Pablo D

Siempre habrá plazas vacías

El pasado 10 de abril, alrededor del paro general organizado por Hugo Moyano y Luis Barrionuevo quedó una duda flotando en el aire: ¿había sido exitoso realmente? Esto es: ¿había expresado el sentir de un sujeto social de modo masivo?

Conviene recordar que, a diferencia de lo que usualmente se estila, aquella jornada de protesta concluyó sin una movilización que permitiera mensurar la adhesión a la misma, por fuera del bloqueo. La foto del acto que el miércoles pasado armó el mismo dúo dirigencial vino a saldar, un mes después, aquel debate. La huelga a que hacemos referencia fue contundente debido a la hábil construcción táctica de que la proveyó el moyanobarrionuevismo. Fundamentalmente, a través de la incorporación a la movida de gremios del transporte. Y, en menor medida, también gracias al piquetazo con que se sumó el trotskismo.

Dicho sencillo: no importó cuántos pararon sino dónde se paró.

Sin embargo, ahora queda claro que la convocatoria hubiera sido escasísima de no haber sido porque también se plegaron a ella los trabajadores transportistas. No se trata de alegrarse por el fracaso político de Moyano, que es de rango estruendoso, sino de impugnarlo como conductor en grandes ligas. Su extravío estratégico, el de un gremialismo que adversa con gobiernos y no con sectores patronales (a los que, por el contrario, les abre las puertas de la CGT, como sucede habitualmente con el empresario del agro Eduardo Buzzi), ha derivado en la anulación del movimiento obrero organizado como factor de relevancia a la hora de medir relaciones de fuerza. En la actualidad, media Plaza de Mayo les queda enorme.

Lógica consecuencia de quien se ha encaprichado en negar la contradicción esencial de su función: capital/trabajo.

El sindicalismo que, por su eficacia en la agregación de masas, hasta 2011 discutía espacios en la institucionalidad estatal, por imágenes como la que acompaña a este post (de las que Moyano colecciona ya por decenas desde que giró al antikirchnerismo) pasó a, apenas, fiscalizar las urnas de Francisco De Narváez en las elecciones legislativas 2013. Bien a tono con las consignas crecientemente reaccionarias que, cada vez con mayor frecuencia, pueblan el discurso del ex secretario general de la CGT. Que en los últimos dos años ha hablado de “planes descansar”, de “dádivas para juntar gente”, de la necesidad de manifestarse “sin banderas partidarias”.

Y que coronó su deslizamiento llamando a marchar contra la inseguridad al lado de… Juan Carlos Blumberg.

Pero, fundamentalmente, la derrota moyanista responde a su abandono de la agenda social más urgente, que ni de cerca pasa por ser la del impuesto a los altos ingresos mal llamado Ganancias. Así las cosas, las evidentes intenciones de condicionar a los vencedores de 2015 –a eso dirige sus recientes empellones, que no sólo al gobierno nacional–, han sucumbido antes de poder iniciarse, siquiera. A caballo de semejante escasez, ya no asusta a nadie. Esa impotencia a veces estalla de modo imprudente e irresponsable, como en los coqueteos discursivos con la violencia política que exploró su hijo menos lúcido, Pablo, quien amenazó con arrojar cadáveres sobre el escritorio del intendente de Quilmes, Francisco Barba Gutiérrez.

Sin que a un solo dirigente opositor se le ocurriera abrir la boca para hacer tronar el repudio que tamaña desproporción hubiera merecido, por supuesto.

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Nada de todo esto debería sorprender, en realidad. Desemboca Moyano aquí a partir de la muerte de Néstor Kirchner, luego de lo cual, creyéndose con derechos sucesorios respecto de la silla decisoria que quedaba vacía, inició un desbarranco demencial y, a esta altura, indetenible.

En los meses subsiguientes, exigió a Cristina Fernández la vicepresidencia de la Nación, la vicegobernación de la provincia de Buenos Aires y el 33% de todas las candidaturas legislativas nacionales, provinciales y municipales. Peor aún: lo hizo públicamente, colocándola en situación de condicionamiento. La jefa de Estado, con toda lógica, rechazó semejante demanda. Pero, con eso, el líder camionero hipotecó también su futuro al frente de la central gremial mayoritaria. Su situación de debilidad actual en la interna cegetista (si se la considera como un todo único), donde Moyano nuclea apenas un 27% de la afiliación confederada, nunca fue distinta desde 2003.

Lo que cambió, de nuevo, es por la ausencia de Kirchner, quien le garantizó dos veces, 2004 y 2008, el voto de los delegados de gremios más números que los moyanistas, pero carentes de figuras potables por el desprestigio que les acarrea el cuestionable rol que actuaron durante el neoliberalismo, al que Moyano, debe reconocerse, combatió siempre con furia.

Cristina, molesta por las presiones públicas comentadas, no quiso continuar esos servicios. El resto es historia conocida. La que todavía se está tramitando.

Ya hemos dicho demasiado sobre este tema, no vale la pena reiterarse.

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Mientras el ex secretario general de la CGT patinaba por enésima vez desde 2011, la presidenta CFK anunciaba aumentos de hasta 40% en la AUH y en el salario familiar, al tiempo que está por lograr la aprobación parlamentaria de un programa de combate contra la informalidad laboral, iniciativa que fue despreciada por uno de los más importantes alfiles del moyanismo, Gerónimo Venegas, el jefe del sindicato que representa (por decirlo de algún modo) a los sectores más negreados del país. Otro ejemplo de la decisión de los inquilinos de Azopardo de vocear exclusivamente a los segmentos convencionados de los sectores populares.

José Natanson escribió en su libro La Nueva Izquierda que en América Latina no existen partidos laboristas sencillamente porque con el viejo imaginario del obrerismo fabril, hoy muy disminuido, ya no alcanza para ganar elecciones.

En la vida hay que elegir. Y Moyano, que no registra las novedades históricas, eligió ser minoría.

La última curva de la autopista republicana: PRO

Se ha escrito mucho durante estos últimos días sobre la reciente constitución del consorcio electoral Frente Amplio UNEN.

Cuando la oferta analítica abunda, como sucede actualmente aún a despecho de los tiempos dictatoriales que –dicen– vivimos, resulta difícil encontrar ángulos desde los cuales plantear originalidad. Si este texto, por decir algo, abordara la cuestión del terreno ciudadano en el que intentará sembrar la nueva alianza, con justicia podría ser acusado por plagio, o bien de repetitivo. Nos interesa, por tanto, adentrarnos en la polémica abierta en torno de la conformación definitiva del conglomerado. Cuya resolución será, de seguro, aplazada. Probablemente hasta bien entrado el año 2015.

Incorporación de Maurizio Macrì a la propuesta republicana: sí o no. A esta hora, la pregunta del millón en dichas latitudes.

Pero, volviendo, se lo hará dejando sentado, se insiste, que aquí no se quiere divagar en cuanto a sociología del sufragio. Son bastante más simples nuestras aspiraciones.

Yendo al meollo del asunto: a nuestro criterio, en esta jugada se trata de poner las estructuras del radicalismo al servicio de una candidatura nacional potente. Para decirlo de modo más acabado: explorar la confluencia entre el desarrollo territorial y los niveles superiores de decisión, que gozan de mayor resonancia mediática pero flaquean en cuanto a electorabilidad. Ésa es la dificultad irresuelta de la UCR desde 2001: reflejar arriba lo que es fuerte abajo para concretar la competitividad que, en algún punto, amenaza. Luego de la abrumadora derrota que sufrieron ante la presidenta CFK en 2011, fueron ganando cabida unos cuantos malestares que buena cantidad de intendentes radicales del interior hicieron conocer con motivo de la exclusión que sufrieron en cuanto al diseño de la fórmula presidencial. [Cosas que ya hemos dicho: 1 y 2]

Eso deriva en holganza, planificada, a la hora de militar el binomio de candidatos. Y la consecuencia necesaria, lógica, previsible fue la brecha que se abrió entre el Frente para la Victoria y todos sus rivales. Como antes lo fueron los radicales K.

El funcionamiento del aparato requiere del aceite de la expresión en términos de representatividad. Néstor Kirchner se las dio.

Algunos de esos enojos se fueron revirtiendo a partir las elecciones legislativas nacionales de 2013. A las cuales, conviene recordar, el partido llegó presidido por alguien impulsado por el grupo de alcaldes antes referenciado, y que lo había sido él mismo, en la capital santafesina: Mario Barletta. La sustancialidad y solidez del nuevo emprendimiento, entonces, se pondrá en juego en relación a la incidencia que vayan a tener los territoriales boinas blancas en debates como el que está abierto alrededor del posible entendimiento con Macrì. Algunos gobiernos locales del partido que fue de Hipólito Yrigoyen ya de hecho comparten sus respectivas administraciones con lo poco que tiene el PRO armado en las provincias.

No fue auspicioso para el debut que se ausentara del acto el intendente de Córdoba capital, Ramoncito Mestre, quien habla mucho por boca de Oscar Aguad, quizá el más enfático y explícito a la hora de la promoción de una convocatoria al jefe del gobierno porteño. Viejas riñas con Luis Juez, de la pata progre de FAU. En estas escaramuzas se juega el destino de FAU: ¿privilegiarán territorio y votos (Mestre) en las consideraciones a elaborar, o sobrerrepresentación ideológica sin urnas (Juez)? En definitiva, si aspirarán al PEN en serio de una buena vez por todas, o se conformarán con apenas renovar las bancas de Ernesto Sanz, Gerardo Morales y compañía. La ruta que les permitirá eludir nuevos sapos conduce a que apoyen los oídos sobre los distintos localismos. Que, según se cuenta, son más proclives de lo que se conoce al hijo de Franco.

Poco se habla a lo largo de este post de Fernando Pino Solanas, Victoria Donda, Margarita Stolbizer, El Hijo de Alfonsín y demás negados al macrismo. Se explica fácil: no cortan ni pinchan. Sus huidas no compensarían lo que suma Macrì.

Es cuestión de que pase el tiempo para comprobar si valdrá, o no, lo que más pesa en el porotómetro.

El péndulo

Tarde o temprano, los estudios de opinión pública que se van dando a conocer de cara a las presidenciales 2015 tendrán que reconocer que si es cierto lo que dicen acerca de un hipotético giro conservador que se estaría verificando en el electorado, ello se debe a lógicos reflejos conservacionistas de lo que acumuló materialmente la sociedad en 10 años de kirchnerismo.

Por mucha vuelta que le vayan a querer buscar, nadie reacciona de ese modo con bolsillos y estómago vacíos.

Obviamente, no es del todo exacta la expresión del viraje a la derecha para explicar una cuestión casi sociológica sobre estados de ánimo que luego requieren de viabilización electoral. Más aún, que organizan, en gran medida, los comportamientos de los actores políticos, quienes diseñan sus movimientos y discursos en base a esas observaciones. Ya hemos dicho acá que no somos amigos de expresiones como éstas, de las que década ganada –aún cuando en ese caso coincidamos con el espíritu de la fórmula– es otro ejemplo. Pero son, a veces, necesarias a efectos de la síntesis. Aunque en el camino se pierda la riqueza de la complejidad. También es probable que alguien vea en estas líneas pretensiones justificatorias de lo que se puede entender como un abandono de los postulados básicos que inaugurara Néstor Kirchner en 2003.

En realidad, hay que asumir que estos asuntos tienen mucho de esto. Y que aquello del péndulo, metáfora a que acudió la presidenta CFK en un discurso que dio en la UIA apenas confirmada su reelección, no es simplemente una rareza argentina.

Lo que hace la diferencia, sí, es la voluntad y la destreza de la intervención política (cuando existen tales atributos) en morigerar los efectos de procesos ineludibles, propios del devenir mismo de la Historia. Para lograr conducirlos. Si Kirchner no hubiese articulado su audacia, que para los parámetros promedio nacionales desde la recuperación democrática constituyeron toda una novedad, con las prudentes dosis de racionalidad que expresaron los superávits gemelos y la obstinación por acumular reservas en el BCRA –por citar sólo dos ejemplos, hubo más–, muy probablemente todo aquello que más enorgullece a la hora del recitado de las conquistas del ciclo kirchnerista en el poder institucional no habrían sido posibles.

Libradas las cosas a los impulsos que estallaban a la salida de la convertibilidad, sin un marco de mínimo tacticismo a la hora de la estrategia programática, la estatización del sistema previsional o la AUH ingresarían a rango de incerteza.

Conviene analizar desde esta perspectiva las reconfiguraciones que ha operado, en la macro tanto como en el equipo que la acompaña, Cristina Fernández desde su reaparición en noviembre del año pasado, cuando dio aire a Jorge Capitanich, Axel Kicillof y Juan Carlos Fábrega. Aldo Ferrer explicó bien estas necesarias matizaciones en un artículo reciente en el que diferencia ortodoxia de ordenamiento. Se trata de poner la oreja en el suelo para ver por dónde vienen las cosas e intentar hacer algo con ellas para tener horizonte. Lo que habla, además, de la responsabilidad de CFK como dirigente, cuando muchos de sus competidores mejor posicionados se conforman con apenas vocear estas cuestiones, sin el mínimo procesamiento que se requiere para una acción de Estado sensata.

Sería una pena resignarse a un futuro de sólo tirar piedras luego de tanta agua corrida bajo el puente.

Desde el paro general y en adelante

El paro general de la semana pasada fue, como todos, político. Está muy bien que así sea. Sólo que esta vez esa dimensión superó en demasía a la reivindicación sectorial específica. Aquí, sin embargo, no vamos a denostarlo por tales motivos.
No per se, al menos. El análisis es político.

Conviene recordar que Hugo Moyano pasó de exigir a CFK vicepresidencia de la Nación, vicegobernación de la PBA y 33% de todas las listas legislativas nacionales, provinciales y municipales de 2011 –reclamo que CFK rechazó sin siquiera considerarlo–; discutir el derecho constitucional al reparto de ganancias empresarias entre los trabajadores y juntar 700 mil personas en la 9 de Julio hace tres años para aclamar la candidatura cristinista a la reelección, a contentarse con fiscalizar el 5% de los votos de Francisco de Narváez en 2013 y bloquear accesos y traslados a Capital para lograr contundencia en su huelga, ayudado de una ensalada sectorial cuya ductilidad política jamás logrará encuadrar en un programa común (así y todo, no le alcanzó para movilizar con éxito a Plaza de Mayo).

Si Moyano no advierte que la de ut supra es la descripción de una derrota política gigantesca, considerando desde dónde venía, tiene un problema agudo para advertir la realidad. Eso es lo preocupante para quienes creemos que los trabajadores deben tener viabilización partidaria/electoral.

Es a partir de este diagnóstico que, entonces sí, cabe enjuiciar la errática deriva moyanista.

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Si la iniciativa de blanqueo laboral lanzada por Cristina Fernández de Kirchner a principios de esta semana llega a ganar la centralidad que merece en agenda, el gobierno nacional encontrará un importante eje desde el que doblar la apuesta, por decirlo de algún modo, progresivamente.

Tal como sucede con la cuestión del transporte a partir de la creación del ministerio correspondiente y la asunción allí de Florencio Randazzo, que colocó al también titular de la cartera de Interior en la carrera presidencial, el kirchnerismo puede, a partir de acciones de gestión, refrescar sus vínculos representativos con los sectores en los que mejores perspectivas tiene de recuperar sus performances de otrora. No por Carlos Tomada en sí, claro; no hablamos de candidaturas en concreto en este caso. Se trata, ni más ni menos, que de expresar la renovación de agenda que impone el devenir mismo de la política. Incluso cuando, en muchas oportunidades, se trata de agotamientos por éxito.

Si gobernar implica establecer prioridades, el oficialismo arrincona con esto a la CGT Azopardo a una posición incómoda: planteando la imposibilidad de ese sello para abarcar a todo el universo asalariado, por un lado, al tiempo que expone su falta de voluntad por conflictuar con las estructuras empresarias, responsables del negreo y que deberían constituir su antagonismo, lo que en los últimos tiempos se ha hecho más difícil de percibir. De hecho, Gerónimo Venegas respondió al anuncio presidencial con un despreciativo “eso no forma parte de nuestra agenda”. No hacía falta tan explícita aclaración, pero él igual corrió a echar agua.

En resumidas cuentas, la opción del sindicalismo moyanista por un plexo reivindicativo de menores urgencias en cuanto hace a una estrategia de defensa de sectores desprotegidos.

Se dijo, días pasados, que en política se trata de partir un escenario y colocarse de un lado de tal fractura. Bueno, eso pasó.

El futuro del kirchnerismo desde la perspectiva de Daniel Scioli o Daniel Scioli desde la perspectiva del futuro del kirchnerismo (¿dará lo mismo?)

Muchísimas veces nos hemos referido al expediente crítico que representa la pertenencia de Daniel Scioli al kirchnerismo. Parece mentira que el tema pueda dar para tanto, pero así es.

Incluso, mereció una serie de posts específica de tanta tela que había para cortar.

Nuestra tesis no ha variado ni lo hará: el gobernador de la provincia de Buenos Aires es una pieza importantísima en el armado oficial. Prescindir de él es altamente desaconsejable. La construcción que sustenta al gobierno nacional se vería seriamente comprometida en caso de una ruptura entre la presidenta CFK y el vicepresidente de Néstor Kirchner. Esto independiente de que, pese a lo que dirían las encuestas en tiempos no electorales, tanto en 2007 como en 2011 la jefa del Estado nacional obtuvo su cargo con mayor cantidad de votos que el bonaerense adoptivo. Scioli, en ese entendimiento, no se va del Frente para la Victoria sencillamente porque no tiene con qué. Esto, suponiendo que quisiera irse, lo que no supera el grado de hipótesis si se habla en serio.

Sucede que el sciolismo, entendido como tal, es, apenas, una categoría periodística.

No se trata, en este tema, de ideologías. La política, en definitiva, no es sólo eso.
Lamentablemente (no para nosotros, que no curtimos beneficio de inventario en estos asuntos), hay que matizar, aquí, con lo que se requiere para edificar aquello que permite desplegar los impulsos de las convicciones: o sea, poder. Y está claro que el ex motonauta ha sido una pieza fundamental en ese sentido.

Dijimos, también –para no parezca sciolista esto–, que no es lo mismo un militante (independientemente de la mucha lealtad que, efectivamente, ha demostrado siempre Daniel) que ejercer la conducción.

Pero, volviendo a girar, siempre sostuvimos que si acaso hay temores por un Scioli que, puesto a jefe, desande grandes porciones, o bien todo lo actuado desde 2003 (no es nuestro caso), no es el mejor juego el de intentar el mero bloqueo de su candidatura presidencial casi porque sí. Ni mucho menos expulsarlo del Frente para la Victoria. En tal supuesto, sólo se conseguiría arrojarlo a la posibilidad de que alcance su objetivo como expresión de segmentos refutatorios del paradigma inaugurado por Néstor Kirchner. O bien de conseguir impedirle el acceso a la primera magistratura, pero al costo de, por quebrar el dispositivo en que se apoya el gobierno nacional, perder también chances propias de pesar en el litigio sucesorio.
Regalando, así, el triunfo a opciones que no mejoran la del esposo de Karina Rabolini.
O bien son francamente peores, considerada su representatividad.

La ruta de la racionalidad conduce a que si, como todo indica, Scioli está dispuesto a confluir, lo mejor es intentar condicionar, desde esa voluntad, por medio de las PASO –y, por ende, del armado del circuito sobre el que pueda funcionar–, el programa que a posteriori tendrá ejecución en su gobierno.

Hasta las presidenciales 2011, apenas con la presencia de CFK había bastado como para enterrar cualquier debate.
El juego que se inició desde entonces es muy otro. Toca competir. Para agregar volumen a la propuesta. La presidenta de la Nación, por su parte, muy hábilmente, ha sabido siempre (igual que antes Kirchner) aderezar sus decisiones con abundantes dosis de sensatez, que en política significa ni más ni menos que tomar la debida nota que merecen las correlaciones de fuerza en un período histórico determinado. Y entiende de la incapacidad que los afecta, tanto a ella como a Scioli, para construir con prescindencia del otro. Conviene tomar nota: ni la una ni el otro quieren separarse, porque en tal movimiento iría la clave de sus respectivas y –en ese caso– seguras derrotas.

Sobre el cierre de este texto, Andrés Larroque confirmó mucho de lo que aquí dicho. Creemos. Y, sobre todo, celebramos.

Yendo hacia la cama del enemigo

Resulta difícil mensurar el acatamiento a la huelga general/lock out multicolor de ayer.

Con piquetes varios de por medio y sin movilización que corone la jornada (desestimando las enseñanzas de Saúl Ubaldini en la materia), puede, o no, haber sido un éxito. Es y será una incógnita, atractiva para una disputa que no es la más jugosa para abordar. En última instancia, si Hugo Moyano pretende instrumentar su fortaleza gremial en incidencia política, sabrá evaluar si esto le sirvió para trascender como agregador de volumen humano, o bien como mera fuerza de aguante.
Capaz de bloquear una ciudad pero no de operar una correlación de fuerzas. Cosa suya.
Más hacia el final del texto se entenderá a qué queremos referirnos.

Ya sus escasas dotes para calibrar en ese territorio derivaron en que, de exigir la vicepresidencia de Cristina Fernández para uno de los suyos en 2011, terminara fiscalizando las mesas de Francisco De Narváez en las elecciones legislativas 2013. Cuidando el mísero 5% de votos del diputado nacional colombiano.

Si esa irrelevancia se llega a trasladar a cuerda sectorial, será para resolver en Camioneros.

Abundar, por otro lado, en detalles jurídicos sobre la violación a la libertad sindical en que incurrieron (derecho a no adherir al paro) es para una polémica interesante pero poco taquillera.

La ensalada de la medida de fuerza, por último, es, ahí sí, el asunto relevante para la discusión.
Pero no por el dato en sí mismo. La heterogeneidad al interior de las representaciones es un paisaje habitual del ecosistema político argentino. E incluye el menú disparatado de exigencias, que llegaba incluso al… ¡narcotráfico! No da para escandalizarse, aún con lo inentendible de que en una movida de este tipo participen sectores patronales como la Federación Agraria Argentina, entidad con la que debería conflictuar y no contuberniar Gerónimo Venegas, espada del moyanismo. Responsable de la paupérrima situación laboral de los peones rurales, tal vez los peores del universo sindicalizado.
Ídem cabe para su militancia kirchnerista de hasta hace nada.

Acá no se trata de si una huelga es política o no. Siempre lo es. Como todo en la vida.
Bueno es que algunos empiezan a reconocerlo, y dejan el acting del apoliticismo de lado. Lo que debe preocupar es el aspecto cualitativo de la propuesta. Es decir, hacia dónde dirige sus esfuerzos el conglomerado que organizó la protesta.

Y a tal fin, resulta necesario y llamativo estudiar las definiciones otorgadas por Hugo Moyano durante la conferencia de prensa con que epilogó su día de protagonismo. Habló allí de “gente”, no de “clase obrera”, muy lógico en un peronista, pero ni siquiera de “trabajadores”. Llamó al gobierno nacional a “dejar de lado la soberbia” y allanarse al “dialogo”. Rechazó las “divisiones”, en lo que hicieron especial ruido sus alabanzas a “el campo”, al que atribuyó “la situación del país”. Pidió contra la inseguridad, relativizó los episodios de intentos de homicidio –mal llamados linchamientos– de las últimas semanas y despotricó contra la capacidad recaudadora del Estado nacional (de la que han surgido muchas prerrogativas para su sindicato).
Incluso el repudio, pero sólo declarativo, a los cortes de caminos que lo auxiliaron.

Sería estúpido pensar que ese cuidado en el vocabulario es inocente, espontáneo.
Forma parte de una voluntad de conectar por fuera de lo propio. Con modos y gestos propios de segmentos que sienten repugnancia para con él (y lo que es peor: para con los suyos). Hoy se decía en Twitter, y es atendible, que aquí se quiso dar también un mensaje a fuerzas opositoras. Para el cierre de listas o más allá de ello. Desde esto último surge la preocupación por el carril que elige transitar el moyanismo. Francamente incompatible con las necesidades de sus defendidos. Ayer decíamos que se está poblando demasiado la disputa electoral, por así decirlo, a derecha (no es exacto, pero para que se entienda). Por la decisión opositora de adaptarse a un estado de cosas en tal dirección y expresarla incondicionalmente.
Puede que al paro general de ayer haya que sumarlo a esos movimientos, en idénticos términos.

Pero, en este caso, es mucho más grave. Por la suerte de los sujetos sociales que componen a los actores en cuestión.

Pescando en la misma pecera

Sergio Massa repudia el anteproyecto de Código Penal o relativiza la condena a los linchamientos y, al toque, salen a hacerle eco Maurizio Macrì, Hermes Binner, Ernesto Sanz, Julio Cobos. Calcan sus palabras. Más tarde, Macrì dice que le da tranquilidad que su hija se haya ido de viaje a EEUU durante un año, pues así ella escapa de la inseguridad argentina, que al parecer no existe en San Francisco. A las pocas horas, Massa dice que trabaja para que sus hijos puedan vivir aquí, en obvia respuesta a la anterior catarsis irresponsable del alcalde porteño (que declara como si no lo fuera).

Elisa Carrió ha iniciado, desde hace un par de semanas, una maratón de lloriqueos por varios programas de la señal TN del Grupo Clarín. Ruega que desistan de lo que, entiende, es un apoyo del multimedios conducido por Héctor Magnetto a la candidatura del ex intendente de Tigre. Este berrinche llama a la vergüenza ajena, por una dirigente política que pareciera dedicar mayores esfuerzos a la construcción mediática que a la partidaria. Y reconoce lo tantas veces denunciado por el kirchnerismo respecto de la evidente articulación entre sectores empresariales y agrupaciones políticas opositoras.

En este caso, se confirma, por boca de alguien que conoce esos vericuetos como pocos –pues los ha recorrido casi en rango de columnista–, que los favores serán para las huestes del esposo de Malena Galmarini.

El repaso enseña sobre la disputa que envuelve a los opositores por estos días: Massa ya mordió todo lo que podía de electorado kirchnerista en 2013. Quedó en desventaja en ese universo (65/35 en cuanto al voto peronista duro histórico, según explicara Manolo Barge), pero fue suficiente como para arruinar la performance global del FpV. En adelante, va por aquello que en 2011 se repartió entre demasiados, sin que por ende nadie lograra hacer ni cosquillas a CFK en su empresa reeleccionista: el sufragio no peronista, sensible a cuestiones institucionales/republicanas. Algunas vigas maestras de esa cosmovisión, dicho sea de paso, están ganando espacio en agenda. Lo explica bien Ricardo Tasquer, comenzó a partir de las sediciones policiales con más saqueos de fines de 2013.

No por una derechización social, que nadie piensa en esos términos: es simple y lógico reflejo conservacionista ante los avances materiales elaborados por el gobierno nacional en una década, máxime cuando algunos ruidos de gestión (por las correcciones a la macro) e incertidumbre institucional (dado el recambio presidencial venidero) se asoman.

El plus de la oferta renovadora es la de una arquitectura mucho más sólida, capaz de disputar poder y sostenerlo.

En PRO parecen haber tomado nota de esto, y ahora andan ocupados en pegar a Massa al kirchnerismo. “Es lo mismo, pero reciclado”, explican resumidamente. Ése será el litigio político principal en adelante. Y es en ese entendimiento que cabe esperar del Frente Renovador un abandono, al menos discursivo, de buena parte de la promesa de “conservar lo bueno”.
(Ezequiel Meler acaba de expresarlo brutalmente, haciendo además alusiones a la irresponsabilidad de Massa en cuanto al temario reforma del Código Penal/linchamientos, en sintonía con nuestro anterior post.)

Se trata, sencillamente, de una necesidad estratégica.

Dar la talla

El desequilibrio que produjo en el sistema institucional el triunfo presidencial de Cristina Fernández en 2011, por la magnitud de la distancia que la separó del segundo, generó masas populares de disconformidad carentes de expresión potable.

Ello derivó en la imposibilidad de encajar ciertas demandas en la agenda pública.

La consecuencia de ese circuito que fue retroalimentando el par insatisfacción/irrepresentatividad, a nuestro criterio, fueron los cacerolazos que se sucedieron a partir del año 2012. Y que ahora se desinflaron. No así su esencia reivindicativa, de corte enojoso.

Un vacío que llenó hábilmente Sergio Massa con la construcción del Frente Renovador.
A estos respectos, conviene atender en detalle a la últimamente cada vez más frecuente sucesión de declaraciones de los dirigentes opositores, que parecen ir persiguiéndose unos a otros en eco, evidenciando así que van a la caza de similar universo electoral. Porque, además, los sectores opositores no peronistas caminan hacia una arquitectura partidaria de mayor solidez. Al cierre de este texto, nada había hecho Elisa Carrió por dinamitar la anterior afirmación, lo que constituye toda una novedad.

El problema ha dejado de ser, entonces, la existencia o no de alternativas con potencialidad y horizonte; ahora, en cambio, se trata de cómo discurre ese relacionamiento.

Raúl Degrossi apuntó en el blog Nestornautas que la representación política no puede ni debe limitarse, cuando se trata de una variante opositora, a la mera reproducción de las voces de disconformidad para con el oficialismo de turno. Cualquiera se las vería en figurillas para intentar, si así lo quisiese, expresar el enorme y diverso racimo de vociferaciones antikirchneristas que se oyeran en las marchas callejeras de protesta 2012/2013 sin el procesamiento de las mismas que la tarea dirigencial implica. Fue Carlos Pagni quien se ocupó de diferenciar ese fenómeno del de opción política proyectiva cuando explicó que, de haber existido liderazgos capaces de ofrecer una salida creíble a quienes no se sentían contenidos por la presidenta CFK, nadie habría salido a la queja de ese modo.

Pero es una incógnita si la sola aparición de una figura en quien depositar la confianza del sufragio basta.

Martín Rodríguez escribió en La Política On Line que la inseguridad es un momento en el que se cuestionan las mediaciones. Hay que pensar a partir de esa frase la “comprensión” de las pulsiones linchadoras que manifiestan las principales referencias del arco partidario. El hilo que separa eso de la convalidación, siquiera involuntaria, es demasiado delgado.

Representar significa capacidad para articular las exigencias ciudadanas con su viabilidad práctica (económica, por caso) y su admisibilidad jurídica. El resultado de ese procedimiento sería una respuesta a los “problemas de la gente” que trascienda a la enunciación de los mismos. Si, en vez de eso, gana un espacio indebido el discurso crudo del reclamo, estaremos en problemas. Y eso no remite solamente a las dificultades gestivas de quien está a cargo de la gobernanza durante un período determinado: también a quien legitima aquello que está fuera de sitio.
Explícitamente o no.

Las voluntades tergiversadoras querrán ver en estas líneas una culpabilización a los dirigentes opositores por los linchamientos que son tema de debate por estos días.
Nada de eso.

Pero tampoco se puede reducir un fenómeno complejo y multidimensional como la inseguridad y las reacciones que se derivan de la imposibilidad de domarla apenas a una administración. Máxime cuando hay en marcha procesos de construcción y reconfiguración de identidades representativas de cara a una sucesión presidencial. Y, quizás, de ciclo histórico. La responsabilidad se reparte cuando las expectativas se reparten entre mayor cantidad de actores, aun cuando la principal siga siendo la de la cabeza del Poder Ejecutivo Nacional, que de todas maneras en este caso estuvo a la altura, no sumando más leña al fuego de la irracionalidad. De ningún modo posible imaginable.

Así, pues, en adelante habrá que preguntarse, en relación al Estado, más cuál que cuánto.

No cuenten conmigo

Fernando Carrera fue condenado en doble instancia a 30 años de prisión en una causa que le armaron en el año 2005 entre Policía Federal y tribunales penales nacionales. Acusado de robo agravado por uso de arma de fuego en concurso con triple homicidio culposo, lesiones graves y leves, abuso de arma de fuego y portación ilegítima de arma de guerra. Casi nada. Aquello fue conocido como La masacre de Pompeya, tan afines que parecen algunos a banalizar todo cuanto sea posible.

La Corte Suprema de Justicia anuló en 2012 esas sentencias, firmadas en 2007 y 2008, por irregularidades procesales (fórmula jurídica que corresponde a la maniobra tendida contra el perejil en cuestión), ordenando dictar una nueva en base a sus señalamientos. No obstante ello, en 2013 la Cámara Nacional de Casación Penal volvió a condenar a Carrera: obvio, lo contrario descorrería un velo tras el que subyacen podredumbres que los involucran (a jueces y policías) peligrosamente. Deberá esperar a que el máximo tribunal trate el fondo de la cosa, pues hasta acá intervino sólo en lo relativo a procedimiento.

En todos estos trámites, el protagonista de una trama cuya roña fue llevada al cine –para ser puesta en su indiscutible evidencia– ha perdido nueve años de su existencia.

La tarde de los hechos, herido Carrera de bala por el fusilamiento policial a que fue sometido luego del desastre que dio origen al expediente, la gente que andaba por allí, enardecida sin razón, quiso volcar la ambulancia que socorrió al, se creía –equivocadamente– entonces, asesino. Semejante criminal, gritaban, no merecía esas atenciones. A lo largo de este asunto, como se observa, sobró Estado, si por tal cosa se entiende acción de las fuerzas de seguridad y de los órganos encargados de aplicar Derecho, tal lo que se viene oyendo durante esta última semana a propósito de los brotes de mal llamada justicia por mano propia, que en realidad son matanzas en masa.

Los daños que fallos (en todos los sentidos del término) corrompidos hicieron a Carrera podrán ser, eventualmente, reparados; si, en cambio, lo hubiesen asesinado los indignados ese día de 2005, no.

Por eso están mal los linchamientos. No hace falta argumentar más nada.

Deslizamientos

Se dio, finalmente, se está dando, lo que anunciara en su momento el tucumano Ricardo Tasquer, editor del siempre recomendable blog Los Huevos y Las Ideas.
La alvearización del kirchnerismo, tesis estelar suya para 2014.
O lo que Horacio Verbitsky denominó ajuste heterodoxo.

La proliferación de inventiva en cuanto hace a definiciones sobre lo que sucede desde la devaluación de enero último indica que no se trata de una cuestión tan sencilla como pretenden quienes chicanean ahora inverosímiles –teniendo en cuenta el lugar desde el que lo hacen– corridas por izquierda. Los matices que caben a las correcciones que hay en marcha (por el tiempo y los modos en que se están tramitando), el colchón de la construcción socioeconómica previa y el sostenimiento de pilares como la AUH, la actualización jubilatoria y la negociación colectiva hacen de la tarea analítica una empresa cuesta arriba en este caso.

Un kirchnerismo abocado a los cambios con que las urnas ordenaron acompañar al mensaje de continuidad en las imperfecciones de ésta, genera una oposición menos dispuesta a conservar lo que antes prometía de lo actuado por el gobierno nacional desde 2003. Eso reposiciona al oficialismo nacional en el tablero. Adversar, en adelante, implica trabajar sobre las dificultades que encuentre la presidenta CFK en su trabajo de revisión de variables agotadas. Luciano Chiconi, desde el massismo, dice que no hay garantía para los dirigentes del Frente para la Victoria de vencer al Frente Renovador si se ofertan electoralmente como “continuidad de algo que es distinto”.

Trasladado, entonces, el debate político a la cuestión de la eficiencia, ganan, al interior del dispositivo gubernamental, espacio proyectivo aquellos mayormente dedicados a tareas conectadas a lo cotidiano. Dícese, hoy día, gestión.
Por caso, Florencio Randazzo. Pero esos son, hoy, todavía apenas globos de ensayo.

El asunto es que, como método preventivo a la hipótesis de éxito del kirchnerismo a través de su reconfiguración programática, el corrimiento opositor de sus ya de por sí muy tímidas referencias al conservacionismo de “lo bueno” se acelera. Lo contrario a lo que le decía a este comentarista un recientísimo garrochista durante un intercambio en las redes sociales: a la alvearización gubernamental, entiende, habría que responderle diferenciando nestorismo de cristinismo. Toda vez que estudia lo que llama giro a la derecha de modo descontextualizado y sin matizar en el plano de las opciones disponibles. En función de que, así, se genere un polo cultural que exprese la voluntad de retorno a etapas expansionistas.

Ese programa peca por duplicado.
Primero, en cuanto a la incertidumbre respecto de, justamente, el combustible con que alimentar el expansionismo, dato que a nadie se le escapa; pero, además, por la contradicción esencial que ello conlleva en relación a las apoyaturas sociales opositoras realmente existentes.

Esto se verifica cuando se presta atención a la concurrencia de distintos fragmentos del arco partidario antikirchnerista a cazar todos en un mismo bosque electoral. Ya sea en los casos del anteproyecto de Código Penal y/o de los recientes y sospechosos linchamientos, donde se pelean entre sí a ver quién rompe primero el termómetro de la reacción; o bien con la gira de Sergio Massa por EEUU la semana pasada, en la que se soltó a abjurar de líneas centrales del ciclo inaugurado en 2003, por mucho que puertas adentro sus voceros quieran embellecer sus decires. Y sistemáticamente se reitera que, en seguida de la marcación (crecientemente retrógrada) de agenda del massismo, aparecen, en fila india, radicales, socialistas y macrismo a hacer coro en idéntico espíritu.

Muy lejos, pues, de la pretensión de ciertos cerebros renovadores ex FpV hasta 2011, de que el FR bucease en la misma pecera que el kirchnerismo.

En política, el voluntarismo tiene el límite de los intereses que se litigan.

Las implicancias del regreso de Michelle Bachelet

Pese a la ostensible distancia ideológica que separa a Sebastián Piñera de Cristina Fernández, el ex presidente chileno fue buen amigo del gobierno nacional durante su gestión.

Esa sintonía se materializó en cuestiones concretas y de relevancia superlativa como el Corredor Bioceánico Aconcagua, que para Argentina equivale a facilitar su conexión con el océano pacífico. Lo cual, sumado a las posibilidades de vincular a tal iniciativa la reconfiguración de negocios que ha encarado la gestión pública de YPF y las reformas que, si bien muy limitadamente, se propone Florencio Randazzo en materia de transporte, habilita a imaginar una diversificación del perfil productivo argentino y a pensar más ampliamente el proyecto de país.

Lo actuado durante sus presidencias por Lula en Brasil, Néstor Kirchner aquí y el comandante Hugo Chávez en Venezuela, evidentemente, forzó el surgimiento de una nueva derecha en el continente, democrática: Piñera en Chile y Juan Manuel Santos en Colombia son ejemplos en este sentido.

Así, los intereses de la relación bilateral entre Argentina y Chile se sostuvieron (más aún: se profundizaron) a pesar de los cambios de gobierno acontecidos al otro lado de la cordillera. Y es indiscutible y deseable suponer que eso no variará.
Las novedades con el retorno de Michelle Bachelet al Ejecutivo chileno, entonces, pasarán más por los equilibrios geoestratégicos sudamericanos que otra cosa. Conviene aprovechar esta oportunidad para relanzar el Mercosur, pues viene golpeado con la finalización del mandato (con posterior enfermedad) de Lula, los fallecimientos de Kirchner y Chávez, las dificultades internas que debieron afrontar Cristina Fernández, Dilma Rousseff y Nicolás Maduro, los conflictos institucionales en Paraguay y algunos tibios (y estructuralmente lógicos) deslizamientos aislacionistas de Uruguay.

Se trata de evitar la frustración del no al ALCA camuflada a través de la Alianza Pacífico, que se debilita tras irse mal Piñera de Chile y frente a la incertidumbre del calendario electoral en Colombia, quedando Perú casi en soledad en el subcontinente.
Las derivaciones golpistas en Venezuela, de este modo, pierden algo más del ya muy poco eco regional con que cuentan.

Alejandro Horowicz dijo alguna vez que la posibilidad para los países de intervenir con el peso de la autonomía en el mundo caracterizado por los bloques comerciales supranacionales requiere de elevar el rango de la integración regional.
Algunas de las cuestiones enumeradas en el segundo párrafo, y varias advertencias académicas en relación a que la respuesta a los ataques monetarios especulativos que han sufrido varios de los países de Unasur en los últimos meses mejoraría si es coordinada de manera colectiva con instituciones de permanencia temporal, sustentan su hipótesis.
La dinámica internacional acaba de abrirle al kirchnerismo un territorio de fuga hacia adelante más que interesante.

Su programa a futuro es capitalizarlo políticamente.

Anteproyecto penal y proyecto presidencial

Con pocos días de diferencia entre sí, un par de sucesos que ocuparon espacio en la agenda política –independientemente de su trascendencia real y del interés ciudadano en ellos–, con la oposición partidaria como protagonista, concurrieron a confirmar que, por el momento, no habrá para el kirchnerismo mayores dificultades que las de sus propias torpezas. Al menos, hasta tanto el Frente Renovador traduzca en concreto sus aspiraciones de despliegue nacional, por ahora aún en rango de hipótesis, como lo reconocen hasta algunos de sus propios operadores.
Y precisamente a partir de una de las cuestiones a comentar en las siguientes líneas se puede, apenas se sacude un poco el polvo que pretende camuflarla, adivinar que el massismo ya sacude movimientos en tal sentido.

El Senado de la Nación votó el reemplazo en la presidencia provisional del cuerpo: Gerardo Zamora ocupará, en lo sucesivo, ese sitio, en reemplazo de Beatriz Rojkés de Alperovich.
Habría, hay varias cosas para decir con relación al impacto de ese enroque al interior del Frente para la Victoria. Por lo pronto, lo más rápidamente tangible –y, por ende, de seguro menos sustancioso– del asunto ha permitido confirmar que la presidenta CFK conserva capacidad de alinear a sus bloques legislativos con una facilidad que resultaría llamativa si éste fuera, como se oye decir, un caso de mero capricho presidencial.
Evidentemente, la fortaleza política e institucional del gobierno nacional es superior a la diagnosticada por distintos focos de opinión opositora.

Pero lo destacable, a estos efectos, no pasa por allí sino por la conducta que escogió la Unión Cívica Radical para actuar frente a los hechos, en términos de estrategia política.
Por obstinarse en arreglar a través de las instituciones de la república sus trapitos sucios con el ex gobernador de Santiago del Estero y ex radical Zamora, y rompiendo una tradición legislativa más que centenaria (el Poder Ejecutivo Nacional designa las conducciones del Congreso nacional, por integrar éstas la línea de sucesión presidencial), terminaron, de rebote y como bonus track de la maniobra, evidenciando la insignificancia del radicalismo en la Cámara Alta.
Cuentan allí con, apenas, 12 hombres sobre un total de 72. Un temible 16,66% del cuerpo. Toda una señal como para pretender agitar aspiraciones de poder de cara a la sucesión del año 2015.

A partir del día siguiente al encumbramiento de Zamora, luego del discurso de Cristina Fernández con ocasión de inaugurarse las sesiones legislativas ordinarias (acompañado de una imponente movilización que desmiente los pronósticos de militancia abandónica enunciados por algún opinador hasta hace poco ultra kirchnerista en sus cada vez menos frecuentes intervalos de lucidez), se inició una comedia de enredos, contradicciones, mentiras y recules en torno del anteproyecto de reforma del Código Penal de la Nación próximo a tomar estado parlamentario, que mejor tomarse a chiste para no llorar por la precariedad que en todo sentido demuestran los protagonistas de la polémica y sus intervenciones al respecto.
En un tema que merecería, cuando menos, un acting de seriedad.

Algo de lo que escribimos apenas iniciadas las sediciones policiales de fines del año pasado sigue vigente: “el dilema a resolver en adelante es cómo se construye una gobernabilidad de la irracionalidad. De este estado de cosas que se parece bastante a un todo vale. En el que, aparentemente, ya fundamentar, estar a Derecho son temas que han perdido rango de respetabilidad. Fundamentalmente, se trata de evitar que la cosa no quede en manos de solucionadores de la precariedad de De La Sota (reemplácese por Massa). Que pueden hacer mucho daño, independientemente de su buena o mala voluntad, debate en el que es poco interesante ingresar.”

Entrevistado que fue apenas finalizó la sesión, Sergio Massa se despachó con una de sus habituales cataratas de naderías para ponerse habilmente en el lugar de opositor único al kirchnerismo, al que le adosó todo el resto del arco opositor con la acusación (falsísima, por supuesto; pero en su caso es lo que menos le interesa) de promover una norma delincuente friendly.
Más allá de la veracidad que no tiene el discurso del marido de Malena Galmarini, cumplió con reposicionarlo en el centro de la escena, en contradicción con el kirchnerismo, al tiempo que desbarata, para chuparles votos, al resto de los fragmentos opositores, a los que, en cambio, pretendió elevar Cristina Fernández durante sus palabras, en las que en cambio evitó a los últimos vencedores de la provincia de Buenos Aires.

No se trata tanto del espacio escenográfico que, a la fuerza, buscó y encontró Massa, sino del sismo que produjo al interior de los demás (por decirles de algún modo) partidos –partícipes por invitación presidencial a la confección del anteproyecto ahora vilipendiado–, que desde el momento en que el ex intendente de Tigre los marcó comenzaron a confirmar lo inverosímil del sólido aplomo que actúan en los sets de televisión. Prácticamente todos optaron por desautorizar a sus colegas intervinientes en el proceso de redacción, de modo caótico y sin una traza de rumbo clara: cada comarca se ha vuelto ahora un berenjenal en la que lo que abunda es la ausencia de conducción, que no pasa tanto por una persona sino por una coherencia interna.
Así sucede cuando el único vector que impulsa es el oposicionismo por sí mismo: se pierde la noción de iniciativa propia.

Massa, en cambio, sí conoce bien sus aspiraciones, que lejos están de lo que específicamente atañe al sistema penal argentino, materia que desconoce y que cumple apenas el rol de instrumentar, a partir de una situación capaz de convocar, el testeo de sus potencialidades a lo ancho y a lo largo de todo el territorio.
El resto, todo, es para consumo de Intratables.

Así, el FR posterga la tarea de efectivizar su tan anunciada y todavía no nata voluntad propositiva, y soluciona el déficit que frustró a los vencedores de 2009 en las presidenciales en que CFK revalidó su cargo: aquella vez, todos apostaron al ballotage que se preveía ineludible y se dividieron para disputar cada uno por su cuenta el mínimo que permitiera aplazar el aglutinamiento antikirchnerista hasta que llegase el momento de la polarización formal con el FpV.
Massa pretende anticipar todo el trámite con una maniobra que golpea en las líneas de flotación de sus rivales no oficialistas (que tomaron nota y salieron a responder el ataque), ofreciéndose adverso de veras –a diferencia de quienes colaboran con el gobierno nacional en aplacar sufrimientos de victimarios en vez del de las víctimas, en su libreto– con una postura firme e indiscutida a sus adentros.

Mientras tanto, el kirchnerismo da la pelea de la gobernabilidad cotidiana, si bien no exento de dificultades y tropiezos, con relativo éxito, habiendo triturado hipótesis tremendistas (lo cual fue reconocido por un finísimo cerebro opositor como Carlos Pagni), y poniendo su parte en la construcción de un peronismo que de a poco va solucionando sus debilidades internas y comprendiendo que el camino sucesorio debe encontrarlo unido aún en la diversidad.
Hacia donde está parado hoy día el oficialismo nacional, Massa mismo, con su elección táctica de los últimos días, reconoce mejor no intentar crecer.

Con todo, sería una pena que se pierda la oportunidad de discutir el anteproyecto de Código Penal, habida cuenta que hoy no se cuenta con uno, en medio de una mera, si bien legítima, rosca.
Pero también deja en claro quién es el único verdadero agente transformador en Argentina.

En cualquier caso, pelea, por ahora, sólo contra su sombra.

Sobre los cambios en Fútbol Para Todos

La única de las impugnaciones a los cambios que se vienen en Fútbol Para Todos que se puede atender es que Marcelo Tinelli, a la vez que vicepresidente de San Lorenzo de Almagro, vaya a participar de la producción técnica de las televisaciones.
A primera vista, no queda bien, porque estaría, como vulgarmente se dice, a ambos lados del mostrador.
Luego, que una empresa privada participe de la realización, si ello no va a significar que dejen de verse los diez partidos de la fecha por TV abierta, interesa poco y nada. Y más de lo segundo que de lo primero.
La esencia (que los partidos de fútbol estén al alcance de cualquier pantalla hogareña) importa por sobre lo instrumental (que la transmisión sea producida por fulano o mengano).
Es la diferencia entre estrategia (dónde se quiere ir) y táctica (qué camino se toma para llegar).

Ahora bien: de todos modos, ya el FPT tiene antecedentes de peso, y unos cuantos, a favor de su pureza y cristalinidad, por pegajosos que suenen estos vocablos.
Veamos: el programa está a cargo, en el organigrama de gobierno, directamente de la Jefatura de Gabinete de Ministros. Que hoy ocupa Jorge Capitanich. Pero que cuando comenzó el asunto era conducida por Aníbal Fernández, quien, como se sabe –y al que no lo sepa, le comentamos–, era, al tiempo que ministro coordinador, presidente de Quilmes Athletic Club cuando se firmó el contrato entre Estado y AFA. No obstante ello, Quilmes descendió de categoría a mediados de 2011. Con Aníbal Fernández a cargo de FPT y todo.

Además, en la era de la televisación estatal han descendido por primera vez en la era profesional dos de los clubes más grandes del país: River e Independiente (equipo del que es simpatizante el presidente de AFA, Julio Humberto Grondona). Y si queremos estirar el razonamiento, también en 2011 se fue al Nacional ‘B’ Gimnasia y Esgrima de La Plata, team del que es hincha la presidenta de la Nación, CFK; cuya madre, encima, es una referencia de peso en la institución de la capital bonaerense.

Es decir, no hay pruebas relevantes de favoritismos a favor de nadie (tampoco le ha ido bien, en casi cinco años de FPT, a Racing Club, del que es fanático el hijo de la Presidenta, Máximo Kirchner, tal como lo era su padre, Néstor Kirchner). Más aún, Boca Juniors, presidido por el delfín de uno de los más relevantes opositores al gobierno nacional, el intendente porteño Maurizio Macrì, marcha tranquilo escapando de las penurias ya mencionadas que sufren –o sufrieron– otros grandes.
Incluso les ha ido bien, si se quiere ser gracioso, a equipos de los que son hinchas rivales políticos: Banfield (Eduardo Duhalde) y Argentinos Juniors (Alberto Fernández) fueron campeones, y Tigre (Sergio Massa) llegó a jugar copas internacionales.

Por lo tanto, corresponde esperar en ese sentido, y poner a prueba ciertos conceptos que a veces pueden no ser más que meros prejuicios que carecen de una mínima constatación en la realidad.

Luego, si esta alternativa permite mejorar el producto sin que se distorsione su objetivo, no hay por qué negarse obcecadamente a ello sólo en nombre de una pretendida coherencia que, aún de ser cierta, no da de comer a nadie.

A los hechos, pues; no a las palabras.

La derrota más dura en una década de gobierno (no da, esta vez, para originalidades literarias)

El gobierno nacional sufrió, con la devaluación que finalmente se vio obligado a dejar correr a mediados de enero, una derrota mucho más dura que la electoral del año pasado.

Los ajustes son un paisaje habitual de la economía en la historia de la humanidad. La política puede (o no. O debe. O no) intervenir sobre ellos: postergándolos, dosificándolos, selectivizando pagadores (del ajuste, cuenta que “los mercados” suelen depositar exclusivamente en los sectores no propietarios). El kirchnerismo, expuesto a vaivenes que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, denominó como guerra cambiaria, intentó siempre morigerar los efectos “naturales de mercado” en cuanto a las tensiones cambiarias: de las revaluaciones, cuando las hubo; de las devaluaciones, que ahora están sobreviniendo no sólo en Argentina, más allá de especificidades locales… hasta que no dio más el cuero.

Las restricciones por cantidad, mal llamadas cepo, tenían por objetivo evitar que, llegando como ahora, por precio, cargasen exclusivamente los deciles más necesitados de la sociedad con el costo del tiempo que requerían (y requieren) la corrección de las inconsistencias que el programa económico ya exhibía cuando la presidenta CFK fue reelecta en octubre de 2011. Y que desde aquí jamás fueron negadas. Variables agotadas, por y con éxito, pero cuyo virtuosismo, en términos de resultados, sencillamente, estaba, está, exhausto. Por caso, tema trillado, los subsidios. Cristina Fernández se hizo del capital político necesario para ir a por las cosas cuando revalidó su cargo. Lo anunció con aquel discurso en la UIA en que prometió sintonía fina.

Pero la tarea ni siquiera llegó a iniciarse, no en exclusiva por culpas gubernamentales. Los demás jugadores del tablero alguna vez deberán asumir culpas, cierto que menores.

El combate de legitimidad que afronta el gobierno nacional, contra lo que podía suponerse, creció desde entonces. En dirección a que no hubiese las modificaciones comentadas, y por ende liquidar un programa que ni con concesiones traga el establishment, pues cuesta encontrar a alguien que haya perdido algo desde 2003, bien que puede haber quienes no obtuvieron todo lo dignamente deseable. Y eso sumado a la urgencia, ausente en los dos mandatos previos, de decisiones trascendentales, alimentó un círculo vicioso en el que el oficialismo dejó correr demasiado el reloj para actuar. Quizás para evitar costos que, finalmente, se terminan pagando igual, pero peor, porque se perdió control de muchas variables. Y más preocupante: de sus ritmos.

Pareciera ahora que se ha cedido a las presiones devaluatorias a cambio de tiempo, espacio y, fundamentalmente, aire para trabajar con mayor profundidad sobre baches que ya se han hecho grietas. La disyuntiva mutó conforme el quietismo, con el paso de los meses, erosionó los márgenes. Y lo que antes se pudo ir deteniendo a partir del espesor de las reservas que el kirchnerismo amarrocó –contra la opinión de quienes jamás aportaron un centavo al Banco Central, ni mucho menos al desendeudamiento nacional–, conforme ellas fueron evaporándose, la hicieron la alternativa menos nociva frente a la cercana emergencia en las arcas del Central.

Todo será inútil si no se abandona cierta propensión al piloto automático que se verifica, al revés de lo previsto, desde iniciado el segundo período de la Presidenta.

Néstor Kirchner estuvo acostumbrado a lidiar con desafíos desestabilizadores como los que actualmente afronta CFK, pero posado sobre la tranquilidad de una macroeconomía robusta. Así hizo morder polvo a unos cuantos durante la rebelión de las patronales agrarias, tirando para abajo el precio del dólar de modo agresivo, con lo que castigó la instrumentación desestabilizadora que se pretendió con la corrida de entonces. Por eso llama la atención que algunos compañeros de ruta (o que lo eran hasta no hace tanto) expresen una nostalgia ¿nestorista? casi negadora de las influencias del establishment, cuando nunca la disputa por detrás de los tecnicismos dejó de ser la del control de la gobernabilidad económica.

Es cierto que, según una excelsa definición que se pudo leer por estos días, una macroeconomía eficazmente regulada es lo que va a repeler esos movimientos. Y que, en tal sentido, el terreno perdió la firmeza de hace pocos años. Lo que asombra es que, de pronto, parezca que no existen ya fuerzas que operan tras bambalinas en función de la reversión de los cursos que define la institucionalidad democráticamente designada. Cual si reconocer los errores (inflación, retraso cambiario) debiera necesariamente derivar en el desconocimiento de factores que, es evidente a todas luces, pulsearon con el kirchnerismo hasta torcerle el brazo. Eso pasó.

El gobierno nacional deberá responder por esa derrota, porque es su compromiso representativo el combate por el dominio de las capacidades estatales. Y está claro que no dio todo lo que podía en dicho trámite. Hubo enamoramiento de herramientas útiles antaño, tal vez el peor de los pecados a la hora de la gestión, perdiendo su lugar de prioridad los sujetos sociales, que son la sabia de cualquier proyecto político que se precie de tal. En espejo, casi, con el albertofernandismo, que quiere hacer creer que el kirchnerismo significaba superávits gemelos, tipo de cambio competitivo y acumulación de reservas, y no pelea contra la pobreza, el desempleo, la indigencia y la desigualdad.

No obstante todo, se insiste, sigue habiendo tareas pendientes. Y sobrando tela para lidiar con ellas.

Pero no será sencillo si el consenso social respecto de la cuestión que discurre paralelamente a todos estos asuntos no se nutre de una razón clara: se trata, en última instancia, siempre de poder y política, no de técnica abstracta.

Mientras se escribía este post, el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, anunció que se levantaba el paro que chóferes de micros de media y larga distancia anunciaban para la madrugada del 1º de febrero. Es una gran noticia que, en medio de la ebullición que provocaron las últimas medidas económicas, el gobierno nacional haya logrado intervenir políticamente para que se desactive una huelga como la que anunciaba la UTA. Cuando hay una devalueta de dimensiones, y vaya que aquí se asiste a una de ellas, los actores sociales empiezan a desordenarse y reclamar, a veces sin ni mínima dosis de racionalidad. A uno y otro lados del mostrador.

Que se conserve capacidad de disciplinamiento (sentar a tipos en una mesa y hacerlos arreglar) es alentador para las vueltas de tuerca que, ineludible y necesariamente, se vienen.

Lo que Jorge Lanata llama “la grieta”

En los últimos tiempos, ha tenido alto rating el intercambio –para debate le falta muchísimo– acerca de lo que algunos han decidido llamar “la grieta”. Una supuesta división irreconciliable que tendría atravesada al medio a la sociedad argentina en torno del posicionamiento de cada ciudadano respecto del kirchnerismo. Que, incluso, llegaría hasta las familias y las amistades. Al interior de las cuales, parecería, resulta ya imposible festejar un cumpleaños o una navidad en paz, debido a que las tensiones habrían separado hasta a parientes y compadres de añares. Todo ello pergeñado, por supuesto, por las pulsiones malvadas del gobierno K, con oscuros fines.

Uno está tentado de, para responder en tono chicanero o burlón, solicitarles, a quienes sostienen la tesis reseñada ut supra, las fuentes en que sustentan sus afirmaciones. ¿Cómo llega alguien a juntar datos que lo habiliten a sentenciar –con grado de seriedad considerable– que existen familias que han dejado de frecuentarse por las discusiones que tuvieron acerca de la marcha del gobierno nacional (como hecho social relevante, entiéndase; es decir, de altas proporciones)? Es, eso, algo así como un conocimiento inasequible, en buena medida. Y, sin embargo, se paran ante la cámara y lo sueltan sin que se les caiga la cara de vergüenza.

En la vereda de enfrente a esta postura (o no, o vaya uno a saber), hay otros que dicen que en realidad nada de eso es veraz, que es todo una tramoya en la que están de acuerdo el oficialismo y otros que actúan de opositores para blindar sus parcelas y seguir durando en escena a costa de las rentas que otorgan los espacios institucionales que actualmente ocupan. Relegando, así, la agenda real (así la califican, sabe Dios cómo son capaces de establecerla con tal nivel de uniformidad como para que haya sólo una de ellas) de la ciudadanía. Que, ajena a esas controversias sólo aparentes, sufre de un deficit de representatividad. Es lo que se conoce como “negocio (o bien, “curro”) del país dividido”.

Para nosotros, no es ni una, ni otra. Creemos que lo que se observa, en verdad, es que, en efecto, sí existe un cisma profundo a nivel de las elites nacionales.

Cuando hablamos de elites, ojo, no intentamos referir sólo potencia económica, bien que es ésa una porción importante del asunto. Más precisamente, se trata de sectores con capacidad de intervenir en los procesos de decisión del rumbo nacional (Estado, sindicatos, empresarios, intelectualidad, etc.). Lo cual siempre implica una tensión en cuanto al poder, que es lo que se juega en este tipo de trámites y que, como bien ha dicho José Natanson, supone una relación. Lo que da la idea de fluctuaciones entre esos actores, que es como se comprende mejor la dinámica que los envuelve. Y que explica lo que son, a veces, las mudanzas de alianzas socio/políticas, conforme aquello varía.

Debido a que la preservación de la sanidad en la noción de fluidez comentada es necesaria a efectos de que esos circuitos, que son los que mueven al país, funcionen a ritmo satisfactorio mientras las piezas del engranaje no sean afectadas, no subestimamos la cuestión, e intentamos problematizarla.

Sería deseable, pues, creemos, que existiera otro tipo de vinculación.

Pero vamos a lo central: da la sensación de que este tipo de litigiosidad se abre en el país cada vez que se pone, siquiera minimamente, la plenitud en el despliegue del programa que lo ha gobernado de modo dominante desde, más o menos, la Revolución de Mayo. No casualmente suceden estas cosas cada vez que no hay mero sometimiento desde el poder institucional al statu quo. Alejandro Horowicz lo puso en concreto en Tiempo Argentino, ayer: “Si Cristina Fernández tuviera que abandonar la Casa Rosada antes de que se venza su mandato constitucional (…) los poderes fácticos, los que no dependen del resultado de ninguna elección, restablecerían sus propios términos políticos. Es decir, la situación anterior a 2001.”

Asumido que hoy no logra (el establishment) hacerlo. No, al menos, sin… conflicto, claro. Cuando los saqueos del año pasado escribimos algunas palabras que, tal vez, vale la pena repetir en estas horas: “Apuntar todas estas cuestiones en horas en que se producen saqueos es tan insuficiente para explicarse la situación como propio de la ceguera política ignorar hasta qué punto puede llegarse cuando se es impotente políticamente en un marco en el que las reglas del trámite de disputas políticas parecen haber quedado de lado, y voluntariamente. Cuando se está dispuesto a todo contra un gobierno con el que se discute. El caldo en el que se cocina la trama de la irracionalidad que estamos conociendo.”

Ahora bien, creer que esos alineamientos se reproducen de manera mecánica, idéntica y esquemática a nivel calle resulta, cuanto menos, ingenuo. Esto es, suponer que existen sujetos sociales para todos y cada uno de los distintos programas o pareceres que reclaman su parte en la cúpula societaria es un error de calibre grueso.

No es muy común, convengamos, que la gente pelee en las calles por lo que dijo Federico Luppi sobre Mirtha Legrand, ni tampoco por si tiene razón la presidenta CFK o bien Paolo Rocca en el diferendo que los separa en relación a los modos de consecución de rentabilidad económica. No por fuera de un tramo de ciudadanía sobrepolitizado e hiperinformado, aún cuando a partir del kirchnerismo las tendencias a favor de estas últimas crecieron.

Por tanto, si falta nada menos que la materia prima del hipotético gap social, mal podría hablarse de su existencia.

¿Hay, entonces, grieta? Sí. El tema es dónde, por qué y cómo se la resuelve. O más aún: si conviene, y a quién, que sea saldada.

Cuidado

Si se repasa con un mínimo grado de honestidad intelectual la ley de seguridad interior de la nación, no hay lugar a debate alguno: José Manuel De La Sota no tenía razón en su reclamo por Gendarmería al gobierno federal.

El berretaje siempre tiene a mano el mismo libreto, pobrísimo: a De La Sota le negaron apoyo de fuerzas federales de seguridad para que el conflicto (cuyo copyright delasotista siempre omitirán, convenientemente) se lo devore. Miserabilidad, acusan. El recetario sirve tanto para excusar la incompetencia del jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ante reclamos gremiales en el servicio de subterráneos, como las, por lo menos, sospechosas conexiones –todas ellas bastante bien documentadas– que vinculan al gobierno socialista de la provincia de Santa Fe con los negocios narcos de su policía.

El argumento es fácilmente rebatible: aunque con intenciones críticas respecto del oficialismo nacional, el periodista Jonathan Viale leía, en América TV, el miércoles pasado, una serie de otros episodios calientes en los que, requerida que fue, la presidenta CFK acudió en auxilio de opositores iguales a De La Sota, como Maurizio Macrì o Hermes Binner. Viale suponía que con eso se verificaba la animosidad de Cristina para con el jefe de Estado de la provincia mediterránea. Sólo que extravió en el camino consignar el ¿pequeñísimo detalle? del procedimiento que hizo posible todas esas incursiones interestaduales, y al que DLS se negó.

El federalismo, de este modo, reconoce un límite: la responsabilidad política; una cuenta, la de los costos, para cuya cobertura permanentemente se exige la mano de un pedazo de los bolsilos kirchneristas: corresponda (legalmente hablando, claro) o no, vale reiterar.

Lo que sucedió fue bien distinto: el gobernador cordobés pretendió evitar que el gobierno nacional pudiera aparecer habiendo resuelto el desastre que la liviandad inverosímil de su gestión local generó. Sobró y, peor, compadreó a las fuerzas policiales que venían en estado de ebullición creciente. Y más tarde, subestimó las consecuencias de la dinámica que había desatado: su ministra de Seguridad despreció de modo público la variable del requerimiento de colaboración federal, y él mismo eligió intentar el contacto con la presidenta de la Nación… a través de Twitter.

Una vez que De La Sota tuvo real noción del asunto, tomó la ruta más corta de la política argentina: culpar a Cristina, lo que siempre sale barato; sobre todo, en los litigios interpretativos que se disputan mediáticamente, y que –como bien dice Mariano Grimoldi– genera hechos políticos.

Y en eso estamos.

Si Gendarmería actuaba en Córdoba por fuera de la legalidad, cual se reclamó, y en medio de las trifulcas bajaba a alguien (lo que era perfectamente posible, dado el tamaño de los desmanes), hoy se estaba en medio de un escándalo de derivaciones mucho más tremendas de las que, de por sí, ya hay que soportar. Ese escenario es despreciado sólo porque no sucedió. Claro: ninguno de los que cacareó carga sobre sus espaldas con el peso de la firma que hubiese habilitado las acciones (mal) exigidas.

Hasta acá, no mucho más que descripción factual. Pero hay que pasar a los sin embargo.

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El amigo editor del excelente Los Huevos y Las Ideas da en la tecla: ‘la gente’ dice “Cristina es la presidenta y no hace nada”. Y aunque no tendría por qué hace algo de la cualquier manera que se pidió, el desgaste se lo come igual. Y lo que le sigue a Córdoba no es moco de pavo.

Cuando se menciona “la posibilidad perdida” para el gobierno nacional de quedar como el solucionador de la cuestión, en realidad se está desmintiendo que es la presidenta de la Nación quien juega en la cancha chiquita del aprovechamiento politiquero. Los cerebros (es un decir) del massismo bloguero así entienden esto: aparte de eso, suelen decir que hay que hacer lo que sea que a uno se le reclame; sin importar qué ni cómo. Es la natural cortedad de miras de la lógica ABL sobre la que pedalea el Frente Renovador (intendentismo, ocupados en la inmediatez y la delgadez conceptual de un semáforo), y que ellos se encargan de teorizar (de nuevo: esto por llamarlo de algún modo).

Con todo, no se puede sino recoger el guante.

El dilema a resolver en adelante es cómo se construye una gobernabilidad de la irracionalidad. De este estado de cosas que se parece bastante a un todo vale. En el que, aparentemente, ya fundamentar, estar a Derecho son cosas que han perdido rango de respetabilidad. Fundamentalmente, se trata de evitar que la cosa no quede en manos de solucionadores de la precariedad de De La Sota. Que pueden hacer mucho daño, independientemente de su buena o mala voluntad, debate en el que es poco interesante ingresar.

No es fácil escribir en medio de la fiebre. Y con tantos otros expedientes que puede disparar todo esto. Es, pues, la única conclusión, ésta, creemos, que se puede extraer en medio de la tristeza por algo que era evitable.

Y de las urgencias por una trama que puede acarrear consecuencias nefastas para todos.

El regreso

Tres son, a nuestro modo de ver, los factores que determinaron el más amplio recambio ministerial que dispuso la presidenta CFK a diez años de inaugurado el actual ciclo político.

No se trata sólo del aspecto cuantitativo: también de los sitios tocados; y, más aún, de los personajes involucrados. Con, obvio, la salida de Guillermo Moreno como emblema del asunto en comentario. El susto que provocó la salud de Cristina Fernández, primero; y el más obvio de todos ellos. A eso debe sumarse, por un lado, la necesidad de homogeneizar el equipo económico en función de los desafíos que imponen a futuro algunas luces amarillas que se advierten en el tablero de los números. Por último, se traduce en el Poder Ejecutivo el escenario organizado por el voto 2013.

Un gabinete de ministros expresa, más/menos, los sustentos en que se apoya un gobierno. En ese orden de ideas, Jorge Capitanich representa el avance relativo del peronismo partidario y gobernante que acompaña a la presidenta de la Nación en la coalición de poder que ella conduce y sintetiza.

Cristina advierte el triunfo de algunos caciques provinciales en las últimas elecciones y, racionalmente, paga en consecuencia.

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Puede pensarse en una resignación ideológica oficialista, si se quiere ignorar los antecedentes de quien nunca ha procedido de esa forma. Por el contrario, se trata de política de la más básica; esto es, tomar nota de lo que, a fin de cuentas, ésta es en mayor medida: relación de fuerzas. En tanto se dialogue con esa realidad, se puede permanecer en escena. De lo contrario, estaremos hablando de cualquier otra cosa.

Luego de las PASO 2011, escribimos que la UCR, pese a contar con importantes espacios de gobierno a lo largo y a lo ancho del territorio nacional, no figuraba en la competencia grande porque el partido, de modo programado, opta por no contenerlos en cargos internos y candidaturas nacionales, prefiriendo en cambio a tipos sin votos ni anclaje territorial que, en consecuencia, no logran poner a esas estructuras a trabajar a su favor. En la base de esa desinteligencia está la explicación de las fugas de intendentes boinas blancas a campamento massista. Porque, por ejemplo, un tipo que acaba de ganar ampliamente, como Julio Cobos, es relegado por nadie (eso es Mario Negri) en la conducción del bloque de diputados nacionales radicales.

La estampida pejotista, anunciada tras el éxito electoral reciente del Frente Renovador, en cambio, sigue en veremos. Y no casualmente. Las mayorías legislativas del Frente para la Victoria dependían, dependen de una garantía de futuro político que requiere de articularse con la marcha del presente. Y eso se hace involucrando a quienes aspiran, con derecho de taquilla, a 2015, a revalidar sus pergaminos en el día a día del hacer, el nuevo idioma en que se comunica la fauna dirigencial.

A fin de cuentas, la Presidenta no es la sorda y ciega que se cuenta. Y aspira a tener parte en el trámite sucesorio.

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Como bien ha dicho el amigo Ricardo, naufragó en las urnas la idea de bloquear candidaturas ajenas, viene la de construir el camino propio. Ello no implica encerrarse ya mismo en un nombre propio determinado, más bien en la arquitectura del panorama venidero.

Se cuenta, para tal empresa, con la gestión de gobierno. Pero la enfermedad de CFK expuso el límite de la estructuración que ella misma dibujó en 2011, cuando no se vio necesitada de pagar tributos a nadie por su impresionante elección de 54 puntos, pero a la vez se quedó sin material de absorción –dirigentes con relevancia propia específica– de crisis socio/políticas que, muchas veces, fueron implosiones al interior de su propia tropa (con Moyano y Massa como ejemplos por excelencia de esa debilidad). Al mismo tiempo, debió multiplicarse en la tarea para activar a un elenco de asesores que difícilmente podía andar sin la intervención de su conductora.

En adelante, se impone otra forma de guiar la maquinaria hacia idéntico rumbo, quizás por rutas diversas y variando velocidades.

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Otra metáfora auxiliará, creemos, mejor al entendimiento de las modificaciones decididas por la Presidenta. Imagine el lector un asado: ella seguirá siendo la que define si se come a punto, jugoso o bien cocido. Los ministros son los parrilleros encargados. Algunos de ellos, sólo necesitan que se les diga cómo se quiere cada corte y ya saben qué hacer. Cuánta brasa meterle, cuándo y cómo agregarle, a qué altura va la parrilla, y demás. Sin que les tengan que andar encima. Eso son Capitanich y Axel Kicillof. O, por ejemplo, Florencio Randazzo: ya tenía orden de qué hacer con los concesionarios de ferrocarriles cuando verificase incumplimientos. Una vez que los constató, fue y actuó; no hacía falta más.

Otros, como Juan Manuel Abal Medina o Hernán Lorenzino, requerían más de estar preguntándole seguido a Cristina: si agregar o no carbón, si ya era hora de darlo vuelta, cuánta sal meterle, etc. O de, directamente, esperar a que ella les indicara que un pedazo se les estaba arrebatando. Además, hace falta que los parrilleros sepan explicar, para contener, a los comensales, que exigen velocidad en servir la comida, y que ésta encima salga en el punto que desean. Lo cual no siempre es posible en tiempo y forma requeridos. El que haya entendido esta imagen, comprenderá también por qué Cristina hizo estos últimos movimientos. Fundamentalmente, aunque es el que más duele a la víscera sentimental de quienes la acompañamos, el de Moreno.

Si el mensaje de 27 de octubre último fue el reclamo de eficiencia, bien vale que tenga chances de ascender el cerebro de prodigios como el plan Pro.Cre.Ar o las reestatizaciones de YPF y AA.AA.

El polémico ex secretario de Comercio Interior, en cambio, será recordado por su lealtad entusiasta e inconmovible, su laboriosidad incansable y su honestidad. Y por su buena leche ideológica: jamás Moreno exploró soluciones a partir del sacrificio de los bolsillos populares. No siguió la senda de Ricardo López Murphy, a quien apenas llegó al Ministerio de Economía no se le ocurrió mejor cosa que hacer pagar a la educación pública la cuenta de la fiesta regresiva. Una constante en 20 años de democracia hasta el arribo de Néstor Kirchner a la presidencia de la Nación.

Todo eso le valdrá un reconocimiento de mayor justicia cuando el tiempo haga reflexionar mejor a los ánimos. Pero hoy no se puede perder de vista que (se insiste, sin proponerselo) Moreno muchas veces acabó perjudicando a las bases sociales que quiso defender, porque erró en las instrumentaciones.

Durante la campaña de este año dijimos más de una vez que no se vive de buenas intenciones: y no puede uno no aplicarse el axioma a sí mismo, por duro que resulte.

Cambio de pantalla

El buen kirchnerista es el que no puede con su propio genio. Así que, aunque había dispuesto un receso temporal del blog, retomo, aunque sólo para decir una cosita más sobre el cacerolazo de ayer. Finalmente, fue un fracaso rotundo. Acá nos preguntábamos si políticamente no cabía indagar en el posible agotamiento de ese legítimo mecanismo de protesta. Efectivamente, el recurso a la acción directa ha perdido el enorme poder de fuego que exhibiera hace apenas un año. Carlos Pagni escribió sobre el primer 8N que si existiera un líder que hablase a los manifestantes, aquello no habría existido. Es decir, faltaba la representatividad del descontento.

La política, gustos al margen, ha canalizado ese déficit, inaugurado en los casi 38 puntos de distancia con que la presidenta CFK venciera hace dos años. Por ende, la ebullición ha cesado, y el partido cambia de cancha. Todo esto marca, quizá, dos cosas: los contornos del programa de los vencedores del 27 de octubre, por un lado; y la constatación de que un sistema político requiere de opciones con viabilidad seria, por el otro.

El reverso de victorias tan alegres y contundentes como el de 2011 fue la deriva cacerolera, inconveniente, y que por suerte ha mutado, aunque no de modo que agrade a quien esto escribe. Ni los triunfos ni las derrotas son, entonces, tanto como lo que parecen decir de entrada. El tiempo es lo que los ubica conceptualmente.

La democracia republicana sentencia sin atender a nuestras urgencias de coyuntura.

La adecuación de Clarín y el cacerolazo

Clarín presentó una propuesta para su adecuación a la ley audiovisual ante la AFSCA. Deberá ser analizada, y a partir de ella se pueden abrir muchos nuevos laberintos. Jurídicos, políticos y otros. Ya hay quienes, en la perpetua e inexplicable obstinación por reinventar escenarios a la izquierda aún del castrismo que los impulsa, con desprecio del impacto que en la realidad eso pueda tener, acusan pactos espurios entre el kirchnerismo y el Grupo Clarín por debajo de la mesa, que nos dejaría a todos los que defendemos esta ley como verdaderos imbéciles.

Que se curtan consigo mismos los que tienen la necesidad de jugar el papel de iluminados y agredir a los demás. No es la primera vez que agitan esa posibilidad. Ya no sucedió, pero insisten lo mismo. Igual, no es el punto: otros creemos que ciertas cuestiones, en determinado momento, escapan de la voluntad originaria de sus ejecutores. Se les independizan.

La ley audiovisual es un capítulo destacado en la historia de las luchas políticas del campo popular en Argentina. Al margen de su letra y de su futura aplicación, eso ya no cambia. El impacto trasciende el universo de aplicación del articulado. Clarín tuvo que ponerse a Derecho. Algo tan sencillo como debería resultar eso, la igualdad ante la ley, por inusual, ha adquirido estatuto revolucionario en Argentina. Demencial, claro; pero así tocó.

Mucho pueblo ha acumulado méritos en la pelea por torcer una correlación de fuerzas (muy) adversa. La capitalización de esa gimnasia reivindicativa es cosa juzgada. Queda a futuro, si se la sabe reactualizar.

No habrá testaferro que pueda con eso.

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Había decidido, previo a las elecciones, que luego de comentarlas tomaría un descanso de los posteos. Alejarse de los sucesos para comprender mejor lo que viene. Además, un tiempito, hasta la asunción de los diputados electos, siempre hay en el que pasa nada. Ideal para, entonces, decir ídem. La realidad en Argentina es tan dinámica que, finalmente, ni 48 horas habían pasado desde el mazazo que nos vimos obligados, por razones de dominio público, a seguir en el ruedo unos días más.

Mañana habrá otro cacerolazo, a doce meses del que pasó a la historia como 8N. El proceso social que tuvo origen allí, escribimos, desembocó en el escenario que organizó el voto de hace 10 días.

El juego democrático ahora contiene formalmente a la cosmovisión que sustentó y motivó el caceroleo. Eso reconfigura los modos de tramitación de los conflictos, porque ciertas demandas que se sentían insatisfechas ahora han encontrado medios de canalización institucional. No parece ser que compartan esa lectura los promotores de la movida, que esta vez se anuncia contra los tres poderes del Estado (nace del fallo de Corte contra Clarín por la ley de medios). Insistirán en idénticas tácticas.

Siempre fue una perogrullada discutir el derecho a reclamar así; ahora, también. Es lícito, en cambio, cuestionar la validez de reincidir en el método sólo porque tampoco luego de lo que inicialmente esos sectores consideraron un triunfo en las urnas se está a gusto.

En cualquier caso, será cuestión de costos y beneficios. Política, en definitiva. Siempre lo fue. Pese a que la repudien.

Cuando no hay sentencia que venga bien

No les bastaron en 12 años los votos obtenidos en elecciones presidenciales. Con Néstor Kirchner, porque no pudo revalidar en un balotaje el famoso 22,24% con que secundó a Carlos Menem en la primera vuelta de 2003. Con Cristina Fernández, primero por la pavada –peligrosísima como terminó resultando– de la “legitimidad segmentada”; y luego, porque el 54,11% que la consagró en 2011 era, en realidad, demasiado poder. Lo cual invalidaría su triunfo. Dos años después, parece que un 32,64% de los votos tampoco satisface.

No les bastan las leyes que sanciona el Congreso de la Nación. Porque han dispuesto –en base sepa Dios a qué criterio– que el hecho –normal en cualquier sistema democrático del mundo moderno– de la existencia de bloques legislativos oficialistas alineados al gobierno con que comparten proyecto político implica una disfuncionalidad institucional. Y a eso, encima, lo llaman, en el colmo del irrespeto, escribanía. Pese a que cuando uno estudia el relevamiento de las leyes de países del, así denominado, primer mundo, se encuentra con que prácticamente la totalidad de ellas nacen de proyectos del respectivo poder ejecutivo en cada caso.

Dicen que por más que una ley haya sido sancionada bajo todas las formalidades de la legalidad vigente, a cualquiera que se sienta afectado por ella le asiste el derecho de discutir ese asunto en los tribunales. Como si hiciera falta, para que una perogrullada de semejante calibre sea cierta, que lo afirmen ellos. Ahora que también han perdido en ese territorio, resulta que tampoco vale. Y el que, hasta hace pocos meses nomas, era considerado el garante último de la vigencia de la democracia republicana, ha devenido en delincuente común sólo a partir del comentario liviano de una maniática desquiciada cualquiera con escasísimo rango de representatividad.

Los datos, desprovistos de cualquier procesamiento analítico subjetivo, hablan de un sistema institucional, medido en relación a lo que se consideran parámetros ideales en la materia, bastante sólido. Si agotadas todas las instancias del mismo el descontento continua, y encima adquiere rasgos violentos, quizá cabría preguntarse si los que están levantados contra el Estado de Derecho no son quienes en cambio venden profesar un culto cuasi religioso de sujeción a sus términos dispositivos.

Hagamos el esfuerzo de no desconfiar de nadie. A lo mejor no tenían idea del verdadero significado de la ley (no de la 26.522, de Servicios de Comunicación Audiovisual; sino en general). Bienvenidos a ella, pues. Es esto.

Tienen, obvio, la chance de modificarla si nos les agrada. Pese a que tal cosa les molesta cuando viene impulsada desde el campo popular. Marcelo Leiras afirmó en Le Monde Diplomatique que “el primer síntoma de la madurez de los partidos argentinos fue la disposición a aceptar los resultados de las elecciones aún cuando fueran adversos”. Hablaba de los ’80. Ahora no nos referimos solo a comicios, pero vale la cita, enseña, como guía de conducta. Cuestiones, códigos que se han perdido.

Mientras dure lo actual, sería conveniente que la corten con eso de romper todo cuando pierden.