Fernando Casullo

Viaje al centro de la ¡Hola!

 

 

 

La insoportable liviandad del Consultorio

“Abandona la esperanza si entras acá” debería rezar en la puerta del consultorio de un dentista. No por nada, la excursión al odontólogo es uno de los tópicos más abordados en la literatura costumbrista sobre salud. El ruido de los tornos, el aroma de la anestesia, la molestia del sorbedor de saliva, en fin, un ascéptico compendio que ha alimentado por décadas tanto a la prosa de alcurnia como a los géneros menores.[1] “Profesionales de la tortura bucal”, al decir de V8, que seguro aprovecharán el momento de  indefensión de su paciente para dar cátedra sobre tópicos tales como Lázaro Báez, el penal que no le cobraron a Messi o cualquier otra banalidad que esté de moda. Asusta la sola idea de estar tantos minutos desarmado y con la boca abierta frente a alguien que ha entumecido el alma y la mandíbula de varias generaciones. Y, sin embargo, el hic sunt dentífricos tiene su lado amable, su parte positiva. Esta no debe buscarse en el consultorio en sí, claro está, si no en la sala de espera.

En la sala de espera del dentista (o de otros especialistas, obvio) podemos revisar un material al que no tenemos acceso sistemático en esos minutos previos eternos donde nos relojeamos con los otros pacientes. Nos referimos a esa pila de revistas en desuso que pueblan las mesitas ratonas del lugar. Corpus sarlesco que agarramos apenas nos sentamos para pasar un poco el mal rato (a veces disputado con otros parroquianos cuando no son muchos los ejemplares en oferta). Páginas que aposentamos medio cancheros en nuestras rodillas, y que nos ponemos a hojear como distraídos, casi con desinterés snob. Canon de la liviandad.

Pasan así frente a nuestros ojos un El Gráfico añejo o una aggionarda Paparazzis, todo suma. Ser Padres Hoy, Forbes, Gente, Noticias, Porcelana Fría, la revista de Tarjeta Naranja: el universo es infinito y se expresa en una mesita de consultorio devenida borgeana. Las más buscadas de aquel patrimonio cultural desmontable seguramente serán las revistas del corazón. Magazines del jet set que son, al menos desde los años 20, una clave fidedigna para otear el clima de época. Estética easy listening de los grandes temas de la agenda nacional. Desde la famosa y malvinera Gente a la Caras, casi tan menemista como el Fiat Duna, todas enlistan con frivolidad autoconciente la semana en el país. Para aquellos que no las consumen regularmente, que son muchos, tenerlas en el consultorio deviene en un plaisir malsain. Un permitido tinellesco en la vida del consumidor de Game of Thrones. De ahí su éxito en los consultorios, y en la vida misma, hay que decirlo.

Los semanarios de la farándula funcionan bien porque desde siempre resultaron una representación bastante cabal y efectiva de la vida de las elites escrita para el consumo masivo de la plebe. Suerte de democratización ficticia de la riqueza que le dio, da y dará fuertes réditos comerciales a las editoriales. Estetización rosa del clasismo, inversión de la ecuación ricotera: en los magazines la vulgaridad es lujo y te viene gratis con el diario los domingos.

 

Tropa de Elite

Señalada la importancia de los semanarios sociales, bien podríamos preguntarnos sobre cuál es hoy el más importante de la troupe, ¿Cuál es el magazine más representativo de la Argentina macrista?, ¿cuál ha aprehendido mejor el paso de la pizza con champán y el “no fue magia” al “si se puede”?

Consideramos que la más relevante hoy es la versión Argentina de la ¡Hola! española. Vale aclarar que no basamos esta afirmación en datos duros como la tirada de ejemplares semanales o las ganancias en publicidad. Simplemente es una percepción, a contrastar: que la ¡Hola! local ha copado la parada en el casting de voceras de Cambiemos en la baja cultura. Efectivamente, en el mundillo de la revistas populares, así como la Caras hizo las veces de house organ del menemismo, y la XXIII de frivolidad politizada del kirchnerismo, hoy la ¡Hola! funciona como la Pravda del PRO. La representación más cabal de una elite que, si bien llega con una modernidad de iphones y bicisendas a cuesta, no desdeña la ayuda que la centenaria Mirtha Legrand pueda brindarle. Dios, Patria y Hogar 2.0.

El modernismo conservador y un poco chupasirios que apalanca al PRO globalizado y fan de Obama no es una rara avis en la historia de la derecha nacional. Más bien se engarza en una tradición de pensamiento ultramontano que desde siempre se ha sobreimpreso con el liberalismo basal que detenta nuestra elite desde el siglo XIX. Realeza sin corona, sangre azul de Anchorenas, Mitres y Bullrich mezclada con la mersada de un Franco Macri dispensando departamentos a sus sucesivas Flavias Palmieros. Un casta que puede pasar de Borges a Ricardo Fort sin que se le mueva un pelo.

Hasta la última Dictadura Militar, reino de lo sórdido y lo bestial, se llamó así mismo Proceso de Reorganización Nacional en un no siempre confeso intento por recuperar las raíces de la Organización Nacional  pos 1852. Y Emilio Massera, acaso el mayor exponente surgido del partido militar, intentó reforzar su carrera política con un trascendido romance con graciela Alfano. ¿Y qué decir de Menem, un caudillo riojano petiso, plebeyo y privatizador, que encontró en la revista Caras el lugar ideal para darse un baño de seducción aristócratica? El Carlos Saúl de trajes Armani conquistó así el corazón de una creme porteña poco afecta a dejarse seducir por el peronismo.

El medio que mejor realiza hoy aquella alquimia entre lo chic lo y cavernícola es la ¡Hola! Para hacerlo, esta adaptó su relato al ethos relajado del macrismo, bien lejos de las aventuras desmedidas de Carlos Menem en la Caras de los 90 -versión bizarra de Los Viajes de Gulliver, sin hombrecillos diminutos, pero con romances con Yuyito González y fotos del Juez Trovato mostrando sus roperos-.

La ¡Hola! se caracteriza en la actualidad por un tono sobrio que escapa de forma explícita de la frivolidad boba de la Caras (de hecho hasta esta parece haber hecho su propia pasteurización palermitana, dejándole la feria de freaks a la Paparazzi). Aquella tiene así en su literatura el tipo de ascetismo zen que podemos encontrar en Marcos Peña o Guillermo Dieterich. Para la elite macrista, el disfrutar no es constante, si no solo un permitido inserto en un continuum de duro trabajo y esfuerzo, a la usanza del festejo un poco excedido de los amigos del novio en un casamiento. La bhoda, ese ritual que tanto sintoniza con los actos del PRO, llenos de globos y Gilda.

Ahora bien, antes de caracterizar al núcleo delirante de la ¡Hola! vernácula, vamos a apuntar una o a dos cosas sobre la génesis de dicha publicación. Los orígenes de la misma se remontan a la España franquista, verdadero humus para la mixtura entre modernidad aspiracional, conservadurismo cultural y filantropía social que tanto ha gustado en el paladar popular local.

 

Amiguito que Dios te Bendiga

Fundada en 1944 por Antonio Sánchez Goméz, la ¡Hola! se convirtió década a década en una suerte de house organ de la realeza hispana y hoy es una de las más vendidas de España, palo a palo con la más amarilla Pronto. De temprano ocupó el nicho del integrismo conservador cuando en el continente europeo ya se sucedían la revolución cultural y social de posguerra. Mientras en Inglaterra tocaban Los Beatles y en Francia los estudiantes se tiraban adoquines, en la España dibujada por la ¡Hola! las princesas besaban sapos.

Aquel tempo reaccionario, en un país reaccionario, le dio una poderosa potencia editorial al emprendimiento, que de hecho pudo exportar su franquicia a Gran Bretaña y América Latina. Incluso en los años malos borbónicos bajo el yugo franquista o en los de mayor éxito, con el querido Rey Juan Carlos metido en la Moncloa, la ¡Hola! siguió contando su atemporal cuento de hadas cada semana. Con Franco, el giro lingüístico se fue a la guerra y no se supo jamás cuándo volvería.

Todavía en este 2017 global y multicultural, en la ¡Hola! española las clases altas siguen viviendo sus vidas tal cual el siglo XVI (tal vez incluso con un poco menos de picaresca y orgías). En sus páginas los cuentos son de hadas con una tenacidad feudal a prueba de familias ensambladas y diversidad sexual. No hay lugar allí para el Brexit, solo para Kate y William pasando sus vacaciones de invierno con los faisanes de Gales.

Es interesante la perdurabilidad de aquel registro conservador que pareció dejar a España congelada en tiempos de bufones y meninas. Sexy, Ibiza, Loco mía, si, pero también un difundido consumo popular plebeyo y reaccionario. Existe toda una extensa literatura que ha trabajado en torno a la cultura española de los setenta. Y, más menos, todos anotan cómo en aquellos años finales del franquismo se dio una alquimia rara pero efectiva entre la sordidez de una sociedad reprimida y el desparpajo de la cultura de masas de entonces.[2] La balada romántica de Rafael, Dyango, Camilo Sesto y José Luis Perales fue así la expresión castiza y reprimida de la chanson francesa. Un mundo donde nadie quería salir del clóset e Isabel Pantoja lloraba abnegada a su Paquirri. Hasta Gabi, Fofó y Miliqui (no casualmente con una trayectoria bastante sincrónica con la ¡Hola!) también fueron expresión de este momento. Sus canciones nos muestran un combo para divertir a los niños que mezclaba de forma inocente risas, arcaísmos y catolicismo. Expresión cultural hecha de contraluces, dobles sentidos y secretos. Vamos, nada nuevo en la cuna del Lazarillo de Tormes. Pop franquista. Españolísimo, si, pero en un punto, casi tan argentino como el dulce de leche.

 

La Jackie Kennedy Argentina

La verdad de la milanesa es que la Monarquía europea que siempre tuvimos a mano fue la de la Madre Patria, como aprendimos en 1910 con la visita de la Infanta. El filohispanismo argentino surgido al calor del entresiglo nunca perdió vitalidad (y tuvo sus picos, como con la polémica visita de Eva Duarte en 1947). Así, de forma casi natural la representación cosmopolita de nuestra farándula siguió el patrón que describimos para la revista española: realeza y sordidez. Una diva total, Susana, por siempre igual.

De todos modos, claro está, la narrativa en Argentina debió aggiornarse (la nuestra es una República y no hay reyes, más allá de la rentabilidad que le extraen hoy a las aventuras de Máxima en Holanda). Pero, a falta de tiaras, buenos resultaron los sillones de Rivadavia y la ¡Hola! descubrió en la actual familia presidencial el charmed necesario. Así, en los últimos dos años la ¡Hola! se volvió una suerte de road movie presidencial. Y, a tono con las caras tradiciones sexistas, el foco lo puso en Juliana Awada, retratada como una Primera Dama refescante y abnegada de la que  podemos estar orgullosos. Hermosa y centrada en su familia pero también comprometida con causas modernas como el medio ambiente y las energías no renovables. La Jackie Kennedy de las pampas. Veamos algunos ejemplos ilustrativos.

En su edición del 29 de junio de este año la revista, al hablar de las claves del estilo influyente de Awada,  escribía lo siguiente:

“La asunción de su marido, Mauricio Macri, como Presidente de la Argentina, marcó un antes y un después en la vida de Juliana Awada, que se  convirtió en un primera dama muy mirada y fotografiada por su belleza y estilo. Ella, la “hechicera”-tal como la llama el primer mandatario- traspasó las fronteras con su encanto natural”.

Quince días antes, en un artículo con el sugestivo nombre de “Juliana Awada, con las perlas a sus pies”, reseñaba “…durante la cena de gala en honor a la canciller alemana  Angela Merkel, la primera dama se desacó con unos stilettos que causan furor en la temporada europea”. Algunas semanas antes, al hablar de un viaje a China del Presidente, su mujer y su hija, anotaban que, mientras el mandatario mantuvo una serie de reuniones, “sus mujeres aprovecharon para recorrer y hacer turismo por la ciudad”.

Al hablar de “las” mujeres del Presidente, hacían referencia a Juliana Awada y a su hija Antonia, claro está. Antonia, otro de los personajes centrales en la saga humanizada de Macri. Sobre ella también tenemos algunos títulos interesantes: “Antonia Macri, la mejor ayudante de Juliana Awada en la huerta”, “De la mano de su madre, Antonia Macri jugó en la nieve”, “Mauricio Macri compartió un tierno día de clase con Antonia”. Todos de este año, claro está.

Esta seguidilla de artículos (de los que por motivos de espacio solo seleccionamos algunos, pero está claro que la retahíla seguiría ad absurdum) muestra lo obvio. Que uno de los principales insumos de las revistas del corazón hoy es Juliana y su familia. La vida de la trinidad presidencial (se ha tematizado mucho en las redes sociales sobre lo mucho que se habla de Anotnia y de lo poco que se hace del resto de la familia Macri) es mostrada así ascética y descontractura a la vez. Macri pasa a ser Mauricio, el tipo que hace su laburo vuelve a su casa pide sushi en el delivery y se destapa un vinito. Y su mujer, Juliana, la encantadora de serpientes que va por los organismos multinacionales blandiendo bellos zapatos y peinados. La musa del Presidente, la que con su belleza suma a la nueva vuelta de la Argentina al mundo casi tanto como las gestiones formales de Cancillería.

El intento por humanizar a un Presidente es casi tan viejo como la escarapela, o al menos como la hiper tematizada gestión de JFK en los Estados Unidos. Y, mucho más cerca en el tiempo, lo estilizó y mejoró la familia de Obama, Michelle y sus hijas. La intención de mostrar al Presidente correteando conejos de pascua por los jardines no es nueva, ni debe sorprendernos. Lo interesante es la resonancia conservadora e integrista que tal expediente tuvo y tiene en nuestro país.

Juliana Awada es, entre otras cosas, una divorciada con un emprendimiento exitoso, pero en la semblanza semanal esas cualidades no son puestas en valor. Poco se habla en la revista de sus aptitudes profesionales y empresariales, lo que es cuanto menos curioso en un clima de época que hace del emprendedorismo un credo oficial. Sin embargo, en la prensa ella parece estar presente solo para ganarle la guerra de vestidos a Leticia, la reina de España que es un poco apenas menos linda. El cuento de Juliana Awada en la ¡Hola! es un relato que parece escrito más para Susanita que para Steve Jobs.

[1]             Por caso, y solo para hacer una mención, está la serie de películas de terror de los 90 de Brian Yuzna The Dentist, que justamente apelaban al temor atávico que produce dicha profesión. Y quié puede no recordar el capítulo de la octava temporada de Seinfeld, el de los chistes anti dentistas.

[2]          La película de Alex de la Iglesia Balada Triste de Trompeta reconstruye de forma magistral ese contrapunto entre lo kitsch y demencial de los años del franquismo tardío.

 

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Un asado con la Generación Dorada

 

El nuestro es un país alimentado a nostalgia en feedlot. En efecto Argentina es una nación  que todavía está en proceso de metabolización de sus 90, sus 70, sus 55, sus 45, su Centenario, su  Granero del Mundo y su Revolución de Mayo. Sus exilios de Gardel, sus sin vencedores ni vencidos y sus me cortaron las piernas. En el Río de la Plata te encontrás una épica a la vuelta de la esquina, y la idea de una Buenos Aires mítica y atemporal paga su peso en oro, como supieron entender Borges y Mujica Lainez. Y Roberto Arlt, Discépolo, Dolina, Fontanarrosa, Charly García y hasta los creativos de TyC Sports que todos los mundiales sacan alguna publicidad lacrimosas. En fin, gran parte de nuestro panteón cultural más sólido se ha formado en el untuoso tropo de la saudade. Próceres tangueros que se las daban de recios compadritos y en realidad se la pasaban llorando en síncopa por el farol del barrio, la colonia barata del conventillo y la vieja. Pobre la vieja querida, cuántos disgustos le daban. Una República condenada al color sepia.

Bajo aquella clave rumiante es que debe analizarse el capítulo de Río 2016 de esa duradera saga que fue la llamada Generación Dorada. Luego de la derrota contra Estados Unidos en cuartos de final se nos vino la sensación que el largo presente que tuvimos con estos jugadores de básquet se volvió pasado (más allá de varios signos que nos dieron que se estaban envejeciendo y que alguna vez el baile se iba a terminar). Es como que hasta ahora siempre estaban ahí, cercanos y campechanos, listos para para doblegar a las potencias. Podía bajarse alguno de una convocatoria pero el concepto estaba. Mas ahora es evidente que ha comenzado la transición final y bien vale detenerse un poco a pensar el proceso que se apaga.  La Generación Dorada hizo sus primeras armas en algunas competencias juveniles de los tardíos 90 pero tuvo su debut “oficial” -con contornos más delineados- allá por agosto del 2001. Aquel año se jugó el Premundial en la ciudad de Neuquén y todos los que asistieron a los partidos, observaron sin necesidad de demasiado conocimiento técnico que algo grande se gestaba con con ese equipo talentoso y disciplinado. Muy loco todo porque cuatro meses después de aquella presentación en sociedad  el país volaba por los aires.

Verbigracia de corralitos y cacerolazos, poco quedó para la épica en aquellos meses devastadores donde vimos derrumbarse a las Torres Gemelas  y a la Alianza honesta y convertible. Para aquellos que les tocó ser adolescentes durante el menemismo el 2001 significó un áspero rito de pasaje a una vida adulta caótica. Fue duro el oficio de ganarse los primeros pesos, terminar la carrera universitaria, practicar deporte en aquellos meses donde se votaba con salchichón primavera, polvo de Ántrax y caricaturas de Clemente. Mientras el sueño pequeñoburgués de ascenso social se desvanecía en aquellos que preferían lavar copas en Ibiza a estudiar en la UBA rivadaviana el sueño -un poco racista, un poco positivista, un poco decimonónico- de abrirse al mundo resistiría en aquel equipo dirigido por Magnano. Pepe Sanchez, el Colo Wolkowyski y luego los otros fueron invitados por vez primera al boliche globalizado y moderno de la NBA de Magic, Pipen y Paenza (algo que al argentino promedio  le había empezado a importar mucho a partir de la expansión de la televisión por cable y la presencia de Michael Jordan en los años locos del 1 a 1).

Luego la locura del 2002. Viaje al Centro de una tragedia pesificada en Puente Peyrredon.    La Argentina de Duhalde y una suerte de Invención de Morel cartonera en dónde los sectores medios y populares transitaron el éxodo social y macroeconómico lo mejor que pudieron. En momentos de trauma como aquel, las sociedades del siglo XX y XXI se aferraron al nacionalismo como sanguijuelas al glóbulo rojo (incluso en desmedro de otras posibles relatos aquellos brindados por el clasismo o el milenarismo). En ese marco, el deporte siempre estuvo ahí para reforzar un poco el temple nacional y el 2002 también fue un año de mundiales, una oportunidad única para redimirse y exorcizar demonios y miserias al grito de gol.

La cosa con el fútbol venía bastante aspectada con la llegada a Japón de un Bielsa con su ciclo a punto caramelo. Pero luego historia conocida: miles de centros inocuos del Piojo López, corners en slow motion de la Brujita y debut y despedida. Paradójicamente, la búsqueda terapéutica del éxito deportivo redundó en mayor dolor para un país en bancarrota.  La redención (si tal cosa era posible en esos aciagos meses de deuda social) llegaría de la mano de la pelota naranja. Aquel loco 2002 también fue el año de explosión del equipo de Magnano.

En el Mundial de Indianápolis, Argentina obtuvo el segundo puesto (en una final perdida frente a Yugoslavia a partir de un confuso episodio que incluyó una flagrante falta a Sconochini no cobrada por el árbitro (1)). Pero sin dudas que el clímax se dio el 4 de septiembre cuando venció a los Estados Unidos. Fue la primera vez que un equipo FIBA (léase mortal) le ganó al combinado de jugadores NBA. Y si bien el Dream Team ya no era igual al único e irrepetible conjunto de Barcelona 1992 y habían mostrado signos de rendimiento decreciente, lo cierto es que los primeros que les asestaron el golpe, y de locales, fueron los argentinos.

Como olvidar aquel día, la ventaja inicial de los gauchos y la sensación que transcurrían los minutos y la cosa seguía gananciosa. Que la hegemonía de “los del Dream Team se enojan y te lo levantan” estaba tambaleando y que la gesta del más débil estaba al fin por cumplirse. Los guarismos finales marcaron un sorpresivo 87 a 80 para los del Cono Sur.   Aquel día en el Conseco Fieldhouse murió tal vez uno de los invictos más impactantes del deporte y lo lograron unos pibes con pinta que podían caerte a un asado y pedirte “a mi la molleja sacámela crocante”. Super atletas de un nivel superlativo pero también muchachos de esos que pueden estar en tu grupo de whatsapp mandando chistes verdes. Aquel 4 de septiembre del 2002 generaciones de argentinos criados en un insoportable autoflagelo Lanatesco tuvimos frente a la tele nuestra revancha, nuestra Batalla de las Termópilas. Ganarle al mejor siendo mejor, sin contrafácticos, sin teorías del complot, sin Telenoche Investiga. Victoria sin sociología enojada de Sebreli.

El éxito deportivo más importante del equipo llegó dos años después, en los Juegos Olímipicos de Atenas 2004 donde ganó la medalla de oro. Junto con el fútbol, cortaron con una sequía de décadas sin medallas doradas. Aquel Juego Olímpico comenzó con el que tal vez haya sido la cúspide de la Generación Dorada, la revancha frente a Serbia, palomita incluída de Manu Ginbóbili. En un acto de 4 segundos estos muchachos hicieron por el relato nacional del siglo XXI más que Pacho O’Donell, Felipe Pigna y Luis Alberto Romero juntos. Después la yapa, volver a doblegar al gigante del país del Norte (armado hasta los dientes para la revancha) y calzarse la de oro en una final de baja intensidad frente a Italia. Y, de nuevo, la sensación tan tangible que cinco de tus amigos habían hecho historia. Que gente normal y que juega con vos todos los jueves Fútbol 5 de pronto había dejado a Allen Iverson y  Lebron James haciendo pucheros.

La Generación Dorada logró una alquimia rara en la que convivieron los valores colectivos y solidarios (la mentada “derrota digna de Los Pumas”) junto con un éxito deportivo inédito. Ganar, golear y gustar con lo colectivo como complemento y sinergia de lo individual. Se escribió allí la página más sentida del Guardiolismo Bilardiano que todo analista del deporte argentino lleva adentro. Una idea sofisticada de juego defendida con la enjundia básica de un Caruso Lombardi. Un recorrido deportivo válido de ser analizado tanto por su concepto como por sus resultados, la pesadilla de Angel Cappa.

De alguna manera en Río 2016 se acaba un gigantesco asado de quince años que nos comimos todos. A veces, el “Estado Nación” y sus límites se reduce a eso, a tomarse un gancia con tu viejo mirando un partido de alguna selección argentina. La frontera a proteger es la del sillón donde apoltronados vamos por el tenis, el volley, el handball y algún otro deporte extraño que solo saben practicar bien algunas ex repúblicas soviéticas alimentadas a pan duro y anabólicos. Que se vaya la Generación Dorada es, como nunca, el final de una especie de viaje de egresados. Éxito real frente a equipos que durante décadas nos habían poco menos que humillado a fuerza de superioridad de centímetros y precisión. Con Manu Ginóbili, Luifa Scola y el Chaṕu Nocioni la eugenesia tocó por un par de años para el lado de los perdedores. Para un país autoinmune como el nuestro, que te encuentra una grieta hasta en el héroe más intachable y que tiene el agrio “Ay Patria mía” a flor de piel, la Generación Dorada resultó un alivio.

 

(1) Error que ulteriormente fue reconocido por el árbitro.

La Generación del ‘80 llama dos veces. El Liberalismo en la propuesta Macrista.

El año pasado, la Alianza Cambiemos sacudió el tablero de l@ polític@ al ganarle al Frente para la Victoria y alzarse con la trifecta de Nación, CABA y PBA. Así, en una misma contienda electoral se llevó puesto varios mitos caros a la patria politológica: el del invicto del peronismo pos 2001 (y su secular hambre de victoria), el del cerrojo inviolable de la Provincia de Buenos Aires y sus barones sedientos de poder y, sobre todo, aquel que rezaba que sin despliegue territorial propio era imposible llevarse el ticket al Sillón de Rivadavia. Desde ya que cada una de esas ideas estaba cimentada en una red de medias verdades que podían fallar, pero nadie suponía que iban a caer todas de golpe. Pero sucedió, Cambiemos -con el PRO de primus inter pares- instrumentó una disciplina partidaria bismarckiana que combinada con una actitud desprejuiciada a la hora de construir vínculos electorales se llevó puesto el Abismo de Helm peronista. Un David que se enfrentó a Goliat pero con twitter y focus group en vez de honda.

El batacazo del 2015 (todavía en proceso de metabolización) disparó la búsqueda de la trama ideológica detrás de la sorpresa, claro está. En un año plagado de elecciones de pronto todo fue relato y subtextos y a partir del 10D es Cambiemos quien debe construir su propia épica y estética. Este objetivo fue asumido de forma clara, y tal vez un poco urgente, por sus propios protagonistas: ya existe hasta un libro “Cambiamos. Mauricio Macri Presidente. Día a Día la campaña por dentro de Hernán Iglesias Illia”, ghost writer y actual funcionario del gobierno nacional. El libro narra, en tono de road movie política, las vicisitudes del movimiento macrista victorioso (y se dedica a desmontar, con éxito dispar, los prejuicios en torno al carácter “cheto” de su formación). Sin embargo, y dejando un poco de lado ese tipo de relato eufórico, puede pensarse en intentar una primera aproximación al intento de trazar la grilla ideológica de Cambiemos en una duración más larga. Varios aspectos ya fueron esbozados en los últimos meses, en especial en el lúcido Mundo Pro de Vommaro, Morresi y Bellotti. Pero el libro es -según reza el subtítulo- una anatomía de un partido para ganar… resta ahora hacer el mismo trabajo sobre un partido que ganó.

A la hora de atribuirle una, o varias, tradiciones ideológicas a Cambiemos han picado en punta dos familias de ideas: el Desarrollismo y el Liberalismo. En el caso del primero, la vinculación no fue novedosa y más bien resultó parte de un consenso tácito neokeynesiano previo a las elecciones del 2015. Ya hace unos meses decíamos con Santiago Rodríguez Rey: “Hoy, los principales candidatos, los que según las encuestas que pululan en los medios dicen que sumarán el 90% de los votos, se dicen desarrollistas. El progresismo, por su lado, apenas si lucha por el 5% y parece cerca de retirarse de la pasarela. El desarrollismo ya está aquí, llegó para quedarse y no se va a ir”. 1 En efecto, el siglo XXI repleto de discusiones sobre el precio de las commodities y una nueva matriz productiva para Latinoamérica resultó tierra fértil para el tropo Desarrollista y el discurso de Cambiemos no fue la excepción. De hecho todo lo contrario, vía el Desarrollismo encontró el punto de fuga para pegarle a la bestia populista y la blitzkrieg aramburesca desplegada contra la administración saliente se concentró de hecho en un ministerio de la “Modernización”, ideal caro a la grilla frondizista.

Un poco más creativo, y todavía in progress, resulta el linkeo con el Liberalismo, y sin embargo es una relación que todos más o menos reconocen. Tanto para criticarlo (ubicarlo en el rancio linaje de los Martínez de Hoz), como para ponerle una ficha (pensarlo como el gestor de una nueva Generación del 80, presto a retomar el camino que nos llevará a ser Australia o Canadá), muchos piensan que Cambiemos en general y el PRO en particular, tienen algo de Liberal. Incluso los más osados aseguran que la CEOcracia montada en estos meses es un poco la hija dilecta de la combinación del Liberalismo con el Desarrollismo.

Ahora bien, ¿qué hay más allá de la vulgata o la diatriba?, ¿es posible calibrar el octanaje del Liberalismo del motor macrista?, ¿se puede ubicar en el universo liberal a un partido que hizo de eludir los etiquetamientos parte de su fortaleza? Y por otro lado, ¿existe esa cosa llamada Liberalismo que queremos adosarle a Cambiemos?, ¿puede haber una doctrina tan amplia que permita poner bajo el mismo cielo al roquismo, al radicalismo antipersonalista, a las Dictaduras Militares?, ¿vive ese animal mitológico de la historia de las ideas rastreado con denuedo por liberales, revisionistas, nacionalistas, corporativistas y hasta neutrales? No olvidemos que nuestro MacGyver historiográfico, Tulio Halperin Donghi, sentenció alguna vez que la Argentina es un país que nació liberal, ¿pero lo siguió siendo en las otras etapas de su vida?

El Liberalismo: un objeto opaco

“Abandona la esperanza si entras aquí", rezaba lacónica la puerta ubicada en el vestíbulo del infierno del Dante. La misma sentencia podría aplicar para aquellos que quisieran definir con unmínimo de precisión los contornos del Liberalismo en nuestro país. En Argentina, como en América Latina, el derrotero del liberalismo ha sido por demás sinuoso desde s consolidación en la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, ya a finales de ese siglo el Liberalismo estaba presente de alguna forma en todas las fuerzas políticas. Mas nunca existió de forma pura sino combinado con un complejo ideario que involucraba el Republicanismo (ese hermano siamés, a veces sinónimo, veces antónimo, a veces parónimo), el Conservadurismo, el Historicismo, el Radicalismo francés, el Positivismo, el Socialcristianismo. Tal vez sea necesario bajar un poco más la lupa a la hora de reconocerlo a aquel entre tanta mezcla.

El primer ajuste de cuentas que podría hacerse, resulta de desacoplar el derrotero intelectual del Liberalismo con la cronología propia de la historia política. En efecto, camionadas de buenas investigaciones empíricas han demostrado con claridad que nuestras élites políticas y sociales han sido mucho más eclécticas (y hasta camaleónicas) de lo que quisiéramos reconocer. Argentina engendró de esta manera liberales de fuste que no vacilaron en los 30 a irse por la alcantarilla del autoritarismo y hasta del fascismo. Y la misma sentencia vale, pero a la inversa: en uno de los momentos más hostiles para el Liberalismo, como fue el primer Peronismo, vemos cómo luego de la polémica nacionalización de los trenes, las líneas no pasaron a llamarse Chacho Peñaloza o Gaucho Rivero. Se llamaron en cambio Roca, Alberdi o Urquiza (este hubiera sido por demás reemplazable por el caudillo López Jordán), quienes siguieron en el panteón de próceres de un gobierno popular. De hecho, también es necesario anotar que el Liberalismo no fue un fenómeno exclusivo de las elites y muchas veces resultó defendido por los sectores medios y hasta populares, por cierto que en un tempo distinto y mucho más tibiamente. La segunda previsión, y de hecho la más importante, tiene que ver con la definición del núcleo duro de la doctrina liberal y su despliegue hegemónico en los años de la Generación del 80. En las últimas dos décadas la historiografía ha llamado la atención sobre la heterogeneidad del mentado Orden Conservador y la irreductibilidad del mismo a un acontecer monolítico. Sucesivos autores han argumentado la complejidad del ideario de fin de siglo argentino, en especial la imposibilidad de simplificar las opciones de la época a los términos liberal y conservador. La cultura política del período roquista no debe ser exagerada en su homogeneidad (y es una precaución que bien vale tener en cuenta para el tablero actual poblado de Moyanos, Carriós, Prat Gays y Urtubeys). Un mitrista de bien no hubiera vacilado en criticar a los roquistas por ser poco liberales. Así como los roquistas se pasaron toda la campaña electoral de 1886 mirado con liberales sospechas a los principales candidatos, Juárez Celman o Dardo Rocha, a quienes encontraban demasiado advenedizos y propensos a cierto ejercicio impúdico del poder.

Queda claro entonces que no se trata de encontrar el eslabón perdido entre Mitre y Alsogaray y de hecho esa sola idea debe revisarse y requiere de mayor precisión a la hora de definir al Liberalismo argentino. Es necesario ganar en precisión para generar una definición operativa de una doctrina vital todavía a comienzos del siglo XXI, incluso asumiendo que sus contornos siempre serán bastante móviles.

Los must del buen liberal

Definir al Liberalismo en una columna es imposible (como tal vez también lo sea en trabajos de mayor aliento). Incluso separando el Liberalismo económico del político, hilvanar con algo de precisión un cuerpo de ideas que vayan de Adam Smith hasta Milton Friedman, pasando por John Stuart Mill y Alfred Marshall o desde Alexis de Tocqueville hasta John Rawls, es una empresa que no se intentará aquí (y no está del todo claro que tenga sentido hacerlo, más allá de la necesidad de escritura de manuales). Se intentará, en cambio, condensar el Liberalismo realmente existente en una serie de elementos identificables. Desde ya que los puntos que anotaremos no conforman una definición absoluto, sino que resultarán más como los ingredientes de un asado. En efecto, aquellos pueden ir variando y hay eternas discusiones sobre cuál es más importante, pero a la hora de mirarlo crepitar en la parrilla, todos reconocen que se trata de un noble asadito.

Un punto central a la hora de identificar un núcleo liberal va por el lado de las formas republicanas de gobierno y la búsqueda constante de equilibrio entre los poderes. Charles Hale señaló con acierto que uno de los aspectos centrales de la herencia liberal latinoamericana fue su entusiasmo por los sistemas constitucionales. Según él, la independencia política se conquistó en momentos de la codificación, donde se creía en el poder de las leyes escritas que, concebidas racionalmente, podrían distribuir el poder de manera eficaz y garantizar la libertad individual. Fue aquel carácter institucionalista el que le dio un tono de poca radicalidad al Liberalismo latinoamericano. En este subcontinente casi todas las transformaciones de se lograron mediante reformas y no por revoluciones -como pasó con las revueltas de 1830 en Europa-. Así Frank Safford encuentra en la legalidad uno de los puntos de mayor perdurabilidad de aquella doctrina. Para este autor, a pesar de los altibajos que tuvo dicho cuerpo de ideas a lo largo del siglo XX, es en el terreno de sus actitudes constitucionales donde mantiene una fundamental vigencia en el presente. ¿Puede, a su vez, hablarse de algunas especificidades del caso argentino? Para Paula Alonso y Marcela Ternavasio hay cuestiones propias del Liberalismo gaucho. Por ejemplo, la ausencia de luchas con grupos conservadores (gran diferencia por ejemplo con México, donde corrió más sangre bajo sus puentes) y los escasos desafíos de la Iglesia y luego del socialismo. Estas características forjaron un Liberalismo con menos necesidad de precisar sus principios y amojonar sus contornos que en otros países. Un modo argento definido con mucha menos pasión que con la que fue defendido o atacado. Una suerte de fideicomiso ideológico que a lo largo de décadas pagó dividendos a casi todos los miembros de la clase política argentina, tanto para denostarlo como ensalzarlo. Aunque no lo veamos el Liberalismo siempre está.

La pregunta entonces cae de madura, ¿por qué hubiese el macrismo desaprovechado la oportunidad de abrevar de esta fuente genérica?, ¿no sería casi hasta lógico al tratarse este de una construcción política amplia y que se movió con comodidad en el terreno de lo ambiguo (incluso mostrando más cintura que el peronismo, el histórico campeón en la labilidad doctrinaria)?

La Generación del 2016

Sin duda alguna, Cambiemos tiene dentro de su amplia matriz ideológica y discursiva, una fuerte apelación al Liberalismo en general y a la Generación del 80 en particular (en esto continuó un camino que recorrió de forma mucho más explícita el Recrear de López Murphy, muy dado al Alberdismo gore). Tal vez lo que más se nos aparezca como el intento en clave siglo XXI de emular a la generación del ´80 sea el Plan Belgrano, un ambicioso proyecto de infraestructura para el norte argentino que supuestamente viene a subsanar décadas de atraso. De todos modos tampoco esta es una empresa del todo original y la apelación a planes de gran transformación nacional suele aparecer en distintos etapas de la historia. Recordemos así los festejos del Sesquicentenario de la patria en 1960 y el Plan de Desarrollo urdido por el Frondizismo o los intentos por cambiar la matriz productiva del Plan Trienal del Perón herbívoro. Tal vez sí la originalidad del macrismo sea en vincularse de manera tan directa con los padres de la Argentina moderna (y un poco a contrapelo de los últimos años donde el clima de época fue más bien marcadamente revisionista). En un apurado punteo de por dónde va la agenda liberal de Cambiemos deberíamos anotar en primer lugar una notoria apuesta por la consolidación de los mecanismos de control de los poderes. En efecto, este fue uno de los tópicos altos de la campaña (con Carrió haciendo las veces de Capitán Ahab enfurecida contra la ballena blanca del Populismo de las Cadenas Nacionales y los Congreso escribanías). De todos modos la defensa de los valores republicanos, tan sentida a la hora de ser oposición, bien puede volverse un tiro en el pie al momento del control del Ejecutivo, como bien muestra la experiencia del poco ortodoxo intento de nombrar Jueces de la Corte en Comisión. El escándalo de los Panamá Papers, descartado como problema de forma demasiado ansiosa por el gobierno, debe ser leído en esa línea. Si la agenda de Cambiemos estuvo por meses dominada por la lucha contra la corrupción, y a tal fin sus partidarios usaron los más estridentes métodos, refugiarse ahora en los tecnicismos legales de las sociedades offshore tiene gusto a poco. El caso de Laura Alonso, personaje que en una voltereta pasó de furibunda tuitera a tibia funcionaria anticorrupción, muestra con claridad aquella encrucijada. Denunciar que el kirchnerismo no puede apelar a ese discurso, tampoco sirve de mucho. Sin dudas que sobre el particular a Cambiemos lo estarán monitoreando propios y ajenos y la oposición, incluso cristinista, invocará a la sombra terrible de Alberdi cada vez que le resulte útil. También podemos anotar dentro del uso del ideario de la Generación del 80 el discurso cosmopolita de “vuelta al mundo” que ha caracterizado la mirada sobre relaciones internacionales del actual gobierno. Un corrimiento del eje Mercosur-BRICS y un acercamiento manifiesta al de Estados Unidos – Alianza del Pacífico parecen ser las claves multilaterales en este sentido. El riesgo en esta dinámica de realineamiento tiene que ver sobre todo con los costos que puedan llegar a pagarse en un momento tenso de la geopolítica.

En el terreno de las políticas económicas el giro liberal se ve corporizada en el pago a los Hold Outs y la vuelta al crédito con menores tasas. Este es, de nuevo, un punto de coincidencia con el Desarrollismo. Recordemos el Plan Presbisch durante la Revolución Libertadora, el que abrió la puerta para sumarse al FMI, que cuestionaba duramente al Peronismo por no haber tomado entonces el tren de Bretton Woods. Menos desarrollista y más claramente liberal en lo económico es la apuesta macrista por el aperturismo de las exportaciones e importaciones, algo no tan a tono por caso, con Frondizi y su trato privilegiado a la industria automotriz (esto más allá del buen trato al gran capital extranjero que el bueno de Silvio debió procurar para poder escapar a la trampa de la restricción externa).

Tal vez las apuestas más arriesgadas del Liberalismo sui géneris macrista sean dos. Primero, la reformulación de las relaciones entre la Nación y las provincias, puestas en tensión con la discusión sobre una nueva Ley de Coparticipación. El flujo de recursos en el marco del federalismo caleidoscópico que supimos construir es un tema sensible desde los orígenes mismos del régimen del 80 (como supieron mostrarnos Oszlak y Botana). Y en segundo lugar, el giro anticlerical de gran parte del discurso oficial sobre la vida privada, que tuvo su corolario en la fría visita de nuestro primer magistrado al Papa Francisco. Aquí debe anotarse en la génesis un complejo juego de rupturas y continuidades entre los líderes, que pasaron de ser Mauricio y Jorge Bergoglio a el Presidente y su Santidad casi sin darse cuenta. Algo similar a lo que ocurrió con Cristina Fernandez, pero de forma especular. Todo, obvio, en una sociedad que puede combinar una apuesta secularizadora de avanzada con multitudes católicas ultramontanas sin ponerse colorada. Ambos lances son complejas y con éxito incierto pero desde ya que deben anotarse en el renglón de un ideario reactualizado como el que hemos visto desplegarse en estos 100 afiebrados días. Pero, de nuevo y para finalizar, recordemos que el Julio Argentino Roca peleado con la Iglesia de 1886 también dio paso a la misma versión de sí mismo abriendo los brazos al Vaticano en su segundo gobierno. En Argentina el Liberalismo (y casi cualquier otro ismo) siempre están a tiro de un pase por el taller para hacerse chapa y pintura.