ContactoYo tengo guardada de Bergman esta imagen: termina de saberse que el Pro pone a su líder carismático en la ciudad autónoma y raja del bunker de la Coalición al bunker del Pro a festejar. Y esta anterior: le cambia la letra al himno. ¿Se acuerdan? Canta y cambia “seguridad” por “libertad” en la primera estrofa. Es un excéntrico excitado…
Pero igual hay algo ahora de lo que habría que hacerse cargo, que gira en torno de: ¿cómo construir un político a la altura del gusto de la gente que no ama la política? De los indiferentes. Por eso, en este contexto donde brilló el descremado Cobos, el recuerdo de Alfonsín se vuelve tan intenso. ¿Pero viste la euforia de esos chicos de la Franja gritando “Alfonsín/ Alfonsín!”, como llenos de odio? ¿No es como una contracara cerril de eso que se vende cuando se dice Alfonsín? ¿Ser fanático de un demócrata no es un oxímoron? Si la democracia es gris, es decir, si la democracia sólo es capaz de generar entusiasmo y épica en el momento de su recuperación, como lo dijo Sarlo, quien expresamente simpatiza con la Coalición, entonces, frente a este clima restaurador alrededor del 83 (año con el que dijimos que el gobierno de Cristina iba a jugar en espejo) deberían notarse dos cosas: la democracia no fue gris en la Argentina, por el contrario, hubo enormes muestras de entusiasmos, y nacieron ciclos de ilusión a los que adscribió –incluso- Sarlo; y, segundo, no se entiende, al menos la metáfora no lo admite, cuál es el lugar de la política por afuera de las obligaciones burocráticas y corporativas.
Con un largo proceso de negociación y de administración –dicen- debe emparentarse la democracia. Pero quienes se entusiasman hablando de “la banda de ladrones” que gobiernan, y elevan la fuente bendita de Alfonsín, rememorando las viejas promesas curativas, alimenticias y educativas con que cargó excesivamente a la democracia, hacen un exhorto coloso para algo, una reconquista republicana, que no necesitará de temperamentos grises, sino de una excitación social de envergadura, como la de un Bergman saltando de bunker a bunker, de trinchera a trinchera. Mirado en perspectiva, los que aman a Alfonsín ahora y prenden velas por la república, tenían en el 83 su candidato: Lúder, un De la Rúa peronista, mas afecto a la continuidad jurídica, que se mantenía a tono con la esencia del orden democrático. (Herminio ya era negro carbón.) O sea: la euforia alfonsinista, la nostalgia de la edad dorada de la Franja (de la que viajaba a Nicaragua), no es el espíritu que apuntala una grisura de las cosas. Me tiene podrido el alfonsinismo en el aire por ese motivo contradictorio. Además, habría que ver cuántos estaban tan agradecidos con el *padre de la democracia* un año después que dejó el sillón. Pero este clima en el que todos se sacan el sombrero, se les llenan los ojos de lágrimas, no sé, falta que Aldo Rico lo visite. Claro, insisto, la teoría de la democracia gris, dice que sólo en su recuperación se admiten grandes entusiasmos. (Eso no nos redime de un pecado peor: hablar en el presente con la lengua de la guerra de ayer. Pero eso ya es harina de otro costal.)
Sin embargo, lo quiero a Alfonsín. Y creo que es justicia elevarlo a mito.
Pero atento a eso apuesto a que fue Menem y su simbiosis con el “poder real” lo que solidificó el poder de la democracia. Digamos: tenía que venir un tipo votado por el pueblo y-que-tenga-todo-el-poder. A la democracia le faltaba un tipo capaz de hacer lo que quiera, que, en este país, es el símbolo del poder. Quiero decir: las instituciones y la ley, la sangre prometida de las clases dominantes, como decía Fucó, ¿no?, debían hacerse fuertes respondiendo a “sus naturalezas”, la grisura admisible es lo irreversible, la inercia de las instituciones, lo que no vuelve para atrás, un país como el nuestro, con la delicadeza institucional que tuvo los finales del 2001, ahí fuimos grises, ¿se entiende? El armisticio fue el menemismo. Lo que pasa es que Alfonsín arma la escena del juicio. Cuyas mejores consecuencias todo el mundo dice y sabe que trascienden los efectos jurídicos concretos (la intrascendencia histórica que tendrán la ley de obediencia debida y de punto final confirmarán ideas parecidas). La democracia nace con el juicio final. Y sí: la vida es una lenta degradación. La democracia nace con un juicio: lo peor nos pasó antes, mamá.
(Nadie duda de que el gobierno de Néstor Kirchner fue el mejor gobierno de la democracia. ¿Nadie duda de que el gobierno de Néstor Kirchner fue el mejor gobierno de la democracia? Yo no dudo de que el gobierno de Néstor Kirchner fue el mejor gobierno de la democracia. Con un solo defecto: puede envejecer mal. El otro día Rico afirmó que el de Néstor y Cristina era el mejor gobierno de los 25 años. Mas allá de Kunkel, bla, bla, bla, ¿por qué pudo haber dicho una cosa así? El hombre del millón que le da la reelección a Duhalde, ¿no? La democracia vence al tiempo. No me da ninguna gracia la figura de Rico, pero es un éxito que piense dentro de una terna y elija a quien no hizo de los DDHH materia de retórica republicana, ¿no? Que elija al *vengador anónimo* como es Kirchner para el pensamiento de los militares implicados en violaciones a los DDHH, y los asesinos de Julio López.)
Pasemos a Menem. Yo voto porque tenga su busto en la casa rosada. Esa es mi propuesta. Menem merece un busto si decimos que Alfonsín fue el padre de la democracia. Hay que pasar al busto de Menem. Si Alfonsín fue el padre de algo que celebramos, de estos 25 años que celebramos, 10 de esos años se los debemos a alguien, ¿no? Hay que pensar a Menem. Argentina, el país de los significantes familiares, tiene que darle un lugar en la parentela a Menem. Hay que resistir, tragar saliva, y poner el busto de Menem. La Coalición Cívica debería pedirlo. Bergman debería ser un fanático de ese clamor. Y si lo fueran, tendrían mis primeras simpatías. Los radicales deberían pedirlo. Los que decoran plazas. Todos deberían pedir en nombre de la democracia que Menem tenga su busto. La democracia es el relato que no cesa. Bah, digo, se trata de alguien que fue votado dos veces para presidente, en elecciones limpias, que terminó en paz social sus mandatos, y en el 2003, después de que pasó el temblor (y el temblor fue una bomba que, sabiamente, dejó en las manos amistosas y enemigas de un radical), fue el candidato peronista que mas votos cosechó. Que lo odiamos ya lo dijimos en la prehistoria, o sea, cuando teníamos una vida sin blogs.
Es hora de saber, Menem, padre de qué cosa puede ser. Y así seguir lentamente. No podemos elegir cuándo tuvimos esperanzas buenas y cuándo no, cuándo las mayorías fueron nobles y cuándo no. Menem dejó en la superficie algo de lo que no nos vamos a desprender, y que siempre estuvo en los genes del peronismo: la esperanza de movilidad individual ascendente.
Se me viene un recuerdo: frío abril del 2003, en el frío departamentito de la calle Rondeau, en mi viejo televisor color para ver el mundial 90, un acto de campaña en Florencio Varela, Menem habla a los gritos, predica la creación de carpas que alimenten a los hambrientos, en cocinas de campañas, y diciendo que va a defender con la policía la vida de todos los argentinos… Aullidos, gritos, ruge la leonera. Si le bajás el volumen y te pasan otra cinta, Gonzalito, una en la que se promete salariazo, la imagen la resiste… Menem convoca, Menem tiene inclusión porque convoca: cierra el círculo porque incita y excita como excluidor al excluido a que siga la pelea de su exclusión, de su vida y de su muerte. Link: febrero de 2007, un día de repentino frío, una larga cola de vecinos cagados de hambre esperan alrededor de la cocina industrial del ejército donde hacen guiso para todos. Están frente a la autopsita 7. Debajo de ella, el barrio donde vivían se les acaba de quemar, y quedan cenizas. Yo tenía una remera mogólica de medio ambiente del gobierno de la ciudad, y pululaba por ahí entre colchones y carpas.
Quiero decir: si Menem tiene busto, me aseguro que Kirchner lo tendrá… Yo quiero eso. Quiero mi derecho a ser futura minoría, un *ex combatiente* de esta mayoría de hoy que repara parte de lo que Menem dejó.
El conflicto es como una inundación: cuando termine, cuando el agua baje y se retire, se van a ver los muertos.
Esos muertos serán los costos políticos de este conflicto.
Entonces, de ser así, uno podría desear que el gobierno fugue hacia adelante, que de acá, de esta situación, salte a otra de igual densidad conflictiva (ley de radiodifusión, cae de maduro, ya está instalada), y así, de un modo cuya materialidad principal sea la “velocidad” de acción, una forma en la que el conflicto, no importa cuál, cómo, para qué… Ya que de “forma” se trata.
Lo cual hace pensar que la lucha de clases, o la puja distributiva, o los partos republicanos, infieren una temporalidad relativa, discontinua. La política, sus tiempos, dependen del Estado. Ésta es, quizás, la marca kirchnerista: una superestructura que corre por izquierda a la estructura.
Ahora bien, ¿tan dramáticos son estos costos si el agua se retira? Yo creo que no. La resolución parlamentaria ofreció una de las mejores imágenes de la democracia. Claro, el conflicto con el campo pareció oponer al gobierno a una medusa. Lo agarrás del cuello y te ataca por la espalda, te das vuelta y te soplan la nuca. Duhalde, cuando te le vas encima, Cobos se pone el traje, te cortan las rutas y se movilizan acá los chinos, etc. Todo parece estar atado. Pero es un caos. El caos original del que nacerá, del que intenta nacer, la posteridad kirchnerista.
Tengo por la “epifanía democrática” una predisposición sensible, enorme. Veamos.
La discografía de Charly García puede ser una manera de comprender la distorsión o evolución del proyecto democrático. De Clix Modernos a La hija de la lágrima, así, y las vueltas mercantiles, emotivas, de Serú Girán, cuyo revisionismo lo llevó a hacer volver a la escolástica Sui, completan el karma de vivir al sur: su primera persona del singular estaba entrelazada a una del plural medio, blanco, atravesado por las pesadillas de las dos guerras, la civil y la de Malvinas. Pero especialmente en Transas, para mi la mejor canción, lejos, sobre la reflexión cultural de la vuelta democrática, queda expuesto el fin de la “temática”, y bastante anticipada, digamos, de una discografía cuya poética, en esos términos, se perdía para siempre. Cuando era pibe me metieron a fuerza de canción la idea de que Charly García tocaba el inconciente colectivo. Bueno, ahí está su zambita, titulada así, que no deja lugar a dudas. Y ahí está, en Youtube, una serie de videos de García en el programa de Badía para testimoniar el espíritu de la época.
Pero la nostalgia infantil por los valores o sueños, las expectativas reparadoras de la democracia, siempre tuvieron un piso de intensidad mínima, automática, aunque sea, sobre el que la democracia se desarrolló. Los autores culturales, los creativos de esa intensidad, son los radicales. Papelitos blancos, oración laica, la constitución y el CBC. Ese nudo gordiano que llamamos “clase media” tiene un imaginario así, aunque no acusaría su factura radical demasiado. La democracia como un proyecto de variadas restauraciones democráticas frente a excesos siempre hechos bajo el signo peronista, en cualquiera de sus versiones coyunturales.
Esta Argentina desregulada, esta Argentina sin fábrica, patio de escuela o de cuartel, que ponga bajo bandera a nuestra gente, esta democracia cuya “desregulación social” con soporte mediático acompañó a una desregulación económica, precisa de algo dentro del pensamiento político, de manera urgente: una mentalidad militar, desarrollista, no monástica, pero sí con atisbos de una reflexión, digamos, geopolítica.
Mi tesis: lo mejor de Perón, de su pensamiento, tenía raíz militar. Un país subdesarrollado, cuya “siesta histórica” la duerme sobre un subsuelo de recursos naturales fundamentales, y no por paranoia a lo Lilita (“vienen por…”), requiere cubrir la ausencia de un pensamiento de tipo militar después de 25 años.
Los que bregan por la mano dura, son la vaga base intelectual que sólo expresa la protección de la propiedad privada bajo el manto de un razonamiento minimalista, que contiene y deja entrever por momentos, al huevo de la serpiente. Pero eso tiene corto aliento. Es también un síntoma “razonable” de nuestro subdesarrollo. Lo que falta en la Argentina es un pensamiento de integración social, coercitiva, que piense la experiencia subjetiva del sujeto del mañana: el hijo del ex combatiente de la clase obrera, hoy reincorporado a “cualquier trabajo”, cuya idea del tiempo, del espacio, de la patria, está destruida. Que vuelva el servicio militar obligatorio.
Que el hijo de un Alsogaray, y un reverendo Espósito, hijo de nadie, hijo del Pueblo, convivan en un campamento en la cordillera un año, compartan el frío, bajo bandera. A ver si se dejan de romper las pelotas con los mensajitos de texto, los mails, los viernes a la noche, etc., por un rato. Le tienen un poco de miedo al mismo monstruo y aprenden un oficio. El fin de la colimba es el fin de muchas cosas que la muerte de Carrasco condensa. Es el último fin de un modelo de nación. Puede ser. También, con menos fanatismo y un poco de estupidez, podría decirse que estadísticamente la muerte de conscriptos es mas bien excepcional, y que su fin pareciera ser el corolario de una percepción tenebrosa: todo lo militar es “exceso”, entonces, mas vale prohibir y dejar correr en paralelo (por la colectora desértica del profesionalismo), y nunca cruzar, la vida civil de la militar. Estas terminales de igualación social, como la colimba, controladas por autoridades civiles que mutilen el baile y sadismo de los oficiales resentidos, restablecidas, son semillas transgénicas sobre una tierra que podíamos creer arrasada.
Me paso los días viendo racimos de jóvenes en micros naranjas marchar, darle al bombo, mensajearse con la novia, la gorrita. Los veo y lloro. Son nobles, tienen coraje, son las esquirlas intensas del viejo peronismo, le ponen el pecho a las balas. Vienen tanto “por el plan”, por su plan, como un Miguens, la diferencia es de cantidad, ¿se entiende?
Los sueño bajo bandera.
Eso.
En la alborada del kirchnerismo, recuerdo a muchos, a un Sidicaro quizás, que se preguntaba cuál sería el sector (o clase) del kirchnerismo, el que marcaría el soporte estructural por el cual tomaría forma. Su sentido histórico. Y las respuestas (si hubo) eran vagas hipótesis que hacían pie en su fe neo-keynesiana… En fin. Pero ahora que el conflicto del campo madura, se solidifica, y que no parece aún encontrar su viabilidad política, se me ocurren algunas preguntas. De ignorante nomás. ¿No habrá llegado la hora de ver a ese “nuevo sujeto”? ¿No estamos ahora frente a una nueva clase, y a la expresión descarnada de sus intereses (una especie de subclase cobijada en el ala tradicional de las Sociedades Rurales y demás representaciones), que -sobre todo- con el cierto brío nac & pop de la Federación Agraria es capaz de articular el tejido agroindustrial (y la maestra, el remisero, el curita, etc.)? ¿Una nueva burguesía agraria, coágulo junto a pooles y grandes, pero que en la figura de pequeños y medianos se encarna? Su hilo histórico reconoce a un viejo peón, un tumulto que a veces pegó sus gritos de Alcorta, pero que, ahora, con la capacidad instalada de una revolución tecnológica permanente, mira sus (¿muchas?, ¿pocas?) hectáreas. La mirada histórica de un Miguens, para el caso (un hombre que se le nota a la legua querer sentarse ya a firmar un acuerdo, el que sea) parece tener una sabiduría, una sapiencia de hombre que en sus ojos vio subir, alzarse y caer tantos mitos nacionales, y que sabe que un Martínez de Hoz no se repite… Pero De Ángelis, Buzzi, en sus distancias mutuas, ¿no abarcan demasiado y bien algo que late por abajo? Quiero decir: el kirchnerismo corona en su madurez a una clase social “involuntaria”, nacida al calor de la globalización, del estómago del mundo, del precio de la soja, etc., etc. El radicalismo, el peronismo, fueron expresiones nítidas en su momento originario para la consolidación política de una nueva clase. De ser así, ¿quién le pone el cascabel? Las mayorías silenciosas, eternas aliadas de las derechas, hoy no “hacen veranos”. Acá hay un vigor participativo, un salto, que, aunque resulte finalmente un globo tipo Blumberg (lo que hace a este post un montón de nada), deja que pensar acerca del futuro político. Acá no hay una demanda (seguridad), acá hay un balbuceo extravagante a veces, pero vital… ¿Se vendrá el partido del campo? La oposición política, a toda, este conflicto le queda grande. En la prudencia de algunos macristas, leo una lectura fina del momento. Esta crisis, de serlo con todas las letras, no tiene salida política. El kirchnerismo no está muerto. Sólo ha enfrentado a algo más real, mas vivo, que está adentro de la sociedad, no afuera como el FMI, los militares genocidas, o curas adictos a las parábolas oscuras. El peso del kirchnerismo (con todas sus mañas y emociones) tuvo su contrapeso real. Y saltó un poco por el aire. Hay que volver a pisar la tierra.