Fede Vazquez

¿Por qué sigue existiendo el lulismo en Brasil?

 

Contra lo que suele decirse, el clima político latinoamericano no gira en torno a lo líquido y vaporoso. Por el contrario, las identidades políticas construidas en los últimos años parecen más bien sólidas, soportando las siempre intensas coyunturas regionales. No estamos pensando sólo en Argentina y su grieta. En Venezuela dos décadas de “revolución bolivariana” no barrieron con los “escuálidos”. El antichavismo configura una identidad política perseverante. Más allá de los dirigentes opositores y sus intereses, hace tres meses que todos los días hay protestas en las calles de Caracas. Desde ya, también es imposible imaginar que el chavismo desaparezca como identidad política, por más desatinos que cometa el gobierno de Nicolás Maduro.

En Brasil pasa algo parecido. Las últimas encuestas le dan a Lula un contundente 30% para las elecciones presidenciales del año próximo. Y si la aguja se mueve, es en forma ascendente. Todo esto, en medio de una judicialización extrema, donde el PT funciona de chivo expiatorio de toda la clase política. Las manchas no son pocas: Antonio Palocci, primer ministro de Hacienda de Lula, está condenado y preso. José Dirceu, uno de los colaboradores más cercanos, también, aunque recientemente recuperó la libertad a la espera de una segunda instancia judicial. Lo mismo pasa como otros personajes menores, encargados de las finanzas de partido En los próximos días el propio Lula tendrá sobre sí una condena judicial, aunque recién con una confirmación de segunda instancia quedaría impedido de ser candidato.

A eso habría que sumar que el segundo gobierno de Dilma fue cualquier cosa menos virtuoso. Ajustó, sumó semestres recesivos, llevó al gabinete a figuras de la ortodoxia económica como Joaquim Levy y, finalmente, igual perdió el gobierno.

Lo más lógico sería esperar un reseteo general, con la probable aparición de una figura nueva, tal vez ligada a los medios de comunicación o el mundo empresarial, como suele ocurrir cuando la política entra en crisis de representación. La única dificultad es que la identidad lulista no parece evaporarse. La presencia de Lula (y de los “lulistas” en forma de votantes, trabajadores sindicalizados, movimientos sociales, etc), es el gran escollo en ese objetivo de “borrón y cuenta nueva”.

Aunque magullado y con la espada de Damocles del juez Moro, desde hace casi un año Lula recorre el país, habla en sindicatos, participa en encuentros partidarios a nivel local, estadual y nacional, en manifestaciones callejeras, se multiplican las entrevistas radiales, etc. Y lo que es más significativo: esos sindicatos, partidos, movimientos y gente de a pie, sostienen a Lula como referencia política casi excluyente.

Entonces, la pregunta sobre Brasil hoy sería: ¿cuál es la razón de esa  supervivencia de la identidad política lulista?

Se podría hacer un listado de políticas públicas de los gobiernos del PT, sobre todo del segundo mandato de Lula y el primero de Dilma, donde se cristalizaron mejoras significativas en los niveles de vida generales. Pero ese balance siempre es relativo. En un país con el grado de desigualdad y pobreza de Brasil cualquier logro queda modesto. Hoy, doce millones de brasileños viven en favelas. Y, según las cifras que se usen, entre el 40 y el 45% es pobre. Dicho de otro modo, el final más que deslucido de Dilma podría haber operado como un cierre definitivo del ciclo del PT y los años del mejor Lula, un grato y tibio recuerdo.

Sin embargo, la centralidad que tiene Lula hoy se parece más a una reacción casi desesperada de un sector de la sociedad por no quedar a la deriva en términos de representación política.  

¿Que pueda explicar esa reacción? Por debajo de la maraña político-judicial que embota a la población, el gobierno de Temer puso en marcha una política de shock extrema que va desde el ajuste en programas sociales emblemáticos, hasta el impulso de grandes reformas estructurales.  

Nombremos algunas. Aún cuando no había sido confirmado en el cargo Temer empezó a desarmar un programa de formación técnica para jóvenes que no tenían trabajo, ni estaban dentro del sistema educativo formal. El programa se llama PRONATEC y en los tiempos de Lula había llegado a tener en su matrícula anual 3 millones de inscriptos. A fines de 2016 había bajado a 400 mil, por recortes presupuestarios.

La inversión en el programa de viviendas (“Minha Casa, Minha Vida”) cayó casi a la mitad entre 2015 y 2016: de 16,5 mil millones de reales, pasó a 6,9 mil millones del presupuesto.

El gobierno de Temer popularizó el “ponte-fino” (peinado fino)  sobre distintos beneficios sociales, de licencias médicas y previsionales. Con un formato de revisión burocrático, y bajo el imperativo de “terminar con los abusos y las injusticias” ya dio de baja 102 mil subsidios por enfermedad prolongada, el 81% del total. El Instituto Nacional do Seguro Social (INSS) prometió extender el mismo criterio sobre más de 2 millones de beneficiarios de distintos programas.

El más emblemático de todos los programas sociales, el Bolsa Familia, tampoco zafó: a fin del año pasado, también le pasaron el “ponte-fino” y fueron dados de baja más de 1 millón de beneficiarios. Ahora, el gobierno anunció que tampoco va a poder actualizar los montos (había prometido un 4% de aumento), por lo que va perdiendo poder adquisitivo.

Pero no es cuestión sólo de ajustar para cerrar cuentas urgentes. La agenda de Temer incluye cambios de fondo, como la reforma laboral y jubilatoria. La primera es el sueño de cualquier gremio empresarial: permite llegar a una jornada de trabajo de 12 horas corridas, permite negociar contratos por debajo de la ley, elimina el aporte sindical obligatorio y no se priva de “detalles” dignos del Sr. Burns como volver legal el trabajo de embarazadas en lugares de trabajo insalubres o reducir el tiempo de almuerzo de 1 hora a 30 minutos.

La reforma jubilatoria, aunque es menos probable que logre ser aprobada durante este año, también va en el mismo sentido: van a ser necesarios  más años de aportes para lograr jubilarse y todavía más para percibir el 100% del total del haber. Algunos calculan que un trabajador promedio tendrá que aportar regularmente durante 50 años para tener una jubilación completa. Algo casi mágico en un país donde el trabajo en negro está muy extendido y aún más la entrada y salida del circuito formal de empleo.  

Podría argumentarse que hubo otros momentos donde se aplicaron programas similares, como el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Pero hay dos diferencias fundamentales con los años 90: la sociedad brasileña venía de un shock hiperinflacionario que sirvió como justificador del ajuste posterior y, a la vez, la sociedad recibió el “premio” de la estabilidad monetaria. Ahora, ni existió el shock previo que justifique socialmente la necesidad de ajustar, ni está claro cuál sería el “premio” por desmantelar las políticas públicas inclusivas. Y como frutilla del postre, tampoco existió la mediación de la voluntad popular.

La sorprendente persistencia del lulismo como identidad política parece, así, un acto más bien defensivo, ante una ola retrógrada que no puede explicar su génesis en una crisis terminal previa, ni ofrece una playa de desembarco mínimamente placentera. Sólo un presente gris, de ajuste permanente, donde todos los beneficios caen para el mismo lado, y los costos también.   

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El triunfo pírrico de Massa

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Es inobjetable: Massa logró con apenas una movida de baldosa ordenar detrás de sí a buena parte de la oposición política y mediática. El debate sobre la reforma del Código Penal quedó, por ahora, atado a un marco ideológico absolutamente reaccionario. Hace falta remontarse casi diez años atrás para encontrar una situación semejante, cuando las calles de Buenos Aires se llenaron de ciudadanos pidiendo mano dura ante el shock que provocó el asesinato de Axel Blumberg, que finalmente terminó en una avalancha de modificaciones legales en el Congreso, cuyo único logro fue saciar la sed de penas más altas.

Sin embargo, Massa puede haber quemado demasiados barcos antes de tiempo. En primer lugar, el embate desenfrenado contra lo que es apenas un borrador de un eventual proyecto de ley, muestra un grado elevado de desesperación por figurar en los primeros planos mediáticos. El triunfo en la provincia de Buenos Aires en las elecciones legislativas de octubre pasado duró lo que tardó en conocerse el fallo de la Corte Suprema a favor de la Ley de Medios.

Después, aparecieron problemas económicos reales, frente a lo cual el massismo quedó nuevamente desdibujado. En lo que va del año, dentro y fuera del peronismo, un ramillete de dirigentes con los mismos o con más pergaminos que Massa, dieron a conocer sus intenciones de ser candidatos presidenciales para el 2015, lo que terminó de atemorizar al ex intendente de Tigre con la pesadilla de ser uno más del pelotón.

Así, lo que parece haber sucedido es comprensible, dentro de una lógica política ultra pragmática: ante el peligro de desdibujamiento, Massa tomó el primer atajo que se le presentó para volver a escena. Pero con una característica que probablemente lo acompañe de acá en más, en forma de estigma: no tiene ninguna referencia ideológica o programática clara. Y no se trata de los consabidos esquemas de “izquierdas y derechas”, sino de la muy publicitada “institucionalidad” y “diálogo político”, elementos discursivos que habían sido esgrimidos durante toda la campaña electoral por el propio Massa. Es más, fueron, según decía, las razones que lo habían llevado a irse del Frente para la Victoria…

¿Qué queda ahora de ese lenguaje prolijo y ameno, de esas “formas” que lo cubrían todo, del planteo de “mantener lo bueno y modificar lo malo”? Es casi increíble, pero la inconsistencia programática del masismo es tal que, a pesar de haber barrido a De Narváez en las elecciones, terminó asumiendo su agenda. Y no sólo en lo concerniente al enfoque reaccionario de la seguridad ciudadana, sino en un sentido más amplio, en el retorno a la anti política, que tiene por rezo que los políticos son “malos”, frente a una sociedad que está “sola” y “desprotegida”.

El problema, para Massa, es que la sociedad dio muestras de que ese discurso puede calar en momentos concretos, puntuales, pero difícilmente sea una plataforma posible para llegar a la Casa Rosada. Ahí están las legislativas del 2009 y las generales de 2011, tan distintas en sus resultados, no por cambios mágicos en las ofertas políticas, sino por la elemental razón de que la sociedad apela al “correctivo” para las elecciones de medio término y plebiscita el rumbo general cuando elige un presidente. En estos días, Massa se pareció más a un candidato a diputado en busca de tribuna y “voto bronca” que alguien que quiere gobernar el país en dos años.

Por otro lado, el borrador para la reforma del código penal no podía estar más lejos de lo que se le suele achacar al kirchnerismo: los principales referentes en materia legislativa y judicial del radicalismo, el socialismo y el macrismo participaron durante un año y medio de reuniones semanales de trabajo en equipo, lo que terminó plasmado en un borrador de trabajo donde los acuerdos fueron mayores a las diferencias.

Es decir, el “moncloísmo” tan declamado había tomado una forma concreta y real, a partir de un diagnóstico compartido por gente como Gil Lavedra o Federico Pinedo que difícilmente puedan ser estigmatizados como “abolicionistas de la pena”.

Sin embargo, al oportunismo de Massa se le sumó el cambio de postura de los dirigentes opositores: Macri, por el PRO, Sanz y Cobos, por el radicalismo, salieron a desautorizar a sus propios referentes que habían participado en la elaboración del documento. El resumen de GIl Lavedra no puede ser más categórico: “Es patético ver a todos los dirigentes políticos corridos a la derecha”. Algo que sintetiza una de aquellas cosas que parece que no cambian en la era kirchnerista: lo que emerge como opción al gobierno termina, tarde o temprano, ubicado a su derecha.

Así, lo que es presentado como un triunfo político para el massismo tiene las semillas de todos los intentos opositores frustrados de la última década. Y esa frustración reiterada tiene algunas claves que la explican. En primer lugar, en vez de crear una agenda propositiva que, en verdad, se sostenga a partir de los avances indiscutibles de estos años, la oposición terminó privilegiando una crítica abstracta y generalista a todo lo hecho por el kirchnerismo, sin distinguir logros de tareas pendientes, aciertos de errores. Esa crítica totalizadora impide advertir los desafíos reales que enfrenta el país, como la soberanía energética, el desarrollo industrial, el trabajo informal o la vivienda. Sobre estos temas, no existe ni por asomo el gasto de energía política que usa la oposición para instalar el miedo atávico sobre la seguridad. Para decirlo en dos palabras: la oposición parece no tener en cuenta los cambios de la última década, y por momentos, ni siquiera la crisis del 2001. Y sin esas dos referencias, es muy difícil proponer algo que no sea caminar hacia atrás.

En segundo lugar, la oposición tampoco pudo ser fiel a sus distintas vertientes ideológicas o sociales. Con sus dirigentes arrastrados por cualquier operación mediática, o por una encuesta de opinión, o por un “sentido común” que supuestamente impregna a toda la sociedad (como el reclamo de “mano dura”) nunca pudo establecer sus contornos, mostrar sus alternativas, exponer sus matices. Después de esta salida en bloque con el código penal, ¿qué diferencia al radicalismo del Pro? ¿y a UNEN de Massa? El socialismo, que suele tener algún prurito ideológico más sólido, por ahora no definió claramente su posición, y hasta el momento parece acompañar la reforma. Sin embargo, carece de fuerza para imponer ese criterio al resto del arco anti kirchenrista.

El gobierno deberá, al mismo tiempo, replantear la inteligencia con que desata algunos debates. El terreno de la justicia, donde ya tuvo un mal paso con la fallida reforma judicial el año pasado, avisó sobre la complejidad que tiene tocar asuntos que conciernen a ese poder. Si en aquel momento el freno estuvo puesto por la corporación estamental, que se abroqueló desde sus instancias máximas para impedir cualquier proceso de democratización e igualación con el resto de los mortales (nunca está demás recordar que los jueces siguen sin pagar ganancias…) en este caso el campanazo vino por la invocación de un supuesto sentir “popular”. Confiado, tal vez, en que el apoyo de la oposición estaba garantizado por la participación de figuras representativas de estos partidos, el gobierno no tomó la delantera para explicar “a la calle” qué se estaba reformando y qué no. El imaginario fue, entonces, ocupado por slogans engañosos que advertían que de ahora en más los presos saldrían de sus celdas para volver a delinquir, que los violadores serían tratados como víctimas y que un condenado tendría como única pena quedarse cómodamente en su casa viendo televisión. El gobierno había logrado ordenar a la política sobre una propuesta propia pero amplia, con participación real de actores opositores. Pero ese objetivo encomiable chocó con los límites de las valentias políticas de los líderes del radicalismo y el PRO, que enfundaron el violín ni bien asomó la ofensiva de Massa y los medios contra la reforma.

Algunos festejan la jugada de Massa, como una “genialidad política” que, además, muestra un estado de ánimo del kirchnerismo, que se bate en retirada en su fin de ciclo. Parece una conclusión subida de tono: aún consiguiendo frenar la reforma del código penal, el massismo quedó desnudo, imposibilitado de continuar con el discurso conciliador que sí le había dado rédito político real, en votos constantes y sonantes, hace apenas cuatro meses. Arrinconado, de ahora en más, como una referencia política reaccionaria, solitario en el escenario opositor, Massa sólo puede esperar que la sociedad pegue un salto al vacío en una dirección opuesta a la de estos años. Nada quedó ya de el candidato que proponía un cambio suave, gestual, como forma de hacer aterrizar suavemente el ciclo largo del kirchnerismo. Paradójicamente, esta nueva actitud termina de quitarle la singularidad que lo había diferenciado del resto de la oposición. Nació un lilito peronista.

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La sublevación y el desafío democrático

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La sublevación policial término con un saldo trágico de nueve personas fallecidas. No es sencillo encontrar en las fuentes periodísticas sus nombres. El genérico ” joven”, o “saqueador”, o “policía”, habla también de desigualdades sociales, o más llanamente de una insensibilidad demasiado extendida, una falencia democrática tan ostensible como poco señalada. Para no reproducir la misma lógica del “sálvese quien pueda” que tan fácilmente se critica desde los medios o las representaciones políticas, habría que empezar diciendo lo obvio: murieron personas que no tenían en sus planes quedar atrapadas en un enfrentamiento absurdo y salvaje, impropio de la misma sociedad que festejó tres décadas de convivencia democrática.

¿Dónde está el culpable? Es una pregunta válida, más cuando el saldo trágico es tan alto. Las altas jefaturas policiales de las  provincias son las primeras que deben señalarse, porque el acuartelamiento de sus subordinados suspendió por demasiadas horas la norma social más elemental que dice “eso no se puede hacer”.

Las explicaciones que culpan genéricamente a “la sociedad”, así a secas, por los saqueos que se produjeron cuando las policías dejaron las calles, encierran una matriz reaccionaria. Una sociedad capitalista, basada en ansias de consumo y profundamente desigual, con franjas importantes que hoy pueden tener resuelta la comida en la mesa, pero no la compra de un sinnúmero de bienes, es fácilmente violentada si de un día para el otro las fuerzas de seguridad deciden abandonar sus tareas. Si a esto se suman bandas organizadas -como se denuncia- que fueron puntualmente avisadas de la oportunidad que se les abría, la mirada debe ser quirúrgica, abandonando una postura, al final de cuentas, idealista.

El foco tiene que estar sobre los cuerpos policiales y su relación con la política. A partir de los acuartelamientos por reclamos salariales, comenzó el debate sobre la “sindicalización” de las fuerzas de seguridad. Cualquier idea al respecto choca con una pregunta central: ¿el problema de la policía es su falta de poder? O, por el contrario, ¿está en su “exceso”, en su herencia maldita de autogobierno, en su regulación autónoma del delito en el territorio, un nudo de la cuestión?. Al menos dentro de la historia argentina,  cualquier estado de asamblea en las fuerzas de seguridad tiene como consecuencia que un retroceso en la seguridad ciudadana. Pensemos un escenario concreto: cada comienzo de año, cuando los trabajadores sindicalizados comienzan a discutir sus paritarias y, donde, por ejemplo, los maestros suelen usar la herramienta de la huelga en  la negociación salarial, habrá que asumir como parte de ese paisaje algunas semanas de descontrol social, si las policías no quedan conformes con las remuneraciones. Y al mismo tiempo, las cifras a veces irrisorias de los básicos de los agentes, dan cuenta de un largo abandono de la dirigencia política, que suele privilegiar lo instrumental (patrulleros, cámaras de seguridad, etc) sobre las condiciones materiales de existencia de los que portan armas en nombre del Estado. A la tesis de la sindicalización habría que oponerle, entonces, la de la profesionalización de los cuerpos de seguridad.

Se agrega una pregunta que roza la coyuntura electoral: cuál es el lugar de lo ” local” y lo “nacional” en la seguridad. Después de las elecciones de octubre candidatos y analistas políticos se apresuraron a decretar la llegada de una era “municipalista”, un nuevo tiempo donde el “vecino” acerca su pequeño reclamo a la puerta del intendente, desplazando a la figura de “ciudadano” como a las estructuras políticas mayores. Los últimos días demostraron que unos cuantos policías fueron suficientes para cargarse a gobiernos provinciales enteros, de distinto signo político, y en su gran mayoría revalidados en las urnas hace menos poco más de un mes. ¿Qué hubiera pasado si el reguero de sublevación policial hubiera tenido enfrente a pequeños y fragmentados intendentes? La municipalización policial (como de otros servicios) choca con un país que avanzó por el camino inverso: nacionalizando conflictos y reconstruyendo poder político en ese mismo nivel. En ese sentido, los diez años de kirchnerismo produjeron una nacionalización en las grandes decisiones políticas y económicas, pero sin recuperar aún  funciones concretas que habían sido cedidas a las provincias (educación y salud, por ejemplo). En ese proceso inconcluso -necesario para construir un país que sea más que la suma de las partes- habría que ubicar la cuestión de las fuerzas de seguridad. En su discurso de ayer, la propia Presidenta enmarcó esta cuestión desde los números: “Hemos desplegado en el territorio a la Gendarmería nacional y seguimos colaborando, pero es imprescindible que los más de 200.000 efectivos policiales cumplan la función que tienen que cumplir, porque son muchos más que los 35.000 que tiene la Gendarmería Nacional”. ¿El orden público puede seguir dependiendo de la buena voluntad de cuerpos policiales fragmentados, que apenas tienen un control lábil por parte de los gobiernos provinciales?

Era un pronóstico fácil: si a la baja en los votos oficialistas de octubre, se le suma la tradición de los poderes fácticos de usar el fin de año para construir escenarios desestabilizadores, el cóctel estaba listo. La sociedad argentina es climática: cada fin de año esconde una tragedia, que parece guionada para hacernos acordar que este país, aún con 30 años de democracia y más de una década sin crisis, todavía convive con reflejos de (in) gobernabilidad.

El desafío democrático que plantea la sublevación policial sólo puede encararlo  el único gobierno que decidió librar este tipo de batallas desde hace años. Después de una política errática en ese sentido, con avances y retrocesos, negociaciones al calor de las coyunturas,  muchas veces cedió ante reclamos de sectores reaccionarios, pero socialmente legitimados (penas más duras como solución a la inseguridad, desentendimiento sobre las conducciones de las policías provinciales). Ahora tiene una disyuntiva en las narices. Una acción más en línea con el resto del programa oficial de ampliación de derechos y restauración de la política como eje de poder democrático va a enfrentar resistencias autoritarias, sin dudas. Continuar en el mismo camino, además de no solucionar la cuestión de fondo, también lo dejaría a la merced de nuevas extorsiones para fijar agendas de caos social, que sin dudas no tendrá problemas en encontrar intereses económicos y políticos donde sustentarse.

(Publicado también aquí).

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Fuck You

Hay que dejar de darle vueltas morales a Lanata y pensar en su público. ¿Quienes son? De alguna manera, esa tribuna, con toda la construcción televisiva que pueda tener, huele a real. Hay otra “juventud”, muchachos. Crecida en estos años kirchneristas. Claudia y Marcos, los de la publicidad del Banco Galicia, que trabajan y consumen con los parámetros de una Argentina que, si no salvó a los del fondo, le puso un resorte económico de aquellos a una clase media que volvió a respirar, a engordarse. Pero no es sólo eso: Claudia y Marcos hacen Tai Chi Chuan y se van de vacaciones a Cabo Polonio, mientras entran a Garbarino por un Plasma. O sea, primero: no somos tan distintos. Es más, los podemos suponer muy de acuerdo con la nacionalización de YPF, el matrimonio igualitario, y se cagaron de risa con las tapas de la Barcelona. Votaron a Cristina. No, Claudia votó a Binner, pero no fue un tema de discusión. Se lo dijo desde la cocina, mientras Marcos miraba la tele. Fin. Y es que, silenciosamente, mientras otros hacen el camino de la profundización, el kirchnerismo habilitó para millones una liviandad de la vida. Y también de la política. Pongamosló así: si en el 2008 la 125 y su explosión política mostró a un sujeto que era hijo de la economía kirchnerista queriendo romper todo, en el 2012 los hijos de la década de crecimiento aceptan el orden establecido. Porque les conviene, porque enfrente no hay nada, porque el aviso de que TN podía desaparecer era mentira, porque sus vidas son apacibles. Pero la política -y la forma particularmente áspera de la política kirchnerista- les molesta.  Y por arriba hubo un cambio en el equipo: entró Lanata por Sarlo. Que da cuenta de lo que pasó después de la derrota legislativa y electoral de Clarín. De buscarle la explicación a la bestia, se pasó a ridiculizarla.  De la academia al circo. No hay que pensarlo sólo como un “descenso” ni mucho menos, sino como un reacomodo en la estrategia. La anterior, evidentmente, no prendió. Y hoy, con el diario del lunes, se puede pensar que no prendió, en parte, porque esa primera respuesta al ciclo político kirchnerista por parte de los medios venía demasiado preñada de su misma esencia: desbordaba de política. Pusieron enfrente a un discurso que quiso ser “mejor”, que quiso ganar en el mismo terreno, quiso “demostrar”. Se emperraron con 678 pero lo criticaban por su altura intelectual, por su exceso de oficialismo, por la calidad de los informes, etc. Lanata cortó y dijo: 6-7-rocho. Le quitó entidad política, lo puso al lado de los negociados. No importa cuanto de mentira haya en eso. Importa que ahí hay un efecto nuevo que se busca instalar y que es mucho más antipolítico de lo que había antes. O sea: el pos octubre repolitizó al gobierno y a sus defensores, y despolitizó a los opositores. Los comentaristas de la web de La Nación son, ahora, casi todos oficialistas. Los ciudadanos antikirchneristas se deprimieron. Entonces: el bajón anímico por la votación arrasadora fue superado por la fuga  a otro lugar. Lanata ya venía avisando que por el anterior camino iban muertos, ¿se acuerdan que fue el primero que dijo “creo que Cristina está mejor con la sociedad de lo que muestran los medios”? Por eso omite el análisis, omite la “confrontación de ideas”, no le importa dibujar imparcialidad, así sea en la forma tramposa de A dos Voces o Palabras + palabras -. Putea, ironiza, ridiculiza. Sabiendo algo importante: hoy todos estamos más tranquilos. Es un programa que no va a encender un cacerolazo, pero intenta ir colando, o mejor dicho volviendo más sólido, el sentimiento antipolítico que, vayamos inorporando como dato, lejos estuvo de irse. Ahí está su público. Un público que por ahora mira a Lanata para “divertirse” o tener una dosis homeopática de indignación frente al poder, pero al otro día sigue con su vida. Hacen fuck you, pero les gusta Soda Stereo. Pero ojo: se trata de preparar el terreno por si los síntomas de un crecimiento más leve se sienten en el bolsillo…

El interregno 2009-2011 de “batalla cultural” solidificó un sentido militante, pero en un sentido más amplio, fue una apuesta a la política pura y dura. El kirchnerismo quiere cerrar la crisis de representación -si escuchamos a las voces menos lúcidas, parece creer que lo logró-,  pero el sentido antipolítico está ahí, y los 15 o 20 puntos de Lanata demuestran que todavía hay a quien hablarle en esos términos. Términos que no son de viejo régimen: no hay añoranzas del 1 a 1, ni planteos desestabilizadores, ni nostalgias camperas. Es un programa donde la antipolítica tiene una traducción muy evidente: no hay políticos. Un programa pensado para un año de gestión sin elecciones. No hay operación coyuntural: Lanata no quiere “levantar a Scioli”, táctica a la que vuelven una vez más, ante el desierto opositor, los demás comunicadores opositores que siguen enredados en los escenarios montados por el propio gobierno. Y ahí, en esa diferencia, está el registro de ese público, que pensamos joven,  que tuvo su primera formación política con CQC, y al que todas las batallas épicas del gobierno le generan una primera reacción epidérmica: “¿está bien, pero que hay abajo del mantel?” Una pregunta que es pre ideológica, que es además, lícita, y que llega a las puertas de lo que puede decir y explicar un discurso político público. Algo que alcanza obviamente al kirchnerismo, pero que aplicado al resto del sistema político, no deja nada en pie. Por eso pareciera que el límite, o mejor dicho, el acuerdo tácito entre el show de PPT y su público es no hablar bien de nadie.

Por eso, la pregunta sobre este nuevo lanatismo (que no es igual al anterior, que tenía adentro suyo otro tejido de alianzas de familias ideológicas, que fue el refugio de una izquierda cultural politizada, que buscaba a la resistencia social del menemismo en sus formas más orgánicas o inorgánicas, etc) es una pregunta sobre los límites de la política, preguntas sobre un público -clasemediero y mayormente capitalino, seguramente- cultural, socialmente y económicamente muy cercano al de 678, pero que siente la pesadez de este ciclo político, que pide posmodernismo líquido y no va a entender nunca que Moreno sea un hombre necesario.  Difícil, esta vez, robar el trapo al contrincante.

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La mitad más uno

Son horas un poco shockeantes, el aluvión de votos fue tan grande que dan ganas de no pensar mucho, de aflojar el enrosque analítico, de dejarse llevar un poco. Pero nos encolumnamos: Cristina nos pidió “humildad”, se centró en destacar los cambios en el sistema político antes que hablar de las “letras del molde” y como si fuera poco empezó a usar la nueva legitimidad electoral para pedir por la ley de tierras.

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Pasar la barrera del 50% es lo que termina de desbaratar el escenario (de todos) previo a las elecciones. El kichnerismo no ya es una primera minoría, sino una mayoría. ¿Es así? No hay mucho para discutir electoralmente hablando, aunque en términos políticos, el kirchnerismo sigue y seguirá siendo un animal extraño. Cada vez más peronizado pero también con atributos que le son propios, con interpelaciones más diversas, con una épica de la militancia, con intenciones de profundización y politización. O sea: el triunfo de ayer no supone la kirchnerización del país, sino que el gobierno y el kirchnerismo (un núcleo político pequeño pero enorme en comparación con las demás estructuras políticas) lograron que una mayoría los vote. Es una obviedad, pero entender esa dualidad es el dato esencial para no cometer el error de pensar que la asfixia del microclima se volvió sentido común hegemónico.

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Ayer salió todo bien. Además del caudal oficial, el nivel histórico de votación desarmó cualquier estrategia de presentar a las PASO como una artimaña politiquera de espaldas a los intereses de la sociedad. al un nivel mínimo de politización social: los argentinos votan. La imposición de Cristina en todos los territorios, salvo el Estado Libre Asociado de San Luis relativiza la “conurbanización” supuesta del kirchnerismo. Junto a eso, la tesis de la representación segmentada (ciudades civilizadas/barbarie del interior y conurbano) quedó machucada, aunque no tanto como Carrió, quien fue su autora intelectual desde el 2007. Como frutilla del postre, la dependencia al sciolismo se mostró, al menos, no crítica. Cristina sacó unos cuantos votos más que Daniel (4.100.000 votos para ella, 3.200.000 para él, aunque en el conteo hay todavía una pequeña diferencia de lo escrutado para una y otra categoría).

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Al mismo tiempo: Scioli no es Macri. Cuando salió a hablar no bailó, no despolitizó, ni quiso maximizar un rédito personal, que obviamente tiene más que ganado. Se pareció mucho más a un político tradicional: remarcó su encuadramiento político nacional, recordó a Balestrini y a Néstor, habló de la gestión y las obras que, entiende, son las cosas que lo pusieron donde está. Además, tiene la cintura para sortear el “fuego amigo”: lo convoca, nombrándolo, a Ishii, y hace lo mismo con Mariotto. La circunstancias no lo obligaban, hay que agregar. Si los resultados se repitieran tal cual el 23 de octubre, quedarían dos realidades expuestas: Scioli como un heredero posible (probable) de Cristina, y el kirchnerismo como un contigente político más o menos articulado, pero insoslayable como parte de un sistema de alianzas para seguir en el gobierno después del 2015. Scioli no es Macri. Scioli es, al menos por ahora, una traducción posible del sentido común oficialista. La contracara de la mierda oficialista y la minoría intensa. ¿Contracara?, me pongo sciolista: el complemento.

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Macri-Durán Barba la pegaron. La pequeñez de los liderazgos opositores no llega a contaminar las orillas del PRO, que logró preservar a su referente y darle un triunfo político desde el cual reconstituir un armado opositor de cara al 2015. A pesar de los pesares Macri es el núcleo desde el cual pensar la oposición de ahora en más. Y nos seguimos encolumnando: fue el único dirigente opositor al que Cristina se dirigió después de la elección, reconociéndolo (y no reconociendo a los demás) como un interlocutor válido de cara al futuro.

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¿Quién es el mariscal de la hiper derrota opositora? ¿Los dirigentes políticos, los medios, los dos? Un futuro probable es que TN no desaparezca, pero sí lo haga Carrió. Las tapas de Clarín seguirán -no derribando gobierno- pero sí marcando buena parte de la agenda, más dudoso es que Ricardo Alfonsín o Pino Solanas sean figuras descollantes después de octubre. La “corpo” y la “opo”, no son lo mismo, tienen intereses diferenciados y formas de legimitación también distintas. El problema es que los políticos, desde la 125 para acá, perdieron cualquier terreno de autonomía, fueron “hablados” por y desde los medios, quedaron a merced de estrategias (a veces ganadoras, a veces perdedoras) construidas sin su participación. En ese sentido, otra vez Macri: sus votos unidos a una territorialidad concreta le permite poner a  su alianza con Clarín donde debe estar, como una connveniencia mutua de protección política, muy lejos de la situación de rehenes mediáticos que ostentan los demás.

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¿Qué vamos a hacer hacia “adentro”? ¿La avalancha de votos va a servir para ratificar las convicciones, para convencernos de una vez y para siempre que teníamos la razón en todo? ¿Nos blindamos frente a las críticas? Es tentador: ante cada atisbo de duda, le abrimos la manito al gorila liberal, mostrando los cinco dedos: “¿te enteraste papá? ¡50%!”.

Otra vez, nos encolumnamos: “…especialmente a los jóvenes, a esos cientos de miles de jóvenes que se han incorporaron con tanta fuerza y con tanta fe a la política. Quiero también convocarlos a redoblar el esfuerzo, con mucha humildad. Yo les pido como compañera de todos ustedes, como compañera de todas las luchas, más humildad que nunca. Más humildad que nunca. Más trabajo que nunca. Este acompañamiento de la sociedad es un reconocimiento al trabajo, al esfuerzo, a lo que hemos hecho en estos 8 años, pero por sobre todas las cosas, como dijo Amado el otro día en el Coliseo, también es por lo que viene, por lo que fatal hacer, por todo lo que queda por hacer. Y en eso que queda por hacer yo quiero hacer una gran convocatoria a todos los argentinos y a todas las fuerzas políticas porque el mundo es un gran tembladeral…

¿Está más o menos claro, no?

Una cosa más: todo muy lindo, pero ayer no se “eligió” a nadie. Ni siquiera a un concejal vecinal. Para eso faltan más de dos meses. Que no se nos escape la tortuga.

Hay que volver a remarla

No queda otra. Es inevitable comerse el coco con el microclima molesto de estos días. La sobre lectura de las derrotas electorales seguirá hasta que pase el temblor capitalino y cordobés, cuanto menos. Es lo que hay. Sería bueno ver también que del otro lado están a un tris de entrar en el mismo triunfalismo con el que el kirchnerismo se atragantó desde hace un tiempo: la tapa del Clarín de hoy festejando una columna de opinión de otro diario escrita por un ex ministro de este gobierno no tiene nada que envidiarle al ombligismo de cualquier tapa de los diarios cumpas. Es el efecto péndulo, que ahora toca el otro extremo. En cuestión de días, los análisis opositores pasaron de la desazón por la invencibilidad de Cristina, a la vuelta del relato de “fin de régimen”. Tranquilidad. Las variables estructurales no se modificaron, los aliados no escaparon a los brazos de Duhalde, y los spots de Scioli prometen un efectismo similar al de “juntos venimos bien” de Mauricio. Las cosas no están en un lugar muy distinto al de unos meses atrás. En todo caso, es un momento para pensar el saldo 2009-2011: cierta desesperación por ver la ola replegarse tiene que ver con que nos acostumbramos a una marea en alza.  Sí es cierto que se están pagando los costos de haber puesto mucho en juego. El kirchnerismo al politizar, expone. Es algo un poco inevitable. Las Madres y las Abuelas pueden pasar a ser corruptas y perseguidoras de familias ejemplares. El Fútbol para Todos puede convertirse en un torneo incomprensible e injusto. O un juez de la Corte de la Democracia ser el dueño de una cadena de prostíbulos. Lo que es inevitable es, entonces, la exposición a que cada cosa sea materia de una disputa simbólica por ver cómo la mayoría termina procesando la transformación que empezó en el 2003. Eso no está ganado. Lo que es evitable es perder todas, y que efectivamente de cada ecuación el resultado no sea el que añora la bolsa de gatos opositora.

No creo que se trate, como se pide un poco histéricamente desde algunas tribunas amigas, “aprender de la anti política”. Con el discurso del otro, gana el otro. Las formas del otro son muy útiles para la política del otro. En todo caso, aprender de la anti política, significaría poder desmalezar los sinsentidos de la propia. Volver al corazón de la gestión -al final, la responsable máxima de 8 años con posibilidad de 4 más en el poder-, que la batalla cultural discursiva sea un apéndice de aquella, pero no su reemplazante. En ese sentido, cabe preguntarse qué medida relevante, en la dirección de las medidas con las que el gobierno recompuso su imagen en la sociedad, se tomaron durante todo este año. ¿Hay alguna? Si  AUH, Ley de Medio, Matrimonio igualitario o Fútbol para Todos asfaltaron el camino para reenganchar lo que se había soltado, no parece descabellado pensar que en la ausencia de otras similares -durante todo el 2011- esté la razón para que en las elecciones recientes la mayoría del  electorado no haya encontrado razones fuertes para votar al oficialismo.

Ok, el párrafo anterior invita a responder que se trataron de elecciones locales, con lógicas propias que escapan a la gestión nacional, que hay un voto cruzado, que aun así, tanto en capital como en Santa Fé el gobierno mejoró mucho la performance de 2009. Todo eso es verdad. También es verdad que en esos distritos se jugó a nacionalizar y eso no despertó las pasiones cristinistas que suponíamos cristalizadas. En tres meses hay que revalidar títulos en serio. En las elecciones nacionales se vota para atrás y para adelante. Se premia o castiga lo que se hizo y también se pone un granito de esperanza por lo que se promete hacer. Por eso parece el momento ideal para mejorar el discurso sobre la gestión hecha y mostrar con nuevas medidas el rumbo de lo que viene.

Mirar el péndulo de la política sin desesperarse, mientras se pasa en limpio lo que quieren mostrar encarajinado y sucio. El kirchnerismo tiene para mostrar toda una gestión. El punto es elegir bien qué y cómo. Los otros sólo tienen para usar los errores ajenos. O sea, los nuestros.