Juan

Robert Castel en la CGT

En Agencia Paco Urondo apareció una gacetilla de prensa de la CGT firmada por Julio Piumato, dando cuenta de la disertación de RC en la cenral dirigida por Moyano. Los sorprendió el buen manejo del Dr. Castel de la realidad argentina y su opinión favorable a la tradición del movimiento obrero argentino que siempre procuró tener una central única, no como en Francia que son tres, lo que causa dificultades en la acción de los trabajadores. El Dr. Castel ¿se habrá quedado en el 45?

La batalla inmortal

Lo primero, felicito a los  compañeros de Artepolítica por haber generado este espacio  y les agradeczco la generosidad con la que permiten que otros, como  yo, puedan expresar sus sensaciones y comunicar sus puntos de vista en momentos de angustia colectiva como los que pasamos.

En esta ocasión, quiero dedicar algunos párrafos al asunto, grave si los hay, de la batalla cultural, mencionado en un post anterior por Balvanera y aludido de modo recurrente por muchas personas. Sólo voy a proponer dos o tres ejes del tema, que por supuesto es mucho más complejo y que forman parte de aquellas  “cosas que todos saben / pero que nadie cantó”, como dice el Fierro. En realidad, cosas dichas muchas veces y que cada tanto es necesario recordar, repetir y evitar que las aplaste un deliberado olvido.   

Se entiende que al hablar de cultura nos referimos a un conjunto básico de sentidos de la realidad y  de la existencia, que constituyen el horizonte del mundo compartido por un grupo. Estos sentidos operan en las costumbres, en las prácticas, en las actitudes básicas relativas a los vínculos interhumanos, a las relaciones de los hombres con la naturaleza, consigo mismos, al modo de experimentar las instancias fundamentales de la vida. Destaquemos: a los principios y valores que presiden y regulan la participación de las personas en un orden colectivo. Todo esto se conecta, por lo tanto, con los modos de mirarse a sí mismo, de reconocerse, de un grupo, un pueblo.

A mi juicio, en la Argentina operan algunas constantes que fracturan y distorsionan esa cultura básica, lo que da lugar, justamente, a la batalla cultural y  aunque por épocas parezcan desaparecer, cualquier conflicto las reactiva. O, dicho de otro modo, todo nuevo conflicto se monta en esas quiebras y hendiduras.

Enumero algunas de esas constantes.

a)      colonialismo. Dijo Alberdi:”otros pueblos podrán tener en su seno los gérmenes de su prosperidad; los de América, desgraciadamente, los tienen fuera y de fuera deben entrar los manantiales de su vida…”A partir de allí –y de civilización y barbarie – una tradición a contrapelo que arrastramos es la prédica de las clases dominantes y de grupos ilustrados acerca de la inferioridad del hombre argentino, de sus obras y productos, con la consecuencia de que nos es preciso imitar a otras culturas, a otros pueblos “exitosos”. La tesis alberdiano-sarmientina –mitrista es que tenemos una falla constitutiva, un pecado original que debe expiarse y enmendarse mediante la asimilación a aquellos pueblos necesarios y ejemplares.

b)      Mítica de la exclusión: pero aunque se quiera no todos pueden enrolarse en los modos de ser y de vivir propios de otras experiencias; hay contingentes humanos que son un lastre, una rémora para la civilización y deben ser suprimidos, jamás podrían amoldarse al modo de pensar y vivir de un obrero, empleado, súbdito inglés.

           . La consecuencia es que en el inconciente – o en el conciente- de mucha gente, un país, este país se construye suprimiendo a buena parte de su población. Suprimir no es sólo matar, también es dejar a alguien sin trabajo: a los obreros y empleados del ferrocarril, de las empresas del estado, a los empleados públicos y por supuesto a lo que quede de negros, indios y “cabecitas”.

También es suprimir a vastos sectores arrasar con las industrias privadas y pasar de ser un país que fabricaba autos, aviones, barcos y trenes, a uno que produce caramelos. Suprimir a gran parte del pueblo es dejarlo  sin representación política.  Y por cierto bombardear una ciudad abierta, fusilar, desaparecer.

c)      La distribución simbólica: los actos destinados a suprimir al otro, por parte de las clases propietarias, se complementan justificando esa supresión en el nivel simbólico. Dice Bourdieu: “El mundo social confiere aquello que más escasea, reconocimiento, consideración, es decir, lisa y llanamente, razón de ser…De todas las distribuciones, una de las más desiguales y, sin dudas la más cruel, es la del capital simbólico, es decir, de la importancia social y las razones para vivir …no hay peor desposesión ni peor privación, tal vez, que la de los vencidos en la lucha simbólica por el reconocimiento, por el acceso a un ser socialmente reconocido, es decir ,en una palabra, a la humanidad…”

Lo que está en juego, entonces, es la aceptación o el menoscabo de la humanidad de Otro. Un país no es “serio”, no constituye una auténtica comunidad mientras considere “in-humanos” o “infra-humanos” a franjas enteras de su población.

Comparando con esta breve descripción, se comprende lo que significó el peronismo, más allá de sus errores: la tentativa de construir una sociedad sin víctimas, donde nadie, ni los trabajadores, ni los niños, las viudas, los ancianos y el extranjero deban probar su condición humana.

También se entiende porque cualquier proximidad, aunque sea discursiva, con el proyecto peronista, en seguida genera reacciones descalificatorias.

 

Estas constantes se articulan en cada conflicto con motivos distintos, con circunstancias nuevas, pero emergen con su perversión de siempre. Creo, con todas las dificultades que enfrentamos, que es necesario desenmascarar ese fondo perverso, que muchos no se atreven a confesar.