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Ganancias

 

Podemos distinguir dos visiones claramente diferenciadas sobre los efectos de las decisiones de política económica tomadas por el ejecutivo nacional en un año particularmente complicado. Complicado por los coletazos de la crisis internacional,  complicado por falencias específicas de la estructura económico social criolla y, por supuesto, de las opciones que se han ido tomando desde la fractura de 2001 hasta el día de hoy.

Por un lado, se sostiene, se ha tomado especial cuidado en que, a contramano de toda una historia en el sentido opuesto, el ajuste inevitable no descargue el grueso de su peso en los sectores subprivilegiados, con una estrategia de control de daños que genera tensiones en el tercio superior de apropiación del ingreso y, en particular, en las fracciones de este que cuentan con menos posibilidades de evadir el chicotazo del frenazo económico.

Por otro, se afirma que no hay nada nuevo bajo el sol, que el kirchnerismo ha abandonado una impronta nacional-popular (o que nunca la ha tenido) en una curiosa expansión a facciones del peronismo de la teoría de la simulación, de larga trayectoria en las oposiciones de la última década. Uno de los argumentos más escuchados de esta postura asocia un aspecto de la política tributaria (el impuesto a las ganancias) con un rasgo del “modelo” (la inflación) para concluir que se ha decidido descargar la fuerza de la crisis sobre el salario de los humildes. Desde este punto de vista, la doble cuchilla del aumento de precios al consumidor y el congelamiento de la base imponible por los últimos dos años volvería ilusorios los aumentos obtenidos en paritarias, resultando en la baja real de los ingresos de los trabajadores. Veamos:

El cuadrito que tenemos a continuación muestra el salario neto de cuatro trabajadores solteros, sin hijos, y que solo descuentan del impuesto a las ganancias las deducciones generales (ganancia no imponible y deducción especial). Para construirlo consideré paritarias cerradas con un promedio del 24%. La primera columna muestra el ingreso neto de los trabajadores, es decir posterior a la retención en los casos en que corresponde. La segunda muestra el ingreso post-paritarias antes del descuento. La tercera muestra el salario neto post-paritarias luego de efectuada la retención. La cuarta columna muestra el incremento nominal de bolsillo en porcentaje, que proponemos comparar con una inflación del 22,8 (que a mi me parece algo elevada, pero quien la elaboró es honesto intelectualmente y el dato surge  de una metodología contrastable y que su autor especifica). Para construir la tabla utilicé la ley específica, que Gustavo Arballo explica muy bien aquí.

Salario neto pre-paritarias después de la retención. Salario neto post-paritarias antes de la retención Salario neto post-paritarias después de la retención Incremento nominal del salario neto en porcentaje
$5000 $6200 $6162 23,3%
$6000 $7440 $7240 20,7%
$8000 $9920 $9176 14,7%
$10000 $12400 $11005 11%

El trabajador de sueldo más bajo, con la pauta inflacionaria que tomamos, ha sostenido su salario real y logrado una leve mejora en tanto que, los salarios “altos”, solo han aumentado nominalmente sufriendo, de hecho, una merma del mismo del orden de la diferencia entre el aumento y el índice inflacionario. Podemos decir, en resumen, que mientras las paritarias han empardado la inflación e incrementado el salario real de los trabajadores cuyo salario al comenzar este año estaban por debajo de los $6000 (aprox.), el incremento real es menor para los que estaban por encima. En esos casos, es cierto que inflación y ganancias se comen las paritarias.

Ahora bien, ¿de quiénes estamos hablando? Para saberlo copiamos la tabla con los datos más recientes que hemos encontrado:

Deciles (hogares) Escala de  ingresos
1 25 a 1500
2 1500 a 2240
3 2250 a 2970
4 2970 a 3580
5 3580 a 4296
6 4400 a 5300
7 5300 a 6500
8 6500 a 8000
9 8000 a 11000
10 11000 a 119925

 

El cuadro muestra los ingresos totales de los hogares en el último trimestre del año pasado. No todos los hogares cuyo ingreso total está comprendido en los deciles superiores están alcanzados por el impuesto a las ganancias, dado que puede haber más de un ingreso por hogar. Comparando los dos cuadros puede observarse que quienes han sufrido una merma de sus ingresos reales pertenecían, antes de las paritarias, a los deciles superiores. Recordemos, además, que hemos ejemplificado con trabajadores solteros sin hijos. De incluir las deducciones correspondientes a cargas de familia, difícilmente encontraríamos un hogar que haya reducido sus ingresos, a causa de la presión tributaria, por debajo de los dos últimos deciles.

Permítanme detenerme un momento antes de seguir.  Se ha planteado, desde algunos sectores del oficialismo, la ilegitimidad de determinados reclamos aduciendo que son propios de sectores privilegiados. A ver, cada uno tiene el derecho de hacer el reclamo que se le ocurra. No existe ni puede existir un legitómetro de reclamos en democracia, con acotadas excepciones que no merecen mayor explicación. En respuesta a esa acusación pueril, sin embargo, parece deslizarse a veces una confusión notoria entre legitimidad y justicia. Si la legitimidad de un reclamo de los trabajadores (o de quien sea) no puede estar en discusión, la justicia o no que este conlleve es una discusión política. La existencia de una justicia intrínseca en los reclamos de las organizaciones obreras solo se torna La Verdad en oscuros planteos histórico-filosóficos que perciben un despliegue racional de la Historia donde otros vemos cualquier cosa menos un sentido reconocible.

Las convicciones en las cuales sustentamos nuestras ideas de justicia siempre son, en último análisis, arbitrarias. Blanqueo entonces mis arbitrariedades: considero que es “justo”, en esta coyuntura económica específica, con las inmensas deudas pendientes que todavía tenemos con nuestros compatriotas, que la crisis se descargue en el tercio superior de ingresos, incluidos los trabajadores en relación de dependencia.

Hasta aquí mi contra-argumento para aquellos que sostienen que algunas tensiones de estos meses prueban la existencia de un giro en algunas de las tendencias que, para un servidor, expresan el corazón de este proceso político. Con los datos disponibles no podremos saber hasta el año que viene si la curva del descenso de la desigualdad se ha modificado en 2012, de ser así, en todo caso, poco tiene que ver con el impuesto a las ganancias.

 

La AUH y los liberales pavlovianos

Un supuesto: cualquier política de estado implica una opinión sobre los sujetos a los cuales está dirigida. Por lo general, esa opinión no suele ser demasiado consistente. Es decir, en una política de estado suelen coincidir opiniones diversas que confluyen en la necesidad de implementar la política en cuestión, atribuyéndole sentidos divergentes.

La AUH puede ser un reconocimiento de conquistas colectivas conculcadas por la informalidad laboral y las características de la estructura productiva, puede ser un acto de caridad hacia los débiles, puede ser un mojón en el camino hacia la igualdad, puede ser una herramienta de liberación de los rehenes de prácticas políticas que se conciben como ominosas.

El listado es, por supuesto, incompleto. Lo que me interesa señalar es que toda política de estado va a ser evaluada en función de la opinión que se tenga sobre su  sentido. Quienes opinan que una universalización de las asignaciones viene a rescatar a los pobres de las garras del clientelismo, si eso no sucede (y no veo como podría operar sobre algo que no pasa de ser mucho más que una  fantasía y un prejuicio), indefectiblemente se van a desilusionar con esa política.

Algo similar podríamos decir decir de cualquiera de las opiniones que confluyen que en el actual consenso sobre la AUH. Pero la idea en este post es centrarnos en una.

En tiempos antiguos, ponele hace ciento y pico de años, existía la convicción generalizada, entre (no solo) los liberales, en que el Hombre (leer con voz de Marca Acme) marchaba más o menos derechito a convertirse en un europeo de clase media, feligrés del libre mercado y la democracia, en lo posible parlamentaria. Ya fuera que se supusiera la extinción o la integración (previa evolución) de los pueblos y clases atrasadas, el punto evolutivo final estaba fuera de toda duda razonable. Después se pudrió todo.

No creo que sea necesario extenderme sobre como las guerras europeas que arrastraron a todo el mundo, el fascismo, las formas que tomaron los estados levantados sobre el derrumbe del colonialismo, la deriva del ideal socialista, y el ascenso de particularismos radicales varios hicieron puré el universalismo inocente de los liberales.

Mientras Hayek leía a Polanyi, Marshall era puesto entre paréntesis y los teóricos de la modernización pedían una soga a etnólogos y orientalistas. El libre mercado y la democracia liberal ya no eran la cumbre del proceso evolutivo sino un particularismo más. Hay gente que se estira los lóbulos de las orejas hasta los hombros, gente que mata a las abuelitas, gente que se arrodilla ante Kali y gente que es democrática, racional y moderna. No había ningún vínculo evolutivo entre una cosa y la otra.

Los liberales, además, leían a Skinner y a Pavlov. Desnaturalizada ya su ideal del Hombre, se propusieron construirlo. Ejemplos ominosos de liberalismo pavloviano pueden encontrase en los planes de urbanización a la fuerza en el sudeste asiático y Guatemala, o en los textos de Hungtinton que los fundamentaron, defendieron y, a veces, diseñaron. Versiones mas ligth están implícitas en muchas acciones de “empoderamiento”, al estilo microemprendimientos, banco de los pobres, etc.

El objetivo de una política social pavloviana no es recuperar un derecho conculcado, marchar hacia una sociedad más igualitaria, ni proveer caridad. El objetivo es, mediante una ingeniería de premios y castigos, construir un emprendedor shumpeteriano con la materia prima de un negro de mierda.

Las condicionalidades existentes en la AUH, tienen una matriz liberal pavloviana inocultable. No van a cumplir su objetivo porque están mal planteadas. Porque las causas de la miseria no pueden buscarse candorosamente en una hipotética “cultura” fallida, forma apenas disimulada de culpabilización colectiva. Porque, aún en sus términos, por 180 mangos roñosos te meto un cuetazo me garcho a tu hija y te saco más, gato puto, no soy ese perro baboso que se queda encadenado por un pedazo de carne.

En la medida que el fracaso del supuesto crecimiento de la matrícula y, más importante aún, en la medida que los negros de mierda no se conviertan en emprendedores shumpeterianos, el consenso en torno a la AUH se va a ir cayendo a pedazos y vamos a tener que buscar formas más inteligentes de defenderla (y, sobre todo, superarla) que felicitarnos por el “25%” de baba que ha logrado la (sin ironías) mejor política social del kirchnerismo.