¿Divididos? ¡Las pelotas!

De entre las muchas cuestiones que se oyeron sobre los cacerolazos del 13-S y expedientes en conexidad, una por sobre todas las demás ha llamado poderosamente la atención de este teclado. Se trata de aquella que expresa preocupación respecto de la supuesta grieta que se estaría abriendo en la sociedad, entre adherentes y adversos al actual programa  oficial de gobierno.

Y que sería promovida, de manera antojadiza y artificial, por el kirchnerismo. Es decir: se pretende que hasta 2003 se vivió en un estado de armonía total, cuya ruptura no se debió a otra cosa que al advenimiento de Néstor Kirchner a la presidencia de la Nación, en tanto optó por la confrontación como método de construcción y acumulación política, sobre la base de una ciudadanía que no advirtió lo perverso de la estrategia y se plegó, a favor o en contra del gobierno nacional, al combate.
De otro modo –esto es: de no haber existido los Kirchner–, se arguye, la paz habría continuado. Y se agrega a todo, finalmente, que dicha gap social trascenderá al período histórico  conducido y protagonizado por la presidenta CFK.
Una versión remozada y potenciada de lo que fuera la crispación período ‘08/’09.
Ante todo, resulta, lo anterior, a nuestro criterio, un tanto despreciativo de la capacidad de raciocinio de la ciudadanía.
Pretender que una cantidad de personas tan grande es incapaz de advertir que está siendo perversamente llevada de las narices a una disputa falsa e innecesaria, en único y exclusivo beneficio de los instigadores, le pasa muy de cerca tanto a aquellos que desprecian la movilización de las clases bajas por supuesto clientelismo, como a los funcionarios y simpatizantes del oficialismo que reprocharon a los cacerolazos bajo el ridículo argumento de que la mejor posición económica que ostentan quienes participaron en ellos invalida su posibilidad de albergar motivos para reclamar.
Pero, además, y fundamentalmente, se trata de una definición que parte de una premisa falsa: la suposición de que previo a 2003 no existían divisiones sociales. Que encierra por tanto conclusiones equivocadas.
En realidad, en el marco de una sociedad que aún alberga profundas desigualdades pese a las continuas mejoras experimentas en la materia en nueve años, y más aún cuando la acción de gobierno se determina no a partir de otra cosa que el intento de corrección en tales aspectos, es de lo más lógico que surjan fracturas como las acá comentadas.
Para peor, acá, se insiste, debe agregarse el elemento de la ausencia de oposición competitiva en aptitud de representar y enmarcar las reivindicaciones. Lo que lleva a preguntarse si más bien no es eso (la ausencia de alternativas con perspectivas de éxito) lo que acelera, profundiza y tiñe de ingobernabilidad el asunto.
Habida cuenta que asumimos como inevitable la existencia de tajos ciudadanos, lo que cabe a las instituciones en ese marco es la tarea de administrarlo para conducirlo dentro de términos racionales y jurídicamente posibles de ser previstos. He ahí, entonces sí, un default del sistema político institucional argentino. Pero no, por decirlo de algún modo, en el qué, sino en el cómo.
Así las cosas, cabe concluir que el kirchnerismo, lejos de ser el artífice de la conflictividad, tal vez lo que no ha hecho es ignorarla como dato de la vida socioeconómica y política del país: las expuso, la politizó y trató en ese marco de elaborar las soluciones. Bien podría decirse que por evitar tal proceder hubo en Argentina un 2001: porque la imposibilidad de expresar las problemáticas por medio del sistema político/institucional devino en estallido por fuera de marcos establecidos.
En cualquier caso, sería tal vez sobreestimar demasiado a una persona tan pequeña que no ha hecho nada, como CFK, en lo que revela una inconsistencia del discurso acá contestado.