Mariano Fraschini

“Y en eso llegó Fidel”

fidel ajedrez

Murió Fidel Castro. Nos habíamos acostumbrado a la noticia. Desde las usinas mediáticas del norte se adelantaron a la muerte de este gigante casi en 50 años. Hasta hace unos meses habían anoticiado a sus televidentes por cadena que el líder cubano había fallecido. No sólo gambeteó más de 500 atentados elaborados sofisticadamente por sus enemigos, sino que también logró desmentir millares de noticias que anunciaron su deceso. Finalmente fue su hermano Raúl quien conmovió al mundo con la infausta noticia y confirmó el paso a la inmortalidad del hombre inigualable.

La vida política de Fidel comenzó mucha antes del triunfo revolucionario del 1° de enero de 1959. Desde su juventud el líder cubano mostró sus facetas de vibrante orador y hábil estratega. Esas grandes dotes le permitieron distinguirse en el ámbito universitario y ser candidato a diputado en elecciones democráticas, luego anuladas por el golpe de estado de Fulgencio Batista. Había sido candidato por el partido Ortodoxo, una agrupación política con modestas reivindicaciones revolucionarias, y una posición sobre todo centrista para la época. La interrupción del juego electoral convenció al joven Castro de la necesidad de explorar nuevos caminos. La intentona militar del 26 de julio de 1953 es hija de esa estrategia que se fundaba en la necesidad de restaurar un orden legal en Cuba. Su alegato, “la historia me absolverá” aún no muestra los contornos revolucionarios que adoptará el líder cubano ocho años más tarde. Fue simplemente una pieza oratoria fenomenal que reivindicaba su lucha contra la dictadura de Batista. Sus años en prisión y su salida a México luego de la amnistía presidencial dos años después, afianzaron en Fidel la necesidad de volver al país por otras vías.

En su estancia en tierra azteca preparó la vuelta a Cuba conformando un grupo revolucionario de varias patrias. Su encuentro con el Che Guevara en esos años es historia, pero marca con claridad la estrategia de reclutamiento: conformar un contingente guerrillero con  hombres, por sobre todas las cosas, decididos a poner el cuerpo por la liberación de Cuba del yugo dictatorial. Cuando el 2 de diciembre de 1956 pisaron territorio cubano luego de una extensa travesía, los hombres liderados por Castro fueron recibidos a los tiros logrando sobrevivir casi el 10% de sus miembros. Cuenta la leyenda que cuando Fidel reunió a los 12 que quedaron luego de la sangría soltó el famoso “ya hemos ganado”, una expresión que muestra en toda su dimensión otra de las características de Fidel, su optimismo irrefrenable. A partir de ese instante, y sin que muchos apostaran por el éxito de la empresa, Fidel y sus 11 camaradas iniciaron la guerra de guerrillas más “demencial” de la historia (en términos de posibilidades reales de triunfo) que luego de dos años entró victoriosa a La Habana. En su célebre libro “Pasajes de la guerra revolucionaria”, Ernesto Guevara narra con preciso detalle las peripecias de ese proceso que culminó victorioso, y se convirtió, no sólo en leyenda, sino también en el modelo estratégico adoptado por las mayorías de las guerrillas latinoamericanas para tomar el poder político en sus países. Sólo Nicaragua logró repetir la hazaña de un método de lucha que lejos de convertirse en un “victorioso universalizable”, pareció explicar el éxito en condiciones, geografías y contextos muy específicos, y para nada trasladables mecánicamente. Pero eso forma parte de la historia y de otros debates.

La victoria de Fidel y su movimiento 26 de julio fue vivado en todo el continente. Inclusive la dictadura militar argentina de Aramburu y Rojas había visto con simpatías al movimiento que emulaba al de la “libertadora” en su lucha contra el tirano: allá Batista, acá Perón. Poco y nada se sabía sobre esos barbudos que bajaban de la Sierra Maestra, y la propia labilidad de su discurso (concentrado en principio en derribar el gobierno de facto, reforma agraria y participación de los obreros en la ganancia capitalista, muy clima de época) no ofrecía hasta ese momento coordenadas evidentes. El componente nacionalista y martiano fue desde el inicio marca registrada y es allí desde donde debe entenderse al movimiento 26 de julio. Es por eso que desde las primeras horas de triunfo Fidel y sus guerreros fueron saludados de diversas tribunas ideológicas. De hecho fue invitado a EEUU y recibido con respeto, en lo que fue su primera visita “oficial” como líder victorioso. Su propuesta de tener un trato respetuoso con el país del norte y una política soberana no fue bien recibida, sin embargo los canales no se romperían hasta los siguientes meses. En su retorno firmó la “Ley de reforma agraria” y comenzó un muy tímido acercamiento comercial a URSS, para más tarde avanzar en un proceso de expropiaciones de empresas norteamericanas que jugaban de local en la isla. A esta ese momento el discurso nacionalista del gobierno cubano se acercaba en ese plano a la corta experiencia de Jacobo Arbenz en Guatemala. Será luego de la frustrada invasión norteamericana en Bahía de Cochinos en abril de 1961 (y luego de dos años de gobierno) que Fidel anunciará el carácter socialista de la revolución cubana. “Soy marxista leninista y lo seré hasta el último día de mi vida”, prófetico el líder cubano notificó por cadena nacional los nuevos tiempos que se avecinaban en Cuba. “La crisis de los misiles” fue la consecuencia inmediata de la dirección que tomaba el gobierno de la isla y el que marcó la relación con EEUU durante décadas: bloque económico norteamericano y relaciones carnales con la URSS.

Durante esos años hasta la caída del bloque soviético, el gobierno de Cuba financió humana y financieramente todos los intentos guerrilleros en el continente y en África, llenó de médicos y ayuda humanitaria a todos los países que demandaban sus profesionales, alfabetizó, educó, y curó a los que antes de la llegada de la Revolución no tenían derechos, acalló la protesta social con mano de fierro, se sovietizó en sus pautas culturales, igualó a los desiguales, expropió y nacionalizó todo lo que había en su territorio, guerreó verbalmente con EEUU y sus países satélites, se bancó al imperio más poderoso de la historia a escasas noventa millas, mandó al paredón a antiguos camaradas de lucha, enamoró a millones de jóvenes que vieron en Cuba un foco de atracción y un imán de dignidad, cobijó exiliados, expulsó compatriotas en Mariel, fomentó el deporte como nadie en su historia y puso a su país entre los mejores en muchas disciplinas; y todo eso a pasitos del país más poderoso.

La desintegración del bloque socialista la encontró huérfano de apoyos. La inventiva de Fidel permitió que el destino de Cuba no fuese el mismo que caminaban los satélites soviéticos. El “periodo especial” inaugurado a principios del noventa significó un empobrecimiento general del país y de su sociedad, pero muy lejos estuvo Cuba, a pesar de las muchísimas dificultades, de pasar a engrosar las filas de los “ex socialistas”. El pragmatismo del líder cubano le permitió encontrar en el turismo y en el aflojamiento de los controles estatales sobre la economía, una fuente alternativa de financiamiento en un contexto, el de los noventa, donde todo el hemisferio giraba hacia la derecha. A pesar de tratarse de una década en donde el gobierno cubano debió luchar con desventajas enormes en el campo político y económico, Cuba mantuvo su divisa fuerte y en alto.

La llegada del siglo XXI con los gobiernos del giro a la izquierda implicó un respiro colosal para Cuba. Su alianza estratégica con Venezuela le permitió reconvertir su economía guiando su propia estrategia. Los acuerdos con Bolivia, Ecuador, Nicaragua, en torno al Alba y con Rusia y China a nivel continental lo posicionaron nuevamente. La figura de Fidel volvió a brillar en el firmamento y la mayoría de los gobiernos progresistas de la región dejaron de tratarlo como la “bestia negra”, otorgándole un lugar de privilegio en sus agendas. Cuba dejó de ser un “problema” para convertirse en una “solución” para ciertos conflictos regionales. Ni siquiera el grave episodio de salud del líder cubano de regreso de nuestro país en julio de 2006 modificó la nueva relación de fuerzas en la región. Cuando parecía que Fidel se despedía del mundo, resurgió una vez más delegando su lugar a su hermano Raúl  y apostando por un nuevo rol en el interior del gobierno de la isla. En el camino Cuba se convirtió en un actor clave de la paz en Colombia, acercó posiciones con EEUU, a pesar de las críticas solapadas del líder cubano al accionar histórico de su enemigo y fue testigo privilegiado de la enfermedad y posterior muerte del “mejor amigo de Cuba” Hugo Chávez. En esos años su figura ofició como emblema paternal de las luchas independentistas y soberanas en la región y sus líderes peregrinaron por su morada para una foto, un consejo o un abrazo sentido. Sus escritos sobre la realidad internacional de los últimos años y sus apariciones públicas muy contadas y con fotografías escuetas relatan la parte final de su vida.

Se va una leyenda, unos de esos líderes que aparecen escasísimas veces en la historia. Quienes formamos parte de la generación nacida en los setenta, Fidel representó la figura política más emblemática. El líder cubano abrió una grieta profunda entre quienes lo admirábamos y quienes lo criticaron. Fue un político que no admitió medias tintas. Su obra no deja lugar a la ecuanimidad, a la reflexión objetiva, y está bien que sea así. Vio pasar 10 presidentes norteamericanos, que salvo honradas excepciones prefirieron no tenerlo de antagonista. Creó una sociedad más igualitaria, educada, sana y con pensamiento crítico. No es poca cosa.

Mientras hoy se escuchaban las condolencias de todos los líderes mundiales (de derecha a izquierda, de arriba abajo) uno se interrogaba: ¿Sería conocida Cuba sin Fidel?. En ese sentido, para bien o para mal, Fidel marcó a Cuba para siempre. Es cierto, a los latinoamericanos también. Desde allí la orfandad política que uno siente en estas horas. Culmina la vida de uno de los hombres más importante de los últimos 150 años en la región. Y se termina en un contexto en donde su figura ya ocupa las grandes páginas de la historia. No se fue derrotado, no se fue despreciado por sus compatriotas, no se fue por la puerta de atrás de la isla. Se fue como un gigante a los 90 años, en el espacio geográfico que eligió y sin pedirles permiso a sus enemigos históricos. En horas vendrá la despedida que el pueblo cubano dará a su líder. Allí se acabarán los debates livianos en torno al sentimiento profundo de ese pueblo hacia esa figura monumental que fue Fidel Alejandro Castro Ruz.

El factor Uribe

“Después de dos años del despeje militar de 42 mil kilómetros cuadrados y del abandono de 100 mil ciudadanos, el resultado es desastroso: en lugar de un laboratorio de paz se ha permitido la consolidación de un paraíso de la delincuencia” expresaba Álvaro Uribe Vélez a principios del año 2001 y medía la performance del proceso de paz con la guerrilla llevado adelante por el presidente conservador Andrés Pastrana. Había sido en soledad el político que con mayor énfasis se enfrentó al proceso iniciado por el gobierno. Lo había caracterizado como una iniciativa “que sólo le permitirá a las Farc crecer militarmente”. A contramano de la opinión pública que bendijo en forma mayoritaria el acuerdo llevado adelante por Pastrana, Uribe entendía que la única estrategia viable era la de la “guerra frontal frente a la narcoguerrilla”. En momentos en que la totalidad de la clase política apostaba a los acuerdos de paz, Uribe renegaba del mismo, y se oponía al sentir mayoritario de la sociedad colombiana. Más tarde, y luego de frustrado el Tratado del Caguan, el líder antioqueño cosechará los frutos de su posicionamiento político.

Aquel intento de acuerdo de paz con las Farc (el antecedente inmediato del actual), comenzado oficialmente el 7 de enero de 1999, consistió en la desmilitarización de cuatro municipios en la zona del Caguán, base de la llamada Zona de Distensión, un área de 42.000 km² en el departamento de Caquetá, en el sur del país. El área había sido evacuada por el Ejército y entregada a la guerrilla unos meses antes, para generar un espacio de negociación que incluyó la iniciativa del presidente Pastrana de ir a conversar en forma personal con el líder de la guerrilla Manuel Marulanda. Luego de tres años de intentos frustrados, y debido a la escasa  voluntad de la guerrilla que vio en el “despeje” una suerte de posibilidad de reafirmar su ya fortalecida organización, el acuerdo de Caguán naufragó al compás de un gobierno en retirada. A pesar de la derrota política, la administración Pastrana logró convencer a la sociedad que las FARC fueron las únicas responsables del fracaso de las negociaciones. En ese marco, se abría un nuevo contexto internacional, caracterizado por la guerra contra el terrorismo, luego del atentado contra las torres gemelas en septiembre de 2001, y con ello, aumentaban las alternativas de “guerra frontal”, como la que expresaba Álvaro Uribe en el interior del conflicto colombiano.

A partir de ese momento, Uribe pudo construir su liderazgo político como una figura outsider al sistema político vigente. Su posicionamiento frente al conflicto armado lo había colocado en la vereda opuesta a la casi totalidad de la clase política del país, y le había permitido presentarse ante la opinión pública como el único político que había advertido sobre los riesgos de negociar con la guerrilla. Sin embargo, Uribe había comenzado desde muy joven su carrera política en el interior de la partidocracia tradicional, más precisamente en el Partido Liberal. A principios de 1980 fue designado por el presidente Julio César Turbay (PL) director del Departamento de Aeronáutica Civil en la Alcaldía de Medellín, cargo que dejo en agosto de 1982, para pasar a ser alcalde de su ciudad natal.

El 14 de junio de 1983 marca un antes y un después en la vida personal y política de Uribe, ya que ese día su padre fue asesinado por un comando de las FARC cuando estaba a punto de ser secuestrado. Este hecho sellará de raíz su carrera política, y legitimará ante la opinión pública su accionar frente a la guerrilla, y su inflexible posicionamiento frente al fenómeno de la insurgencia. Entre los años 1984 y 1986 ocupó un escaño como concejal en la ciudad de Medellín. Más tarde, en las elecciones parlamentarias del 9 de marzo de 1986, obtuvo una banca de senador por su Partido Liberal, para renovar el cargo legislativo por otros cuatro años en marzo de 1990. La buena performance legislativa le permitió a Uribe presentarse como candidato a gobernador en el departamento de su Antioquia natal. El 30 de octubre de 1994 venció al conservador Alfonso Núñez Lapeira, por apenas 4585 votos. Durante el tiempo que duró su mandato fue asesinado su mayordomo, sufrió el incendio de la finca familiar y se salvó de ser herido en un ataque guerrillero en uno de los Concejos Comunales realizados en el municipio de Vegachi. El legado de su gestión al frente del Ejecutivo provincial será la creación de las cooperativas Convivir (sospechadas de nexos con los paramilitares) y los Consejos Comunales, reeditados luego cuando fue presidente. Como vemos, Uribe siguió el itinerario clásico de los políticos profesionales, pero su posicionamiento político frente al fenómeno guerrillero en los acuerdos del Caguan le permitió de alguna forma “limpiar” esa trayectoria, y convertirlo en un liderazgo contestatario frente al sistema político en su conjunto.

La popularidad de Uribe en esos años le permitía soñar con alguna vez ocupar la primera magistratura del país. Sin embargo, luego de culminar su mandato en la gobernación partió a Inglaterra para perfeccionarse en sus estudios, en un contexto de derrota electoral de su partido y el inicio del proceso de paz del Caguan. A su vuelta, como dijimos, abandonó el Partido y se postuló como candidato a la presidencial por una alianza de partidos nucleados en torno a la coalición “Primero Colombia”, desafiando al tradicional (y vital hasta ese momento) bipartidismo cafetero. “Mi candidatura es liberal y multipartidista. Hoy encarno la disidencia liberal que será triunfante” declaró en su lanzamiento, en los que no esquivó ningún tema. Arriesgó acerca de “la posibilidad de que en algún momento tengamos la presencia internacional de una fuerza de cooperación que tuviera como objetivo proteger a la población civil en zonas críticas”, si el conflicto con las Farc se agudizaba, y reiteró que la única manera de combatir a la “narcoguerrilla” era a través de la “guerra frontal”. Asociar el narcotráfico con la lucha guerrillera, e incorporar el apelativo “terrorista” formaba parte de un clima de época muy propicio para esos calificativos. Como dijimos, el abrupto final de las negociaciones con la guerrilla decidida por Pastrana aumentó en forma sideral las acciones del candidato de la “mano dura”. Su triunfo contundente en las elecciones de mayo de 2002 (inimaginable unos años antes) fue la consecuencia directa del fracaso del proceso de paz, y el cansancio (y desilusión) de la sociedad colombiana con los partidos del sistema.  Un tiempo histórico, por otra parte, muy favorable para las expresiones novedosas en la región: ese año ganaría Lula en Brasil, Chávez hacía años gobernaba Venezuela, el siguiente año sería el triunfo de Kirchner y se avizoraban los posibles triunfos de Evo Morales en Bolivia y de Tabaré Vázquez en Uruguay. Eso sí, el cambio en Colombia vendría por un espectro ideológico distinto al del resto de Sudamérica.

Los éxitos militares de su presidencia, como así también la proyección política de su figura son más conocidos. Los primeros años de gobierno fueron muy flacos en su “guerra frontal” a la guerrilla. A partir de 2004 y 2005 vendrían tiempos más favorables. La captura del canciller de las Farc, Rodrigo Granda en Caracas durante esos años (conflicto con Chávez mediante, uno de los muchos que tuvieron), sumada a los progresos en los operativos militares y el proceso de paz con el paramilitarismo enmarcado legalmente en torno a la “Ley de Justicia y paz”, significaron avances evidentes en la estrategia de “Seguridad Democrática” prometida durante la campaña electoral. A pesar de que la fortaleza militar de las Farc aún se mantenía, Uribe no tuvo inconvenientes para reelegirse en 2006 luego de modificar la Constitución, en una jugada no exenta de polémicas. Su segundo mandato, a pesar de comenzar con severos cuestionamientos a su accionar, y las acusaciones en torno a la “parapolítica” y “los falsos positivos”, se encaminó políticamente luego de la recuperación del niño Emmanuel (el hijo en cautiverio de la secuestrada Clara Rojas) a finales de 2007, del abatimiento de Raúl Reyes en la frontera ecuatoriana en marzo de 2008, de la recuperación de la secuestrada Ingrid Betancourt (“la joya más preciada”, según la guerrilla) en julio del mismo año, y de la muerte por causas naturales del jefe histórico de las Farc Manuel Marulanda, durante 2008. Las deserciones al interior de la guerrilla, sumado al incremento de la logística militar (clave en la liberación de Betancourt),  el mejoramiento de equipamiento y el aumento de armamento por parte de las Fuerzas Armadas, le permitió al líder colombiano dejar “groggy” a las Farc.  El Plan Colombia, por supuesto fue un recurso financiero central para lograr estos objetivos.

Al igual que varios presidentes del “giro a la izquierda”, Uribe intentó, una vez más, reformar la constitución para lograr un nuevo mandato. A pesar de los nuevos vientos que soplaban en su aliado norteamericano, Uribe siguió adelante con su plan re-reeleccionaista, a pesar de que el propio Obama en persona le aconsejara no ir por un nuevo mandato: “En mi país 8 años ya son muchos”, le sugirió. EL parlamento le dio el visto bueno, pero la Corte Constitucional le bajó el pulgar a un tercer mandato uribista. Sin cartas a mano, jugó con quien medía más en las encuestas, a la postre su ministro de defensa Juan Manuel Santos.

Luego del triunfo de su delfín, y el cambio de actitud de Santos hacia la guerrilla, Uribe volvió a la oposición y a su discurso histórico: “no hay nada que negociar con la narcoguerrilla”. La relación con el actual presidente se fue deteriorando al calor del avance de las negociaciones en La Habana. Cuando Santos fue por su reelección, Uribe (imposibilitado de presentarse) parió la candidatura de un apagado Oscar Zuluaga. La falta de carisma del candidato fue suplida por la figura de Uribe quien se puso la campaña “al hombro” con la finalidad de corregir el desviado proyecto santista. Como se sabe, Zuluaga venció en primera vuelta y perdió en la segunda por escasos 4,5%.

Una vez culminados los acuerdos de La Habana, el presidente Santos creyó oportuno legitimar los arreglos de cúpulas mediante un plebiscito no vinculante. La opción por el “sí”, decían las encuestas, ganaría por un rango de entre 5% y 20% de los votos. Nadie tomó en cuenta “el factor Uribe”. Desde el inicio de la campaña electoral, el líder antioqueño recorrió todos los pueblos del país con el caballito del “No”. La mala imagen que aún mantiene la guerrilla, sumada a un contexto de deterioro de la imagen presidencial, se convirtieron en el coktel ideal para que Uribe pasara a la delantera.

La opción por el “No” resultó ganadora en la compulsa electoral del domingo 2 de octubre por un pelito. La votación fue muy apretada mostrando la marcada polarización del país. El “No” ganó con el 50,23 % de los votos (6.431.376 votos) contra el 49,76 % (6.377.482) que obtuvo el “Si”. Esto, según la Registraduría Nacional, con el 99,64 % de mesas y el 37,37 % de participación (es una constante que en Colombia vote menos de la mitad del Padrón en cualquier elección). Según el mapa electoral de esa entidad, la Costa Caribe y Pacífica, Bogotá y los departamentos que fueron el epicentro de la guerra con la guerrilla (en el sur sobretodo) apoyaron el ‘Sí’, mientras que el centro del país (en Antioquia la ventaja fue muy importante) se fue por la opción del ‘No’.

Es cierto, el resultado final no puede ser explicado en soledad por el “factor Uribe”. Este post tampoco adhiere a esa hipótesis. Pero sí resalta la importancia de los liderazgos a la hora de comprender los fenómenos políticos. Poner el plebiscito colombiano a la altura del británico, como factor explicativo, es no comprender la singularidad de los procesos políticos. Uribe es el cuadro político más importante de la derecha ideológica y política regional. Hay que aclararlo; el líder colombiano no tiene una mirada sudamericanista y tampoco reclama liderar regionalmente un proyecto emancipador por derecha. No. Se trata de un liderazgo que se afinca claramente en lo local. Eso lo llevó a tener disputas frente a Chávez, como frente al propio EEUU. En ambos casos trasciende el conflicto ideológico, y se explica a partir de los intereses del expresidente y en el fortalecimiento de su propio liderazgo político. A no equivocarse: Uribe es un líder popular (populista diríamos si el concepto no estuviera tan gastado), y desde allí hay que abordarlo. El problema de no poder encuadrarlo con facilidad en algún lugar es precisamente porque se trata de un líder que expresa una “derecha a la colombiana”.  Uribe piensa y se piensa desde Colombia, no hay una pretensión de ir más allá de esa ecuación.   Entenderlo desde ese prisma es la mejor manera de comprender el proceso político colombiano.

Venezuela: panorama por estas horas (y por estos 3 años)

CaracasHablar de Venezuela en el contexto político y social en el que transita hoy Sudamérica, es todo un desafío. Cualquier lector o lectora que tenga entre sus alertas en la web el nombre de Nicolás Maduro observará que las noticias sobre el mandatario bolivariano son muchísimas. Y casi siempre las mismas se repiten como un calco. Originadas desde el norte del hemisferio transitancual velocidad de rayo por el resto de los medios online e impresos hasta llegar a nuestro país. Prácticamente no hay distorsión en la información, sólo un “copie y pegue” notable, que repite hasta el hartazgo, títulos y frases de la contundencia de: “Maduro sólo tiene un 18% de aprobación” “De haber referendo, el gobierno perdería por más del 70%”, “Venezuela  vive su peor crisis desde su historia”, “la oposición denuncia….”  y podríamos seguir un largo rato. Es decir, la opinión pública ya dictaminó que el gobierno de Nicolás Maduro es ilegítimo porque su performance económica es nefasta y porque el pueblo, entendido como las “encuestas online”, quiere que “se vaya”. Nada parece conmover esta sentencia. Estamos asistiendo a los últimos días de un gobierno fraudulento, autoritario, antipopular y dictatorial. Sí, todo eso, junto.

Pero vamos de a poco y contextualicemos el momento:

Para el 1° de septiembre se viene una nueva marcha opositora que tiene por finalidad “apurar” los trámites del referendo, y como siempre, tensionar con el gobierno de Maduro. Se autodefinió como “la Toma de Caracas”. Se espera que sea multitudinaria, muy lejos de los millones que se movilizaban en 2002 y 2003, pero mayores a las de la campaña electoral de los últimos años que dieron razón al mote de “escuálidos” que les endilgó en vida Chávez. También es un momento para observar cuál es la actitud que tomará la oposición en ese contexto de movilización. Esperemos que prime la legalidad y no el atajo. Por los antecedentes históricos, sin embargo, la segunda opción sería (si habría que apostar) el camino de la oposición. Viene muy “agrandado” el antichavismo, y cuando eso pasa, obliga estar atentos a lo que sucederá en tres días en la capital venezolana.

Dos más dos son cuatro, cuatro y dos son seis (o algunas obviedades que se pasan por alto)

Corrupción y después…

FOTO GUSTAVO MUJICA MANO EN LA LATA

¿Es la corrupción un fenómeno excepcional en la política argentina? ¿Ha sido durante décadas en nuestro país un problema central a resolver? ¿Ha convivido la corrupción política con una gran parte del sistema político atravesando a la totalidad de los partidos? Si la respuesta a las dos primeras preguntas es un No y es afirmativa para la última, ¿qué  tiene de particular y de extraño el “caso López”?. Si para una buena parte de la opinión pública el gobierno kirchnerista ha sido una administración reñida con los principios republicanos y con los valores de la honestidad ¿Qué viene a ofrecer de novedoso este episodio? ¿La confirmación de algo que “ya se sabía”? ¿O se intenta con esto “algo más” que denunciar un caso grave de corrupción y que involucra a las más altas esferas del gobierno anterior? Pero volvamos al principio. Desde el retorno de la democracia en 1983, muchos fueron los casos de corrupción política en nuestro país. La definición del fenómeno de la corrupción política puede resultar un tanto ambigua pero podemos decir a grandes rasgos que se trata de un robo al patrimonio público del Estado, sea este realizado por agentes públicos (funcionarios políticos ya sea quedándose con dinero del propio Estado o exigiendo coimas) o privados (ya sea evitando pagar impuestos o fugando ilegalmente divisas). Según Aldo Ferrer, quien teorizó sobre estas cosas, “ambas son las dos caras de una misma moneda”. Sin embargo, los que más sanción moral generan son los de los primeros, y no tanto el de los segundos, ya que estos, a pesar de ser mayores en cuanto al volumen de “dinero robado al Estado” implica una amonestación ética a la conducta de los sectores más pudientes de nuestra sociedad, muchas veces invisibles para los hombres “de a pié”. El “caso López” (¿será el único caso?) entra dentro de los primeros, y por ende el de los más condenables para la sociedad. A pesar de que la maratón mediática de los sucesos lejos de aclarar oscurece, el hecho existió y los casi 10 millones de dólares son la “pata material” que hace verosímil el relato y su consecuente condena social. Y no hay vuelta atrás en estas cuestiones. El hecho está, y embarra (pero no elimina con ello, claro) los nobles principios de reparación social y la ampliación de derechos acontecidos durante los últimos doce años. Tampoco la política independiente y de inserción regional mantenida hasta el 2015. Unir todo esto es parte de la estrategia de los sectores retardatarios del poder real de nuestro país, a los que les resulta fundamental fusionar “corrupción” con “derechos”, “bolsos de López” con “paritarias donde se negocian salarios más altos en términos reales”, “robo estructural” con “política de nacionalización”.  Pero como nos interrogamos al principio del post: ¿se trata de un hecho aislado desde el retorno a la democracia?

Un breve racconto histórico nos muestra que estos sucesos, lejos de ser la excepción fueron casi “la norma” desde 1983. Los tuvo Alfonsín, a pesar de ser uno de los presidentes más honestos de la historia, se multiplicaron por mil durante el menemismo en un contexto de desagüe del Estado, y los tuvo De la Rúa durante su breve estadía en la Casa Rosada. Los “pollos de Mazzorín” fue la figura que eligió la oposición peronista para denunciar la corrupción durante el gobierno alfonsinista, se transformó en la “corrupción estructural” del menemismo que denunciaron la Alianza y el “periodismo de investigación” en los noventa (fueron tantos los casos que de enumerarlos estaríamos hablando de páginas enteras) y se graficó en los “sobornos” en el Senado y en la fiesta del “megacanje” durante la gestión delarruista.  Desde el retorno de la democracia se pueden contar por centenares los casos de corrupción y por miles las denuncias llevadas a la justicia. Los nuevos partidos creados durante los noventa (FrePaSo, Modin) y a principio del siglo XXI (ARI, Recrear), los cuales asumieron entre sus banderas políticas centrales la lucha contra la corrupción, tuvieron suerte dispar en la arena electoral. A pesar de ser durante la década del noventa el “caballito de batalla” de la oposición al menemismo, éste se reeligió con casi el 50% de los votos y tuvo la capacidad política de continuar siendo alternativa de poder hasta abril de 2003, a pesar de estar a la vista los numerosos hechos de corrupción durante su primer gobierno.

Sin entrar en una discusión bizantina (que merecería otro post) de los vínculos entre el sistema capitalista y la corrupción o para ser más precisos entre la inevitable tensión de un sistema que glorifica el ascenso personal y la facilidad de hacerlo desde la cima del propio Estado, la corrupción se ha convertido en un fenómeno global. Hay corrupción en EEUU, en Europa y por supuesto en Sudamérica. Durante las últimas décadas, y en especial luego del ascenso de los gobiernos del giro a la izquierda en la región, el tema de la corrupción se ha convertido en una bandera de batalla para las oposiciones neoliberales sudamericanas incapaces de competir con éxito desde la defensa de su propio modelo de gestión. Por caso lo ha sido en Brasil, en donde varios de los miembros del PT se encuentran en prisión (A Lula suelen jaquearlo a cada rato), lo ha sido en Venezuela y en Bolivia, no encontrándose ningún hecho que involucre a sus históricos líderes (y aquí ni los Panamá Papers, ni los Wikileaks, ni los medios opositores han podido encontrar algo hasta hoy) pero sí a las mandos medios de la administración, lo es en la actualidad en el Chile institucionalizado de Bachelet, sobre la que pesa el llamado “caso Penta” de su gestión anterior, que no le impidió volver al gobierno luego de Piñera, y las acusaciones de hoy sobre su entorno familiar. Las oposiciones neoliberales han denunciado hasta el hartazgo la “corrupción” de estos modelos, evitando dar cuenta que son justamente los presidentes de ese color político quienes debieron irse por la puerta trasera y antes de tiempo de la presidencia como Collor de Melo (1992), Carlos Andrés Pérez (1993), Jamil Mahuad (2000), Fujimori (2001), Sánchez de Losada (2003), por mencionar los casos paradigmáticos que involucraron procesos de corrupción política. No anoto en esta enumeración veloz de” presidentes caídos”, las sospechas de corrupción que pesan sobre la gestión de dos presidentes neoliberales “exitosos” como Fernando H Cardoso,  Álvaro Uribe y el propio Menem. Es decir, la lista que involucra a presidentes neoliberales en Sudamérica es extensa y muestra que los vínculos entre la “derecha política” y la corrupción merece subrayarse, ya que no se trata de “casos aislados”, sino que forman parte de una trama política que abreva en las democracias de baja institucionalización, donde las reglas se cumplen en forma parcial y las leyes se muestran lábiles para estructurar el juego político. En general estos gobiernos suelen llegar, como bien expresa este imperdible artículo, con la impronta de la “lucha contra la corrupción” pero en los hechos su rendimiento ha sido muy ineficaz para controlarla, y más bien fueron adalides en promoverla.

En ese marco, la evidencia histórica y empírica en nuestro país y en Sudamérica descarta que la derecha neoliberal sea portadora por se de transparencia en la gestión pública. Más bien, la ligazón entre proyecto neoliberal y corrupción es más fuerte que la que liga “giro a la izquierda” e ilícitos. ¿Hay una mayor expectativa de transparencia en los gobiernos progresistas? ¿O su fuerte bagaje ideológico habilita mayores perspectivas en su lucha contra la corrupción? ¿La épica que impone desde su propio discurso estos modelos no las “obliga moralmente” a ser superiores a la “derecha saqueadora”? En lo concreto, las propuestas neoliberales recorrieron el camino del discurso “anticorrupción” para recuperar el gobierno, y lo consiguieron en nuestro país, interinamente en Brasil, y tiene muchas chances en Ecuador y en Venezuela, aunque en este último la corrupción aparece como secundario (pero está presente, eso sí) en el aparato discursivo del antichavismo. El flanco débil de estos procesos de transformación económica y social, paradójicamente, es un aspecto en el que históricamente el neoliberalismo ha resultado ser mucho más experimentado. Desde allí lo paradójico (mi tía diría lo cínico) del planteo de “honestidad” de la derecha.  Para decirlo de un tirón, el neoliberalismo no sólo de dedicó (y dedica) a garantizar tasas de ganancias a los sectores del capital en detrimento de los derechos de las mayorías sociales, sino también a institucionalizar un tipo de corrupción de alto grado. Miremos al país vecino, sin ir tan lejos, y se observará que el gobierno de Temer, el cual iba a sanear al Estado de la supuesta corrupción del PT, hoy se encuentra gravemente cuestionado en su matriz de designación de funcionarios. Es decir, las propuestas neoliberales resultan exitosas en coyunturas críticas donde el desgaste de los gobiernos populistas (y su corrupción real o no ) resulta verosímil a un electorado que dice basta y apuesta al cambio: el problema para estos nuevos gobiernos es sostener en palabra y hechos esta ecuación por mucho tiempo.

Lo cierto es que a partir del “caso López” el kirchnerismo sufrió un sacudón del que no saldrá indemne, ya sea para reconvertirse (e ir más allá de la corrupción y replantear formas de construcción alternativas) o para disolverse en una pieza menor en el tablero del peronismo. El apuro de los sectores políticos adversos al kirchnerismo por agitar su “carta de defunción” parece más un deseo que una realidad. Desde el gobierno celebran la “fortuna” de que esto ocurra en un momento muy delicado en el campo económico y social, del cual el devenir del kirchnerismo será ajeno a su suerte. Desde el peronismo tradicional lo hacen a partir de ver cristalizado el fin de una hegemonía en el interior del Movimiento considerada ajena a su historia. Para ambos se trata de una victoria pírrica ya que estos casos de corrupción suelen venir acompañados de una sanción social a toda la clase política. Los casos de corrupción, en general, interpelan a los políticos como clase (como casta dirían allá en España la gente de Podemos) y muy pocos salen indemnes de estos cuestionamientos. Los lábiles exkirchneristas que se alejan hoy de este universo político luego del “caso López” creen contar con un reaseguro moral en su huida. Lejos de “bañarse en agua bendita” estos sectores, al igual que el resto de la dirigencia política, no estarán exentos de ser tocados por la mancha K.  Desde allí que nos planteemos si este caso será el puntapié inicial de una verdadera “lucha contra la corrupción” (que involucraría un sincericidio de toda la clase dirigente argentina, no sólo la política) o sí sólo será el prolegómeno de aventuras antipolíticas de un nuevo “que se vayan todos”, como censura a la totalidad de la dirigencia política. ¿O simplemente será “un caso más” de los muchos que formaron parte de la corrupción política en nuestro país?

Sudamérica: Liderazgos y estabilidades

cornisa

De un tiempo a esta parte una palabra emerge para definir los tiempos sudamericanos: crisis. Los triunfos electorales de Mauricio Macri, de la oposición venezolana en las parlamentarias pasadas y el ascenso (¿el golpe?) de Temer en Brasil configuran un nuevo mapa político en la región que lejos de brindar certezas acerca de su estabilidad política, nos invita a reflexionar sobre la persistencia de ciertos planteos que vuelven una y otra vez. ¿Es posible la estabilidad en la región en contextos de políticas económicas de orientación neoliberal? ¿Es sostenible en el tiempo las políticas orientadas al mercado sin gobierno inestables en Sudamérica? ¿Es factible que luego de un ciclo de gobiernos de orientación distribucionistas o “neokeynesianos” sea posible el ajuste sin grandes costos internos? ¿Será posible mantener la estabilidad política de las décadas anteriores en un contexto recesivo?¿Es Sudamérica una región genéticamente inestable que sólo los “pocos” puede domesticar? ¿Es probable que se retorne a un nuevo ciclo  de inestabilidad presidencial?

Hagamos un poco de historia (un poco nomás ya que sobre esto dijimos bastante). A principios de los ochenta, una vez que los países sudamericanos recuperaron sus democracias, los académicos interesados por la estabilidad política en la región discutieron sobre cuál era la mejor forma de gobierno para garantizar una democracia plena y vigorosa. Lo hicieron desde sus cátedras y en la opinión pública e intentaron incidir en la clase política en una región que recuperaba su sistema democrático luego de dictaduras sangrientas. En ese marco, se destacó Juan Linz al advertir sobre la incompatibilidad existente entre la Democracia  y el Presidencialismo. Allí donde perviviera el sistema presidencial habría muchas posibilidades que la democracia se truncara. La evidencia empírica era notable, y el politólogo español reforzaba su argumento expresando que 35 de las 43 democracias existentes a principios de los ochenta era parlamentaristas. Y decía algo más: la inestabilidad del gobierno llevaba como consecuencia la inestabilidad del Régimen democrático.  Desde allí que auguraba la necesidad de que Sudamérica adoptase un sistema parlamentarista de gobierno como la mejor alternativa para consolidar sus jóvenes democracias. Sin embargo, dos décadas más tarde de esos pronunciamientos, las democracias en la región se mantenían “vivitas y coleando”. Es cierto que los episodios de inestabilidad no culminaron, pero los mismos no afectaron en forma directa al régimen democrático. Es decir, la inestabilidad, como dijimos en otro post, se ubicó en el presidente, ya no en el presidencialismo. En ese sentido, la tesis de Linz acertaba a medias ya que la crisis se encorsetó en “crisis o inestabilidad de gobierno” y no se extendió a “crisis o inestabilidad de régimen”. Desde allí es que podemos caracterizar al periodo de los ochenta y de los noventa como de “inestabilidad del presidente”.

¿Podemos caracterizar de igual forma a los presidentes del siglo XXI?¿Fueron inestables Chávez, Morales, los Kirchner, Uribe, Correa, Lula, Vázquez, Bachelet? ¿Podemos decir que en Sudamérica, los presidentes del siglo XXI se caracterizaron por la estabilidad presidencial, y con ello la de sus sistemas políticos?

La evidencia histórica demuestra que la estabilidad que gozaron dichos mandatarios se convirtió en la principal característica distintiva de estos nuevos liderazgos. Lo que distingue a estos presidentes de sus antecesores, y casi de cualquier etapa posterior al advenimiento de la ampliación electoral a principios del siglo XX, es su performance en lo que atañe al mantenimiento de la estabilidad política. Es cierto que contaron con un contexto socioeconómico diferente a los presidentes de los 80 y los 90, pero no por ello no sortearon situaciones de inestabilidad.  Durante los últimos 15 años Sudamérica vivió un proceso de bonanza económica, pero siempre dependiente de una economía mundial que impactó en sus desequilibrios estructurales. La crisis económica mundial de 2008-2009, la desaceleración económica de 2013-2015 cuentan también en su haber. Si el resultado de estos liderazgos se explicase en soledad por los aspectos económicos, durante esos años hubiesen sido reemplazados y/o sometidos al escarnio popular (como sus predecesores inestables) cosa que no ocurrió y que puede explicarse a partir de otras dimensiones. ¿No resulta entonces meritorio estabilizar los sistemas políticos en una región en donde la inestabilidad primó de forma recurrente?. Desde allí es que se torna relevante insistir en los Liderazgos presidenciales como variable explicativa, más que los diseños institucionales, los poderes constitucionales o el “viento de cola” económico. Para enfatizar el argumento, Fernando Lugo en un contexto de un excepcional crecimiento económico paraguayo, sufrió la inestabilidad en carne propia. ¿Por qué cayó entonces Lugo si la economía florecía en su país?

A partir del año 2015 la región comienza a sufrir transformaciones políticas. Como iniciamos el post, el triunfo de Mauricio Macri en Argentina, la victoria electoral de la oposición chavista en Venezuela, traducida en la obtención de las dos terceras partes de la Asamblea Nacional, y la reciente suspensión de Dilma Rousseff del ejecutivo brasileño marcan un nuevo momento en Sudamérica.  ¿Cómo entender estos cambios en los elencos ejecutivos a la luz de la experiencia de los liderazgos presidenciales precedentes? ¿Estos nuevos presidentes vienen a consolidar la estabilidad política lograda por los anteriores? ¿Son estos nuevos ganadores la expresión política de la pérdida de dicha estabilidad? Para decirlo con más fuerza, ¿serán estos nuevos liderazgos garantes de la estabilidad lograda o estaremos asistiendo a un retorno de la inestabilidad? Las decisiones de política económica aplicadas por Macri y su homónimo Temer en Brasil, sumada a las desavenencias históricas venezolanas con una oposición tomando la delantera, ¿auguran un nuevo tiempo de estabilidad en la región? ¿O los nuevos tiempos golpean la puerta de la inestabilidad? ¿Estaremos asistiendo a un cambio de nombres solamente, o también a un cambio en las perspectivas de la estabilidad regional? Habría que agregar a estos interrogantes, un nuevo desafío encarnado en estos gobiernos neoliberales que recuperan la llave de la administración política y económica de nuestros países, y es que lo hacen luego de un proceso de ampliación de derechos sociales, económicos y civiles inédito para Sudamérica. Desde allí que resulta oportuno preguntarse qué viabilidad política tienen estos nuevos gobiernos para aplicar sus recetas de ajuste en un contexto en que las sociedades sudamericanas apostaron más a un cambio de elencos que les brindaran “más” y no “menos”.

La vuelta de las protestas sociales, la instauración de políticas de clara identificación neoliberal, un Estado que va perdiendo peso en su tímido disciplinamiento de los grupos de poder real que ahora reconquistan los resortes del poder estatal, son muestran fehacientes que los nuevos tiempos sudamericanos no transitarán por la cálida estabilidad de un tiempo atrás. ¿Con ello decimos (y/o presagiamos) un nuevo ciclo de caídas presidenciales?  La historia reciente nos muestra que estos procesos dependen más de la destreza (de la virtú diría el genio florentino) y los recursos de poder que puedan ostentar o conquistar estos nuevos liderazgos durante el ejercicio de su poder. Y estos nuevos liderazgos deberán hacerlo en contextos distintos, y caracterizados por condiciones económicas internas, pero sobre todo externas muy adversas y concebirlo frente a una sociedad desafiante que ganó derechos y subió el piso histórico de su status socioeconómico. Un ajuste clásico con ausencia de “hiperinflaciones” o de “recesiones económicas estructurales” es una faena que requiere de un relato confiable y a prueba de muchas dudas que surgirán con el tiempo ante el evidente (e inevitable) deterioro de las condiciones de vida de la población  Desde allí la difícil tarea que les espera a los nuevos liderazgos del “giro a la derecha” en la región.

La mesa está servida, y los actores políticos preparados para un nuevo ciclo político. Los contornos que éste tome dependerán de la dinámica política siempre complicada de nuestra región. Y por supuesto de los liderazgos presidenciales. Claro.

¿Un presidencialismo con presidencias flexibles?

dilma_caricatura

Hace aproximadamente 8 meses (principios de septiembre de 2015 para ser más precisos) asistí por invitación del Centro de la Cooperación a una charla sobre la “Ofensiva desastabilizadora sobre el PT”. Allí se discutía acerca de sí lo que sucedía en Brasil podía caracterizarse como un “golpe blando”. De la mesa además de quien esto escribe participaban expertos en la política de nuestro vecino como país como Marcelo Falak, Federico Vázquez, Amílcar Sánchez Oroño y Juan Manuel Karg. Recuerdo que mi intervención se basó, en lo fundamental, en describir el nuevo fenómeno que se despliega desde hace dos décadas en Sudamérica: caen los presidentes, se mantiene el presidencialismo. Para decirlo con otras palabras, los presidentes renuncian o son despedidos antes de cumplir el plazo establecido, pero se mantiene el sistema democrático. Se trata de otro tipo de inestabilidad. Muy distinta a la que se desarrolló en las décadas sesenta y setenta en las que la caída de presidentes implicaba la clausura del ciclo democrático. Desde allí que esta sea caracterizada como una inestabilidad de la democracia, ya que lo que entraba en crisis era el propio sistema y no un gobierno en particular. El nuevo fenómeno que se desarrolla en nuestra región en la actualidad circunscribe la inestabilidad en el presidente, y no en el presidencialismo. Desde allí que se la caracterice como “inestabilidad presidencial”.

Una importante literatura académica en la actualidad le presta atención al fenómeno. No es abundante ya que la Ciencia Política argentina ama las instituciones y le presta escasa atención a los avatares de los liderazgos presidenciales. Pero quien se detenía a observar la recurrencia en la que se desplegaban estos procesos, visualizaba que se trataba de algo novedoso que requería ser teorizado. Se trataba nada más y nada menos de la “salud política” de los presidentes. La evidencia estaba ahí. Hagamos memoria. Casualmente (o no) es en Brasil donde se origina el fenómeno. El caso Collor de Melo le da el punta pié inicial a esta nueva forma de inestabilidad. Allá por el año 1992 el presidente brasilero renunció a su cargo antes que avanzara el juicio político a la que iba a ser sometido, luego de una denuncia  de corrupción. Un año más tarde caía en Venezuela Carlos Andrés Pérez y dos años después Samper en Colombia zafaba por un pelito. En 1997 se hundía Bucaram en Ecuador y en 1999 Cubas Grau en Paraguay. Comenzando el nuevo siglo De la Rúa en Argentina y en 2003 Sánchez de Losada en Bolivia. Todos gobiernos neoliberales que había aplicado ajustes económicos en línea con el Consenso de Washington. Todos con minoría parlamentaria (salvo Samper), casos de corrupción (o de insanía como el ecuatoriano) y numerosas movilizaciones policlasistas. En algunos casos, un vicepresidente que oficiaba como transición a un nuevo llamado a elecciones.  Durante algunos años este nuevo tipo de estabilidad pasó desapercibida, pero los casos Zelaya en Honduras y Lugo en Paraguay volvió a activarla (sin olvidar que Chávez en el 2002, Evo y Cristina en 2008 y Correa en 2010 pasaron por procesos semejantes con resultados diferentes), pero en un ciclo presidencial de orientaciones posneoliberales. Es decir, la inestabilidad presidencial no tiene color político, aunque tuvo más preponderancia hasta ahora con los primeros mandatarios neoliberales.

¿Cuál son entonces las variables a tomar en cuenta para predecir la inestabilidad de un presidente en nuestra región? La evidencia empírica muestra que hay cuatro variables a tomar en cuenta: a) minoría parlamentaria (se agrava en casos de coalición partidaria) b) un caso de corrupción (real o inventado) que tenga impacto mediático, c) movilizaciones policlasistas en contra del presidente y d) un vicepresidente (dispuesto) como figura de transición.

En aquella charla  recuerdo haber hablado de un “pronóstico reservado” acerca de las posibilidades que tenía Dilma de culminar su mandato, ya que hasta ese momento existía el caso de corrupción en Petrobras y las movilizaciones con epicentro en San Pablo. Según la teoría faltaban las otras. Asimismo, la orientación promercado que impulsó desde el inicio del segundo mandato  agravó el cuadro de situación, dando lugar a la existencia de otro elemento de contexto (orientación neoliberal de las políticas públicas) que se diò en la mayoría de las otras salidas anticipadas. La política de recortes, el nombramiento en el ministerio de economía de un ortodoxo y la consecuente entrada en la recesión más larga de los últimos 25 años hicieron el resto, Aquí se trató más de un pelotazo en contra del gobierno del PT, que de una zancadilla provocada por la oposición brasileña. El contraste con el gobierno argentino, también sometido en ese mismo contexto a una andanada fenomenal de críticas y presiones, llama la atención y despierta el interés comparativo sólo en términos históricos de cómo debe reaccionar un gobierno que pretende desafiar el status quo ante el levantamiento de los poderes fácticos.

Desde septiembre hasta hoy la historia de la caída más anunciada, le sumó las otras variables. Si bien es cierto que el PT estaba en minoría en el Congreso bicameral brasileño, la alianza que mantenía con el PMDB le aseguraba a Dilma los votos necesarios para frenar cualquier avanzada opositora en el parlamento.  La ruptura de la alianza y la retirada de este Partido de la alianza de gobierno sellaron la suerte de Rousseff. La disposición del vicepresidente Michel Temer a ser una suerte de garantía de continuidad institucional asegura la transición a nuevas elecciones. Es cierto que aún resta la instancia del Senado, pero observando la “calidad democrática” de los diputados brasileños (el domingo daba pena escuchar las excusas por las que votaban la salida de Rousseff) se puede advertir que la suerte del gobierno del PT ya está echada.

Un nuevo tipo de inestabilidad está presente entre nosotros. Los presidentes deberán estar atentos al nuevo esquema que impera en Sudamérica y cuidar que las variables “inestables” no se activen para no sufrir antes de tiempo. No es fácil gobernar nuestra región. Hace unos días, con mis amigos de Artepolítica caracterizamos como “personas con cierta locura” a los que se animan a desafiar las condiciones impuestas por los poderes reales en el sur de América. Tal vez sea exagerada la descripción, pero no deja de ser cierto que para poder transformar la realidad en nuestros países se necesita dedicación full time a la tarea y un corazón de hierro para bancar los desafíos cotidianos que emergen de forma natural en la dinámica del gobierno.

Venezuela, por ahora

chavistas-decepcionados-llorando-chavismo

La alianza opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD) venció en forma contundente en las elecciones legislativas realizadas en el día domingo en Venezuela. Por segunda vez en la historia desde el ascenso del chavismo al gobierno en diciembre de 1998, la oposición venezolana triunfa en elecciones limpias y pacíficas. Sin dudas, el triunfo de la MUD tiene un impacto político que resuena en el interior y el exterior de la República Bolivariana y amenaza con convertirse en un antes y un después del proceso político que inició Hugo Chávez cuando juró ante “esta moribunda constitución”.

Vamos por parte

Los resultados (fríos):

Las explicaciones (o algo que se le parece):

Y ahora (que hacemos?)

Se vienen tiempos inéditos para la democracia venezolana. Al calor de un enfrentamiento que ya lleva más de 15 años, oficialismo y oposición seguirán lidiando por la supremacía política. El antichavismo sacó un cuerpo de ventaja desde este domingo. Pero el chavismo aún cuenta con fuerza viva para profundizar (y/o consolidar) su proyecto político. Se vienen días intensos en la tierra de Bolívar.

 

(1) Si la oposición suma los tres curules por representación indígena, llegaría a los 112, pero siempre hay que entender la particularidad de ese tipo de representación.

Elecciones parlamentarias en Venezuela. Panorama a dos días

marearoja

El próximo domingo habrá elecciones parlamentarias en la República Boliviariana de Venezuela. Se tratará de la segunda elección más importante del año en la región, luego de la del domingo 22 de noviembre en Argentina. Su relevancia radica en que, a pesar de no tratarse de una elección presidencial, el resultado tendrá un impacto directo hacia adentro y hacia afuera de Venezuela. En un contexto signado por la desinformación mediática, la violencia, la crisis económica, las largas colas, las amenazas de la oposición de no reconocer los resultados si les son adversos y de un chavismo que tendrá su mayor desafío desde que es gobierno, se elegirán los ediles para el lapso 2016- 2021.

A continuación unas viñetas explicativas (o que intentan serlo, al menos) de lo que se viene en las próximas horas.

A dos días de la elección legislativa más importante para el chavismo, en un contexto regional que complica aún más las posibilidades oficialistas, el país de Bolívar va hacia una nueva contienda electoral. Los acalorados cierres de campaña de ambos espacios políticos, el Gran Polo Patriótico y la MUD así lo atestiguan. Para la medianoche de nuestro país casi con seguridad estarán los resultados finales. ¿Habrá doble festejo?

“Podemos estar mejor”

macri revolucion

A diez días de la inédita segunda vuelta electoral en nuestro país, los candidatos Daniel Scioli y Mauricio Macri renuevan sus propuestas electorales y refuerzan las ya adelantadas en la primera vuelta. Al no contar con evidencia empírica sobre otra experiencia similar sobre balotaje en Argentina, nos encontramos ante un nuevo escenario con escasas pistas para poder proyectar a futuro. Creemos, eso sí, que será una elección muy reñida que se definirá por escaso margen.  En medio de una campaña que se tornará más intensa con el devenir de los días, me interesa concentrar la atención en cómo el líder del PRO encara la última etapa y robustece los lineamientos organizados a partir de mediados de año. Es decir, como Macri luego del cambio evidente de su estrategia de campaña luego de la victoria finita de su delfín Rodríguez Larreta en la Ciudad, encara estos últimos días con una batería de mensajes orientados a escaparse de grandes definiciones, mostrarse como el candidato que “nos representa a todos” y que avanza sin escombros hacia una victoria que “mejorará la calidad de vida” de toda la ciudadanía. En ese famoso discurso en el que el jefe porteño aceptaba como irreversibles las estatizaciones del gobierno kirchnerista y los militantes del PRO gritaban al unísono un fuerte “nooo”, quedó trazada la estrategia que llega a estos días

Entonces, con ese objetivo en vista, enumero unas viñetas explicativas de la lógica amarilla por estas horas.

Gran y necesario paréntesis (Sin dudas, se trata de un fenómeno regional. Las nuevas derechas sudamericanas, al no poder mostrar la hoja de ruta que deparará su modelo de país, se montan sobre los activos de los gobiernos del “giro a la izquierda sudamericano” (ampliación de derechos sociales, recuperación del Estado como ordenador de la economía, etc.). En ese marco, se presentan como la “solución” más que cómo la “oposición” para resolver los déficit de estos gobiernos, en general ligados a la inseguridad, la corrupción, el deterioro de los servicios públicos, lo que en palabras de José Natanson, se expresa como la “crisis de crecimiento”.  Capriles, Neves, Macri, Lacalle Pou son la expresión genuina de esta derecha renovada desde el plano discursivo, que promete continuar el sendero del crecimiento, que sería de nunca acabar en esta región)

El equipo de campaña de Scioli deberá prestar atención a esta tendencia que parece abrirse en el electorado y ofrecer un paquete de incentivos similar al provisto por los amarillos. La idea de un “futuro mejor” porque sí, porque cualquiera que sea gobierno te lo garantiza, es una falacia absoluta que el candidato oficialista deberá desenmascarar desde la “fe y el optimismo”.

Quedan pocos días para el 22, fecha que el soberano decidirá su futuro. Lo único seguro es que CFK dejará luego de 8 años de mandato el gobierno en una atmósfera económica no atravesada por la crisis. Toda una novedad en estas comarcas. Será Scioli o Macri, no hay terceras opciones, salvo las anquilosadas en cierta izquierda residual argentina. A pesar de los parecidos,  hay un hiato que separa ambas propuestas. En el medio asistiremos a un debate, que según los entendidos, puede convertirse en el “parteaguas” de la campaña electoral.
Allá vamos.

Scioli o Macri

naranja amarillo

En tres semanas se celebrará el primer balotaje de la historia argentina. Luego de cinco elecciones presidenciales en las que primaron candidatos que superaron el 45% (la única excepción fue el 2003) llegamos al domingo 22 de noviembre a una segundas vuelta sumamente competitiva. Al no contar con evidencia empírica sobre cómo es el comportamiento del electorado nacional en esta clase de compulsa al todo o nada, son escasas las posibilidades de acertar el resultado final. De todas maneras, aquí esbozaremos algunas viñetas de lo que creemos que puede suceder el cuarto domingo de noviembre

 

Los que durante varios años vienen hablando (y obviamente criticando) la existencia de una grieta, la tendrán nuevamente expuesta el domingo 22.  El país, casi con seguridad, tendrá partidarios (duros y de los otros) de uno de los dos lados de las opciones electorales. Es decir, gane quien gane, la misma existirá. Sabemos que de ganar la oposición, se titulará el fin de un modelo (y por ende de la grieta) y si ganara el oficialismo, se dirá que el país “continúa partido en dos mitades”.

Faltan 20 días. Una eternidad para lograr adhesión, votos y simpatías.

Macri y Cambiemos: ¿Un intento de caprilización tardío?

Macri Capriles

¿Es sorprendente el giro discursivo adoptado por Mauricio Macri luego de la victoria del PRO en la segunda vuelta porteña? ¿Resulta novedoso que el candidato, que en términos ideológicos, aparece más lejano a las políticas oficiales reivindique algunas de ellas? ¿Es un cambio coyuntural o un giro estratégico en la campaña presidencial de los “amarillos”? ¿Cambio Macri su discurso político a horas de la victoria “por poquito” de la segunda vuelta en la Ciudad?

Luego del triunfo de Rodríguez Larreta sobre Martín Lousteau por escasos 3% (el adjetivo va en línea con la sorpresa que generó la diferencia), la suelta de globos del macrismo se desarrolló en una atmósfera agridulce.  En ese marco, el principal líder de la coalición Cambiemos ensayó un discurso que sorprendió a propios (que gritaban “nooo”  ante cada estatización defendida por su líder) y a extraños (el kirchnerismo salió en banda a darle duro y parejo al ingeniero), en el que viró su estrategia discursiva del “cambio” hacia el “cambio con alguna continuidad”.

A escasos días de las PASO, esta transformación macrista ¿puede considerarse una novedad? En principio, no. Desde hace 3 años, en Sudamérica comenzó un proceso de transformación discursiva por parte de la oposición política- partidaria, que abandonó el tradicional antagonismo y censura a las políticas de los gobiernos del “giro a la izquierda”. En su lugar, el nuevo dispositivo comunicacional de la derecha sudamericana se afincó en presentarse como una opción política superadora a la oficial a partir de presentarse  más como una “solución” que una “oposición”. Es decir, en palabras de José Natanson, no fue casual que dicha estrategia se haya iniciado en Venezuela, que es donde tuvo su puntapié inicial la génesis de los gobiernos posneoliberales. Fue allí, cuando al iniciar el calendario electoral que derivó en la elección de octubre de 2012, el candidato opositor Henrique Capriles diagramó una táctica electoral asentada en presentarse como una figura del “cambio con continuidad”. Lejos de reprobar  en totalidad la política chavista, método preferido por las oposiciones de la región hasta ese momento, Capriles prometió mantener políticas públicas neurálgicas del chavismo, como son las Misiones Bolivarianas, como así también, darle continuidad a diversos programas sociales y a la Constitución bolivariana reformada con Chávez, que habían sido los ejes  críticos del antichavismo hasta ese momento.  En síntesis, “mantener lo bueno y cambiar lo malo” fue el eje discursivo de su campaña electoral. Desde allí que hemos denominado como “el dilema de la caprilización” a la estrategia utilizada por el líder antichavista acá, acá y acá, para dar cuenta de esta maniobra novedosa que venía a reemplazar el frustrante camino de derrotas sistemática en la arena electoral,  y en los variados procesos de inestabilidad propiciados por las fuerzas opositoras sudamericanas durante el decenio 2002-2012.

Esta estrategia también fue replicada más tarde en Brasil con la candidata Marina Silva, en Uruguay con Lacalle Pou y en Ecuador con los gobernadores electos de Quito y Guayaquil que evitan inclusive antagonizar en forma directa con Rafael Correa, al que le adjudican una gestión con aspectos positivos. Este discurso, insisto, extendido a las realidades de los países de la región enfatiza el aspecto que va “por la positiva”,  que se presenta como superador de los conflictos y promete mantener “lo bueno” de los modelos exitosos de inclusión y rectificar lo “malo” de los mismos. Este discurso, sin embargo, genera un “dilema” para esas oposiciones que también, en palabras del colega Nicolás Tereschuk reciben fuertes presiones “por derecha” para mantenerse “duros” y “firmes” en el rechazo “total” a los gobiernos “del giro a la izquierda” en Sudamérica.

Durante estos años, en nuestro país, la “caprilización” fue una estrategia adoptada (y copiada con éxito en un primer momento y abandonada luego) por el candidato Sergio Massa. El ex intendente de Tigre enfrentó al kirchnerismo en las legislativas de 2013 con un discurso que se caracterizó por no enfrentar en totalidad las políticas del gobierno (a las cuales reivindicó muchas veces) y mostrarse como el candidato que las continuaría rectificando los errores y mejorando  los déficit de las políticas oficiales. Sin embargo, una vez obtenido el triunfo, la estrategia viró hacia un proceso de “descaprilización” que lo llevó a alejarse de la “amplia avenida del medio”.

Cuando parecía que la “caprilización” había quedado en el olvido, y las estrategias comunicacionales de los candidatos opositores viraron hacia una vuelta a la oposición lisa y llana sin contener en el discurso las “bondades” de las política oficiales, advertimos sobre la posibilidad de que la estrategia del “cambio con continuidad” (o en este caso “continuidad con cambios”) proviniera de las usinas oficialistas. Sin embargo, y a pesar que Scioli aún mantiene ese dispositivo discursivo, el candidato kirchnerista se inclinó claramente a reivindicar los logros por sobre otras falencias del modelo económico y político de esta década.

Sin embargo,  el sorpresivo cambio de Mauricio Macri, luego de la victoria porteña volvió a poner en el centro al “dilema de la caprilización”. Si es un cambio tardío, el tiempo lo dirá. Pero queda muy claro, que esta transformación de último momento del candidato del PRO-Cambiemos, responde a que en el universo político y social, las políticas del kirchnerismo gozan de una buena salud  electoral. Es decir, Macri no cambió el discurso luego de la victoria en Capital (porque eso fue, un triunfo, no nos equivoquemos, el PRO no perdió en Capital, va a gobernar hasta el 2019 en una experiencia inédita para el distrito), el mismo ya estaba preparado a pesar de que hubiese sido más aceptado, aún para su tropa, si la diferencia hubiese sido superior a 12% como se preveía en el bunker amarillo. Si imaginan queridos/as lectores/as al candidato opositor improvisando un discurso luego de una hora de enterado de los resultados. Parece poco probable. Los esfuerzos de Macri por mejorar su dicción, su mensaje y su discurso llevaron mucho tiempo (miren al Mauricio de hoy y el de hace 4 años y la diferencia es notable), por lo que lejos de improvisar, el líder del PRO fue con un discurso preparado con mucha anterioridad.  Para decirlo con todas  las letras, la “caprilización” macrista es parte de esta etapa de la campaña, con la que pretende ganar el voto más del “centro”, e inclusive al kirchnerista desencantado. Si este cambio es eficaz, si le va a permitir achicar distancias frente a Scioli, no es el objetivo de este post, pero a primera vista pareciera que estos giros a veces, pueden  trae nuevos  votante en la misma medida que aleja los viejos.

En fin, la caprilización de Macri es un hecho. Hasta hoy quienes adoptaron esa estrategia discursiva han tenido éxitos y fracasos variados. Les ha permitido acercarse al votante medio, hacerle un guiño al votante oficialista y mostrarse como una instancia superadora (y contenedora) de las “buenas” políticas de los gobiernos a los que vienen a suplantar.

Faltan dos semanas para las PASO. A la espera nos encontramos de si esa “caprilización” tardía de Macri le permite agrandar el caudal final de votos o, si a pesar de esta transformación, el ingeniero, empero mantener unos guarismos históricos para el no peronismo durante el último decenio, no logra quebrar la hegemonía kirchnerista.

La Venezuela chavista a dos años de la partida de su líder

Maduro_and_Chavez_in_the_wall

Hoy se cumplen dos años de la partida de Hugo Rafael Chávez Frías.  Muchas cosas han sucedido en Venezuela desde ese día. Me recuerdo haber escrito este post, y recordar a Chávez al año de su muerte en este otro. Este año, sin embargo, creo más pertinente contextualizar el proceso político chavista desde  este momento histórico a la luz de la desaparición física del gran líder bolivariano. ¿Qué ocurrió en Venezuela desde el 5 de marzo de 2013? ¿Qué cosas sucedieron en las tierras de Bolívar, que durante la mayor parte del tiempo aparece su nombre al lado de la palabra “crisis”? ¿Hay una crisis en Venezuela o un proceso desestabilizador continuado? En estos dos años, ¿cuánto tiempo tuvo Maduro para poder gobernar sin atajar penales en el cotidiano?

Vayamos a unos breves apuntes que tienen por objetivo escenificar donde se encuentra hoy el gobierno de Maduro. Y nada mejor para entenderlo que comenzar desde el principio, desde aquél 5 de marzo de 2013.

Una nota al pié: En uno de mis viajes a Venezuela, charlé con un simpatizante chavista sobre estos temas. Y él me decía “Mira, nosotros hace 10 años sabemos que el saboteo eléctrico es obra de los escuálidos (por la oposición), pero yo estoy cansado de esa vaina. Y mi enojo ya es con el gobierno que no puede detenerlos. Yo sé que son ellos, pero la responsabilidad es de nuestro gobierno de darnos respuesta”

El saldo de las violentas guarimbas fue aterrador: más de 40 muertos, más de la mitad de ellos, militares, policías, militantes y simpatizantes chavistas (lo que muestra el carácter golpista de las movilizaciones), más de 150 edificios públicos destruidos, pérdidas económicas por más de 100 millones de dólares.  ¿Alguien en su sano juicio puede llamar a esto pacífico? ¿Pueden quedar impunes estos hechos? ¿Es legal que el líder de un partido marginal (no llegó a dos dígitos en la última elección) pueda someter a la sociedad a esta tragedia y mantenerse impune? ¿Ocurriría esto en un país serio?

Hasta la fecha, Maduro no ha tenido un bimestre de paz. No ha podido pensar la economía, ni siquiera, a corto plazo. Ningún país de la región, ni por un cachito, pasó por estas peripecias. Ni siquiera pudo gozar de las dos victorias electorales del periodo, ambas respondida desde la violencia irracional de la oposición. Los déficits de su administración son nítidos, como así también lo son los intentos antidemocráticos de acelerar su salida. Me pregunto: ¿Es entendible que la oposición venezolana quiera derribar al gobierno cuando tiene en diciembre la oportunidad de vencerlo por las urnas y quitarle la mayoría en la Asamblea? Si todo está tan mal y el gobierno no tiene apoyo ¿Por qué no esperar democráticamente el siguiente turno electoral? Es más, a partir de abril de 2016 se abre la posibilidad constitucional de la revocatoria de mandato, ¿por qué no esperar hasta esa fecha para sacarlo? ¿Será que el chavismo sigue vital? ¿Será que no hay seguridad del éxito electoral? ¿Cuál es el apuro opositor? ¿Sólo en Venezuela las protestas derivan en represión? ¿En México, Chile, Perú como se reprime a las protestas? ¿Hay desaparecidos en Venezuela como en México? ¿Hay periodistas asesinados como en el país azteca o Colombia? ¿Hay un presidente en la región que haya sido tan vilipendiado, maltratado, ridiculizado, agredido como Maduro? Preguntas, nada más.

A dos años de la muerte de Chávez, Venezuela se mantiene, a pesar de la agresión cotidiana y los déficit propios de la gestión política, rojo-rojita. La mayoría de los analistas, académicos e intelectuales de la región advertían que ante la desaparición del líder bolivariano, poca vida le quedaría al chavismo. Como hace sesenta años en Argentina, se pronosticaba que “muerto el perro se acabó la rabia”. Los hechos hablan por sí solos.

 

 

Apuntes de la desmesura

exagerado

Hostigada en forma sistemática por una catarata informativa que da vueltas carneros y saltos ornamentales, una parte de la sociedad argentina (reitero, una parte) asiste pasiva a un cúmulo de noticias que se suceden una tras otra sin encontrar a veces una conexión mínima entre ellas.  Cual serie CSI o Criminal Minds, los medios nos mantienen las 24 horas superinformados en una causa que a medida que pasan las horas tienden a “samantizar” hasta el cansancio. Nos hablan de un cerrajero, de un experto en computadoras, de pasadizos secretos, de escuchas, de embajadas paralelas, de vecinos chicos, de varias entradas, de muchas custodias, de servicios de inteligencia, de responsabilidades gubernativas, llevando al paroxismo la “información detallada”. Con el afán de dar cuenta de las responsabilidades del gobierno se montan de diversas hipótesis (sea verídica o no) de cualquiera información (dicen que dicen) o de un cúmulo de inferencia para enjuiciar sin jurado. En el medio de todo ese zafarrancho, se oye al periodista estrella del multimedios opositor hablar de “elecciones anticipadas” y a una de las principales dirigentes opositoras sentenciar que “pensé que robaban y mentían, nunca que podían matar”. Atrás de ellos se suman unos cuantos busto-parlantes (como me enseñaron en las clases de semiología) y los inefables panelistas todo-terreno aportando al juego catalogando a la presidenta desde “adolescente de facebook”, hasta “cínica” pasando por “no hay gobierno acá”. Esta desmesura discursiva, puesta de moda en estas horas, presenta elementos para reflexionar. Vamos hacia unas viñetas

El año empezó con la tónica que lo caracterizará. No hay más lugar para sorpresas. Con mayor o menor intensidad, los cañones contra el gobierno (digámoslo de una, contra la presidenta) estarán a la orden del día. Desde allí que se hace necesario entender que todo lo que venga será parte de esta estrategia destructiva. Si el kirchnerismo toma cada una de estas piñas como jugadas aisladas, sin un motor común, estará cometiendo un severo error de interpretación y será el primer paso hacia el fracaso. Sabemos que la presidenta está en alerta porque comprende los desafíos que le plantea este último año de gobierno. El daño a su aún importante imagen positiva luego de 8 años de gobierno está en marcha. Los meses venideros serán testigos de cómo sigue este duelo, y de las definiciones de un 2015 que parece empezó hace rato.

 

522 años después

evo

“A mí me hicieron crecer políticamente los errores de Estados Unidos… En 2002 antes de la segunda vuelta apenas teníamos 27 de 130 senadores y 8 de 27 senadores. Con esa mayoría: ¿qué hubiésemos hecho? Nada, hubiera fracasado. Y la embajada de Estados Unidos juntó a los dos partidos neoliberales para ganarme. Gran error de la embajada”, recordaba Evo Morales la derrota electoral del año 2002 frente a Sánchez de Losada, cuando aún el recursos de poder del dirigente del MAS eran escasos, y de haber sido ungido presidente, pobres perspectivas se abrían para las enormes transformaciones que el líder cocalero prometía para su Bolivia. Su inexperiencia de gobierno, una composición parlamentaria adversa, una coalición de partidos y movimientos aún no aceitados, un apoyo popular que apenas alcanzaba al 20% y una economía que se deshilachaba al compás del ajuste perpetuo, hubiese hecho muy cuesta arriba a un gobierno novel con ansia de cambios económicos, políticos y sociales. El triunfo de Sánchez de Losada, vivida como un alivio para los intereses norteamericanos, se convirtió posteriormente en un boomerang. Con apenas un año de gobierno, el presidente que hablaba mejor el inglés que el castellano, debió renunciar en medio de intensas movilizaciones por izquierda y por derecha, en el interior de un clima de ingobernabilidad creciente. La sucesión recayó en Mesa, el vicepresidente que intentó hacer pié entre el Oriente y el Occidente boliviano y navegar entre las protestas sindicales y autonomistas de la “media luna” con epicentro en Santa Cruz, y que debió renunciar tras casi dos años de gobierno. El camino quedó allanado para Evo Morales quien debió disputar en diciembre de 2005 la elección presidencial con Jorge “Tuto” Quiroga un representante de los sectores tradicionales y custodio de los intereses de la aristocracia del Oriente cruceño.

La  propuesta electoral de Evo para aquella elección, se ceñía fundamentalmente a la nacionalización de los recursos naturales y a la constitución de la Asamblea Constituyente como herramienta para refundar el Estado boliviano. A pesar que desde la recuperación de la democracia en los ochenta ningún presidente había podido alcanzar la mayoría absoluta de los sufragios (en Bolivia durante los años de la democracia pactada 1980-2003 la segunda vuelta electoral la decidía el Congreso), el dirigente del MAS alcanzó el 53,7%, sin necesidad de una nueva elección. El triunfo de Evo terminó no sólo con una democracia basada en pactos partidarios enamorados del consenso de elites, que dejaban afuera a más del 50% de la población (anulados de derechos civiles y sociales), sino que clausuró una etapa de gobiernos de coalición designados indirectamente por el propio parlamento. El sistema político al que le cantaban loas desde la ciencia política tradicional y sus satélites, por la atenuación del presidencialismo y la exaltación de los pactos, quedó barrido de un plumazo por las fuerzas plebeyas e indígenas del masismo.

Luego del triunfo electoral y en el primer viaje como presidente electo no asumido, Evo Morales viajó a Cuba y Venezuela (a quienes ayer les dedicó el triunfo) con el objetivo de firmar varios acuerdos relacionados con programas sociales y convenios de colaboración, que incluían la entrada a Bolivia de médicos cubanos y personal petrolero venezolano calificado. La señal que enviaba el líder del MAS era clarita: habría nuevas alianzas internacionales que se alejarían para siempre del norte imperial. Apenas asumido Morales se rebajó el sueldo en más de un 50% y eliminó los gastos reservados de los funcionarios públicos. Los fondos ahorrados fueron destinados a una cuenta especial del Tesoro General de Nación para que fuesen invertidos en educación y salud.

Desde el inicio de su primer mandato Evo procuró dar cumplimiento a su programa electoral y la política de hidrocarburos se convirtió en el eje de su estrategia de gobierno. El 1° de mayo de 2006 (a menos de seis meses de gobierno) firmó el decreto de nacionalización de hidrocarburos, desde el yacimiento de San Alberto en Carapari tomando el control del mismo las tropas del ejército. La nueva normativa obligaba a que las empresas que explotasen los yacimientos sean empresas mixtas en las que YPFB tendría el 51% del capital y las compañías extranjeras debían pagar el 82% en carácter de gravámenes revirtiendo, de manera simbólica, el porcentaje que era extraído de Bolivia por las mismas empresas en las décadas previas. Siguiendo al excelente libro de Martín Sivak “Jefazo”, el Estado boliviano pasó de percibir por ingresos de gas y petróleo 1299 millones en 2006 lo cual contrastaba de manera evidente con el exiguo 173 millones de 2002

Sin embargo, “la madre de todas las batallas” de su primer gobierno fue la sanción de la nueva constitución, una herramienta de transformación que también utilizó Venezuela y Ecuador y se convirtió en marca registrada sudamericana. A los tres meses de iniciado su mandato promulgó la ley de convocatoria a la Asamblea Constituyente y el Referéndum Autonómico y el 2 de julio se realizó la elección obteniendo el gobierno nuevamente el 53% de los votos, logrando 137 de los 255 convencionales. A pesar de que también ganó el Referéndum Autonómico por el 57,6%, en la opositora “media luna” (Santa Cruz Tarija, Pando y Beni) triunfaron las posturas autonómicas. El análisis del resultado no se tornaba sencillo, ni homogéneo, ya que para los opositores el triunfo en sus regiones debía de ser vinculante para el departamento. Por el contrario los partidarios del MAS esgrimían que el mismo era nacional y valían, por lo tanto, para todos los departamentos del país. Esta interpretación electoral se convirtió en una constante de aquellos años: el masismo argumentaba que los resultados eran nacionales, la oposición que eran regionales.

Finalmente, la nueva Constitución se aprobó a finales de noviembre sin la presencia de la oposición la cual se puso en pie de guerra frente al gobierno realizando marchas de carácter indefinidas, proclamando autonomías de facto y agrediendo todo aquello que tuviera color u olor a masismo. En aquellos turbulentos 2007 y 2008, Evo evitaba pisar suelo oriental por temor a reacciones violentas desatadas por los grupos autonómicos que eran mayoría en sus comarcas. El antagonismo llegó a tal extremo que ambos contendientes debieron llevar adelante una ardua negociación que derivó en una convocatoria a una amplia revocatoria de mandato que abarcó a la propia presidencia y a los gobernadores. Es decir, la imposibilidad de acordar se zanjó con un llamado a legitimar a todos los ejecutivos del país. El 10 de agosto de 2008, Morales fue ratificado en su cargo al obtener el 67.43% de votos, siendo también confirmados los prefectos de Santa Cruz, Pando, Beni, Tarija de la dura “media luna” opositora, y revocados de sus mandatos los prefectos de La Paz y Cochabamba. El resultado significó, una vez más, una victoria para ambas partes, aunque el aumento en el caudal de votos de Evo en un 12% (ganó en todos los departamentos, menos en Tarija, Beni y Santa Cruz, donde obtuvo el 40,73%, el porcentaje más bajo de todos), significó un salto de calidad en la legitimidad del gobierno. Con ese aval el primer mandatario avanzó en la ratificación de la nueva constitución y el 25 de enero de 2009, en lo que significó la tasa de participación más alta de todas las consultas electorales celebradas en el país hasta ese momento (90,2%), la nueva carta magna fue aprobada por el 61,43% Los resultados electorales igualmente, volvieron a resultar un calco de las contiendas anteriores: el SI triunfó en los departamentos de Chuquisaca, La Paz, Cochabamba, Oruro y Potosí, y el NO hizo lo propio en Tarija, Santa Cruz, Beni y Pando. Con la legitimidad del voto popular, el presidente avanzaba hacían su reelección. Para el 6 de diciembre de 2009 y con el 64% de los votos, Evo Morales se convertía en el presidente, del ahora Estado Plurinacional de Bolivia, con un aumento en términos porcentuales del 11% en referencia a la elección del 2005. Una vez más la “medialuna” le daba la espalda y el activo electoral provenía de los bastiones del Occidente, que en el caso de La Paz alcanzaba el 80% de los votos.

Luego de cuatro años intensos, el presidente lograba consolidar su gobierno con una política estatista e inclusiva. A pesar de los reiterados conflictos, el gobierno pudo llevar adelante una serie de medidas que implicaron la expansión del gasto público, una política de fortalecimiento de la moneda, inversiones productivas, sobre todo en el área de la construcción, aumento de las reservas internacionales y un conjunto de políticas sociales que permitió la inclusión de millones de bolivianos y bolivianas. Esto se materializó en el aumento del salario mínimo siempre por encima de la inflación, el congelamiento de tarifas de distintos servicios públicos y la expansión de distintos subsidios de la mano de diversos bonos sociales. Estos cambios se consolidaron durante su segunda presidencia a la par que el país se insertaba regionalmente en el ALBA, pedía pista en el Mercosur, y la figura de Evo Morales se proyectaba internacionalmente en su lucha por la legalización de los cultivos tradicionales. La política cocalera, otro de los puntos álgidos con EEUU fue abordado por el presidente boliviano con una estrategia muy nítida: “Narcotráfico cero” que antagonizaba con el tradicional “coca cero”. La reducción del 96% la ayuda militar a Bolivia junto a la expulsión del embajador norteamericano (con agencia antidroga incluida) marcaron momentos de una relación diplomática que comenzó malparida desde el vamos.

Luego del triunfo electoral de 2009 las tensiones al interior de la “media luna” se disiparon al compás de un sostenido crecimiento económico, de la extensión de la obra pública sobre esas latitudes, de una política pragmática de captación de dirigentes opositores, como anota aquí Pablo Stefanoni y de la evidencia empírica de que se debía convivir con un liderazgo imbatible en las urnas, del que se podría sacar ventajas en la negociación. En ese marco, las “tensiones creativas” se trasladaron al interior de las fuerzas oficialistas, en lo que García Linera denomina la contradicción entre los aspectos generales y particulares (el alcance universal del proyecto vs. el particularismo corporativo) que tensiona el bloque social popular. Las diversas movilizaciones sociales en estos últimos años por aumentos salariales y contra la política de gobierno apuntan en esa dirección. A pesar de que pudieron ser neutralizadas y contenidas por el masismo, fueron una llamada de atención sobre los aspectos irresueltos en el interior de las fuerzas oficialistas. Los resultados de ayer evidencian estas tensiones entre el interés general y el particular que son comunes a los gobiernos movimientistas y que emergen cuando las condiciones políticas son estables. En el caso boliviano en particular, las demandas particularistas proveniente de la base de sustentación histórica de Evo que se muestran en algunos casos poco tolerante con la política económica heterodoxa de su líder, y en otros, con las reivindicaciones de clase y del proyecto original. Las “impurezas” del Evo, tan similares (y distintas) a la de los liderazgos presidenciales sudamericanos del giro a la izquierda, evidencia, como sugiere Nicolás Tereschuk, “el pragmatismo impuro de su gestión, las idas y vueltas de estos procesos y el manejo de los tiempos que tienen sus líderes”. La inexistencia de un manual de contenidos revolucionarios o reformistas invita a pensar en la escasa linealidad que estos procesos políticos adoptan a la hora de llevar adelante la gestión de gobierno.

A pesar de que Morales apuntó al 70%, para superar la marca de cinco años atrás, el resultado es impresionante. Con el 61% de los votos y una ventaja casi del 40% al segundo y 50% al tercero, dos egresados de universidades norteamericanas, Evo superó una vez más sus propias marcas. Es cierto que disminuyó el porcentaje de votos si tomamos la última elección presidencial, pero esta vez el triunfo fue más homogéneo. Si en el 2009 la fortaleza de sus bastiones de Occidente le permitió compensar las derrotas en la “media luna”, esta vez la victoria fue en ocho de los nueve departamentos. Sólo Beni escapó del “Huracán Evo”, pero tanto Tarija, Pando y la ultraopositora Santa Cruz cayeron en manos del masismo. A estas horas y a la espera de confirmación oficial, Morales alcanzaba más del 50% en estas regiones, en una elección impensable cinco años ha. El aumento de votos en la “media luna” contrasta con una disminución en las zonas propias. En el Occidente boliviano, el masismo triunfó con guarismos superiores al 60%, pero no con la contundencia de la última elección presidencial. Parte de las tensiones comentadas en los párrafos precedentes, sumada a una política de alianzas diferente a la de 2009, explican a grandes rasgos esta leve disminución de las preferencias electorales. Una oposición disgregada en cuatro candidatos, incapaz de llevar adelante un proceso de unificación y con nula voluntad de caprilizarse, asistió pasivamente al festejo del MAS.

Si logra culminar con éxito el nuevo mandato Evo Morales llegará a cumplir lo que ningún presidente en la historia de Bolivia: estar catorce años sucesivos en el gobierno. Amado por las izquierdas sudamericanas, respetado por las derechas “racionales”, el primer presidente indígena de Bolivia se encamina a profundizar su revolución democrática. Sin reelección a la vista (sin embargo ayer habló de los “próximos nueve años”) el aquél simpático y pintoresco dirigente gremial hoy se lo observa con dimensión de estadista. Muchas cosas cambiaron en Bolivia. De la transformación monumental del país, mucho tuvo que ver el liderazgo presidencial de Evo Morales. Una presencia incasable, un líder de indiscutible carisma y un gobernante que finalmente se asemeja a su pueblo, son marcas indelebles de un presidente indígena que le hace honor a sus ancestros.

Nos vemos en tres semanas

Lula

El 26 de octubre y como preveían las encuestas, habrá segunda vuelta en Brasil. La presidenta y candidata del PT Dilma Rousseff y el candidato del PDSB, Aeceo Neves serán los que definirán mano a mano quien conducirá los destinos de la principal economía de Sudamérica en el periodo 2015- 2019. Al igual que en las últimas cuatro elecciones presidenciales en el país las coaliciones encabezadas por el PT y el PDSB competirán nuevamente por el premio mayor, en lo que ya se convirtió un clásico de los balotajes brasileros.
A continuación algunas viñetas de la elección
• En términos cuantitativos la candidata presidenta obtuvo 43.266.998 de los votos válidos, el equivalente a 41,6% de los sufragios. El socialdemócrata Neves consiguió 34.896.909 de las preferencias electorales, lo que en términos de porcentaje de votos es el 33,5%. En tercer lugar y fuera de toda posibilidad, quedó la candidata estrella Marina Silva con 22.176.404 (21,3%) de los votos. Estos tres candidatos (de los once que compitieron) totalizaron más de 96% de los sufragios válidamente emitidos.
• La diferencia entre Rousseff y Neves fue de casi 9 millones, una cantidad importante de votos, que a primera vista no parecería muy sencilla de descontar. El horizonte de sufragios a conquistar se redujo a menos de 40 millones (ya que 78 millones se lo repartieron los dos primeros y se trata de un voto que con seguridad se conserva en la segunda vuelta) si se repite el presentismo de esta votación que alcanzó los 115 millones de votantes. Para decirlo de otro modo: si Dilma y Neves mantienen la fidelidad de sus votantes, los votos de Marina, de los otros candidatos presidenciales y los no válidos (anulados o blancos) que casi siempre no modifican su preferencia, suman 36.957.977.
• En términos comparativos, las últimas cuatro elecciones el oficialismo petista venció por porcentaje distintos a la oposición neoliberal brasilera. En el 2002 el PT aventajó al PSDB 46,4% a 23,2%, en el 2006 48,6% a 41,6% y en el 2010 lo hizo 46,9% a 32,6%. Es decir, el doble de votos en el 2002 (23,2%, la mayor de todas), 7% en el 2006, 14% en el 2010 y 8% ahora. En los dos casos se da que tanto Lula como Dilma vencieron en su primera elección por un porcentaje de votos mayor a la segunda. Este domingo no fue la excepción.
• Además de la elección presidencial la votación de ayer definió (o está en vías de definir) 27 gobernadores estaduales, 513 diputados y 1/3 de los 81 senadores. De las 27 gobernaciones se definieron 14 y el resto deberá esperar al igual que la presidencial, la segunda vuelta. De estas se resalta la victoria del opositor PSDB en San Pablo, la victoria del PT de visitante en Mina Gerais (el estado de Neves), la resonante victoria en Bahía (Dilma, inclusive, obtuvo un 60%) En cuanto a la totalidad de la renovación de la cámara de diputados, los días posteriores quedará más nítida los colores políticos que primarán (hay que tener en cuenta que son coaliciones de muchos partidos), pero algunos aventuran que habrá una disminución de los escaños petistas.
• Fin a los números, vamos al análisis. Sin dudas, se tratará de uno de los mayores desafíos para el elenco gobernante. A pesar de que Lula ganó en el 2006 por una ventaja menor a la que se dio este domingo, al estar tan cerca del 50% requerido, limitó las chances opositoras. Como se dijo arriba desde una cuestión numérica no es tan fácil la tarea para Neves, pero sabemos que en política no siempre 2 más 2 da cuatro. Sin embargo desde una mirada evolutiva, el PT debería mostrarse conforme con los votos finales. Si tomamos en cuenta los vaivenes de las encuestas, en donde hace un mes Dilma perdía el balotaje con Marina por 10%, y en donde el “cabeza a cabeza” parecía la opción más razonable entre las dos candidatas mujeres, la ventaja de 8% muestra que el oficialismo aún mantiene un importante poderío electoral que le permite superar el 40% (como en todas las elecciones desde que es gobierno) en un contexto difícil desde el punto de vista económico y de un fuerte cuestionamiento desde lo social. No en vano la cadena O Globo, férrea opositora al PT, haya titulado que “La corrupción y la economía deberían dominar el debate en la Segunda Vuelta”
• A pesar que las encuestas marcaron un importante y abrupto giro de la elección a partir del accidente aéreo en el que perdiera la vida Eduardo Campos y la emergencia del “huracán” Marina, ésta se diluyó en el tiempo. A primera vista daría la sensación que los vaivenes del electorado brasileño en las encuestas, respondería más a un voto estratégico que se posiciona en el clivaje PT / anti PT, que a una simple opción entre “libre” preferencias electorales. Está más que claro que cuando Marina subió, el hipotético” electorado acompañó fuertemente ese crecimiento, y que cuando se pichó, trasladó rápidamente votos al mejor posicionado.
• Al igual que en la mayoría de los países del cono sur, las maquinarias electorales aún tienen su peso. Tanto PT y sus aliados (en especial el Partido Movimiento Democrático Brasilero, PMDB), como el PSDB y los suyos hicieron primar el trabajo territorial a favor de sus candidatos. Las idas y vueltas de Marina a la hora de sostener una levantada en las encuestas de tinte un tanto pragmático y otro tanto emocional, colaboró en que la segunda vuelta vuelva a convertirse en el clásico de las últimas cuatro elecciones. Y, en síntesis, todo volvió al orden anterior a la irrupción de Silva, ya que previo al siniestro, Campos ocupaba un cómodo tercer lugar, como a la postre mantuvo el PSB.
• La “caprilización” de Marina, que desde el inicio de su vida política ostentó posiciones progresistas le aseguraba la competitividad por el voto en la totalidad del espectro político-ideológico. Inclusive su credencial de ser una ex ministra del gobierno de Lula y una militante histórica del Partido, como escribe aquí Emiliano Flores  le permitía morder pedazos de votos por izquierda y por derecha. Sin embargo, una vez que las encuestas mostraron su ascenso viró hacia un posicionamiento más ortodoxo con el objetivo de ganarse los votos de la derecha del electorado brasilero, votantes que no hacía falta seducirlos ya que la hubiesen elegido sin dudar ante el cuco que representa el PT. Sabedores que la opción Marina representaba un mayor peligro que la que el tradicional PSDB, Dilma y Lula concentraron las críticas sobre la fragilidad de la ex ministra del PT, una especie de cantada de mancha, que consolidó el voto propio y restó el de su principal rival.
• Los 5% que perdió Dilma desde 2010 es la muestra fehaciente del desgaste de cualquier gestión que va para sus 16 años de mandato. En palabras del amigo Fede Vázquez “estamos ante un ciclo de elecciones donde los proyectos gobernantes se reeligen, pero con más dificultades que antes”. Y esto no sólo se aplica a los gobiernos del giro a la izquierda en la región, sino también a quienes abrevan en otra visión ideológica, como el presidente de Colombia Juan Manuel Santos, que debió remar y mucho para derrotar a Zuluaga en segunda vuelta. Es decir, los gobiernos que van por la reelección (salvo Evo, je), logran primar con mucho esfuerzo. Este camino parece seguir Uruguay para la elección del 26 de octubre.
• Sin embargo, no deja de ser admirable como estos gobiernos logran mantener una importante caudal de votos que evidencia la conformidad de una importante porción del electorado y que, a su vez, le asegura competitividad electoral. Es innegable que las políticas de inclusión social que llevó adelante el PT, le permitió a más de 40 millones de brasileros subir en la escala social, disminuir notablemente la pobreza y el desempleo, en un país que históricamente le dio la espalda a esa urgente tarea. El corte social del voto  de ayer fue claro: los sectores más pobres votan por el PT los medios-altos a la oposición. La ampliación de derechos sociales, cuestiones tangibles para una gran parte del electorado del país, le permite al PT continuar hegemonizando el proceso electoral, con grandes posibilidades de llegar a los 16 años en el poder político
• La orientación electoral que hará Marina Silva para la segunda vuelta, aún no es pública. Eric Nepomuseno, ayer en Página 12 hablaba de que la coalición de partidos que apoyó su candidatura muestra diferencias internas a la hora de elegir un candidato. Algunos sectores se inclinan por una alianza con la derecha, mientras que otros abrazarían la candidatura de Dilma. Veremos los próximos días.
En tres semanas, Brasil, parafraseando a Emir Sader, se debatirá entre “el pasado y el futuro” Será una elección que tendrá un impacto decisivo en la región y el mundo. Dos proyectos antagónicos que corresponden a una distinta inserción regional y a un disímil modelo económico y social de país jugarán sus fichas en tres semanas. La derecha que se relame previendo escenarios catastróficos para Venezuela sólo es el comienzo de semanas con una importante intensidad política. Para los países sudamericanos se trata de “la” elección. Dilma parte con una importante distancia, pero nada está dicho. Y como siempre se terminan estas crónicas, será el soberano el encargado de dictaminar el orden que prevalecerá en las tierras de la alegría.

De regreso a octubre

octubre

A lo largo de este mes que inicia, se realizarán tres elecciones presidenciales en Sudamérica. El próximo domingo será el turno de Brasil, el 12 la atención pasará a Bolivia y el 26 se realizaran las de Uruguay, y muy probablemente la segunda vuelta brasilera. Se trata de votaciones donde se podrá a prueba la sustentabilidad del “giro a la izquierda” en la región, ya que los tres gobiernos, en mayor o menor medida, abrevan en este universo político- ideológico. A su vez, las agrupaciones políticas que gobiernan desde la década anterior estos países (El PT, el MAS y el FA) lo hacen luego de años de haber sido parte de la oposición a las administraciones neoliberales de los noventa. Los tres mandatos del PT, los dos de Evo y los dos del FA se pondrá a prueba durante este mes de octubre y sellarán  la nueva cartografía regional que desde este año consolidó a la Revolución Bolivariana luego del resonante triunfo de Maduro en las elecciones de diciembre, la victoria de la Concertación de la mano de Bachelet en febrero y la revalidación del mandato de Santos en Colombia en el mes de junio.

Sin lugar dudas, las elecciones de octubre se desarrollan en tres países que tienen distinto peso en la arena internacional, pero los resultados tendrán un impacto inmediato en la región, y por supuesto, en Argentina. Pero empecemos por partes.

La primera estación tendrá por escenario al país más grande de Sudamérica y séptima economía del mundo. La elección del domingo en Brasil, será obviamente la que concentra la mayor atención. Por primera vez desde que es gobierno, el PT tiene un desafío nacido de las entrañas de su Partido, que puede poner en riesgo su hegemonía durante los últimos doce años. A pesar de que las principales encuestas realizadas durante estas semanas hablan de un repunte electoral de la presidenta Dilma Rousseff, que habría ampliado la ventaja a 13%, no le alcanzaría para triunfar el domingo con el 50% y deberá volver a medir fuerzas con la candidata del Partido Socialista de Brasil  Marina Silva en un segundo turno electoral que promete ser muy competitivo. A pesar del liderazgo excepcional de Lula durante esta década, el PT nunca pudo ganar en primera vuelta.En 2002 obtuvo el 46,4%, en el 2006 el 48,6% y en el 2010 el 46,8%, debiendo en todos los casos triunfar en el segundo turno electoral con porcentajes que fueron disminuyendo en el tiempo (61,3% en 2002, 60,8% en 2006 y 56% en 2010). Luego de doce años en el gobierno, el desgaste de la gestión, sumado a las recientes protestas en las grandes ciudades, la demanda de un salto de calidad en la provisión de servicios, lo que acertadamente el politólogo José Natanson denominó “crisis de crecimiento”, y una candidatura competitiva en la oposición, que promete mantener las conquistas petistas, explican muy a grandes rasgos esta declive electoral, que sin embargo aún le alcanza para mantener la hegemonía electoral.

En dos domingos, Bolivia irá a las urnas para revalidar el mandato de Evo Morales. Aquí la cosa parece más sencilla. Las encuestas hablan de un triunfo rotundo del líder del MAS frente a una oposición fragmentada y sin competitividad electoral. Muy atrás quedaron los años en que las movilizaciones anti- Evo ganaban las calles de la medialuna (los departamentos más ricos de Bolivia, que conforman una medialuna en el oriente del país) de Pando, Beni, Tarija, y en especial, Santa Cruz, pidiendo la renuncia del presidente aymara. Hoy, como dato de color, Morales estaría venciendo cómodamente en todo el país, y haciéndolo en la opositora Santa Cruz por casi el 50% de los votos. Sin lugar a dudas, el liderazgo presidencial de Evo Morales logró superar la prueba del tiempo y revolucionó la economía social y política del país a partir de un proceso de nacionalización de los principales recursos naturales (históricamente en manos foráneas), un proceso de distribución social inclusivo, cuentas fiscales ordenadas para envidia de la derecha regional, una nueva Constitución aprobada por el pueblo boliviano, una ampliación de la coalición de gobierno a partir de la captación de grupos opositores y un pragmatismo político que le permite gobernar su país con altísimos índices de apoyo popular. El principal líder opositor boliviano, Samuel Doria Medina se queja de antemano de una elección despareja, todo un síntoma que evidencia la derrota fatal  que se le avecina.

Para fin de mes, el país más pequeño de la región tendrá nuevamente a los tres principales partidos (FA, Partido Nacional y Colorado) dirimiendo electoralmente por el principal cargo del país. El candidato del Frente Amplio será nuevamente Tabaré Vázquez quien luego de haber anunciado su retiro de la política a fines de 2011, se presenta como el sucesor de Pepe Mujica (hay que recordar que Uruguay no tiene reelección) en el interior de las filas frenteamplistas. A pesar de no contar con la popularidad de antaño, Vázquez puntea las encuestas electorales por diez puntos de diferencia, pero no le alcanza, al menos por ahora, para vencer en el primer turno electoral. Al igual que el PT la performance electoral del FA viene disminuyendo desde el 51,6% que obtuvo el propio Vázquez en el 2004 y del 47,9 de Mujica en el 2009. Aquí también el desgaste de la gestión, junto a un opositor competitivo como es el caso de Luis Alberto Lacalle Pou (hijo del presidente que gobern{o entre 1990-1995), se presenta como las principales explicaciones de la incertidumbre que genera la posible segunda vuelta en el país charrúa.

¿Está en riesgo el giro a la izquierda en la región? ¿Podrán los tres oficialismos retener el gobierno en un contexto de desgaste intrínseco a más de diez años de gestión? ¿Qué tiene para ofrecer la oposición que logra generar expectativas en el electorado que otrora no forjaba?

El caso boliviano se presenta más claro. Evo será revalidado en las urnas con una importante distancia frente al segundo, según marcan algunas encuestas, superior al 40%. Las presidencias de Evo han generado beneficios tangibles en amplias capas de la población anteriormente postergadas de la renta del petróleo y de la tierra. La creencia de que aún “quedan cosas por hacer” que platea el MAS se mantiene incólume y le permite al presidente avanzar en un nuevo periodo que a la postre se presenta como factible. La oposición boliviana no ha encontrado la manera de entrarle a Morales y continúa su estrategia de deslegitimación. Este dispositivo no ha mostrado grandes avances electorales en estos años, salvo para permanecer en los reductos históricos de la medialuna. El efecto “Capriles” no ha motivado al antievismo hacia posturas de un mayor reconocimiento de la obra del MAS en el gobierno.

En Brasil y Uruguay las condiciones son diferentes. Tanto el PT, como FA, han sentido el desgaste de la gestió. Las protestas del año pasado en Brasil fueron la muestra fehaciente de la disconformidad de una sector de la población con el gobierno y el apoyo de una importante corriente de la opinión pública. En el caso de Uruguay, la crítica al no aprovechamiento de las épocas de bonanza económica y a una inserción regional que no dio réditos, evidencia las dificultades de la oferta política de Tabaré. A su vez, la emergencia de líderes opositores propositivos que se presentan más como “la solución que la oposición” y que rescatan parte de la agenda del gobierno a la que quieren suplantar, complica aún más el panorama electoral. El “dilema de la caprilización” que deben enfrentar los oficialismos gobernantes permite avizorar elecciones reñidas en ambos países vecinos. Sin embargo, las posibilidades de triunfo de Dilma y Vázquez son concretas, y el esfuerzo en estas últimas semanas realizados por ambos (presencia completa de Lula en la campaña y viraje de la estrategia electoral del FA) muestran a las claras el activo con lo que aún cuentan el PT y el Frente.

Se viene un octubre pletórico en novedades políticas. De las tres elecciones de este año dos fueron para los oficialismos y uno para la oposición en Sudamérica. Se viene otras tres, de las cuales, la de Brasil será vital para la región. A la espera de lo que ordene el soberano, única fuente de poder en nuestras democracias, quedamos con la incertidumbre que nos provee la política, cuando son los pueblos quienes dictaminan su destino.

Brasil, primera estación

Esta nota fue publicada originalmente en el sitio PolíticaArgentina

En escasas dos semanas, la atención político electoral se concentrará por un mes en Sudamérica. El 5 de octubre se realizarán las elecciones presidenciales en Brasil, una semana más tarde en Bolivia y el 26 en Uruguay. Ese mismo día también se realizará el segundo turno electoral en el país más grande de la región. En el lapso de veinte días Sudamérica vivirá cuatro actos eleccionarios que definirán el mapa político de los próximos cuatro años. Sin lugar a dudas la elección en Brasil concentra la atención de la región y del mundo por el peso específico del país, por la incertidumbre que genera la paridad que anuncian las encuestas, y por las consecuencias que tendrá el resultado para el hemisferio Sur, en especial para nuestro país.

En dos domingos, casi 160 millones de brasileros acudirán a las urnas para definir la continuidad o la clausura del proceso político iniciado por Lula da Silva en enero de 2003. El Partido de los Trabajadores (PT), la agrupación política que dominó la política carioca desde hace 12 años, tendrá la difícil tarea de revalidad títulos en una elección que aparece como la más reñida desde que el PT es gobierno. Esta vez, el desafío político proviene desde las propias entrañas del partido, ya que Marina Silva, la principal candidata opositora en esta contienda, no sólo fue ministra bajo los gobiernos de Lula, sino también una veterana militante del Partido creado por el dos veces presidente de la República. Es decir, por primera vez, el PT debe competir con un espacio político que rescata elementos de su gobierno, que no se presenta como una oposición conservadora en términos ideológicos y que se encuentra cabeza a cabeza en las encuestas preelectorales. Debe aclararse, sin embargo, que las otras contiendas electorales tampoco fueron sencillas para el oficialismo (todas las ganó en segunda vuelta), pero desde el inicio de la campaña partía con una nítida ventaja. A pesar de la popularidad de Lula las elecciones de 2002 y 2006, el PT no pudo obtener más del 50% requerido para vencer en primera vuelta (46,4% y 48,6% respectivamente), en tanto en el 2010 Dilma alcanzó el 46,8%. Por lo que la novedad no es la casi segura segunda vuelta a desarrollarse el 26 de octubre, sino las chances concretas que el oficialismo pierda con una candidata oriunda de sus pagos y con un discurso que promete “mantener lo bueno y cambiar lo malo”, una estrategia que parece ser una constante para los universos opositores en los últimos tiempos en la región.

Este desafío, a su vez, emerge en un contexto distinto a las otras elecciones. Además del lógico desgaste de más de una década de gobierno, se suman las protestas iniciadas el año anterior en las grandes ciudades del país, una economía con menor crecimiento comparado con los años precedentes y las deudas pendientes de una administración que deberá encarar a futuro las reformas de “segunda generación” para dinamizarse. Luego de años de una tasa de crecimiento económico sostenido y de haber incorporado al mercado a gran parte de la población, entre los que se contabiliza un aumento del 40% de los sectores medios según datos del Banco Mundial (la expansión de las clases medias en la región fue del 50% según la misma fuente), hoy el país pasa por los “cuellos de botella” de la mayoría de las economías sudamericanas. La necesidad de un “salto de calidad” en la gestión del Estado, lo que en palabras de José Natanson se expresa como “crisis de crecimiento”, alerta sobre la existencia de un nuevo conjunto de demandas que trasciende las mejoras otrora urgentes de principios de este siglo como eran el desempleo, la pobreza, la indigencia y el acceso a bienes de consumo. El claro mejoramiento de las condiciones de vida de buena parte de la sociedad luego de más de 10 años de gobiernos posneoliberales, dieron origen a nuevas demandas que se instalaron en la agenda pública como son la inseguridad, los problemas del transporte y el deterioro de la calidad de la salud y la educación.

La tasa de aprobación de la gestión de Dilma, según Latinobarómetro, promedió el 70% en sus tres primeros años, aunque es evidente que tuvo un fuerte retroceso en este 2014, tras las fuertes movilizaciones que tuvieron su epicentro en San Pablo, y que luego se desplegaron a otras grandes ciudades, las críticas a la primera mandataria por los gastos faraónicos para la construcción de estadios para el mundial, y los casos de corrupción que se destaparon durante el último mes en torno a Petrobras. De todas maneras, la presidenta brasilera aún mantiene un nivel de adhesión que le permite puntear en esta primera vuelta. Según las últimas mediciones, Dilma alcanza el 38% de las preferencias frente al 33% que cosecha Silva. Muy atrás tercero en las mediciones figura Aécio Neves del tradicional Partido conservador PSDB, quien hasta el trágico accidente del candidato Eduardo Campos, se encontraba en un cómodo segundo lugar, y que se vio superado por el “Huracán” Marina.

En catorce días se jugará el primer partido. El segundo y decisivo tendrá lugar el 26 de octubre. Allí se sabrá si los brasileros decidieron darle continuidad a un gobierno que dignificó la calidad de vida de vastas porciones de su sociedad, o sí resolvieron patear el tablero para iniciar un nuevo camino que, a pesar que desde el discurso no aparece como una ruptura total, significaría cortar con la hegemonía del PT y del principal proceso político de la región. Sin lugar a dudas, lo que suceda en un mes en Sudamérica tendrá un impacto directo en nuestro país. Una victoria de Dilma, permitirá mantener un grado de certeza mayor en lo que hace al intercambio comercial, la política de alianzas y en especial en lo relativo a la inserción regional del país. Una derrota del PT afectará de llenó en las economías del sur y será un cascotazo al rostro de los gobiernos que priorizan la alianza estratégica con Brasil. La evidencia regional muestra que no es nada sencillo ganarle a un presidente en vías de reelegirse. Hasta hoy, desde el giro a la izquierda en Sudamérica, no hay casos de presidentes derrotados. De todas formas, es siempre el soberano quien tiene la palabra ese día. Esperemos un rato entonces.

¿Qué más quieren?

jaque-mate

Desde hace un tiempo a esta parte, los periodistas estrella de los medios opositores vienen vaticinando una victoria opositora en el 2015. El argumento es más o menos el siguiente: en la primera vuelta el kirchnerismo, con cualquiera de sus candidatos, estaría en condiciones de alcanzar la primera minoría (lógicamente no arribando al dorado 40% que le permitiría ganar) y que en la segunda vuelta, perdería sin más atenuantes contra la fuerza opositora que llegue al balotaje. La tesis del “fin de ciclo K” (algunos lo vaticinaron hace 6 años) es lo que sostiene dicha hipótesis-deseo, la cual rememora históricamente a las posibilidades del menemismo en la elección de 2003. Es decir, quien sale segundo en la elección de octubre de 2015 será el próximo presidente. El kirchnerismo, desde esta visión, entonces, ya perdió.

Junto con dicho argumento (y un tanto contradictorio con el mismo)  la derecha económica, política, partidaria y mediática se muestra aún preocupada por el devenir futuro. Desde su cerril antikirchnerismo no logran disfrutar que la pole position de cara al 2015 no le muestra enemigos a la vista. Las principales figuras que hoy puntean en las encuestas es parte de la imagen del país con el que soñaron desde el año 2003. Ninguna candidatura les permite a estos sectores desconfiar del cuatrienio que se avecina, y la incertidumbre que rodeó la vida económica de los últimos once años parece evaporarse con dosis homeopáticas. Sin embargo, y a pesar de evidencia fáctica de que el kirchnerismo en la figura de su principal referente se retira del gobierno en poco más de un año, estos sectores se muestran preocupados. No los contiene siquiera que el próximo presidente será alguien que en mayor o menor medida les va a proveer de la certeza que vienen demandando hace una década. Esa certeza que no les incomode su clásica avidez a la fuga de capitales, su natural aversión a cualquier signo de populismo y su rencor de clase que se mantiene por siglos. A pesar de que durante los años en que imperó el modelo no perdieron en lo económico (ganaron, y bastante les dice siempre CFK), la suma les da negativo. Lo que demuestra que para una buena parte de estos sectores el eslogan es “no es sólo la economía, estúpido”. Desde allí, que la estrategia de avanzar en un plan que tiene como finalidad impedir que esta experiencia se reitere a futuro parece responder a la ecuación del “nunca más la incertidumbre será el barco en el que navegaremos como clase social dominante”.  Para decirlo de un saque: el empresariado ganó (y mucho) con este gobierno; pero a pesar de ello nunca sintieron que tenían la llave maestra del poder, la certeza de los negocios y la ganancia segura. Y este hecho se torna capital (jugando con el término) para comprender la profunda animadversión que estos sectores sienten por este proceso político que no sólo quieren ver fuera del gobierno, sino que también con la bandera de la rendición incondicional flameando en el helicóptero.Una buena parte de estos grupos de poder, la experiencia kirchnerista les produce un hondo desagrado, no tanto por sus rindes económicos, sino por la incertidumbre que les genera no poseer “la manija” de las líneas estratégicas de la economía. La ecuación con este gobierno ganamos mucho, pero nos sentimos inseguros parece ser la mejor descripción para dar cuenta de una situación paradójica teniendo en cuenta que desde la teoría y el discurso el único objetivo del capital es los vaivenes de su tasa de ganancia.

Desde allí el “qué más quieren” que encabeza este post intenta sintetizar el deseo profundo de esta clase social que nunca se imaginó que el kirchnerismo llegaría a tanto.  Ya no les importa que la sucesión de CFK les certifica la tranquilidad que otrora gozaron durante décadas, y que en cualquier modalidad de las cuatro opciones hasta hoy ganadoras en sus lemas le garantiza, sino que desean que este proceso termine de tal forma que no puede revalidarse en cuatro años.Los aterroriza una Cristina-Bachelet, aun cuando este gobierno jamás se salió de los márgenes del capitalismo dependiente argentino.  Si no resulta inentendible el grado de enfrentamiento en que ingresaron durante estos últimos meses. Ya no les alcanza que el gobierno haya acordado con el Club de Paris y con Repsol, haciendo los deberes del manual de la ortodoxia. Tampoco que hay resuelto no crear una Junta Nacional de Granos, no tocar tierras improductivas, ni avanzar con la estructura de la propiedad. Esto resulta secundario ya que no hay medida alguna que hoy les alcance ya que el horizonte estratégico de estos grupos se encuentra en otro lado, y no se mide en términos de política económica. La presencia de un dirigente juvenil con formación académica keynesiana en el Ministerio de Economía les eriza la piel, los desboca, les canta mancha a su profundo sentir aristocrático. Esa fue una de las últimas medidas adoptada por la presidenta que les mojó la oreja a la pretendida certeza histórica. La designación de Axel Kicillof fue el agua que desbordó el vaso de una cartera que durante décadas los sectores del poder reales sintieron como una más de sus propiedades. Lejos de ver a un dirigente con solvencia técnica, preparado y con didáctica explicativa, ven a un improvisado marxista que hará una guerrilla económica contra sus dividendos. Un repaso de sus medidas económicas evidencia que el temor a Kicillof es una fábula parecida al “chiste del Cricket” (se acuerdan? “Metete el Cricket en el c…”). Y una pequeña nota al pié: Lo irrisorio de todo esto es que desde los sectores progresistas y de izquierda miren el final del gobierno desde el prisma de una virtual alianza con un empresariado que lo que más desea es su retirada desordenada, tumultuosa y de imposible repetición. Algunas veces los procesos políticos deben ser analizados a partir de los enemigos que amontona.

Y para culminar volviendo al comienzo: ¿es tan segura la derrota del kirchnerismo en segunda vuelta con cualquier candidato?¿Daniel Scioli perdería en un balotaje con Massa, con Macri, o con Cobos?¿La sociedad está hastiada del modelo autoritario de los Kirchner?¿la sociedad no le gustaría mantener algunos pilares del modelo?¿No expresa Scioli los rasgos de continuidad y ruptura que evidencia una buena parte de la sociedad argentina?¿No subió CFK en las últimas semanas su imagen positiva?¿No es Scioli un candidato que gana por las dos ventanillas de la grieta?¿Las posturas rupturistas, tipo como las que hoy (no ayer) expresa Massa y Macri (o Faunen) son superiores en el peso electoral que las que combinan continuidad y ruptura?

A la fecha nada parece seguro. La candidatura de Scioli daría la sensación de ser la más atractiva para el votante medio, ese que, en general, define las elecciones. Sabemos que los grupos de poder (del verdadero, no el que nos quieren hacer creer que es el político) simpatizan con Daniel. En teoría les provee dentro del dispositivo kirchnerista algo que tal vez otros no, la certeza, la seguridad que la llave tiene duplicado. Sin embargo, ¿será Scioli made in 2015, el Scioli histórico?¿Cuánto de continuidad y cuánto de ruptura ofrecerá a la clase empresarial y a la sociedad?¿Será el Néstor Kirchner del 2003, ese del que se esperaba menos del que finalmente fue?¿Tendrá algo en sus manos Daniel para sorprendernos?

Va culminando un período político que muestra en su firmamento más logros que fracasos. Comenzará otro que puede combinar rasgos de continuidad y cambio o ser sólo ruptura. La sociedad tendrá algo que decir al respecto. Las fichas aún están en juego. Hay que jugarlas.

¿Hay espacio para la caprilización oficialista?

Scioli

Desde hace bastante tiempo desde este espacio hemos insistido en el concepto de “caprilización”. Decíamos aquí, aquí  y aquí que dicha estrategia política descansa en una posición discursiva y política que rescata elementos positivos del gobierno y se erige como la superación del mismo a partir de ser “la solución, más que la oposición”. Esta táctica opositora tuvo como epicentro la Venezuela chavista a partir de la asunción de una figura convocante como Henrique Capriles que combinó en su propuesta discursiva elementos de continuidad y ruptura frente al chavismo gobernante. Es cierto que luego de la derrota electoral frente a Nicolás Maduro en abril y diciembre del año pasado, el dirigente opositor venezolano viró su estrategia para reforzar el componente de la ruptura sin rasgos de continuidad. La última derrota electoral le señaló a Capriles que su firme posicionamiento a favor de una salida anticipada (y antidemocrática) del chavismo tuvo sus costos en la apreciación de su figura y en su imagen pública. Hoy en el interior de la opositora Mesa de Unidad Democrática (MUD) le disputan seriamente la conducción de ese espacio partidario.

Decíamos entonces, que esta estrategia se evidenciaba como novedosa en el oasis sudamericano y se convertía en una modalidad de posicionamiento político que superaba a la oposición lisa y llana frente a los gobiernos de izquierda y progresistas de la región. Es decir, se comenzaba a perfilar una estrategia que combinaba elementos de quiebre y continuidad y que reemplazaba el enfrentamiento directo frente a estos gobiernos que validaban su poder y se reelegían con porcentajes históricos de votos. Puntualmente la continuidad se expresaba en términos de apoyo a una serie de políticas públicas que cuentan con amplios niveles de legitimidad en el interior de las sociedades sudamericanas. Los liderazgos presidenciales de Chávez, Correa, Evo, Lula, Dilma, Néstor y Cristina Kirchner se convertían en barreras infranqueables para estas oposiciones que denunciaban la concentración de poder, la corrupción y el autoritarismo de estos gobiernos a los que había que desalojar para defender los valores democráticos. La evidencia histórica mostró que la táctica de enfrentamiento (sin recuperar ningún elemento positivo de estas administraciones) pocos réditos le trajeron a dichas oposiciones sudamericanas, las cuales fueron sometidas a derrotas, en muchos casos aplastantes.

Como observamos en Venezuela, Capriles fue el primero en tomar nota de la dificultad de enfrentar a estos gobiernos desde la negación pura y absoluta de su obra, fabricando una estrategia de superación a partir de contener dentro del dispositivo discursivo elementos oficiales. La experiencia de Marina Silva en Brasil (a la que hoy se le abre nuevamente la posibilidad de caprilizarse) y la de Sergio Massa en nuestro país, emergían como los casos simbólicos de este nueva forma de posicionarse frente a los exitosos gobiernos regionales. algo de esto se discutió estos días en los medios opositores acá, aquí y allí 

El caso de Massa en Argentina de presentaba de manual. Su caprilización durante la campaña electoral del año anterior lo convertía en el candidato a “superar conteniendo” a la experiencia kirchnerista. Sin embargo luego de la victoria electoral, el ex intendente de Tigre pasó la frontera de la caprilización para iniciar un giro descaprilizador que hasta el día de hoy, a pesar de nuevos giros, se mantiene.  Por lo tanto, la pregunta que me formulo en este contexto es si es posible que la caprilización se convierta en un espacio vacío sin sujeto de representación. Para formularlo más adecuadamente: ¿ningún candidato/a ocupará el espacio de la caprilización? ¿Ningún candidato/a opositor tomará una agenda que combine continuidad y ruptura? ¿Es posible que ese espacio quede vacío?. Por lo tanto ¿es posible que ese lugar lo ocupe un candidato oficialista? ¿Podría desplegarse un intento de caprilización en el interior del kirchnerismo? ¿Es redituable ese lugar en términos electorales?

Pensemos juntos: de cara a las PASO y la elección presidencial emergen en el horizonte cuatro (hasta hoy) grandes propuestas político-electorales.  El oficialismo por un lado, con sus variados candidatos, los más K y los menos K; El Frente Renovador con la hegemónica candidatura de Massa; El Faunen con sus candidatos más a la derecha y más hacia el centro; y, por último, el Pro con Macri como bandera. A primera vista, nadie en el espacio opositor muestra interés hoy en caprilizar su discurso. Massa como ya dijimos, producto de las exigencias de los sectores del verdadero poder (el económico) que lo empujan a posturas cada vez más alejadas de la continuidad y más cercanas a la ruptura. Del lado de Faunen el sector Carrió- Sanz muestra desde siempre una postura principista anti K que los alejan de cualquier intento de caprilización, en tanto Cobos y Binner estarían en condiciones de ocupar ese espacio, pero hasta hoy se muestran reacios a hacerlo. Del lado de Macri obviamente no se puede esperar ninguna clase de caprilización.

Por lo tanto: ¿quedará vació el lugar de la caprilización? Démonos una vuelta por el universo oficialista: ¿es viable la existencia de un candidato kirchnerista pasible de caprilizarse?. Para decirle de un tirón, ¿puede ser Daniel Scioli el Capriles argento? Hasta hoy el gobernador de la provincia de Buenos Aires exhibe como uno de sus principales activos su pertenencia histórica al universo K, al tiempo que genera desconfianzas latentes en el interior del kirchnerismo más duro.  Su discurso, desde hace muchísimo tiempo, viene combinando dosis justas de continuidad y ruptura. Es cierto que hasta los rasgos del primero superan al segundo, pero al acercarse los tiempos electorales, los primeros en los que Scioli será cabeza de lista, es probable que sea a la inversa. No pretendemos realizar aquí un racconto histórico de sus posicionamientos políticos  y de sus aliados durante esta década, pero es nítido que se trata del candidato oficialista que más juego propio posee y el cual puede presentar credenciales de lealtad al proyecto (continuidad) y ofertas de cambio (ruptura). Se sabe que Daniel Osvaldo recoge adhesiones por igual dentro de cada lado de la “grieta” y su postura siempre distante del kirchnerismo ortodoxo lo ubica en la pole position del caprilismo nacional, algo de esto le adjudica Randazzo cuando sitúa al gobernador en el pelotón de los mediáticos junto a Massa y Macri.

Entonces, ante la ausencia de candidatos opositores que se asienten posicionalmente en este espacio, ¿es factible la caprilización de un oficialista? ¿La caprilización es sólo patrimonio del universo opositor? ¿Hablaremos de aquí a un año de un novedoso dispositivo caprilizante?. A un año de las PASO sobran las preguntas y escasean las respuestas

Santos reelecto

juan-manuel-santos-colombia-e1370955404330

El candidato- presidente Juan Manuel Santos seguirá morando por cuatro años en la Casa del Nariño. Luego de salir derrotado hace tres semanas en la primera vuelta electoral, logró dar vuelta el resultado, triunfando sobre el candidato del uribismo, Oscar Ivan Zuluaga por un porcentaje superior al 6%. La remontada del presidente reelecto, que la mayoría de las encuestas no preveía, se afincó, sobre todo, en su performance en la última semana de campaña, en la cual cerró acuerdos significativos con los grupos de poder empresarial y cultivó apoyos por parte de los sectores progresistas y de grupos que apuestan a la concreción de los acuerdos de La Habana. A continuación algunas viñetas explicativas de la elección de ayer.

Comienza una nueva etapa para el gobierno de Santos. Los acuerdos de La Habana con las Farc, la nueva instancia que se abre con el ELN, sumado a una economía que crece y poco distribuye, serán de cara al futuro los grandes desafíos del presidente reelecto.