Derechos de autor

 

Por Martín Rodríguez Ossés

Pasan los días y el conflicto en Siria sigue haciéndose más complejo. Nuevos actores y nuevas líneas rojas van diagramando las hojas de ruta para los objetivos de las distintas potencias involucradas. El último evento en Douma (un aparente ataque con armas químicas) nos presenta el ya constante desafío de las narrativas. Con un bloque occidental en plena ofensiva retórica (y no tanto) hacia Rusia por el caso Skripal ahora debemos empezar a leer los fenómenos en Siria casi en clave de  escalada; como si este conflicto de años se reseteara para hacerse de nuevos puntos de partida para justificar retaliaciones. Son respuestas a respuestas de respuestas.

Este tipo de fenomenologías no sólo dificultan el análisis sino que ayuda a perpetuar el círculo vicioso que permite los conflictos en primera instancia. Parte de ese conflicto continuo se puede entender a partir de la noción de status quo. Los dos actores principales (EEUU y Rusia, muy a pesar de China) parten de dos puntos diferentes respecto al estado de situación. Esta divergencia se construye en lo que se denominan sus excepcionalismos. En el caso estadounidense uno de carácter ofensivo podríamos decir, puesto que establece una suerte de primacía moral por su carácter republicano y habilita el decir y hacer respecto a otras naciones. Su status de hegemón lo avala, pero su excepcionalismo le da sentido y valor. Rusia, en tanto, propone otro tipo eminentemente más defensivo. Ese excepcionalismo propone una ineludibilidad rusa en la arena internacional. Es decir, en la mesa de decisiones Rusia no puede quedar afuera. Y me atrevería a decir que es más “No puede quedar afuera” que “Ser parte de la misma”. Construida más desde sus debilidades que desde sus fortalezas.

Esta divergencia en los puntos de partida es la que ayuda a establecer la dinámica conflictiva de estos países y permite, entre otras cosas, lo que se denomina misperceptions (percepción errónea) de Robert Jervis (desde la escuela realista neoclásica) y, en consecuencia, una construcción de identidad peligrosamente equivocada en términos de la escuela constructivista. Estos procesos terminan determinando que ambos países consideran al otro como estados revisionistas. Estados Unidos desde su rol de hegemón (que entiende no perdió) y Rusia desde un escenario de primus inter pares. De ellos se desprende las acusaciones de que el otro desvirtúa el status quo y los valores consagrados por la Organización de las Naciones Unidas, el derecho internacional, Dios o lo que se decida invocar.

Para bajarlo al llano, y al imaginario cinematográfico, estamos en una situación de Captain America: Civil War (2016) de los Avengers o Vengadores . Con el Capitán América y Iron Man presentándose inclaudicables sobre cómo proceder, por qué y cuáles son los valores que están en juego. Spoiler: los dos están equivocados.

A esta construcción de narrativas debe sumarse un problema más espinoso. Aquel que entrelaza las concepciones de justicia, legalidad y moral. Ambas partes hacen uso y abuso de las mismas respecto a cómo justificar un curso de acción y desde donde condenar otra. Todo en un sistema internacional conocidamente anárquico cuyo ente regente encuentra más cabida en el Consejo de Seguridad preso del derecho (privilegio) del veto. Así, se edifican legalidades (resoluciones) sobre causas inmorales (intervenciones) desde posiciones injustas (roles no consensuados). Entre otros ejercicios de tergiversación. No hace falta aclararlo: que algo sea legal no quiere decir que sea justo ni mucho menos moral. Y ambos actores construyen desde los resquicios de estos conceptos.

Finalmente, se presenta a la opinión pública y a los terceros testigos (distintos países y organizaciones que gravitan en la órbita de Estados Unidos y Rusia) un doble discurso con aires de paradigmas, de construcciones totales de un ideario. En conclusión, una disputa por los derechos de autor.

La trampa de Torech Ungol

El problema que resulta de esta hipercomplejidad, que es causa y efecto de la presente y futura disputa retórica, es lo que podemos llamar la Alegoría de Torech Ungol, la nueva caverna platónica.

Torech Ungol es la cueva donde habitaba Ella-Laraña; una criatura monstruosa de “El Señor de los Anillos” de John Ronald Reuel Tolkien. Quienes hayan leído el libro o visto la película recordarán la epopeya casi hercúlea de Frodo Bolsón para atravesar la cueva y llegar finalmente a Mordor para destruir el anillo y así vencer a Saurón.

La situación actual nos pone tanto a analistas como a nuestros lectores, oyentes y televidentes frente a las puertas de la cueva. Ambos sabemos que tras aquella oscuridad que se posa frente a nosotros está lo que nos gusta creer como la verdad. Sin embargo lo que encontraremos será distinto para absolutamente todos.

La cueva y la araña son perfectas para ilustrar las enormes dificultades que presenta el estudio del escenario internacional, especialmente ahora en un mundo de hiperconectividad e hiperdependencia. Nosotros contamos con ciertas herramientas para conducirnos por la cueva en un escenario de gran incertidumbre como el presente, envueltos en densas telarañas con el acecho de un monstruo de múltiples patas. No sólo hay que saber abordar el fenómeno desde una luz particular   (que nos gustaría que fuera la Luz de Eärendil), teniendo la capacidad de elegir el mejor marco teórico posible, sino que debemos percatarnos de cuáles son los actores que son parte del asunto aun cuando no lo parezcan. Superar los sesgos ideológicos y metodológicos. Y eso son solamente algunas de las telarañas. El riesgo mayor recae en la araña: los enormes desafíos que nacen desde los discursos que no encuentran correlato con los hechos de los líderes internacionales; las elecciones de particulares asesores; los vaivenes de sus resortes económicos; los acuerdos y desacuerdos con países que se presentan aliados un día y rivales el otro. Y en algunos países, hasta tener que superar la barrera de la auto censura. Todo esto presentado por medios y agencias de noticias ávidas de primicias y titulares explosivos para hacer del clickbaiting una nueva religión. Y varios pasos detrás, la audiencia/lector/televidente que entra a la cueva resfriada, con conjuntivitis y los oídos tapados. Privados de sus sentidos por la enorme carga de los prejuicios que traen al ignorar un sinfín de fenómenos que lo sobrepasan. Con la mochila, muchas veces, de tener una lectura desactualizada de los países y los procesos políticos que los afectaron y transformaron. Y por si fuera poco, ellos representan la opinión pública que sirve de combustible para el rediseño de políticas exteriores casi presas de una condición plebiscitaria.

En conclusión, la aproximación del público a estos temas puede terminar paradójicamente en nuevas telarañas. Mordor cada vez más lejos.

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