Nicolás Tereschuk (Escriba)

“Un mundo con los pobres bien lejos”

 

Por Paula Canelo

 

La llegada de una factura de luz impagable no es el final de la adhesión al macrismo. Al contrario. Es lo que la explica. Es el precio que muchos “pagan” voluntariamente para mantenerse a salvo del otro.

La clave para entender las adhesiones al macrismo, esa indudable derecha dudosamente democrática y moderna, está en desentrañar su potencia simbólica, ideológica y cultural, mucho más que en medir su performance “material” (económica).


Supongamos que el macrismo sostiene un pacto más o menos implícito con su electorado llamémosle (y que mis colegas rigurosos me perdonen, pero esto es FB) “de clase media”.

¿En qué consiste ese pacto? Por un lado, estos votantes aceptan sin muchas vueltas una reducción de su poder adquisitivo (más o menos significativa de acuerdo al caso). Por otro lado, el gobierno promete mantenerlos a salvo del achicamiento de las distancias sociales: a salvo de tener que mandar a sus hijos a la misma escuela, al mismo hospital, al mismo club, que los hijos de los “sectores populares” (y que mis colegas rigurosos me perdonen otra vez).

Y por supuesto, claro está, a salvo de la amenaza de los sectores populares movilizados, de la politización de la vida pública, de la grieta K, de las cadenas nacionales, y de esos etcéteras intolerables.

Solemos considerar a ese votante como irracional. Nos preguntamos “-¿Cómo (CÓMO?) van a votar a un gobierno que los empobrece? Es que no se dan cuenta? Ya van a ver cuando no puedan pagar las tarifas de la luz, del gas, de la prepaga”, y etcéteras.

Sin embargo, y a la luz de los hechos cotidianos, creo que es hora de que abandonemos estas acusaciones de irracionalidad. Llamémosles “interpretaciones economicistas” o materialistas, que a los sociólogos nos gustan TANTO.

El fin de este despojo, curiosamente asistido por el despojado, no va a empezar cuando éste no pueda pagar la factura de luz, ni cuando no pueda pagar la prepaga, ni cuando no pueda pagar la escuela privada, y esos etcéteras.

Porque, precisamente, esas facturas impagables son el precio que paga, voluntariamente, para mantenerse a salvo del otro. Que, no lo dudemos a este paso, va a ser, lejos, el primero en no poder pagar y en empezar a transformarse en un número de la UCA.

El malestar de los adherentes al macrismo va a empezar cuando el gobierno deje de garantizarles el mantenimiento de las jerarquías y de las distancias sociales, del orden de clase que había sido puesto en tensión por las políticas de inclusión del kirchnerismo, más allá de todos sus errores.

El rico, que mande. La clase media, media. El pobre, bien pobre, y bien lejos de todos.

La clave para entender las adhesiones al macrismo, esa indudable derecha dudosamente democrática y moderna, está en desentrañar su potencia simbólica, ideológica y cultural, mucho más que en medir su performance “material” (económica).

Por eso el macrismo no para de buscar, recrear, agitar, a toda costa, un clima de visceral odio social. Porque es allí donde está su fortaleza, su parte del pacto: su capacidad para mantener las distancias sociales.

Así que dejemos de esperar que “dejen de votarlos cuando se den cuenta que no pueden pagar la luz”. Porque esa factura impagable es el precio que muchos pagan, voluntariamente, por mantenerse a salvo del otro.

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Oposición: esa bolsa de genios

 

La lectura del libro Los hombres de Perón. El peronismo renovador, de Marta Gordillo y Víctor Lavagno, en el que los autores publican entrevistas realizadas entre diciembre de 1986 y enero de 1987 a los principales dirigentes justicialistas -y opositores- de aquel entonces puede resultar un ejercicio iluminador para el observador actual.

¿Cómo es una oposición? ¿Cómo conforma una visión de futuro? ¿Cómo desarrolla una crítica o autocrítica de su trayectoria reciente y no tanto? ¿Cómo logra acuerdos y desacuerdos entre sus dirigentes y fragmentos? ¿Qué imagen proyecta hacia la sociedad? ¿Cómo contiende con el oficialismo? ¿Qué imagen tiene del Presidente?

El libro contiene entrevistas a Antonio Cafiero, José Luis Manzano, Carlos Grosso, Carlos Menem, Luis Macaya, Oraldo Britos, José Octavio Bordón, Eduardo Vaca, Roberto García, Carlos Ruckauf, Olga Ruitort de Flores, Julio Guillán, Esteban Righi, Marcos Raijer, Jorge Argüello, Manuel Torres, Juan Carlos Dante Gullo, Julio Bárbaro, Claudia Bello, Carlos “Chacho” Alvarez, Oscar Massei, Fernando Melillo y José Manuel De la Sota.

Vamos a compartir una serie de ejes de análisis con los lectores.

 

 

 

La “renovación” es diversa. O -de algún modo también- es una bolsa de gatos. Lo dice, fiel a su estilo, José Luis Manzano, presidente del bloque de ese espacio en la Cámara baja: “La renovación es como el colectivo 60, porque va a muchos lugares y tiene muchas cosas muy disímiles adentro”. Incluye a los dos dirigentes peronistas que se disputarán la candidatura presidencial de 1989: Cafiero y Menem. De los nombres incluidos en el libro, casi ninguno de ellos se inclinó por el ganador en la interna del 88 -probablemente sólo Claudia Bello-. Primer tema, entonces. La diversidad. Y, en el peronismo, ¿el que entra Papa sale cardenal?

A su vez, no contiene cualquier nombre sino algunos que serán (más) importantes en el futuro: un presidente, dos vicepresidentes, dos gobernadores de la provincia de Buenos Aires, un gobernador de Córdoba, uno de Mendoza, un intendente porteño. A su vez, dirigentes que se enfrentarán entre sí. Menem contra Cafiero; Bordón y Alvarez contra Menem. En algún momento Grosso contra Menem.

Por cierto: faltan nombres muy importantes. No está Eduardo Duhalde, quien marcará la política bonaerense a partir de 1988 por más de una década, no está el futuro gobernador Felipe Solá, no están ni Néstor ni Cristina Kirchner o el futuro presidente interino Adolfo Rodríguez Saá.

Las trayectorias son también diversas. Cafiero, con participación en todos los gobiernos de Perón; Menem, ex y actual gobernador de La Rioja y ex preso político, otros que han formado parte del gobierno de Isabel, como Ruckauf; algunos que han simpatizado más con Montoneros y otros que se han enfrentado a ellos; algunos que transitaron la dictadura en libertad y otros que no; algunos que han denunciado a la dictadura en 1979, ante la presencia de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y otros que no.

 

2)   Las disputas

En las entrevistas surge con claridad las disputas que ya enfrentan al propio espacio de “la Renovación”. Cafiero contra Vicente Saadi (“Nosotros no lo discutimos por más que no represente la renovación. Creemos, yo al menos creo, que tal vez éste no sea el momento de profundizar una nueva crisis interna alrededor de la presidencia del partido. Tal vez haya que esperar, no sabemos si antes o después de las elecciones del 87, pero habrá que esperar otro momento”). Menem contra buena parte de la renovación (“De ese error de enfoque surge que quienes sólo medran con la especulación electoral, terminen diciendo que el que no es renovador es Menem”). Ruckauf, con una vieja cuita con Grosso al parecer luego recompuesta en parte (“Eduardo Vaca, Roberto Digón, Roberto García, estuvieron conmigo en la lista del 83. Lo que no se puede dudar es que tanto Cafiero como Grosso, por ejemplo, no están en el avión que se estrelló en el 83, eso les da la posibilidad de conducir”). Ruitort contra algunos planteos de Manzano (“Yo me opongo a ese tipo de denominaciones y por eso critico al compañero Manzano, que nos caracteriza como de centro-izquierda. Yo creo que nuestro movimiento no admite comparaciones con ningún otro del mundo, por su origen y por eso no puede decirse que somos de izquierda”). De la Sota contra Menem (“Mis diferencias no son de tipo personal. Yo a Menem lo respeto como un trabajador de la política que indudablemente consagra buena parte de su tiempo y de su esfuerzo a construir lo que él cree su verdad. La diferencia está en que yo visualizo una rémora en el discurso y en la actualización de la propuesta por él formulada. No hay en Menem verdadera intención de cambio y autocrítica con respecto a las viejas metodologías que tanto daño hicieron al peronismo”).

Dice Julio Bárbaro: “Digamos que todo lo que se da hoy es el enfrentamiento de tres de ellas (líneas internas) contra el grupo de Manzano. Vaca, que son los tipos que enfrentaron en la Capital, enfrentaron en Mendoza, enfrentaron en todo el país, bueno, en Mendoza arreglaron. El grupo de los pragmáticos está siendo aislado en todo el país, es un sector más jugado con la ideología, pero también el peronismo tiene que saber sus riesgos de ideologizarse en exceso y terminar siendo el Partido Intransigente; la eterna historia de los argentinos, donde más militancia hay, hay menos ideas y menos pueblo”.

3) La lectura del pasado

Le lectura del pasado no es unívoca. Por no decir que es contradictoria. Ni sobre el pasado más remoto, ni sobre el más reciente. Los 70 están a la vuelta de la esquina. Y esto tiene un efecto político concreto porque el peronismo sigue estando vinculado (por parte del gobierno de Alfonsín, sobre todo) a un pasado de violencia, de oscuridad, de la Triple A y de Montoneros. Un pasado que “no vuelve más”. Estos dirigentes han estado vinculados de una u otra manera a todo aquello, “forman parte” de ese pasado horrible, del que el radicalismo en su relato se ubica “por fuera”. Un pasado con el que, “patota cultural”, mediante, acosa al peronismo, parte integrante de las “corporaciones”. Hay además una lectura que se va realizando, que se va reescribiendo. Dice Cafiero, por ejemplo: “Pero Perón, sin embargo, se mantiene fiel a algo: cuando a él le dicen que hay que acabar con la guerrilla y la subversión de cualquier manera, él dice, dentro de la ley todo, fuera de la ley nada. Se podría haber acabado con la subversión en tres días si se lo hubiese propuesto. Lo ético es lo que salva al peronismo. Porque si algún loco hubiera querido emprender esa lucha, tipo Proceso, hoy estaríamos tan sancionados ante la historia como los responsables del mismo Proceso (…) Comparto la interpretación que hace Mignone en su libro, que la Triple A funcionó desde los servicios de las Fuerzas Armadas y que fue una cosa ajena a las estructuras partidarias oficiales del gobierno (de Perón e Isabel). Yo lo pienso, pero pero no estoy en condiciones de saberlo. Yo como ministro, lo único que veía eran secuestros, atentados… sigo pensando como lo dije públicamente: a fines del 75 la guerrilla estaba aniquilada y se le podría haber ahorrado al país esa enorme tragedia con una acción legal, pero los militares no estaban dispuestos porque había otro proyecto detrás: apoderarse del país y de la herencia de Perón”.

Dice Claudia Bello: “Lo que yo rescato de Montoneros, fundamentalmente, es la posibilidad de pensar, de pensarse a sí mismo y pensarse como generación en la transformación de una nación. Creo que todos los compañeros que estaban participando en esa experiencia no lo estaban haciendo desde un cálculo frío sino desde la voluntad de hacer de esta patria una patria feliz. El error que cometen es caracterizar la situación como que es posible lograr ese objetivo con esa metodología”.

Dice Carlos Grosso: “Yo creo que siempre, el surgimiento de la violencia en las sociedades tiene una cuota de asidero en el contexto que se está viviendo. El problema que se da en general es que los que eligen el camino de la violencia luego se profesionalizan. Esto ha pasado en todos lados. (…) Hoy es fácil decir que la violencia de esos años era una forma de perversión de la sociedad, si no se tienen en cuenta otros factores”.

Dice Menem sobre declaraciones suyas de febrero de 1976 en las que se refirió a las Fuerzas Armadas como “esa buena gente”: “Mire, una cosa es lo que ocurre en la realidad y otra lo que un político puede decir a su pueblo. Nosotros sabíamos que eso se venía pero, ¿qué le iba a decir a la gente? ¿que se venía un golpe? ¿que esto se acababa? Hubiera sido una actitud de resignación más o menos similar a la que tuvo el gobernador Calabró, que esperó a los militares en su despacho con un copetín”. “Bueno, las formaciones especiales, en principio, fueron justificadas por Perón, pero cuando volvimos al régimen constitucional ya no se justificaba”.

Reitero: esas heridas están aún muy frescas, están delineándose y redelineándose. Y hay un oficialismo que en forma permanente mete el dedo en la herida del PJ.

 

4) La lectura del presente

Escuchemos lo que dicen algunos de los protagonistas sobre, por ejemplo, un tema clave y acuciante, como es el de la deuda externa:

Cafiero: “El tratamiento que nosotros hemos propuesto es mucho menos efectista, pero es mucho más real. Hemos propuesto que la Argentina deba ligar los pagos de la deuda externa a alguna variable interna, o un porcentaje de las exportaciones o un porcentaje del crecimiento del Producto Bruto. (…) Y… la parte estatizada de la deuda externa es otro de los escándalos que ha tenido el país (…) ¿Qué tipo de medidas políticas (se podrían tomar sobre esa deuda)? No se me ocurren, salvo que todos los que fueron beneficiados con este tipo de cosas sean obligados a pagar un impuesto. Yo lo admitiría (?!), pero creo que es de muy difícil vialbilización legal porque eso sería inconstitucional”.

Manzano : ”En el 87, si nosotros ganamos las elecciones, creo que se pueden dar tres pasos inmediatos: el primero es la formación de una comisión investigadora, porque nosotros seguimos pagando sobre el total; el segundo es la limitación por ley del Congreso a través de la ley de presupuesto… (…) Otra cosa que sí se puede hacer en lo inmediato es la nacionalización de los depósitos y la direccionalidad del crédito para fomentar la industria, las economías de base regional, la producción  nacional relacionada con las exportaciones, con tasas preferenciales. Y la otra medida para el “Día D”, es la apropiación por parte de la Nación de todos los recursos del comercio exterior, lo que no quiere decir la estatización de los mismos”.

Carlos Grosso: “El pago o no pago depende fundamentalmente de la organización del frente interno nacional. Esto significa que uno puede plantarse frente a los acreedores de muy distinta manera si uno tiene mancomunado el frente interno. No hay ningún país en el mundo que diga directamente ‘no pago’. Pero sí que dice que se paga y bajo determinadas condiciones, México y la Argentina de Alfonsín pagan según las condiciones que imponen los acreedores. Brasil, en cambio, es un país que siempre pacta las condiciones de los acreedores pero luego paga como quiere”. (…) “Lo que pasa es que si no hay una Argentina productiva tampoco se terminará con los niños desnutridos”.

De la Sota: “Los radicales, en esa oportunidad, intentaron demostrar con viejos recortes de diarios que éramos unos irresponsables, que si declarábamos la moratoria no íbamos a poder ver más por televisión la serie ‘Dallas’ o alguna otra. Que no íbamos a tener más repuestos de aviones, medicamentos o plástico. Y hoy vemos cómo el Brasil, cuyo presidente no puede sin duda ser calificado de revolucionario, declaró la moratoria del pago de la deuda externa. Nosotros planteamos la moratoria, que como toda moratoria es unilateral. Yo no conozco ningún acreedor que se ponga de acuerdo para que no le paguen”.

Podemos a esta altura empezar a decirlo. Los “hombres de Perón” no tienen mucha idea de cómo le van a ganar a los “hombres de Alfonsín”. Ni con qué discurso, ni con qué programa, ni con qué liderazgo. Pero allá van.

 

5) La desorientación sobre el pasado y el presente se retroalimentan

Un buen elemento para ver esta situación es el del tratamiento de la Ley de Punto Final, promulgada el 24 de diciembre de 1986. El peronismo no bajó a debatir la ley en Diputados y, con el tema fresco, sus dirigentes continúan dando explicaciones.

Manzano explica que “nosotros creemos que la aprobación parlamentaria es sólo un paso y ahí estábamos perdidos. Esto es una cosa que sigue, porque hay anuncios de militares en el sentido que esto es sólo una parte, reconocido por los funcionarios del Gobierno. Nosotros entendimos, con bastante debate interno, que era el terreno en el cual el radicalismo era más fuerte porque había disciplinado sus fuerzas, tenía el número para sacarlo. (…) Esta era la discusión, algunos eran partidarios de ir a dar el debate, otros de que el debate estaba dado desde el momento que nosotros habíamos llamado a la marcha, que habíamos ganado la calle y que íbamos a seguir haciéndolo durante todo el año, y que era un debate para hacerlo en el seno de la sociedad, no ahí donde iba aser derrotada la oposición, sabiendo que en la sociedad hay  mayoría de gente que está en contra””.

 

6) Izquierda, derecha, dame más

 

Hay indefinición, hay “desencantamiento” de la política. Y, ¡sí! ¡hay sanata !!

Julio Bárbaro: “El peronismo no tiene una respuesta para la sociedad, hay que aceptarlo y punto; no se pudo conducir a sí mismo, ergo no puede conducir a la sociedad. Lo podrá hacer en el 89. Hoy no puede, puede más que hace dos años pero todavía no puede. Y en el tema de las ideologías, las naciones, antes que ideas tienen intereses: la unidad nacional es interés de la nación. ¿La justicia social? ¿Desde dónde? ¿Hoy, desde dónde? Hoy no está claro”.

Menem: “(El bombardeo de Trípoli) lo viví con un hecho aberrante, trágico, siniestro y que marca una escalada en todo aquello que hace a la violencia y a las posibilidades de conflicto mundial”.

Grosso: “… creo que J. W. Cooke fue un hombre muy importante en la historia del peronismo, como pensador y como ejecutor político. De alguna manera signó a gran parte de nuestra generación, como también lo hicieron Hernández Arregui o Jauretche o un protopensador del peronismo como Scalabrini Ortiz. Lo que sucede es que la vida de los pueblos no es estática y no responde siempre a los mismos parámetros”. (..) Y por eso sucede que por no hacerlo quedamos encerrados o en el espíritu negativista del ‘no se puede hacer’ o en un voluntarismo triunfalista en que se propone el ‘deber ser’ sin decir el ‘cómo hacerlo’”. “Esto no quiere decir que no se tenga una tendencia a la utopía (sic). Pero lo que cuesta más es hablar del camino intermedio que nos haga salir de la crisis”.

 

7) Las ganas de ganar

Como esos equipos que tienen “hambre”, el peronismo renovador quiere ganar. Le tiran con la patota cultural, le tiran con la democracia, le tiran con la Triple A, le tiran con la deuda externa, le tiran con los No Alineados, le tiran con Montoneros, le tiran con las corporaciones, le tiran con Guglielminetti, le tiran con Casildo Herrera, le tiran con el estado de sitio, le tiran con la violencia, le tiran con el caos. Agacha la cabeza y le mete y sigue y le mete y disputa y le mete y le mete y le mete.

El gran ideólogo del libro parece ser “Chacho” Alvarez:

“En primera instancia, hay una respuesta a la demanda de democracia. Salir de la estructura de liderazgo carismático que ejercía el general Perón exigía al peronismo atravesar una etapa que lo fuera conformando como una fuerza política creíble, más que nada como un partido organizado institucionalmente. Y creo que la primera etapa de la renovación es eminentemente metodológica. Pero este hecho no es solamente formal. Es un hecho que hace a los contenidos (…) Estamos sufriendo lo que sufre la sociedad argentina: la falta total de proyectos colectivos. Y en esto el peronismo tampoco escapa a la cultura política dominante en cuanto a que lo que priman son, de alguna manera, los intereses sectoriales y personales. La lucha ahora es por dotar al peronismo nuevamente de ese espíritu colectivo, de ese proyecto común, que sería la segunda fase de la renovación”.

 

El gran ambicioso, el que lo tiene más claro en términos políticos, en términos de “big picture”, sin embargo, es quien se terminará alzando con la Presidencia de la Nación. Dice Carlos Menem:

“Yo insisto en que no hay una renovación sin una propuesta y sin la unidad de todo el justicialismo. Les voy a dar un ejemplo: en las elecciones internas de Córdoba, De la Sota, que levanta la bandera triunfalista y quiere excluir al sector de la ortodoxia, saca 350.000 votos. La ortodoxia saca 250.000. El radicalismo en esa misma elección saca 600.000 votos. ¿Podemos entonces excluir a la ortodoxia si pretendemos darles batalla a los radicales? No podemos marginar de la vida partidaria a 250.000 justicialistas. Eso no quiere decir que los dirigentes que evidentemente han sido superados por los acontecimientos no tengan que dar un paso al costado. Pero, insisto, no podemos incursionar tan alegremente en el campo de la política y darnos el lujo de decir: soy renovador y me muevo con los renovadores y nada más (…) ¿Quién soy yo, quién es Menem para decir que tal o cual no van más dentro del partido? El que en definitiva decide es el afiliado (…) Yo diría que sí, y lo digo con toda humildad, sin soberbia. Soy el único que está en la renovación tal cual se constituyó”.

Las oposiciones son siempre imperfectas, falibles, incompletas. Como nosotros. Nos gustan así, falibles. Pero vivas.

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United Fruit

 

Voy a presentar una serie de hechos inconexos en orden cronológico:

Don Torcuato

Venimos repitiendo casi todos lo que nos interesamos por estos temas que Torcuato Di Tella tenía la tesis de que el sistema político argentino caminaba hacia una “normalización”, es decir, a parecerse a otros en el mundo, mediante la conformación de un polo de centroderecha (que más bien incluye los intereses empresarios) y otro de centroizquierda (que más bien incluye los intereses sindicales). La consolidación del macrismo como una fuerza política nacional refuerza esta idea y se nos ocurre que está bueno ver con algo más de detalle qué es lo que sostenía Di Tella al respecto.

En este sentido, es muy interesante leer una entrevista a Di Tella publicada por la Universidad Nacional de La Plata en la que el sociólogo cuenta detalladamente su recorrido académico y donde también hace referencia al surgimiento de esta idea.

La entrevista tiene pasajes maravillosos como este:

“(Seymour) Lipset me preguntó, en la primera entrevista (en la Universidad de Columbia, en Nueva York), qué quería yo hacer, y le dije que quería entender qué era el peronismo. Él me preguntó entonces si yo había leído El Dieciocho Brumario, y le contesté “¿el 18 de qué?”. Para mí Marx tenía una connotación negativa, porque era materialista y estaba en contra de la religión, y un poco ensuciado por el comunismo, pero además yo no lo había leído. Entonces lo empecé a leer anotando todo, para detectar los aspectos erróneos de sus escritos, pero cuando terminé me dije; “este tipo tiene razón”. Entonces si bien no me hice marxista, me hice “marxólogo”, seguí leyendo mucho de Marx y al mismo tiempo bastante de Freud. Los dos escribían de una forma muy simple e impactante. Marx lo hace de una forma que se entiende, salvo la primera parte de El Capital, que es muy enrevesada, en cambio los franco-marxistas no se entiende qué diablos están diciendo. Y a los psicoanalistas hoy tampoco se les entiende qué dicen, pero Freud escribía de forma fantástica, decía de manera muy simple cosas muy complejas. El otro que escribía fantástico, que leí después,es Darwin”.

Yendo a la “tesis Di Tella” que nos ocupa, Torcuato hace una explicación de cómo surgió la idea, poniendo un punto de inicio antes de la llegada del peronismo. Escuchemos:

“Me pareció que también en la Argentina había algo parecido, el movimiento obrero popular era muy fuerte y amenazante, pero no llega al poder, o lo hace en alianza con otros sectores, a través del peronismo. El empate no es entre conservadores y liberales, o entre peronistas y radicales, sino entre la derecha y el sector popular, la derecha representada por gente de dinero que no tienen un partido fuerte pero usan a los radicales, y además están metidos dentro del peronismo. En la democracia burguesa hay un equilibrio político, entre izquierda y derecha, que se parece al concepto corporativista, o neo corporativista, como lo llama Philippe Schmitter. El corporativismo, de raíces católicas y aún liberales, es bien anterior al fascismo. Su idea es que con elecciones tipo “un hombre-una mujer-un voto” siempre ganarían los sectores populares, y derribarían al régimen de la propiedad privada, aunque sin ser capaces de establecer una alternativa sólida. Entonces era mejor legitimar la relación de fuerzas realmente existente, “una corporación-un voto”, dando a la clase obrera un tercio o algo así del poder. Eso lo dice Durkheim en 1902, en su Introducción de 1902 al libro La división del trabajo. En las democracias realmente existentes hay de hecho un equilibrio entre derecha e izquierda que es casi de tipo corporativo, o neocorporativo, a través de fuertes partidos de derecha que compensan la condición minoritaria de las clases poseedoras”.

(…)

“En el año ’62, con el golpe, yo escribí un artículo que salió en Cuadernos Americanos sobre la crisis argentina, con la caída de Frondizi. Ahí observé la falta de un partido conservador fuerte en Argentina, lo que es obvio, pero menos obvia fue mi conclusión: ‘qué lástima que no lo haya’. Si hubiera un partido conservador presentable la derecha económica y social, que ella sí existe, se sentiría más protegida, y menos orientada al golpismo. En las democracias burguesas realmente existentes las elecciones protegen a la burguesía”.

 

(…)

“En la Argentina inmigratoria no podía haber un partido liberal-burgués, porque no tenía. Bartolomé Mitre intentó hacer algo parecido, y lo mismo Bernardo de Irigoyen, y más tarde los antipersonalistas, pero sin mucho éxito. El impacto inmigratorio también es el que debilita al Partido Socialista ¿En La Boca quién votaba? Casi nadie votaba porque eran en su enorme mayoría extranjeros, y Palacios ganó porque hizo una alianza con un sector burgués. Lo que pasa es que el ambiente que había en La Boca sí era muy socialista, eran gente que estaba en los sindicatos, en grupos culturales y educativos. Los sectores populares no tomaban la ciudadanía porque no querían, la oligarquía tampoco lo deseaba, pero no era omnipotente, tampoco la burguesía lo quería, y a ella no la hubieran podido frenar. Entonces, en Chile había un partido conservador y otro liberal, después se formó el radicalismo con la clase media, y luego el socialismo. Acá no hubo partido liberal burgués importante, aunque hubo intentos desde el radicalismo, el alvearismo era un poco eso, pero son fenómenos sin fuerza y entonces el conservadorismo también quedó sin fuerza. El hecho es que en la Argentina, contra el régimen no hubo un partido liberal que fuera opositor fuerte pero moderado, sino que hubo un partido radical, que no era suficientemente moderado porque no tenía bases en la burguesía. Esto a muchos no les gusta: ¿cómo que el radicalismo es radicalizado? Sí, es radicalizado para la época ¿Por qué? Porque era un partido popular, demasiado popular para lo que podía aguantar el sistema, porque no tenía el freno que da la burguesía en un partido realmente liberal. Por supuesto que tenía elementos liberales, pero no con suficiente arraigo. La burguesía urbana, muy mayoritariamente extranjera, estaba haciendo negocios, tenía poco que ver con la política”.

(…)

“(El radicalismo) No sólo era verbalmente radicalizado, sino que realmente expresaba una ola popular que no estaba frenada por una burguesía en su propio seno, como hubiera ocurrido si fuera un partido liberal. Es un partido popular, bastante agitacionista, desde ya en la segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen, pero tampoco era socialista ni laborista”

La idea le seguía dando vueltas años después y cuenta:

“Me acuerdo que años antes, durante la época de Onganía, en una casa que yo tenía en Berkeley, me estaba visitando José Luis Romero, y también estaba Eduardo Galeano, el autor de Las venas abiertas de América Latina. Entonces yo, que estaba analizando el rol conservador de Charles de Gaulle, les pregunté si pensaban que Onganía podía convertirse en el De Gaulle argentino. Yo creía que podía, hasta pensaba ojalá, porque De Gaulle también llegó por un golpe de Estado y con un grupo extremista de derecha, que después lo liquidó a ese grupo y normalizó el país. Pero lo que hizo De Gaulle es que unificó a todos los grupúsculos de derecha y muchos de centro que había desperdigados, los juntó en un partido, en realidad en dos partidos aliados, ésa fue la gran transformación que hizo. Galeano se enojó, me miraba con mala cara ‘¿estás considerando que ese hijo de puta puede ser un De Gaulle?’. Porque a mí me daba vueltas mi teoría acerca de por qué no hay un partido conservador en la Argentina. La respuesta que en general se daba era muy simple: ‘porque la clase alta son unos hijos de puta’. ¿Por qué los militares argentinos se pelean todo el tiempo a diferencia de los de Chile o Brasil? ‘Porque son unos hijos de puta’. Ninguno de estos planteos es demasiado marxista, ni siquiera sociológico. Lo que hay que ver es cuáles son los factores sociales que intervienen y que hacen la diferencia entre unos países y otros. Yo pensaba –en realidad deseaba– que Onganía cumpliera un rol semejante, aunque nunca lo apoyé. Con los del ’76 nunca pensé que podrían cumplir ese papel”.

En concreto, la tesis sobre el surgimiento o consolidación de un polo de centroderecha está expresado en su paper “La búsqueda de la fórmula política argentina”, publicado en 1972 en Desarrollo Económico.

Para quien le interese, lo analizamos en una próxima nota.

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Pensar, pensar (II)

 

Continuamos con lo que comentamos aquí.

El segundo texto que voy a recorrer es “Los años del menemismo se prolongan: la coalición electoral de 1995”, de Ricardo Sidicaro, que junto con “Algunas notas sobre el menemismo”, de Jorge Mayer, cierran el volumen, de manera breve y con la ventaja de poder escribir luego de la reelección del expresidente.

Escuchemos a Sidicaro: “Es difìcil determinar cuándo comenzó a formarse, pero lució con todo su esplendor en las elecciones presidenciales de 1995. A falta de un concepto más preciso la caracterizarememos como una coalición electoral sui generis, ya que no está conformada por partidos que acuerden una acción en común, sino por conjuntos de electores de los que nos interesa destacar dos grandes grupos con sensibilidades políticas y sociales disímiles. La coalición menemista, pues de ellas se trata, consiguió el 50% de los sufragios. Se colocó así en el umbral mítico en el que la aritmética política suele pensar que se encuentra el paso de la cantidad a la calidad y desde donde se cree escuchar, como si fuese la de un solo hombre, la voz del pueblo. Allí, en el punto preciso en el que la estricta simetría del cómputo autoriza sostener que el 50% se expresó a favor de aquello contra lo cual se manifestó el otro 50%, el raciocinio se obtura. El artificio se basa en un supuesto: la mitad favorable convergió en una misma opción, en tanto que la otra se dispersó en varias alternativas opuestas entre sí. En el centro de la trama argumental que pondera de manera tan distinta a las dos mitades de preferencias electorales, se encuentran los vestigios del pensamiento romántico que alimentó tantas aventuras totalitarias, que afirma el carácter indiviso del volk e imputa a las divisiones políticas su inexistencia”.

Escuchemos ahora la descripción que hace Sidicaro sobre los movimientos populistas:

“Usualmente los movimientos populistas presentan el carácter de un bloque heterogéneo de sectores relativamente unificados por su líder, con un conjunto de ideas contradictorias sobre la sociedad y sus problemas, cuyo común denominador es la creencia de que pueden existir soluciones que benefician a todos los integrantes de un magma social indiferenciado llamado pueblo, que coincide con la nación, tarea para la cual hace falta un estado movilizador. Aquí sólo nos interesa precisar algunos aspectos del bloque social y político de los populismos. En principio, aun cuando los intereses de sus integrantes pueden ser disímiles y conflictivos, el cemento igualitario que une a quienes participan de los populismos tiende a poner entre paréntesis todo lo que se opone a la unidad y enfatiza la convergencia  en las ideas y, por es avía la facilita en la práctica. Si bien todos no se van a beneficiar por igual con la aplicación de un proyecto populista, aquellos que menos reciban no dejarán de encontrar logros materiales y gratificaciones simbólicas derivados de la empresa común. Las tensiones sociales son propias de un bloque de tal naturaleza, si bien son protagonizadas por actores que discrepan acerca de los ritmos para alcanzar objetivos que, de ninguna manera, implican perjuicios sistemáticos para sus asociados. Cuando los conflictos internos alcanza un nivel muy alto, los bloques populistas ven debilitada su eficacia, se dividen, caen del gobierno, pierden elecciones, etc. Los populismos muestran los rasgos de las coaliciones cuyos integrantes se reconocen mutuamente méritos desiguales en la acción compartida y para aspira a la la distribución de sus frutos, pero entre ellos prima la unidad por la combinación de los efectos del discurso que construyen, y que los instituye, y del cálculo político. Tradición y evaluación racional, en dosis distinta según cada participante, dieron por resultado la unión de sectores sociales que ha sorprendido por su estabilidad y su contradictorio equilibrio a muchos analistas de los fenómenos populistas registrados en losa más diversos lugares del mundo”.

Sidicaro considera que al ser electo, Menem reúne el típico voto peronista: “…como había ocurrido en situaciones similares, el peronismo reunió el apoyo de sectores sociales que, si bien no tenían intereses idénticos y expectativas plenamente convergentes, buscaban perspectivas y metas que no suponían proyectos y acciones que implicaran recíprocos perjuicios, desventuras y exclusiones”. Durante los primeros seis años de gobierno eso se modificó. “En contraste con lo ocurrido en 1989, Menem triunfó en las elecciones de 1995 con una propuesta en la que anunciaba un programa de neto carácter liberal en lo económico, profundización de la obra de gobierno en curso. El complemento social: la lucha contra la pobreza y la desocupación fue presentado en todo momento como perfectamente compatible con esas metas económicas. El logro de la estabilidad y haber detenido la inflación era el mayor mérito que atribuía a su gestión el candidato-presidente”.

“El mensaje menemista del ‘95 se emparentó sólo superficialmente con las estrategias discursivas populistas. Al igual que el populismo se dirigió a varios públicos, pero allí donde las versiones originales del fenómeno buscan delinear los puentes que unen lo menos conflicticamente posible a los sectores a los que tratan de hacer coincidir en el mismo proyecto político, el planteo menemista pareció no lograr postular los nexos para hacer verosímil la confluencia entre las que efectivamente resultaron sus dos vertientes fundamentales de apoyos electorales. A los votantes de tradición justicialista se los convocó desde los temas de la justicia social -pobreza, empleo, equidad en los ingresos-, en tanto que a quienes venían de horizontes políticos antiperonistas se les hablaba fundamentalmente de la consolidación del modelo económico y se les aseguraba que no se debía temer una vuelta al pasado, es decir, al peronismo”.

“En realidad, el integrante antiperonista de la coalición sui generis no es una supuesta ‘clase alta’ sino un conglomerado social considerablemente más importante en cuanto a su peso electoral, integrado por individuos que coinciden en sus apreciaciones sobre la sociedad y la política en torno a valores contrarios a las clases populares, al sindicalismo, al aistencialismo estatal, al intervencionismo económico, a la demagogia de los partidos, etc. problemas que sin apelar a un saber sistemático asocian al peronismo. Probablemente, su voto por el menemismo no es el resultado de los beneficios económicos que los integrantes de este heterogéneo electorado pudieron haber recibido, cuestión empírica por demás discutible, sino que expresa una cierta satisfacción con la obra del gobierno, teñida de revancha social. Al igual que el voto de los sectores populares al menemismo, que es familiar, anclado socialmente y de reactualización simbólica del pasado, no fueron distintos los condicionantes del sufragio antiperonista por Menem. El presidente que se reelegía había terminado con el objeto de la ira de tantas sobremesas familiares en las que se había recordado la afiliación obligatoria de los abuelos, el susto de los padres con el peronismo de los ‘60 y todos los revivals, propios y prestados, que a ellos, tercera generación antiperonista, los asaltaron frente a las elecciones de 1989”.

Sidicaro nos advierte sobre “la debilidad de la coalición ‘95”. “Las fuerzas centrífugas o de desestructuración de la coalición electoral menemista se encuentran en las conflictivas expectativas de los dos conjuntos principales que la integran. Los apoyos de origen popular esperan, de una manera quizás difusa, el inicio de  una etapa marcada por la reparación de las situaciones de injusticia social. La pregunta imposible de responder es en qué medida la adhesión al menemismo se puede mantener en los sectores populares si sus condiciones de vida no mejoran”.

“La coalición electoral sui generis de la reelección presidencial es, si se acepta el razonamiento que hemos desarrollado, mucho más débil que la del 89. Aquella se basó en apoyos considerablemente más homogéneos y se benefició, una vez cambiado el programa original, por los efectos de la continuidad de las representaciones sociales peronistas. En seis años de gobierno, Menem perdió una parte de  sus primigenios adherentes. Sin embargo, su política liberal le brindó nuevos votantes y con ellos hizo su mayoría de 1995. Pero estos últimos, como hemos visto, no son vírgenes de política, en sus alforjas tienen expectativas del ala más antipopular del antiperonismo. Son más “realistas” que sus ancestros: la corrupción política y económica parece no indignarlos a la hora del cuarto oscuro”.

“Muchos elementos indican que para el menemismo de la segunda mitad de los 90, el viejo apotegma tantas veces repetido por Perón: ‘mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar’ puede convertirse en la síntesis de las exigencias que desintegren la coalición que les permitió prolongar sus años de poder”, remata Sidicaro.

A su vez, Mayer convoca a no mirar sólo las variables institucionales sino otras para analizar con claridad la etapa menemista. Es más, parece amonestar a quienes buscan una explicación a través de la variable institucional y formal. “Doce años de continuidad democrática suelen dejar a la luz, en toda su crudeza, las cualidades propias de las prácticas políticas en la Argentina; aunque estas resulten necesariamente hirientes a los espectadores con algún sentido republicano”. Agrega “el menemismo, en su modalidad de gobierno, posee un mínimo grado de institucioalización en su ejercicio. El valor procedimental está prácticamente exento, en tanto referente, en su accionar en el proceso de toma de decisiones. Su mecánica práctica, de la cual tampoco posee su absoluta originalidad, es la de arbitrar sobre pugnas entre sectores de poder que se resuelven alrededor del presidente”.

“Las instituciones políticas en el menemismo -por fuera del poder ejecutivo- son importantes a condición de que recreen en forma permanente la imagen de su propia ineficacia y de deterioro relativo. Alguien podría pensar que la situación ideal para este esquema de poder resultaría del cierre del congreso y en una intervención aún más audaz en las funciones del poder judicial. Esta visión es errada pues el esquema de gobierno perdería un eje fundamental de la acción política: un responsable acaparador de todos los problemas que no es capaz de solucionar”.

“Las instituciones deben existir siempre con este carácter provisorio y jamás incidir en lo sustancial. La pregunta que cabe es si en verdad ésta es una cualidad excluyente del menemismo o si, por el contrario, no supera sólo una fase de acentuación de características inherentes a nuestro sistema institucional”, indaga Mayer, quien dispara: “el congreso es el lugar a donde van a parar los asuntos que no interesa solucionar y cuyo potencial político no le preocupa a nadie. El poder ejecutivo sólo envía al parlamento aquellos asuntos que presuponen un costo político severo y es una forma de socializar ese costo con otras fuerzas políticas y con los propios legisladores”.

Mayer, además, cuestiona la lógica con la que la UCR llevó adelante el pacto de Olivos. “Cuál podemos pensar que fue el origen de esta suma de circunstancias equívocas en las que se creyó que la letra de la ley era un freno eficaz a los desbordes legislativos del poder ejecutivo? Ha existido en el radicalismo una noción peligros que tendió a considerar a la ingeniería institucional como herramienta casi excluyente de acción política o, mejor dicho, como instrumento básico de su estrategia de gobierno”. “El radicalismo -lamenta- por el protagonismo que tuvo en la transición democrática, arrastra por estos años esta carga ideológica en la que el interés por la institucionalización es superior a la toma de posiciones sobre cuestiones sustantivas”.

En el mismo sentido, considera que “lo que el neoinstitucionalismo no llegaba a captar era un elemento macropolítico básico: el deterioro de los mecanismos republicanos y la inestabilidad de las democracias suelen estar asociados a la inexistencia de una oposición sólida capaz de situarse como alternativa efectiva de gobierno de turno. El límite de un poder suele estar en otro poder, real e independiente antes que en los mecanismos formales que los distinguen”.

Mayer se pregunta qué está en la base de la legitimidad del menemismo y responde: “parece remitir en forma casi inmediata a su capacidad de satisfacer expectativas de ejecutividad y gobierno. Este elemento, lejos de ser novedoso en la cultura política argentina, posee vastos y consolidados antecedentes: varias décadas de gobiernos militares son por demás elocuentes al respecto. Tanto es así que, como vimos, formaron parte de la nueva cultura democrática”.

Para el autor, hay una novedad pero también continuidades fuertes. “Por primera vez en la Argentina, en esta oleada democrática, aparece un gobierno constitucional con esta cualidad que algunos teóricos han calificado como decisionista”. Y así considera que “el menemismo tiene un reiterado sabor a cosas ya vistas, a cosas pasadas”.

“El menemismo encuentra una creciente similitud al peronismo pasado, a las fórmulas de orientación pragmática que ya desconcertaban en la imagen del propio Perón. La recreación de lo arcaico se da a través de pases que sorprenden por su eficacia y aparente actualidad, pero que en realidad son remanidos para la liturgia del peronismo tradicional que ya pocos cultivan”. Es el pasado que vuelve, una vez más. Mayer recuerda que “muchos autores han destacado la forma en que el menemismo ha destruido la lógica del discurso político”.

“Sus principios no están sujetos a ningún tipo de regla de coherencia, ni siquiera a reglas morales en ningún nivel de generalidad que se las enuncie. Peor aquí radica uno de sus elementos más atractivos”. Entonces “el menemismo es entendido mejor como una experiencia concreta antes que como un juego discusivo”. En este sentido, “la dinámica del hacer sustituye al ser, pues la política no remite a los valores o principios que intenten dar sentido a las obras, sino que las mismas aluden simplemente al poder de transformación”.

Mayer destaca que el menemismo “introduce nuevas pautas en los estilos de confrontación política” ya que “ha sido plenamente consciente de que, en la democracia consolidada la oposición con el enemigo circunstancial, nunca se resuelve por aniquilación del otro; que en los choques de poder jamás se debe subestimar al otro. Sabe que la situación de amigo-enemigo puede mutar con suma rapidez, de acuerdo a cada coyuntura política. Los enemigos de hoy pueden ser los aliados de mañana. Un enemigo ‘quebrado’ es el socio ideal para futuros proyectos”.

El autor deja ver su disgusto. El menemismo, afirma “se puede mostrar servil, sin ningún tipo de pudor, ante los poderosos y es especialmente sensible a las insolencias de los superiores”.

Si usted llegó hasta este punto en la lectura tendrá, como yo, muchas ideas dando vuelta en la cabeza. Muchas de ellas bastante complejas y polifacéticas, útiles para pensar el presente y el futuro, ese lugar donde siempre habrá algo que esté cambiando y algo que permanecerá.

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Pensar, pensar (I)

 

Analizar o describir una situación política contemporánea no es simple. Y no lo es porque, por un lado, esa situación política se despliega, se mueve mientras uno la describe. Captar los rasgos que permanecen, los que cambian, los que se están modificando -y comprender en qué sentido se modifican, con qué profundidad y hacia dónde- no es una tarea sencilla. Tampoco lo es porque porque la política es aquello de lo que todos podemos (y debemos) opinar, pensar, pronunciarnos, sentir. Esto hace que siempre habrá más de una mirada posible. Y ya que es así, también estarán involucrados nuestros intereses, valores, juicios y prejuicios.

Leí hace poco -tardíamente- dos libros excelentes en los que se buscó hacer este riesgoso pero apasionante ejercicio, publicados por la Universidad de Buenos Aires, promovidos desde su carrera de Ciencia Política. Primero llegué a una reedición de “La política en tiempos de los Kirchner”, compilado por Andrés Malamud y Miguel De Luca (Eudeba). Repasando ese esencial libro de 2011 supe que en 1995 se había publicado un antecesor: “Política y sociedad en los años del menemismo”, compilado por Ricardo Sidicaro y Jorge Mayer, surgido de unas Jornadas Académicas realizadas el 4 y 5 de noviembre de 1994 por la Dirección de la carrera.

Me voy a concentrar en este último. Los autores que allí publican, en su gran mayoría profesores o graduados de la carrera, buscaban estudiar y encontrarle sentido al menemismo. “¿Qué es esto?” Se preguntan. Pueden hacerlo desde algún costado en particular -haciendo foco en la cuestión de los partidos, los sindicatos, las percepciones de la opinión pública, las reglas electorales- o buscando algún enfoque más general. Y ahí surgen distintas miradas y énfasis. Miradas más apasionadas, otras algo más serenas. En general hay una mirada preocupada sobre el avance del menemismo y también sobre la mala forma física en la que se encuentra la oposición. Otros autores buscan interpretar cuánta fuerza tiene el menemismo, si avanza o se está quedando sin fuerza, si arrasa o si es que negocia.

Algún autor habla de “autoritarismo de mercado”, algún otro de una “mezcla de impotencia y resignación”, de una “sociedad enceguecida por el éxito inmediato” o de una “colonización interna, opaca y poco permeable al escrutinio de la soberanía del pueblo radicada en el Legislativo”. “En estas condiciones es difícil, por no decir imposible, pensar en la posibilidad de que se generen políticas equitativas. Lo que se produce es una particular articulación entre elementos democráticos y autoritarios”, se advierte en otro pasaje. Búsquedas por interpretar lo que ocurre.

Al repasarlo, me surgen dos impresiones. La primera, la honestidad intelectual de los (muchos) autores, que buscan echar luz o buscar algunos conceptos sobre el gobierno menemista mientras se acerca a su cénit. No están de paso, no están, como un entomólogo, diseccionando una mantis religiosa. Les pasan cosas, les hablan a ciertos públicos. Algunos de ellos están urgidos, enojados, se muestran por momentos enérgicos, estridentes. En ese marco, da la impresión de que los autores que más resisten al tiempo, a la tentación de hacer foco en una parte en su intento por explicarlo (casi) todo son los que más se recuestan en lo único que un cientista social puede recostarse: en los libros o en los datos, en miradas ajenas o de otros tiempos que ayuden a echar luz sobre el presente.  

Me voy a concentrar en tres de los textos que son los que más me llamaron la atención. Todos ellos me parecieron excelentes, adelanto. No se trata de ver si “la pegaron o no” porque tampoco están planteados de esa forma. Emprenden la dura tarea de tratar de explicar “qué es esto” haciendo énfasis sobre elementos importantes.

El primero de ellos se titula “Menemismo y peronismo. Viejo y nuevo populismo”, de Marcos Novaro. Lo repaso -al igual que haré con los otros- para que disfruten conmigo de lo muy bien que está escrito. El autor explica que para algunos autores hay una “consustancialidad de ambos fenómenos” (menemismo y peronismo) (Nun, Borón), para otros existe “una abrupta discontinuidad” en ambos casos (por ejemplo, Gruner) y en una tercera posición se señala la “inconveniencia de comparar al peronismo y al menemismo como si se tratara de dos términos dicotómicos” y que la situación es que el “viejo e imperturbable movimiento peronista” resurgiría una vez finalizada la etapa menemista (Torre).

Novaro entiende que “resulta muy arriesgado” inclinarse por alguna de las posiciones y que lo que prefiere hacer es definir al menemismo “simplemente como una estrategia reformista que combina ‘sobre la marcha’ elementos de continuidad y ruptura con el menemismo”. A partir de eso, buscará “determinar cuál ha sido, desde 1989 y hasta el presente, dicha combinación de continuidad y ruptura en cuanto al estilo de gobierno, las formas de representación y construcción de identidad”, al tiempo que apuntará a “sopesar la posibilidad de que las reformas que el menemismo ha ido introduciendo en la economía, las organizaciones de intereses, el sistema de partidos y el Estado decanten en un orden política y económicamente estable capaz de perdurar en el tiempo”.

“El menemismo es, por sobre todas las cosas, una estrategia reformista de gobierno”, advierte Novaro y se pregunta si “la identidad peronista ha sido un obstáculo o un instrumento para el desarrollo de las políticas menemistas”. “Tal vez ambas cosas”, responde. “Se ha comparado a Menem con Fujimori, con collor de Melo y con otros líderes que se presentan como outsiders de la política. Pero el parecido es más bien superficial. Tal vez sería más correcto compararlo con Salinas de Gortari, quien se enfrentó a un dilema similar al suyo y, como él, se afirmó en una fuerte tradición populista para instrumentar reformas que fueron disolviendo sus bases sociales e ideológicas históricas, reemplazándolas por otras nuevas. Pudiendo, de este modo, gobernar sin renunciar directamente a esa identidad. El manejo estratégico de la tensión entre continuidad y ruptura ha sido, para ambos, la clave del éxito”.

 

La destreza de Novaro -con posiciones con las que uno puede acordar o discrepar- se deja ver en el despliegue del texto. “Sin embargo, precisamente en el momento que la profundidad de la crisis demostraba la imposibilidad de restablecer una coalición de gobierno al estilo del populismo tradicional, el peronismo completaba el ciclo iniciado con su derrota electoral de 1983 ante Alfonsín o, más atrás, con la muerte de su fundador en 1974: contradiciendo pronósticos reiterados de inminente disolución, terminaba en 1988 su renovación e institucionalización como partido nacional, daba a luz a un liderazgo capaz de reunificarlo después de 15 años de violentos conflictos internos y se preparaba para ocupar el gobierno nacional en medio del descalabro alfonsinista. ¿Significaría su último y trágico estertor antes de desaparecer, o su incorporación definitiv a, luego de duro peregrinaje, a un sistema político democrático postpopulista? El tiempo diría que ni una cosa ni la otra. Menem comprendió que podía ser simultáneamente enterrador y víctima del curiosamente a la vez colapsado y floreciente movimiento, pero que al mismo tiempo tenía el campo despejado para intentar algo novedoso”. Sorprende todavía leer cómo se despliegan tantas variables y planos.

“El desafío consistía en evitar el doble peligro de atarse a la tradición o diluir su perfil, ‘peronizando’ la democracia y actualizando el peronismo (desde su óptica, ya suficientemente democratizado). Aunque para lograrlo tuviera que disolver o rearticular muchos de los principios y negar hábitos muy arraigados en el Justicialismo y en sus votantes: probablemente no encontraría mayores resistencias dado que esos valores y tradiciones venían atravesando desde la muerte de Perón una crisis furibunda y los ‘esquemas de reconocimiento’ y las mismas identidades e intereses de los actores parecían haberse ido descomponiendo con el paso de los años, las sucesivas frustraciones y, sobre todo, la reciente situación de emergencia”, afirma.

“Alfonsín, que soñaba dar a luz un nuevo régimen político en Argentina,creyó poder lograrlo democratizando a los actores e instituciones de la vieja Argentina, y ellos no tardaron en reaccionar en su contra. Menem recorrió el camino inverso. Asumiendo una posición mucho más pragmática y decidida (la política de los ‘hechos consumados’) y aprovechando la ya avanzada desagregación del campo político, la estimuló desembozadamente, afectando tanto a sus fuerzas com oa las de sus adversarios: planteó una ruptura tajante entre la ‘vieja política’ y la ‘nueva (la suya), limitó el rol de los sindicatos y del propio partido en la toma de decisiones e ignoró los reclamos en términos de derechos adquiridos y fidelidad a la tradición, desprendiéndose de empresas y empleados públicos, de la prestación de servicios básicos y otras obligaciones sin ningún miramiento; con lo que se agudizó aún más la crisis de las identidades heredadas, la fragmentación de los grupos de interés y el relajamiento de los sentimientos de pertenencia partidista del electorado. Menem se presentó así como el único político verdaderamente ‘actual’. Y, en base al plus de confianza otorgado por los votantes, comenzó a conformar una mayoría que respaldara sus políticas de reforma”, agrega.

Y sigue en otro pasaje: “Este camino, como dijimos, era de todos modos muy arriesgado: hasta 1991, el menemismo estuvo en varias oportunidades a muy poco de naufragar, su política económica no daba ún resultados palpables, y su estrategia de reconversión del peronismo lo colocó al borde de una ruptura que, de haberse concretado, hubiera tenido consecuencias irreversibles para el partido. Sería necesario analizar detenidamente cómo fue logrando disciplinar a su partido, así como reconstruir la evolución del programa económico para entender cabalmente cómo se superaron esos y otros obstáculos, pero ello es aquí imposible. Basta señalar que su éxito en ambos terrenos demuestra lo inadecuado de los diagnósticos sobre una supuesta despolitización de la sociedad y la desarticulación entre ella y el sistema político (emparentados con el economicismo en boga al que ya nos referimos). Luego de un primer momento de desafección y fragmentación de identidades (entre 1989 y 1991), amplios sectores que quedaron ‘en disponibilidad’ tanto dentro como fuera del peronismo, fueron incluidos en nuevos vínculos de consentimiento e identificación. Dicha repolitización resultó principalmente de la estrategia menemista, que interpeló a los grupos disponibles, resignificando componentes disgregados de sus identidades en crisis. Esto explicaría que muchos de los que votaron a Menem en 1989 por ciertos motivos, lo volvieron a votar en 1991 y 1993 por los motivos apuestos, que otros ahora lo voten contradiciendo sus comportamientos anteriores”.

(…)

“Las interpelaciones a los trabajadores fueron sustituidas por un difuso ‘hermanos y heramanas’ mientras la libre empresa y el mercado remplazaban a la comunidad organizada y al Estado protector. Convirtiendo de paso los valores del éxito y la eficacia, que ya se extendían en todos los ámbitos de la sociedad, en ctrierio casi exclusivo de juicio en el terreno político”.

Novaro identifica tres elementos sobre los que se ven “continuidades, pero sobre todo discontinuidades, entre el peronismo clásico y el menemismo”. El primero son “los procesos de toma de decisiones y gestión pública”. Así, “la estrategia menemista apuntó a reemplazar el anterior modelo de gestión por otro, que autonomizar a los distintos actores entre sí, concentrara la disposición de los recursos públicos en el Ejecutivo y desorganizara las demandas antes agregadas, permitiéndole al líder gobernar e interpelar a los ciudadanos sin mediaciones. Menem procuró así recuperar el control centralizado y personal de la toma de decisiones, que el populismo en su origen había establecido, pero en una forma que se alejaba considerablemente de ese antecedente. Esa distancia se profundizó a medida que avanzaban las reformas, dirigidas no sólo a fortalecer la autoridad del Ejecutivo sobre los otros poderes (…) y sobre la sociedad, sino a tecnificar la administración y a modificar el sistema de agregación y reconocimiento de demandas”.

Y continúa: “Menem logró de este modo una colosal concentración del poder de decisión, anteriormente fragmentado en una multitud de caudillos que controlaban en forma relativamente autónoma distintos órganos estatales, encabezaban redes clientelares (en algunos casos semifeudales) y negociaban entre sí y con las corporaciones cada decisión. No por nada Menem debilitó esas redes clientelares caudillistas y las subordinó o reemplazó por otras nuevas, en las que el único patrón es el Ejecutivo, que monopoliza así la función del gate keeper”.

El segundo elemento es “la transformaciòn de los actores sociales involucrados en los procesos de representaciòn e integración que moviliza el peronismo y la formas de relación entre ellos”. Veamos qué interesante: “Al mismo tiempo que disminuyen los recursos, o simplemente son excluidos una serie de bienes y servicios de la distribución clientelar, a partir de la privatizaciones y la reducción de las incumbencias y funciones estatales, vemos que se multiplican los planes sociales controlados desde la cúspide, sin interferencias de redes partidarias, y dirigidos a poblaciones focalizadas y/o dispersas (imitando los programas de Pinochet y el Pronasol mexicano). Estas polìticas permiten fortalecer el vìnculo entre Menem y la heterogénea y dispersa masa empobrecida que constituye su principal sostén electoral. Como contrapartida recordemos que en 1990 el menemismo propiciò la fractura de la CGT y ella ya no pudo recuperar su rol tradicional como interlocutor del gobierno, que habìa conservado durante lo regímenes militares y las gestiones radicales”.

El tercer elemento son “la formas de competencia inter e intrapartidaria, los procesos de representación y la construcción de identidades”. “Los partidos han perdido gravitación frente a otros mecanismos de producción de imágen es, como son los medios masivos de comunicación, fundamentalmente la televisión”.  “Todo esto ha tenido consecuencias muy profundas en el peronismo: por un lado, el partido-movimiento de antaño se transforma en una máquina electoral; por otro su líder se ve obligado a extremar sus recursos e imaginación para conservar vínculos de confianza que se han concentrado pero son frágiles, discontinuos y poco integrados; por último, la misma identidad peronista se transforma”. Novaro habla de “la sustitución de la movilización de masas por la movilización de imágenes”, en un contexto en el que “la representación cumple una función mucho más activa e importante que la que cumplía en el populismo clásico”. Se pasa así de una “identidad por alteridad” a una “identidad por escenificación”.

Novaro, en ese contexto, cuestiona la idea de que “la amenaza que suponen los líderes como Menem para la democracia es equivalente a la que ya en el pasado supuso el populismo”. El autor reconoce que la forma de gobernar de Menem implicò “graves alteraciones en la vida democrática” y que Menem “utilizó hasta el hartazgo mecanismos de dudosa apoyatura constitucional”, lo que ha “atentado contra la consolidación” de la democracia y “más aún, contra su profundización”. Pero advierte contra “las visiones mefistofélicas del menemismo” ya que encuentra “muestras de mejoría en algunos aspectos del funcionamiento de nuestra democracia entre 1989 y 1993”. Tras haber superado una etapa de potencial disgregación, el menemismo ha estabilizado la situación. “Se suele sostener que este gobierno no es democrático puesto que excluye a buena parte de la sociedad del disfrute de sus derechos básicos, promueve la desigualdad y la exclusión, pero debemos ser precavidos al respecto: si bien no es igual a la promovida por el populismo histórico, el menemismo también promueve un cierto tipo de integración; la población pobre es uno de sus apoyos más decisivos, es destinataria de la mayor parte de sus interpelaciones y comienza a serlo de políticas sociales cada vez más activas”.

Menem reempalza, para Novaro “una cadena de equivalencias nacional-popular” por un “nuevo principio” fundado en “la eficacia gubernamental” y “el respaldo electoral”. Se dan así “vínculos de identificación inéditos, de naturaleza eminentemente representativa”, lo que entusiasma al autor al romper con la lógica populista anterior. Y remata: “si bien no satisface la accountability horizontal (responsabilidad del presidente ante el Congreso, el partido, la Justicia, etc.) sì se verifica en el menemismo la accountability vertical, la responsabilidad del gobernante ante el gobernado”.

Hasta aquí, la primer parte de estas (re) lecturas.

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Eduardo Basualdo: “Cambiemos es una propuesta tremendamente clasista”

Eduardo Basualdo es coordinador del Area de Economía y Tecnología de FLACSO y fundador del Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (Cifra-CTA).  Junto con Daniel Azpiazu y Miguel Khavisse publicó el muy influyente “El nuevo poder económico en la Argentina de los ochenta”, que buscó descifrar algunas de las marcas que había dejado el período de la dictadura militar en la economía y en la sociedad. Sus estudios sobre el comportamiento de la cúpula empresaria tienen en su último libro “Endeudar y fugar. Un análisis de la historia económica argentina de Martínez de Hoz a Macri”, en el que es editor y también escriben Mariano Barrera, Leandro Bona, Mariana González, Pablo Manzanelli y Andrés Wainer, buscan echar luz sobre algunos aspectos de la dinámica económica y política soslayados por otros enfoques.

Basualdo ha ayudado a dar forma al concepto de “valorización financiera”, una dinámica que toma fuerza entre la cúpula empresaria durante la dictadura y que tiene al endeudamiento externo como una de sus patas, en un flujo que continúa con la valorización interna de esos fondos mediante mecanismos financieros en los que una tasa de interés real positiva es otro elemento esencial y que se completa con la fuga de esas (valorizadas) divisas al exterior. La descripción que hace el autor de esa dinámica junto con la identificación y análisis del comportamiento de los Grupos Económicos Locales (GEL) y Empresas Transnacionales (ET), como dos actores centrales a analizar, recorren esta última obra y algunas de las anteriores.

Basualdo retoma la noción de “transformismo argentino” (que adopta de Gramsci) para describir la dinámica política que va de 1983 hasta 2001 y ofrece algunas claves del gobierno que evalúa con objetivos “nacionales” de Néstor Kirchner y de la transformación que a su entender convierten de los gobiernos de Cristina Kirchner en un tipo de gobierno específico al que llama “nacional y popular”. A esto suma una mirada sobre la gestión del presidente Mauricio Macri, sobre la que explica por qué no es “una repetición de los 90” y en la que identifica un fuerte componente “clasista”, esta vez en un contexto novedoso de primacía de los intereses del capital financiero internacional al interior de un Gobierno. Para Basualdo, el Gobierno plantea un esquema en el que se borran las “mediaciones” propias de todo Estado capitalista, es decir, aquellas que hacen ver al Estado separado de los intereses y del manejo de los propios capitalistas. “Cuando esto se debilita los proceso se vuelven fuertemente clasistas y los enfrentamientos, profundos. Yo creo que estamos viviendo una etapa de esas características en la Argentina”.

“En el capitalismo las deudas se pagan. Más tarde o más temprano se pagan”, es una frase que resuena también de su explicación.

 

Compartimos a continuación algunos de los tramos de una charla que mantuvimos con Basualdo, Leandro Bona y Andrés Wainer sobre distintos aspectos abordados en el libro publicado por Siglo XXI Editores.  Una versión más resumida de la conversación puede leerse aquí.

 

Las marcas que dejó el período 76-01

(Basualdo)

“Hay varias lecciones. Ha sido un cambio de una profundidad inédita en términos de un tránsito de patrón de acumulación industrial a uno centrado en la valorización financiera. La valorización financiera trae desindustrialización y una distribución regresiva del ingreso, una caída en la participación de los asalariados en el ingreso (…)

Esta complementación entre la fuga y la deuda esconde dos lógicas, dos comportamientos. el primero es uno que es el que determina el nivel de fuga y su relación con la deuda externa porque alude al comportamiento de las dos fracciones principales del capital que actúan en la Argentina que es el capital extranjero y los Grupos Económicos Locales. Es una forma de acumulación de capital que implica el endeudamiento por un lado pero también la fuga de capitales al exterior por otro.

(…)

Alrededor de este patrón de acumulación de las fracciones oligopólicas que conducen la economía argentina está el comportamiento que adoptan distintos integrantes de la alta burguesía argentina, que fugan porque efectivamente son períodos en los que hay altas inflaciones y quieren resguardar su excedente apropiado en el proceso económico. Se trata de pequeños y medianos empresarios y profesionales también que han fugado. Esto forma parte de la estrategia del capital financiero: que participe el conjunto de la gran burguesía porque si (el proceso) no se vuelve intolerable en términos sociales.

(…)

El tercer punto, puede verse a partir de la privatización periférica que se perfeccionó en los 90 con Menem. Esta es una consideración que creo que es importante para los sectores populares: en el capitalismo las deudas se pagan. Se paga el capital y los intereses. Más tarde o más temprano. Pero se pagan. Esto es lo que significó ya a mediados de los 80 los programas de capitalización de deuda en América Latina y en la Argentina y a fines de los 80 y principios de los 90 la gran privatización de las empresas estatales. Esto tiene que ver con el pago de la deuda externa. Cuando en una economía, en una sociedad determinada, las divisas no alcanzan para pagar amortizaciones e intereses se paga con capital y el principal capital del Estado eran sus empresas públicas”.

(…)

Lo que sí queda claro es que las deudas se pagan. Esto es importante tenerlo en cuenta porque estamos en una etapa de un endeudamiento inédito en nuestro país, aún comparándolo con la dictadura”.

 

El 2001

(Andrés Wainer)

“(El 2001) básicamente es la demostración de la insustentabilidad de este tipo de esquemas en el largo plazo, cuando no hay una creación de riqueza en la economía real en esta lógica de valorización financiera. El 2001 es la consecuencia de esta lógica de endeudar y fugar, de sustentar en cierta medida la valorización del capital, obtener divisas, los dólares que es un recurso fundamental para la economía argentina a través del endeudamiento en un esquema muy rígido que era la convertibilildad”.

 

(Basualdo)

“Una de las cuestiones importantes del 2001 es la ruptura del bloque de poder. El enfrentamiento a partir de la crisis que comenzó en el 98 a partir de este efecto contagio en el que estaba (la crisis de) el Sudeste asiático, Brasil, etc, que se va a prolongar hasta el 2002. ¿Qué ocurre ahí? Que dadas las limitaciones objetivas de un patrón de acumulación que estaba llegando a su agotamiento se rompe el bloque de poder, este acuerdo entre el capital extranjero financiero y no financiero y los Grupos Económicos. Y se abren dos proyectos alternativos para la salida de la convertibilidad.que eran las políticas devaluacionistas por un lado y la dolarización por el otro. Menciono esto por lo siguiente: esa ruptura no se suturó y esto es muy importante. Hoy tenemos una situación donde los Grupos y el capital financiero internacional invierten su situación. Antes eran los Grupos los que tenían capacidad de definir la acción del Gobierno (de 1976) hasta antes del 2001, durante la valorización financiera. Hoy es el capital financiero internacional el que lo hace. Y no incluyen a los Grupos en su gestión. Creo que es una discusión muy intersante.

 

“El transformismo argentino”

(Basualdo)

“Es una categoría analítica muy importante, no sólo para Italia, que estaba pensando Gramsci, sino también para el caso argentino. Como toda categoría tiene variantes y el caso italiano analizado por Gramsci tiene sus características específicas y el caso argentino también. El concepto es muy importante para mí en términos de la teoría política. En resumidas cuentas Gramsci dice que entre la situación de gobiernos de fuerza (dictaduras) y la gobernabilidad, como se diría hoy, tradicional donde los sectores dominantes hacen concesiones a los sectores subalternos de distinto carácter hay otra situación que es cuando los sectores dominantes aseguran esa gobernabilidad otorgando e integrando dentro de la esfera de poder a los representantes de los sectores populares pero no hacen concesiones a los sectores populares. Y esto es bien distinto. Quiere decir, como diría Gramsci: decapitan a los sectores populares y por lo tanto inhiben su organización, movilización y lucha. En la Argentina desde mi punto de vista, terminada la dictadura hay una profunda transformación en el sistema político y de representaciones en la Argentina en este sentido. Los sectores dominantes se dan la tarea de incorporar a las conducciones de los sectores populares y no darles reivindicaciones a sus bases. Este es uno de los orígenes de la crisis de representación en la Argentina. Que se oscureció durante el kirchnerismo por el fuerte liderazgo de ese ciclo de gobierno pero que me parece que se está expresando con mucha fuerza en la actualidad. Este es el orgien del tránsito de la bruocracia sindical al sindicalismo empresario: ‘ustedes también pueden ser empresarios, ahora tenemos que arreglar cómo garantizamos que este proceso sea posible’”.

La posconvertibilidad

(Andrés Wainer)

“Lo que sucede a partir del default es que se acaba con esta lógica de valorización financiera. Argentina estaba afuera de los mercados pero hay decisiones políticas como la cancelación de la deuda que Argentina tiene con el FMI. Hay un cambio muy fuerte de lógica donde los sectores que más van a crecer son los sectores productivos a partir de la devaluación y algunas otras medidas.

(…)

Es un tipo de crecimiento que empieza a mostrar sus límites más o menos a partir de la crisis internacional (2008). Este es un cambio significativo.(…)

Uno puede hablar de ciertas continuidades, por ejemplo a partir de 2007-2008 empieza a haber de vuelta una importante fuga de capitales. Y acá parece haber una línea de continuidad, sin embargo es una fuga de capitales que tiene una característica distinta a la del período previo. Básicamente porque si bien el objetivo sigue siendo conservar el valor de esos capitales, el origen no es ya a partir del endeudamiento externo, haciendo la valorización financiera interna, es decir, endeudarse para valorizar internamente y volver a fugar, sino a partir de las abultadas ganancias corrientes que obtuvieron sobre todo las grandes empresas en ese período. Esto de que había altas tasas de ganancia y que Cristina dijo alguna vez ‘la juntaron con pala’.

Sigue habiendo fuga que va a condicionar la emergencia de dificultades en el sector externo, la restricción externa pero con otro origen. Una de las diferencia más marcadas es que tenemos un crecimiento de la industria muy fuerte, un proceso de reversión de la desindustrialización previa pero esa estructura no tiene grandes cambios de la heredada. Una estructura industrial más o menos similar con las deficiencias que podía tener antes”.

 

Los gobiernos kirchneristas

(Basualdo)

“Para mí tiene el kirchnerismo un rasgo sorprendente. Sienta un precedente internacional, que es la renegociación con quita de la deuda. Que da lugar a la posibilidad de reindustrialización más allá de las deficiencias que plantea Andrés (Wainer) y que yo coincido. La deuda se paga en el capitalismo. Se pagan intereses y se paga capital. No es que el kirchnerismo no pagó pero introdujo una quita muy significativa en términos nominales y reales, que permitieron este proceso de expansión de la economía, del consumo popular y yo diría de la inversión. No es cierto que el kirchnerismo avanzó hasta el 2008, hasta el momento de la crisis mundial, sobre la base de la capacidad ociosa instalada -que por supuesto existía a partir de la crisis del 98-02- ni del denominado ‘viento de cola’ que es la reversión de los términos de intercambio en favor por primera vez en muchas décadas de los países latinoamericanos, entre ellos la Argentina. Hubo política económica. Hubo inversión significativa.

(…)

Y por otro lado, en el marco de la crisis mundial que se abre en el 98 y que perdura en la actualidad, y quiero poner énfasis en esa crisis porque es la primera desde los años 30 que tiene como epicentro al imperio, a Estados Unidos, lo cual no es poca cosa y estamos en todo un proceso donde los países centrales están corriendo la crisis a la periferia, cuando antes la periferia era la que más había crecido. Estas dos son circunstancias que enfrenta el kirchnerismo a partir del enfrentamiento con el agro y del enfrentamiento con los grupos económicos que eran considerados hasta el momento el núcleo de la burguesía argentina por parte de estos gobiernos. De allí que uno pueda pensar que hay un salto de calidad en términos del kirchnerismo porque de una situación donde el kirchnerismo está reivindicando intereses nacionales pasa a reivindicar intereses nacionales y populares y este es el núcleo del enfrentamiento del gobierno de Cristina Kirchner.

(…)

Va a contramano (de la dinámica del transformismo). ¿Y ese salto de calidad por qué se da? Una característica, que es la centralidad primero del Estado, cosa que es indiscutible en estos gobiernos que estamos mencionando. Pero la otra característica es que los gobiernos nacionales y populares no enfrentan la dominación capitalista como tal: enfrentan cierto tipo de dominación capitalista que tiene que ver con el patrón de regulación que los antecedió, es decir en este caso con la valorización financiera. Es a partir de la crisis del campo que el kirchnerismo, en la práctica, reconstruye (frente a sí) el bloque de poder políticamente de la valorización financiera. Porque hasta ese momento, el enemigo fundamental era el capital financiero internacional que había explotado a la economía y a la sociedad argentina, pero a partir de la crisis del campo, del conflicto con Clarín, que en realidad expresa el conflicto con el resto de los grupos económicos, dice ‘no, esta fracción también forma parte de los sectores dominantes que hay que disciplinar en la Argentina’. Ese me parece que es un rasgo muy importante a tener en cuenta para entender la lógica de lo que viene después porque efectivamente recrudece un tema de fuga (de capitales) que cambia su sentido. Hasta ese momento, la fuga desde mi punto de vista tiene que ver con esta lógica que mencionaba antes con fracciones del capital que en el marco del neoliberalismo a nivel mundial redefinen su carácter: lo financiero es el núcleo de sus respectivos procesos de acumulación. A partir del 2008 lo que se agrega es la disputa de poder por parte de estos sectores ¿Por qué? Porque hay un fuerte proceso de redistribución del ingreso -en términos relativos, estamos hablando una participación de los asalariados en el ingreso que de acuerdo a los cálculos que hemos podido hacer ronda el 40 % , no es lo de la sustitución de importaciones o de mediados de los años 70-, pero está en el marco de una crisis mundial. Y de hecho ese proceso de fuga muy acentuado y con mucho impacto en la situación del sector externo es acompañado de retención de la liquidación de cosechas, de todo lo que conocemos de ataque a la regulación en el mercado cambiario”.

 

Sobre la fuga de divisas

(Basualdo)

 

“La fuga efectivamente está vinculada a la alta burguesía argentina y extranjera. Ahora, lo que se fuga es la inversión. No es el consumo. No es que los sectores de altos ingresos restringen su nivel de consumo para fugar en aras del proceso de acumulación del grupo en su conjunto o de los sectores medios y altos para asegurar sus ahorros. Es inversión. Por eso es sistemático que en los momentos en que predomina la valorización financiera, en la economía real haya desindustrialización y crisis porque falta un ingrediente fundamental que es la inversión. Esto es lo que logró romper el kirchnerismo a partir de interrumpir el ciclo de valorización financiera.

(…)

Fue muy importante la renegociación con quita, muy importante. Fue criticada por muchos sectores de izquierda pero fue muy importante porque violenta una ley no escrita y rigurosamente seguida por el capitalismo a nivel internacional, sobre todo el capitalismo financiero. Uno mirando el proceso en su conjunto podría ver cómo la contraofensiva a esa quita y proceso de expansión y jerarquización de la economía real fue el conflicto de los fondos buitres. No es un conflicto en el que se ve solamente al fondo buitre accionando sino que es la Justicia norteamericana avalando una estafa sin igual, cuando en términos internacionales y nacionales era una política que tenía una apoyo muy significativo. Había que acabar con esa posibilidad de violentar por los laterales y en circunstancias críticas esta ley de que la deuda se paga con capitales o activos”.

 

¿Qué estaba en discusión en la campaña de 2015?

(Andrés Wainer)

 

“Lo que me parece que estaba en discusión era si esto (desequilibrios macroeconómicos) implica de alguna manera cambiar por completo todo el modelo o hacer ajustes sobre el mismo esquema. La opción de Cambiemos era un cambio bastante radical en esta concepción del manejo económico. a partir de un determinado diagnóstico de esto que decía (Javier) González Fraga, que ‘se fomentó demasiado el consumo, nos estamos comiendo lo que tenemos, la energía y no se fomentó la inversión’, que no es así. Esta idaea de sincerar la economía, de dar señales al mercado para que se acomoden las variables, se vuelva al equilibrio y vuelvan las famosas inversiones extranjeras que hasta el momento no han llegado para generar un crecimiento supuestamente sustentable sobre otras bases. Esto generó cambios importantes en términos de apertura comercial, mayor liberalización del sector financiero.

(…)

Uno puede ver que hasta el momento no se han resuelto las cuestiones estructurales, de fondo, que se criticaban. No hay una solución de la situación externa del país a partir de generar nuevos sectores exportadores sustentables. Básicamente se cerró el capítulo con los buitres pagándole y se volvió a los mercados financieros internacionales y a un nuevo ciclo de endeudamiento, el más fuerte desde la dictadura para acá. Esto permite traer esos dólares para permitir desarmar estos controles, liberalizar la economía.

Estos ciclos de endeudamiento y en tanto ese endeudamiento no esté orientado a producir una modificación sustantiva de la estructura productiva terminan en grandes crisis, que ya lo hemos vivido”.

 

(Basualdo)

“Los gobiernos nacionales y populares son, como dije antes, los más urticantes para el poder establecido en la Argentina, en distintas sociedades. Esto es una forma de gobierno. ¿Qué ocurre? ¿Qué era lo que se discutía volviendo a tu pregunta original? Bueno, cómo solucionar la viabilidad y garantizar el avance en términos de esta disputa por el ingreso en la Argentina y garantizar la sustentabilidad en términos del sector externo. En ese sentido hubo políticas bien interesantes (del gobierno de Cristina Kirchner) de la negociación con China, de romper esquemas establecidos de financiamiento que por otro lado se le negaban a partir del conflicto con los fondos buitre, que era el tapón que impedía tomar en todo caso financiamiento externo en los mercados de capitales institucionalizados. Eso, las negociaciones con Brasil, lo de la Corporación Andina de Fomento que dio mucho financiamiento a la Argentina en esa época. En fin, diversificar su fuente de financiamiento pero para garantizar ese proceso y la profundización o por lo menos mantenimiento durante la crisis mundial de la situación en la Argentina.

Cambiemos es una propuesta tremendamente clasista ¿en qué sentido? Es la restauración del poder dominante en la Argentina, la ruptura de ese proceso y replantear no sólo la distribución del ingreso, sino la dinámica social en la Argentina. Yo creo que en ese sentido son propuestas antagónicas que cada vez más expresan un fenómeno muy complicado en términos políticos, que es una expresión que el conflicto de clase que está en la base del funcionamiento del capitalismo, entre el capitalista y el trabajador se empieza a trasladar directamente a la política, no hay mediaciones. Una de las funciones del Estado en el capitalismo es plantear que la igualdad ante la ley expresa la igualdad en el proceso productivo. Esta es la tergiversación: poder instaurar una mirada que unifica ambos espacios, uno de las estructura y otro de las representaciones pero bajo la mirada de las representaciones donde efectivamente todos somos iguales porque efectivamente podemos votar, etcétera. Cuando esto se debilita los proceso se vuelven fuertemente clasistas y los enfrentamientos, profundos. Yo creo que estamos viviendo una etapa de esas características en la Argentina.

Esto no es una repetición de los 90. Es otra variante de la valorización financiera. Hay varias características (diferentes) que uno podría citar. Una de ellas es, efectivamente, que no hay mediación política. Los partidos políticos que fueron aliados al PRO en realidad fueron subordinados al PRO: este es el papel del radicalismo. Entonces, efectivamente, este es un gobierno de los ricos. Gobernado por los ricos. ¿Pero de qué ricos? Capital financiero. ¿Y qué capital financiero? Sobre todo, internacional. Entonces se vuelven muy densas las contradicciones sociales en procesos de estas características.

 

¿Gradualismo?

(Basualdo)

 

“Lo del ‘gradualismo’ es una paradoja. En realidad Cambiemos no es gradualista, no tiene más remedio que ser gradualista porque hay un grado de movilización social en la Argentina que es inédito en las últimas décadas. Uno dice en el kirchnerismo hay mucha adhesión sobre todo de sectores populares. Acá hay una movilización de resistencia social muy notable. Cada patrón de acumulación tiene sus expresiones, sus luchas sociales particulares. Si uno mira la segunda etapa de sustitución fueron unas: resistencia peronista, lucha armada. Si uno mira la valorización financiera, bueno, ahí se rompe el sindicalismo, nace la CTA en los 90, los piquetes y la resistencia las privatizaciones, a la exclusión de mano de obra. Hoy estamos en la etapa de las grandes movilizaciones populares. Es una de las cuestiones que quieren empezar a limitar porque esto se les está yendo de mambo, mediante represiones como las de la movilización popular por Santiago Maldonado. En realidad (el Gobierno) no es gradualista. Es una paradoja. Porque esto es lo que le permite decir ‘somos gradualistas’, en contra de los halcones y aparecen de vez en cuando las propuestas de máxima. Y esta es la importancia que tienen estase elecciones. Porque el actual gobierno lo que busca desde mi punto de vista con estas elecciones es yo no diría lograr sino hacer creer que es una victoria rotunda y que eso habilita todas las políticas que no ha podido aplicar en estos dos primeros años. Están en la agenda la reforma impositiva, jubilatoria y las reformas provinciales. Yo quisiera recordarle a los compañeros de las provincias que el proyecto del capital financiero en el 2001 era entre otras cuestiones acompañar la dolarización por una reforma en el sistema político, en el sistema de representaciones. Esto era la regionalización de la Argentina que empezó a hacerse. La Pampa era la capital de la Patagonia. Esto es unificar las distintas provincias en regiones, lo cual implica cambiar el mapa político de la Argentina. Cuestiones como estas se están barajando.

Y estas selecciones desde mi punto de vista tienen un contenido principal que es una pugna de proyectos nacionales en provincia de Buenos Aires. Y hay efectivamente expresiones de conflictos y dinámicas regionales y provinciales.

Efectivamente hay una disputa de proyectos en estas elecciones. No es que finalmente sea una puesta en escena para el 19. No es así. Es la habilitación de qué tipos de políticas hay a partir de octubre del 17, que no es lo mismo”.

 

 

Deuda

(Leandro Bona)

 

“Por la velocidad y volumen inédito de endeudamiento externo, difícilmente haya casos con parangón en el resto del mundo

El año donde más endeudamiento hubo en todo el período 76-01 fue el año 82, precisamente el de la guerra de Malvinas. a valores de hoy, ese año el gobierno nacional se endeudó en un poco más de 18 mil millones de dólares, que es mucha plata.

Ahora, el año pasado, el endeudamiento del gobierno nacional y el banco central superó los 40 mil millones de dólares, es decir más del doble de esa cifra.

En los primeros siete meses de este año llevamos más de 26 mil millones, con lo cual probablemente estemos empatando en 2017 los 40 del año pasado.

En tan solo una año y medio ya aumentamos 50 por ciento el total del endeudamiento externo del sector público nacional sin contar las provincias, que ya se endeudaron en más de 10 mil millones de dólares en este período lideradas por la pba, con más de 4.500 millones de dólares.

ESto dicho así en números tal vez no alcance a dar cuenta de la dimensión que asumen.

En realidad el endeudamiento que hay con esta dinámica en este momento es que:

 

 

Ahora, por ejemplo:

Todo esto no lo vemos, no está, pero lo vamos a tener que pagar a todo, lo equivalente a eso en el largo plazo, en algunos casos hasta dentro de 100 años. Es muy importante dar cuenta de la dimensión que está tomando esto porque se habla de los aumentos en las tarifas, de la caída del salario y la deuda está teniendo en este momento un protagonismo que es central y lo vamos a empezar a padecer entre todos en muy breve plazo.

La fuga de capitales, que una de las promesas de la actual gestión era generar confianza para atraer inversiones, prácticamente se revirtió. Hay un ritmo de fuga de más o menos mil millones de dólares por mes acelerándose en este año. La lógica de este par, inversión versus fuga, por ahora va ganando por goleada la fuga de capitales”.

 

(Basualdo)

 

“Se habló de la pesada herencia, uno puede pensar que en realidad este endeudamiento viene a cubrir obligaciones contraídas con el exterior durante los gobiernos anteriores, hasta el 2015. El 2017 es un años de vencimientos extraordinarios. Vencen entre deuda nueva y deuda vieja 68 mil millones de dólares y uno dice “bueno, es una cifra realmente espectacular”. La mayor entre 2015 y 2023. Pero de esos 68 mil millones, 23 mil son de obligaciones contraídas con anterioridad a diciembre de 2015, 44 mil, el 64 por ciento son deudas del actual gobierno. Lo cual me parece importante para complementar la visión que daba Leandro. Efectivamente no es que esto lo vamos a seguir viendo dentro de cien años. Lo estamos viendo ahora y lo vamos a ver en los próximos años, es decir en el corto plazo. El pago de las obligaciones con el exterior ya significa aproximadamente 9 por ciento del gasto público, lo que implica superar el gasto en educación. Es realmente una cifra significativa en términos de intereses y por supuesto va a haber que pagar los intereses y el capital”.

 

“Brotes verdes”

(Andrés Wainer)

 

“Hoy no se puede hablar de una nueva dinámica virtuosa. Por ahora se viene comparando con un año muy malo, que fue el año pasado.

El consumo popular no repunta cuando se ven las cantidades físicas que se venden. Sí repuntan algunos sectores vinculados a algunos mercados externos.

Cuando uno analiza qué pasó con la inversión extranjera en este tiempo lo que se ve es que son menores los niveles con respecto a los gobiernos previos sino que no logran compensar la remisión de utilidades de las empresas extranjeras. Hasta ahora sacan más dólares que los que ingresan por inversiones

Buen aparte de esto se sostiene gracias a este fenomenal endeudamiento. La construcción en obra pública se financia a través del endeudamiento. Ahora: como dice Eduardo, más en el corto que en el mediano plazo esto va a haber que pagarlo, se podrá refinanciar una parte pero esto también depende de las condiciones internacionales, de qué pasa con la tasa de interés.

Esa recuperación se está basando en endeudamiento y en algunos sectores particulares que no traccionan al conjunto de la economía

Tampoco está pasando esto de transformarse en supermercado del mundo, más bien todos los supermercados del mundo están llenando los supermaercados argentinos. No se ve que sea sustentable.

Esto no quiere decir que el año que viene la economía caiga un 10% pero no se ve que haya un sendero sustentable”.

 

(Basualdo)

“Estamos en un año electoral sumamente importante.

Qué cuestiones convergen para estabilizar la depresión económica. Todavía estamos por debajo del 2015 en muchos indicadores. Por un lado las paritarias que terminaron y están en pleno funcionamiento. Por otro lado el blanqueo, Esta reivindicación clasista que puso en marcha cambiemos, que es increíble en términos de sus costos, donde se les cobra como máximo un 10% cuando la mayor alícuota de Ganancias de un año es 35%, cuando acá hay fugas de décadas en el exterior y por el otro lado no se les exige que queden en el país esos fondos y además ya está establecido que se anula el impuesto a los bienes personales. (…) Por otro lado los créditos hipotecarios que están lanzando, promoviendo y otorgando el gobierno y efectivamente el núcleo central de esta estabilización de la situación económica en el nivel de 2016, sin llegar a 2015 tiene como columna central la construcción, impulsando la construcción privada y la obra pública, han puesto recursos significativos en la obra pública. Esto tiene una vida efímera, como los alguaciles antes de la tormenta.  Y tiene que ver con esta disputa política y social en la Argentina. En el horizonte están las reformas que quieren habilitar a partir de las elecciones”.

 

Capital financiero y Grupos Económicos en el Gobierno de Macri

(Basualdo)

 

“Me parece importante comentar que desde nuestro punto de vista esa ruptura en el bloque dominante que se produjo entre 98 y 01 y que dio lugar a lo que conversamos no se suturó. Esto es importante para los trabajadores y los sectores populares porque implica que (en la actualidad) no hubo una reconstrucción del bloque dominante de la valorización financiera. Hay una variante de la valorización financiera que reconoce al capital financiero internacional como su columna vertebral, quien maneja y despliega la política y la otra fracción del capital, los Grupos Económicos, a partir de lo que analizamos sobre el gabinete tienen una escasísima presencia. Y en realidad los Grupos Económicos tienen otra expresión política distinta a Cambiemos, que es el Frente Renovador. Ambas fracciones del capital, Capital Financiero y Grupos Económicos Locales están de acuerdo en que hay que disciplinar severamente a la clase trabajadora argentina porque ellos quieren aumentar su tasa de ganancia y competencia en el mercado internacional. Ahí no hay desacuerdo alguno. Ahora, sí hay desacuerdo en los negocios y en el tipo de ajuste y de política que hay que desplegar para reconstituir la dominación. No es que va a tener expresiones inmediatas graves pero hay conflictos. Por ejemplo, el conflicto de Techint en Córdoba y la importación de tubos sin costura de China. Para Techint es un conflicto muy importante porque China es el principal competidor a nivel internacional.

Está el tema de los laboratorios y la importación de medicamentos y el conflicto con los grupos económicos centrados en la producción de medicamentos, los líderes son Bagó y Roemmers. Está el tema de los aeropuertos, toda la definición del sistema aeroportuario en Argentina, el Grupo Eurenkian. Los conflictos con el Grupo Clarín parece que se van encauzando, el fútbol lo puede todo.

 

(…) Cambiemos le está disputando a los Grupos Económicos el liderazgo de la propiedad de la Pampa Húmeda, de esa fracción, de ese capital agrario. Estas son disputas muy relevantes. Si puede arrebatarle la conducción de ese sector, los dejó aislados (a los Grupos Económicos Locales).

 

¿Por qué ahora?

(Basualdo)

 

“El capital financiero internacional por primera vez puede tener un gobierno en Argentina porque ha transcurrido el suficiente tiempo para que un sector de la alta burguesía tenga esa representación. El gran problema de los organismos internacionales, del capital extranjero, era que el control del Estado no lo podían tener sino indirectamente. Bueno, ahora el capital financiero lo tiene directamente. Esto lo expuse en el Congreso con lo de los fondos buitre. La agencia bloomberg cuando gana Cambiemos saca como gran título ‘Wall Street de nuevo controla la Argentina’. Bueno, es esto. Y esto no es ninguna novedad lo que estoy diciendo, ha sido percibido por los sectores populares claramente, por esta cuestión: por la falta de mediaciones políticas que oscurezcan el contenido clasista de un gobierno”.

 

¿Quién es el presidente Mauricio Macri?

(Basualdo)

“El presidente Macri tiene una representación que es la del capital financiero.

(…)

Se ha exacerbado la centralización del capital también en la Argentina. Acá hay sectores donde su unidad económica es una empresa y puede ser grande, independiente, que no esté integrada a un grupo. Pero la unidad dominante del capital en la Argentina cambió. Es el grupo local o transnacional. Y eso implica dinámicas muy diferentes a una empresa, en sus horizontes, en sus procesos de acumulación. Y además en una fase del capitalismo donde predomina la valorización financiera. Los Grupos tienden a participar fuertemente de esa valorización financiera y de allí la escasa inversión a nivel internacional. O son grupos que están controlados por capitales financieros, como pueden ser fondos de jubilaciones y pensiones que le exigen una rentabilidad acorde a la ganancia financiera.

Este grupo Macri que en sus orígenes y desarrollo está fuertemente vinculado al grupo Fiat, esa es la matriz donde se monta el grupo Macri, actúa como capital financiero. Está enfrentando lo que era sus correligionarios en términos de Grupos Económicos en la argentina y que él denomina el ‘círculo rojo’. Eso es el ‘círculo rojo’: los otros Grupos Económicos. Y acá hay un proyecto distinto no porque tengan contradicciones insalvables. Tienen intereses distintos”.

 

“Starker, esto es Kaos”

 

Desde diciembre de 2015 hemos planteado algunas premisas en este blog para describir cómo se mueve, a nuestro entender, el gobierno de Mauricio Macri.

 

 

Creemos que esta serie de conceptos son muy relevantes para entender que donde, desde 1983 para aquí la política -con muy distintos estilos- ha jugado “al fútbol”, el gobierno de Mauricio Macri intenta jugar “al rugby”. Es por eso que muchas veces hasta los dirigentes políticos más conocedores de “cómo se juega el juego” se ven desorientados e incluso -intuimos- creen, de manera equivocada, que su estilo de jugar al fútbol podrá continuar en el tiempo si la alianza Cambiemos logra establecerse en el poder durante un período “largo”.

El objetivo político de largo aliento del Gobierno –se ha escrito– es restaurar una serie de jerarquías que amplíen la distancia (social) entre gobernantes y gobernados en la Argentina. La apuesta -perfectamente factible- es lograr esto desde el lugar, que había quedado vacante en la Argentina, de un partido nacional de los sectores medios, no ya está vez con una integración y objetivos policlasistas, como fue en otros tiempos, sino conformando un claro “polo de centroderecha” liderado pro sectores muy específicos. Todo esto, como ocurre con una apuesta “original”, “novedosa” o “actual” puede encontrar obstáculos pero bien puede funcionar en este contexto democrático.

Es a partir de este marco que creemos se puede comprender mejor la crisis política que se registra por la desaparición de Santiago Maldonado.

Así, este es un gobierno que “jode” con cosas con las que creíamos que “no se jode”. Un ejemplo de esto ha sido la obsesión de la gestión de Cambiemos con la posibilidad de modificar de manera radical el sistema de votación. En consonancia con esto, la forma de desarrollar el escrutinio provisorio y de comunicarse con la sociedad la noche de las elecciones primarias, haciendo gestos de triunfo cuando -seguramente- contaba con la información de que no se había impuesto en la estratégica provincia de Buenos Aires, son situaciones que hasta ahora no habíamos visto.

La forma de encarar políticamente la desaparición de Santiago Maldonado, con el apoyo de un aparato y un montaje comunicacional probablemente sin precedentes en la historia reciente es otro tipo de situaciones con las que la política como la conocíamos hasta aquí no “jodía”. Las operaciones desde la prensa y las redes sociales en el marco de una verdadera “guerra sicológica” contra la sociedad civil no tiene precedentes en la historia democrática reciente.

Alguien debería hacerle notar al Presidente y su entorno que hay cosas que aquí no hacemos, tengamos la orientación ideológica o el proyecto político que queramos. Que aquí, dicho en términos de anécdotas, no hacemos tener un ataque de nervios a Nancy Pazos ni convertimos a Antonella Roccuzzo, la primera dama del fútbol mundial, en una activista por los derechos civiles más elementales.

Hablando un poco más en serio, no tomamos de cualquier manera una investigación judicial por desaparición forzada de persona, no infiltramos una protesta con servicios de inteligencia, no hacemos actuar a la Policía de civil para reprimir ciudadanos, no organizamos cacerías de transeúntes por el centro porteño. No metemos preso a un pibe que sale del trabajo, lo mantenemos incomunicado por 48 horas y lo torturamos sicológicamente, todo esto en función de un montaje político-comunicacional. Simplemente no lo hacemos.

De igual modo, no rompemos con el lugar que la sociedad le ha dado a víctimas de desaparición forzada o aún si no estamos seguros de que se haya probado ese delito, a familiares de la víctima que lo denuncian.

No sabemos dónde está Santiago Maldonado y ese sólo hecho es un ataque a toda la sociedad. “Joder” con eso a través de un aparato político-comunicacional profundiza ese ataque. Son cosas que no hacemos. Y alguien debería explicarle esto al Presidente, por más que considere que se trata de un “ruido” que no entra en su marco conceptual.

Como decía el maravilloso villano Siegfried, de la tele comedia “El Súper Agente 86” (Get Smart), cada vez que su torpe ayudante tenía una actitud ridícula o impropia: “Starker, esto es Kaos y aquí no hacemos ‘ñiki-ñiki’”.

Imagen.

¿War is over?

 

El editor jefe del diario Clarín Julio Blanck explicó el año pasado que el matutino había hecho “periodismo de guerra” durante buena parte de los años kirchneristas. La continuidad de esas prácticas bélicas desde la asunción de Mauricio Macri, a lo que se ha sumado en ese y otros medios una prensa hecha a mano por servicios de inteligencia nacionales y extranjeros motiva estas líneas.

La idea surgió de manera inmediata luego de que un lector de este blog nos llamara la atención sobre un pasaje del muy conocido libro “Cartas Quillotanas. El debate entre Alberdi y Sarmiento sobre la constitución del Estado nacional” que recopila misivas entre ambos forjadores de la institucionalidad argentina. Son textos escritos después de la batalla de Caseros y antes de la aprobación de la Constitución Nacional, entre el 12 de noviembre de 1852 y el  4 de marzo de 1853.

En su primera carta, Alberdi acuña el concepto “prensa de combate” y amonesta a Sarmiento por su práctica a destiempo. La gran pregunta que parece estar presente en el texto de Alberdi es una que se repetirá en varias ocasiones más en la historia argentina. Es una que surge cuando aquellos que no están enrolados en el “campo popular” deben pasar de “combatir” a “hacer”. De destruir a construir. De hacer la guerra a “unir a los argentinos”.

Alberdi habla en ese contexto del “rol de los medios”, pero como cualquiera que piense ese tema fuera del consumo irónico y cierta superación desde la que muchos se cuidan de parecer kirchneristas paranoides en nuestra época, también lo estará haciendo de la política misma. Porque “periodismo de guerra” y “política de guerra” van de la mano ¿o no? ¿Estamos entonces -en términos metafóricos- ante un “ni vencedores ni vencidos”? ¿O estamos ante los fusilamientos de Aramburu? Alberdi habla por su tiempo pero parece ver más allá. Porque es en este tipo repetidas encrucijadas en el que quizás se juegue el destino de las siempre actuales derechas triunfantes.

Escuchemos. Me extiendo con las citas pero si tienen un poco de paciencia verán que realmente impresionan. Dice el autor de las Bases:

La prensa de combate y el silencio de guerra, son armas que el partido liberal argentino usó en 1827; y su resultado fue la elevación de Rosas y su despotismo de veinte años. Usted y sus amigos, volviendo a la exaltación bisoña de aquel tiempo, no hacen más que repetir los desaciertos del antiguo partido unitario, que usted mismo condenó en ‘Facundo’ en días más serenos, y que hoy, después de veinte años de lecciones sangrientas, pretenden repetir sin tener la excusa de sus modelos”.

Asomémonos a la crudeza con la que Alberdi trata el tema, lejos de creer que lo que se escribe y se lee tiene una importancia menor o que está desvinculada de lo que se hace:

La guerra militar de exterminio contra el modo de ser de nuestras poblaciones pastoras y sus representantes naturales, tuvo su fórmula y su código en el ‘Pampero’ y en el ‘Granizo’, imitaciones periodísticas de la prensa francesa del tiempo de Marat y Danton, inspiradas por un ardor patriótico, sincero, si se quiere, pero inexperto, ciego, pueril, impaciente, de los que pensaban que un par de escuadrones de lanceros de Lavalle bastarían para traer en las puntas de sus lanzas el desierto y el caudillaje, que es su resultado, en la desierta República Argentina”.

No estoy por el sistema de esos escritores, que nada tienen que hacer el día que no tienen qué atacar”, señala Alberdi. Y luego vuelve a la carga: “Quiero hablar de la prensa, de su nuevo rol, de los nuevos deberes que le impone la época nueva que se abre para nuestro país desde la caída de Rosas, a propósito de usted y de sus recientes escritos”.

Alberdi le recuerda a Sarmiento su trayectoria en la “prensa de Chile”, con la que combatía contra Rosas. Pero en este momento posterior a Caseros, advierte: “…tanto como era provechosa su iniciativa cuando usted combatía lo que detestaba de corazón toda la República, sería peligroso que usted atrajese a la juventud, que conoce sus antiguos servicios, en el sentido turbulento y continuamente agitador de sus publicaciones posteriores a la caída de Rosas”.

Escuchemos con atención: “Si la prensa es un poder público, la causa de la libertad se interesa en que ese poder sea contrapesado por sí mismo. Toda dictadura, todo despotismo, aunque sea el de la prensa, son aciagos a la prosperidad de la República”. Vaya. ¿Y Telecom? (Perdón).

El escritor liberal que repitiese hoy el tono, los medios, los tópicos que empleaba en tiempo de Rosas, se llevaría chasco, quedaría aislado y sólo escribiría para no ser leído. Por más de diez años la política argentina ha pedido a la prensa una sola cosa: guerra al tirano Rosas. Eso pidió al soldado, al publicista, al escritor; porque eso constituía el bien supremo de la República Argentina por entonces. Esa exigencia de guerra ha sido servida por muchos; usted es uno de ellos, no el único. Una generación entera de hombres jóvenes se ha consumido en esa lucha. Por diez años usted ha sido un soldado de la prensa; un escritor de guerra, de combate. En sus manos la pluma fue una espada, no una antorcha. La luz de su pluma era la luz del acero que brilla desnudo en la batalla. Las doctrinas eran armas, instrumentos, medios de combate, no fines”. Pavada de crítica.  

Y hay más frases que resuenan a través de las décadas, de los siglos: Los que han peleado por diez y quince años han acabado por no saber hacer otra cosa que pelear”.

Ante la exigencia de paz, ante la necesidad de orden y de organización, los veteranos de la prensa contra Rosas han hecho lo que hace el soldado que termina una larga guerra de libertad, lo que hace el barretero después de la lenta demolición de una montaña. Acostumbrados al sable y a la barreta, no sabiendo hacer otra cosa que sablear y cavar, quedan ociosos e inactivos desde luego. Ocupados largos años en destruir, es menester aprender a edificar”, añade Alberdi, antes de marcar quizás lo que sea el punto clave de la carta:Destruir es fácil, no requiere estudio; todo el mundo sabe destruir en política como en arquitectura. Edificar es obra de arte, que requiere aprendizaje”.

Y he aquí el malestar: La prensa de combate, que no ha estudiado ni necesitado estudiar estas cosas en tiempos de tiranía, se presenta enana delante de estos deberes. Sus orgullosos servidores tienen que ceder los nuestros, en que descollaban cuando se trataba de atacar y destruir, y su amor propio empieza a sentirse mal. Ya no hay ruido, gloria, ni laureles para el combatiente; empieza para él el olvido ingrato que es inherente a la república. El soldado licenciado de la vieja prensa vuelve con dolor su vista a los tiempos de la gloriosa guerra. La posibilidad de su renovación es su dorado ensueño. De buena gana repondría diez veces al enemigo caído, para tener el gusto de reportar otras diez glorias en destruirlo. Pelear, destruir, no es trabajo en él; es hábito, es placer, es gloria. Es además oficio que da de vivir como otro; es devoción fiel al antiguo oficio; es vocación invencible otras veces: es toda una educación finalmente. Al primer pretexto de lucha, ¿qué hace el soldado retirado de la antigua prensa? Grita a las armas; se pone de pie. ¿No hay un verdadero Rosas?, finge un Rosas aparente. Le da las calidades del tirano caído, establece su identidad, y así legitima el empleo íntegro de sus antiguos medios”.

El liberalismo de Alberdi se enfrenta a su reverso, a su sombra argentina, el conservadurismo sin miramientos:

El día que creáis lícito destruir, suprimir al gaucho, porque no piensa como vos, escribís vuestra propia sentencia de exterminio y renováis el sistema de Rosas. La igualdad en nosotros es más antigua que el 25 de Mayo. Si tenemos derecho para suprimir al ‘caudillo’ y sus secuaces porque no piensan como nosotros, ellos le invocarán mañana para suprimirnos a nosotros porque no pensamos como ellos”, dispara. Y continúa: “Writh decía que en el uso de los medios violentos los federales de Rosas no habían sido sino la exageración de los unitarios de Lavalle. El día que este general fusiló a Dorrego por su orden, quedó instalada la política que por veinte años ha fusilado discrecionalmente. El ‘Granizo’ y el ‘Pampero’ inauguraron la prensa bárbara que acabó con él y con los suyos”.

La supresión del otro, las balas, la prensa bárbara, el abismo que puede repetirse una y otra vez es una visión clara para un Alberdi que no sabe que quienes se digan liberales en la Argentina futura lo citarán con un parche en el ojo.

Cuando la iniquidad quiere eludir el principio, crea distinciones y divisiones; divide a los hombres en buenos y malos; da derechos a los primeros y pone fuera de la ley a los segundos, y por medio de ese fraude funda el reinado de la iniquidad, que mañana concluye con sus autores mismos. Dad garantías al caudillo, respetad el gaucho, si queréis garantías para todos”, desafía el polemista de Sarmiento.

Y ya sobre el final embiste: “Es la mala prensa, la venenosa prensa de guerra civil, que tiene la pretensión necia de ser la prensa grande y gloriosa, que en otro tiempo luchaba contra el tirano, objeto de escándalo de un siglo y de dos mundos. He ahí la prensa degenerada y bastarda que hemos visto anhelosa de reaparecer después de la caída de Rosas”.

El pesimismo de Alberdi se deja ver: “La vida de paz pide una prensa de paz, y la prensa de paz pide escritores nuevos, inteligentes en los intereses de la paz, acostumbrados al tono de la paz, dotados de la vocación de sus conveniencias, enteramente opuestas a las de la guerra. Ese rol es imposible para los escritores de guerra. No hay ejemplo de que el soldado veterano se haga comerciante perfecto; y se necesitan fuerzas sobrehumanas para que un hombre acostumbrado a predicar la guerra por 15 años se vuelva un predicador de concordia y de sosiego de un día para otro”.

La prensa como elemento y poder político, engendra aspiraciones lo mismo que la espada; pero en nuestras poblaciones incultas, automáticas y destituidas de desarrollo intelectual, la prensa que todo lo prepara, nada realiza en provecho de sus hombres y sólo allana el triunfo de la espada; que al instante halla en su contra la ambición periodística, que antes tuvo por apoyo”, enfatiza y agrega, nada menos: “Tenemos la costumbre de mirar la prensa como terreno primitivo de la libertad y a menudo es refugio de las mayores tiranías, campo de indisciplina, de violencia y de asaltos vandálicos contra todas las leyes del deber. La prensa como espejo que refleja la sociedad de que es expresión, presenta todos los defectos políticos de sus hombres”, añade.

Finalmente, Alberdi no se priva de tratar (ay) de brutos a los periodistas con ironías de alto nivel: “De aquí es que la prensa, como el salón, como la tribuna, como las academias mismas, están llenas de ‘gauchos’ o ‘guasos’ de exterior inglés o francés. El escritor de este género, el caudillo de la prensa como el gaucho de los campos, se distingue por su amor campestre a la independencia de toda autoridad, a la indisciplina, a la vida de guerra, de contradicción y de aventuras. Detesta todo yugo, aún el de la lógica, aún el de los antecedentes. Libre como el centauro de nuestros campos, embiste a la Academia española con tanto denuedo como a las primeras autoridades de la República”.

Sombra terrible del periodismo de guerra, del periodismo de combate, de la prensa bárbara, de los exterminios, de la supresión, de la iniquidad y del destino voy a evocarte. ¿Qué será de la paz y de la administración? ¿Aún es demasiado pronto para hacerse esta pregunta?

Tiendas de campaña

 

 

Y te aplaudirán, te aplastarán

Aquí la frustración, la piel, las ganas

Aquí serás payaso y domador

Aquí serás el juez y el perdedor

Aquí se invertirán los roles

Para usted

Usted que está allí

Nosotros arriba

La calle, el escenario

“Actuar para Vivir”, Juan Carlos Baglietto

 

Termina la campaña de cara a las PASO del 13 de agosto. Algunas claves de lo que se vio:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Un grito de corazón

 

 

Terminó la disputa por las listas en el peronismo de la provincia de Buenos Aires. Cristina Kirchner encabezará la lista de candidatos a senadores de Unidad Ciudadana, Florencio Randazzo la del Frente Justicialista y Sergio Massa liderará la de 1País.

Algunas reflexiones, principalmente sobre lo que fue las discusiones entre el sector que encabeza Cristina Kirchner y el de Florencio Randazzo:

Imagen.

No se puede hacer más lento

 

 

“Este libro  se  interroga  centralmente  sobre  la lógica  de  formación  de las  identidades  colectivas”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“Hola. Muéstrenme sus banderas, a ver. A ver los de atrás también sus banderas. (La gente grita Argentina Argentina). Ese me gusta más, ese me gusta más. Argentina para todos”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“Lo primero ha sido dividir la  unidad del  grupo  en  unidades menores que hemos  denominado de mandas: la unidad en nuestra perspectiva, el resultado de una articulación de demandas”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“Sé lo que está pasando y ustedes también lo saben. No vengo a contarles nada que no sepan porque lo sufren en carne propia porque hoy no hay ningún argentino que no conozca a alguien, no tenga un amigo, un pariente, un vecino, un conocido o el mismo que no haya tenido o no tenga problemas de trabajo”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“(…) el populismo no  tiene ninguna  unidad  referencial  porque  no  está  atribuido  a  un fenómeno  delimitable, sino a  una lógica social cuyos efectos  atravie­san  una  variedad  de fenómenos.  El populismo  es,  simplemente,  un modo  de construir  lo  político”.

(…)

“…la desestimación  (del populismo) está vinculada a un prejuicio  idéntico,  es  de­cir, el repudio  del medio indiferenciado  que  constituye  ‘la multitud’ o ‘el pueblo’  en nombre de la institucionalización y  la  estructuración social”.  

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“El insulto y el agravio déjenselo a ellos, nosotros organicemos a nuestros compatriotas, a nuestras mujeres, a nuestros jóvenes, a nuestros mayores”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“La unidad más  pequeña  por  la  cual  comenzaremos  corresponde a la categorÍa de  ‘demanda social’. Si  la  demanda es satisfecha, termina  el  problema;  pero  si  no  lo  es,  la  gente  puede  comenzar percibir que los vecinos  tienen  otras  demandas  igualmente insatisfechas -problemas  de  agua,  salud, educación,  etcétera-.  Si la situación permanece igual  por un  determinado  tiempo,  habrá una de demandas insatisfechas y una creciente incapacidad del sistema institucional  para  absorberlas  de  un modo  diferencial (cada  una manera separada  de las  otras)  y  esto  establece  entre  ellas una equivalencia.  El resultado  fácilmente podría ser,  si no es interrumpido por factores externos, el surgimiento de un  abismo cada vez mayor que separe  a  sistema institucional de la  población”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“Lo veo, lo veo y lo siento porque… a ver… seguramente ustedes en su barrio, en su colegio, en su trabajo tienen hombres y mujeres que por ahí son de otra idea política pero yo me pregunto: cuando van al supermercado ¿a alguno le hacen alguna rebaja o le cobran más barato porque es de un partido o de otro? A ver… yo les pregunto: cuando les llegan esas facturas delirantes de agua, de luz, de gas ¿vienen con un escudito de la Unión Cívica Radical, del PJ o del Partido Comunista? No, vienen con un escudito de Edenor, de Edesur y de todos esos que ya sabemos quiénes son. Entonces, entonces, entonces… Los telegramas de despido o las suspensiones de los turnos de las fábricas no son: voy a suspender a los de un partido y no suspendo a los de los otros, voy a despedir a los de un partido y no despido a los otros”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“Aquí  tendríamos, por lo tanto,  la  formación  de  una frontera in­terna, de  una dicotomización del  espectro  político local a través del surgimiento de una  cadena  equivalencia! de demandas insatisfechas. Las  peticiones  se van  convirtiendo  en  reclamos. A una demanda que, satisfecha o  no, permanece  aislada,  la denominaremos  ‘demanda democrática’. A la pluralidad de demandas que  a través de la articulación equivalencial  constituyen  una subjetividad  social  más amplia, las denominaremos ‘demandas populares’ comienzan así, en un nivel muy incipiente, a  constituir  al ‘pueblo’  como  actor  histórico potencial. Aquí  tenemos,  en  estado  embrionario, una configuración populista. Y a tenemos dos claras precondiciones  del populismo:  (1 ) la  formación  de  una frontera interna  antagónica separando el ‘pueblo’ del poder ;  (2)  una  articulación  equivalencia!  de demandas que hace  posible  el  surgimiento  del  ‘pueblo’. Existe una  tercera precondición  que  no  surge realmente  hasta  que la movilización política ha alcanzado  un nivel  más  alto: la unificación de estas diversas demandas -cuya equivalencia  hasta ese punto, no había ido más allá de un vago sentimiento de solidaridad- en  un  sistema estable  de significación”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“No me parece justo que estemos sufriendo, no me parece justo que nos hayan desorganizado la vida así porque ¿saben que siento? Siento que le han desorganizado la vida a la sociedad. La gente tenía la vida organizada, la gente tenía su vida organizada podía planificar. A fin de mes tenía su sueldo, sabía lo que podía gastar, sabía lo que podía ahorrar para las vacaciones, sabía cuánto iba a separar para la cuota del auto, sabía cuánto juntaba para los ladrillos o la bolsa de cemento de la casa que se estaba haciendo. Eso es tener la vida organizada y eso es lo que han venido a romper. Nos han desorganizado la vida, la gente tenía proyectos”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“Cualquier identidad popular requiere ser condensada, como sabemos, en torno a algunos  significantes (palabras, imágenes)  que se refieren a  la  cadena equivalencial como  totalidad.  Cuanto más exten­dida es la cadena,  menos ligados  van  a estar estos  significantes  a sus demandas  particulares originales es decir,  la  función de representar “universalidad”  relativa  de  la  cadena  va  a  prevalecer  sobre  la  de expresar reclamo particular que constituye el material que sostiene esa  función. En  otras  palabras:  la identidad  popular  se  vuelve  cada vez  más plena desde  un  punto  de  vista  extensivo,  ya  que representa cadena  siempre  mayor de  demandas;  pero  se vuelve  intensiva­mente más pobre, porque debe  despojarse de contenidos particulares fin de abarcar  demandas sociales  que son totalmente heterogéneas entre sí. Esto es: una  identidad  popular funciona  como un significante ­tendencialmente vacío”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

Porque ojo que esto no les llegó únicamente a los trabajadores… ha llegado también a los científicos, a las clases medias, a los profesionales… Por eso les hablo de construir esta unidad ciudadana. Luisa, ¿dónde estás Luisa? Luisa es… bibliotecaria. No es bibliotecaria, Biblioteca Popular Islas Malvinas. Vení Luisa. Luisa trabaja hace años en la Biblioteca Popular Islas Malvinas y bueno… y la gente y las familias venían siempre a pedir libros, ahora vienen a pedir comida. Y bueno… ayudan en lo que pueden porque ellos no hacen comida pero sí reciben provisiones. Gracias, gracias Luisa por todo. María, María de un comedor, hace 20 años que trabaja al frente de un comedor. María Cañete, vení María. María, comedor, hace 20 años… se más que duplicó la cantidad de chicos pero además vienen las mamás y vienen también con un tupper, vienen con un tupper porque los hombres no van al comedor porque los  hombres tienen vergüenza de pedir comida. Van las mujeres, como las leonas ¿vieron? que son las que salen a la caza. Las mujeres siempre proveemos a la cría. Gracias, gracias”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

“… a esta altura debería  estar claro  que  por  “populismo” no  entendemos  un  tipo de  movimiento -identificable con una  base social  especial  o  con  una  determinada  orientación  ideológica-,  sino una  lógica  política.  Todos los  intentos  por encontrar lo que es especí­fico  en  el  populismo en  hechos  como  la  pertenencia al  campesinado o a los pequeños propietarios, o la  resistencia a la modernización eco­nómica,  o  la  manipulación por elites  marginadas, son,  como  hemos visto,  esencialmente erróneos:  siempre  van  a  ser  superados  por  una avalancha de excepciones.  Sin embargo,  ¿qué entendemos por “lógica política!? Corno  hemos  a  afirmado  en  otra  parte, entendernos las lógicas sociales  como  involucrando  un  sistema  enrarecido  de  enun­ciaciones, es decir,  un  sistema de reglas que trazan  un horizonte den­tro  del  cual  algunos  objetos  son  representables  mientras  que  otros están  excluidos”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

“Bárbara, vení Bárbara. Trabajadora del calzado, una Pyme de 15… Bárbara, calzado, sí mi amor… hay en todas partes. No llores, te pido por favor que no llores, lo único que te pido, yo te pido que no llores nada más. Yo no tengo que llorar hoy, no llores. Adrián, vení Adrián. Adrián, vení Adrián. ¿Otro ahí, un médico? Un médico allá por favor. Adrián de ex Raimat, una cooperativa que fue fábrica recuperada. Vení Adrián, él es Adrián, Adrián es el presidente de la cooperativa ex Raimat que fue fábrica recuperada y entregada en cooperativa. Los está matando el tarifazo, no pueden y además, como hacen tapitas y envases también les abrieron la importación pero quiero decirles algo de las facturas. Ellos pagaban entre 16.000 y 18.000 pesos de luz, ahora les viene 70.000 pesos de luz. Pagaban 12.000, 13.000 pesos de agua y ahora les viene más de 45.000 pesos de agua. Competencia desleal porque le abren la importación, falta de financiamiento y, por si todo eso fuera poco, tarifazo”.

(…)

“Quiero finalmente también porque hay otras historias que son también historias de vida. No y acá también me faltan porque me acuerdo… Mirá qué memoria que tengo, menos mal porque… en lo que me entregaron faltan productores. Falta Pablo, vení Pablo y Graciela, vení Graciela y vení Pablo. ¿Dónde estás Pablo? Uno de cada lado. Mírenlos bien. La lechuga que ustedes comen, la verdura de hoja que ustedes comen, los tomates y los morrones… él y escuchen bien los xenófobos por favor. El vino hace 10 años de Bolivia, tiene toda su familia acá, ocho hermanos madre y padre. Trabajan todos los días, toda la semana, solo los sábados a la tarde… pero además. Pero además, Pablo está en primer año de agronomía de la Universidad Nacional de La Plata. Señores, señoras, a los que fruncen la nariz con los compatriotas de la patria grande. Las frutillas del oeste también. Graciela, él de Melchor Romero… Graciela de la cooperativa “La Primavera”. Ella cultiva dos hectáreas pero hoy, con lo que está pasando, más lo que le pasó con la tormenta del 5 de febrero está subsistiendo ella y su familia con la AUH porque no puede ni trabajando toda la semana hacer frente a lo que está pasando. Pablo trabaja en medianía una hectárea con su hermano Abel y el 50% se lo lleva el dueño de la tierra y el otro 50 él pero acá lo tenemos, parado, orgulloso, estudiando él y Graciela manteniendo a sus hijos. Estos son los ciudadanos y las ciudadanas que queremos para todos”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

“…la representación constituye un proceso en dos sentidos: un movimiento desde el representado hacia el representante,  y movimiento correlativo  del representante hacia el  representado.  El presentado depende del  representante  para  la  constitución de su identidad”.

Laclau, Ernesto (2006), La razón populista, México: FCE.

 

Vengan, vengan cerca. Yo quería que ustedes entendieran qué es esto de Unidad Ciudadana. ¿Saben por qué? Les voy a explicar. Porque muchas veces cuando uno ha participado en partidos políticos… toda la vida… la propia endogamia de los partidos terminan los dirigentes creyéndose más importantes ellos que la sociedad. Y yo quiero volver, quiero volver a ser parte de un movimiento político donde lo importante es el pueblo, donde lo importante son los que sufren, los que lo necesitan, donde lo importante son los comerciantes que tienen que levantar la persiana todos los días. Los empresarios que tienen que darle trabajo a los trabajadores y poder pagar los salarios. Esta es la Argentina que queremos. Esto es Unidad Ciudadana, para que lo entiendan todos. Para que lo entiendan todos y todas. Gracias y mucha fuerza. No hay que bajar los brazos, no hay que ponerse triste, no hay que llorar. Al contrario, esto debe darnos la fuerza a todos y a todas para saber que tenemos que construir algo mejor de lo que tuvimos hasta ahora. Muchas gracias a todos y a todas. Los quiero mucho a todos y a todas. Gracias”.

Cristina Kirchner, estadio de Arsenal, 20 de Junio de 2017

 

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Sergio

 

El presidente Mauricio Macri publicó en una red social un video en el que se lo ve dialogando por teléfono con un votante suyo que se identifica como Sergio. Durante la conversación, el jefe de Estado desarrolla parte de su visión sobre la política, la sociedad y la economía, lo que fue en general reflejado por los medios de comunicación.

Me interesa destacar algo de lo que plantea Sergio. Por un lado, este ciudadano explica que sus ingresos le “rinden mucho menos”. Y que eso tiene que ver con tres cosas:

En sus palabras:

…más allá del agua, de la luz, del gas ¿qué afectó mi capacidad de consumo? Es el hecho de que yo voy al supermercado y en el supermercado de golpe me encuentro hoy con una leche que vale 26 o 27 pesos, me encuentro con que un kilo de milanesa vale 140, 150 pesos…

Y acá la parte en la que no puedo dejar de pensar desde que vi el video:

“...tuve que acomodar o modificar la forma o la manera de hacer las compras en mi casa. Yo antes salía al supermercado, me encanta ir con mi señora los sábados a la tarde ¿sí? y ahora dejamos de ir al supermercado lo sábados a la tarde, voy a un supermercado mayorista ¿para qué? para que bueno…

Surge en primer plano la imagen de Sergio, ese votante macrista que le plantea al Presidente que vayan presos los corruptos y devuelvan lo robado, feliz, con su señora, los sábados a la tarde en el supermercado. “Me encanta ir con mi señora los sábados a la tarde”. Y eso ya no está más.

Uno podría intentar hacer reflexiones como que no era esto lo que le pasaba al “votante medio” en las primeras elecciones legislativas que enfrentaron Raúl Alfonsín (1985), Carlos Menem (1991) o Néstor Kirchner (2005), esos primeros tests electorales que todos los presidentes quieren emular. Podría escribir las ideas sobre identidades, representación y márketing político más tristes esta noche. Podría elogiar la audaz comunicación gubernamental que pone de manifiesto las dudas de algunos votantes del oficialismo que al parecer empiezan a pensar si Macri es “aburrido”. “Hah, aburrido…” Pero nada de eso, nada de lo que podamos decir haciéndonos los analistas sofisticados es más fuerte que la imagen perdida de Sergio, feliz, con su señora un sábado a la tarde en el supermercado.

Sergio ahora va al mayorista. No sabemos si va a ese lugar hostil los sábados a la tarde. No sabemos si va con su señora. Creemos que no le encanta ir al mayorista, que no la pasa bien aunque allí las cosas sean algo más baratas.

Sergio no pide mucho. El pueblo no pide mucho, sabemos por siglos de pensamiento político occidental. Sergio pide volver a ir al supermercado. Por ahora, una módica utopía, un módico proyecto hecho apenas de frágil y cálido consumo que este gobierno ha hecho añicos.

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PJ Bonaerense. Unos apuntes

Unos apuntes sobre la situación del PJ bonaerense:

 

Micropolíticas y la parábola del chipacero

 

¿Y cómo está el clima?

Prever o evaluar la motivación del voto es siempre una misión imposible. Con las encuestas (que uno no hace) siempre tomadas entre pinzas, los diálogos sobre la “micropolítica” se multiplican.

Víctor Hugo Morales abrió su presentación en la Feria del Libro con esta frase: “El año pasado, en este mismo lugar conté que tres taxistas, al reconocerme, no me habían parado. Ahora, en quince días metí tres taxis que no me querían cobrar. ¡Algo está cambiando!”. ¿Será? ¿O será que no? ¿Que está todo igual como estaba?

Sabemos que el Gobierno, con los recursos de poder con los que cuenta -gobiernos nacional, provincial y porteño; amplios recursos financieros; respaldos de las grandes empresas comunicacionales; respaldo empresario; el servicio de jueces y servicios; el apoyo de los gobiernos de países desarrollados; y sumado a ello las ventajas que suele tener un gobierno en su primera etapa (oposición dividida, gremios neutralizados y un Congreso que marcha al ritmo del Ejecutivo- debería estar en condiciones de ganar las próximas elecciones legislativas. Si aún queda alguna duda con ese panorama es apenas por el mal desempeño económico-social que ha mostrado el Gobierno, errores de gestión y sobre-ideologización de sus decisiones. A esto se suma el desafío bonaerense y del Gran Buenos Aires, territorios donde Mauricio Macri nunca se ha impuesto en una elección. Intuimos desde hace tiempo -hoy es parte del sentido común mediático- que no será la economía el eje de campaña del Gobierno y que apelará a otros tópicos, sobre todo una revalidación de un “voto de confianza” ya otorgado por el 51% del electorado, aunque esta vez por menos electores.

Con ese panorama, desde hace meses todos los días cruzamos anécdotas con quienes hablamos de cómo está la cosa. “Tengo una tía, más macrista que Macri que viene y me dice…”. “El bar de la otra cuadra antes sólo ponía TN y ahora…”. “El grupo de whatsapp de los pibes del colegio secundario están meta mandarse este video contra ‘los k’ que…”. ¿Cómo saber?

Ahí es donde entra esta “parábola del chipacero”, un trabajador de un local gastronómico en las inmediaciones de una terminal tren, con el que dialogué -esporádicamente- durante los últimos 16 meses.

El primer diálogo “sobre política” se dio uno de los viernes de noviembre de 2015 de cara al balotaje en el que el número parecía puesto. Tras pedir mi habitual porción de sabroso chipá para compartir en el trabajo pregunté:

– ¿Y? ¿A quién vas a votar?

– ¿Yo…? Y… yo estoy con el cambio…

– Uh, ¿te parece? ¿A quién votaste en primera vuelta?

– A Massa. Y sí… con el cambio.

– ¿Estás seguro? Mirá que Mauricio es empresario. No sé si va a haber aumento de sueldo o si va a haber tanto laburo.

– (…)

– Quiere subir la boleta de la luz y con eso el morfi se va a ir muy caro…

– Ah, ¿y te creés que yo no entiendo nada… que soy un boludo?

Gran respuesta del compañero. La clase sobre izquierdas y derechas que le estaba propinando estaba demasiado subida arriba de la moto como para convencer a nadie. Opté por bajarme rápidamente de allí, dar la mano, respetar la diversidad y a otra cosa mariposa.

El próximo diálogo sobre “política” llegó con las primeras subas de la luz. De la nada, mi interlocutor lanzó:

– Está todo mal, eh.

– ¿Te parece?

– Me vinieron 500 mangos de luz. Vivo en un ambiente y no estoy nunca ¿están locos estos?

– Ah, ¿en qué barrio?

–  Soldati. Yo no lo voy a pagar. No lo voy a pagar.

A esa charla siguieron otros comentarios sobre el aumento de los alimentos y exiguos incrementos salariales.

A las movilizaciones varias registradas en este período siguieron algunos “cuánta gente ayer, eh”.

– Esto no va, no va. 

– ¿Qué pasó?

– ¿Vos viste lo que vale la ropa? Un jean 500 pesos. Un jean te digo…

– Y sí.

En uno de los últimos comentarios, el gastronómico me dejó un comentario que no dejaba dudas: “A este no va a haber que echarlo. Se va a ir solo”. Y siguió una expresión que no busqué, ni me esperaba. “Vos me lo dijiste. Yo me acuerdo”.

El restorán ahora cerró por reformas. Tengo entendido que este trabajador votante de Massa de la periferia porteña ahora fue reubicado en algún otro local de la misma empresa. Estará haciendo nuevos comentarios con nuevos clientes. O hablará poco de política, como casi siempre.

A diferencia de él, otros dicen que el Presidente mejora en su imagen. Que el oficialismo la tendrá fácil para octubre, como sería de esperar para un gobierno en su primer test electoral. Y que el silencio de la mayoría implica una renovación del voto de confianza al partido de gobierno. Quizás el chipacero se relaje en estos meses o se vea impactado por alguna de las imágenes emotivas (emociones que pueden seguramente ser el enojo y la indignación) que le proyecten los medios de comunicación y las redes sociales sobre las alternativas con las que se encontrarán en el cuarto oscuro. Puede ser también que caiga en el desánimo. Que ya no quiera hacer un comentario “de política” nunca más.

¿Cómo saberlo? Las charlas a ras del piso, la micropolítica tampoco dan certezas. Falta menos para las definiciones.

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Jerarquías

 

 

En este blog hemos argumentado que:

Quiero hacer más hincapié en esta oportunidad en la cuestión de cómo se piensan y se plantea una redefinición de las jerarquías sociales en el proyecto del gobierno. Creo que es ahí donde se juega la posibilidad del oficialismo de hacer más sólido, más estable y más profundo el despliegue de su agenda.

Sabemos, una vez más por palabras de Guillermo O’Donnell, que “la Argentina post-1930, con su secuela de fábricas, ricachones de extraños apellidos, sindicatos, pleno empleo, ‘demagogos’ y -condensando todo eso- el peronismo” generó una dinámica particular de las jerarquías sociales que la última dictadura militar buscó mediante el terror represivo modificar, pero que no fue del todo borrada.

En la Argentina, un país en el que los porteros y los mozos son trabajadores, no sirvientes, no siempre -o casi nunca- mandan los que deberían mandar. En este país, como dijo Alfonso Prat-Gay  “cada 10 años nos dejamos cooptar por un caudillo que viene del norte, del sur, no importa de dónde viene, pero de provincias de muy pocos habitantes, con un curriculum prácticamente desconocido”.

En otros países de América Latina esto no tiene la misma dinámica. En los países vecinos, una persona que cuenta con un título de Doctorado suele tener la vida resuelta y, quizás, hasta críe caballos para realizar hipismo los fines de semana. Recuerdo que una asesora de la Presidencia de un país sudamericano me comentaba que el ministro de Educación de aquel gobierno era un joven educado en Harvard y que no dudaba durante las reuniones de Gabinete en decirle al Presidente -que no se caracterizaba por su trayectoria académica-, levantando su dedo índice y algo la voz, qué era lo que tenía que hacer como jefe de Estado.

Cuando se repasa el elenco de gobierno de Macri se verá con rapidez que tanto el Presidente como la mayoría de los ministros tienen el acento que sólo adquieren algunos de quienes nacieron, como el autor de esta nota, en ciertos barrios del Norte de la Capital y del Gran Buenos Aires. En este Gabinete con dos ministros de apellido Bullrich, cada vez se escucha más que los funcionarios y hasta empleados públicos de rango inferior son seleccionados con ciertos criterios novedosos y restrictivos. La Universidad de Buenos Aires, las del conurbano y FLACSO comienzan a estar mal miradas en las trayectorias académicas. No pocos militantes de la coalición Cambiemos reevalúan sus pergaminos de capacitación y pasan a anotarse en algún curso de posgrado de la Universidad Torcuato Di Tella o San Andrés, para aspirar con menos sobresaltos a algún cobijo estatal.

¿Por qué remarco esto? Porque creo que es en algunas de estas escenas donde se juega la suerte política del Gobierno. Si el actual oficialismo puede convencer a una mayoría de argentinos -o apenas a un 45%- de que es necesaria y deseable una redefinición de las jerarquías sociales y políticas en la Argentina, su proyecto estará corriendo sobre bases firmes. El futuro mediato e inmediato del Gobierno estará marcado por el hecho de si puede instalar y lograr que se internalice la idea de que es “natural” que “manden los que tienen que mandar”. De algún modo, así como entre 2007 y 2015 logró vender la noción de que “Mauricio no va a robar porque ya tiene plata”. Se trata de un proyecto en el que esa mayoría considere que debe haber “más distancia” social que la que hubo hasta ahora entre gobernantes y gobernados. ¿Un abogado de Chascomús? ¿Un caudillo riojano? ¿Un abogado brillante, medalla de honor? ¿Un ambicioso abogado patagónico recibido en la Universidad de La Plata o su esposa, colega y compañera? Nada de eso. Que manden los que “saben”. Los que fueron criados para eso. Los que hablen el “mismo idioma” que sus contrapartes en el cargo correspondiente de Estados Unidos o Europa.

Que esta no es una tarea para cualquiera queda más que claro. Cuando le comentaba estas ideas hace poco a un historiador me decía: “pero eso es dar vuelta los últimos cien años en la Argentina…”. En efecto.

En ese contexto, el actual “plan B” del Gobierno de “endurecerse y golpear la mesa” -el soñador plan “A” por supuesto era estar alto en las encuestas y seguir mostrando niñitas, huertitas y perritos- puede beneficiarlo en el corto plazo. Siempre es bueno para un presidente argentino plantar una bandera en algún lado, antes de que se lo lleve el viento fuerte de la opinión pública. La duda es si un presidente que pasó de atacar a “los K” pero ahora ataca a “todos los peronistas” tiene una base lo suficientemente ancha para hacer pie.

Es en ese punto en el que ingresa nuestra hipótesis. El proyecto refundacional del Gobierno requiere solidificar esta idea de que su presencia en la Rosada no sólo es un accidente surgido de la alternancia democrática sino que es lo que debe ocurrir de aquí en más: que quienes deben mandar son los que más tienen. Que la distancia social entre gobernantes y gobernados debe ampliarse. No sólo se trata de más “orden”. Eduardo Duhalde, el bañero de Lomas, podía proveer más orden. Este es un “nuevo” orden.

La potencial ganancia para este gobierno que cuenta con todos los “fierros mediáticos” -los de la tele, los de Comodoro Py y los de las sombras de los servicios- es enorme. Los riesgos, también. ¿Para consolidar esa “nueva” mayoría, va a enemistarse un amplio sector social? ¿Esa otra “mitad”, se parece más a la idea que tenemos de “pueblo”?

El Capítulo IX de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, es de lo más claro que uno pueda leer sobre este dilema. Cito una versión que no parece la mejor pero sirve al efecto del argumento. Se sabe, llegar al frente del Principado Civil requiere o bien el favor de “los grandes” o el del “pueblo”. El terreno está marcado. “En toda ciudad existen dos inclinaciones diversas, una de las cuales proviene de que el pueblo desea no ser dominado y oprimido por los grandes, y la otra de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo”. Así, no es difícil ganarse el favor del pueblo. Es que éste no pide mucho: “los grandes quieren oprimir, el pueblo sólo quiere no ser oprimido”. El problema, y serio, surgirá si el príncipe se enemista con el pueblo. Esto es “lo peor” que puede ocurrirle.

Lo peor que el príncipe puede temer de un pueblo que no le ama, es ser abandonado por él”, nos dice Maquiavelo. Hay más en esta hoja de ruta: “Un ciudadano llegado a príncipe por el favor del pueblo ha de tender a conservar su afecto, lo cual es fácil, ya que el pueblo pide únicamente no ser oprimido. Pero el que llegó a ser príncipe con el auxilio de los grandes y contra el voto del pueblo, ha de procurar conciliárselo, tomándolo bajo su protección. Cuando los hombres reciben bien de quien no esperan más que mal, se apoyan más y más en él. Así, el pueblo  sometido por un príncipe nuevo, que se erige en bienhechor suyo, le toma más afecto que si él mismo, por benevolencia, le hubiera elevado a la soberanía”.

Maquiavelo no da una receta para ganarse el favor del pueblo -”me es imposible formular una regla fija y cierta sobre el asunto”- pero advierte: “me limito a insistir en que es necesario que el príncipe posea el afecto del pueblo, sin lo cual carecerá de apoyo en la adversidad”.

Fundar un nuevo orden puede bien ser una tarea posible para un gobernante. Meterse con el pueblo, en cambio, no es joda.

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Simplezas y complejidades

 

Vengo a proponerles un sueño.

Que podamos:

 

La reflexión en torno al macrismo tiene una historia.

Primero fue la “caprilización”. El discurso de Mauricio Macri a un mes de las primarias en el que prometía no quitarte nada de lo que tenías nos hablaba de esta estrategia ya ensayada por otras derechas regionales. Ante oficialismos con potencia electoral y luego de fracasar con estrategias desestabilizadoras o de puro “rechazo” a las políticas implementadas, se proponía ser no ya la “oposición” sino la “solución”.

Luego, ya durante la campaña fue una intuición que nos venía de antes. Una que indicaba que nadie gobierna la Argentina desde la “moderación”. Es decir, que candidatos que se mostraban “light” -en todos los partidos- si tenían voluntad de poder no iban a gobernar de una manera “descafeinada”. Básicamente porque este es un país que requiere del presidente concentrar una serie de recursos de poder, recostarse sobre algún sector “real” de la sociedad -no tan sólo la volátil “opinión pública”- y, de manera buscada o resignada, hacer que a un costado suyo esté alguna pared.

Tras la elección, y en particular con la conformación del Gabinete, comienza a delinearse la primera premisa de este breve escrito. Lo que es y hace el macrismo en el poder no parece ni tan complejo ni tan “nuevo”. A partir de estas percepciones, lo que más nos fue asombrando durante 2016 es que se fueran confirmando en toda su simplicidad.

Así llegamos a este marzo de 2017, con la CGT y las dos CTA sentadas en una misma mesa y en una misma movilización. Con con un paro docente (de maestros públicos y privados) en 22 provincias. Con una dirigencia peronista enrolada en distintos partidos que al opinar sobre las políticas del Gobierno pospone su Torre de Babel y habla el mismo idioma.

Beatriz Sarlo, de profesión sofisticada, afirmó que inicialmente caracterizó al gobierno de Macri como “aburrido”, pero que esa definición ya resultaba “superficial” y que lo que correspondía señalar es que se trata de una gestión “de derecha”, integrada por “una burguesía acostumbrada a usar todos los recursos del Estado en su beneficio”. Arrancamos haciendo elucubraciones complejas sobre el macrismo y nos sorprendemos viendo algunas escenas que recuerdan al primer momento en el que este hijo de la patria contratista se lanzó a la política. Espíritu de Gabriela Cerruti, sal del cuerpo de ese intelectual…

A uno en la facultad le enseñan a tratar de ser sofisticado. A la lectura del Manifiesto Comunista, con su definición de que el Estado no es más que el “comité que rige los intereses colectivos de la clase burguesa” le siguen otras, más sofisticadas, incluso del mismo autor. Pero aquí estamos.

Esta idea de captar al macrismo en toda su simplicidad, claro está, no conlleva un llamado a la pereza intelectual. Captar la belleza simple de una flor o de un tigre feroz no es nada fácil. Ni implica -para nada- una visión teleológica hacia un horizonte de helicóptero. Se ha dicho: un gobierno de derecha que funcione. Para ello, claro, debe “funcionar”.

Yendo a la segunda parte de la premisa, hacer esfuerzos por comprender al campo nacional y popular en toda su complejidad, no siempre es lo que le enseñan a uno o lo que primero nos sale.

Los últimos doce años de presidentes peronistas, Néstor y Cristina Kirchner, dificultan muchas veces captar la complejidad del campo nacional y popular, compuesto de muchos diferentes. También oculta el pragmatismo de esos presidentes “idealistas”. Hace más velado entender la trayectoria, incluso, de esos mismos presidentes, aliados -o conduciendo, según la época- a distintos peronismos, distintos radicalismos, distintos progresismos, distintos sindicalismos. El pendular de Perón, las formaciones especiales y la burocratización, los golpes para negociar, las bases a la cabeza o la cabeza de los dirigentes, las plazas llenas o semi-evacuadas a veces quedan en el olvido de quienes esperan trayectorias lineales y alineamientos de trayectorias.  

Dicen que Alejandro Magno, en esos doce años de reinado en que conquistó el mundo, aprendió a amar lo diferente y que cuanto más conocía a los bárbaros más virtudes les encontraba, a la hora de imponerles -¿o era convocarlos a?- su helenismo. La unidad -si es que existe- se construye entre diferentes. Entre iguales no es unidad, es otra cosa. Lo complejo es así.

Comprenderlos a ellos en su simplicidad. Entendernos a nosotros en toda nuestra complejidad. Apenas un ejercicio intelectual. O no.

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Es la realidad efectiva

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Leí tardíamente el libro “Intelectuales y peronismo, 1945-1955”, de Flavia Fiorucci. Me impactaron una serie de elementos que voy a tratar de comentar acá.

 

Primer tema:

En el libro se describen una serie de rasgos, “liberales” del enfoque cultural del peronismo, que lo alejan de la idea de puro “populismo”, del “revisionismo”, del puro “autoritarismo” y “opresión” que la propia élite intelectual de la época, refractaria a todo tipo de intervención estatal, promoción, regulación del campo intelectual y cultural tenía del gobierno de Juan Perón. Cuenta Fiorucci:

El gobierno quedó demasiado acotado en 1948 cuando los intelectuales más reconocidos del país se retiraron del Teatro Cervantes, dejando claro que cualquier iniciativa que el Estado llevara adelante en el ámbito de la cultura estaba condenada a ser leída como una injerencia interesada y política.

La autora tiene una opinión muy marcada en cuanto a que el gobierno de Perón actuaba con “una combinación de torpeza, desconocimiento y ánimos autoritarios” y no duda en amonestar al peronismo por optar por “una estrategia unilateral, la de la confrontación, alimentando aún más el desentendimiento con los intelectuales”. Sin embargo, no deja de marcar que el sentimiento de amenaza que la élite intelectual siente frente a la intervención del peronismo no captaba una serie de rasgos liberales, si se quiere, del statu quo, con los que también intervenía el peronismo.

Escuchemos qué interesante cómo lo expresa la autora, con un punto de vista con el que se puede polemizar pero que no deja de ser revelador:

Los logros del peronismo en el área cultural se vincularon, por lo tanto, a la integración simbólica de la población. El resultado sin embargo fue privilegiar el espectáculo y la fiesta -que insumieron una gran cantidad de recursos- sobre el desarrollo, la modernización y la edificación de nuevos museos, bibliotecas y centros culturales. Esta situación alimentó aún más el conflicto entre las clases cultas y el Estado, y sirvió de justificación a las lecturas más apocalípticas sobre el impacto del peronismo en la cultura. El énfasis sobre el espectáculo y sobre las prácticas vocacionales explica que el peronismo haya quedado asociado a un proyecto cultural de orientación popular, cuando en verdad sus políticas reforzaban las jerarquías propias del campo y abrevaban en el más liberal de los proyectos: educar y reformar al ciudadano.

Fiorucci admite que la mirada de los intelectuales sobre el peronismo “incluso si justificadas en el clima de época, resultan algo desmesuradas, como aquellas que equiparaban el peronismo al nazismo y también algunas de sus lecturas sobre temas más concretos”.

El énfasis de los intelectuales antiperonistas en enfrentarse al “revisionismo histórico” -como si el peronismo fuera desde el Estado el gran propulsor de esta visión de la historia- tampoco condice con un gobierno que rescataba la tradición liberal a la hora de construir la memoria histórica”. Resulta que el peronismo, nos cuenta la autora, “no innovó en materia de memoria histórica”.

Segundo elemento:

Fiorucci destaca que la llegada del peronismo al poder, por un lado, cristalizó en la élite intelectual la idea previa que tenía acerca de “qué es esto”: fascismo, nazismo, sin más. Estas ideas unificaron al campo de la élite intelectual. Por decirlo de algún modo, comunistas y liberales permanecieron unidos en el rechazo al régimen. Paralelamente, “y en un sentido inverso, la política se convirtió en un tema marginal en el discurso público de los intelectuales. Desde 1946 los intelectuales dejaron de interpelar a la sociedad y al gobierno por cuestiones referentes a la política”. Esto les permitía, por un lado, permanecer unidos, aunque también preservar sus instituciones (principalmente la Sociedad Argentina de Escritores – SADE) de la injerencia del peronismo. Se trata de una especie de “autocensura” para “sobrevivir” en un contexto de verdadero “terror” que la élite intelectual siente por el peronismo y sus brazos “represivos”. “En este sentido, la estrategia funcionó. La institución (la SADE) no fue clausurada”, señala Fiorucci. ¿Tanta era la amenaza? ¿Era de la magnitud que sentían estos intelectuales?

 

Tercer elemento

Es muy interesante el recorrido que Fiorucci hace de la revista peronista “Hechos e ideas”, que había comenzado con la UCR entre 1935 y 1941 y que luego reaparece en 1947.  Distingue allí dos períodos, el primero, desde 1945 hasta 1951, fue “el tiempo de los ideólogos, de los nacionalistas populares”. “Estos utilizaron la publicación como un espacio donde definir ideológicamente el proyecto del peronismo, lo que implicaba un proceso no exento de contradicciones porque, al mismo tiempo que se intentaba dotar de una serie de contenidos programáticos al nuevo régimen político, se procuraba leer la misma experiencia -tal como se estaba dando- bajo el marco de esos contenidos”. La segunda etapa, a partir de 1951, “se caracterizó por la proliferación de artículos de carácter más técnico, por los comentarios de la coyuntura política y por el tono propagandístico”. Puea veamos: “En ese entonces, los intelectuales perdieron visibilidad dentro de la publicación. Las notas firmadas por Raúl Scalabrini Ortiz, Ernesto Palacio o Atilio García Mellid desaparecieron de sus páginas y fueron reemplazadas por artículos elaborados por ministros, diputados, técnicos estatales y burócratas…

¿Y qué pasó con los intelectuales peronistas? “Scalabrini Ortiz afirmó que a partir de 1951 fue silenciado porque varias de las publicaciones en las que trabajaba se cerraron. El ensayista se refirió a este tema afirmando que había sido ‘excomulgado del gobierno’ y que no sabía si esto se debía a ‘chismes’ o a ‘su particular modo de enfocar los asuntos sin cortapisas’”. Jauretche apeló a “la poca disponibilidad de Perón a aceptar liderazgos alternativos a la hora de explicar su marginación”. Según él “Perón no quería que hubiera capitanes ni tenientes, ni sargentos, ni nada.Me lo dijo a mí enel 45. Yo le dije a Perón lo que nadie le decía y el hombre se había desacostumbrado a mi franqueza”. Jauretche, señala la autora, “describió al grupo que rodeaba a Perón como ‘un sistema de alcahuetes’”.

A Fiorucci, en una nota al pie le parece “llamativo que el carácter cada vez más represivo del gobierno no resultara en cismas. Estos intelectuales continuaron siendo peronistas aunque su peronismo se convirtió en algo privado y todos ellos se retiraron de la escena pública. De acuerdo con varios testimonios, seguían pensando que el peronismo era la mejor opción para llevar adelante sus ideas y agendas y, por lo tanto aunque no estuvieran de acuerdo con alguna de las acciones del gobierno, no se convirtieron en opositores. Ponían claramente sus ideales en un lugar subordinado a sus intereses o aspiraciones personales. Scalabrini Ortiz mencionó que decidió no criticar públicamente a Perón porque sabía que ‘todo desacuerdo que (manifestara iba a ser) aprovechado por los enemigos de esa misma Revolución Nacional”.

“La historia aquí relatada -señala la autora- indica que estos intelectuales fracasaron en convertirse en los ideólogos oficiales o en los intelectuales orgánicos del peronismo. Empero, es preciso matizar la contundencia de esta aseveración indicando ciertas victorias en el plano simbólico. A pesar de haber sido marginados, los nacionalistas -especialmente los populares- tuvieron una influencia importante en el discurso peronista. (…) Esto nos lleva a concluir que, si bien estos intelectuales no lograron relevancia a largo plazo, ganaron varias batallas en el terreno de la lucha ideológica, aunque a contrapelo de su suerte personal”.

 

Ultimo punto

El último capítulo del libro, que describe los primeros tiempos de Revolución Libertadora y la ruptura del consenso de los intelectuales sobre el peronismo es riquísimo. Algunos de los que tanto temor habían tenido de alzar su voz contra el nazi-peronismo ahora veían (y denunciaban) que el gobierno de facto torturaba, censuraba y fusilaba. Ernesto Sábato fue expulsado de la revista Mundo Argentino tras publicar un artículo titulado “Para que termine la interminable historia de las torturas”. Borges, Victoria Ocampo y Manuel Mujica Láinez, mientras tanto, firmaron tras los fusilamientos una solicitada en la que se ven “obligados a condenar a quienes perturban el afianzamiento de la Revolución”.”Juzgar y censurar la cosa pública es un derecho inalienable al que no renunciamos, pero no podemos olvidar que el país sale de una zona de infamia y que nuestra discordia favorecería fatalmente a los opresores de ayer”. Las críticas de Ezequiel Martínez Estrada, ese autor que tanto fascina a Horacio González, (“¡El pueblo es una fiera terrible, no lo hostiguéis!”) también encuentran la amonestación pública de Borges:

“El actual gobierno argentino no es perfecto. Ningún gobierno lo es. Pero, sin dudas, es el mejor gobierno posible en estos momentos. Y, sobre todo, es un gobierno mejor que el que nos merecemos. Todos los argentinos tenemos el deber de apoyarlo. Aramburu y Rojas podrán estar a veces equivocados pero nunca serán culpables. Por eso considero mala la actitud de Martínez Estrada”.

Fiorucci aclara: “Las diferencias se referían a los métodos utilizados pero no a la pertinencia o la necesidad de ‘desperonizar’. Las batallas retóricas entre los intelectuales adquirieron un decir que fueron las políticas del propio gobierno previsional las que terminaron por dividir al efecto disruptivo porque se conjugaron con la brutalidad de la Revolución Libertadora. Es campo intelectual. Sin lugar a dudas, estas se superpusieron a inquinas y rivalidades personales como el mencionado tema de las diferencias literarias entre Borges y Sábato. A esto se sumaba que el antiperonismo era una posición vaga, definida no por consensos programáticos sino po rel rechazo y donde la solidaridad grupal aconsejaba eludir debates que pudieran comprometer la lealtad a la causa”.
Son muy ricas las cuestiones que podemos pensar a partir del libro de Fiorucci. Tanto sobre el campo “no peronista” de intelectuales (que suele ser el más numeroso), como del otro. A mí se me ocurren algunas, pero seguramente el lector que haya llegado hasta aquí podrá pensar en mejores.

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La résistance

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¿Cuán presente es el “Estado presente” montado por el kirchnerismo? ¿De qué manera y a qué velocidad lo desmonta el macrismo? ¿Cuán “irreversible” era lo que era y es lo que queda? ¿Qué dinámicas se dan cuando la marea de la presencia del Estado baja y cuáles son los mecanismos que se utilizan para hacerla bajar? ¿Cuán gradualista desea ser el gradualismo y con cuánto shock sueñan los CEOs en las cocinas de sus casas? ¿Qué continuidades y qué cambios plantea la mesa de arena y la realidad liderada por Mauricio Macri?

Algunas de estas preguntas han dado forma a debates y planteos que los lectores de este blog seguramente ya conocen. Para ilustrar un poco más de qué hablamos cuando hablamos de retracción del Estado, vamos a repasar un clásico de estas temáticas para el caso de los países centrales, como una forma de evaluar si es que hay algún elemento que nos pueda iluminar nuestros desvelos locales.

Se trata del paper de Paul Pierson de 1996 “The New Politics of the Welfare State”, un trabajo en el que, como lo señala el título, el autor trata de meterse en la dinámica que ha tenido en concreto no ya la construcción sino de la retracción del Estado de Bienestar en los países desarrollados.

¿Cómo se desarrolla la estrategia política y la dinámica de desmontar un Estado de Bienestar, en el caso de los países centrales, podríamos llamarle “más extendido y presente” en el caso sudamericano, argentino? Veamos. Nos dice Pierson: “Hay una profunda diferencia entre extender beneficios a un gran número de personas y quitar esos beneficios”. Algunos fragmentos que explican esta idea:

“La política de la retracción es típicamente traicionera porque impone pérdidas tangibles a grupos concentrados de votantes a cambio de ganancias difusas e inciertas. La retracción involucra un delicado esfuerzo o bien para transformar el cambio programático en una propuesta electoralmente atractiva o, al menos, para minimizar los costos políticos inherentes. Los militantes de la retracción deben persuadir a sus vacilantes partidarios de que el precio de las reformas es manejable -una tarea que las quejas públicas sustanciales hacen casi imposible”.

“La retracción es generalmente un ejercicio de evitar la responsabilidad antes de obtener el crédito, primariamente porque sus costos están concentrados (y a menudo son inmediatos), mientras que los beneficios no lo son”.

“Esta nueva política, marcada por presiones para evitar la responsabilidad por políticas impopulares dicta nuevas estrategias políticas. Los impulsores de la retracción buscarán hacer jugar a un grupo de beneficiario contra otros y desarrollar reformas que compensen a grupos políticamente cruciales por los beneficios perdidos. Los que estén a favor de los recortes buscarán reducir la visibilidad de las reformas o bien haciendo que sea más difícil para los votantes rastrear la responsabilidad por esos efectos hacia funcionarios particulares. Cuando sea posible, los funcionarios buscarán amplios consensos sobre las reformas de manera de esparcir la responsabilidad”.

 

¿Suena? Bien, vamos a los casos concretos. Pierson toma cuatro casos de los países centrales, los de Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y Suecia. Las conclusiones generales son las siguientes:

  1. Hay poca evidencia sobre cuánto influye el tamaño del Estado y los recursos que manejan los sectores de izquierda en los resultados del proceso de retracción
  2. La impopularidad de la retracción hace que los grandes recortes sean poco probables excepto bajo crisis presupuestarias y aún así las reestructuraciones radiales son difíciles de concretar.
  3. Por la misma razón, generalmente los gobiernos buscan negociar paquetes de consenso antes que imponer reformas unilateralmente, lo cual a su vez disminuye el potencial de una reforma radical.
  4. Lejos de crear una dinámica que se refuerza, los recortes tienden a reponer el apoyo por el Estado de Bienestar.

El autor analiza el gasto en seguridad social y el total de desembolsos del gobierno como porcentaje del PIB. En los cuatro casos se mantienen relativamente sin cambios nada menos que entre 1974 y 1990 (recordemos, durante buena parte de esos períodos gobernaron Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Helmut Kohl. En ese contexto, el estudio de Pierson señala que pocas áreas sufrieron fuertes recortes: entre ellas se destacan las políticas de vivienda en Gran Bretaña y las jubilaciones alemanas.

Al parecer, el “gradualismo” corre incluso para los gobiernos ultras que tienen la mayoría de los resortes político-institucionales en las manos, si se tiene en cuenta el caso de Thatcher: terminada la experiencia conservadora, el Estado benefactor británico permanece, aunque algo “abollado”, mayormente “intacto”.

“En términos generales, los conservadores británicos se encontraron con que el Estado de Bienestar era un campo minado político, siendo que el apoyo popular por el gasto social permanecía fuerte. De hecho, la opinión pública británica referida a la política social revela el mismo patrón que en todos los otros casos: una modesta declinación en el apoyo al Estado de Bienestar precedió a la llegada del gobierno de Thatcher, pero luego rebotó ante la primera señal de recortes serios. La opinión pública británica se ha mostrado fuerte y crecientemente a favor de mantener o incluso hacer crecer la provisión social”.

“Mientras que el gobierno logró algunos recortes incrementales no triviales en una serie de programas, los esfuerzos por una retracción radical del Estado de bienestar fallaron, frecuentemente con un costo político alto”.

Cuando Pierson analiza el caso norteamericano, incluso con sindicatos más débiles, “salvo en el primer año de Reagan” la cosa luce similar. “El asalto reaganista al Estado de bienestar se petrificó en 1982, cuando mayores recortes presupuestarios fueron rechazados”. La intención de Reagan de traspasar la seguridad social a los Estados murió en el Congreso sin que un solo legislador la auspiciara. Y en ese contexto los programas a favor de la clase media “también aguantaron la tormenta”.

“Aunque generalmente se argumenta que la naturaleza residual del Estado de Bienestar en Estados Unidos crea una base política angosta (para su defensa), la reacción inicial en su contra fue de corta duración. La declinación del apoyo a los programas sociales precedió a la llegada de Reagan.  Desde 1982 en adelante -es decir, inmediatamente después de la primera ronda de recortes presupuestarios- las encuestas revelaron un creciente apoyo al Estado de Bienestar”. Y luego “Reagan se volvió mucho más dubitativo a medida que el apoyo popular por la retracción del Estado de Bienestar decaía”.

Podría seguir traduciendo el paper. A mí ya me dejó bastante para pensar. ¿A ustedes no?

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Ricos tipos

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El debate venía de hacía ya tiempo pero cobró algo más de notoriedad cuando el Programa de Estudios Sobre Elites Argentinas, coordinado por Ana Castellani, Paula Canelo y Mariana Heredia, dio a conocer un trabajo con datos sobre la integración del Gabinete nacional sobre el “gobierno de los CEOs”.

¿Y qué importa si son CEOs o no son CEOs? ¿Y por qué una universidad pública debería estudiar a las elites? ¿Y qué importa si son ricos? “Confunden a dueños de empresas y a ricos con CEOs, no es lo mismo, un CEO es un empleado”. ¿Y cuál es el problema si vienen a colaborar en la política desde el sector privado?

Las respuestas a este tipo de planteos ya las han dado con mucha solvencia las autoras del estudio. De todos modos, un punto que me gustaría abordar aquí es que este debate de si los que ahora nos gobiernan son CEOs o no, si son ricos o no y cuáles son las consecuencias de ello para el sistema político y la sociedad no sólo no es “exótico” o tirado de los pelos, no sólo es perfectamente legítimo, sino que se trata de uno de los ejes centrales que ha desvelado a los mayores exponentes de la teoría política desde… siempre.

¿Qué lugar ocupa la igualdad en una sociedad de desiguales? ¿Qué lugar ocupan la riqueza y la pobreza en la dinámica política? ¿Y qué pasa particularmente cuando gobiernan los ricos?

Abrir La Política, de Aristóteles, es encontrarse de lleno con este debate, una discusión que -nada menos- nos habla de qué es y qué no la propia política. El segundo párrafo del libro ya nos brinda una idea de lo que estamos discutiendo. Cuantos opinan que es lo mismo regir una ciudad, un reino, una familia y un patrimonio con siervos no dicen bien. Esta visión se va aclarando en el capítulo séptimo:

… no es lo mismo el poder del amo y el político, ni todos los poderes entre sí, como algunos pretenden. Puesto que uno se ejerce sobre personas libres, y otro, sobre esclavos, y el gobierno doméstico es una monarquía (ya que toda la casa está gobernada por uno solo), y, en cambio, el político es un gobierno de hombres libres e iguales”.

La cuestión de si gobiernan los ricos o no es uno de los elementos centrales en los que Aristóteles basa su clasificación de los regímenes políticos.

Como señala en el Libro IV:

Por tanto, éstos parece que son los partidos principales de la ciudad, los ricos y los pobres. Además, como por lo general los unos son pocos y los otros muchos, éstos aparecen como partidos contrarios entre los elementos de la ciudad; de tal forma que lo regímenes se establecen de acuerdo con la supremacía de éstos, y dos sistemas parece que hay, la democracia y la oligarquía”.

¿Y cómo se llega entonces a la República? Simple:

Sus características resultan más claras, una vez que se ha precisado sobre la oligarquía y la democracia; ya que es la república, sencillamente, una mezcla de oligarquía y democracia. Suele darse el nombre de repúblicas a los regímenes que se inclinan a la democracia, y a los que más bien hacia la oligarquía, aristocracias, porque la educación y la nobleza van unidas a los más ricos.

 

Si seguimos un poco más, veremos que:

en todas las ciudades hay tres elementos propios de la ciudad: los muy ricos, los muy pobres, y tercero, los intermedios entre éstos. Sin embargo, puesto que se reconoce que lo moderado es lo mejor y lo intermedio, obviamente, también en el caso de los bienes de fortuna, la propiedad intermedia es la mejor de todas, ya que es la más fácil de someterse a la razón; y, en cambio, lo superbello, lo superfuerte, lo supernoble, lo superrico, o lo contrario a esto, lo superpobre, lo superdébil y lo muy despreciable, difícilmente seguirá a la razón, puesto aquéllos se vuelven soberbios y grandes criminales, y éstos, malhechores y pequeños criminales, y de los delitos, unos se cometen por soberbia, y otros, por malicia.

Asimismo, la clase media es la que menos rehúye los cargos y la que menos los ambiciona, actitudes ambas fatales para las ciudades. Además de esto, los que tienen demasiados bienes y fortuna, vigor, riqueza, amigos y otros similares , ni quieren ni saben ser gobernados (y esto les ocurre ya desde el seno de la familia, cuando son niños; pues por el lujo, ni siquiera en las escuelas tienen la costumbre de someterse), y los que carecen excesivamente de éstos son demasiado despreciables.

En consecuencias, éstos no saben gobernar, sino ser gobernados con un gobierno propio de esclavos, y aquéllos no saben ser gobernados con ningún tipo de gobierno sino gobernar con un gobierno despótico. El resultado es entonces una ciudad de esclavos y señores -pero no de hombres libres-, llenos de envidia aquéllos y de desprecio éstos, lo cual es lo más distante de la amistad y la convivencia política; ya que la convivencia requiere afecto, y ni siquiera el camino se quiere compartir con los enemigos.

La ciudad pretende estar integrada por personas lo más iguales y semejantes posible, y esta situación se da, sobre todo, en la clase media; por tanto, esta ciudad será necesariamente la mejor gobernada, (la que) consta de aquellos elementos de los que decimos que por naturaleza depende la composición de la ciudad; y sobreviven en las ciudades, sobre todo,estos ciudadanos; pues ni ambicionan lo ajeno, como los pobres, ni otros ambicionan su situación, como los pobres la de los ricos; y al no ser objeto de conspiraciones ni conspirar ellos, viven libres de peligro. Por eso es acertado el deseo que expresó Focílides:

‘Muchas cosas son mejores para la clase media; de la clase media quiero ser en una ciudad’.

Que este tipo de enfoque haya visto la luz hace más de 2.300 años algo debería decirnos sobre un debate del que uno puede ponerse del lado que más le guste, pero que difícilmente pueda eliminarlo. Podemos decir que Cristina Kirchner es millonaria, que Macri no es empresario sino hijo de un contratista de obra pública, que Lopetegui & Quintana son dos profesionales que vienen a colaborar con “lo público” y eso los hace -ponele- mejores políticos que los que hemos conocido. Sin embargo, la discusión  difícilmente pueda ser, sin más, invalidada. Sobre todo porque los “padres” del pensamiento político han vuelto una y otra vez sobre este punto.

Los humanistas que pensaron la política a la salida de la Edad Media siguieron con esta misma preocupación. Leyendo a Quentin Skinner, puede repasarse de qué manera se dieron esos debates. Por ejemplo, Brunetto Latini, en la Florencia del Siglo XII afirmaba que “los gobiernos son de tres clases, la primera de reyes, la segunda de aristocracias y la tercera de pueblos, de las cuales la tercera es, con mucho, mejor que las otras dos”.

Hacia 1500, Maquiavelo y sus contemporáneos tienen en mente cómo sostener el valor de la libertad política. Recuerda Skinner:

Una sugestión que hacen -surgida de sus temores a la riqueza privada- es que la libertad y la pobreza suelen ir unidas. (Francesco) Guicciardini concluye su ‘Discurso de Logroño’ con la observación que, aun cuando las ciudades libres necesiten ser ricas, sus habitantes individualmente deben mantenerse pobres, sin grandes disparidades de riqueza del tipo que suele causar envidia y promover así disturbios políticos. La misma sugestión -que habría sido anatema para (Leonardo) Bruni y sus seguidores- fue repetida poco después por varios teóricos relacionados con las reuniones de los jardines Oricellari. (Antonio) Brucioli menciona la idea, al término de su diálogo sobre La república, mientras Maquiavelo reitera la doctrina de Guicciardini casi textualmente en su tercer discurso. La primera propuesta de Maquiavelo para evitarla corrupción en ‘tiempos difíciles’ es ‘mantener pobres a los ciudadanos’ y después repite muy categóricamente que toda institución que ‘mantenga pobres a los ciudadanos’ será ‘la más útil” que pueda haber ‘en un estado que goce de la libertad’”.

(…)

El mismo disgusto por los “hábitos lujosos” como amenaza a la libertad política es expresado con mayor vehemencia por Maquiavelo en sus Discursos, tan sólo pocos años después de que el argumento había sido planteado nuevamente por Guicciariddini y Salamonio, y popularizado por un buen número de moralistas venecianos. En su tercer discurso, Maquiavelo declara que la “riqueza sin dignidad” es, invariablemtente, causa de corrupción cívica, y añade que fácilmente podría “explayarse sobre las ventajas de la pobreza sobre la riqueza”, y sobre “cómo la pobreza da honor a las ciudades”, mientras que “lo otro las ha arruinado”, pero esto ya “ha sido hecho muy a menudo por otros”:

Esto surge con la mayor claridad en el capítulo XIX del segundo discurso, en que elucida los problemas que surgen cuando una república se dedica a adquirir nuevos territorios. Y recuerda que Juvenal sostuvo que “la adquisición de tierras extranjeras” familiarizó a Roma con costumbres ajenas, “de modo que, en lugar de la frugalidad y sus otras altas virtudes, ‘la glotonería y la indulgencia consigo mismo tomaron posesión de ella y vengaron al mundo que había conquistado’”.

 

La preocupación por la defensa de la libertad, el recurrente planteo del Maquiavelo republicano por la necesidad de ponerle el pecho a las balas, por evitar los “ejércitos mercenarios”, por tener un “pueblo en armas” que pueda -al modo romano- defender con su propia vida la República, la libertad conseguida también toca este debate de qué pasa si los que gobiernan son sólo los nobles o los ricos.

Se toca a su vez con estas preocupaciones una muy fuerte intuición basada en el pesimismo antropológico de varios de estos teóricos, nuevamente y sobre todo Maquiavelo: la idea de que la historia tiene una serie de regularidades que vuelven a repetirse y el hecho de que los regímenes políticos, más o menos como fueron definidos en la Antigüedad, van sucediéndose en una especie de rueda de decadencia, donde la corrupción -sí, la corrupción- va carcomiendo los cimientos de uno para generar otro (ay) un poquito peor.  La riqueza (y el ansia por ella) juega en este sentido un rol muy destacado.

Imaginémonos entonces si estos padres del pensamiento político fundante de muchas de las ideas que nos habitan hoy en día hubieran estado interesados, preocupados, atraídos por pensar si es lo mismo un gobierno de ricos o no, de empresarios o no, de CEOs o no. Y en este sentido, cómo se funda la legitimidad de un régimen político de iguales en un mundo de desiguales, cómo juegan las tensiones sociales en este contexto, qué choques o acuerdos puede haber entre el “popolo” y los “grandes”. Delicias del pensamiento (crítico) que algunos sectores quieren amonestar.

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