Denuncias de acoso: ¿Se pueden resolver las demandas del movimiento de mujeres retomando la base de la igualdad de oportunidades?

Nuevamente los integrantes de una reconocida banda están en el centro de la escena debido a una serie de denuncias de acoso realizadas por diferentes mujeres.

Las chicas se organizaron para confeccionar un documento conjunto en el que, entre otras cosas, explican qué es lo que buscan con la difusión de este comunicado.

Al respecto de este caso, cabe destacar que aprovecharse de la inmadurez sexual de una persona menor de dieciséis años es un delito de violencia sexual, según lo establece el artículo 120 del Código Penal argentino.

Desde que el movimiento feminista comenzó a cobrar fuerza, muchas mujeres pierden el miedo, la vergüenza y se despojan de la culpa para comenzar a contar sus experiencias en distintos ámbitos. No se callan mas. En la mayoría de los casos ( por no decir en su totalidad) en los que se acusa a personas que tienen algún tipo de poder, los cuestionamientos se dirigen hacia las personas que sufrieron las situaciones de acoso. Las dudas acerca de la veracidad de los hechos, las sospechas de una búsqueda de réditos económicos o “fama” y el pedido de pruebas que acrediten los hechos denunciados son moneda corriente cada vez que aparece una nueva denuncia.

La re victimización es un fenómeno que ocurre en la gran mayoría de los casos y que no se vincula con la intencionalidad de esclarecer los hechos, sino más bien parece estar dirigida a buscar cualquier vericueto para culpabilizar a la víctima y, de esa forma, dejar bien parado al victimario.

Como consecuencia de este padecimiento permanente al que las mujeres saben que deberán enfrentarse si logran tener la valentía de denunciar (porque aun hoy ser valiente es un requisito fundamental, ya que para soportar las situaciones que se derivan de ello no es tarea fácil) el movimiento feminista comenzó a posicionar como otra de sus consignas el “Yo te creo hermana”. Bajo esta idea lo que se busca es alentar a esas “valientes” a hablar, asegurando que no serán juzgadas y garantizando que, lejos de revictimizarlas, se las acompañara para tomar la iniciativa y para bancarse el vuelto que todavía las mujeres tenemos que tolerar al momento de dejar al descubierto las actitudes violentas del machismo.

La denuncia efectuada contra los integrantes de Onda Vaga no fue la excepción y nuevamente las preguntas son tantas que hasta nos invitan a preguntarnos si ser feminista no es también vivir con algunas contradicciones internas. La respuesta es SI, porque el feminismo es hoy por hoy un canal de transformación de las estructuras que conforman nuestra cultura. Esa cultura, como tal, nos atraviesa sin distinciones y cuando el paradigma comienza a cambiar no hay transformaciones mágicas, hay que meterse en el barro para despojarse de los pedazos de cultura machista que aún nos quedan. Hay que interpelarse, cuestionarse y entendernos parte de ese sistema. Parte oprimida y parte opresora. Y esa es una tarea de hombres y de mujeres.

Pero, cuando acontece un hecho como este ¿para dónde tenemos que agarrar? En principio, las respuestas son personales. Pero no hay que perder de vista que si la intención real es promover una nueva construcción colectiva, es necesario hacer el intento de acercar puntos de vista y no quedarse refugiadx en los extremos. Lejos de ser un acto de tibieza ni falta de convicciones, propongo pensar hasta dónde esas convicciones son infranqueables y si no hace falta despojarse de la puja constante para evaluar qué es lo que precisamos a los fines de garantizar una sociedad feminista, entendida como un espacio donde lo que prime sea la igualdad de oportunidades sin distinción de género, y en donde no exista discriminación, sometimiento ni violencia en nombre del patriarcado. Un sistema de poder que más temprano que tarde se va a caer.

Un compañero de trabajo me muestra, en el monitor de su computadora, el documento y los testimonios. Me pregunta “vos que sos feminista, ¿qué opinas de esto?”. Yo, que soy feminista, trato de no entender ese comentario como un acto brabucón (porque  la hipersensibilidad también me tiene a maltraer) y me dispongo a leer. Luego de algún cruce de ideas me quedan en mente alguna de sus comentarios. “¿Qué pasa si es mentira? A estos pibes les cagaron la vida”, “Con tantas cosas que se escuchan, mis amigos ya hasta tienen miedo de encararse a una mina por temor a la reacción”.

“¿Sabés las veces que nosotras tenemos miedo de salir con alguien que no conocemos porque tememos que reaccione siendo un acosador serial? Le avisamos a medio mundo, pasamos la ubicación a nuestro entorno, y nada de encontrarnos en espacios en los que no haya gente alrededor”. Lo pienso en modo CALLATE, RAUL. Pero después recuerdo que si quiero llevar agua para mi molino, el camino no es por ahí. Primer contradicción: ¿tengo que ser tan recalcitrante siempre, o puedo entender que lo que me plantea no es más que lo piensan muchísimas personas y desde ahí tengo que ver cómo llegamos a un punto en el que podamos reparar en que no todo es tan así y que el foco, lo que es urgente ver y modificar, está en otro lugar?

Al respecto del mismo asunto, me encuentro en otra conversación en la que un varón me comenta que le “hace ruido” que se hayan juntado muchas mujeres a escribir un documento. En ese instante, mi instinto me hace pensar en saltarle a la yugular por ese comentario. Freno un instante y recuerdo que esa persona, que es muy cercana, se encuentra en permanente proceso de deconstrucción. No, no voy a atacarlo. Sentamos una base: elegimos creer. Y para un momento posterior, vamos a discutir qué se busca con este tipo de manifestaciones, si las denuncias que funcionan como escrache tienen otra finalidad, o qué sentirán quienes las realizan. Pero no, no voy a contestarle a Baby Etchecopar, voy a contestarle a un compañero que, como yo, se hace otras preguntas sin dejar de lado lo urgente y con la férrea convicción de que el feminismo es el camino.

En esta misma línea, me consultan acerca de qué pasa si este caso (o cualquiera de iguales características) no es real. ¿Se piensa en el después? ¿Cómo se borra la mancha si, eventualmente, el acusado es inocente? ¿No le arruinamos la carrera, la vida, la familia? ¿No terminaríamos “cazando brujos” y ejecutándolos impulsados por el fervor popular? ¿No es imprescindible la denuncia penal?

Lo primero que se me viene a la mente es si quien me pregunta se preocupará con el mismo ímpetu por ver cómo queda la vida de una mujer acosada en un contexto en el que históricamente la silenciaron, o la de una adolescente sometida que no maneja el temor que le genera hablar teniendo en cuenta el poder que muchos manejan. Freno. Vuelvo a pensar en mi interlocutor. Lo conozco, se que se interpela cada día. Por eso trato de transmitirle algo que sí creo fundamental: entiendo que esas preguntas podrían tener lugar en un contexto de igualdad de condiciones.

Muchas veces podemos denostar que las estructuras de la justicia y las de otras instituciones también están atravesadas por la cultura patriarcal. El gran problema con el que nos encontramos es con que, por las condiciones en las que se desarrollaron los hechos, por el tiempo transcurrido o por la imposibilidad de demostrar un delito que se encuentra entre los más difíciles de ser probados, brindar esas pruebas quizás se torna imposible.

Todo ello, al margen del miedo a la represalia, de la vergüenza que implica poner de manifiesto haber pasado por una situación en la que se violó el derecho a la intimidad, frente a una horda de actores sociales que probablemente gozan mas del morbo que de encontrar justicia verdadera.

Por otra parte, ¿Qué nos pasa cuando pagan justos por pecadores? Puede pasar. Aun no siendo esa la finalidad que se persigue, es cierto que (como en cualquier otro ámbito) puede suceder. Sin utilizar esto como una justificación, habría que pensar porque cuesta tanto llegar a esclarecer un hecho de tal magnitud, tan ultrajante de ser cierto y tan estigmatizante para alguien que quizás sea inocente.

En este sentido, una conclusión posible refiere a que seguir pujando en la discusión no conlleva ninguna solución. Ninguna mujer debería pasar por ninguna situación así. Partiendo de esa base, deberíamos abordar la problemática que implica atender a los motivos por los cuales las mujeres creen que la única manera de que sus reclamos sean visibilizados son a través de la movilización en la calle, de las marchas, del escrache en los medios. Me pregunto si eso no será el producto del vacío y del destrato que las estructuras institucionales le otorgaron históricamente a esas demandas.

Por lo tanto, habría que correrse de esa radicalización de las posturas para poder abrir una nueva discusión en la que todos y todas deberíamos estar de acuerdo. Teniendo en cuenta que a nivel social la deconstrucción ya comenzó, debido a que las premisas de igualdad que pregonan los feminismos han calado hondo en la vida cotidiana, y entendiendo que (en buena hora) ya no hay marcha atrás, lo que sigue es encontrar la vía para impulsar los cambios institucionales a través de los cuales el Estado esté a la altura de garantizar las igualdad de posibilidades de acceso a la justicia. A una justicia despojada de machismo. A una justicia que brinde tanto las garantías para hombres inocentes como tambien garantice un eficaz desarrollo del proceso judicial y un acompañamiento integral a las victimas de violencia sexual. Una justicia sin re victimización. Así las cosas, podemos hablar de igualdad de oportunidades.

El feminismo no quiere brujas ardiendo en hogueras ni varones colgados en la plaza por esa condición. No queremos matriarcado como oposición al patriarcado. Que se entienda esto: no queremos revancha ni que padezcan lo que las mujeres padecimos porque nos hicieron creer que era “natural”. Queremos hombres y mujeres interpelándose permanentemente. Queremos que las personas tengan idénticas posibilidades de acceso a la justicia y que la misma tenga perspectiva de género. Queremos un proceso que admita achicar al minimo ese margen de dudas. No es un capricho, es adecuarse a la coyuntura.

No hay un deseo de que deje de regir el principio de inocencia para acusados. Las garantías constitucionales deben regir y exigirse para todas las personas por igual. Pero también se debe poner el mismo énfasis en defender las demandas urgentes del movimiento de mujeres porque ello equivale a posicionarnos en pie de igualdad, y en garantizarle tambien a las mujeres esos principios constitucionales.

Vale la contradicción, valen los cuestionamientos a quienes se erigen como referentes, valen los debates plurales, vale modificar la mirada, vale incluir, posicionarse y deshacer una idea para construir otra. Sin perder de vista lo urgente, lo que es imprescindible cambiar, vale buscar argumentos que superen la bronca y el enojo que, por cierto, nos apabullan mas de una vez. Vale tomarse el tiempo que sea preciso. Y si, podemos cuestionarlo todo, incluso nuestros puntos mas resistentes. No se nace feminista, se llega a serlo.

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