ticruz

Seis omisiones de Sarlo

El pasado viernes 16 de marzo Beatriz Sarlo publicó una nota en La Nación comentando un discurso de la Presidenta (http://www.lanacion.com.ar/1456937-la-filosofia-del-lenguaje-k). Su argumentación incurre en varias omisiones, que trataré de relevar a continuación, articulándolas sobre algunas citas de su artículo. Me llama la atención darme cuenta de que en mis argumentos surgen varios conocimientos y herramientas que aprendí en la misma Facultad de la que Sarlo fue una de sus mejores docentes. Me sorprende estar resaltando una serie de cuestiones que me costaría infinitamente pensar que Sarlo desconoce. Es algo que me pasa ya hace un tiempo con ella (y otros), y me preocupa y me provoca profunda desconfianza. La ignorancia es un mal más o menos aceptable en ciertas tribunas. ¿Pero qué implica una ignorancia pretendida? ¿Qué hace un intelectual cuando finge no saber lo que sabe?

1. Omisión de la política. “Pero ya se sabe qué son los medios: una fachada de negocios mal habidos, tan distintos de los empresarios amigos, esos verdaderos capitalistas de riesgo que juegan sus fortunas en las empresas para dinamizar el mercado de trabajo”. La ironía de Sarlo es clara: el gobierno hace diferencias evidentes entre dos grupos de poder que son, en realidad, iguales. No queda claro si para ella la falacia oculta que en realidad son igualmente buenos, o igualmente malos, o igualmente neutros. Supongo que no lo primero, ya que no ironizaría sobre los empresarios. Supongo que no lo segundo, ya que no estaría publicando en una columna de los medios. Lo tercero quisiera verlo argumentado, ya que la neutralidad de los grupos económicos es una afirmación aventurada. Esa “neutralidad” es una idea que subyace permanentemente al discurso de Sarlo, pero que nunca enuncia y por ende nunca fundamenta, en una práctica de silencio de esas que tanto le gusta condenar. Pero no es éste el punto. Lo que parece necesario resaltar es que Sarlo ha perdido toda perspectiva política de análisis. Cimenta su ironía sobre una dimensión ética especialmente ingenua (o no), ignorando por completo que los criterios de la política no son éticos, sino políticos. No tengo ninguna simpatía por los empresarios, ni por ningún grupo concentrado del poder y del capital. Todo lo contrario. Pero eso no me impide ver que ciertos sectores se vuelven estratégicamente afines. Entiéndase: las propuestas estratégicas del kirchnerismo son bastante sencillas: remplazar el modelo financiero por un modelo productivo, mantener un estado fuerte regulador de la economía, fortalecer todo lo posible el trabajo en blanco y los derechos laborales, concentrarse en aumentar los ingresos de los que menos tienen y disminuir así la desigualdad. En general, nadie en sus cabales discute que esto es lo que ha hecho el gobierno desde el 2003. Quienes acordarían con el programa pueden decir de una vereda que no lo hizo lo suficiente, de la otra que lo hizo más que cualquier otro gobierno, compitiendo solamente con los de su antecesor político, Juan Domingo Perón. Y probablemente ambos tengan razón. Discusión para otro contexto. Lo que sí me importa resaltar es que los empresarios que invierten dinero en producir en el país son solidarios estratégicamente con ese proyecto de gobierno, y los medios que pretenden desestabilizar la credibilidad política y económica (que intentan, deliberadamente, generar, por ejemplo, corridas del dólar o caídas de la bolsa) para recuperar un poder perdido son contradictorios. No son peores o mejores “éticamente”. No son malos y buenos. Se trata de una coyuntura política, y como tal se trata.

2. Omisión de la ideología. “La Presidenta recurrió a un hit del federalismo antiporteño: los argentinos no tienen que pagarle a Buenos Aires sus lujos. Lo que dice Cristina Kirchner instala una revulsiva simetría con las afirmaciones de Macri de que a los hospitales porteños viene a tratarse la gente del Gran Buenos Aires, o que el Indoamericano estaba lleno de extranjeros”. Veamos en qué consiste esa simetría. El argumento de Macri (y de tanísimos porteños) es conocido: los ciudadanos de Buenos Aires no tienen por qué pagar por la salud de los ciudadanos de otras provincias, especialmente de la homónima. El argumento de la Presidenta es, es verdad, similar: los ciudadanos de otras provincias no tienen por qué pagar el transporte de la ciudad. Es verdad, son evidentemente simétricos. Sólo si se los restringe a lo discursivo, y se omite el contexto. Porque lo que olvida Sarlo es que no puede haber simetría donde la realidad es asimétrica. El dato que olvida Sarlo es que la Ciudad de Buenos Aires es el distrito más rico del país, y que esa asimetría de las realidades implica necesariamente (por lo menos desde una psotura de izquierda) una asimetría de las prácticas. La simetría que propone Sarlo es aquella por la cual pobres y ricos tienen igualmente prohibido dormir debajo de los puentes. Lo que Sarlo omite es, dicho metafóricamente, una perspectiva de clase, que está por el contrario claramente resaltada en el discurso de la Presidenta en la palabra que Sarlo ignora: “lujos”. La asimetría instalada por la Presidenta no es “falsa”, es ideológica, implica una postura acerca de lo que se entiende por justicia. Se podrá estar o no de acuerdo, pero reducirlo a su valor de verdad o de coherencia es una negación de la posibilidad de la postura ideológica que está, por lo menos, pasada de moda.

3. Omisión de la retórica. “Usar a Salustriana como argumento de cómo debe diseñarse un sistema de transporte (o un proyecto cultural) es un golpe bajo, de populismo demagógico”. Sarlo sostiene que citar a una habitante de La Quiaca para opinar sobre Buenos Aires implica una falacia que se constata en el hecho de que, interrogada sobre una larga serie de otras cuestiones de la misma manera, respondería lo mismo afectando no ya a la Ciudad de Buenos Aires y al macrismo, sino a la práctica del gobierno nacional (muchas más cosas que el subte no son prioridad para el habitante de La Quiaca). El argumento es irrefutable. En efecto, como dice Sarlo, a Salustriana le importa tan poco la sala de ídolos populares de la Casa Rosada como el subte. Llama la atención una serie de cosas que Sarlo incluye en esa lista. Por ejemplo, “las visitas de la presidenta al G20”. ¿Está Sarlo sosteniendo que la política internacional de la Argentina no afecta a los habitantes de La Quiaca? No lo creo, sería demasiado aventurado. ¿O está diciendo que a Salustriana no le importa el subte porque sencillamente no le importa, ni es capaz de entender, el alcance político de nada, y que cualquier medida de gobierno que no sea una prebenda directa le resultará ajena? El notorio desprecio por lo popular que implicaría este segundo aserto es tan notorio como penoso, y poco sorprendente. Por otro lado, quisiera ver a Sarlo argumentar por qué, en una concepción compleja y elaborada de la política de la que Salustriana no es capaz, el subterráneo de Buenos Aires sería tan relevante para Salustriana como la política internacional. Pero éste no es el punto. Volvamos a las partes de la lista en que, Sarlo tiene razón, la política de gobierno tampoco afecta a Salustriana. Citarla para hablar de los subtes implica, es verdad, una falacia. Pero no está ahí en tanto argumento racional (nadie, ni la Presidenta, muy afecta por otro lado a los argumentos racionales, sostendría que lo es), sino en tanto efecto retórico. El efecto que la Presidenta pretende poner en escena interrogando a Salustriana, es nuevamente, la puesta en escena de la desigualdad existente en la sociedad argentina. Si, como dijo antes, las provincias de menos recursos no debieran pagar los lujos de Buenos Aires, se resalta el contraste mostrando cuáles son esos ciudadanos que están pagando el subte porteño. Y si el argumento resulta falaz, ese contraste es innegable. Se dirá que el gobierno comete una serie de injusticias similares. Quisiera ver en La Nación el artículo que reclamara por esas injusticias, y no por los usos retóricos, y esta respuesta sería bien diferente. El final de la cita de Sarlo deja bien en claro el problema: no se trata de las inequidades, sino de la retórica. Lo que aquí llamamos “efecto”, Sarlo lo llama “golpe bajo”, y es necesariamente una práctica “de populismo demagógico”. Semejante rechazo de los usos retóricos del lenguaje contrarios a la argumentación sobre premisas falsables y lógicas parecen más propios de un hombre de ciencias duras que de una mujer de letras, como es Sarlo. Pareciera negar una colección de teorías lingüísticas hegemónicas de las últimas décadas según las cuales la verdad es un efecto del lenguaje, y no su consecuencia. Si se pretende condenar todo uso retórico al mote de populismo, se está negando una verdad del uso del lenguaje (y del uso político del lenguaje) que data de miles de años y que, en todo caso, no es un vicio privativo de la Presidenta, ni mucho menos. Pero además, recae mucho más en las formas que en las verdades: me encantaría que Sarlo expusiera, a fin de cuentas, cuál es la mentira populista que el efecto retórico de la cita enuncia.

4. Omisión de la libertad. “La autonomía de Salustriana está afectada porque no tiene libertad para contestar a la Presidenta de un modo diferente […]. Ni aunque quisiera hacerlo. Salustriana no podría decirlo. Muy pocas personas están en condiciones de refutarle algo, cara a cara, a un presidente. Por eso, un presidente abusa de su poder cuando disimula el lugar del irrefutable. Como Cristina frente a Salustriana, hace un gesto del más tradicional paternalismo”. Sarlo tiene razón en encontrar asimétrico el diálogo, y en resaltar el carácter vertical que éste asume. Se olvida, hay que decirlo, que no solamente el diálogo con una Presidenta es asimétrico. Que sucedía lo mismo cuando ella interpelaba a un alumno en el aula de mi Facultad, o ahora que lo hace desde una tribuna de la prensa gráfica. El presente escrito, sin ir más lejos, es una respuesta de carácter subalterno en relación con la nota de Sarlo, ya que no gozo del acceso a los espacios de prestigio, llegada y poder social de los que Sarlo dispone. Sin embargo, exagera esa verticalidad hasta el absurdo al privar por ello de toda libertad a Salustriana. ¿De verdad no podría responder de manera distinta “ni aunque quisiera hacerlo”? ¿No contamos en la historia con cantidad de ejemplos de ciudadanos de a pie inerpelando altas figuras de autoridad? (Me vienen rápidamente a la cabeza las lágrimas de Cavallo). Salustriana estaba condenada a la libertad, diría Sartre, de responder lo que quisiera. Con condicionantes, es indudable. Pero alienar a Salustriana de su libertad es sostener una falla insalvable y eterna entre el pueblo y los poderes que se asemeja a una visión feudal de la política. Sí, por el contrario, debiéramos resaltar que hemos tenido numerosos presidentes y autoridades que jamás podrían haberse puesto en la situación enunciativa de dialogar con Salustriana, por miedo a la respuesta que provenga de su libertad inalienable.

5. Omisión de la realidad.  “[La lengua] tiene que ser sólo propiedad de la Presidenta, ya que los poderes de enunciar o silenciar tendrían siempre efectos materiales. El unicato cristinista es, en primer lugar, un unicato de enunciación”. Una vez más, Sarlo tiene razón: la estrategia discursiva de la presidenta consiste en mostrar que el único discurso válido es el suyo. Dejemos para otro momento la posibilidad firme de que, dado el contexto en el que nos encontramos, algo tenga de cierto. Lo que Sarlo pareciera no ver es que esa es la estrategia de casi cualquier individuo en casi cualquier contexto polémico. O mejor aún, es la estrategia de todo el que puede permitírselo, del que goza de una prerrogativa y autoridad discursiva que le permite ponerse en ese lugar sin ponerse en ridículo. La posmodernidad condena este recurso retórico, yo no coincido con ella. Pero en todo caso, me gustaría ver cuál es el espacio de la sociedad argentina en donde el discurso no se para, o no pretende pararse, desde ese lugar (hace poco Sarlo aún mostraba ciertas simpatías por Elisa Carrió, que llevaba esa lógica hasta su paroxismo más extremo). La falacia en la que incurre, tanto Sarlo como casi toda la oposición, es confundir estrategias retóricas con represión política. No hay tal unicato de enunciación cristinista, no existe en el mundo real, sólo reside en una postura enunciativa de la presidenta y en la cabeza de aquellos que la aceptan, de una manera u otra. La trampa es evidente: referirse a una estrategia discursiva como “unicato de enunciación” la transforma en lo que no es, una práctica represiva monopólica propia de un estado totalitario. En la retorica cristinista podrá haber una pretensión de discurso único, en la realidad no podríamos estar más lejos de eso. Omitir la realidad es, además de una falacia, una trampa y una manipulación peligrosa.

6) Omisión de lo emocional. “Según la filosofía del lenguaje K, la lengua es mágica”. Leí varias veces el artículo tratando de encontrar de qué argumento se desprende esta idea. Nada, absolutamente nada lo sostiene. Sí se entiende que el kirchnerismo le otorga una cuota de poder al discurso, cosa que, creo, nadie negaría. Pero nada muestra ese carácter “mágico” según el cual “Cristina Kirchner atribuye al lenguaje el poder de producir los acontecimientos. Lo que se nombra, automáticamente, pasa a existir: abracadabra” (el único argumento que da es al ejemplificar con la idea de que “la palabra ‘inflación’ hace subir los precios”, lo que, sin querer explicar con esto todo el fenómeno, es una verdad política evidente). Podría hablarse de una falacia, sencillamente, pero creo que va más allá. Relegar al kirchnerismo al lugar del pensamiento mágico es ponerlo en el lugar de lo incivilizado, de lo salvaje. De este lado, la racionalidad de la palabra, del otro su carácter totémico primitivo. Una vez más, el kirchenrismo, como buen peronismo, se ve reducido a la oposición entre civilización y barbarie. Como si todo de este lado fuera tan racional. La nota empieza, curiosamente, apelando al “joven” que, sin ninguna clase de argumentación racional, califica al discurso de la Presidenta de “dantesco”. Más tarde, a Sarlo se le escapa un subjetivema injustificado al calificar la asimetría tratada más arriba de “revulsiva”, apelando al vómito de la misma manera que sucedía en un desafortunado spot de campaña radical. Eso es el kirchenirsmo para Sarlo: lo primitivo, lo infernal, lo vomitivo (lo visceral). Supongo (espero) que nadie verá en estos adjetivos una discusión racional, plural, respetuosa, sino más bien una íntima convicción de que la única palabra válida es la propia, un “unicato de enunciación” que, a diferencia del de la Presidenta, se cimenta sobre bases profundamente antipopulares. Existe un viejo reclamo en torno a la palabra “gorila”, principalmente de parte de las izquierdas tradicionales. ¿Es posible no ser peronista y tampoco gorila? ¿Es sencillamente “gorila” un sinónimo de “opositor”? Se ha usado así, y coincido en que no tiene sentido el término de esa manera. El gorilismo, si es de alguna manera una palabra que representa algo, no es la oposición al peronismo, sino la reducción del peronismo a eso: a un fenómeno primitivo, infernal, visceral. No hay desacuerdo, no hay discusión, sólo odio y desprecio. El otro no piensa diferente, o es cómplice del mal, o es víctima de su estupidez. El artículo de Sarlo, como la mayoría de los suyos, peca de este gorilismo. Llama la atención recordar que Sarlo fue probablemente la principal precursora en las letras nacionales del uso del concepto de “estructura del sentimiento” acuñado por Raymond Williams. Porque suponer (como pretensión y postura basada en un efecto retórico de lenguaje) que el suyo se trata de un análisis racional del discurso, omitiendo aquello que supura por todas partes: el aspecto emocional de la política, de su postura política. Irracional. Primitivo, infernal, visceral, desde su punto de vista.

Foto.

Ellos o nosotros

Nicolás Casullo, con la agudeza que lo caracterizaba, señalaba insistentemente en los meses previos a su lamentada muerte la trampa que constituía el término “consenso”. Por citar un ejemplo, en una nota de Página/12 del 20 de abril de 2008 decía que “el vocablo ‘consenso’, al parecer naïf, pero que hoy sirve para nombrar una suerte falaz de “mundo-todos-de-acuerdo”, pero mundo al que sin embargo le faltan todos los que no están invitados en esa mesa. Y donde tampoco sobreviven los temas “desaparecidos”, que ni siquiera parecen estar en la memoria de las cosas”.

La trampa del consenso fue especialmente articulada en la Argentina para enfrentar, precisamente, la resurrección de ciertas disputas políticas. Disputas que eran realmente esos “desaparecidos” de los que hablaba Casullo en la vida política argentina de las últimas décadas. Como todo ente ideológico, cuando se vuelve socialmente útil se instala en todas las esferas de la sociedad, por lo que no solamente vamos a escuchar hablar de consenso en problemas de política nacional, sino también en internacional, espectáculos, deportes, etc. Se quieren sacar aquí algunas conclusiones útiles para pensar la política argentina a partir de la presencia mediática del término “consenso”. Se cree aquí que, en este sentido, el diario Clarín es representativo tanto de la vida mediática de la Argentina, al ser el diario de mayor tirada, como de las voces opositoras al proyecto nacional, por ser quien las articula en un discurso homogéneo. El siguiente cuadro muestra el promedio de apariciones diarias del término en el periódico desde el comienzo de la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner el 10 de diciembre de 2007 hasta el día de hoy, día del bicentenario, 25 de mayo de 2010.

 Algunas observaciones:

1) El concepto no es productivo en el primer tramo del gobierno de Cristina Fernández (cierto nivel inicial es esperable por la necesidad de cierto consenso de parte de un gobierno que recién asume). Tiene una crecida importante en marzo de 2008, que se repite intermitentemente (nótese que de este período es la publicación del citado artículo de Casullo), pero el auge principal se da a finales de junio (una crecida rapidísima que lleva al pico máximo de un promedio de casi seis apariciones diarias). Precisamente entre el 27/6 y el 6/7 el término florece en el matutino. Las fechas dan un idea clara de qué es lo que aglutina está creciente apelación al consenso: el 10 de marzo de 2008 se firmó la resolución 125/08, de retenciones móviles, y entre el 30/6 y el 5/7 se debatió en diputados, donde consiguió la media sanción, pero con menos votos de los esperados, lo que permitía predecir que no sobreviviría al senado. De hecho, el segundo gran protagonismo del término se da alrededor del 16 de julio, día de la derrota de la ley, con el voto no positivo del vicepresidente.

2) Se puede observar cómo el debate por las retenciones instala el tópico del consenso, que va a mantener una regularidad de apariciones mucho mayor de la que había tenido antes del conflicto. La apelación al consenso por parte de la oposición va a ser una constante durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, contrapartida necesaria de la intención de instalar la certeza de vivir en un régimen autoritario cuasi dictatorial, revestida del absurdo reclamo por una libertad de expresión supuestamente mancillada desde la Casa Rosada.

3) Hay un solo período en el que las apariciones del término vuelven al bajo nivel previo al conflicto por las retenciones: el que va de mediados de diciembre de 2009 hasta, aproximadamente, fines de marzo de 2010. Otra vez, el contexto no es azarozo: el 14 de diciembre de 2009 la presidenta presentó por Cadena Nacional el Fondo del Bicentenario, medida sobre la cual giraría una furiosa ofensiva opositora que intentaría acorralar al gobierno hasta dejarlo sin aire. La estrategia dejaba de ser la de proponerse como democráticos y pluralistas que apelaban al diálogo, sino el ataque directo destituyente. En este sentido, la instalación de una lógica del consenso resultaba improductiva. La edición de la revista Noticias del 5 de marzo de 2010 titula “Infantocracia”, y señala la inmadurez de la clase política argentina. Lo novedoso es que, por primera vez, la oposición cae en la volteada, y es un claro síntoma de que la conducta absurdamente intransigente de las fuerzas opositoras ya no tiene legitimidad y aceptación. Lo que se hace evidente en el hecho de que se trata de un período de fuerte recuperación del kirchnerismo, creciendo vertiginosamente en las encuestas de imagen y generando multitudinarias manifestaciones a favor del proyecto nacional. Todo pareciera indicar que cuando el discurso instalado es confrontativo, crece el gobierno. Cuando es el del consenso, crece la oposición.

4) En las últimas semanas, como se puede ver, las apelaciones a la necesidad de consenso reaparecen en el escenario. Leo los titulares de Clarin.com de hoy, día del bicentenario. “También en el Tedeum oficial, la Iglesia hizo un fuerte llamado al diálogo”. “Bergoglio: ‘El país pide un clima social y espiritual distinto'” (y allí en el copete se aclara que habla de la necesidad de “superar el estado de permanente confrontación”). “En medio de los festejos, Macri pidió ‘bajar el nivel de conflicto'”. Evidentemente, la oposición se reacomoda en la postura que mejor le sienta, y mejores resultados le ha dado. Será cuestión de no permitir que vuelva a avanzar sobre esos términos.

Se pueden ver nítidamente, entonces, dos formas opuestas de entender la praxis política: como una correlación de fuerzas basada en la confrontación de ideales o como una permanente articulación de acuerdos y consensos. La revisión hecha indica que cuando se impone la segunda, las reivindicaciones del campo popular retroceden, y avanzan en cambio cuando la vida política se entiende en términos confrontativos. Esta observación no es un mero azar: la negación de una lógica confrontativa y el acento puesto sobre la necesidad de acuerdos implica la aceptación de una de las premisas ideológicas fundamentales articuladas por la lógica neoliberal en el mundo: la de la muerte de las ideologías. Si no existe una oposición básica entre principios, proyectos y voluntades enfrentados en virtud de reivindicaciones políticas que son irreconciliables con otras, la lucha de fuerzas se transforma en no más que un mezquino regateo por el reparto de fuerzas que obedece a ambiciones personales de poder de dirigentes ambiciosos y egoístas y no al intento de construir sociedades de signo muy diverso. Es necesario, entonces, reivindicar enérgicamente la existencia de ideologías opuestas irreconciliables que necesariamente van a luchar por el poder en una lógica política confrontativa. El estado de situación, profundamente injusto y desigual, debe ser conservado intacto para algunos, y para otros
-para nosotos- debe ser sometido a una transformación fundamental que defienda los derechos de los sectores más postergados y vulnerables. Quienes defendemos esto y quienes defienden aquello no podremos jamás conciliar, estaremos siempre enfrentados, confrontando, en veredas opuestas.

Es en este sentido que se plantea el escenario actual: en virtud de las reivindicaciones fundamentales de los derechos populares conseguidas en los últimos años por el actual gobierno nacional, la discusión se ha reinstalado y ha resurgido una confrontación real, entre los intereses de los sectores conservadores dominantes y las medidas progresistas y redistributivas de los últimos años, que vulneran sus intereses. La confrontación, entonces, no es un rasgo de carácter del matrimonio Kirchner, no es el resultado de una supuesta (y absurda) voluntad dictatorial. Es un hecho real, un dato de la realidad, es la existencia concreta de dos políticas enfrentadas.

 

En este sentido, es necesario pensar cómo se articula una matriz ideológica de condena moral de la lógica confrontativa. ¿Por qué se siente que la confrontación es siempre mala, peligrosa? El filósofo esloveno Slavoj Zizek, en una de sus conferencias en Buenos Aires, analiza el rechazo de la violencia como un síntoma fundamental de la cultura posmoderna y neoliberal. El hecho violento implica siempre una voluntad de transformación del otro, un intento de penetrar en la lógica del otro e intervenir en su vida. La violencia se encarna en el derecho y la voluntad de los seres humanos de interevnir en la vida de los otros seres humanos. Jamás será aceptada por una lógica eminentemente individualista, como es la de nuestro tiempo, en la que el derecho del sujeto sobre sí mismo como individuo aislado y autosuficiente, jamás entra en colisión con el otro, en la que el ideal es la no influencia mutua entre las personas. La violencia es una ruptura de nuestra frontera individual que invade el fuero íntimo, personal, aislado.

Es interesante ver que la política cultural del kirchnerismo y de los sectores de la cultura cercanos al gobierno han promovido en los últimos años una reconsideración de la lógica de la violencia, encarnada principalmente en una reivindicación de la militancia de los años setenta. Por dar algunos ejemplo, en este período ha florecido el cine, desde los subisidios del INCAA, que revisita el período de la lucha revolucionaria; La Gaby y Trelew, documentales que rescatan desde una retórica casi épica hitos fundamentales de la guerrilla argentina son, quizás, los ejemplos más sobresalientes. La reedición de La Voluntad, libro que es ya un clásico sobre el tema, en volúmenes más económicos y de mucha mayor tirada que en la impresión original, también es un síntoma en este sentido, así como los suplementos de José Pablo Feinmann en Página/12, la aparición de la publicación periódica Lucha armada en la Argentina y el discurso con el que se ha articulado la defensa de los derechos humanos, que se corre de la apelación instalada a una supuesta inocencia de los desaparecidos, como si la militancia fuera culpable.

No pretendo con esto reivindicar la posibilidad de sostener una lucha armada en la Argentina actual. La lógica imperante nos indica claramente lo contrario, tanto en el contexto argentino como en la forma del surgimiento actual de las izquierdas latinoamericanas. La violencia física no es el camino, y eso es claro y no se discute aquí. Pero sí es preciso revisar esta valoración de la violencia, porque su misma suerte sufre cualquier lógica de confrontación. Si las políticas se definen en términos de contradicción, necesariamente una debe vencer y por lo tanto imponerse sobre el otro, intervenir en la vida del otro. Si la resolución 125, por ejemplo, era confrontativa, y por eso peligrosa, era porque penetraba, invadía el terreno individual del sujeto agrario (en particular su bolsillo). Supuestamente, una lógica consensual implica un acuerdo mutuo en el que nadie impone su postura, y por lo tanto nadie se ve invadido por la intervención política del otro. El problema central de esta concepción, y se vuelve así a la necesidad de reinstalar la oposición ideológica, es que mantener al otro intacto, no intervenir en su estado de cosas, es necesariamente no provocar transformaciones sustanciales, lo que no podemos aceptar en una sociedad injusta y desigual, que necesita urgentemente ser transformada.

Se trata, entonces, de la confrontación entre la intangibilidad de los seres humanos y la necesidad de reconfigurar la sociedad de manera más justa y equitativa. Se trata, básicamente, de decidir entre el derecho de los poderosos de mantener sus privilegios y el derecho legítimo del pueblo de reivindicar las banderas de la justicia social, la equidad y la igualdad. El bolsillo de los que concentran la economía o la dignidad de los trabajadores. No nos dejemos engañar entonces con los cantos de sirena supuestamente democráticos del consenso, no aceptemos la imposición del diálogo con aquellos con los que no hay nada que dialogar y digamos que la confrontación legítima se plantea, entonces, en términos de ellos o nosotros.