Nicolás Tereschuk (Escriba)

Desde el Llano

Télam Buenos Aires, 20/11/06 Saúl Ubaldini y Raúl Alfonsín en una reunión mantenida en Casa de Gobierno el 23/02/84, fueron actores de un momento de transición en la historia de nuestro país. Ubaldini falleció anoche a los 69 años debido a una enfermedad terminal. Foto: Roman von Eckstein/Archivo Télam/wr

 

Se debate mucho sobre el peronismo en el llano. Se debate mucho sobre el peronismo siempre, bah. Para aportar al debate, van copiados textuales fragmentos del libro “Asalto a la Ilusión”, publicado en 1990 por Joaquín Morales Solá. A mí, estas pinceladas del peronismo de los 80 me sirven para entender que hay procesos que llevan algún tiempo, pero que se desarrollan inexorablemente. Que aparecen liderazgos, que otros desaparecen, que los más pintados hoy pueden no serlo mañana, que el contexto moldea al peronismo tanto como el peronismo moldea al contexto. Y que el futuro no está escrito. Para nadie.

 

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Un constructor de maquetas políticas colocaría hoy a Cafiero y a Ubaldini más cerca de Alfonsín que de Menem. Tienen la misma simpatía que el líder radical por cierto progresismo político, les gusta protestar como a él por los márgenes cada vez más estrechos de decisión nacional que quedan a los países débiles en un mundo de potentados y odian con su misma fuerza la vertiente conservadora-liberal que orienta la familia Alsogaray. Sin embargo, el dirigente gremial Saúl Ubaldini y el gobernador peronista Antonio Cafiero han sido las expresiones justicialistas que más contribuyeron a pulverizar los planes de expansión política del Presidente radical.

Ubaldini no lo dejó vivir en paz un solo día en su tránsito por el poder. Solo o en sociedad con otros sectores gremiales, le regaló trece paros generales en cinco años y medio de gobierno. Entristeció con una huelga nacional hasta el momento más brillante: los meses siguientes al lanzamiento del plan Austral. Durante mucho tiempo, Ubaldini encarnó la oposición al alfonsinismo reinante, lo combatió con su demoledora oratoria, agitando manifestaciones de obreros y marginale o inmovilizando gran parte de la Argentina.

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Ubaldini fue -y esto le sirvió de mucho- el único dirigente simpático con la gente dirigida y el único que se acordó de los trabajadores expulsados de la producción con cada ajuste de la economía. Estos marginales y los obreros más castigados por los desaciertos económicos conforman su base política. También ha elaborado y reelaborado alianzas con los otros dirigentes, exceptuando gremialistas como Armando Cavalieri y Jorge Triaca, que le son ciertamente intolerables.

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Es posible que Alfonsín haya tomado la decisión de erigirlo en líder de la oposición. De otra manera, no se explicaría la virulencia de su ataque cuando Alfonsín no tenía, como presidente, a nadie con envergadura en la vereda opuesta. Lo despreció en público, casi lo humilló (“llorón”, le gritó aludiendo a su sensiblería) y lo desafió permanentemente a medir fuerzas. Con habilidad, el Presidente se apoyaba en amplios sectores medios de la sociedad (donde él registraba un alto grado de influencia política) para descalificar a Ubaldini: allí desaprobaban sus paros insistentes y la escasez de alternativas que ofrecía. El Presidente capitalizó ese rechazo, hasta que lo rechazaron también a él.

Ubaldini se aferró a la extracción de sus representados y nunca,es cierto, trató de seducir al empresariado ni a la clase media. El Presidente, por su parte, logró asociar su propio nombre a la modernidad en el orbe cambiante, y el de Ubaldini a la vetustez del antiguo pensamiento peronista. Los sectores medios le creyeron. Ubaldini respondió que él expresaba los más pobres y Alfonsín a los más ricos, quienes se habían olvidado de que,en barrios hambrientos y descuidados de las grandes ciudades, los pobres existían. Su base política también le creyó.

 

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La afirmación de Alfonsín según la cual Cafiero estaba antes “vinculado al fascismo” y luego “evolucionó”, debe considerarse una descripción cargada de intenciones. Pero es cierto que hay un Cafiero anterior a 1983 y otro posterior a ese año crucial. (…) Después de 1983 se peleó con la ortodoxia sindical, creó la renovación peronista para desplazar a los impresentables caudillos justicialistas, cuestionó el exceso de dependencia que exigían los Estados Unidos (sobretodo en materia de deuda externa), repudió a los militares carapintadas cuando su partido navegaba entre los enfrentamientos del Ejército y se colocó a la izquierda de Italo Luder y de Menem, dos dirigentes con los que compitió en épocas diferentes.Nunca quebró su compromiso con la Iglesia Católica.

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Luder y él nunca se llevaron bien: se disputaron siempre el primer lugar en el peronismo. Luder desprecia esa eterna inclinación de Cafiero por la liturgia justicialista y por el discurso nostálgico. Cafiero,por su parte, no se explica la pose gélida y académica de Luder para hablarle a militantes saltarines y bullangueros. Pero han sido congéneres en las luchas políticas: ¿por qué Luder lo abandonó para ungir a un caudillo carente de nivel y de principios? Para Cafiero, Luder -su compañero de ruta- y Miguel -su aliado- lo traicionaron durante ese año caliente de la restauración democrática.

Expulsado de la ortodoxia a la que quiso como un amante no correspondido, se refugió en los brazos de la renovación. Allí descubrió que los dirigentes más jóvenes -Carlos Grosso, Manuel de la Sota y José Luis Manzano- lo buscaban a él y no a otro en el liderazgo de la nueva corriente. Aunque después se vería que no lo quería bien,en ese momento hizo suyo -más por despecho que por confianza- el discurso progresista de esos jóvenes, que anhelaban batir por izquierda al alfonsinismo y contrarrestar así la demoledora acusación de partido fascista que les endilgaba la cultura oficial.

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Desde ya, él no es un izquierdista: ni cree en otra revolución que no sea la del capital bien administrado, ni es ha olvidado de la existencia de los Estados Unidos,ni ha decidido ignorar a Lorenzo Miguel y al aparato gremial de la ortdodoxia. Sólo ha matizado la visión que tenía de ellos y ha condicionado sus adhesiones.

Sus sentimientos con respecto a Alfonsín oscilaron entre la desconfianza y la comprensión; no le faltó cierta admiración por ese político capaz de sacar conejos de una galera inagotable. Alfonsín lo envidió en los meses de la gloria cafierista de 1987 y luego valoró su capacidad para abrazar nuevas causas.

Los dos creen que el destino los encontrará aliados y están seguros de que la Argentina se perdió el mejor espectáculo cuando los mandó a la línea del coro.

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Cuatro años después del empellón electoral de 1983, el peronismo revivió. En el interregno el Presidente radical tuvo un largo tiempo para someterlo a innumerables jugarretas. Usó y abusó de las contradicciones de ese partido, cuestionado entonces en sus incoherencias por vastos sectores sociales. ¿No había sido derrotado precisamente a causa de sus indisimulables contradicciones? La quema del cajón de muertos -con la sigla del radicalismo- en el acto final de campaña peronista (ejecutado por el inefable Herminio Iglesias), había sido sólo el detalle último de un desastre mucho mayor. Detalle de una campaña en la cual, por ejemplo, Luder era el candidato presidencial por el abucheado dirigente gremial Lorenzo Miguel ¿Qué hacía un noble entre tantos villanos? Esta fue seguramente la percepción social cuando llegó el día de la votación.

Lo primero que hizo Alfonsín en el comienzo de su Presidencia fue echar mano a dos figuras que confirmaban la mala imagen peronista: la propia viuda de Perón y el entonces gobernador riojano, Menem. El Presidente y la expresidente tenían una mutua necesidad: ella quería exponerse públicamente para alcanzar una hazaña imposible, su reivindicación histórica; él quería tomarla del brazo para recordar en público que había existido su caótica gestión presidencial y para frenar, de paso, el ímpetu de los dirigentes peronistas que pretendían enterrar el pasado y a su exponente menos simpática.

 

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Luder fue, entre los dirigentes peronistas, el que más detestó a Alfonsín. Primero, porque el jefe radical lo había vencido y luego porque les colocaba encima (a ellos, a los políticos presentables) a la viuda de Perón. No le perdonó la derrota ni el silencio al que los condenaba.

Sagaz como es, siguió los proyectos alfonsinistas con el olfato y la pertinacia de un sabueso. Fue el primero que llamó a un boicot contra la reforma constitucional que imaginó Alfonsín.

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Pero en los primeros tiempos del gobierno radical, Luder era una voz solitaria, aislada, de un partido que corría entre un desaguisado y otro. Lorenzo Miguel, como vicepresidente ejecutivo del peronismo, no quería abandonar el timón después del fracaso, del que lo culpaban con creciente insistencia.

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Se sucedieron una serie de congresos justicialistas. Primero hubo uno que se reunión en el teatro Odeón y que designó reemplazante de Miguel al entonces gobernador de Santa Fe, José María Vernet, un joven prometedor que se había dejado llevar por la ambición y que se había convertido en el producto de una trenza con el miguelismo. De ese congreso se fueron, cansados de la prepotencia sindical, la mayoría de los delegados provinciales que luego darían forma a la renovación. Ellos hicieron otro congreso en la ciudad termal de Río Hondo, en Santiago del Estero, gobernada por un caudillo férreo, Carlos Juárez. La policía juarista impidió que ingresara a la provincia cualquier delegado de extracción sindical. Los orígenes de la renovación también están manchados.

Durante largos meses sobrevivieron dos conducciones -llamadas “Río Hondo” y “Odeón”-; ambas convertieron en un tercer congreso que se realizó en la capital de La Pampa. Allí, entre malabarismos nocturnos y tejidos diurnos, se hizo de la conducción peronista el viejo mandamás de Catamarca, Vicente Saadi, entonces senador nacional. Enfermo y anciano, usó sus últimos años en mantener con éxito las riendas del partido. No tuvo capacidad ni ganas para elaborar una estrategia eficaz de oposición.

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Fue el primer dirigente peronista que arriesgó fondos propios para financiar la carrera de Carlos Menem, más que nada movido por el profundo rencor hacia cafiero.  

No obstante, todo era pura formalidad en el peronismo. Su atomización evidente le proporcionaba al gobierno el paisaje despejado de una oposición sin contendientes, pero al mismo tiempo lo condenaba a carecer de referencias ciertas enters sus oponentes: ningún interlocutor peronista era el peronismo en su conjunto. Saadi sólo podía garantizar la actitud del bloque de Senadores justicialistas. Los diputados nacionales habían hecho su propia hacienda y habían designado sus capataces: el dirigente sindical petrolero Diego Ibáñez, el banquero presuntuoso Diego Guelar y el aún hoy vigente José Luis Manzano. Cada gobernador peronista exigía un trato especial y personal. No había una sola estrategia de partido;: el peronismo no había definido sus líneas políticas .Los discursos en el Parlamento eran una mezcla patética de las líneas que se entrecruzaban desde la derecha y desde la izquierda.

En ese cuadro, Saadi era el mejor. Negociador nato y de una reconocida habilidad, se dedicaba a intercambiar votos en el Senado por favores oficiales aol peronismo.

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En la cámar Alta Alfonsín podía negociar con el peronismo  o con el denomiando “Grupo de los Seis”, que integraban los senadores de las tres provincias gobernadas ni por peronistas ni por radicales.

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Entre los entusiastas de la ruptura (de Cafiero en la provincia de Buenos Aires) estaba también Eduardo Duhalde, más tarde vicepresidente de la Nación en el gobierno de Menem y entonces primer aliado importante que Cafiero tuvo en la provincia de Buenos Aires (Duhalde sería también el primer gran aliado de Menem en la provincia, cuando se sintió excluido por el cafierismo). Aspiraba a ser vicegobernador en el 87, pero Cafiero lo desplazó para dar lugar a Luis Macaya, un ex ladero de Herminio Iglesias con imagen de joven culto y democrático. El

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Dueño del distrito peronista bonaerense, Cafiero se hizo nominar candidato a gobernador en 1987; le asestó la derrota a Alfonsín y rompió todas las defensas que Saadi había logrado levantar en torno del cargo del presidente nacional del justicialismo, cargo que implicaba la segura candidatura presidencial para 1989 en elecciones que ya es advertían ventajosas para la oposición.

El momento más incandescente de la gloria cafierista duró apenas ocho meses, hasta que el 9 de julio de 1988, Menem lo derrotó en las elecciones internas para designar candidato presidencial

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(A Cafiero) Una importante corriente de sus asesores le sugirió un frontal enfrentamiento con las políticas oficiales, sobre todo con el programa económico (que tambaleaba) y con el proyecto político de reformar la Constitución, que aún perduraba en la cabeza del Presidente. Pero Cafiero suponía que si sumaba su voz a la intensa campaña psicológica que provenía de los militares rebeldes, dejaría al gobreino de Alfonsín tan despojado como una planta batida por el viento.

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Técnicos económicos del gobierno y del peronismo (estos últimos encabezados por Guido Di Tella) y operadores políticos de ambos partidos (Enrique Nosiglia y Manzano, fundamentalmente) redactaron un acuerdo que hirió el destino de Cafiero. Liderado por el gobernador bonaerense, el peronismo se hizo virtualmente corresponsable de un nuevo paquete de impuestos que afectaba a los intereses de los sectores medios de la sociedad.

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Tarde, Cafiero se dio cuenta: “Nos tiraron a nosotros el costo político de esto (…) El acuerdo por los impuestos lo convirtió en un general desarmado en la contienda con Menem.

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Sobre los roles tecnocráticos

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Los argentinos hemos construido a lo largo de algunas décadas una democracia de enorme vitalidad. Personalmente, creo que esa vitalidad continuará profundizándose. La realidad histórica, por otra parte, como dicen los hegelianos, va “repitiendo siempre lo mismo, pero siempre diferente“. Con esas premisas siempre en mente creo que puede resultar de gran interés la lectura de este fragmento de O’Donnel, Guillermo. 1972. Modernización y Autoritarismo. Buenos Aires: Paidós.

 

Sobre los roles tecnocráticos

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El análisis estructural puede ser llevado a un nivel más bajo de generalidad, enfocando en los roles, unidades de análisis ubicadas en la intersección de las estructuras sociales con las predisposiciones de comportamiento de los actores. El concepto de modernización que he venido utilizando implica la posibilidad de incluir el análisis de los roles (en especial de los que he denominado “roles tecnocráticos”) como un importante componente de las situaciones de modernización. (…)

Los avances en modernización traen aparejados en un nivel una mayor diferenciación social y, en otro nivel, una mayor penetración de roles tecnocráticos. Tal como lo sugieren los datos del capítulo 1, la complejidad de la estructura social introducida por un nivel más alto de modernización (y por su componente, una más avanzada industrialización) crea necesidades públicas y privadas de gestión y de control en las que la tecnología moderna juega un papel cada vez más importante; esto parece ser cierto cualquiera que sea el tipo de organización social o de régimen político existente. La emergencia de organizaciones de mayor tamaño dedicadas a procesos de producción más complejos; el efecto halo que crea la industrialización sobre actividades de procesamiento de informaciones; los problemas de coordinación de actividades y de unidades social es más diversificadas y más complejas, todo esto requiere el creciente aporte de capacitación de personas que han pasado por períodos prolongados de entrenamiento en técnicas de producción, planificación y control. A medida que la modernización avanza, surgen más roles tecnocráticos en mayor cantidad y sobre mayor número de actividades sociales. Estos roles son siempre una pequeña fracción del total, pero tanto su amplitud como su densidad de penetración crecen con los avances de la modernización.

¿Existen umbrales o puntos críticos a partir de los cuales quienes desempeñan roles tecnocráticos pueden sentirse suficientemente capaces y poderosos para tratar de “solucionar” los problemas sociales más generales y más salientes “a su manera”? ¿Existe tal “manera” propia de quienes desempeñan los roles tecnocráticos, es decir prejuicios o sesgos provenientes  de ese desempeño que predisponen en formas específicas para percibir, evaluar y actuar sobre los problemas sociales? Aunque va a ser imposible llegar aquí a conclusiones seguras, estas preguntas parecen de tanta importancia que puede valer la pena analizarlos especulativamente.

Aunque se ha prestado mucha atención a la “revolución de las expectativas crecientes” o los efectos de demostración al nivel de las masas, ha habido pocos intentos de clarificación de un fenómeno muy relacionado y que sospecho tanto o más importante: el trasplante de expectativas que parece ser producido pro el desempeño de roles tecnocráticos en sociedades sujetas a procesos de modernización. Los ejecutivos que concurren a cursos en escuelas de administración cuyo plan de estudios siguen prestigiosos modelos de los Estados Unidos; los oficiales militares que estudian en el exterior y en escuelas militares locales que adoptan el plan de estudios y las doctrinas elaboradas por misiones de “asistencia militar” extranjeras; los “técnicos que obtienen sus títulos académicos en el exterior, todos ellos aprenden técnicas que son específicas a los particulares roles que desempeñan pero, por sobre todo, APRENDEN MODELOS DE ROLES (en mayúscula en el original). La forma en que quienes desempeñan los mismos roles actúan en las sociedades “originantes” (es decir, en las más avanzadas tecnológica e industrialmente), los criterios de logro allí imperantes, el apoyo y las recompensas que aquéllos tienen en las sociedades originantes por y para el desempeño de dichos roles; todos estos aspectos suelen ser transmitidos junto con la capacitación técnica específica al rol de que en cada caso particular se trata.

Este es un aspecto de fundamental importancia. Lo que se transmite desde las sociedades originantes de los roles es una compleja constelación, dentro de la cual la capacitación técnica específica es sólo un componente. Aparte de esta última (en realidad, abarcándola) lo que el individuo adquiere es el modelo de un rol. Y su propia concepción del rol, que debe interactuar con un contexto nacional que difiere fundamentalmente del de la sociedad originante, proviene directamente de los criterios emanados de esta última. Por lo tanto, es erróneo suponer que personas con este tipo de vinculación con las sociedades más avanzadas han adquirido SOLAMENTE un grado (presumiblemente) mayor de capacidad técnica. Si mis sugerencias no son erróneas, una de las preguntas más interesantes que plantea lo ya dicho concierne a qué aspectos (y en qué dirección) del modelo del rol serán ajustados o sacrificados en un contexto modernizante.

Aun las técnicas más específicas dependen, en un grado mucho mayor del que suele reconocerse, del estado de los contextos sociales. Las técnicas son adecuadas sólo en relación con éstos. Si el contexto del tomador de un modelo de rol difiere sustancialmente del presupuesto por el tipo de técnicas que aprendió en la sociedad originante, aun esa capacitación técnica puede ser de escasa utilidad personal y social. Tal como puede esperarse de lo ya dicho, aun la vinculación más casual con los tomadores de roles tecnocráticos en contextos modernizantes suele mostrar la aguda frustración provocada por el repetido “fracaso” del contexto social en ajustarse a sus premisas y expectativas. Desde un punto de vista más pragmático esta situación también suele afectar la obtención de las facilidades y recompensas que son “normalmente debidas” por el desempeño del rol en las sociedades originantes.

Estas frustraciones suelen expresarse en el fenómeno bien conocido de la “emigración de cerebros”. Pueden también canalizarse en acción política orientada a transformar el contexto social en formas que, presumiblemente, serán más apropiadas para la aplicación de la capacitación técnica aprendida y para las aspiraciones de recompensa y facilidades de las personas que desempeñan esos roles. Por supuesto, esta motivación puede ser fácilmente racionalizada. Su conciencia de superioridad técnica convence a quienes desempeñan esos roles que, al transformar el contexto social en forma que sirva mejor a sus propias aspiraciones, lo mejorarán automáticamente. Este es el punto en el que es fundamental considerar la interacción de los roles con los otros niveles de análisis hasta aquí considerados: sugiero que las direcciones concretas y el grado mismo en que las referidas frustraciones pueden ser canalizada en acción política tendiente a modificar el estado del contexto social es una función multiplicativa del grado de penetración (en amplitud y densidad) de los roles tecnocráticos en un contexto social modernizantes.

(…) En Brasil y la Argentina, con anterioridad a los golpes de Estado de 1964 y 1966, tanto las escuelas militares como organizaciones formalmente dedicadas a la difusión de puntos de vista empresarios y al entrenamiento en técnicas de administración, se convirtieron en puntos habituales de contacto para las personas colocadas en la “cumbre” de grandes empresas privadas y de las Fuerzas Armadas. Además, aparecieron diversas publicaciones -verdaderos “equivalente funcionales” de TIME y FORTUNE- donde numerosos publicistas difundieron las posiciones de lo que dio en llamarse la “derecha moderna” o “tecnocrática” y desde las cuales se crearon nuevas intercomunicaciones entre quienes desempeñan roles tecnocráticos. Otro importante efecto de esas publicaciones fue difundir pautas de consumo y de prestigio que tendieron a consolidar la “imagen” de aquéllos ante vastos sectores que carecían de sus antecedentes tecnocráticos y de sus posiciones en la cumbre de complejas organizaciones. Aun con información mucho más adecuada que la que dispongo sería difícil ponderar el impacto político producido por la posibilidad que la alta modernización dio para establecer estas vinculaciones (tanto en lo referente a la creación de instituciones que operaron como verdaderos puntos de encuentro como la aparición de medios de intercomunicación más amplios). Pero no me cabe personalmente duda, y alguna evidencia será aducida, de su importancia intrínseca como medio de prestigio socia a las actividades, los conocimientos y la imagen del “estilo de vida” de aquellas personas.

Los efectos de la penetración de los roles tecnocráticos son multiplicativos porque su mayor densidad y amplitud permite la emergencia de una amplia red de instituciones y de medios de comunicación dentro y a través de los sectores que penetran más densamente, y desde ellos hacia vastos sectores sociales. En cuanto a la densidad de penetración en cada sector, cabe poca duda que ella alcanza sus valores más altos en las grandes y complejas empresas características de los niveles más altos de industrialización a que me he referido en el capítulo 1, en las Fuerzas Armadas y otras áreas gubernamentales de planificación y de toma de decisiones en el área económico financiera. En niveles más bajos de modernización la menor penetración (en amplitud y en densidad) de los roles tecnocráticos previene la emergencia de vinculaciones en el número, variedad y permanencia que caracteriza a las situaciones de más alta modernización. Las diferencias detectables en diferentes grados de modernización de los centros nacionales al nivel de la estructura de roles parecen tener importantes consecuencias políticas. Vale la pena explorarlas, aunque sea tentativamente.

La vinculaciones promueven el mutuo reconocimiento. Cualquiera que sea el sector social dentro del cual operan, quienes desempeñan roles tecnocráticos comparten importantes características. Sus modelos de roles y con ellos sus expectativas acerca del estado “adecuado” del contexto social, provienen de las mismas sociedades. Su entrenamiento señala una modalidad “técnica” de solución de problemas. Los aspectos afectivos o emocionales de los problemas carecen de sentido, las ambigüedades de la negociación y del quehacer político son obstáculos para las decisiones “racionales”, el conflicto es por definición “disfuncional”. Sus “mapas” de la realidad social, las premisas que sesgan la percepción y evaluación de la realidad social, son similares. Lo que es “eficiente” es bueno, y resultados eficientes son aquellos que pueden ser fácilmente cuantificados y medidos. El resto es “ruido” que un tomador “racional” de decisiones debe tratar de eliminar de su cuadro de atención. El tejido de la realidad social es radicalmente (en algunos casos uno tal vez debería decir “brutalmente”) simplificado. Es posible que esa simplificación no sea negada en sí misma, pero es vista como un requisito indispensable para poder manipular la realidad social en la dirección de lo “eficiente”. La resistencia de muchos problemas, y de muchos sectores que se hallan detrás de esos problemas, a ser agotados o subsumidos completamente en consideraciones de eficiencia, tiende a ser vista como indicación de cuánto “progreso” queda aún por obtener. Esta puede ser una descripción exagerada de una mentalidad que es raramente hallable en sus formas más puras, pero me parece que corresponde bastante bien al tipo de argumento usado, pro muchos de los que desempeñan roles tecnocráticos y de los que éstos influían por el efecto de halo, en al evaluación del contexto social tal como se les presentaba con anterioridad a los golpes de Estado de 1964 y 1966. Y me parece que corresponde aun mejor a la concepciones que inspiraron las políticas socioeconómicas que inmediatamente siguieron en ambos países a la ejecución de esos golpes.

Hay también importantes similitudes en el tipo de carrera que suelen seguir quienes desempeñan roles tecnocráticos. La mayor parte de ellos ocupa altas posiciones burocráticas, a las que llegan luego de exitosas carreras organizacionales. Este común antecedente puede reforzar la tendencia a definir sus utopías sociales como mundos ordenados en los cuales los niveles de autoridad se hallan claramente definidos y donde las decisiones son tomadas por aquellos que presumiblemente han adquirido jerarquía y capacitación técnica específica.

El muto reconocimiento entre quienes desempeñan roles tecnocráticos en diferentes sectores sociales es promovido por el desarrollo de “lenguajes” comunes. Los viejos recelos entre intelectuales humanistas, hombres de empresa incultos y militares “cuarteleros” han sufrido cambios fundamentales. Muchas personas dentro de esas categorías han adquirido una común formación tecnocrática y descubierto que comparten un lenguaje (o jerga…) técnico. Esto facilita las comunicaciones desde una especialidad y desde un sector a otro, pero por la misma razón las hace más difíciles desde y hacia los sectores sociales que carecen de esa común formación tecnocrática. La creciente comunalidad en la codificación e interpretación de la información entre los roles tecnocráticos fomenta su cohesión a través dellos sectores sociales que han logrado penetrar más densamente. Pero esto mismo los aísla aún más de la mera inteligibilidad de las demandas y de las escalas de preferencia de otros sectores sociales.

El reconocimiento mutuo y un común “lenguaje” promueven una evaluación mucho más optimista de sus capacidades CONJUNTAS por parte de quienes desempeñan roles tecnocráticos. Mientras más penetran sectores sociales es más probable que crean que su capacitación conjunta les permite resolver una amplia gama de problemas sociales. En contextos menos modernizados, aunque quienes desempeñan estos roles tienen el mismo nivel de capacitación individual, su menor número y grado de penetración (en amplitud y densidad) los condena a un mayor aislamiento. En estas condiciones tales personas pueden tender a evitar compromisos políticos directos o bien, dado que una coalición centrada en ellas sería demasiado débil, pueden buscar participar en otro tipo de coaliciones para canalizar su acción política. Pero en condiciones de alta modernización que han derivado en pretorianismo de masas, es probable que se forme una coalición golpista en la que tengan participación dominante las personas que en diversos sectores sociales, ya mencionados, desempeñan roles tecnocráticos. Estas personas ya han logrado, por el mismo alto grado de modernización de su contexto social, una densa penetración (y, por lo tanto, un importante grado de control) en sectores sociales que tienen crucial y creciente gravitación en situaciones de alta modernización y relativamente avanzada industrialización. Esta misma circunstancia influye para que esas personas tengan muchas más confianza que sus similares de contextos menos modernizados en su capacidad conjunta para gobernar y efectivamente remodelar el contexto social de acuerdo con sus intereses y predisposiciones. Dada una situación de pretorianismo de masas, los propósitos básicos de quienes participan en la coalición centrada en los roles tecnocráticos tienden a estimular una drástica transformación del contexto social en formas que supuestamente permitirán la aplicación más libre y más amplia de su capacitación técnica, así como la expansión de los sectores sociales que han penetrado más densamente.

Operando en un contexto que difiere en aspectos esenciales del presupuesto por sus modelos de roles, quienes toman y desempeñan roles tecnocráticos en una situación de alta modernización se constituyen en el eje de una coalición apuntada a la inauguración de un régimen político autoritario “excluyente”. La habitual adhesión verbal a la democracia política muestras ser el componente más débil, el eslabón de la cadena que es más fácilmente sacrificado dentro del modelo de rol que esas personas han tomando de las sociedades originantes. Este ajuste del modelo del rol permite la adopción de decisiones políticas que, mediante la instauración de un régimen político autoritario, permitirá supuestamente un desempeño mejor y menos restringido del rol.

Las siguientes hipótesis pueden ser ahora formuladas:

Hipótesis 2: La transmisión de capacitación técnica desde las sociedades económicamente más avanzadas es sólo un aspecto de un fenómeno mucho más complejo: la transmisión de modelos de roles, que incluyen expectativas acerca de las carreras personales y del estado adecuado del contexto social, que corresponden a  las sociedades originantes pero no a las sociedades receptoras.

Hipótesis 3: Debido a esa falta de correspondencia, el desempeño del rol (incluyendo al aplicación de la capacitación técnica aprendida) no puede cumplirse como en las sociedades originantes. La frustración consiguiente es canalizada, con alta probabilidad, en acción política por parte de quienes desempeñan estos roles.

Proposición 13: La alta modernización implica mayor amplitud y penetración de roles tecnocráticos en los centros de cada unidad nacional.

Hipótesis 4: La mayor amplitud y penetración de los roles tecnocráticos facilita multiplicativamente el establecimiento de vinculaciones interinstitucionales y de comunicaciones entre quienes los desempeñan. Igualmente, tiende a ejercer un importante efecto de halo sobre sectores y personas que carecen del tipo de formación de aquéllos.

Hipótesis 5: Cuanto mayor es la penetración y las vinculaciones entre quienes desempeñan roles tecnocráticos, más favorable tiende a ser la propia evaluación de su capacidad conjunta para resolver los problemas sociales más generales e importantes.

Hipótesis 6: Cuanto mayor es la penetración de los roles tecnocráticos, mayor es el grado de control que quienes los desempeñan ejercen sobre sectores y actividades sociales que, centradas en grandes y complejas organizaciones, van adquiriendo creciente importancia política y económica con los avances en la modernización.

Hipótesis 7: Si la alta modernización ha generado una situación de pretorianismo de masas, la evaluación de sus capacidades conjuntas por parte de quienes desempeñan roles tecnocráticos tenderá a influir en la formación de una coalición golpista en la que jugarán un papel predominante. Esta coalición intentará transformar el contexto social en formas que se suponen más favorables para la aplicación de la capacitación adquirida para y por el desempeño de roles tecnocráticos más conducentes a la expansión y creciente dominación política de los sectores sociales que esos roles han penetrado más densamente. El éxito de tal intento producirá la inauguración de un régimen político autoritario excluyente de la participación y las demandas políticas del sector popular.

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Diez Puntos

Sin orden de importancia:

Raros peinados nuevos

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Y si vas a la derecha
y cambiás hacia la izquierda, adelante.
Es mejor que estarse quieto, es mejor que ser un vigilante.

García

La sociedad y la Historia se mueven y no hay final de una ni de la otra. El río en el que nos bañamos nunca es el mismo. Los que ingresamos al río tampoco somos los mismos. Aunque algo siempre queda. Hay entonces rupturas y continuidades que podemos tratar de descifrar.

Una pregunta posible es ¿en qué sentido, en qué medida es “nueva” la derecha que representa Mauricio Macri en el poder? Con unos pocos días hábiles de mandato aún es pronto para saber. Incluso después de las intensas medidas tomadas. Cierto apuro y el afán por analizar un poco antes de las fiestas de fin de año motivan estas lìneas. Nos arriesgamos con algunas ideas.

Es nuevo que tengamos un presidente que no proviene del PJ ni de la UCR. No es nuevo que tengamos un presidente que no provenga del peronismo. Es nuevo que un presidente acceda al poder en balotaje, que lo haga con un voto territorialmente concentrado en la zona central del país, que se conforma socialmente “de arriba hacia abajo”, que no se haya impuesto en la provincia de Buenos Aires ni en el Gran Buenos Aires, que cuente con muy pocos senadores propios y que a la vez tenga minoría en la Cámara de Diputados.

Que un partido que provenga de la derecha acceda al poder por las urnas sin golpes militares resulta algo engañoso como “novedad”. No hay golpes militares en la Argentina desde hace 40 años. La sociedad, entonces, ha cambiado ¿Y la derecha? ¿En qué medida?

Vamos a alguna otra continuidad. En noviembre pasado, en ocasión de la presentación del libro que publicamos con Mariano Fraschini dialogábamos con el público sobre cuáles podrían ser los rasgos de un mandato de Mauricio Macri (o de Daniel Scioli). Si a algo podíamos apostar era a la continuidad de un presidente que se movería en un contexto de “baja institucionalidad” (reglas que no se aplican tal como lo marca la norma escrita o que sufren casi permanentes cambios). El “viaje” de la “baja” a la “alta” institucionalidad (ahora sí “la República”, ahora sí una democracia como -supuestamente- las del Norte), que algunos sectores siempre prometen pero nunca ponen en práctica es un camino tapizado de (¿buenas?) intenciones. De este modo, en un contexto de baja institucionalidad, a los presidentes -no es el gusto, son solo negocios- no les quedan muchos más caminos que tratar de concentrar en sus manos recursos de poder. Y generar algunos nuevos recursos -partidarios, de estrategia política, comunicacionales, financieros- de los que carecían en un primer momento. De modo de mejorar su posición política en el tablero que es la Argentina. Muchas de las “jugadas” de estos días del ex-republicano Mauricio Macri pueden leerse en esta clave. No es hiperpresidencialismo. Es el único presidencialismo posible -estable- en una sociedad como la nuestra. El costo de no intentarlo -de no concentrar recursos de poder y sumar nuevos a los ya existentes- puede ser muy caro. Puede uno convertirse en Fernando De la Rúa. ¿Puede también pasarse de rosca?

Hay más, si es que podemos pensar que no todo es “ruptura” con el pasado, más o menos reciente. Macri porta una promesa “modernizadora”. El “país normal” de Macri, a diferencia del de Kirchner pone en primer plano la idea de la modernización. No es tanto buscar nuestro propio camino de normalidad sino estar “al día” con lo que se lleva en el mundo, hacer lo que -supuestamente- “hacen todos”. Este tipo de proyectos modernizadores tienen un rasgo que yo voy a evitar llamar “autoritario” porque se trata de un término que no tiene nada que ver en nuestra muy vigorosa democracia pero que se trata, eso sí, de un rasgo que no es popular, que suele tener que ver con la visión de algunas elites, que suele imponer la idea de postergación del consumo, que suele ir del centro a la periferia y no al revés. Es decir, es un movimiento que no va de las pymes a los oligopolios -sino al revés-, no va de abajo hacia arriba de la pirámide social -sino al revés-, que no suele ser muy imaginativo en cuanto a sus instrumentos -sino al revés-.

Voy a copiar ahora largamente fragmentos de una obra de Guillermo O’Donnell que habla de una etapa “modernizadora” del Siglo XX en la Argentina. Creo que son fragmentos que, sobre todo, hacen pensar, más allá de los paralelismos históricos que quieran o puedan encontrarse -o no, porque la Historia nunca termina, aunque tampoco se repite-. Me resulta siempre interesante volver a esta obra de alguien que tenía una fuerte desconfianza de la idea de que modernización y democracia (la modernización y la democracia como se dan en los países centrales) eran un par destinado a quererse.

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El funcionamiento normal de una economía depende en gran medida de que su situación sea juzgada satisfactoria por sus actores de mayor peso. Esta afirmación, trivial, implica varios puntos que tal vez no lo sean tanto. En primer lugar, tal juicio está codificado. Un código es un mapa parcial de la realidad, que sesga atención hacia algunos aspectos y en perjuicio de otros. El código filtra masas de información, seleccionándolas y jerarquizándolas. Selecciona al censurar la búsqueda de información, y su recepción, sobre aspectos que define como irrelevantes. Jerarquiza al ordenar la información admitida en elementos que son ‘importantes’, otros que deben quedar subordinados a aquéllos y otros sobre los cuales, importantes o no, ‘nada se puede hacer’. También la jerarquiza al insertarla en un sistema de conexiones causales, que postula que ciertas consecuencias siguen regularmente a ciertas situaciones.  

Como visión parcial de la realidad todo código nubla la percepción de aspectos que pueden andar ‘mal’ al mismo tiempo, tal vez divo a que aquellos a los que se presta atención andan ‘bien’. Un código es un segmento explícito y articulado de una ideología. Pero la ideología y su codificación no son puro mito; recogen y expresan temas socialmente reales (más precisamente, un nivel de la realidad que se postula como plenitud de la misma), en el doble sentido de que son una representación relativamente correcta de ese nivel y que son sustentados por actores que suelen tener peso decisivo para determinar la situación de ese segmento parcializado de la realidad.

En una economía capitalista compleja, ¿quiénes en realidad interesa cómo evalúan la situación? En un sentido, ‘todos’. Pero esta respuesta poco tiene que ver con una estructura fuertemente oligopolizada. Si tenemos esto en cuenta vemos que el juicio que más importa es el de los actores mono u oligopólicos que, por serlo, tienen mayor ‘poder de mercado’: es decir, alta capacidad para determinar, mediante acciones y omisiones, la situación actual y futura del ámbito de actividades económicas y de relaciones sociales en el que se opera. Además, esto implica una también alta capacidad de codeterminar, junto con otros actores de similares características, la situación general de la economía. Vemos así delinearse una circularidad análoga al engarce micromacro postulado por la ideología: el juicio que más importa sobre la situación de la economía es el de quienes controlan sus unidades oligopólicas, porque son ellas las que tienen mayor capacidad para generar tal situación; y, por otra parte, el código que gobierna ese juicio coincide fundamentalmente con los intereses de esos mismos actores.  

Los criterios codificados para la evaluación de la situación de esos actores son homólogos a los codificados para el juicio sobre la situación general de la economía. En gran medida ésta anda ‘bien’ cuando y porque sus grandes unidades oligopólicas andan ‘bien’, lo cual a su vez depende en gran medida que ellas consideren satisfactoria la situación en su plano específico de actividad. ¿Qué es ese ‘andar bien’ al nivel de dichas unidades? Ellas son grandes organizaciones, sumamente complejas y burocratizadas. De la abundante literatura sobre ellas sólo necesitamos retener algunos puntos: sus pautas de desempeño, y de evaluación de ese desempeño se hallan fuertemente rutinizadas; fijan sus metas mediante criterios también rutinizados apuntados a un cumplimiento ‘satisfactorio’ de las mismas (típicamente, cierto porcentaje de ganancias sobre el capital y/o las ventas y cierta participación en el mercado); tratan de controlar las áreas de incertidumbre que han aprendido, suelen incidir negativamente sobre su desempeño; y la utilización de sus recursos exige complejas articulaciones de coaliciones internas, que sólo con gran dificultad pueden cambiar las actividades en que se han especializado o las rutinas que las rigen.

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Insistimos: la normalización no entraña llegar a inflación cero ni a tasas consideradas normales en las economías centrales. Se trata, es cierto, de reducirla a tasas no explosivas, pero dentro de ellas basta con que sea estable y predecible, y que los factores que la impulsan autónomamente desde estos mercados sean controlados por la gran burguesía y por un aparato estatal que ésta ha penetrado profundamente. Esta es una inflación ‘razonable’, que no sólo no es incompatible con la reconstitución y ampliación de los canales de acumulación de capital de aquélla; es también un eficaz instrumento para ello.  Una tasa anual de, digamos, el 30% puede ser intolerable para la gran burguesía si ha sido imprevista y si, además, en parte significativa es impulsada por aumentos salariales, o por erogaciones o decisiones estatales que aquella percibe como demagógicas. En cambio, la misma tasa puede ser perfectamente aceptable -encuadra dentro de la peculiar ‘normalidad’ de estos capitalismos- si fue previsible e impulsada fundamentalmente por la misma burguesía. En otras palabras, ni económica ni políticamente es lo mismo la misma tasa de inflación si es impulsada por diferentes actores sociales. En este plano la exclusión del sector popular se expresa -más allá de cuánto ingreso pierda- en que ya no puede coimpulsar la inflación. La inflación, sus fluctuaciones y los factores que la impulsan están lejos de ser sólo un problema económico; son expresión de alianzas, victorias y derrotas entre un cambiante haz de fuerzas sociales. Por supuesto, esto deja espacio para conflictos alrededor de qué fracciones de la burguesía y qué actividades estatales seguirán impulsando la inflación remanente -pero esto por el momento no nos interesa.

El segundo gran problema económico inicial del BA (Estado Burocrático Autoritario) es la balanza de pagos. En todos los casos previos al BA, aunque con diferente intensidad, diversas medidas nacionalistas o socializantes dejaron una larga lista de agravios y reclamos económicos del capital transnacional -desde utilidades declaradas que se prohibió remesar hasta montos indemnizatorios por expropiaciones-, que ejercen fuerte presión sobre las exangües divisas con que se inaugura al BA. Por otro lado, el mantenimiento de algún nivel de actividad económica, así como el pago de la deuda externa, exigen disponibilidades de divisas a una economía cuyo crédito internacional se ha acercado a cero. ¿Cómo obtener con la urgencia del caso, los préstamos y moratorias que permitan evitar la cesación internacional de pagos y mantener la actividad económica interna, aunque sólo fuese al recesivo nivel impuesto por las políticas antiinflacionarias? Este es un crucial test para una política económica que apunta tan centralmente a reengarzar estas economías con el sistema capitalista mundial. La respuesta a esta pregunta depende fundamentalmente del capital financiero transnacional. Veremos que esto entraña imponer condiciones a las políticas internas del BA en beneficio de un alivio de la balanza de pagos que se espera sirva, a través de la restitución de la ‘libertad’ a los movimientos internacionales de capitales y de generosos ajustes de las cuentas que dejó pendientes el período anterior, para que comience a ‘normalizarse’ la modalidad dependiente de inserción de estos capitalismos en el sistema mundial.

Pero lo importante es que tanto por el lado de la política antiinflacionaria como por el de la balanza de pagos, las maneras de lograr la normalización están codificadas, y que ellas forman un importe capítulo de los criterios de racionalidad de la conducción de una economía capitalista. La normalización no se logra sin recuperar la confianza del capital financiero transnacional; los criterios que rigen  su aprobación y, en definitiva, su confianza, marcan el desfiladero por el que tienen que pasar las políticas de normalización del BA.

(…)

Es imaginable que haya políticas que puedan conducir a la normalización, pero bajo el BA, dada la relación de fuerzas sociales que éste cristaliza, sólo es viable el subconjunto que es aprobado por aquellos actores. Si así no ocurre ellos se seguirán comportando de maneras fundadas en pesimistas expectativas, que influirán decisivamente para que se confirmen esas predicciones. Sostendré ahora que ese subconjunto de políticas viables es sumamente reducido, que esto se relaciona estrechamente con uno de los capítulos más rígida y explícitamente codificados de la ‘racionalidad’ en una economía capitalista, y que el logro de la normalización pasa por la hipertrofia interna del capital financiero y, asimismo, por la consolidación y expansión de las fracciones oligopólicas transnacionalizadas de estas economías.

No hay normalización posible sin aplicación, respetuosa y reconocida como tal,  de lo que los principales actores económicos consideran racional y causalmente eficiente para ello. El BA sólo puede ser el BA conducido, en sus principales resortes económicos, por funcionarios suficientemente ortodoxos en la aplicación de esa lógica. Si no lo son -y además, si no son reconocidos como tales- falta uno de los requisitos para la normalización que la gran burguesía y el capital financiero transnacional modifiquen sus pesimistas predicciones y que, al menos, adopten una actitud de expectativa que admita la posibilidad de convencerse m{as adelante, ‘con hechos a la vista’, que corresponde modificar dichas predicciones. El movimiento se demuestra andando y la ortodoxia también. Luego de la crisis que precede al BA, todo lo que puede obtener de inmediato es la entronización de liberales en su aparato económico, es esa actitud de expectativa. La gran burguesía y el capital transnacional cautamente suspenden juicio: recortan el saqueo pero todavía no arriesgan a mediano y largo plazo en una economía que -gran cambio- ahora creen que puede mejorar, pero cuya posibilidad deshacerlo es todavía indeterminable”.

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(…)  la política de normalización es evaluada por actores -externos e internos- que tienen capacidad decisiva para aliviar o no la balanza de pagos y para, con sus comportamientos hacerla fracasar. Sus pautas de lo qu ees racional y aceptable vienen codificadas a partir del funcionamiento del centro del sistema capitalista mundial. Esas mismas pautas -aquí el lenguaje debe ser cuidadoso porque no es esta una visión instrumental de la ideología- facilitan y a su vez expresan, traduciéndolas como versión objetiva de la ‘realidad’ y de las conexiones causales que las gobiernan, la posición dominante de buena parte de esos actores, no sólo localmente sino también en el sistema capitalista mundial. “Libertad de iniciativa” y de movimiento de capitales; “eficiencia” que no se detiene ante el “sentimentalismo” de proteger a productores “marginales”, “disciplina” fiscal y salarial. Estos son algunos de los preceptos de la ortodoxia en base a los cuales estos actores evalúan la situación, resumiéndola eventualmente en su confianza y en la consiguiente existencia de un “clima favorable” para sus actividades.

Si la aprobación del capital transnacional y de la gran burguesía es condición necesaria para la normalización y si los criterios que determinan esa aprobación se hallan rigurosamente codificados, es bastante poco lo que el gobierno del BA puede inventar en cuanto a los criterios con que emprende esa tarea. Brevemente, la ortodoxia -según arriba definida- es condición necesaria para la aprobación de aquellos actores y para modificar sus predicciones; y esto a su vez es condición necesaria para la normalización.

Considerándolo con un poco de atención, este encadenamiento está formado por algunos eslabones frágiles. El gran problema inicial no es sólo que los “técnicos” liberales ganen el control de, al menos, el aparato económico del BA. Tampoco lo es que tengan antecedentes irreprochables para sus interlocutores internos y externos, ni que se extremen en profesiones de ortodoxia; ni siquiera es suficientes que las medidas que adoptan sigan claramente la orientación codificada. (…) Para que la reaparición de aquellos ‘técnicos’ pueda cambiar las expectativas tienen que darse además otros requisitos, en los que descubrimos que el problema está lejos de ser puramente económico. Ellos son: 1) tiene que ser verosímil que los políticas de normalización se irán decidiendo e implementando, y se mantendrán, por todo el tiempo necesario para que rindan fruto. No se pasa inmediatamente de la crisis que precede al BA a un mundo estable y predecible. Hay un tránsito, que cubre un lapso más o menos prolongado, durante el cual es necesario que se prediga que se mantendrá la ortodoxia; de otra manera, las aprobaciones necesarias quedarían en suspenso y, sobre todo, las predicciones (y consiguientes comportamientos) seguirían siendo negativos -con lo que la normalización sería inviable por carencia de una de sus condiciones necesarias-; y 2) como la decisión de mantener la ortodoxia no flota en un vacío social, para revertir aquellas expectativas es necesario también que, en contraste con lo que enseña la fresca memoria del Estado pretoriano, exista capacidad y voluntad de prevenir, y llegado el caso derrotar, las alianzas y oposiciones que pueden surgir contra las políticas ortodoxas. Esto equivale a decir que tiene que haberse producido, efectiva y reconocidamente un cambio en el tipo de Estado (…) una radical modificación en las bases sociales de un Estado que ahora parece capaz de extender una garantía de recuperación de las condiciones generales de funcionamiento ‘normal’ de estos capitalismos y de garantía de su sistema de dominación. (…)

(…)

La adhesión del BA al código de la ortodoxia es la prenda fundamental del apoyo de la gran burguesía y del capital transnacional. Para ello, el BA tiene que ofrecer la garantía verosímil de su adhesión a la ortodoxia, de no caer en el futuro en tentaciones de ‘sentimentalismo’ y ‘caminos fáciles’. Esta garantía no es sólo ni tanto contra el sector popular, sino contra diversos sectores medios y de burguesía local, quienes tienen que aportar importantes ‘sacrificios’ para la recuperación de la peculiar normalidad de estos capitalismo (…) Aquí se juega la credibilidad de la ortodoxia proclamada: ¿es verosímil que, contra los crujidos, no ya del sector popular, sino de partes no insignificantes de las clases dominantes locales, se la mantendrá?

(…)

El BA sólo puede extender a la gran burguesía esas garantías con su propia gente; es decir, si y cuando abre sus instituciones a los ‘técnicos’ que encarnan ante el gran capital una visión de racionalidad económica suficientemente cercana a la de éste. Esta es la base de una aceptación que se sustenta en la pertenencia a un mundo común de relaciones, de experiencias y de intercambios personales en los que cierta visión del mundo y de lo que es en él ‘racional se expresa en común. Esos ‘técnicos’ son, por eso, el punto de imbricación del BA con la gran burguesía y el capital transnacional. Ellos creen sinceramente servir a un abstracto interés general cuando ajustan su comportamiento a la lógica de funcionamiento de estos capitalismos. Por eso pueden transar en el BA con paternalistas y nacionalistas en la medida en que no acoten demasiado su control de la política económico  y social. (…) Son, por ello los interlocutores de los organismos transnacionales y de los financistas que brindan apoyo al BA; en realidad ese apoyo se  da, si no directamente a ellos, al BA en tanto ellos tienen y parece probable que conserven una decisiva cuota de poder. Pero aún con esta constelación de factores favorables, la tarea de quienes toman a cargo la normalización no es fácil.

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Los liberales en la conducción económica del BA hacen su parte, ajustándose al código. Antes del BA poco o nada quedaba de la confianza del gran capital interno y externo. La crisis desliga a estos capitalismos del sistema mundial del que son parte. En mayor grado que en el caso de las economías menos complejas y transnacionalizadas, ese desenchufe de los capitalismos del que emerge el BA es la medida de la profundidad de su crisis. Ante ello una tarea central del BA es recomponer la alianza con la gran burguesía y el capital transnacional. Pero parte del gran capital que debería liderar la nueva etapa no está ahí. La crisis previa al BA lo ha ahuyentado y, aunque la estructura que tanto ayudaron a conformar les ofrece ancho espacio, para que la gran burguesía y el capital transnacional jueguen ese papel impulsor -invirtiendo en actividades menos especulativas y reingresando desde el exterior-, el BA tiene que hacer méritos, compitiendo con colocaciones alternativas a escala mundial. Esos méritos son, como ya he señalado, no sólo la adopción de políticas social y económicamente ‘racionales’ sino también la verosímil garantía de su continuidad futura. Mientras ello no ocurra aquellos arriesgan poco, por más que apoyen políticamente a los ortodoxos que quieren y tal vez puedan extender esa garantía. Además , mientras dura el lapso requerido, y como parte de la garantía misma, el aparato estatal tiene que ‘racionalizarse’ , aumentando no sólo su capacidad de control sobre los excluidos sino también de manejo de los instrumentos de política económica que deben disminuir las fluctuaciones preexistentes. También tendría que realizar las obras de infraestructura física y comunicaciones que permitirán soportar y brindar economías externas a las eventuales inversiones futuras. Sin un esfuerzo exitoso en estos sentidos las inversiones privadas internas y externas no se producen en la cantidad y regularidad necesarias o, simplemente, la incipiente confianza se evapora. Cortado abruptamente el amenazante período previo y enfrentado a una profunda crisis económica, el gobierno del BA inicia, con evidentes intenciones nupciales, su cortejo del gran capital -local y transnacional. Estentóreas adhesiones al código, rechazo de toda ‘demagogia’ o ‘sensiblería, espectaculares demostraciones de la capacidad y voluntad que ahora existen para imponer ‘orden’, son características iniciales que sólo pueden ser entendidas en función de ese anhelante cortejo. Pero la espera no se fácil ni breve. Por lo tanto, para atraer grandes y continuadas inversiones internas y externas sería necesario que la economía retomara una tasa razonable de crecimiento -para lo cual a su vez haría falta que la gran burguesía y el capital transnacional ya estuvieran jugando el papel impulsor que no desempeñan debido a la cautela con que todavía evalúan la situación. Pero la ortodoxia impone la contención de sueldos y salarios, la drástica reducción del déficit estatal y la eliminación de subsidios a actividades ‘ineficientes’ y al consumo masivo, como manera de ajustar el nivel de actividad de la economía a sus ‘verdaderas’ posibilidades. Por lo tanto, el impacto recesivo de estas recetas aumenta la subutilización de la capacidad productiva instalada, lo que hace irracional invertir en su ampliación.  (…)

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Este liberalismo, tal como se expresó en 1966, no era antiestatista ni proponía un retorno al laissez-faire. En una sociedad como la argentina de 1966, sujeta a una alta activación popular, marcada por conflictos en los que la clase obrera y las capas sindicalizadas de los sectores medios actuaban con alta -y creciente- autonomía frente al Estado y la burguesía, sujeta a recurrentes crisis económicas, abandonada, por esto mismo, de nuevas inversiones de capital transnacional, y abierta a promesas “demagógicas”, ese liberalismo promovió activamente la implantación del BA (Estado Burocrático Autoritario). Aunque quisiera un desemboque democrático, es desembozadamente autoritario por todo el tiempo necesario para que las condiciones de esa democracia estén, a su criterio, plenamente garantizadas. Además, no es hostil per se a una expansión del aparato estatal, ni siquiera de sus actividades económicas -lo que lo aleja del laissez-faire de algunos de sus aliados más tradicionales-, siempre que sirva a la expansión de la estructura productiva oligopólica de la que surgen sus principales portavoces (lo cual a su vez lo aleja tanto del Estado “equilibrador” de los paternalistas como del estatismo empresarial al que apuntan los nacionalistas).

Foto.

 

 

Lo que termina / Lo que comienza

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Hay muchas formas de verlo. Cada uno tendrá la suya. Quien produzca la mejor forma de ver e interpretar qué es lo que termina y qué es lo que comienza el 10 de diciembre -y también por qué llegamos a este punto- podrá navegar mejor los próximos años. Si el navegante es un dirigente político, quizás logre ser más importante dentro de dos y cuatro y seis y ocho años en términos de votos, que es lo único que al final termina ordenando la política -mucho más aún en el peronismo-.

Entonces, la pregunta: ¿Qué termina el jueves 10 de diciembre de 2015?

 

 

De más está aclarar que cuando ocurren cosas como estas que enumero se producen desequilibrios y conflictos que hacen síntoma en cuestiones como la inflación, algún impuesto bien cobrado y otro mal cobrado, alguna regulación que parece justa y otra no, sobre todo para el sector que es objeto de ella.

Así, el gobierno que lleva adelante un “programa” como este se debe ir acostumbrando al roce, al choque, a los golpes y las heridas. Un gobierno con una impronta de ese tipo se parece, entonces, tras doce años, más a un pilar de Rugby, retacón, con la nariz rota y las orejas sin forma, a lo que habría que agregar -a diferencia de los admirados Pumas- sin sponsors, que se come las eses, con una novia pobre y medio fulera, con un creciente olora pata y a chivo y morocho. Nuestro protagonista, sudado y sangrante, aparece entonces muy diferente a un esbelto, carilindo y perfumado tenista, como puede ser el designado embajador en los Estados Unidos.

Sigo con la pobre metáfora para afirmar que el rugbier retacón y negrito, cuando va sumando golpes, roturas de tabique, y se le planchan los cartílagos de la oreja puede ser -y es- que se vuelve menos atractivo para un sector de los votantes. Y para un sector de los aliados. Y puede entrar en una dinámica de quedarse lamiendo sus heridas (y hasta enamorándose de ellas) más que en otra que vuelva a ir en búsqueda de aquellos esquivos votantes. A veces es simplemente que no sale otra cosa cuando se está empujando y empujando y empujando en el scrum. Y empujar cansa. Al que empuja, al que es empujado y a varios que se sienten empujados.

La responsabilidad del tanteador, sin embargo, no es de otro que del que juega. De los que jugamos. Decisiones son decisiones…

¿Y qué es lo que comienza? Del discurso de Macri, de su historia, de sus designaciones, de sus aliados, podemos pensar que:

 

 

Ya termina. Ya comienza. Una vez más.

El placer

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Desde que leí la nota en La Nación Revista me pareció que ahí hay alguna clave para entender lo que pasa y lo que pasará. Estas que siguen no son unos comentarios contra lo que dice la nota. Enojarse con la realidad no suele llevar a buenas conclusiones.

El sacrificio perdió por goleada ante el placer“, señala Matías Martin. Me da la impresión de que la frase surge pensada. Aparece por tratarse el entrevistado de un periodista con una formación que le brinda herramientas para saber dónde poner el foco. No es una frase celebratoria. Describe nomás.

“Antes estaba muy instalada la idea del sacrificio. Hoy, el valor que ganó es el hedonismo. El trabajar de lo que te gusta, el hacer lo que querés (…) Hoy el objetivo es pasarla bien, ser feliz. Por algo es el auge de la meditación. Todo eso va con el mismo objetivo, que es pasar mejor el durante, ya no es llegar a un lugar. Estar un poco mejor, quererte más, cuidarte más”.

(…)

“Un ejemplo es Daffunchio (Germán, cantante de Las Pelotas). Él me explica que el golf es el deporte zen: ‘Ni fuerte ni despacio, la fuerza justa’. Hablás con Ricardo Mollo y lo mismo: vida sana. ¿Cuál es el objetivo? Seguir pasándola bien. Muchas veces pensé que todos estos reventados hicieron un trabajo por nosotros. La vivieron de una manera como para que vos digas: ‘Este ya la hizo, no lo tengo que hacer yo’. Él vivió por nosotros. Todos nos pusimos en pedo, todos jugueteamos más o menos con algún exceso para pasar algún límite, pero me parece que no está ahí la felicidad. Experimentar con algún exceso puede ser la búsqueda de la felicidad, pero no está ahí”.

(…)

“¿Qué sentido tiene lastimarse? Antes estaba instalada la idea del sacrificio. Lo que no implica que no te tengas que romper el culo para conseguir las cosas. Pero la idea del sacrificio perdió por goleada con la idea del autoplacer. La idea de darse los gustos, de darse para sí la experiencia (de un viaje, de lo que sea) es lo que ganó. Eso lo tuve muy presente desde chico. Yo siempre lo tuve como un plan”.

(…)

“Se estiró la edad del placer. Nuestros padres no escucharon rock, y el rock cumplió 50 años”.

Luego vienen las reflexiones más políticas en la nota. Por ejemplo, que todo indicaría que “tiene que venir un gobierno conservador, y no parece“. Pero creo que esas reflexiones políticas dicen menos, son menos estimulantes que estas primeras frases supuestamente no políticas.

Creo que en pensar qué significan estas reflexiones está parte de la clave de lectura de la Argentina de hoy y de la que viene. Insisto, no las leo con desprecio, no soy despectivo hacia ellas. Me gusta mejor pensar qué dicen de mí, qué dicen de otros. Qué dicen de nosotros y qué dicen de los otros.

Yo las leo y no tengo una interpretación clara sobre ellas. Lo digo: no sé bien qué significan en clave “política”. No lo sé. Una lectura lineal diría que el kirchnerismo ha apelado a una épica más “sacrificial” y que entonces Scioli, Macri y Massa blablablabla. Pero no creo que eso sea así. No de esa forma. Ni el kirchnerismo está desfasado del signo de los tiempos ni Scioli, Macri y Massa lo aciertan. Pensar que el kirchnerismo se parece menos a esta sociedad que los principales candidatos presidenciales actuales es una pifia grosera. Insisto, no da para lecturas lineales esto porque lo que marca Martin se trata de un proceso que viene de algún lado y va hacia algún otro. Es algo que va mutando, se va engrosando o afinando, se vuelve de un color más oscuro o más suave.

De lo que sí estoy seguro, insisto, es que en estas palabras hay una clave. Que puede estar más o menos oculta. Con la que hay que convivir, pero como quien baila con alguien, no como quien despliega la vela y se deja llevar por el viento.

Se trata entonces de ver quién o quiénes serán los que mejor sepan cruzar la pista, sacar a bailar y bailar. Se trata de algo tan desafiante como eso.

Suena (otra vez) nuestra canción y siento un calor en las tripas, un temblor. Entonces me despego de la pared y voy hacia vos.

Imagen.

 

Una

Tres cositas en este arranque de la campaña electoral:

Cuando analizamos las estrategias de la oposición en este blog, venimos hablando de algo que, en el contexto del -llamémosle- “giro a la izquierda” de los gobiernos de la región han venido haciendo muchas veces los sectores políticos que se enfrentan a los oficialismos y que buscan mejorar su desempeño electoral. Hablamos de “caprilización”: Henrique Capriles elige para enfrentar a un sólido Hugo Chávez garantizar que mantendrá varias de las políticas populares del entonces presidente venezolano. No ser “la oposición” sino “la solución”.

Una muestra clásica de esta situación puede ser el ya famoso discurso de Mauricio Macri la noche de la victoria del PRO en la Ciudad de Buenos Aires, en el que ratificó que el Estado mantendrá su presencia en ciertos sectores de la economía, con algunos cambios.

Ahora bien, lo que vimos después de las primarias parece ir en otro sentido. ¿Se trata de un sentido que va de la “caprilización” hacia una estrategia de mayor polarización, más dura, como la que llevó adelante el candidato opositor Aécio Neves en Brasil? Repasemos:

¿Deja de lado entonces Macri la estrategia de Capriles, Marina Silva,  Luis Lacalle Pou, de buscar un cierto “centro” -aquí como en casi toda Sudamérica un poco más corrido hacia la “izquierda” de lo que al PRO le gustaría- y va hacia la estrategia “hardcore” de Aécio Neves para buscar polarizar la elección y engordar remarcando su perfil opositor?

Del otro lado del espejo, esta semana reapareció la presidenta Cristina Kirchner. Entre los oficialistas, lo que vemos es un debate acerca de si hay que “cristinizar” o “sciolizar” la campaña. Si para tratar de llegar a un 45 por ciento hay que volver más “azul oscuro” las zonas azules del país o ir a cazar en las zonas verdeamarelas que dejaron las PASO en la zona central de nuestro país.

Mi opinión es que ese debate es secundario, por dos razones:

Lo que me parece importante en el oficialismo no es tanto que se “cristinice” o se “danielice” sino que, al estilo de cómo se pactó la fórmula presidencial única en el Frente para la Victoria haya una estrategia electoral también pactada al máximo nivel. Esa estrategia puede bien pararse más en un polo o en otro o incorporar elementos de los dos estilos, por ejemplo, de acuerdo al territorio del que se trate. Pero la estrategia tendrá necesariamente más fuerza si fuese una y acordada.

En este sentido, y recuperando la primera parte de esta breve nota, habrá que ver si los movimientos que estamos viendo en el principal frente opositor resultan inocuos para el oficialismo. ¿Si Macri se “macriza”? ¿Si deja la “caprilización” para fundar la agrupación “La Aécio”? ¿El oficialismo conserva toda la paleta de matices de cara a la próxima campaña o se definen a su vez en espejo las estrategias?

Arranca la primera campaña del resto de nuestras vidas. Ahí vamos.

“…But nothin’ stays…”

Medanos_de_coro..

And that’s good

Isn’t it grand? Isn’t it great?
Isn’t it swell? Isn’t it fun?
Isn’t it?

But nothing stays

In fifty years or so
It’s gonna change, you know
But oh, it’s heaven
Nowadays

Nowadays, de John Kander y Fred Ebb. Chicago The Musical

(se puede darle play mientras se lee el post)

 

 

La política puede pensarse de distintas maneras. Hay una de ellas que me interesa traer aquí. Es la que la define, de algún modo, como el esfuerzo eterno, imprescindible, inevitable de los hombres por lograr algo (casi) imposible. Algo como como tratar de asir un médano enorme que se escapa todo el tiempo entre los dedos. Se trata de una búsqueda por detener el fluir del tiempo y de los acontecimientos, dotar de un orden (estable, virtuoso) a algo (la vida en libertad entre los hombres) que se resiste a tenerlo. La fortuna, esa mujer, (perdón, chicas), se resiste a ser domada. Puede -y lo más probable es que pueda- llevarte puesto a la primera de cambio. O a la segunda. O a la tercera. La política no es un caos. Tiene sus reglas y regularidades. Tiene movimientos, ritmos, notas que se puede tratar de conocer. Pero ¿sirve de algo conocerlos? ¿Cuánto sirve? ¿Quién será el que tenga tanta virtú como se necesita para domar a la fortuna?

Quien quiera entender un poco más e intervenir en esa tarea (casi) imposible deberá suponer a “todos los hombres malos y dispuestos a emplear su malignidad natural siempre que la ocasión se lo permita”. Dicho con crudeza: “si dicha propensión está oculta algún tiempo, es por razón desconocida y por falta de motivo para mostrarse; pero el tiempo, maestro de todas las verdades, la pone pronto de manifiesto”.

Lo bueno, lo virtuoso, lo bello, lo alegre no dura. Existe mientras podemos aferrar el médano en ese momento en el que ya se nos empieza a escurrir la arena entre las manos. En algunos momentos  y en algunos lugares se logra. Y hasta se logra por mucho tiempo. Son excepciones.

It’s good
Isn’t it grand? Isn’t it great?
Isn’t it swell? Isn’t it fun?
Isn’t it? Nowadays

Más o menos así piensa las cosas Nicolás Maquiavelo, por ejemplo, en sus Discursos. En Maquiavelo siempre se está en un “fin de ciclo” (¿o es un nuevo comienzo?). Se sabe, las “buenas” formas de gobierno -la monarquía, la aristocracia y la democracia- degeneran con cierta rapidez en las “malas” -la tiranía, la oligarquía y algo así como una anarquía-. “Fácilmente se pasa de una a otra”. Y todo suele siempre ir para peor (“casi ningún estado tiene tan larga vida que sufra muchas de estas mutaciones sin arruinarse”). O un estado vecino lo somete o  “se le verá sufrir perpetuamente los referidos cambios”.

¿A qué viene todo esto? No es más que una oportunidad para recordar que no siempre tenemos presente lo difíciles (casi imposibles) que son las artes de la política. Y lo anormalmente estables que han sido, a fin de cuentas, estos doce años de krichnerismo.

You can like the life you’re livin’
You can live the life you like
You can even marry Harry
But mess around with Ike
And that’s good

Isn’t it grand? Isn’t it great?
Isn’t it swell? Isn’t it fun?

Y también estos conceptos nos permiten reecontrarnos con otra idea:  que nada, nada dura para siempre así como era, inmutable. Menos en política. Y de esa forma es que este domingo a la noche, cuando empecemos a conocer los resultados de las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) va a haber algo -no sé bien qué, no sé bien cómo- que va a empezar a cambiar o que va a seguir cambiando. Y que no sabemos si será para mejor. Maquiavelo nos diría que lo más probable es que no lo sea.

Han sido estos unos años especiales, por lo menos para quien escribe. No quiero decir, ni mucho menos que hayan sido tan livianamente divertidos (“Isn’t it fun?”), como le parecen las cosas al personaje de Roxie Hart en el musical Chicago, ni para mí, ni para nadie. Sólo que, si se me permite, me han parecido especiales. En 2003 aún no había tenido a mi primer hijo. Creo que en 2003 entendía menos algunos costados del país y de la región en la que vivo. En 2003 no creía que la democracia argentina hubiera aprendido de algunos de sus errores, por lo menos los errores que a mí más me preocupaban. En 2003 creía que era muy difícil que no fuera todo para peor. La evaluación de cómo han sido quedará para cada uno. Yo tengo la mía.

Y ahora, sobre el futuro, cuando falta poco para el domingo… aquí estamos nuevamente. ¿Y cómo será? Una vez más no lo sé.

In fifty years or so
It’s gonna change, you know
But oh, it’s heaven
Nowadays

Acerca de otro presidente (del FPV)

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Cada vez que me preguntan, digo que no veo hasta tan lejos como el 11 de diciembre de este año. Predecir el futuro no es lo mío. ¿Es lo de alguien?

Por algunas razones expuestas, se podría decir a esta altura del mes de julio que la fórmula del Frente para la Victoria, Daniel Scioli-Carlos Zannini, tiene posibilidades ciertas de imponerse en las elecciones de octubre y que, al mismo tiempo, el ticket Mauricio Macri-Gabriela Michetti está en condiciones de reconstituir el muy atomizado campo opositor. Las elecciones provinciales anticipadas han sido beneficiosas para los oficialismos y el FPV puede decir que no le ha ido mal, de acuerdo a los balances más precisos. Arranca la campaña nacional. Se verá.

Sobre el futuro gobierno, hay que reiterar, primero, que la Argentina es un país presidencialista, que el Poder Ejecutivo es unipersonal. Que eso no quiere decir, sin embargo, que el presidente “hace lo que quiere”. Puede leer, quien quiera, por ejemplo, lo que solía costarle a Carlos Menem que una ley fulera atravesara el Congreso (¿creen los más jóvenes acaso que hubo en algún momento un “diputrucho” de puras ganas de transgredir las reglas formales?).

Dicho todo esto, voy con unas viñetas:

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En un paper bastante conocido, Rudi Dornbusch y Sebastián Edwards señalan que un enfoque “populista” de la economía es aquel que “enfatiza el crecimiento y la redistribución del ingreso y desenfatiza los riesgos de inflación y déficit financiero, restricciones externas y la reacción de los agentes económicos a políticas agresivas de no-mercado”.

No está mal la definición, pero lo diría de otra manera. Los populismos lo que hacen es poner a la gente en otro lugar. Poner a la sociedad, poner a sectores importantes de la sociedad en otro lugar. Ponerlos (junto con la vara) allá. Aquí están las paritarias, aquí están los sindicatos más fuertes, aquí está el 100% de cobertura previsional, aquí está el derecho a recibir la AUH, aquí están los trenes nuevos, aquí está el Hospital El Cruce de Florencio Varela, aquí está el Plan Progresar para jóvenes que no trabajan pero que quieren ir a estudiar, los medicamentos que brinda el PAMI, la universidad nueva en tu municipio, el científico argentino de elite pagado en euros, la beca para estudiar ingeniería. Usted mismo haga su propia lista.

Como ocurre con el puntapié inicial en un partido de rugby, el balón se patea fuerte hacia arriba y hacia adelante. Pero, claro, luego hay que correr y prepararse para -más o menos en el lugar donde la pelota comienza a caer- chocar con los forzudos del equipo contrario.

Ahora la pelota cae, hay que ver cómo estamos para el choque. No es fácil para nadie. De las políticas “insostenibles” financieramente que llevó adelante Juan Domingo Perón, la sociedad no terminó de bajarse -en el marco de una violencia prácticamente desnuda- hasta 30 años después. ¿Y de las que se pusieron en marcha ahora?

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Me resuenan las palabras de Alvaro García Linera pronunciadas en Buenos Aires en marzo pasado. La sociedad no se mueve en un “ascenso perpetuo”, sino por “ciclos”. Se trata de ciclos de “ascenso, estabilización, descenso”. Tomémonos tres minutos. Escuchémoslo despacito:

Un segundo tema: ¿economía o compromiso? La voluntad ayuda a mover. La voluntad y la esperanza son los principios que mencionaba Hegel siempre para poder cambiar el mundo. Pero eso tiene un límite. Puede haber un año de voluntad, dos años de esperanza, tres años de voluntad, cuatro años de sacrificio. Pero si ese sacrificio, esa voluntad, no vienen acompañados de resultados prácticos, la voluntad también se cansa. El sacrificio también tiene límites. Es una obligación de los gobiernos progresistas y revolucionarios tener la capacidad de crear un régimen económico sostenible, redistributivo, generador de riqueza, generador de igualdad. No es un tema menor. La sociedad no se mueve perpetuamente. No hay el ascenso perpetuo de la sociedad en sus movilizaciones. No. La sociedad se mueve por ciclos: ciclos de ascenso, estabilización, descenso. Ascenso, estabilización, descenso. Y entre una cima y la otra pueden pasar meses, pueden pasar años, o pueden pasar décadas. Y entre una cima y la otra tiene que haber un régimen de estabilidad económica, de crecimiento económico y de redistribución. Cuando estábamos en la oposición no pensábamos estos temas. Bastaba criticar a los neoliberales, denunciar su incapacidad, denunciar la corrupción y el robo. En gobierno, tenemos la obligación de pensar la gestión. En la movilización y la eficacia, en la movilización y la gestión, en la movilización y la generación de riqueza, en la movilización y en la distribución de la riqueza, tenemos que tener que mostrar que los regímenes progresistas y revolucionarios no solamente somos más democráticos, sino también económicamente más creativos y más igualitarios, más redistributivos de la riqueza. ¿Y saben por qué? Porque no queremos, compañero Ignacio (Ramonet), no queremos que este despertar de las izquierdas latinoamericanas sea un corto verano. No queremos ser parte de una novela de un corto verano. Queremos que dure mucho. Queremos que dure décadas. Queremos que dure para siempre. Y eso es la economía. En gobierno, el puesto de mando se coloca en la economía. Democracia y economía. Cuando uno está en la oposición, es lucha democrática y construcción de sentido común. Cuando uno está en el gobierno, es ampliación de espacios democráticos y construcción de una buena economía con capacidad de distribuir la riqueza y de generar más igualdad entre las personas.

Éste es un tema delicado, me doy cuenta, pero es un tema decisivo. Creo personalmente que el futuro de las revoluciones en América Latina se va a decidir en el ámbito económico. Ahí se define. Y es entonces que hay que crear una estructura económica lo suficientemente diversa, amplia, democrática y redistributiva. El socialismo y el comunitarismo no es la distribución de la pobreza. El socialismo y el comunitarismo es la distribución de la riqueza, de la ampliación de la riqueza distribuida entre las personas.

Como solía decirme un sabio profesor de la facultad, “hay que socializar la riqueza, no la pobreza: para socializar, socialicemos el Luigi Bosca”.

¿Y qué tiene que ver esto con nosotros? ¿Y qué tiene que ver esto con un nuevo gobierno del FPV? Mucho. Habrá tiempo de debatir. ¿Habrá?

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Escuchemos ahora a la presidenta Cristina Kirchner, el Día de la Independencia, en Tucumán.

Y entonces, siento que faltan cosas todavía por hacer y confío que los compañeros y compañeras de este proyecto las van a llevar a cabo, porque también, como ustedes se miran a los ojos y se reconocen y nos reconocemos por el afecto entrañable que nos une, también ustedes deberán mirar a los ojos y a ustedes deberán mirarlos a los ojos para rendirles cuentas de todo lo que todavía falta hacer en este bendito país. Y yo confío que los hombres y mujeres que forman parte de este espacio lo harán.

¿Saben por qué? Porque nadie, en definitiva, nadie quiere escaparle al juicio de la historia. Porque cada uno de nosotros, finalmente, más tarde o más temprano va a ser enjuiciado por la historia. No importa el juicio de los diarios, no importa el juicio de las radios o de la televisión, lo que importa es el juicio de la historia. Ese es el juicio es por el que debemos ir todos y cada uno de los hombres que conformamos el espacio. Por el juicio de la historia que es la memoria y el afecto popular que siguen recordando a Perón, a Evita, a Yrigoyen, a San Martín, a Belgrano, a Güemes, como los grandes de la patria. Ese juicio y por ese juicio vamos y no nos vamos a mover ni un milímetro del lugar en el que estemos.

 

Escucho a gente que, debido al relativo buen desempeño en términos de popularidad de los gobiernos kirchneristas considera que gobernar es algo simple. Que se trata de obtener réditos políticos. Manejar “la lapicera” e ir “por todo”. No llegan a ver, creo, que gobernar no es nada fácil. Que gobernar es obtener réditos y también pagar costos. En un país presidencialista, esto (re)cae sobre el presidente. Es el presidente el que mira a los ojos, no sé si a la historia, pero sí a esta indómita sociedad. ¿Dirá esta sociedad desde diciembre al nuevo presidente “menos mal que llegaste vos, menos mal que se fue esta pesada de Cristina” o “mucho gusto eh, dame ahora vos lo que venía reclamando”? ¿O será alguna mezcla de las dos?

La pregunta podría ser también: ¿estará ahora finalizando un período excepcional y se volverá a “lo mismo de siempre” o sólo ocurrirá que nacerá algún nuevo tipo de normalidad?

Imagen.

¿Haciendo Historia?

La presidenta Cristina Kirchner tendrá su lugar en la Historia, como todo jefe de Estado argentino. Sin embargo, la mandataria podría convertirse en la primera -más allá de lo ocurrido con Néstor Kirchner quien, en una sucesión muy especial, le transmitió el mando en 2007- en vencer una dinámica política que parecía inamovible en el actual período democrático iniciado en 1983.

El reconocido politólogo argentino Aníbal Pérez-Liñán, de la Universidad de Pittsburgh, se refirió a la cuestión de la popularidad presidencial en el país en un trabajo de 2013, que tituló “Liderazgo presidencial y ciclos de poder en la Argentina democrática”.

En ese paper, el especialista sostiene que el poder presidencial en la Argentina está expuesto a ciclos “abruptos”. Señala en tal sentido: “En reiteradas oportunidades (…) los ciudadanos han establecido una relación cíclica con el presidente, marcada inicialmente por un reclamo de decisiones contundentes, templada luego por una tolerancia cómplice con su estilo de gobierno, agrietada tardíamente por cuestionamientos morales y oscurecida finalmente por la demonización del presidente saliente. Un mismo estilo de gobierno ha sido resignificado como muestra de liderazgo, de pragmatismo, de arbitrariedad y de corrupción en diferentes momentos de este ciclo”.

El trabajo incluye el siguiente gráfico:
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En él se ofrece “un sumario de los niveles de aprobación presidencial en encuestas de alcance nacional entre 1983 y 2013” en base a datos de IPSOS-Mora y Araujo, luego de 2005 IPSOS. Allí puede apreciarse que “si bien casi todos los presidentes comienzan con altos niveles de aprobación —excepto Eduardo Duhalde y Cristina Fernández, que nunca tuvieron luna de miel— Alfonsín y Kirchner se presentan como los presidentes que han tenido mayor capacidad para proyectar su popularidad durante (y posiblemente también décadas después de) su mandato”. En el gráfico puede observarse cómo los mandatarios no se retiran del poder con su imagen creciendo de manera ostensible o sostenida. Duhalde, que no fue electo por el voto popular, mejoró hacia el final pero hasta llegar a niveles bajísimos de aprobación y habiendo pasado por situaciones aún peores.

También queda claro cómo hasta el popular Néstor Kirchner terminó con muy altos niveles de aprobación pero no comparables con sus picos de aceptación. No cuento con los datos actualizados para el período 2013 – y lo que va de 2015. Tengo algunas aproximaciones. En esta nota se indica que en 2013 la imagen presidencial, para IPSOS, había caído pero hasta un piso todavía alto, del “50 por ciento”. A fin de 2014, la consultora la ubicaba en 49 por ciento. Aquí se ve cómo, Luis Costa, de IPSOS, señaló el mes lasado a Interamerican Dialogue que que “Cristina permanece como la presidente más popular de la región con el 49 por ciento” de aprobación.

Para pasarlo en limpio, entonces. No es cierto que en la Argentina se dé un “efecto Bachelet”. Que “la imagen del Presidente sube porque se va” o que, en este caso, “Cristina sube porque se va”. Menem y Alfonsín, los dos presidentes comparables a las gestiones kirchneristas por trascendencia y cantidad de tiempo en el cargo no “subieron porque se iban”. Néstor Kirchner, según consta en este gráfico se mantuvo siempre en niveles muy altos y también rompió la dinámica al no “caer” pero no “subió porque se iba”. Cristina -si todo esto sigue así- está protagonizando por lo tanto una operación política nunca antes lograda en la historia reciente argentina. Rompe el ciclo que termina con una “demonización” hacia el final. Lo rompe para su propio mandato o también si consideráramos los mandatos de Néstor y Cristina Kirchner como un único ciclo político.

Otra conclusión que puede sacarse de este panorama es que Sergio Massa, al alejarse del Frente para la Victoria y del liderazgo político de Cristina en 2013 no hizo más que seguir el sentido común de la política argentina. Apostó a seguro, al especular con que los índices de aprobación de CFK se debilitarían. Habría que decir, entonces, que el siempre muy seguidor de los vaivenes populares Daniel Scioli, quien según consta en distintas crónicas periodísticas negoció hasta último momento una lista conjunta con Massa en las Legislativas, para enfrentar al kirchnerismo, fue entonces en contra de la corriente de lo “esperable” cuando definió que su futuro político estaría “por adentro”.

Otros elementos del muy rico a pesar de lo breve trabajo de Pérez-Liñán nos permitiría ir un poquito más allá y pensar en el futuro político de la Argentina a partir del traspaso del mando. El autor cita un libro que no tuve la suerte de leer (Skowronek, Stephen (1997). The Politics that Presidents Make. Leadership from John Adams to Bill Clinton, Cambridge, Belknap Press). En ese trabajo se plantea una idea muy interesante. Que existen cuatro tipos de liderazgo recurrente.

“Este esquema permite al autor ofrecer una interpretación recursiva de la historia presidencial: los ciclos comienzan con líderes de reconstrucción, se desarrollan bajo la tensión entre gobiernos de articulación y de prevención y se cierran con episodios de disyunción que dan paso a un nuevo momento histórico . Resulta tentador proyectar este esquema de manera mecánica sobre la historia argentina reciente: Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner son celebrados como presidentes de reconstrucción; Cristina Fernández puede ser leída como una prototípica lideresa de articulación, y Fernando De la Rúa parece haber sufrido, en retrospectiva, la tragedia propia de un presidente de disyunción”, explica Pérez-Liñán.

En el análisis de Skowronek, para la democracia estadounidense, los “regímenes” presidenciales son relativamente longevos (cuatro décadas en promedio). En el caso argentino las cosas son mucho más veloces. Y Pérez-Liñán sostiene que “en el origen de esta dinámica parece encontrarse una debilidad estructural del Estado argentino, dada porque el gasto público tiende a superar los ingresos corrientes en el mediano plazo”. De esta forma, “los presidentes tienen incentivos individuales para buscar soluciones procíclicas, aprovechando al máximo los recursos disponibles cuando la economía está en auge y trasladando los desequilibrios fiscales a las administraciones futuras”. Luego, “cuando las consecuencias de estas políticas ya no pueden ocultarse, la crisis económica produce un presidente de disyunción que se proyecta como débil e incapaz, marcando el final del ciclo”. “Solamente la llegada de un nuevo líder de reconstrucción permite adoptar soluciones extraordinarias, reorientando los mecanismos de financiamiento del Estado y redistribuyendo los costos del esquema económico”.

Y acá entonces, me pregunto:

¿Esto hace entonces que, por primera vez, una Presidencia nueva no deberá ser necesariamente de “reconstrucción”, denunciadora de un pasado nefasto que se debe dejar atrás? ¿Esto, a la vez, deja de poner al Estado argentino a la “defensiva”? ¿Estamos por lo tanto, ay, después de estos años de populismo irracional, de aislacionismo chavista, más cerca que nunca antes de las tan ansiadas “políticas de Estado”?

Aquí pondremos los “peros”. En este post de noviembre de 2013, nos preguntábamos si el Frente para la Victoria puede ser “un Frente Amplio” que pendule un poco, como lo hacen los vecinos, de Tabaré a Pepe y de Pepe a Tabaré, pero no mucho más. En este otro del año pasado poníamos en duda que la senda del próximo presidente -provenga del partido que sea- va a tener su senda trazada en cierto “centro” y “moderación” y si “todos” los candidatos, de llegar a la Rosada, van a hacer “más o menos lo mismo”. Esto todavía es la política en la Argentina. La impronta del Presidente importa. No es fácil “moderarse” cuando uno está en el sillón de Rivadavia y quiere permanecer allí (¿fueron “moderados” Alfonsín, Menem, el kirchnerismo?). Expresado de otra forma: ¿es posible un “menemismo bis” en la Argentina? ¿un presidente que se “pase de rosca” en términos de políticas de mercado, desmantelamiento del Estado, desprotección de los más vulnerables, alineamiento automático con los Estados Unidos, etc.? En términos del paper, ¿vendrá un nuevo “presidente de reconstrucción” que, denunciando el pasado reciente eche para atrás lo construido?

Dicho todo esto, como venimos analizando, si Cristina logra sostener niveles importantes de aceptación hacia el final de su mandato logra algo inédito e importante. Para ella como líder política y para poner al país en la línea de largada de alguna senda dirigida hacia ciertas políticas de Estado. ¿Se podrá?

El autor citado nos da una clave de esta posibilidad, al finalizar el paper que analizamos: “Cabe preguntarse entonces si la memoria histórica no reservará el recuerdo dispensado a los grandes líderes (lideresas) para quien consiga eventualmente romper la recurrencia de estos ciclos”.

El tiempo dirá. Y ya falta poco.

El mal del eje

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Voy a señalar una serie de hechos desordenados y sobre los cuales no tengo información si existe un vínculo directo. Soy enemigo de las teorías conspirativas. Creo que para poder afirmar algo, la fuente tiene que ser seria y comprobable.

Pienso que muchas veces los hechos como los que voy a mencionar se desarrollan como si todo se diera en un teatro donde hay varias filas. Algunos actúan, algunos están en primera fila, otros en la cinco y otros en la diez. No todos se conocen. No todos inciden sobre la risa, el llanto, el aplauso o el revoleo de tomates de los otros. Pero todos están en el teatro y todos hacen algún que otro ruido que los demás pueden escuchar, si están atentos.

Vayamos entonces a este teatro.

Es probable que todo haya comenzado con el fallo de la Corte Suprema estadounidense en el caso Citizens United, en enero de 2010. La decisión derrumbó una serie de controles más exhaustivos que se habían planteado algunos años antes para separar un poco el dinero del lobby de lo que ocurre en los pasillos del Congreso, en Washington. El máximo tribunal del país equiparó a las personas individuales y a las grandes corporaciones en su derecho a la libre expresión. Por tanto, no existen más los límites a aportar dinero en campañas electorales. El que más tiene, más pone. Y el que más pone, más tiene.

En las elecciones legislativas del año pasado, por ejemplo, en los Estados en que alguna banca en el Senado estaba peleada en serio, como por ejemplo Carolina del Norte, donde se terminó imponiendo el retador republicano, el gasto de campaña llegó a cifras récord. Aquella fue una de las carreras para la Cámara alta de más de 100 millones de dólares en gastos. a nivel estadual  Esto significa, sobre todo spots, spots, spots y más spots en TV. Ahora, como se sabe, los republicanos controlan ambas cámaras del Congreso.

La decisión que abrió la compuerta a los “mega donantes” derivó en una reprimenda en vivo y en directo, alla Cristina vs. Lorenzetti, durante el discurso del Estado de la Unión de 2010, por parte de Barack Obama. Mientras el presidente acusaba a la Corte de revertir “cien años” de legislación favorable a los límites a los “intereses especiales”, los labios del juez Samuel Alito decían “no es verdad“. Para que se  entienda, al más alto nivel se habla hoy en día de la necesidad de una enmienda constitucional para solucionar la cuestión.

Estos jugadores también tienen estrategias a nivel estadual para hacer más difícil ir a votar -que haya menos cantidad de días para emitir el voto con anticipación, pedir documentación que antes no se requería-, lo cual se considera que impacta especialmente en las poblaciones negras y latinas que en su momento llevaron a Obama a la Presidencia. Esto se completa con un fuerte “activismo judicial”, lo que puede llevar, por ejemplo, a buscar el bloqueo o el impulso de ciertas políticas públicas.

Los mega donantes pueden verse acá. El primero republicano es Paul Singer, el magnate que litiga contra la Argentina en un tribunal de Nueva York por la deuda pública. Pero hay otros, como los hermanos Koch y Sheldon y Miriam Adelson, los dueños de Las Vegas Sands.

El 22 de noviembre de 2012 fue el fallo “extravagante” del juez Thomas Griesa contra la Argentina por la deuda en default.

El 13 de enero de 2013 se firma el Memorándum de entendimiento entre la Argentina e Irán por la causa AMIA.

El 16 de junio de 2014 la Corte Suprema norteamericana decide no tomar el caso de la deuda argentina.

Esta nota de enero pasado en el Washington Post cita al ministro de Inteligencia israelí, Yuval Steinitz, contar que alrededor de 2013 Estados Unidos y su país comenzaron a disentir sobre cuál era la mejor estrategia para contener a Irán. Si más “dura” -sanciones, bélica- o más “blanda” -diplomática-.

La nota revela que el 12 de enero, el día en que, en otra fila del teatro, el fiscal Alberto Nisman volvía a la Argentina proveniente de España, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu y Obama hablaron por teléfono y “rompieron lanzas” en lo que hace a la estrategia con Irán. Algo así como “esta es mi palabra final sobre el tema”.

El 19 de enero, Nisman apareció muerto.

Un día después, Obama le advirtió al Congreso de su país que si aplicaba más sanciones a Irán, él estaba dispuesto a vetarlas. Al otro día, el jefe de los republicanos en la Cámara de Diputados, John Boehner, tomó la medida sin precedentes en la política norteamericana de invitar a hablar ante el Congreso a un jefe de Estado extranjero en contra de la opinión del Presidente, en cabeza de quien la Constitución coloca el manejo de las Relaciones Internacionales. Netanyahu habló ante el Congreso norteamericano, dijo 107 veces la palabra Irán y -tácticas son tácticas en política- resultó luego reelecto en su cargo.

En ese contexto, durante todo el verano avanzaron las negociaciones de los Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China por un (pre) acuerdo con Irán sobre su programa nuclear, que culminaron la semana pasada.

Las negociaciones, sobre las cuales hay miles de links disponibles que pueden leerse, incluyeron varias cumbres directas entre las delegaciones diplomáticas iraní y norteamericana, una nota en el Washington Post de los jefes de las cancillerías europeas instando a un acuerdo, viajes del secretario de Estado John Kerry a Arabia Saudita y a Francia -dos “duros” en este tema- para convencer a ese país de la necesidad de un acuerdo, llamadas telefónicas cruzadas entre los presidentes de todos los países involucrados y la mar en coche.

Obama sentó en la mesa a dos ministros a negociar. El canciller, pero también el secretario de Energía. La delegación iraní también era de dos: su canciller, Javad Zarif, pero también a Alí Akbar Salehi, antecesor en ese mismo cargo -fue quien firmó el memorandum de entendimiento con Héctor Timerman- y actual jefe de la agencia atómica persa.

Así fue como en medio de las negociaciones, este verano, también en otra jugada sin precedentes, el senador republicano Tom Cotton, le envió una carta al presidente iraní, advirtiéndole que si firmaba un acuerdo con el presidente Obama, ellos tenían la capacidad de bloquearlo.

Si volvemos a ver varias filas en el teatro, podremos leer esta nota del New York Times del 4 de abril pasado que retoma un debate que ya se venía reflejando en la prensa  y que da cuenta la cada vez -e inédita- vinculación entre los intereses de Israel y las actuales figuras del partido Republicano, a través de no otros que los mega-donantes en campañas políticas con los que tratamos de abrir este post. (Sobre el tema, por ejemplo, pueden leerse esta nota del Huffington Post y esta otra del New York Times).

Citamos el artículo titulado “El apoyo del Partido Republicano a Israel se profundiza a medida que cambian las donaciones de campaña“:

A medida que el acuerdo propuesto sobre el programa nuclear de Irán es objeto de debate en las próximas semanas, el presidente Obama hará su caso frente a un Congreso controlado por los republicanos que están más fervientemente a favor de Israel que nunca, en parte, como resultado de la ideología, pero también de un aumento de la donaciones y gastos de campaña en su nombre por un pequeño grupo de donantes ricos.

(…)

Pero también es cierto que el señor Cotton y otros republicanos se beneficiaron de millones en gastos de campaña en 2014 por varios multimillonarios republicanos pro-Israel y otros donantes influyentes que ayudaron a derrocar a sus oponentes demócratas.

Los republicanos actualmente en el Senado recaudaron más dinero durante el ciclo electoral 2014 en contribuciones de campaña directas, reguladas por el gobierno federal, de los individuos y comités de acción política considerados pro-Israel que sus contrapartes demócratas, según los datos recopilados por el Center for Responsive Politics y analizados por The New York Times por una segundaONG, MapLight. La ventaja republicana fue la primera en más de una década.

Los donantes dicen que la tendencia hacia los republicanos entre los contribuyentes halcones y ricos es al menos parcialmente responsable de inspirar un mayor apoyo a Israel entre los legisladores del partido que ya tenían puntos de vista pro-Israel.

(…)

Sobre todos, el más significativo contribuyente a  los partidarios republicanos de Israel ha sido Sheldon Adelson, el magnate del Juego, quien con su esposa ha invertido al menos $ 100 millones en causas conservadoras en los últimos cuatro años. Una gran parte se gastó en la campaña presidencial de 2012, pero los republicanos del Senado también se beneficiaron, y podrían hacerlo otra vez, sobre todo aquellos que están considerando una carrera a la Presidencia.

En la nota se cuenta que el señor Singer contribuyó con 250.00 dólares en la campaña del senador Cotton.

Como contamos hace poco en una radio porteña a partir de esta nota de la revista Salon, Singer y Adelson son el segundo y tercer donante, respectivamente, de la ONG Foundation for Defense of Democracies, responsable del sitio web http://albertonisman.org/ y  del Alberto Nisman Award for Courage, un premio para honrar al fallecido fiscal y reconocer a “aquellos quienes de manera similar luchan por la Justicia y muestran coraje excepcional frente a obstáculos sustanciales”.

¿Quiere esto decir entonces algo de todo esto que la administración de Obama sería ahora muy amiga de la gestión de la presidenta Cristina Kirchner, siendo que hay mega-donantes republicanos que se oponen, por ejemplo, al reciente acuerdo nuclear con Irán  y que a la vez atacan al Ejecutivo argentino en varios frentes?

Sabemos que no. Lo sabemos aunque, por ejemplo, la embajadora Cecilia Nahón se haya sacado una foto hace unos poquitos días con su par norteamericano Mamet. Por un lado, podríamos pensar que la gestión Obama no tiene la suficiente fuerza, siquiera, para parar a estos jugadores en su propio patio -el Congreso de los Estados Unidos, sin ir más lejos-.

Además, sabemos que los amigos demócratas del presidente Obama, mientras rechazan la agenda “conservadora” de los mega donantes republicanos hacen plata trabajando en tareas de lobby para ellos. Puede verse en el caso de la funcionaria Nancy Soderberg quien, como publicamos inicialmente aquí trabaja para los fondos buitre al mismo tiempo que fue nombrada por el presidente norteamericano en un cargo público. La presidenta Cristina Kirchner se quejó en su momento directamente a Obama por el tema.

Ese no es el único vínculo. Robert Raben, número uno de la organización American Task Force Argentina (ATFA), publicista y lobbista de los fondos buitre en el litigio por la deuda, es amigo personal de Eric Holder, actual ministro de Justicia de Obama. Es también el sherpa de la designada sucesora del señor Holder, Loretta Lynch, en los pasillos del Congreso norteamericano para que el Senado tenga a bien aprobar el pliego con su nombre que envió Obama y que los republicanos, por ahora, tienen durmiendo en un cajón. A todos ellos -Raben y Singer, por ejemplo- los unen causas nobles y que desde aquí saludamos, como por ejemplo, impulsar en su país el matrimonio igualitario.

En este teatro, como vemos, la Argentina no está en primera fila. No creo tampoco que sea víctima de una conspiración mundial o que todos los elementos aquí expuestos estén vinculados en forma directa, como ya comenté en una columna del diario The Buenos Aires Herald. Decir que rechazo de plano la idea de que las religiones o los orígenes de cada una de las personas mencionadas tenga algún valor en sí para comprender los hechos -a pesar de que mencioné personas de al menos tres religiones monoteístas, claro- nunca está de más.

Prefiero, como decía, pensar algunos de estos hechos como si ocurrieran en un teatro donde están en juego posiciones, intereses. Donde no todos los jugadores se conocen ni deciden sus acciones por las acciones de (todos) los otros. Donde, por ejemplo, hay que preguntarse por qué el diario La Nación decidió no dar importancia a las fallidas versiones de la revista Veja que decían “Irán-Venezuela-Máximo Kirchner” mientras que el diario Clarín sí lo hizo. ¿Será porque, como vimos, hay varios espectadores en este mismo teatro y no todos están sentados en la misma butaca ni en la misma fila?

Acá, amigos, no hay buenos ni malos, sino intereses que pueden ser privados y/o nacionales. Yo tengo los míos. Y creo que el primer paso para poder defenderlos es tratar de estar más o menos informado.

Foto.

Acerca de cómo pensar el gobierno del pueblo

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El sociólogo peruano Nicolás Lynch, al trazar un crudo panorama de la situación política y social de su país hace dos semanas durante Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad realizado en Buenos Aires, señaló:

Esta es una democracia barata. Así como las mercancías que nos hacen comprar sin pagar los derechos de aduana respectivos. Es un poco el modelo que (Philippe C.) Schmitter y (Guillermo) O’Donnell diseñan en la llamada teoría de las transiciones a la democracia donde básicamente lo que existe son algunos derechos civiles y políticos y básicamente la represión de los derechos sociales“.

Para un politólogo argentino con título de la Universidad de Buenos Aires (UBA), por más (auto) crítico que uno quiera ser de los fundamentos de la disciplina, la frase retumba en el Teatro Cervantes. Y fuerte. No se suelen escuchar reflexiones de este tipo en la academia local, poco afecta al ejercicio de mirarse a los ojos y reflexionar -en contexto, con templanza y decisión- hasta dónde puede ser que se haya ido demasiado lejos con una idea o de qué manera esta puede haber quedado demasiado corta.

La lectura del esencial libro Passion, Craft and Method in Comparative Politics, compuesto de un conjunto de entrevistas a los más prominentes exponentes mundiales de la Ciencia Política -incluido, por supuesto, O’Donnell- realizadas por Gerardo Munck y Richard Snyder, me dejó pensando en un problema clásico de este campo del quehacer intelectual. Como toda ciencia, esta debe poder clasificar. ¿Y qué clasifica, principalmente, la Ciencia Política nuestra de cada día? Desde que existe como tal, desde mediados del siglo XX, en un contexto muy especial, sobre todo se dedica a determinar qué cosa es una Democracia y cuál otra no lo es. Esto es una democracia (vaya cuestión problemática) y esto otro no lo es (más aún).

Ante esa tarea, cuando los politólogos no mostramos demasiadas luces -y aún en algunas ocasiones le puede ocurrir a aquellos que son brillantes- nos parecemos un poco a aquel segmento del sketch radial “El Gato y el Zorro” que protagonizaron durante años Rolando Hanglin y Mario Mactas. Como parte de un diálogo delirante y bastante gracioso, a veces Hanglin y Mactas comenzaban a clasificar animales con una determinada pretensión “científica”. Entonces, uno de ellos decía, por ejemplo “vaca” y el otro señalaba “buena”.  Pero si decía “león”, el interlocutor señalaba “maaaaaalo”. Y así podían referirse a todos los seres del Reino animal.

No sólo la Ciencia Política es a veces parte de una producción de folletos contra los “malos” que no encajarían dentro de la categoría “democracia”, sino que además, busca ser prescriptiva, marcando la ruta que lleva a “la democracia“. Imaginemos entonces al biólogo que recomienda al malvado “león” ciertas estrategias para convertirse en la bondadosa “vaca”.

¿Y qué entendemos por democracia en la Argentina? Para comprenderlo es imprescindible repasar el libro “La reinvención de la democracia. Intelectuales e ideas políticas en la Argentina de los ochenta”, de Nicolás Freibrun. La obra cuenta con un ìndice de autores. Los más citados son Atilio Borón, Emilio De Ípola, José Nun, Guillermo O’Donnel y Juan Carlos Portantiero. En su recorrido, munido de una fuerte dosis e teoría, Freibrun busca demostrar “cómo la formación de un discurso intelectual sobre la democracia en el transcurso de los años ochenta generó un nuevo lenguaje político y articuló un campo semántico, un movimiento de mutación que va de la palabra a la creación del concepto de democracia”. La creación del concepto de democracia.

¿Y cómo es ese concepto? Por un lado, Freibrun es enfático en señalar que estos autores en su recorrido se enfrentan “conceptual e ideológicamente al neoliberalismo”. Sin embargo, el concepto que se va conformando se trata de una democracia política que “se autonomiza crecientemente de las condiciones sociales que también le dan existencia histórica”.

El libro va mostrando frente a nuestros ojos la “innovación conceptual” producida duarante los años 80. Se trata de un movimiento con varios aspectos:

Como verán, me copé con la cita. Mis disculpas por la extensión, que podría seguir.

Los autores extranjeros más citados para describir el clima de la época, el clima del momento en que los (intelectuales) argentinos (re) inventaron un cierto concepto de democracia son, por supuesto, Jürgen Habermas y Norberto Bobbio.

Lean el libro. Dice mucho sobre los debates que tenemos, sobre quiénes estamos debatiendo qué cosas en la Argentina. Invita también a pensar sobre si en esta época no nos estaremos pasando de rosca, quizás, con algunas formulaciones. Claro que para pensar eso también podría pensarse si no se pasaron de rosca otros con otras formulaciones.  Si no es que en algún momento se quiso hacer del león “malo” una vaca “buena”. Si al despojar a la democracia de algunas “peligrosas” armas no se la terminó entregando mansamente, como un corderito a las garras del neoliberalismo y del neoconservadurismo.

El libro invita a pensar sobre cómo pensamos, cómo juzgamos, cómo condenamos. Sobre si una ciencia debe o no optar por el peligroso camino de prescribir antes de saber siquiera cómo hacer los palotes que implican la ya bastante compleja tarea de describir.

Pensemos juntos.

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Silvestre

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El libro “Scioli Secreto. De Menem a Kirchner. De Motonauta a Presidente“, de los periodistas Pablo Ibáñez y Walter Schmidt, permite acercarse de manera precisa, entretenida y equilibrada a la vida del precandidato a la Presidencia. Hay datos, hay anécdotas, hay hipótesis. El panorama es completo. Léanlo.

Daniel Scioli -“Yioli”, en la fonética del expresidente Néstor Kirchner- es esto que es hoy, a esta hora. Pueden analizar en el libro la suma de capas geológicas que parece haber generado en su personalidad y en su experiencia su vida familiar, su vida deportiva y sus etapas políticas bajo las alas políticas de Carlos Menem, (Adolfo Rodríguez Saá), Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. Cada uno sacará sus conclusiones.

Por el momento, me voy a centrar en lo que parecen ser los “verdaderos” Wikileaks del gobernador. Sabemos qué dicen los cables de la Embajada de los Estados Unidos que fueron filtrados. Si rompo puede tambalear el gobierno y yo no lo voy a hacer, fue el razonamiento de Scioli ante interlocutores diplomáticos. Hubo otro momento de un Daniel silvestre, relajado, espontáneo, podría decirse que en estado de naturaleza. Se trató de su desempeño como vicepresidente en las semanas que fueron del 25 d e mayo al 19 de agosto de 2003 en las que el ex motonauta desarrolló una agenda propia.

El libro recuerda aquellos días. Los repasa.

Una semana más tarde, Kirchner echó a todos los hombres de Scioli en el Gobierno y ordenó a todos los dirigentes del PJ no dialogar más con el vicepresidente. La situación se extendió por tres largos años en los que el teléfono del actual gobernador y también los de sus colaboradores, literalmente dejaron de sonar.

Pasó mucha agua debajo del puente. Scioli fue electo y reelecto gobernador -las dos únicas elecciones en las que se ubicó primero en su carrera política-. En 2008 sorprendió con un “con la comida no se jode” -frase que, quizás, debería integrar la segunda edición de la obra- y en la campaña de 2009 se comió una piña de un chacarero. Kirchner murió, Cristina Kirchner fue reelecta y este año hay elecciones nacionales con el líder de la “Ola Naranja” -hasta el momento- plantado dentro del Frente para la Victoria.

Bien. Trato de ir un poco más allá. No me quedo en si Scioli es “de derecha”. Me pregunto, más bien, si no había -o si no podía conformarse- una cierta mayoría (electoral) que en 2003 pensara como pensaba Scioli. Por qué no. Cuando uno ve las encuestas sobre la imagen de Scioli -las de ahora y las de hace muchos años- uno puede pensar si no es que en realidad ya existía una mayoría social “sciolista”. Desde este prisma, la pregunta que uno podría hacerse no es tanto “cómo puede ser que después de doce años el kirchnerismo no logra tener un candidato propio”. Si lo que podría estar ocurriendo es que, quizás, en todo caso, el kirchnerismo apenas retrasó doce años que la sociedad exprese su espontáneo y silvestre “sciolismo”.

¿No hay acaso una mayoría de argentinos que no vería problema alguno en la redacción de un tuit del gobernador que reza: “La mujer es el corazón de la familia y pilar básico de nuestra sociedad, por eso en su día les deseo lo mejor a todas #FelizDíadelaMujer“? ¿No nos gustan, compañeros, el turismo, el deporte, la plata, la farándula, las mujeres bellas de piernas largas, los príncipes italianos, el Lago Di Como, Miami, las frases cortas, una sociedad claramente jerarquizada, el consenso, la Policía, los empresarios, la previsibilidad y la inversión? No nos gusta “mal”, eh, ojo. No “de derecha”. Nos gustan así, en la cocina de casa, de manera silvestre, hipnotizada, natural.

Podríamos pensar, por lo tanto, si no es Scioli el que logra verdaderamente activar la utopía consensualista y de “sentido común” que entonces hable sin empachos de “mantener lo bueno y cambiar lo malo” ante el “pase de rosca” de dirigentes a los que -aquí y en toda Sudamérica- acecha como un peligro una banquina muy cercana, muy tentadora pero plagada de malezas.

No habría ningún problema en el FPV si no fuera porque (ay) el kirchnerismo también existe. Al día de hoy, la presidenta Cristina Kirchner está lejos de llegar chamuscada al final de su mandato como lo hacía Raúl Alfonsín o aún Carlos Menem. No hay problema si Scioli decide que debe acallar las diferencias que tiene con el kirchnerismo. Si decide dejar su espontaneidad, su estado de naturaleza parcialmente de lado Ahora: ¿el kirchnerismo debería actuar de una forma similar, en espejo? El debate está abierto.

Eso sí, no sea cosa que terminemos preguntándole al actual oficialismo quién fue que le “ató las manos”.

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Identidades

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Dice mi amigo Mendieta que comience esta breve reflexión citando al poeta que en una canción que hasta hoy no conocía dice

 

En la alegría de ustedes 
distinguí mis promesas 
y todo me parece 
que empieza.

-*-

Más importante que desgranar, describir o interpretar lo que la presidenta Cristina Kirchner dijo o no dijo en el último discurso de su mandato ante la Asamblea Legislativa me parece que es evaluar todo lo que fue el mediodía y la tarde de este domingo.

Los sectores que están enojados con el kirchnerismo no han venido buscando tanto derrotarlo -situación normal y esperable en una democracia: algunos ganan, algunos pierden hoy, los que otra vez perdieron vuelven a ganar, lo que alguna vez ganaron vuelven a perder mañana- como producir en una sola jugada -en una sola- una doble operación. Una que consiste en derrumbar al kirchnerismo como tal y a la vez develar su “verdadera” cara, situación que haría que ya nadie quiera reivindicarse kirchnerista o cosa parecida.

Este oficialismo parece haber comenzado a conjurar el anteúltimo intento en ese sentido. Y hoy, en la calle, codo a codo, ha inspirado una nueva bocanada de aire fresco.

El kirchnerismo existe. Tiene liderazgo, militancia, simpatizantes, una historia, un “relato” -artefacto que no se compra en Easy un domingo cualquiera por la tarde-. Tiene amigos del campeón y hermanos de sangre. Tiene los incentivos que los politólogos aseguran que tienen los partidos políticos, todos ellos. Incentivos “selectivos” -cargos, dinero o status- e incentivos “colectivos” -sensación de pertenencia e ideología-.

En la Argentina se puede ser kirchnerista. A veces ocurre.

Hay un sector de la sociedad que cree -algunos hasta lo sienten- que así es mejor. Que de esta manera es mejor. Que así como les está diciendo Cristina allá adentro a ellos es mejor. No es este sector de la sociedad muy original en eso. Quizás por eso ya no gusta a quien busque raros peinados nuevos o aborrezca de ser uno más en la multitud.

Pensar que más presencia del Estado, una política social activa, más cercanía con los países de la Región y del Sur que con los Estados Unidos, junto con la generación de un rango que va desde bastante hasta muchísima incertidumbre en los grandes empresarios es un paquete mejor que otros resulta que no es un invento de ahora. La línea (San Martín) – Rosas – Yrigoyen – Perón – Su Ruta se ha negado sistemáticamente a morir a pesar de haber sufrido recurrentes fracasos o reflujos más o menos ruidosos y/o ataques más o menos sangrientos. ¿Debería eso sufrir algún cambio drástico cuando finalice el mandato de Cristina?

#18F, #19F… #1M, #2M…

La Historia sigue. Y seguirá.

Queremos tanto a Don Onur

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La novela turca Las mil y una noches, transmitida por El Trece, es el fenómeno televisivo del verano. En esa hora diaria en la que los cañones del Grupo Clarín contra #cfkasesina se ven obligados a tomarse un redituable respiro, todo lo demás se suprime: los debates, los reproches, las teorías conspirativas, las diferencias sociales. No hay más “nosotros” ni “ellos”. Todo es Onur (y la bella Sherazade).

A este éxito se le han buscado, como a todo éxito, explicaciones: ¿es la clave el exotismo turco? ¿es acaso la calva varonil del protagonista, el actor que encarna a Onur Aksal? -no descartemos esto última con tanta rapidez, colegas (¿?!)- ¿Fueron los primeros capítulos en los que ella se entrega a él por el dinero que necesita para su hijo enfermo?  ¿Se trata de los planos cortos? ¿Son los diálogos simples y melodramáticos? ¿Los personajes casi sin dobleces o complejidades? ¿Las conductas recatadas en tiempos en que todo se muestra? ¿Es la música incidental de película muda?

¿Qué es? No lo sé. Puedo decir apenas qué me llama la atención de la novela.

Las mil y una noches ofrece día a día una hermosa sensación de que sí puede existir un orden claro, definitivo, tranquilizador. El elemento principal de ese sentimiento palpable para el espectador, ese sentimiento que yo mismo he experimentado al verla, que cualquiera que la siga puede vivir, es que en esta historia los ricos son justos, sabios y buenos.

Así es. En Turquía, la verdad, no tengo ni idea cómo es. Sí se ve que en esta novela, en este maravilloso producto televisivo, los ricos son el sol que nos ilumina y que nos da calor. En derredor de ellos giramos los/las  demás. Su honor, su honestidad, su ejemplo son -¿qué más si no?- lo que nos da sentido.

Don Onur (así se dice) y su par Don Kerem, máximos responsables del holding de la construcción Binyapi, egresados de Harvard, podrán tener alguna actitud demasiado pasional en algún capítulo. Pero son en esencia buenos, honestos y justos. 

También lo es el severo multimillonario Burhan Eviyaoglu, dueño de una fábrica de cueros y padre de Ahmed, difunto esposo de Sherazade. El patriarca Don Burhan es la Justicia, es el Trabajo, es el apego a los Valores. Don Burhan puede ser algo estricto, pero es merecedor de su riqueza y, quizás, de mucho más, de la felicidad.

Incluso Feride Aksal, la celosa madre de Don Onur, quien se opone al amor de su hijo y Sherazade, lo hace apenas de apasionada en exceso, de pura traicionada por sus sentimientos. No hay tampoco allí maldad. Hay demasiado amor maternal hacia el protagonista.

En Las Mil y Una Noches la desigualdad no es un tema. Nadie osa desearle su plata al rico. La protagonista se enamora de un apuesto y bondadoso millonario pero no es pobre. Es una talentosa arquitecta que, eso sí, vive (tranquilamente) en un departamentito. A la vez, las mucamas que pueblan cada uno de los hogares conocen su lugar.

Los conflictos entonces se dan, a lo sumo, por algún personaje secundario que lleva demasiado lejos su amor por alguno de los ricos de la novela.

Si me apuran, diría que esta bondad de los ricos está  prácticamente ausente en la siempre muy urbana telenovela argentina, desde Rolando Rivas Taxista para acá. Recuerdo que en la telecomedia Graduados, de 2012, el más acaudalado era el más boludo. Nos reíamos de él. El contraste social se colaba incluso en la prístina relación entre Don Arturo y María, en la Grande Pá, del dorado Telefé de la Familia de los años 90. Clásico tema. En la telenovela mexicana Los Ricos También Lloran, Verónica Castro arranca de lustrabotas y trepa hasta la cima.

Un dato de color. A miles de kilómetros de distancia, la exótica Argentina -no es nuevo esto- es un país donde los hombres de negocios tienen mala imagen -linkeo la última encuesta al respecto pero es un clásico de los sondeos más o menos serios que se proveen a los hombres de negocios en los Coloquios de IDEA y es parte fundante del discurso “autocrítico” de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE)-. En nuestro país, la carrera política del precandidato presidencial Mauricio Macri más bien se ha basado en intentar ocultar que en mostrar la fortuna de la que es dueño su padre.

Mientras tanto, en las Mil y Una Noches, todo es un espectacular orden, una pacífica realidad se vuelve utópicamente atractiva y tranquilizadora. Los ricos son buenos, son justos, son honrados. Son de esa forma indudables objetos de nuestro amor. Eso es todo. Descansemos (en paz).

Si se me permite un comentario lateral: para hacerlo aún mejor, en Las Mil y Una Noches no existe la siempre molesta presencia del Estado. Cuando un golpeador ataca a la protagonista, Onur quiere ir a darle su merecido con sus propias manos. Si un malvado osa usar la imagen de Sherazade sin permiso, se lo “chantajea”, no se lo denuncia a la Justicia. Hay obras de beneficencia, fundaciones que reúnen dinero de los ricos para los niños enfermos, millonarios que instalan un centro de salud para un barrio, a modo de responsabilidad social empresaria. Apenas un par de apariciones de la Policía, apenas la marca de las autopistas y puentes conectan mansiones y espaciosas oficinas.

¿A quién en su sano juicio, sea de la clase social que sea, no le gustaría que el mundo fuera tan bellamente simple? Porque este apacible orden del que nos provee la novela turca no significa ni más ni menos que la (¡al fin!) eliminación de la agotadora y desgastante política.

Desde que la leí, me gustó la definición de política de Jacques Rancière, esa que -resumiendo y descontextualizando- dice: “la política existe cuando el orden natural de la dominación es interrumpido por la institución de una parte de los que no tienen parte”. La política como “interrupción de los meros efectos de la dominación de los ricos”. La actividad política como “la que desplaza a un cuerpo del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de un lugar; hace ver lo que no tenía razón para ser visto, hace escuchar como discurso lo que no era escuchado más que como un ruido”.

Los antiguos, nos dice Rancière, mucho más que los modernos, fueron “quienes reconocieron en el principio de la política la lucha de los pobres y los ricos”. “La ley de la oligarquía consiste, en efecto, en que la igualdad ‘aritmética’ rija sin trabas, que la riqueza sea inmediatamente idéntica a la dominación”. 

La antinatural irrupción de la política lo hace todo muy complicado. Muy difícil. Muy irracional. Muy tenso. Crispado. Porque ocurre lo que no debería ocurrir. Cuentan los que no deberían contar. Así, nos cansa, nos agota, nos enoja, nos divide.

Puede haber un mundo mucho mejor en el que sólo hay que amar a los ricos, buscar su cobijo y su calor, así seamos candidatos, votantes, periodistas, académicos. Pero si es que, está a la vista: son justos, honestos y sabios. Y por algo están ahí.

¿Será algo de esa idea de lo que es “natural” que se pondrá en juego en estas elecciones? ¿Se tratará entonces de dejar hacer de una vez por todas, liberar al fin los objetivos y las pulsiones de los que saben, los que poseen, los que son justos, honestos y sabios?

Porque este año va a haber elecciones ¿no? ¿O sólo marchas?

¿Será por algo de esto que queremos tanto a Don Onur?

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El país de los votos y el país del poder

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Y así parece ser. Enero es el nuevo Diciembre.

Decir que los enormes obstáculos que enfrenta el kirchnerismo en estos días -a partir de la denuncia del fiscal Alberto Nisman hasta su muerte y capítulos posteriores- son proporcionales a la fortaleza política con la que el Gobierno se disponía a encarar el último tramo de gestión no pasaría en un examen de Pensamiento Científico del CBC. Tampoco debería ser necesariamente así si consideramos todo esto como una tormenta de fortuna que pone a prueba lo que quede de virtú. De igual manera, la afirmación no resultaría válida si este, como todo drama político, incluye la necesidad de hacerse weberianamente responsables del presente, incluso (sobre todo) si es el resultado de lo no se supo, no se quiso o no se pudo hacer para evitar lo que se vive por estas horas.

Y sin embargo…

Sin embargo, en medio del ruido político y mediático -nacional e internacional- que escuchamos retumban todavía más las sensaciones de la “semana pasada”:

Lógicas aparte, el ruidaje que se empezó a escuchar desde que el fiscal Nisman dio a conocer su denuncia, la crisis política que genera su muerte no pueden despegarse en el análisis de aquel escenario. Pienso: las personas que marcharon el lunes a la Plaza de Mayo, muy enojadas, pensando que Cristina Kirchner es una asesina o algo peor desde hace mucho tiempo no saben tampoco quién va a ser el próximo presidente y no tienen, por tanto, un candidato ganador. Además: ¿Los candidatos “ganadores” no son acaso garantía de dejar atrás la pesadilla que ha significado el kirchnerismo? ¿Este gobierno, este demonio, no es que ya se va? Basta prender la tele o leer las redes sociales para preguntarse ¿cuánta agua? ¿cuánto fuego?

Podríamos añadir múltiples elementos al escenario. Como que apenas el viernes pasado el presidente norteameriacano, Barack Obama, anunció junto al primer ministro británico, David Cameron, que si el Congreso de los Estados Unidos, dominado por la derecha conservadora de su país decide endurecer sanciones a Irán está dispuesto a vetarlas con el objetivo no entorpecer las negociaciones que lleva adelante con Teherán por la cuestión nuclear. O que lo mismo advirtió en su discurso sobre el estado de la unión al Congreso hace unas horas. O que el domingo Israel mató en un ataque aéreo a cinco integrantes del grupo Hezbollah en Siria, incluyendo al hijo de su excomandante. Que por eso hoy mismo Israel se encuentra en alerta máxima, ante una posible respuesta bélica. El ministro de Defensa ruso, a todo esto, viajó a Irán para firmar un acuerdo con su par de ese país. Se habla de que el gobierno de Vladimir Putin dotaría finalmente de un sistema misilístico a Teherán. El diario The New York Post, mientras tanto, le cuenta en un editorial a sus lectores allá, tan lejos, tan cerca“Ciertamente esto es conveniente para el gobierno de Kirchner, teniendo en cuenta la forma en que Nisman vinculó el ataque de 1994 a Hezbollah, que actuaba bajo órdenes de Irán (…) Todo esto llega en un momento en el que el presidente Obama apunta a lograr un acuerdo nuclear con Teherán del cual incluso sus compañeros demócratas en el Congreso son escépticos (…) La cruzada solitaria de Alberto Nisman por justicia terminó en la forma en que muchos temían. No agreguemos insultos apurándonos a un acuerdo con Irán incluso más peligroso que el que Nisman expuso en Argentina”. 

Pero se trata de esos datos que nos ayudarían un poco a dormir tranquilos. A creer linealmente en titiriteros globales. A introducirnos en la lógica de la que -justamente- el gobierno debe salir. Dentro de la política, el kirchnerismo se hace fuerte. Lejos de la política, se debilita. ¿Pero cómo hacerlo? Es obvio no todo en política es convencer, persuadir,  delinear una idea de futuro compartida, seducir de la palabra, plantear la resolución de los problemas del hombre de a pie.  También hay que lidiar con los conflictos que se cuelan en los pliegos de una resolución del Ministerio de Economía, con un empresario de medios a quienes hasta hace siete años no nombrábamos jamás; con lo que ocurre en los pasillos del Poder Judicial de donde salen provisiones, “precautelares” y ataques al nombramientos de fiscales subrogantes (así parece que se dice) o con las consecuencias del descabezamiento -demasiado tarde o demasiado temprano- de la Secretaría de Inteligencia.

Y así y todo sigo pensando que lo que fortalece más al oficialismo es la política y no tanto el poder. Los votos y no los carpetazos. Justamente por el momento de relativa “fuerza” del Gobierno a finales de 2014, las cosas en las que es superior es en las que se puede opinar en las páginas de Política y no en las de Policiales. Por eso resulta tan difícil esto que se parece a una batalla descarnada. ¿Cuánto pelear y cuánto poner la pelota contra el piso? Y entonces, por ejemplo, ¿cuánto beneficia a la Presidenta mostrar en su mensaje al país medias cartas, medias preguntas? ¿Cuánto gana al hablarle, al escribirle, en el país de los votos, al país del poder?

Más allá del vértigo, las preguntas que se deberán comenzar a definir a fin de año no dejan de estar ahí ¿Cuán políticamente fuertes pueden ser determinadas coaliciones sociales y políticas que así están bien en términos de baja de la desigualdad? ¿Qué pedirán esta vez los empresarios a cambio de volver a invertir? ¿Qué margen de ganancia? ¿Qué nuevo negocio inexplorado? ¿La pregunta de “cómo recrear el crecimiento” es “cómo recrear la fuga de divisas” en la Argentina? ¿La sociedad quiere pagar por un Estado que ahora pesa más en la economía? ¿Cómo vivirán los ricos en los próximos cuatro años? ¿Y cómo y de qué se quejarán? ¿Y los pobres? ¿Y nuestra intelligentsia? ¿Querrá la intelectualidad realmente que vivamos mejor o se contentará apenas con vivir en el Suplemento Sábado del diario La Nación? ¿Comenzarán a gobernar más pronto que tarde aquellos que están destinados a gobernar? ¿Los que “saben”? ¿Los “técnicos” con sus “técnicas”? ¿Los sindicatos querrán tener más afiliados o así estamos bien ya? ¿Lo “excepcional” en este peronismo habrá sido el menemismo o el kirchnerismo?

A la vez, el tiempo parece acelerarse. Y uno se pregunta si lo que está en juego en octubre no es algo más profundo, más central que definir un presidente, como podría ser que se vuelvan a delinear una vez más los contornos del cargo. Que se delimite de otra manera cuánto puede influir (o no) un presidente en la vida del país.

Todos los días de este 2015 que recién comienza se estará escribiendo esta historia.

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Desde lejos no se ve (Segundo Tiempo)

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Nadie dice qué ocurrirá finalmente en 2015 porque nadie lo sabe. Serán las primeras elecciones nacionales desde 2003 sin el apellido “Kirchner” en la boleta presidencial. Serían las primeras elecciones nacionales con unas Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias competitivas para algunos de los partidos políticos que se presenten. Se vende mucho humo, el humo atrae más humo, pero en concreto nadie sabe bien qué va a pasar. Quiénes serán finalmente los (pre) candidatos, en el marco de qué alianzas, con qué ejes de campaña, en medio de qué situación socioeconómica. Y en medio de todo eso, qué efecto producen las primarias nacionales, qué efecto -si es que alguno- las elecciones provinciales anticipadas, cómo “arrastran” las boletas de “abajo hacia arriba” o de “arriba hacia abajo”. Hay hipótesis, hay hinchadas, hay apuestas, hay jugadas a pleno, a color y a columna, pero nadie está seguro.

En ese contexto, a la vez, el mundo se mueve. Siempre se mueve. Si estas elecciones fueran en el contexto del auge de los commodities de 2004-2005 diríamos entonces que biri-biri, si hubieran sido durante la caída de Lehman de 2008, entonces sasasasa y ahora, en el marco de la recomposición global del poder del dólar (Estados Unidos), la crisis rusa, la caída de los commodities, el cierre del conflicto Estadounidense-cubano, pues fafafafa. ¿Quieren analistas? Se venden por docena. Y sin embargo…

Hay algunas cosas que sí sabemos, que se vienen escribiendo en este blog o en los mails que nos enviamos quienes lo editamos, ya no me acuerdo:

Ya no falta muuuuuuuuuuuuuucho…. como hace un par de meses. En enero comienzan las definiciones. Salen los jugadores a la cancha ¿hizo cambios el DT?

Haz de mí según tu voluntad, 2015.

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“Mejor, ¿no?”

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– ¿Y? ¿Cómo estamos?

– Mejor, ¿no?

Participé de diálogos calcados durante los meses de octubre y noviembre pasados. Estuve del lado de quien los inició y del que los remató. Con el “¿no?” al final casi siempre, denotando cierta incredulidad y necesidad de ratificación de la hipótesis. Todo fue muy rápido en este 2014 que comenzó con la devaluación de enero.

La última semana de septiembre, los que desde febrero decían que se iba a tener que devaluar en septiembre lograron que se creyera que se iba a tener que devaluar (en septiembre). A los pechazos, el Gobierno lo evitó. Cambió al presidente del Banco Central, metió controles, acomodó medidas, gatilló el “swap” con China y la mar en coche. Mejoró su desempeño político, volvió al centro de la escena.

¿O fue al revés? ¿Porque mejoró su desempeño político y volvió al centro de la escena es que controló la cuestión cambiaria?

Hay algunos datos más: el 5 de octubre fue la primera vuelta brasileña, donde Dilma Rousseff salió bastante fortalecida y la “cara nueva” de Marina Silva se fue a la banquina.

En ese contexto, el oficialismo mantuvo orden -no sabemos todavía bien si progreso-. Recordemos algunos episodios. El 10 de junio, Daniel Scioli se sacó una foto con Héctor Magnetto en el MALBA. Por entonces, el gobernador pensaba endeudar a la Provincia en el exterior por mil millones de dólares. ¿Y ganar así más autonomía política naranja? Seis días después vino la decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos de beneficiar a los fondos buitre. Y la posibilidad de endeudamiento para la Provincia, por lo tanto, no caminó.

Luego de eso, casualmente, Scioli pareció convencerse de que quiere ser el candidato del Frente para la Victoria con los votos kirchneristas. ¿Lo logrará? (Falta mucho. Y le falta mucho).

La presidenta Cristina Kirchner -la Constitución le da la responsabilidad de manejar las relaciones exteriores del país- generó en pocos meses luego de pasar la línea de la mitad del año votaciones de los plenarios de la OEA y de la ONU a favor de la Argentina por el tema fondos buitre. Los especialistas serios y la prensa mundial generaron un consenso en el sentido que la decisión de la Justicia norteamericana es una vergüenza. El Congreso aprobó la ley de pago soberano. La oposición patinó sobre el hielo fino con ese tema. Punto gratis.

Después estuvo la catarata de proyectos del oficialismo en el Congreso, ante la cual la experimentada analista política Elisa Carrió alertó: “esto es como la segunda mitad de 2009, guarda que nos comen”. Abastecimiento, Defensa del Consumidor, Código Civil, Código Procesal Penal, Telecomunicaciones, Hidrocarburos, Presupuesto. Me quedé corto, debe haber más.

Con los indicadores económicos y sociales abollados pero no rotos, la segunda mitad del año pasó con una conflictividad sindical-social más o menos promedio. A Hugo Moyano, sin ir más lejos, se lo vio en los últimos meses con la libido puesta en el desempeño futbolístico de Independiente y por no mostrarse “desestabilizador”.

Si al oficialismo  se  lo ve sellado al vacío -al menos, se lo ve-, los precandidatos presidenciales opositores ocupan más tiempo y espacio por seducirse y pelearse entre ellos que otra cosa. Los chispazos en el Frente para la Victoria, fuerza que cuenta con un liderazgo, parecen -por ahora- de más baja intensidad.

Y noviembre cerró con una foto del estabilshment con todos los precandidatos opositores. Si me preguntan, no dejan de sorprenderme estas cosas. Lo normal no es que un gobierno que lleva once años en el poder logre que la línea que, una vez, allá, hace tiempo, trazó con un palito en el polvo de la calle principal del pueblito, frente al Saloon y el edificio de madera bastante descuidado que dice “Sheriff”, se mantenga todavía ahí. Esa raya siempre a punto de desdibujarse por cualquier viento que dice “allá, ustedes, muchachos; acá, nosotros”. La que significa “socialismo no hacemos, no, pero lo que corno hagamos se define de este lado”. O también “¿cómo te llamabas vos, CEO del HSBC?”.

Me sorprende todavía, qué quieren que les diga. No sé, les comento a los más jóvenes. Esto no es lo normal en el país en el que -está estudiado eh, no lo invento yo- desde que echaron a Bernardo Grinspun del Ministerio de Economía, el poder de los Grupos Económicos tuvo -hasta 2001- cada vez más injerencia en la gestión diaria y directa de las políticas económicas. Lo normal es “basta de tiros, muchachos, me rindo, negociemos”. Lo normal es que te llenen la canasta de goles. Con mucha suerte y viento a favor, hacerles goles pero, en algún momento, cansarse, quedarse sin nafta. Cansarse de  quitarles el Ministerio de Economía, las AFJP, la Aerolínea de bandera, la mayor empresa privada del país, el Banco Central, los espacios publicitarios para candidatos presidenciales por radio y TV. Lo normal es que ni se te ocurra cantarle “mancha” al “derecho humano” del argentino de tener una cuenta negra en Suiza. Lo normal no es no aflojar. Lo normal no es haber hecho el despelote que se hizo y, finalizado el año once de gestión, estar “mejor, ¿no?”.

Por ahora -falta casi todo diciembre, que no es poco- este año cimentó la primera condición para lograr que eso que damos en llamar kirchnerismo tenga algún futuro en el mediano plazo: gobernar hasta el último día del mandato.

La segunda parte de la operación que haga que el kirchnerismo tenga futuro político en el mediano plazo es montar algo que jamás se hizo. Jamás en la Historia de la Argentina. Implica, ni más ni menos, que un peronista electo le coloque la banda presidencial a otro peronista electo. Menos aún se hizo en la Historia que el presidente en ejercicio (electo en comicios limpios) le ponga la banda presidencial a un integrante de su partido y que además sea “de su palo”.

Es difícil. Al peronismo le cuesta (“…mi único heredero es el pueblo…”). Al kirchnerismo le cuesta. Vaya si le cuesta. Le cuesta un montón.

No será la primera vez que seamos realistas y pidamos lo imposible. No nos quedemos sin intentarlo.

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Justicia de Dios

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Daniel del hebreo דָּנִיֵּאל (Daniyyel o Dāniyyêl), es un nombre

propio proveniente de las palabras dan, y de la palabra semítica El’.

Cabe mencionar que la inclusión de El’ en este nombre,

lo vuelve a su vez una forma teofórica o “nombre divino”.

En conjunto, Dan-i-El es interpretado como

Dios es mi juez o como Justicia de Dios.

Mucho de lo que se ha dicho en nuestros asados, en nuestros encuentros, en nuestros sueños y pesadillas, en nuestras conversaciones telefónicas y callejaras, en nuestros cumpleaños y en nuestros mails, en nuestros DMs y en nuestras esperas de subtes acerca de Daniel Scioli desde, supongamos, el año 2012 incluyó frases como las que siguen, según consta en mi frágil memoria. A un año de las elecciones presidenciales creo que ninguna ha perdido vigencia. Elige tu propia aventura:

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¡Cambio, juez!

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En este blog venimos escribiendo sobre las elecciones del año que viene más o menos en estos términos:

Fue muy pero muy interesante el otro día un diálogo que se dio entre nuestro compañero Mariano Fraschini y Edgardo Mocca en el programa 678. Me dirán ¡eeeeeeeeeeeeeeeeuuuuuuuuuuuuuu, pero qué K! ¡Ahí no passsa naaaaadaaaaaa!! ¡Pero qué proooooooogreeeee!!! OK. Siéntanme. La cosa fue más o menos así.

Al ser consultado sobre la estrategia de la oposición de rechazar cierta iniciativa del oficialismo, Mariano dijo por un lado que le parecía normal -esto es una democracia, en las democracias, justamente, no hay unanimidad- pero a la vez marcó que le llamaba la atención que los partidos que se oponen al oficialismo optaran en buena medida por pararse en el extremo del “puro cambio“.

¿Por qué le sorprende? Mariano viene escribiendo en el blog sobre lo que él llama el “dilema de la caprilización“. La idea está tomada del caso venezolano, pero es un concepto que puede “viajar”, como dicen los cientistas políticos comparativistas. O sea: a la oposición venezolana le fue peor cuando se paró en el “puro rechazo” al chavismo y le fue mucho mejor cuando Hernán Capriles se planteó no como la “oposición” sino como la “solución” o la “superación”. Cuando garantizó mantener determinadas políticas del chavismo y se llevó así algunos votos que formaban parte de la base chavista. Esto puede verse también en este “fenómeno Marina Silva”, quien plantea -siempre desde lo discursivo- recuperar lo mejor de Lula y de Fernando Henrique Cardoso.  El ídolo de los niños Sergio Tomás Massa también intentó algo así el año pasado en una provincia de Buenos Aires a la que le prometió “mantener lo bueno y cambiar lo malo” mientras hizo uso todo lo que pudo del “voto confusión” de “Massa, el de la Ansés”.

El diálogo en 678 se puso más interesante cuando Edgardo Mocca apuntó dos cosas. Una: la oposición no puede “caprilizarse” porque está muy ligada a intereses “corporativos”, depende de ciertas empresas para obtener apoyo, financiación y hasta de ciertas empresas de medios para hacer a sus dirigentes conocidos, ocupar los sets de TV, etc.

Bien. Segundo planteo de Edgardo: siempre que asume un nuevo presidente hay, de por sí, un “cambio”. Si asume un presidente oficialista va de suyo que algún cambio habrá.

No esperen que yo les diga quién tiene razón porque Mariano y Edgardo la tienen de algún modo, de ahí lo interesante del diálogo.

Ahí fue cuando Mariano planteó otra cosa. Que su impresión es que en el “espectro opositor” mejor le irá a quien se “caprilice” más. Quien plantee un mix adecuado de cambio y de continuidad. Y que si la oposición no hace ese mix con cierta eficacia, si no ocupa ese casillero, ese mix vendrá desde adentro del oficialismo. En pocas palabras, ese casillero se llama Daniel Osvaldo Scioli.

Vamos, por tanto, a Scioli. El gobernador tiene una ventaja enorme. Su ventaja es que Daniel “es” el cambio. Todos lo sabemos. Lo sabemos porque Scioli es un político que está hace muchos años dando vueltas y, bueno, lo conocemos. No es un extraño para nadie. Su ADN nos dice “soy distinto al kirchnerismo”. Aún si sólo recordáramos el día de 2003 que dijo algo así como “ya viene el aumento de tarifas” y Néstor Kirchner le descerrajó un rayo ejemplificador, todo el mundo sabe que Scioli “es” cambio. Lo dice su cuerpo, su cara, su voz. Pero vamos, si hasta lo dice su música incidental.

Que venga 
que tenga valor 
que muestre la cara 
y me hable de frente 
si quiere tu amor 

-Para qué- 

A esa 
que cuando esta contigo 
va vestida de princesa 
a esa 
que no te hace preguntas 
y siempre esta dispuesta 

A esa vete y dile tu 
-Qué- 
que venga 
-para qué- 
yo le doy mi lugar 
-que quieres probar- 
que recoja tu mesa 
que lave tu ropa 
y todas tus miserias 
-que quieres demostrar- 
que venga que se juegue por ti 
-que vas a conseguir- 
quiero ver si es capaz 
de darte las cosas que yo te di 
a esa, a esa 
a esa vete 
y dile tu que venga 

Pero claro, eso es lo que Scioli logra sin hablar. Porque cuando habla, últimamente y cada vez más Scioli dice: soy la continuidad. Por estos días el gobernador apoya hasta lo que no apoyan los ultrakirchneristas. Todo. Banca todo y con la boca bien abierta. Esto parece ser entonces un cierto mix cambio +  continuidad. ¿El mix perfecto? ¿La vera “caprilización”?

El gobernador está en un lugar donde no le pegan ni Clarín ni Página 12. Al estilo del Diego Maradona del 86 contra los ingleses, no necesita ir a derecha o a izquierda. Va casi recto y son los rivales de blanco los que se mueven. ¿”Barrilete cósmico”? Mmmmmmmmm….

Ahora vamos al kirchnerismo. El kirchnerismo también tiene una ventaja. Tiene tatuado “C O N T I N U I D A D” así de grande, con letras góticas a todo lo ancho de sus pectorales.

Pero claro, hay un problema. Nos encontramos con varios precandidatos kirchneristas diciendo algo que no necesitamos que nos digan porque ya lo sabemos: “Somos la continuidad”, “la continuidad es importante” o “hay que bancar la continuidad”. Lo dicen pero eso ya está. Está en el lenguaje corporal.

En mi opinión es también verdadera la afirmación de Edgardo acerca de que es esperable que cualquier presidente que asuma, imponga alguna cuota de “cambio”. Es verdadera. Pero no por eso es menos cierto que hay que hacerla conocer. Hay que hacerla saber. Porque la política es convencer. En el caso del oficialismo esto hay que hacerlo explícito, patente, claro. Porque la continuidad ya la entendimos. Si queremos algo de cambio hay que ponerlo en el mix. Y, sobre todo, hay que darle contenido a ese cambio. ¿Qué es ese cambio? ¿Cómo es ese cambio?

De lo contrario, el cambio puede ser cualquier cosa o cualquier pavada, como la “ola naranja” y el “Alberdi +  Perón” que se escucha en el entorno de Scioli; las “bicisendas” y el “equipo” que se escucha en el entorno de Macri –ahora tenemos al “nuevo” Macri prometiendo TODO LO BUENO, inflación de un dígito sin pagar Ganancias, con Empleo, con Producción, con Trabajo, con Optimismo, con ¡Revolución Productiva! ¡Salariazo!-; o “la gente” y “la nada” que se escucha en el entorno de Massa.

Dicho de otro modo: a diferencia del “estilo K” de no prometer nada en ninguna elección, porque la misma presencia de un “Kirchner” ya parecía ser una promesa, quizás ahora haya que prometer. Cuántas casas, cuántos hospitales, cuántos derechos, en cuánto tiempo, con qué guita, de qué forma, con qué tipo de participación popular o ciudadana, de qué forma y de qué color.

Quizás sea hora entonces de hacer explícito lo implícito y viceversa. O sentarse a esperar -apenas- a que el “centro” lo gane Scioli.

Porque, para decirlo con una reminiscencia alfonsinista, en política uno puede no saber o no poder. No hay problema. Pero no querer, me parece que no da.

Una postdata: Nadie dice que sea fácil. Lo difícil que resulta encarar esta operación para un oficialismo lo estamos viendo en el caso brasileño donde la dinámica política lleva al Partido de los Trabajadores (PT) más a defender lo hecho que a proponer hacia adelante. Aunque, claro, Dilma acaba de confirmar que cambiará a su propio ministro de Economía si resulta reelecta.

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