PabloS

Sobre “los climas de época”

Hablando con unos pibes mucho más jóvenes les decía que por primera vez ellos iban a vivir -con el comienzo del macrismo- un fenómeno muy especial: el de ver y vivir unos años teñidos por el cristal de una época, un estado de ánimo, unas certezas, un sentido común que sobrevuela las charlas y los gestos. Pueden compartirse o no, pueden sentirse como propios o no. Pero aunque sea para oponerse o repudiarlos, presiden la etapa.

En muchos casos, estos climas se resumen en un slogan. Me interesa sobrevolar rápidamente algunos slogans políticos, que en determinado momento se convierten en referentes de esa época y que como logran en cierto modo sintetizar las claves del momento son utilizados por interlocutores cotidianos en ambientes no institucionalizados. El origen de estos slogans es diverso. Pueden salir de la calle, pueden tener origen en el aparato publicitario del Estado y en algunos casos, son generados por los medios de comunicación, que los instalan a partir de su repetición permanente.

Sabemos que no siempre estos slogans terminan indemnes. Intentan crear un clima y generar adhesión, en algunos casos lo logran en cuanto muchas personas terminan adaptando sus ideas y opiniones a ellos para sentirse parte de una mayoría anónima y espontánea, y así la fuerza del slogan desparramandose anárquicamente a partir de la conversación cotidiana fortalece el “momento bajo slogan”. Como no surgen de debates institucionales, estos climas no caducan cuando son superados por otro, sino que se caen cuando pierden eficacia descriptiva de la realidad, o están hablando de algo que ya no existe.

 

En 1984 recién regresado del exilio de mis mayores, mientras escuchaba “Mil horas” o “No me dejan salir” en todas las disquerías del país -que en esos años recordemos, sacaban los parlantes a la vereda- pude imaginar lo maravilloso que fue el clima de época de fines de la dictadura, lo habíamos leído en México en las codiciadas revistas HUMOR. Envidié fuerte a todos los que habían llenado las calles y estadios en los actos y recitales de ese largo año que fue el 83, que por no estar acá, no sé bien cuándo empezó.

No sé tampoco cuando “Se va a acabar la dictadura militar” comenzó a crecer en las calles, cobró fuerza en las marchas, y se diseminó en las tribunas de la cancha, para instalarse como el slogan de ese año de transición.

En los comienzos de la democracia, percibíamos una alegría moderada en muchos vecinos o compañeros de la escuela. Los radicales exultantes, los peronistas dolidos, los del PI soñando con un futuro de éxitos, la izquierda en un registro más similar a lo que actualmente es, con consignas correctas pero incomprendidas (no al pago de la deuda externa, por ejemplo). Todos éramos democráticos, incluso los peronistas de derecha que cada tanto incendiaban un teatro. Ni siquiera ellos impugnaban “la democracia”. Era un consenso común.

El slogan rector de esos años no había salido de las calles. Fue propagado desde el Estado “Con la democracia se come, se cura y se educa”. No es que todos creyéramos que era efectivamente así, pero entendíamos que eran tareas pendientes del sistema político argentino y que si había un entorno en el cual hacerlo, sería el democrático. Pero pronto nos dimos cuenta que la democracia por sí sola no lo hacía.

A medida que avanzó el alfonsinato, con Semana Santa y las leyes de OD y PF, sumado a las grietas que comenzó a mostrar la economía, los paros con movilización de la CGT (a los que íbamos todos los que hacíamos algo social o político, salvo los radicales) la democracia comenzó a perder su valor cotidiano en las calles, como uno de esos pilares de la charla cotidiana. Terragno comenzó a hablar mal de Aerolíneas, de EnTel, de YPF, y a plantear la necesidad de las privatizaciones. Se estaba armando un clima nuevo, en el cual la inacción de los radicales comenzaba a preparar a la gente para votar a cualquier candidato que hiciera cosas intensas o “tomara cartas” en el asunto. Por eso Angeloz salió con su lápiz rojo a prometer el ajuste que terminó concretando Menem, que prometía la Revolución productiva en campaña, pero organizaba el ajuste entre bambalinas y no tan entre bambalinas.

 

Nuevo clima. Ahora todo(s) tenía(mos) que ser eficiente(s). De unos meses a otros, los empleados estatales ERAN TODOS VAGOS, algo que siempre estuvo en el discurso popular, pero por primera vez lo escuchábamos de boca del propio agente contratador.

Cuando Menem somete a Seineldín se ganaron dos certezas: la primera era que la democracia estaba consolidada, la segunda era que Menem jugaba fuerte. Ahora, se le podía perdonar cualquier pavada que hiciera porque “era parte de su estilo”. Y Menem tuvo mucho consenso en las urnas, pero también aceptación en sus modos. La fuerte idea de “El Estado elefante” al que había que achicar no salió tampoco de las calles. Con una usina fundamental en el programa de Neustadt y Grondona, la reforzaban todos los funcionarios en cada discurso oficial y la remachaban ofertas como las de las AFJP privadas que ofrecían el futuro venturoso que los que optábamos por el sistema de reparto envidiaríamos. Fue una idea que llegó a impregnar todas las charlas. Los opositores veníamos hablando de la burbuja del “1 a 1” desde que se impuso, pero la burbuja nunca explotaba y eso nos dejaba automáticamente fuera de la conversación.

Pero no fue tanto el desguace del Estado, las penurias económicas de las mayorías, o los hechos de corrupción lo que desencadenaron el nuevo clima de época, sino que tuvo que pasar lo de Embajada y AMIA -lo que fue asociado a los hechos que terminaron con la vida de Carlitos Jr.-, para que el clima comenzara a cambiar y hubo algo como “esto está dejando de ser divertido”. Se comenzó a asociar al Menem style con la corrupción y luego a culpar a ella de los males del país.

Si De la Rúa era aburrido o no, no fue un tema que interesara demasiado, más allá de que se haya beneficiado con un cambio de época, que ahora pedía decencia y honestidad. Pronto se supo que la honestidad o decencia declamada, tampoco era un valor que engalanara las vitrinas de la Alianza -Banelco, megacanje, comisiones, etc-  también se supo que la economía era un desastre total, y finalmente se ratificó que los radicales nunca dudaron en salir a matar gente cuando se da la ocasión. El regreso de Cavallo y el corralito terminaron de crear un clima de desesperación y la canción “¿Cómo estamos hoy?” como cortina del programa de Lanata -que todavía conservaba un aura de periodismo independiente con muchas firmas históricas de Pagina/12-  un ícono de esos días, con su clímax ascendente y su final apocalíptico.

Una vez más, la cancha fue el misal donde la calle fue a buscar sus oraciones, ahí el “Que se vayan todos” se convirtió en canción de marcha y en estado de ánimo. Así fueron esos días. Estábamos preparados para esperar cualquier cosa que pasara, salvo (más) muertes.

QSVT funcionó. Interpretó la etapa, y aunque era obvio que no se iban a ir TODOS, con que se fueran todos los cómplices del desastre nos dábamos por satisfechos.

 

A Duhalde -a quien se mencionaba como partícipe necesario del estallido 2001- se lo recibió con un “esto querías, hacete cargo”. Veníamos de tan abajo que lo que no fuera caos y destrucción nos iba a parecer un remanso.

En esos meses, el Estado dejó de ser el cuco que había sido durante la vicepresidencia de… ¡Duhalde! y los bancos volvieron a ocupar el lugar del eje del mal al quedarse con los ahorros de la clase media que salió a hacerles sentir su odio en la cara. Los pobres finalmente se hicieron merecedores de la ayuda social que el estado le prodigaba y por una vez en la vida no eran los culpables de la crisis.

Esta temporada de romance de la social duró poco, y estuvo representada  por una frase efímera: “piquete y cacerola, la lucha es una sola”. Se supo pronto que en realidad eran dos luchas bien distintas que coincidieron en el tiempo. Mientras una reclamaba por los efectos sociales de los años 90, la otra se irritaba porque no se habían interrumpido un “modus financiandi” de aquellos dorados de ahorros. Los bonos provinciales eran el detalle decimonónico para recordarnos que sobre el fondo de las crisis las sociedades proyectan la película de su historia para hacer presente aquello que parecía perdido en el tiempo.

Los asesinatos de Maxi y Darío recordaron que había formas de resolver los problemas que aún estaban vigentes y Duhalde sólo pudo limitarse a elegir el rival de Menem.

A Menem se le facturó el 2001 y todos creímos que esa lección era definitiva. Entonces, si el mercado fracasó, será el Estado quien deba arreglar este desastre. Y resultó que durante unos años, el Estado no era tan malo; es más: durante el gobierno de Néstor Kirchner mucha gente llegó a pensar que incluso la política no era mala y que podía pensarse como una salida individual y colectiva. La pareja presidencial nunca abjuró de su pasado militante -aunque sí de otros pasados- y eso marcó a muchos jóvenes.

De algún modo el clima era de reparación. Tanto así que el gobierno consideró atinado lanzar un “para todos y todas” y no sonaba tan mal. Porque ese “todos” incluía a los más pobres, los demás componentes del todos, siempre estuvieron dentro; y aunque el PTyT marcó la época, no fue tomado por la mayoría. De hecho, cuando se lanzó Fútbol para todos (2009), fue denostado por muchas personas que consideraban que debía ser sólo para quienes pudieran pagarlo. Y el módulo “para todos” llegó a ser sinónimo de kirchnerismo. La imposibilidad de cualquier “todos” que fuera positivo había muerto en 2008, cuando la sociedad pasó a seccionarse en dos partes irreconciliabilisimas. No somos más todos. Fuimos ellos y nosotros.

Con el asunto de la 125 se inicia un clima social marcado por la confrontación. A favor y en contra del gobierno. Fuera quien fuera el que estuviera en contra, servía para polarizar contra CFK. Con la misma vehemencia se defendía a los Qom que al campo, o a quien fuera. De alguna manera, todos lo tomamos así. Y nos alineamos en contra y a favor. Un nivel de confrontación inédito porque englobaba a todos. Durante el alfonsinato y el menemismo había gente que podía prescindir de alinearse. No fue así en el 2008 y desde ese año en adelante, menos.

La respuesta sloganera del gobierno de Cristina a esa fisura fue “La patria es el otro”. Tampoco logró mayor repercusión, salvo entre quienes adherían a su proyecto. Desde la 125 y en adelante y con los medios haciendo periodismo de guerra, se construyó una rivalidad aguda, en la que no quedó nada que podamos hacer con “el otro”. El otro de Cristina se sacaba fotos haciendo “fuck you” y las enviaba al programa de Lanata, desde donde se difundía que su hijo era adicto a la PS4.

Aquí surge con enorme presencia la gran particularidad de estos años: todo esto fluye no solo “en la calle”, sino en esa otro resonador de opiniones que son las redes sociales, la internet. En la medida en que todos pasamos muchas horas frente a los dispositivos electrónicos, estamos siendo interpelados permanentemente por usinas generadoras de discursos. Durante la jornada laboral, el viaje en colectivo o antes de dormir, recibimos cientos de mensajes y esa misma repetición da idea de masividad, aunque sepamos que la capacidad de multiplicación de una idea por las redes no necesariamente representa soportes individuales convencidos. Para muchos compatriotas, la red es un legitimador; cuando comparten un post -de donde sea que lo tomen- creen que comparten una idea y a su vez el documento que ratifica su autenticidad (algo que en la etapa del corrillo oral era imposible, no podías llevar el archivo a cuestas)

De ahí a las elecciones de 2015, “se robaron todo” comenzó a circular fuerte en la calle. Pero “todo” es un concepto ambiguo, a alguien se le ocurrió decir “se robaron un PBI”. Y acá ya aparece un límite, un cierre. De todos modos poca gente sabe cuánto es un PBI, pero el estribillo ya estaba instalado.

El triunfo del macrismo no ha hecho más que reforzar la “grieta” nacida hace unos años, se apoyó muy poco en minislogans que refieren a la “alegría” y la “esperanza”, pero que no generaron rebote. El éxito relativo de “se robaron todo” se articuló con el correspondiente “hay que darle tiempo” tan escuchado en la cola del super y en el colectivo.

El “juntos” reemplazó al “todos” y pues claro, no es lo mismo. Se ha construido un enemigo preciso e impreciso a la vez: “no es el pobre, es el que no trabaja (y al que debemos mantener-con-nuestros-impuestos)” “no es el pobre, es el que no puede pagar porque no se esforzó”, “no es el pobre, es el que corta una ruta porque lo despojaron de su trabajo o tierra”, “no es el pobre”, aunque tenga todos sus atributos y cargue con sus estigmas

De los que yo recuerde, quizás este clima de época agrietado sea el primero en el que se observa una participación hiperactiva de los medios, incluso más que durante el período menemista. ¿Será infalible? o la sociedad logrará transformarlo a partir de la vida cotidiana, demostrando su ineficacia/insuficiencia como relato social. Hoy hay un clima “anti pobre” y “anti lo público” (este último aspecto recuerda mucho a los tempranos 90s) que se constituyó desde los medios y las redes, pero habrá que ver como funciona la economía. Si la crisis de este modelo termina catapultando a muchos ciudadanos del otro lado de la grieta, algunos volverán a mirar al Estado para que desarrolle acciones que equilibren la balanza.

 

Addenda 1: militancia

Quizás, para lograr cambios en la sociedad, a partir del voto u otras formas de participación haya que esperar -y trabajar para- que los slogans que sostienen la época se deshilachen en la opinión pública y comience a ser confrontado con sus carencias o su promesas no concretadas.

Mientras tanto, estar atentos a esos cambios es un foco del máximo interés para quienes hacemos ciencias sociales con vocación de transformación y de elemental obligación para quienes deseen generar transformaciones sociales desde los espacios de militancia.

No hay forma de entrar en diálogo fructífero sin registrar esos cambios. Confiemos en que nuestro sentido común construido cotidianamente va a ser un fiel reflejo de nuestras herramientas metodológicas y nuestras estructuras de pensamiento. Interpelar sin consignas y escuchar; chusmear y sentir el bisbiseo, analizar gestos y sobre todo, contextos. Como dicen por ahí: ¡Sí se puede!

 

Addenda 2: arriesgando

A partir de los sucesos del submarino ARA San Juan y los actuales días de la reforma previsional, laboral e impositiva, creo que hay un pequeño quiebre en el clima que el macrismo había logrado construir. Un votante se queja de los aumentos de precio, otro se queja de la rebaja en el índice de actualización de las jubilaciones, otro de que el aguinaldo pagará ganancias. Con el precedente que logró modificar el fallo del 2×1 a los genocidas, la enorme movilización de diciembre, agrega un personaje a la escena: gente -mucha gente- que protesta por razones consideradas “justas” por algunos votantes del macrismo -y su bastión generacional, los jubilados. Como nos pasa cuando cruzamos el río, a medida que nos alejamos del 15/12/2015, muchos miran más para adelante que para atrás. Y más de uno se siente en el medio del río.

¿Una nueva ética para los Movimientos Sociales?

Vengo a plantear unas reflexiones superficiales, sobre un tema más viejo de lo que parece. Y aclaro que si en algún caso no respondo las preguntas que planteo, es porque realmente no tengo respuestas convincentes. Pero lamentablemente, creo que son las preguntas que debemos hacernos quienes estamos de alguna manera activando (más o menos, mejor o peor) en movimientos sociales o políticos que pretenden transformar la realidad hacia una sociedad más igualitaria y más justa.

Hasta hace un tiempo, el principal enemigo de los movimientos sociales era (por lo menos en el plano discursivo) “el sistema”. En ese término se englobaba tanto una forma de organización social digamos el “capitalismo” como algunas de sus acciones más perversas o efectos colaterales inevitables e intrínsecos a aquel sistema social:  “la explotación”, “la marginación”, “el hambre”, “la alienación,” etc., dependiendo de los momentos del siglo XX en el que se enunciara incluso pudo ser (en la década del 30 y el 70) “el fascismo”. Incluso ha sido pertinente, englobar a todos, ya que todo lo mencionado pueden convertirse con justeza en adjetivos para los sustantivos “sistema” y “capitalismo” como las sociedades actuales (no sólo la argentina) han demostrado claramente.

Los últimos años han visto nacer en los barrios donde los movimientos sociales desarrollan su tarea, un componente novedoso, que si bien puede asociarse correctamente al desarrollo capitalista (como cualquier análisis básico demostraría) reviste particularidades en todo sentido y me estoy refiriendo obviamente, al narcotráfico.

No me dedicaré a analizar las formas por las cuales el narcotráfico se convirtió en una presencia terrible en nuestros territorios, ni tampoco su grado de funcionalidad al capitalismo Simplemente intentaré una reflexión basada en mi experiencia cotidiana.

Aclaración: uso la primera del singular, porque pertenezco a algunas organizaciones (una escuela pública  y un Bachillerato Popular) a las que no quiero involucrar en mi reflexión usando el plural.

Tres fuerzas están presentes hoy en los barrios pobres de Rosario, tres agentes, que representan a tres formas de concebir el mundo.

El Estado no va a esos barrios. Ya se sabe. Pero ¿quién va?

Están los narcotraficantes, buscando cuerpos y vendiendo sustancias, están las iglesias buscando almas y ofreciendo paz espiritual, están los movimientos sociales, buscando voluntades de transformación colectiva.

De alguna manera, estas fuerzas chocan entre sí, porque cuando hablamos de cuerpos, almas y voluntades, estamos hablando de quienes viven en esos territorios, y sabemos que difícilmente se logre que una persona se parta en tres y entregue a cada fuerza la parte que pretende. En términos generales, es casi imposible que una persona que participa en una de las iglesias que están en los barrios participe -como consumidor o como empleado- de negocios de narcotráfico, aunque sí es posible que pueda acercarse a algunas de las iniciativas de los movimientos. Es también muy difícil, encontrar personas que participen de los movimientos y que estén involucrados -laboralmente- con algunas de las actividades de los narcotraficantes. Y es aquí donde me interesa recalar.

Es verdad que el narcotráfico es uno de los nuevos predicados del capitalismo, en cuanto a que representa una presencia alienante y agresiva hacia el tejido social. También es indignante, como han dicho los compañeros de Giros en Rosario, que la droga que se prepara y vende en los barrios, se consume en el centro, generando una asimetría repugnante en la cual, la violencia que acompaña este negocio se radica en los barrios, quedando para el centro la experiencia placentera del consumo. Se reproduce a escala, situaciones harto conocidas, en las que el poderoso mercado consumidor, logra tercerizar ¡y apartar de su vista! los aspectos perversos de su placer, algo así como ha hecho Estados Unidos con Latinoamérica o como hizo Europa con el opio hace unos siglos.

Pero este nuevo escenario social, genera un nuevo debate ético.

Los movimientos sociales identifican al narcotráfico como uno de los problemas a resolver. Y el narcotráfico está asociado al consumo de drogas. Pero nadie ignora en los movimientos sociales -compuestos mayoritariamente por jóvenes de clase media- el consumo de drogas (o sustancias consideradas tales) es una práctica masiva y aceptada sin cortapisas.

Entonces ¿cómo hacer para poder sostener éticamente nuestra promesa de lucha contra el narcotráfico, cuando en nuestros encuentros sociales el consumo de drogas es una práctica habitual?

No basta con declararse enfáticamente a favor de la legalización de la marihuana (una de las consideradas drogas “blandas”) porque para el imaginario -construido desde arriba por las usinas creadoras de falacias- de gran parte de la sociedad, existen “las drogas” y bajo ese rótulo se engloban erróneamente una serie de sustancias que abarcarían (por nombrar a las más populares)  la marihuana, el paco, la cocaína, la heroína, el éxtasis, etc.

Se plantea entonces un dilema ético (simplificando: que es lo que está bien y lo que está mal y cómo se vive con ello) ¿deben los militantes populares -que construyen día a día una imagen del narcotráfico como uno de los grandes enemigos del pueblo- consumir drogas? Incluso cuando hablamos de drogas que quien escribe considera deben ser legalizadas, como por ejemplo la marihuana.

Porque más allá de la ética individual, o la del consumo “puertas adentro”, hay algo más: hay un soporte ético de la militancia que pierde fuerza y que horada inevitablemente el accionar cotidiano colectivo de los movimientos respecto de los pobladores de los territorios, que consideran (erróneamente o no) que todas las drogas son una sola cosa o el viejo y absurdo concepto de la escalabilidad del consumo “se empieza con marihuana y se termina como Jimmy Hendrix”.

¡Pero ese es el imaginario que está instalado en muchos de nuestros interlocutores cotidianos!

No me refiero a los jóvenes, me refiero a los compañeros de 30 años o más que tienen a sus hijos adolescentes y temen con cierta razón verlos implicados en alguna de las redes -de consumo o de trabajo- que se les propone con una logística y una crematística superior a la nuestra, desde los centros de comercialización.

En este sentido, es razonable que las iglesias que pueblan nuestros barrios sostengan con más entereza su “promesa” porque su construcción de una ética cotidiana no incluye el consumo de sustancias (incluso en algunas de ellas también está prohibido el alcohol).

Personalmente considero que de alguna manera el consumo de ciertas sustancias (incluido el alcohol en altas  dosis) debilita la fuerza enunciativa de algunas de nuestras agrupaciones, sobre todo porque “poner el cuerpo” es un latiguillo que se ha puesto bastante de moda en los discursos de militancia y en nuestros encuentros festivos, muchas veces, los cuerpos de los compañeros, evidencian claramente los consumos.

En todo caso, la tarea será explicar cómo se puede “poner el cuerpo” a la lucha contra el narcotráfico en los barrios construyendo una nueva ética, y que esa lucha no está reñida con el consumo de algunas de las cosas que venden esos mismos narcotraficantes. Quizás esta nueva ética implica no sólo “poner el cuerpo” sino también “poner la terraza”, para nuestros cultivos de consumo personal para dejar claro que nuestra red de consumo no se toca con quienes a quienes están sindicados como “eje del mal” en nuestra militancia y discursividad cotidiana. Aún así, si de lo que se trata es “construir una ética colectiva”, este recurso suena a “salida individual”, por cuanto determinados hábitos culturales hacen más difícil los cultivos para consumo en los barrios.

¿Podremos articular éticamente la lucha contra el narcotráfico en los territorios con el consumo personal de algunas drogas aunque sean de nuestra cosecha? ¿Pueden escindirse? ¿habrá que dejar de “sacar el cuerpo” a determinadas cosas para que nuestros discursos encuentren un soporte más confiable?

Creo que de alguna manera es un debate similar al de la “proletarización” de los 70 y si la construcción del soporte militante debe estar cargada de renunciamientos. En aquellos años, se discutía si militante debía trabajar o podía ser mantenido por la organización o por sus padres, sin perder autoridad moral. Para luchar por los obreros, ¿había que convertirse en obrero? Hoy para luchar contra el narcotráfico ¿hay que estar careta?

Me parece interesante discutirlo para ir viendo las soluciones correctas.

La alternativa no es “inventar o errar”. Podemos inventar y errar. Es bueno sabernos falibles.

No podemos pensar la construcción de los sujetos militantes como “hombres de hierro” unidimensionales, a medida de lo que las circunstancias esperan de nosotros. Pero tampoco sería honesto (ni con nosotros ni con nuestros compañeros de los barrios que tienen imaginarias distintos al nuestro), plantearnos una ética que ni siquiera nosotros estamos dispuestos a llevar a cabo en el cotidiano.

Hasta tanto, no nos asombremos que algunas iglesias -con sus prácticas por cierto ¡narcóticas!- terminen constituyendo referentes válidos para quienes habitan en los territorios y pretenden salir de los paraísos artificiales con los que aliviar su difícil paso por la tierra que los condenó a la miseria y la marginación en estos siglos en que el capitalismo dominó el mundo.

Se murió la abuela

Era la última de nuestra familia que había vivido durante un gobierno de Yrigoyen
Era la última de nuestra familia que parió un hijo en su casa
Era la última de nuestra familia que vio a Gardel vivo.
La abuela nació en el 21 a orillas del arroyo Ludueña.
En la década del 60 sus hijos descubrieron el camino de la rebelión y ella el camino de las cárceles donde los fue a ver, a hacerles llegar su amor.
El camino de las comisarías para buscar a su hija y a su marido
El camino del exilio con la nieta a cuestas y los cuerpos vivos, pero destruidos de los otros dos.
Con una máquina de tejer y una “pastalinda”, hizo lo que supo: tejer y cocinar. Con eso sacó se dio cuenta que sabía mucho más de lo que parecía: supo sacar adelante a los que andaban en la mala.

Era la última de la familia en ser hija de extranjeros.

Hubo exiliados que éramos pobres, no todos pudieron hacer posgrados, fundar empresas o forjar carreras.
Desde Perú a México, (era la más vieja como se dieron cuenta) fue la abuela de muchos de aquellos jóvenes que llegaban a la Casa Argentina de México en 1975 a escaparse de la muerte. Ella les mató el hambre cocinando allí para todo ese grupo de exiliados tempranos. Luego, al pelechar los muchachos, se iban yendo y al disolverse la Casa Argentina, ella quedó con una pequeña fábrica de pastas: “Los abuelos” donde a partir de lo que ella sabía, se mantuvo viva la onda argentina en el exilio mexicano hasta que volvimos en el 84.
También fue la única de la familia que vivió todas las dictaduras argentinas.
Bah, ella ya había vuelto unos días en el 82, a visitar a mi tío en la cárcel de la dictadura. El estaba vivo y eso era importante. Pero estaba preso y eso le clavó un puñal en la mirada. “cómo voy a disfrutar estos paisajes -decía en las vacaciones de Acapulco o Veracruz- si mi hijo está viendo rejas”.
Cuando vino a Argentina en el 82, el gato desapareció de la casa y volvió cuando ella regresó. Se ve que el gato tenía el mismo miedo que todos.
En el 85 puedo ver a todos sus hijos juntos afuera de una cárcel (desde el 73 que no se le daba) y lo demás fue lo de menos.
Luchó cuando hubo que luchar, alimentó de todas las formas posibles a todos los que estuvimos cerca de ella en la buenas, en las malas y en las recontramalas.
Se murió Herminia Macías de Suárez. “La” abuela para todos los exiliados mexicanos. Por eso me atreví a postear esto, porque imagino que muchos de aquellos exiliados andarán por acá o sus hijos, (o sus nietos).
Para nosotros se cerró la etapa épica de la familia que entre nosotros fue sostenida por ella.
Una historia como tantas en este país que dio mujeres que supieron y pudieron bancar los trapos cuando fue necesario.
A los que la conocieron, les pedimos un simple recuerdo para ella.

Porque es una de esas historias individuales, reales. Para recordar, contar y recontar.

Hegemonía

Hegemonia

Ahora que cualquier avenido se declara en contra de las “pretensiones hegemónicas” del gobierno o de determinado grupo político, quizás sea la hora de retomar (aunque sea superficialmente el tema).
de Wikipedia tomaré solamente la etimología

“El término hegemonía deriva del griego eghesthai que significa “conducir“, “ser guía“, “ser jefe“. No obstante, se contempla que provenga de la acepción del verbo eghemoneno, que significa “guiar”, “preceder”, “conducir”, y del cual deriva “estar al frente”, “comandar”, “gobernar”. Por eghemonia el antiguo griego entendía la dirección suprema del ejército. Se trata pues de un término militar. Hegemone era el conductor, el guía y también el comandante del ejército. En el tiempo de la guerra del Peloponeso, se habló de la ciudad hegemónica, a propósito de la ciudad que dirigía la alianza de las ciudades griegas en lucha entre sí.”

Y lo dejo ahi, porque cuando quiere explicarnos Gramsci agarra para cualquier lado.

Hegemonía es dirección, no es la dominación que obliga como erróneamente se cree. En este mismo sentido, una clase hegemónica es aquella que logra que todos las otras clases sociales piensen (y actúen!)  asumiendo como propios los intereses de la clase hegemónica. No es la imposición de un pensamiento único a toda la sociedad (algo verdaderamente irrealizable) sino una construcción de años que en virtud de la dominación política y la subordinación económica que ejerce una clase (o un sector de clase) sobre el resto del cuerpo social, puede llevar a cabo su proyecto (o modelo, como se dice ahora) sin  necesidad de recurrir a la fuerza represiva (que pasa a ser entonces un recurso extremo).

Esta esquela se fundamenta en una charla que tuve días atrás con una alumna de la escuela de adultos donde doy clases, en la periferia de Rosario. Mientras me fundamentaba su oposición a la “Ley de Medios” me sacudió con esta pregunta
“si yo quiero comprarme un canal de televisión ¿porqué no me lo voy a poder comprar?”

Y ahi me recordó -crudamente- lo que era la hegemonía. Y que es allí donde debemos dar la batalla.