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“Un tiempo de paz sin paz”: la República de Cambiemos

 

(Por Gabriela Rodríguez Rial)

 

Memoria hostil de un tiempo de paz sin paz”.

Spaghetti del Rock.

Divididos

 

Dentro de unos años este verso clásico de Ricardo Mollo nos remontará a este presente, entendido como actualidad política. Y para reflexionar sobre ella voy a evocar la sombra de la república y el republicanismo, quizás no tan terrible como la del Facundo de Sarmiento, pero que me obsesiona desde hace años como el tigre de los llanos lo hacía con el maestro sanjuanino.

En una entrevista publicada en Tiempo Argentino el 4 de noviembre de 2017 Gabriel Vommaro afirmó: “El PRO no tiene una raíz republicana en su tronco programático, le vino más por añadidura, en el ensamble de Cambiemos y con la figura de (Elisa) Carrió como fiscal de la República”. Esta frase me llevó a preguntarme si podemos concluir sin más que el nombre mismo del partido, que es anterior a su alianza con la profética Lilita, Propuesta Republicana, no remite de ninguna manera a la cosa. Mi respuesta instintiva es que sí lo hace y lo que sigue es un intento de justificar esta convicción.

Empiezo con una breve introducción: ¿qué se entiende por república? Cuando hablamos de república podemos identificar, por un lado, la tradición republicana, que, es siempre plural, ya que hay muchos y variados republicanismos. Por el otro, la república es un concepto habitado por una idea pero claramente distinguible de ella. Una idea, independiente de sus usos, es externa a los contextos, en cierto sentido trans-histórica. En cambio un concepto viaja en el tiempo y el espacio, los contextos impactan en su significado.

La república cambia sus sentidos en tiempos y lugares pero su contemporaneidad no puede desprenderse de lo no contemporáneo, como diría el padre de la Historia Conceptual, el historiador alemán Reinhart Koselleck. Pensemos en algunas de las definiciones canónicas de república: ideal de gobierno político o gobierno de la ley. En el caso de esta última acepción en la modernidad se asoció el gobierno de la ley a división de poderes, pero eso no fue así ni en la Antigüedad clásica ni en el Renacimiento.

Además de una concepto/idea la república es una identidad política que permite identificarse como republicano o republicana. Y ambas dimensiones (la identitaria y la conceptual) impactan en dos niveles que son distintos pero están interconectados si queremos entender qué es y para qué sirve la república como forma política: la Historia del pensamiento político y las prácticas políticas (instituciones, discursos, afinidades partidarias). En este texto nos ocuparemos de estas últimas.

¿Estamos gobernados por un partido político que lleva la república en su nombre pero cuyo pragmatismo está totalmente disociado del republicanismo? No estoy tan segura que lo pragmático y lo republicano estén siempre divorciados porque el republicanismo no es un principismo vacío. Se suele mencionar que el PRO encuentra su modelo de partido en el Partido Popular español que claramente no tiene el republicanismo en su ADN. Pero la historia político conceptual e institucional de la república en la madre patria y entre nosotros no es la misma. Por consiguiente, esa familiaridad partidaria no es suficiente para eliminar a la república del espacio de experiencia y del horizonte de expectativas del partido que gobierna la Argentina hoy.

¿Qué es la república para el PRO? Antes y después de llegar al gobierno, la república es percibida (entendida y sentida) como una salvaguardia. La república fue una salvaguardia frente a los excesos del kirchnerismo en el poder y ahora que el PRO está en el gobierno pasó a serlo frente a las demandas de los ciudadanos, las críticas los opositores, o las manifestaciones callejeras que parecen olvidar que desde el siglo XIX uno de los sinónimos de la república es gobierno representativo. En esa misma línea, el presidente Macri reivindica una versión institucionalista clásica de la república moderna que adjetiva y contiene a la democracia en su discurso post-electoral del 30/10/2017 en el CCK: “los argentinos ya han decidido que quieren vivir en una democracia republicana con instituciones respetadas, que también los respeten a ellos”. Y más clásicamente entiende a esas instituciones como el baluarte de la virtud, enemiga de la corrupción: “queremos un país en que la inflación sea intolerable; queremos un país donde la corrupción sea intolerable. […] hay que demostrar que se pueden ganar elecciones haciendo políticas con decencia”.

Al menos, otros dos aspectos enunciativos y semánticos se pueden señalar para mostrar la afinidad republicana del socio mayoritario de la Alianza Cambiemos.

Por un lado, el partido actualmente en el gobierno, tanto ahora como cuando estaba en la oposición, más allá del uso recurrente del vocablo “consenso”, tiene una retórica y una enunciación muy anclada en el republicanismo bélico que supone que el opositor político no es un adversario coyuntural, sino un enemigo que amenaza la forma política republicana que el enunciador/o la enunciadora del discurso cree representar y, además, es desagradable en lo personal. El PRO practica agudamente el arte de la chicana, y aunque a veces sale indemne a sus contradicciones internas, otras trastabilla. Un claro ejemplo es cuando Nicolás Massot acusa a los diputados y diputados kirchneristas de ser amigos de presidiarios y se olvida -y se lo recuerdan en el debate parlamentario- que cuenta con responsables de delitos de lesa humanidad en su propia familia.

Sin embargo, en el verano 2017-18 el republicanismo bélico del PRO abandonó el terreno de la retórico y entró en el campo político de una manera mucho menos discursiva. La república, que puede o no ser liberal en tiempos antiguos como modernos, desenfundó su revolver contra los ciudadanos y ciudadanas que tomaron las calles y no dudó en violar la legalidad y los derechos garantías que el liberalismo consagró en la constitución de 1853 y la democracia abrazó en 1983. Y en nombre de las reformas de mercado no se liberaliza la sociedad sino que se usa al derecho penal como el mecanismo para disciplinar opositores en una campaña contra la corrupción que las dudosas virtudes públicas y privadas de gran parte del elenco gubernamental hace no sólo poco creíble sino también peligrosa para el futuro de los políticos y políticas oficialistas. No sea que algunos líderes políticos de la coalición gobernante les pase como el personaje de Rubashov en la novela de Arthur Koestler, El cero y el infinito, que narra las purgas de la Unión Soviética en la década de 1930, y de perseguidores se transformen en perseguidos. Y eso puede suceder ya sea cuando los jueces federales, hoy sus aliados, sean obligados ( y ojalá que así sea) a pagar ganancias, o simplemente cuando al oficialismo de hoy se le acabe la fortuna electoral, cosa que, tarde o temprano, les pasa a todos.

Por otro lado, la república une al PRO con la Historia, aunque los actores y actrices políticas en escena no se den cuenta. El gobierno de Mauricio Macri viene revalorizando la meritrocracia (que es anti-popular pero no necesariamente anti-republicana) y la cultura emprendedora que el Ministerio de Modernización, Innovación y Tecnología de la Ciudad de Buenos Aires identificó con la figura de San Martín. Esto ocasionó, una justificada burla, por la boutade. Sin embargo, la tradición republicana alberdiana tenía su eje en la crítica al patriotismo bélico de los héroes de la gesta de Mayo, en la defensa de los entrepeneurs y en una concepción de la educación por las cosas muy diferente de la instrucción sarmientina orientada por un civismo autoritario. Los argumentos del republicanismo alberdiano para defender la educación como formación de emprendedores son mucho mejores que los ahora utilizados por el gobierno del PRO para justificar las reformas educativa y laboral. No estaría mal que Fedrico Pinedo que dice que Las Bases es su libro de cabecera, los recordara.

Algunos creen que estamos frente una mutación total de la política argentina que se lleva consigo todos consensos que se establecieron desde la transición democrática – entre ellos un mínimo, siempre fluctuante, respeto a las instituciones asociadas al Estado de Derecho- y que destruye no sólo partidos, sindicatos y liderazgos hasta ahora conocidos sino también cualquier tipo de solidaridad que pudo haber existido entre la elite política tradicional. Otros sostienen que de la iracundia retórica pasamos a la silente algarabía, que para algunos es una elogiable estrategia de marketing político y para otros, un síntoma de la crisis política.

Este diagnóstico puede ser válido. En lo personal me preocupa lo que está pasando con el Estado de Derecho en la Argentina, que parece valioso cuando se es minoría pero es una molestia cuando hay que gobernar. Cambiamos, ma non troppo. Tras lo que parece absolutamente novedoso hay historia. Porque el futuro, siempre está y siempre estuvo-lo digo en referencia a los analistas políticos que contrastan el futurismo del macrismo a la “pasadolatría” del kichnerismo-, y es un futuro pasado.

La Argentina es lo menos hegeliana que se puede ser, por eso ni Kojève ni Fukuyama sirven para interpretarla. Vico y Maquiavelo, italianos al fin, están más cerca de nuestra cultura política, que se debate entre los corsi y ricorsi de la historia, oscilantes ciclos de la fortuna, y alguna que otra innovación virtuosa. Al fin y al cabo, la república es orden político que se ve confrontado como dice J.P.G Pocock en su libro El momento maquiavélico “a su propia finitud temporal, como intentando mantenerse moral y políticamente estable en un flujo de acontecimientos irracionales”. Y esto también pasará, y cuando la república argentina se despierte en otro momento político quizás entienda que lo popular no es por definición antirepublicano y que los derechos y garantías del Estado liberal de Derecho pueden ser insuficientes pero son esenciales para que la democracia sea algo más que un “capricho de la aritmética”.

Foto.

El Gran Sarmiento

Hace doscientos años nació en San Juan Domingo Faustino Sarmiento. Con este comienzo de efeméride escolar, me permito compartir, con los compañeros y compañeras (como diría mi hijo de 3 años recientemente peronizado o barbarizado, según se prefiera) de Artepolítica, mis impresiones de los homenajes que, de un lado, y del otro, recibió el “gran maestro argentino”.
El gran diario argentino hizo un homenaje bien mainstream. Algunos fragmentos sarmientinos relativamente interesantes, la palabra del viejo Romero que aunque “vetusta” (diría mi rector Horacio Sanguinetti) siempre más certera que la de de su hijo, y la intervención de esas señoras expertas en educación que, a pesar de sus cortes de pelo modernos de pelo, se parecen más a Noelia, la maestra de Gasalla, que a los maestros sarmientinos, que como su mentor, eran normalmente autoritarios pero creativos y vanguardistas para su tiempo. Como todos los lancasterianos. Una de esas señoras se atreve a la siguiente boutade: la educación de Sarmiento era una educación popular no populista como aquella que presenciamos hoy con la distribución a mansalva de inútiles netbooks del Decreto 459/10. Realmente un argumento bastante pavo para plantear la antinomia popular populista que, en otro contexto, es más que interesante. O mejor dicho, para ser fiel a la pluma y la palabra de Don Domingo (el himno a Sarmiento con la Marcha de San Lorenzo me parecen lo más pero lo de la pluma y la palabra no deja de ser parcialmente redundante), lo que hace esta mujer con clara intencionalidad política de desacreditar el presente es una guachada que sólo puede decir “un mierda” (en este caso una mierda, para modernizar el tema de género). Dejemos por ahora el diccionario de improperios sarmientinos, una de sus genialidades que compartía con algunos de sus rivales políticos preferidos, y por eso más odiados, Rosas y los Varela. Vayamos al encuentro de Encuentro.
Ayer Encuentro pasó una bioepic de Sarmiento muy bien conducida por el envidiado y envidiable historiador hoy mediático, Gabriel Di Meglio, y con la calidad de formato y edición características de esos envíos del canal cultural. No faltó la cuota sensiblera, con niños claramente identificables por su fenotipo (al final puteamos al Sarmiento “racista” pero reproducimos sus gestos) con estudiantes de escuelas rurales del “interior” que contestaban aquello que sabían de Sarmiento. Algunas intervenciones intelectuales (Fabio Wasserman hablando de los intelectuales de 1837), una interesante dramatización de la composición del himno a Sarmiento, y un muestreo de esos lugares emblema donde Sarmiento dejó su marca (en un caso la literal los Baños del Zonda donde escribió en francés, “comme il faut”, las ideas no se matan). El mensaje era claro: Sarmiento era un enemigo de lo popular, pero, a pesar de ello, dejó un legado educativo que trascendió los intereses de la clase dominante a la que representó. Sin dejar de ser cierto, y cuidándose de contextualizar las expresiones de Sarmiento en un clima de época, también esta narrativa es algo simplificada (lo cual es lógico y natural) pero sobre todo nos impide apropiarnos desde acá de elementos claramente sarmientinos de nuestro modo de vida que pueden producir el desmayo o al menos el escozor (bah cosquilleo en la panza peluda) de quienes creen que nuestro presente es bien poco sarmientino.
Dejemos algunos comentarios al correr de la pluma. Primero, sin duda Sarmiento no era una amante de lo popular, o específicamente de aquellas fuerzas que encarnaban al pueblo real en su presente, pero tampoco era el mayor adorador de las elites dominantes entonces realmente existentes. En esa película épica, La vida de Dominguito, Homero Manzi, como guionista, demostró ser mucho más sutil que la historiografía neo-liberal y neo-revisionista al mostrarnos al viejo Sarmiento sordo y solo en el Senado, llamando a los diputados representantes de las fuerzas vivas de la nación (Rural Society) aristocracia con olor a bosta. Pero vamos por más. Si entendemos a la antinomia populismo legitimismo en términos de los valores culturales, sin duda Sarmiento era un legitimista, como casi todas las personas que llegan al saber por sus propios medios partiendo de una situación de subalternidad (como el propio Bourdieu que bien sabía de esto). Sin embargo, cualquier lector del Facundo, o incluso de los Viajes, se da cuenta que la fascinación de Sarmiento por la barbarie, ciertamente estetizada y romatizada, es tal, porque en su corazón, su estirpe (su sangre y su raza, para usar sus palabras) y su estilo (hasta en su lengua) se siente un bárbaro. El único bárbaro (quizás con la excepción de Rosas, aunque este actúe “a la inversa) que está autorizado el hacer de la barbarie el instrumento de civilización.
Sarmiento fue también un político pendenciero, peleador, con múltiples y cambiantes enemigos. Consciente, mucho más explícitamente que sus falsos acólitos, que la política es conflicto. Su carácter polémico no creo haya sido funcional a los designios de la elites dominantes que siempre juzgó como excesivo a este gaucho de la pluma. Albedi, otro personaje que merece algo más que gargareliadas (leáse comentarios del Dr. Roberto Gargarela) era en eso más funcional, como buen egresado del Colegio (entonces del Ciencias Morales y hoy Buenos Aires). Sarmiento jugaba un partido donde uno y sólo uno tenía que ganar: él. Era un personalista de la política, no tenía referentes institucionales, generaba antagonistas por doquier, se amigaba con execrables, y atacaba a sus antiguos compañeros de ruta. Y con sus enemigos, no tenía ni justicia. Pero era desagradablemente fascinante. Cualquier similitud con otros no “prohombres” argentinos, ¿será pura coincidencia? Lejos estaba Sarmiento de ser un hombre de partido: tiene razón Di Meglio. Para eso estaba Don Bartolo (Mitre). Hombre de partido, liberal, pero único, hegemónico, y controlado sólo por él y para él. Un partido que siempre ganaba porque cuando perdía era porque los otros habían hecho trampa. Eso es más típico de los pro-hombres y pro-mujeres de hoy. Pero si hay que reconocerle algo a Mitre es que, salvo cuando se escondía en la polvareda de los archivos (qué documentos tiene su biblioteca museo, vayamos populistas a apropiarnos del plusvalor ya apropiado por los dominantes) para hacer historia “científica”, decía lo que pensaba, aunque no siempre pensara lo que decía. Lástima que su diario presente hoy como objetividad lo que históricamente ha sido tribuna de doctrina.
Volviendo a Sarmiento si hay algo de popular en su forma de ver y hacer la política está en su “republicanismo cívico”. Para Sarmiento, quiera o no, todo pueblo debe votar. Mucho mejor si ese pueblo está compuesto por gajos renovados de la inmigración, pero para que estos den frutos no deben ser solamente industriosos y laboriosos habitantes, tienen que ser comprometidos ciudadanos. Y si no lo son, hay que obligarlos a las patadas. Sarmiento adoraba la política y despreciaba a quien se desinteresaba por ella y sólo quería llenar de dinero sus bolsillos sin comprometerse en lo que Arendt llamaría la “vita activa”. Por eso, su enojo final con los inmigrantes, no tanto y no sólo, porque no fuesen anglosajanes sino porque esos “tanos” querían seguir hablando italiano y ganar guita sin valorar las dos cosas más importantes para la vida de Sarmiento: la participación política y la escuela pública.
Sin entrar en detalle porque no tenemos ya espacio, pero haciendo honor a la actualidad, Sarmiento admiraba a los EEUU. Pero no tanto porque fuese potencia imperial (en su tiempo para eso estaban los chupamedias de Inglaterra) como hacen hoy quienes no se dan cuenta, que para bien o mal, el imperio americano está en decadencia. Lo admiraba porque creía que allí estaba el presente de la democracia y el desarrollo industrial articulado con una producción primaria centrada en la pequeña explotación. Seguramente sus EEUU tenían más de los EEUU de La Democracia en América de Tocqueville que los que él realmente llegó a conocer, pero desilusionado con la “civilización” europea encontró un sueño americano no en comprar en Miami si no en educar al soberano.
Al fin y al cabo, si de educación se trata en 6 años de gobierno Domingo fundó 800 escuelas. Cristina, que habla y vive orgullosamente como un producto de la escuela sarmientina, construyó y terminó en su gestión 686 escuelas en tres años de gestión y son 1098, contando desde el 2003. No se hacían tantas escuelas desde el primer peronismo, dicen los que saben y no necesariamente nos quieren. Vieron, al fin y al cabo, también hay Sarmientos nac and pop. Lo cool queda para el kirchnerismo 3.0.