Impresiones rusas

Welcome Lenin

No bien se sale del aeropuerto de San Petersburgo, a pocos minutos de andar en auto se ingresa en una inmensa avenida que conduce al centro de la ciudad, y donde un Lenin enorme se levanta. La inevitable presencia de ese monumento sobre el que se erige el ideólogo de la revolución bolchevique activa rápidamente mi memoria cinematográfica. En primer lugar, Octubre, de Eisenstein, y en un segundo momento, pero acaso por la generación de un efecto contrario, Taurus, de Sokurov. Todo ello viene a contrastar con uno de los montajes más sorprendentes del cine contemporáneo, el de Good Bye Lenin, donde una inmensa grúa levanta a un otro sólido Lenin por los aires de Berlín, sentenciando el fin del comunismo. Pero en esta entrada a San Petersburgo no solo es imposible no ver a este poderoso Lenin, sino que está dispuesto de un modo para ser visto, y acaso irónicamente, un Welcome Lenin pareciera jugar –dialécticamente, diría Eisenstein- contra esa otra imagen cinematográfica, tornándola irreal.

 

Los monumentos, las imágenes o las alusiones más o menos directas de Lenin en San Petersburgo, pero sobre todo en Moscú, impresionan por su presencia, como si en ciertos momentos de la ciudad el tiempo de la historia se hubiese detenido. La Plaza Roja es el punto más alto de esta fenomenología leninista, donde un macizo mausoleo alberga por fin el cuerpo embalsamado de Vladímir Ilich Ulianov. Personalmente, y entre las definiciones que en el tiempo había ido acumulando sobre la figura mítica de Lenin, sumé un nuevo elemento de clasificación, que ahora se me hacía más visible de acuerdo a la interpretación que, me pareció, el sentimiento del pueblo ruso hacía de él. Esa idea es la de Lenin como un Padre Fundador, como un prócer nacional. En algún pasaje Zizek dice que la presencia inmortalizada de Lenin en la Plaza Roja está para recordarnos que la revolución no volverá jamás, que precisamente es una metáfora de lo estático-imposible, de un congelamiento. Tal vez, pero entiendo que la representación sobre Lenin hoy en día habilita a una interpretación que va más allá del hecho revolucionario, y acaso venga a significar una memoria patriótica y nacional que se proyecta en el presente. Porque, vale la pena señalarlo, no sólo hay turistas haciendo la más de una hora de cola para ingresar al frío edificio que alberga su cuerpo diminuto, también pueden encontrarse familias rusas. Lenin es el pasado de una revolución –allí donde no hubo verdadera revolución burguesa- que cambió para siempre la historia de Rusia, pero es además un legado entendido en clave de una modernización que comenzó en el ‘17. La frase atribuida a Putin que abre el libro Limónov, de Emmanuel Carrère, “el que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el que no lo eche de menos no tiene corazón”, es tal vez un sentimiento confuso que sobrevuela la Rusia actual, sobre todo cuando el capitalismo irrumpe de un modo salvaje con sus tiendas de lujo y sus Ferraris a toda velocidad. Seguramente, esa idea manifiesta aspectos de una contradicción actual, entre la frustración de una promesa que no fue (la igualdad comunista y el ideal humanista) y esa otra promesa permanente que nunca será (la felicidad capitalista a través del consumo inagotable de mercancías).

El alma rusa

Pero paralelamente al primer acercamiento a Lenin o incluso antes –debo decir que mi abuela me había regalado de su biblioteca los más de 30 mamotretos que organizaban las obras completas de la editorial Cartago-, mis lecturas de Crimen y Castigo, Las noches blancas, El doble o Memorias del subsuelo -lecturas alentadas por mi madre, donde también figuraba algo de Pushkin, Tolstoi, Gorki y Scholem Aleijem- ya me habían cautivado. Fue Dostoievsky quien se transformó en mi escritor preferido por entonces, y sus libros me habían proporcionado algunas referencias ineludibles de la ciudad de San Petersburgo, que aún conservaba en mi memoria. No bien comenzó la organización del viaje esos conocimientos se activaron, y terminaron por adquirir su real espesor una vez allí: el Río Neva, claro, pero ante todo la inevitable y siempre presente Prospekt Nevski (es decir la Avenida Nevski de casi 5 km de largo que se extiende desde el Almirantazgo y el Palacio de invierno hasta el Monasterio Nevski), con sus edificios modernistas, sus bares y tiendas, rodeadas por canales e iglesias, como la impresionante Sangre Derramada. Por cierto, hacia 1905 Lenin y Krupskaia habían fundado un periódico con vista a la misma Nevski.

Ficciones como Raskolnikov (de quién Borges dijo que era más real que Napoleón) o personajes como el funcionario del estado Goliadkin (una de las primeras ideas del doble como efecto de la ciudad de masas), habían emergido en esas calles. Nevski y Neva eran para mí nombres más o menos familiares que finalmente descubría, en un viaje repleto de referencias políticas y culturales acumuladas durante años por una tradición familiar que había girado en torno a los códigos culturales del PC. Antes que un deseo, estar en Rusia era un mandato histórico a realizar, y al mismo tiempo, la necesidad de confirmar un territorio (re)conocido por lecturas, películas, historia, política, comidas y jugadores de ajedrez (mi padre: “Kasparov nació en Bakú, adonde quería llegar Hitler por sus reservas de petróleo”), que terminaba articulando las afinidades electivas que un judío tiene con Rusia. Incluso, algunas palabras en ruso adquirían mágicamente una presencia extraña y fantasmagórica, comunicadas por mi padre, de las cuales muchas habían sido a su vez comunicadas por mi abuelo, quién habiendo estudiado ruso en Buenos Aires viajó por primera vez a la URSS en 1964 con un traductor. El 7 de julio se celebra en San Petersburgo el día de Dostoievski y allí estuvimos homenajeando al escritor, y que es también un homenaje a la ciudad que en sus noches blancas plagadas de bares aún conserva un espíritu bohemio y literario.

La Rusia soviética: Moscú

Para los rusos actuales no es lo mismo hablar del comunismo que de la época soviética, la separación semántica es tajante ni bien se entabla cualquier conversación sobre el tema. El comunismo representa el momento de la revolución, quizá un paraíso perdido, o acaso de un modo más crudo y realista, el punto de partida de lo que luego fue la época soviética: la era soviética constituyó el largo proceso pos-revolucionario encarnado fundamentalmente por Stalin. Si Lenin fue el Padre Fundador y el revolucionario profesional que dio inicio a la Rusia moderna, Stalin fue sin lugar a dudas el gran modernizador, el hombre de hierro que planeó el socialismo en un solo país con centro en una Moscú imperial, titánica, inmensa y abrumadora –basta ver ese otro mundo que es el Metro, la arquitectura moscovita, la distribución del espacio y las distancias-. Un tour por la “Moscú soviética” con una guía rusa en español nos detiene enfrente al ex edificio de la KGB, símbolo del control y de las purgas, una suerte de secreto de estado permanente, lo otro de la revolución. Al finalizar el recorrido surge la posibilidad de charlar con los guías sobre la vida cotidiana en la Rusia contemporánea, y el tema de la segunda guerra mundial aparece de repente. Orgullosos de la Gran Guerra Patria, reconocen en Stalin a aquél que llevó adelante la acción política más importante y determinante del siglo XX: derrotar a las hordas bárbaras de Hitler. Y aunque es imposible reconocer alguna imagen o referencia directa de Stalin -apenas un monolítico detrás del mausoleo de Lenin, luego de que Jrushchov lo hubiese quitado del lugar que compartía con Lenin-, lo cierto es que Moscú está plagada de signos soviéticos que dimensionan un proyecto futuro de sociedad desde los años 30 (esa imaginación de los constructivistas que signó el arte de vanguardia antes y después de la revolución). Creo que la multiplicidad asombrosa de símbolos en el espacio público debe leerse como una afirmación y un reconocimiento de la propia historia, y no como una etapa humillante o vergonzosa que habría que negar o incluso reprimir. Por supuesto, este punto no es menor si se lo observa desde el interior de la propia Rusia, y considerando como algunas derechas académicas de posguerra, con el uso problemático del concepto de totalitarismo, equipararon sin más a Hitler con Stalin. Para desbaratar esa comparación basta con leer a Primo Levi, quien precisamente no era de la intelligentsia stalinista sino un sobreviviente de Auschwitz. Ese “equívoco” intelectual de que la Rusia de Stalin y la Alemania de Hitler eran dos totalitarismos asimilables, anverso y reverso de la misma moneda, se lo debemos fundamentalmente a Hannah Arendt. ¿Podrían los alemanes apenas soportar una Berlín con cruces esvásticas? La diferencia está precisamente en que los rusos pueden aún sentir cierto orgullo o conservar cierta memoria positiva, porque las ideas sobre las que se fundó el socialismo pertenecen a un acervo moderno y humanista, radicalmente opuesto al concepto aristocrático de una raza de señores encarnada por el racismo alemán. Parece que Hannah no lo veía así.

 

De Pu(n)tin para arriba: la copa que no fue

El viaje había sido pensado como parte del mundial, aunque sabíamos que era una excusa, y finalmente con la eliminación en octavos se transformó en un objetivo de segundo grado. Pero el azar del sistema FIFA había hecho que tengamos entradas para las dos semifinales y la final, todo concentrado entre San Petersburgo y Moscú. Así fue como tuvimos la suerte de ver a Hazard, De Bruyne, Mbappé, Pogba y Modric, y a una sobrestimada Inglaterra que no sabía muy bien qué hacer cuando tenía la pelota.

Para Vladímir Putin la copa del mundo parecía haber sido una excusa, conociendo la predilección del líder ruso por otros deportes, y sobre todo porque el mundial iba a ser una prueba de fuego para demostrarle al mundo que Rusia puede y tiene con qué organizar un evento de alta complejidad. Y lo hizo. La extrema seguridad (por momentos agobiante) y la organización rigurosa, un sistema de acceso a las canchas aceitadísimo y la tranquilidad de un ambiente deportivo que ya es un espectáculo, hicieron de Rusia un país de primer nivel. Atrás quedaron el supuesto atraso y la barbarie rusa boicoteadas por Inglaterra. El gigante ruso se recibió de gran organizador, y el propio equipo local casi avanza hacia las semifinales, nada mal.

En nosotros quedó la tristeza y la desorientación de no haber podido traer la copa de la mano de Messi, la alegría y la emoción de haber conocido finalmente Rusia, y una extraña sensación nostálgica de un mundo que quiso ser, pero que ya no es. Volveremos.

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