Intrigas Vaticanas (Notas sobre el discurso de la Iglesia Católica)

“…y así, de la ambición de los prelados,
nacen las discordias y los tumultos…”
Nicolás Maquiavelo, El Príncipe (1513)

En la mañana del viernes 23 de mayo vemos salir de las puertas de la Nunciatura al representante vaticano en nuestro país, el obispo suizo Emil Paul Tscherrig, para dar el esperado mensaje a los periodistas. Rodeado de micrófonos se prepara para poner fin a la controversia sobre la autenticidad de la carta papal del 25 de mayo: “Es verdadera, nunca fue falsa” –dijo articulando un dificultoso castellano con el que la palabra “confusión” no le alcanzó para aclarar el extraordinario hecho que la carta fuera rotundamente negada horas antes desde una de las mil dependencias del propio Vaticano. Tscherrig se esfuerza por ser todo lo claro que puede ser un hombre de la Iglesia Católica y terminar por fin con este odioso asunto que parece haber sido lanzado para oscurecer las relaciones entre el gobierno argentino y el Papa, justamente –vaya casualidad- cuando Cristina Fernández aceptó la invitación para concurrir por primera vez al Tedeum en la Catedral de Buenos Aires; por eso el obispo suizo culmina con esta -digamos así- precisión-: “No aumentemos la pelea, porque no hay pelea”.

Podemos poner en la cuenta del dificultoso castellano de Tscherrig el contrasentido consistente en que la segunda parte de su “aclaración” niega a la primera o inclinarnos ante uno más de los Misterios Divinos y presenciar el aumento de algo inexistente. Optamos en cambio por considerar una verdad que transmite el acto fallido en el decir del diplomático vaticano: la tensión de una contienda no abiertamente asumida por la Iglesia Católica con el poder político nacional, tensa contienda donde la palabra “ambigüedad” queda corta y que da el tono de todos sus mensajes opacamente políticos.

Tal vez sea cierto que lo que disparó la operación urdida por uno de los sectores de la Iglesia donde milita el oscuro pontifical ceremonieri Guillermo Javier Karcher (operación profusamente difundida por el periodismo argentino), haya sido la irritante inflexión del Papa en la famosa carta dirigida a la presidenta (“Cristina: Me es grato hacerte llegar mi saludo y cercanía… Cordialmente, Francisco). Esa cercanía, ese tuteo confianzudo, ese cordialmente-Francisco propio de un tío querido que se fue a vivir a Roma, habrá sido terriblemente irritante. Inaguantable y rebosante de mala leche, el microfonista papal Karcher dijo el jueves 22: “¿A quién se le ocurrió algo así? Es un collage. Inmediatamente me di cuenta de que era una carta falsa”. Y sus declaraciones -con la meditada y taquillera invocación a la mala leche del autor de la misiva- corrieron como reguero de pólvora, encendiendo las páginas de diarios y las pantallas de televisión, las horas de la radio y los portales de internet. Carta falsa, pues, papelón del gobierno ante los ojos del mundo, qué vergüenza, etcétera. Eso camina solito y bien.

¿Error?, ¿confusión?, ¿Karcher es un mitómano o un ingenuo ambicioso que quiso protagonizar sus cinco minutos de gloria? Tal vez, pero también puede ser el integrante de un coro polifónico –tal vez la Iglesia Católica no sea otra cosa- en el que su voz sea tan necesaria como la de aquel que sale a rectificarla, la de aquellos que se indignan o las otras que pregonan paz, amén y olvido del asunto. Todas esas voces armonizan ese gran tema eclesiástico equívoco, sinuoso, ambiguo, esas contradicciones que nunca terminan de estallar y que las autoridades católicas nunca se encargarán de aclarar porque piensan –y quizá tengan razón- que allí finca su poder.

“El episodio parece cerrado, pero no aclarado. El papel de Karcher, el silencio del nuncio durante el jueves y los errores de la carta son aún un enigma” –repite el diario La Nación en cada texto publicado luego del affaire, a modo de enmienda de los extravíos de sus articulistas, pero aportando a la vez la mejor descripción de las características del poder de la Iglesia que no se ejerce de manera franca y abierta, sino que obtiene su mayor eficacia cuando logra crear en torno a sus mensajes esa penumbra ambigua y furtiva.

Examinemos otro caso: lo que pasó con el último informe de la Conferencia Episcopal Argentina. Los obispos argentinos, reunidos en Asamblea Plenaria el 8 de mayo pasado, hicieron conocer un documento al que le incrustaron como título una afirmación (“Felices los que trabajan por la paz”) que –fiel a esa tradición retórica que analizamos- poco y nada da cuenta del contenido de su pronunciamiento. Mediante este documento que lleva el número 107 de la Conferencia, los pastores del pueblo de Dios desearon compartir su mirada “sobre un aspecto inquietante de la realidad nacional”. Y así, después de augurar felicidad a los que trabajan por la paz e invocar el servicio hacia los hombres y mujeres de buena voluntad, arremetieron con la frasecita “la Argentina está enferma de violencia”, que los dueños de la prensa dominante, frotándose las manos, la recibieron como un título prêt-à-porter y la despacharon directo a la tapa del diario y al pregón del noticiero.

En un documento de poco más de tres páginas, los vocablos “violencia”, “odio”, “temor”, “miedo”, “agresividad”, “homicidio”, “robo”, “asesinato”, “pelea”, “destrucción”, “muerte”, “crimen” e “impunidad”, se repetirán veintisiete veces, al tiempo que las menciones al aumento de los hechos delictivos “en cantidad y agresividad” parecen oficiar de coro a los noticieros más amarillos que trajinan el tema de la inseguridad: “Una violencia cada vez más feroz y despiadada provoca lesiones graves y llega en muchos casos al homicidio”. Pero si esto empeora minuto a minuto, no se crea que la mirada de los obispos abrigue esperanzas en el poder simbólico de reparación del Estado; entre la balacera sangrienta y las menciones a encíclicas y catecismos, se prodigarán reflexiones sobre la corrosión de la confianza del pueblo en las instituciones de la República, el deterioro de la creencia de los ciudadanos en la eficacia de una Justicia lenta y la manera en que ese socavamiento de la confianza entre los hombres rompe el tejido de las relaciones sociales.

No estamos aquí para hacer la historia de los pronunciamientos de la Conferencia Episcopal Argentina; pero tal vez venga bien recordar que la 155ª Reunión de su Comisión Permanente (marzo de 2010) enunció que “la celebración del Bicentenario merece un clima social y espiritual distinto al que estamos viviendo. Urge recrear las condiciones políticas e institucionales que nos permitan superar el estado de confrontación permanente que profundiza nuestros males”. Esta exposición fue arrojada dos meses antes de los multitudinarios y pacíficos festejos del Bicentenario.

Cuánto se equivoca quien pretende leer en estos informes meras descripciones de la actualidad. Las declaraciones episcopales –imbuidas de un lenguaje pío y salvífico, de oraciones y versículos bíblicos- no son neutras y objetivas descripciones, sino tomas de partido de alcances tácitamente seculares, presiones corporativas de trascendencia política. Los estudiosos del lenguaje las llamarían “performativas”: no se limitan a describir hechos, sino a producirlos; su expresión tiende, pugna por la realización de lo que nombran.

Con el mismo alcance político debe examinarse la serie de aclaraciones, rectificaciones e interpretaciones que siguieron a la última declaración episcopal, tras las obvias y calculadas consecuencias político-mediáticas del mensaje. Así, el arzobispo y rector de la Universidad Católica Argentina, Víctor Fernández explicó que la conclusión a la que habían llegado los obispos era que –bueno- en realidad, Argentina ha enfermado de violencia porque el mundo lo está por culpa del “individualismo global”. Gracias Padre: ¿mal de muchos, entonces? Si la patología no es sólo nuestra, podremos consolarnos. Pero a lo mejor, en tren de aclarar, se podrían haber obviado las específicas menciones a la Argentina, la República, la realidad “nacional” y a nuestros autóctonos “trapitos” y “barrabravas ligados a dirigentes políticos”. Indignado, el presidente de la Pastoral Social, Jorge Lozano, alegó que “el modo de titular en algunos medios el sábado a la mañana parecía como si fuera un documento en contra del Gobierno, cuando ese no era el ánimo ni de los obispos ni del texto del documento”. ¡Ay monseñor! ¡Qué fuente de engaño son las apariencias y qué escabroso es desentrañar el ánimo de los obispos!

“No aumentemos la pelea, porque no hay pelea” –contestaría una vez más el nuncio apostólico Tscherrig-.

¿Cómo interpretar estos pronunciamientos? Declinando toda ingenuidad, sabiendo que estamos ante políticos refinados y audaces y no considerando cada afirmación de manera autónoma, sino formando parte de un sistema –un coro polifónico decíamos antes-, en el que todas las voces cumplen una función. En las gradas se encuentran los obispos que muestran los dientes y amonestan, los que sonríen beatíficamente rectificando y endulzando los términos de sus invectivas, los que tiran la piedra y los que esconden la mano, pero todos ellos contribuyen a crear una penumbra polisémica y espesa, que nunca se revelará clara y unívoca, pero hará sentir su poderosa presencia.

La presidenta de la Nación podrá ser invitada al Tedeum y recibir cartas amistosas del Papa, pero el poder político tiene por delante, por citar un solo ejemplo de actualidad, el impulso a la reforma del Código Civil de la Nación. Allí la Iglesia Católica tiene varios motivos para mostrar, al mismo tiempo, sus ruegos y sus dientes.

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