macri? ¿Parece entrar en esa línea de juego brusco cuando promete un veto de la ley antidespidos? ¿Y después?

Allí lo vemos al Presidente en un salón Blanco lleno de hombres blancos y ricos. Firma un compromiso con los empresarios. Un empresario firma compromiso con los empresarios. El padre del ministro de Transporte firma el compromiso del gobierno del ministro de Transporte. Tiende a ser endogámico. Tampoco dice que dará pelea, ni se ata al mástil. Navega, por ahora ¿Cómo “romperá” para salir a jugar? ¿Por dónde? ¿Con quiénes?

A favor del jefe de Estado y su futuro: ¿parece “jugársela” sin “plan B”? Como especulamos muchas veces aquí -y algo de esto parece decirnos Di Tella-, No hay gobiernos “de centro” o “moderados” en la Argentina. A un costado del Gobierno suele haber una pared.Y en ese contexto, cada uno elige su propia aventura.

¿En todo estás vos?

 

 

Veamos este fragmento de una entrevista al presidente Mauricio Macri de noviembre de 2015. ¿Qué nos dice sobre el Presidente? ¿Cómo es su impronta, su conocimiento de aquello que lo rodea? ¿Cuánto de nuevo tienen para el jefe de Estado situaciones que son conocidas por el resto? ¿Cómo ve el mundo? ¿Qué comparte con los que lo votaron y los que no? Si vamos un poco más allá podríamos preguntarnos ¿Permea esto en algo eso las complejidades de una gestión de gobierno?

En sus primeros 120 días de gobierno, la gestión de Mauricio Macri se encuentra con las dificultades de gobernar un país como la Argentina. La dimensión, la complejidad, el vértigo, la multiplicidad de actores involucrados. Como venimos señalando, Macri se asienta sobre fortalezas (triunfo en balotaje, triunfo en la provincia de Buenos Aires, respaldo el sistema de medios de comunicación, países industrializados, sectores empresarios y la Justicia) y también tiene que dar cuenta de debilidades (el primer presidente que no se impone en el Gran Buenos Aires ni en la provincia de Buenos Aires, un voto territorialmente concentrado en la zona central del país, lejanía con los sindicatos y organizaciones sociales, minoría en el Congreso, administración política de la coalición oficialista).

En ese contexto lo que impacta y sorprende de la gestión de Macri es el fortísimo componente ideológico con el que aborda distintas políticas, su falta de pragmatismo (entendido como hacer algo diferente a lo que está “en su ADN”). Sobre todo, su mirada “de derecha neta” o “clásica”, los preconceptos con los que enfoca un conjunto de temas. Una derecha que no sólo dice “papá” mientras los demás dicen “mi viejo”, sino que no sabe que esa diferencia existe.

Este Macri no es el de la campaña, el que iba a “mantener lo bueno”, el moderado, el conciliador. Le cuesta incluso ser el que ingresaba a las casas de las personas que lo invitaban a compartir unos mates y donde siempre les tocaba las manos. Aparece como si los desafíos que tenía hace ocho meses, cuando su boleta fue tomada por el 24,5 por ciento de los electores en las primarias, sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza, cuando todos los grupos focales decían que parecía un candidato interesante pero que también parecía que sólo le interesaban “los ricos” estuvieran volviendo.

Es un presidente al que se lo ve solo -incluso políticamente, con pocas “espadas” que lo defiendan en su propia coalición-. A esto hay que sumarle últimamente una soledad gestual en la que la propia imagen del jefe de Estado parece estar poco cuidada. Vemos también las dificultades que encuentra: se multiplican hechos en el que al Presidente, pero también a la gobernadora María Eugenia Vidal y la vicepresidenta Gabriela Michetti se les complica estar en un acto público porque enfrentan protestas, cuestionamientos fuertes de sectores muy diversos. Y ojo, porque, por ejemplo, en el video aparece la frase “le preguntás a dos personas que hoy pierden su trabajo” frente al chiste, a la crítica.

Leemos cómo el presidente mismo afirma que la etapa actual es “dura para aquellos que menos tienen”. Leemos cómo un gobierno se la pasa analizando medidas que sean “un gesto” de “corte social”. Una gestión que piensa “lo social” de manera tan separada de, por ejemplo, la política macroeconómica no es sino fuertemente ideológica. ¿El kirchnerismo no era también fuertemente ideológico? ¿No se “pasaba de rosca” habitualmente? Por supuesto. Y esos fueron sus momentos de mayor lejanía con la ciudadanía. Podemos profundizar un poco más. Todos los presidentes de 1983 para acá han sido fuertemente ideológicos. Pero ¿querían hacer entrar un cuadrado en un círculo? ¿El hijo de gallegos, el hijo de turcos, el hijo de una chilena brava, la hija del colectivero que nos han gobernado, carecían del gen del pragmatismo?

En este sentido, hay algo que hay que entender. Esta es una democracia, este es un presidencialismo y se da en determinado contexto. Es un contexto institucional en el que “la muñeca”, la decisión, la impronta, la suerte que corra, lo que sepa, pueda o quiera hacer el Presidente tienen un impacto fundamental hacia adentro del Gobierno y también en la oposición. La “virtú” de Cristina Kirchner de montarse rápidamente sobre la “mala fortuna” del Presiente es una muestra. La relativa unidad que mantiene el PJ parece otro espejo de un Presidente que aún no acierta con su enfoque político.

La pregunta que nos hacemos es ¿tiene el presidente esa muñeca? ¿cuenta con el pulso necesario para determinar si lo que hace es “necesario” o “normal” o si está tratando de hacer ingresar un cuadrado en un círculo? ¿Con qué rapidez puede tomar contacto con esa información? ¿Tan rápido como la pequeña clase que le da Beto Casella sobre el habla de los argentinos? ¿O de manera más lenta y trabajosa? Beto Casella le dice a Macri “yo soy del Conurbano, pero al fin de cuentas, no somos de dos países distintos”. ¿Será?

Insistimos con algo: ¿estas dudas quieren decir que al Gobierno le va a ir mal, que no tendrá éxito, que no puede hacerlo bien, que no aprende rápido? Nada de eso. El futuro está abierto. Pero la Argentina no es fácil y siempre va muy rápido.

102 días y ninguna flor

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Diez cositas, si se me permite:

Me quedaron nueve cositas. Quévacer.

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Desde el Llano

Télam Buenos Aires, 20/11/06 Saúl Ubaldini y Raúl Alfonsín en una reunión mantenida en Casa de Gobierno el 23/02/84, fueron actores de un momento de transición en la historia de nuestro país. Ubaldini falleció anoche a los 69 años debido a una enfermedad terminal. Foto: Roman von Eckstein/Archivo Télam/wr

 

Se debate mucho sobre el peronismo en el llano. Se debate mucho sobre el peronismo siempre, bah. Para aportar al debate, van copiados textuales fragmentos del libro “Asalto a la Ilusión”, publicado en 1990 por Joaquín Morales Solá. A mí, estas pinceladas del peronismo de los 80 me sirven para entender que hay procesos que llevan algún tiempo, pero que se desarrollan inexorablemente. Que aparecen liderazgos, que otros desaparecen, que los más pintados hoy pueden no serlo mañana, que el contexto moldea al peronismo tanto como el peronismo moldea al contexto. Y que el futuro no está escrito. Para nadie.

 

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Un constructor de maquetas políticas colocaría hoy a Cafiero y a Ubaldini más cerca de Alfonsín que de Menem. Tienen la misma simpatía que el líder radical por cierto progresismo político, les gusta protestar como a él por los márgenes cada vez más estrechos de decisión nacional que quedan a los países débiles en un mundo de potentados y odian con su misma fuerza la vertiente conservadora-liberal que orienta la familia Alsogaray. Sin embargo, el dirigente gremial Saúl Ubaldini y el gobernador peronista Antonio Cafiero han sido las expresiones justicialistas que más contribuyeron a pulverizar los planes de expansión política del Presidente radical.

Ubaldini no lo dejó vivir en paz un solo día en su tránsito por el poder. Solo o en sociedad con otros sectores gremiales, le regaló trece paros generales en cinco años y medio de gobierno. Entristeció con una huelga nacional hasta el momento más brillante: los meses siguientes al lanzamiento del plan Austral. Durante mucho tiempo, Ubaldini encarnó la oposición al alfonsinismo reinante, lo combatió con su demoledora oratoria, agitando manifestaciones de obreros y marginale o inmovilizando gran parte de la Argentina.

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Ubaldini fue -y esto le sirvió de mucho- el único dirigente simpático con la gente dirigida y el único que se acordó de los trabajadores expulsados de la producción con cada ajuste de la economía. Estos marginales y los obreros más castigados por los desaciertos económicos conforman su base política. También ha elaborado y reelaborado alianzas con los otros dirigentes, exceptuando gremialistas como Armando Cavalieri y Jorge Triaca, que le son ciertamente intolerables.

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Es posible que Alfonsín haya tomado la decisión de erigirlo en líder de la oposición. De otra manera, no se explicaría la virulencia de su ataque cuando Alfonsín no tenía, como presidente, a nadie con envergadura en la vereda opuesta. Lo despreció en público, casi lo humilló (“llorón”, le gritó aludiendo a su sensiblería) y lo desafió permanentemente a medir fuerzas. Con habilidad, el Presidente se apoyaba en amplios sectores medios de la sociedad (donde él registraba un alto grado de influencia política) para descalificar a Ubaldini: allí desaprobaban sus paros insistentes y la escasez de alternativas que ofrecía. El Presidente capitalizó ese rechazo, hasta que lo rechazaron también a él.

Ubaldini se aferró a la extracción de sus representados y nunca,es cierto, trató de seducir al empresariado ni a la clase media. El Presidente, por su parte, logró asociar su propio nombre a la modernidad en el orbe cambiante, y el de Ubaldini a la vetustez del antiguo pensamiento peronista. Los sectores medios le creyeron. Ubaldini respondió que él expresaba los más pobres y Alfonsín a los más ricos, quienes se habían olvidado de que,en barrios hambrientos y descuidados de las grandes ciudades, los pobres existían. Su base política también le creyó.

 

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La afirmación de Alfonsín según la cual Cafiero estaba antes “vinculado al fascismo” y luego “evolucionó”, debe considerarse una descripción cargada de intenciones. Pero es cierto que hay un Cafiero anterior a 1983 y otro posterior a ese año crucial. (…) Después de 1983 se peleó con la ortodoxia sindical, creó la renovación peronista para desplazar a los impresentables caudillos justicialistas, cuestionó el exceso de dependencia que exigían los Estados Unidos (sobretodo en materia de deuda externa), repudió a los militares carapintadas cuando su partido navegaba entre los enfrentamientos del Ejército y se colocó a la izquierda de Italo Luder y de Menem, dos dirigentes con los que compitió en épocas diferentes.Nunca quebró su compromiso con la Iglesia Católica.

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Luder y él nunca se llevaron bien: se disputaron siempre el primer lugar en el peronismo. Luder desprecia esa eterna inclinación de Cafiero por la liturgia justicialista y por el discurso nostálgico. Cafiero,por su parte, no se explica la pose gélida y académica de Luder para hablarle a militantes saltarines y bullangueros. Pero han sido congéneres en las luchas políticas: ¿por qué Luder lo abandonó para ungir a un caudillo carente de nivel y de principios? Para Cafiero, Luder -su compañero de ruta- y Miguel -su aliado- lo traicionaron durante ese año caliente de la restauración democrática.

Expulsado de la ortodoxia a la que quiso como un amante no correspondido, se refugió en los brazos de la renovación. Allí descubrió que los dirigentes más jóvenes -Carlos Grosso, Manuel de la Sota y José Luis Manzano- lo buscaban a él y no a otro en el liderazgo de la nueva corriente. Aunque después se vería que no lo quería bien,en ese momento hizo suyo -más por despecho que por confianza- el discurso progresista de esos jóvenes, que anhelaban batir por izquierda al alfonsinismo y contrarrestar así la demoledora acusación de partido fascista que les endilgaba la cultura oficial.

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Desde ya, él no es un izquierdista: ni cree en otra revolución que no sea la del capital bien administrado, ni es ha olvidado de la existencia de los Estados Unidos,ni ha decidido ignorar a Lorenzo Miguel y al aparato gremial de la ortdodoxia. Sólo ha matizado la visión que tenía de ellos y ha condicionado sus adhesiones.

Sus sentimientos con respecto a Alfonsín oscilaron entre la desconfianza y la comprensión; no le faltó cierta admiración por ese político capaz de sacar conejos de una galera inagotable. Alfonsín lo envidió en los meses de la gloria cafierista de 1987 y luego valoró su capacidad para abrazar nuevas causas.

Los dos creen que el destino los encontrará aliados y están seguros de que la Argentina se perdió el mejor espectáculo cuando los mandó a la línea del coro.

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Cuatro años después del empellón electoral de 1983, el peronismo revivió. En el interregno el Presidente radical tuvo un largo tiempo para someterlo a innumerables jugarretas. Usó y abusó de las contradicciones de ese partido, cuestionado entonces en sus incoherencias por vastos sectores sociales. ¿No había sido derrotado precisamente a causa de sus indisimulables contradicciones? La quema del cajón de muertos -con la sigla del radicalismo- en el acto final de campaña peronista (ejecutado por el inefable Herminio Iglesias), había sido sólo el detalle último de un desastre mucho mayor. Detalle de una campaña en la cual, por ejemplo, Luder era el candidato presidencial por el abucheado dirigente gremial Lorenzo Miguel ¿Qué hacía un noble entre tantos villanos? Esta fue seguramente la percepción social cuando llegó el día de la votación.

Lo primero que hizo Alfonsín en el comienzo de su Presidencia fue echar mano a dos figuras que confirmaban la mala imagen peronista: la propia viuda de Perón y el entonces gobernador riojano, Menem. El Presidente y la expresidente tenían una mutua necesidad: ella quería exponerse públicamente para alcanzar una hazaña imposible, su reivindicación histórica; él quería tomarla del brazo para recordar en público que había existido su caótica gestión presidencial y para frenar, de paso, el ímpetu de los dirigentes peronistas que pretendían enterrar el pasado y a su exponente menos simpática.

 

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Luder fue, entre los dirigentes peronistas, el que más detestó a Alfonsín. Primero, porque el jefe radical lo había vencido y luego porque les colocaba encima (a ellos, a los políticos presentables) a la viuda de Perón. No le perdonó la derrota ni el silencio al que los condenaba.

Sagaz como es, siguió los proyectos alfonsinistas con el olfato y la pertinacia de un sabueso. Fue el primero que llamó a un boicot contra la reforma constitucional que imaginó Alfonsín.

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Pero en los primeros tiempos del gobierno radical, Luder era una voz solitaria, aislada, de un partido que corría entre un desaguisado y otro. Lorenzo Miguel, como vicepresidente ejecutivo del peronismo, no quería abandonar el timón después del fracaso, del que lo culpaban con creciente insistencia.

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Se sucedieron una serie de congresos justicialistas. Primero hubo uno que se reunión en el teatro Odeón y que designó reemplazante de Miguel al entonces gobernador de Santa Fe, José María Vernet, un joven prometedor que se había dejado llevar por la ambición y que se había convertido en el producto de una trenza con el miguelismo. De ese congreso se fueron, cansados de la prepotencia sindical, la mayoría de los delegados provinciales que luego darían forma a la renovación. Ellos hicieron otro congreso en la ciudad termal de Río Hondo, en Santiago del Estero, gobernada por un caudillo férreo, Carlos Juárez. La policía juarista impidió que ingresara a la provincia cualquier delegado de extracción sindical. Los orígenes de la renovación también están manchados.

Durante largos meses sobrevivieron dos conducciones -llamadas “Río Hondo” y “Odeón”-; ambas convertieron en un tercer congreso que se realizó en la capital de La Pampa. Allí, entre malabarismos nocturnos y tejidos diurnos, se hizo de la conducción peronista el viejo mandamás de Catamarca, Vicente Saadi, entonces senador nacional. Enfermo y anciano, usó sus últimos años en mantener con éxito las riendas del partido. No tuvo capacidad ni ganas para elaborar una estrategia eficaz de oposición.

(…)

Fue el primer dirigente peronista que arriesgó fondos propios para financiar la carrera de Carlos Menem, más que nada movido por el profundo rencor hacia cafiero.  

No obstante, todo era pura formalidad en el peronismo. Su atomización evidente le proporcionaba al gobierno el paisaje despejado de una oposición sin contendientes, pero al mismo tiempo lo condenaba a carecer de referencias ciertas enters sus oponentes: ningún interlocutor peronista era el peronismo en su conjunto. Saadi sólo podía garantizar la actitud del bloque de Senadores justicialistas. Los diputados nacionales habían hecho su propia hacienda y habían designado sus capataces: el dirigente sindical petrolero Diego Ibáñez, el banquero presuntuoso Diego Guelar y el aún hoy vigente José Luis Manzano. Cada gobernador peronista exigía un trato especial y personal. No había una sola estrategia de partido;: el peronismo no había definido sus líneas políticas .Los discursos en el Parlamento eran una mezcla patética de las líneas que se entrecruzaban desde la derecha y desde la izquierda.

En ese cuadro, Saadi era el mejor. Negociador nato y de una reconocida habilidad, se dedicaba a intercambiar votos en el Senado por favores oficiales aol peronismo.

(..)

En la cámar Alta Alfonsín podía negociar con el peronismo  o con el denomiando “Grupo de los Seis”, que integraban los senadores de las tres provincias gobernadas ni por peronistas ni por radicales.

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Entre los entusiastas de la ruptura (de Cafiero en la provincia de Buenos Aires) estaba también Eduardo Duhalde, más tarde vicepresidente de la Nación en el gobierno de Menem y entonces primer aliado importante que Cafiero tuvo en la provincia de Buenos Aires (Duhalde sería también el primer gran aliado de Menem en la provincia, cuando se sintió excluido por el cafierismo). Aspiraba a ser vicegobernador en el 87, pero Cafiero lo desplazó para dar lugar a Luis Macaya, un ex ladero de Herminio Iglesias con imagen de joven culto y democrático. El

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Dueño del distrito peronista bonaerense, Cafiero se hizo nominar candidato a gobernador en 1987; le asestó la derrota a Alfonsín y rompió todas las defensas que Saadi había logrado levantar en torno del cargo del presidente nacional del justicialismo, cargo que implicaba la segura candidatura presidencial para 1989 en elecciones que ya es advertían ventajosas para la oposición.

El momento más incandescente de la gloria cafierista duró apenas ocho meses, hasta que el 9 de julio de 1988, Menem lo derrotó en las elecciones internas para designar candidato presidencial

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(A Cafiero) Una importante corriente de sus asesores le sugirió un frontal enfrentamiento con las políticas oficiales, sobre todo con el programa económico (que tambaleaba) y con el proyecto político de reformar la Constitución, que aún perduraba en la cabeza del Presidente. Pero Cafiero suponía que si sumaba su voz a la intensa campaña psicológica que provenía de los militares rebeldes, dejaría al gobreino de Alfonsín tan despojado como una planta batida por el viento.

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Técnicos económicos del gobierno y del peronismo (estos últimos encabezados por Guido Di Tella) y operadores políticos de ambos partidos (Enrique Nosiglia y Manzano, fundamentalmente) redactaron un acuerdo que hirió el destino de Cafiero. Liderado por el gobernador bonaerense, el peronismo se hizo virtualmente corresponsable de un nuevo paquete de impuestos que afectaba a los intereses de los sectores medios de la sociedad.

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Tarde, Cafiero se dio cuenta: “Nos tiraron a nosotros el costo político de esto (…) El acuerdo por los impuestos lo convirtió en un general desarmado en la contienda con Menem.

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Sobre los roles tecnocráticos

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Los argentinos hemos construido a lo largo de algunas décadas una democracia de enorme vitalidad. Personalmente, creo que esa vitalidad continuará profundizándose. La realidad histórica, por otra parte, como dicen los hegelianos, va “repitiendo siempre lo mismo, pero siempre diferente“. Con esas premisas siempre en mente creo que puede resultar de gran interés la lectura de este fragmento de O’Donnel, Guillermo. 1972. Modernización y Autoritarismo. Buenos Aires: Paidós.

 

Sobre los roles tecnocráticos

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El análisis estructural puede ser llevado a un nivel más bajo de generalidad, enfocando en los roles, unidades de análisis ubicadas en la intersección de las estructuras sociales con las predisposiciones de comportamiento de los actores. El concepto de modernización que he venido utilizando implica la posibilidad de incluir el análisis de los roles (en especial de los que he denominado “roles tecnocráticos”) como un importante componente de las situaciones de modernización. (…)

Los avances en modernización traen aparejados en un nivel una mayor diferenciación social y, en otro nivel, una mayor penetración de roles tecnocráticos. Tal como lo sugieren los datos del capítulo 1, la complejidad de la estructura social introducida por un nivel más alto de modernización (y por su componente, una más avanzada industrialización) crea necesidades públicas y privadas de gestión y de control en las que la tecnología moderna juega un papel cada vez más importante; esto parece ser cierto cualquiera que sea el tipo de organización social o de régimen político existente. La emergencia de organizaciones de mayor tamaño dedicadas a procesos de producción más complejos; el efecto halo que crea la industrialización sobre actividades de procesamiento de informaciones; los problemas de coordinación de actividades y de unidades social es más diversificadas y más complejas, todo esto requiere el creciente aporte de capacitación de personas que han pasado por períodos prolongados de entrenamiento en técnicas de producción, planificación y control. A medida que la modernización avanza, surgen más roles tecnocráticos en mayor cantidad y sobre mayor número de actividades sociales. Estos roles son siempre una pequeña fracción del total, pero tanto su amplitud como su densidad de penetración crecen con los avances de la modernización.

¿Existen umbrales o puntos críticos a partir de los cuales quienes desempeñan roles tecnocráticos pueden sentirse suficientemente capaces y poderosos para tratar de “solucionar” los problemas sociales más generales y más salientes “a su manera”? ¿Existe tal “manera” propia de quienes desempeñan los roles tecnocráticos, es decir prejuicios o sesgos provenientes  de ese desempeño que predisponen en formas específicas para percibir, evaluar y actuar sobre los problemas sociales? Aunque va a ser imposible llegar aquí a conclusiones seguras, estas preguntas parecen de tanta importancia que puede valer la pena analizarlos especulativamente.

Aunque se ha prestado mucha atención a la “revolución de las expectativas crecientes” o los efectos de demostración al nivel de las masas, ha habido pocos intentos de clarificación de un fenómeno muy relacionado y que sospecho tanto o más importante: el trasplante de expectativas que parece ser producido pro el desempeño de roles tecnocráticos en sociedades sujetas a procesos de modernización. Los ejecutivos que concurren a cursos en escuelas de administración cuyo plan de estudios siguen prestigiosos modelos de los Estados Unidos; los oficiales militares que estudian en el exterior y en escuelas militares locales que adoptan el plan de estudios y las doctrinas elaboradas por misiones de “asistencia militar” extranjeras; los “técnicos que obtienen sus títulos académicos en el exterior, todos ellos aprenden técnicas que son específicas a los particulares roles que desempeñan pero, por sobre todo, APRENDEN MODELOS DE ROLES (en mayúscula en el original). La forma en que quienes desempeñan los mismos roles actúan en las sociedades “originantes” (es decir, en las más avanzadas tecnológica e industrialmente), los criterios de logro allí imperantes, el apoyo y las recompensas que aquéllos tienen en las sociedades originantes por y para el desempeño de dichos roles; todos estos aspectos suelen ser transmitidos junto con la capacitación técnica específica al rol de que en cada caso particular se trata.

Este es un aspecto de fundamental importancia. Lo que se transmite desde las sociedades originantes de los roles es una compleja constelación, dentro de la cual la capacitación técnica específica es sólo un componente. Aparte de esta última (en realidad, abarcándola) lo que el individuo adquiere es el modelo de un rol. Y su propia concepción del rol, que debe interactuar con un contexto nacional que difiere fundamentalmente del de la sociedad originante, proviene directamente de los criterios emanados de esta última. Por lo tanto, es erróneo suponer que personas con este tipo de vinculación con las sociedades más avanzadas han adquirido SOLAMENTE un grado (presumiblemente) mayor de capacidad técnica. Si mis sugerencias no son erróneas, una de las preguntas más interesantes que plantea lo ya dicho concierne a qué aspectos (y en qué dirección) del modelo del rol serán ajustados o sacrificados en un contexto modernizante.

Aun las técnicas más específicas dependen, en un grado mucho mayor del que suele reconocerse, del estado de los contextos sociales. Las técnicas son adecuadas sólo en relación con éstos. Si el contexto del tomador de un modelo de rol difiere sustancialmente del presupuesto por el tipo de técnicas que aprendió en la sociedad originante, aun esa capacitación técnica puede ser de escasa utilidad personal y social. Tal como puede esperarse de lo ya dicho, aun la vinculación más casual con los tomadores de roles tecnocráticos en contextos modernizantes suele mostrar la aguda frustración provocada por el repetido “fracaso” del contexto social en ajustarse a sus premisas y expectativas. Desde un punto de vista más pragmático esta situación también suele afectar la obtención de las facilidades y recompensas que son “normalmente debidas” por el desempeño del rol en las sociedades originantes.

Estas frustraciones suelen expresarse en el fenómeno bien conocido de la “emigración de cerebros”. Pueden también canalizarse en acción política orientada a transformar el contexto social en formas que, presumiblemente, serán más apropiadas para la aplicación de la capacitación técnica aprendida y para las aspiraciones de recompensa y facilidades de las personas que desempeñan esos roles. Por supuesto, esta motivación puede ser fácilmente racionalizada. Su conciencia de superioridad técnica convence a quienes desempeñan esos roles que, al transformar el contexto social en forma que sirva mejor a sus propias aspiraciones, lo mejorarán automáticamente. Este es el punto en el que es fundamental considerar la interacción de los roles con los otros niveles de análisis hasta aquí considerados: sugiero que las direcciones concretas y el grado mismo en que las referidas frustraciones pueden ser canalizada en acción política tendiente a modificar el estado del contexto social es una función multiplicativa del grado de penetración (en amplitud y densidad) de los roles tecnocráticos en un contexto social modernizantes.

(…) En Brasil y la Argentina, con anterioridad a los golpes de Estado de 1964 y 1966, tanto las escuelas militares como organizaciones formalmente dedicadas a la difusión de puntos de vista empresarios y al entrenamiento en técnicas de administración, se convirtieron en puntos habituales de contacto para las personas colocadas en la “cumbre” de grandes empresas privadas y de las Fuerzas Armadas. Además, aparecieron diversas publicaciones -verdaderos “equivalente funcionales” de TIME y FORTUNE- donde numerosos publicistas difundieron las posiciones de lo que dio en llamarse la “derecha moderna” o “tecnocrática” y desde las cuales se crearon nuevas intercomunicaciones entre quienes desempeñan roles tecnocráticos. Otro importante efecto de esas publicaciones fue difundir pautas de consumo y de prestigio que tendieron a consolidar la “imagen” de aquéllos ante vastos sectores que carecían de sus antecedentes tecnocráticos y de sus posiciones en la cumbre de complejas organizaciones. Aun con información mucho más adecuada que la que dispongo sería difícil ponderar el impacto político producido por la posibilidad que la alta modernización dio para establecer estas vinculaciones (tanto en lo referente a la creación de instituciones que operaron como verdaderos puntos de encuentro como la aparición de medios de intercomunicación más amplios). Pero no me cabe personalmente duda, y alguna evidencia será aducida, de su importancia intrínseca como medio de prestigio socia a las actividades, los conocimientos y la imagen del “estilo de vida” de aquellas personas.

Los efectos de la penetración de los roles tecnocráticos son multiplicativos porque su mayor densidad y amplitud permite la emergencia de una amplia red de instituciones y de medios de comunicación dentro y a través de los sectores que penetran más densamente, y desde ellos hacia vastos sectores sociales. En cuanto a la densidad de penetración en cada sector, cabe poca duda que ella alcanza sus valores más altos en las grandes y complejas empresas características de los niveles más altos de industrialización a que me he referido en el capítulo 1, en las Fuerzas Armadas y otras áreas gubernamentales de planificación y de toma de decisiones en el área económico financiera. En niveles más bajos de modernización la menor penetración (en amplitud y en densidad) de los roles tecnocráticos previene la emergencia de vinculaciones en el número, variedad y permanencia que caracteriza a las situaciones de más alta modernización. Las diferencias detectables en diferentes grados de modernización de los centros nacionales al nivel de la estructura de roles parecen tener importantes consecuencias políticas. Vale la pena explorarlas, aunque sea tentativamente.

La vinculaciones promueven el mutuo reconocimiento. Cualquiera que sea el sector social dentro del cual operan, quienes desempeñan roles tecnocráticos comparten importantes características. Sus modelos de roles y con ellos sus expectativas acerca del estado “adecuado” del contexto social, provienen de las mismas sociedades. Su entrenamiento señala una modalidad “técnica” de solución de problemas. Los aspectos afectivos o emocionales de los problemas carecen de sentido, las ambigüedades de la negociación y del quehacer político son obstáculos para las decisiones “racionales”, el conflicto es por definición “disfuncional”. Sus “mapas” de la realidad social, las premisas que sesgan la percepción y evaluación de la realidad social, son similares. Lo que es “eficiente” es bueno, y resultados eficientes son aquellos que pueden ser fácilmente cuantificados y medidos. El resto es “ruido” que un tomador “racional” de decisiones debe tratar de eliminar de su cuadro de atención. El tejido de la realidad social es radicalmente (en algunos casos uno tal vez debería decir “brutalmente”) simplificado. Es posible que esa simplificación no sea negada en sí misma, pero es vista como un requisito indispensable para poder manipular la realidad social en la dirección de lo “eficiente”. La resistencia de muchos problemas, y de muchos sectores que se hallan detrás de esos problemas, a ser agotados o subsumidos completamente en consideraciones de eficiencia, tiende a ser vista como indicación de cuánto “progreso” queda aún por obtener. Esta puede ser una descripción exagerada de una mentalidad que es raramente hallable en sus formas más puras, pero me parece que corresponde bastante bien al tipo de argumento usado, pro muchos de los que desempeñan roles tecnocráticos y de los que éstos influían por el efecto de halo, en al evaluación del contexto social tal como se les presentaba con anterioridad a los golpes de Estado de 1964 y 1966. Y me parece que corresponde aun mejor a la concepciones que inspiraron las políticas socioeconómicas que inmediatamente siguieron en ambos países a la ejecución de esos golpes.

Hay también importantes similitudes en el tipo de carrera que suelen seguir quienes desempeñan roles tecnocráticos. La mayor parte de ellos ocupa altas posiciones burocráticas, a las que llegan luego de exitosas carreras organizacionales. Este común antecedente puede reforzar la tendencia a definir sus utopías sociales como mundos ordenados en los cuales los niveles de autoridad se hallan claramente definidos y donde las decisiones son tomadas por aquellos que presumiblemente han adquirido jerarquía y capacitación técnica específica.

El muto reconocimiento entre quienes desempeñan roles tecnocráticos en diferentes sectores sociales es promovido por el desarrollo de “lenguajes” comunes. Los viejos recelos entre intelectuales humanistas, hombres de empresa incultos y militares “cuarteleros” han sufrido cambios fundamentales. Muchas personas dentro de esas categorías han adquirido una común formación tecnocrática y descubierto que comparten un lenguaje (o jerga…) técnico. Esto facilita las comunicaciones desde una especialidad y desde un sector a otro, pero por la misma razón las hace más difíciles desde y hacia los sectores sociales que carecen de esa común formación tecnocrática. La creciente comunalidad en la codificación e interpretación de la información entre los roles tecnocráticos fomenta su cohesión a través dellos sectores sociales que han logrado penetrar más densamente. Pero esto mismo los aísla aún más de la mera inteligibilidad de las demandas y de las escalas de preferencia de otros sectores sociales.

El reconocimiento mutuo y un común “lenguaje” promueven una evaluación mucho más optimista de sus capacidades CONJUNTAS por parte de quienes desempeñan roles tecnocráticos. Mientras más penetran sectores sociales es más probable que crean que su capacitación conjunta les permite resolver una amplia gama de problemas sociales. En contextos menos modernizados, aunque quienes desempeñan estos roles tienen el mismo nivel de capacitación individual, su menor número y grado de penetración (en amplitud y densidad) los condena a un mayor aislamiento. En estas condiciones tales personas pueden tender a evitar compromisos políticos directos o bien, dado que una coalición centrada en ellas sería demasiado débil, pueden buscar participar en otro tipo de coaliciones para canalizar su acción política. Pero en condiciones de alta modernización que han derivado en pretorianismo de masas, es probable que se forme una coalición golpista en la que tengan participación dominante las personas que en diversos sectores sociales, ya mencionados, desempeñan roles tecnocráticos. Estas personas ya han logrado, por el mismo alto grado de modernización de su contexto social, una densa penetración (y, por lo tanto, un importante grado de control) en sectores sociales que tienen crucial y creciente gravitación en situaciones de alta modernización y relativamente avanzada industrialización. Esta misma circunstancia influye para que esas personas tengan muchas más confianza que sus similares de contextos menos modernizados en su capacidad conjunta para gobernar y efectivamente remodelar el contexto social de acuerdo con sus intereses y predisposiciones. Dada una situación de pretorianismo de masas, los propósitos básicos de quienes participan en la coalición centrada en los roles tecnocráticos tienden a estimular una drástica transformación del contexto social en formas que supuestamente permitirán la aplicación más libre y más amplia de su capacitación técnica, así como la expansión de los sectores sociales que han penetrado más densamente.

Operando en un contexto que difiere en aspectos esenciales del presupuesto por sus modelos de roles, quienes toman y desempeñan roles tecnocráticos en una situación de alta modernización se constituyen en el eje de una coalición apuntada a la inauguración de un régimen político autoritario “excluyente”. La habitual adhesión verbal a la democracia política muestras ser el componente más débil, el eslabón de la cadena que es más fácilmente sacrificado dentro del modelo de rol que esas personas han tomando de las sociedades originantes. Este ajuste del modelo del rol permite la adopción de decisiones políticas que, mediante la instauración de un régimen político autoritario, permitirá supuestamente un desempeño mejor y menos restringido del rol.

Las siguientes hipótesis pueden ser ahora formuladas:

Hipótesis 2: La transmisión de capacitación técnica desde las sociedades económicamente más avanzadas es sólo un aspecto de un fenómeno mucho más complejo: la transmisión de modelos de roles, que incluyen expectativas acerca de las carreras personales y del estado adecuado del contexto social, que corresponden a  las sociedades originantes pero no a las sociedades receptoras.

Hipótesis 3: Debido a esa falta de correspondencia, el desempeño del rol (incluyendo al aplicación de la capacitación técnica aprendida) no puede cumplirse como en las sociedades originantes. La frustración consiguiente es canalizada, con alta probabilidad, en acción política por parte de quienes desempeñan estos roles.

Proposición 13: La alta modernización implica mayor amplitud y penetración de roles tecnocráticos en los centros de cada unidad nacional.

Hipótesis 4: La mayor amplitud y penetración de los roles tecnocráticos facilita multiplicativamente el establecimiento de vinculaciones interinstitucionales y de comunicaciones entre quienes los desempeñan. Igualmente, tiende a ejercer un importante efecto de halo sobre sectores y personas que carecen del tipo de formación de aquéllos.

Hipótesis 5: Cuanto mayor es la penetración y las vinculaciones entre quienes desempeñan roles tecnocráticos, más favorable tiende a ser la propia evaluación de su capacidad conjunta para resolver los problemas sociales más generales e importantes.

Hipótesis 6: Cuanto mayor es la penetración de los roles tecnocráticos, mayor es el grado de control que quienes los desempeñan ejercen sobre sectores y actividades sociales que, centradas en grandes y complejas organizaciones, van adquiriendo creciente importancia política y económica con los avances en la modernización.

Hipótesis 7: Si la alta modernización ha generado una situación de pretorianismo de masas, la evaluación de sus capacidades conjuntas por parte de quienes desempeñan roles tecnocráticos tenderá a influir en la formación de una coalición golpista en la que jugarán un papel predominante. Esta coalición intentará transformar el contexto social en formas que se suponen más favorables para la aplicación de la capacitación adquirida para y por el desempeño de roles tecnocráticos más conducentes a la expansión y creciente dominación política de los sectores sociales que esos roles han penetrado más densamente. El éxito de tal intento producirá la inauguración de un régimen político autoritario excluyente de la participación y las demandas políticas del sector popular.

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