Crónica de un junio conquistado

Había estado desde la tarde del miércoles hasta el comienzo de la madrugada del jueves en los alrededores del Congreso. Precisé volver a mi casa para descansar un rato, para darles un beso a mis hijos y contarles que esta lucha, y mi ausencia esa noche, también tenían que ver con la búsqueda de una sociedad mejor para ellos también. Cuando llegue a casa, ellos dormían y mi mama me esperaba con un té caliente y un entusiasmo inmenso por saber qué pasaba en la plaza, en la calle.

Lo de descansar fue en vano. Necesariamente tuve que prender la computadora, ponerme los auriculares para que el sonido no despertara a los chicos, y seguir la sesión en la cámara de diputados.

Me desperté con un estruendo, como si fueran fuegos artificiales que sonaban cerca. Me había quedado dormida sobre el teclado de la computadora. El sobresalto me hizo pensar lo peor: los anti derechos festejaban su victoria. Por suerte nada de eso había pasado. Me lave la cara, preparé el mate y nuevamente seguí lo que pasaba en el recinto.

Alrededor de las 8 de la mañana emprendí el regreso al Congreso. Esta vez sí pude saludar a mis hijos que me preguntaban porque me iba de nuevo. “Esto también es por ustedes” dije. Sonrieron, me dieron un abrazo y gritaron “¡vamos!” señalando el pañuelo verde que adorna la biblioteca.

Baje en el ascensor secándome las lágrimas que desde ese momento, y por diversas situaciones, iban a ser moneda corriente durante todo el día. Durante varios días.

Esas sensaciones mezcladas que afloren cuando estamos intentando conquistar un derecho.

Los motivos son diversos y las causas por las estamos impulsando este pedido no tienen que ver solamente con conseguir que se reconozca la autodeterminación sobre el propio cuerpo. Quienes se oponen a esta ley discuten números, como si eso hiciera a la cuestión de fondo. Pero si de cantidades quieren hablar, podemos decir que según un informe que llevó a cabo el Centro de Estudios de Estado y Sociedad junto con el Ministerio de Salud de la Nación en el año 2005, se estimó que en nuestro país se realizan entre 370.000 y 500.000 abortos por año. A pesar de cualquier cuestionamiento, lo cierto es que cada uno y cada una conoce a alguien que abortó. Ese motivo debería ser suficiente.

Me bajé del subte en la estación Pasco. Caminé corriendo, un poco para llegar lo antes posible y otro poco para paliar el frio que parecía que entraba hasta calar en los huesos.

Me quedé atascada en Callao y no pude llegar adonde estaban mis compañerxs. Me paré en un hueco y nos miramos con otras mujeres que estaban en la misma que yo. Cruzamos palabras, un pañuelo, los datos que llegaban cuando los celulares tenían señal.

Llegó el momento: no había nitidez en el sonido, pero en eso pudimos escuchar que se iba a proceder a la votación. Ya no hacía frío, o el calor de la lucha se llevaba puesto todo. Silencio. De repente, este grito cargado de una emoción que no puedo expresar. Lloramos de alegría, entre tres nos abrazamos. Lo hicimos como si nos conociéramos desde siempre. Una de ellas dijo ” pensar que nunca las vi y gracias a esto ya nunca más me las voy a olvidar”. Y yo tampoco me voy a olvidar de su rostro ni de esas palabras.

Excepto los días en que nacieron Bautista y Valentín, no recuerdo momentos con la carga emocional de ese día. A mí que expresar no me cuesta nada, se me hizo difícil durante varias horas, poder poner en palabras la vivencia del instante en que se votó pero también lo que se respiraba, lo que se sentía desde el día anterior.
Así estamos siempre, nos organizamos para acompañarnos en la lucha, en la calle, en la noche, en el llanto. Nos criaron haciéndonos creer que éramos tan histéricas que solo podíamos sacarnos el cuero y envidiarnos. Desde hace tiempo tengo la convicción de que hasta esa concepción berreta y estigmatizante vamos a deconstruir.
Lo vamos a cambiar todo. Ampliar derechos en este contexto, en una América Latina que retrocede en materia de conquistas de los sectores mas relegados (y más allá de la media sanción que nos queda por delante) es un logro descomunal.
Nunca más duden del poder de organización y de la militancia de este movimiento.
No nos importa que nos critiquen ni que se quejen de la plaza sucia. Estamos conquistando este derecho también para lxs que nos señalan. Porque somos eso, somos plurales, transversales, inclusivxs, diversxs.
El presente es de lucha y el futuro, feminista.
Gracias a todas. Gracias por esto. Recién empezamos pero estamos convencidas de que se va a caer.

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