La revolución macrista (II), una lección para la izquierda nacional.

Una revolución no le pide
permiso al status quo para modificarlo, actúa con todos los medios a su alcance. No pinta con el delgado pincel de fileteador porteño sino con una brocha gorda, ya habrá tiempo de corregir los errores. Sintoniza a grosso modo otro canal para después apelar a la sintonía fina. Un régimen  revolucionario no tiene pruritos para forzar las instituciones, porque viene a
cambiarlas de raíz, al menos hasta donde la burocracia estatal se lo permita. No tiene delicadeza para presionar a los factores de poder, institucionales o económicos, para doblegar su voluntad, ya que una revolución viene para cambiar esos mismos agentes sociales. 
Precisamente, esto es lo
que hizo y seguirá haciendo el macrismo, porque es un gobierno revolucionario, como señalamos en nuestra nota anterior,
La revolución macrista.


Los límites al accionar de un gobierno revolucionario son los que le impongan esos factores que vino a cambiar, mediante los controles constitucionales o institucionales que la sociedad política tiene (que dependen de la burocracia estatal) o por medio de la resistencia de la sociedad misma, ejercida por la “opinión pública” o la movilización popular. Es decir que la dinámica revolucionaria no se adecúa a la teorización abstracta o moralista de los análisis o debates de “expertos” o periodistas, ni a los optimistas deseos de legalismos principistas: una revolución arrasa con los posibilismos y voluntarismos que se le enfrentan. Encara, derrumba, demuele todo lo posible y construye su proyecto sobre los escombros resultantes de la sociedad en la que actúa. Al mismo tiempo escribe el relato que le da sentido, que la explica y enmarca. Y todo esto al mismo tiempo, porque el tiempo de la revolución es siempre corto, su futuro es el presente: debe pegar primero, sorprender y dañar enseguida para lograr los primeros rounds que le den fuerza y sentido. Su accionar es vertiginoso en esencia, de lo contrario se detendría y podría ser vencida; y no siempre coincide con los objetivos fijados antes de asumir el poder, al menos en sus detalles. Y eso es lo que sucede con la revolución macrista, la revolución de la derecha conservadora del siglo XXI en Argentina.

Los espacios políticos que conformaron hace meses la alianza Cambiemos durante los años del kirchnerismo se caracterizaron por el “purismo” republicano, criticando las supuestas “desviaciones autoritarias” o anticonstitucionales del gobierno, haciendo uso de un “republicanismo” o “legalismo” teóricos y críticos, principistas, desde la comodidad del papel opositor, principalmente desde las ventanas que les cedieron “gentilmente”, “desinteresadamente” los medios de comunicación hegemónicos (verdaderos aliados estratégicos suyos), los que ampliaban hasta el infinito esas críticas. Sin embargo, una vez llegado al gobierno, Cambiemos hizo todo lo que le criticaba al kirchnerismo y mucho más. Cometió todos los “pecados” que le atribuía al kirchnerismo y de una forma más burda. Y hasta lo hizo mejor, con más eficiencia aún. Por supuesto, cuenta por ahora con el enorme apoyo de los medios hegemónicos que lo ayudaron a llegar al a Casa Rosada, en la tarea de ocultar sus desaguisados y centrar la atención pública en las denuncias verdaderas o falsas contra el gobierno anterior. Sólo así se explica la poca resistencia de la “opinión pública” a muchas de las medidas del gobierno perjudiciales a las mayorías sumado, por supuesto, al breve tiempo que lleva el presidente Macri en la Casa Rosada.

La izquierda nacional (por caso, el kirchnerismo, el primer alfonsinismo), al contrario de la derecha nacional (por caso, el macrismo, el menemismo), siente pruritos al momento de actuar y frente a los métodos a utilizar en caso de llegar al gobierno. La izquierda nacional no se propone como un movimiento revolucionario, respeta mucho los legalismos y tiene resquemores al acometer contra las instituciones, respeta por demás el qué dirán los editoriales y los analistas políticos más “reconocidos” por el establishment, hasta quedar presa de ellos muchas veces. Tiene pudor por sus propios métodos históricos para disciplinar a los factores de poder que se le enfrentan, temor, o al menos un respeto excesivo al poder de los medios hegemónicos, a la opinión publicada (que a su vez trabaja sobre la “opinión pública” de la sociedad) como para apelar a medidas drásticas que afecten los intereses del establishment.
Frente a estas debilidades tácticas de la izquierda nacional, la derecha nacional es mucho menos quisquillosa, menos legalista, menos republicana, como lo demuestra no sólo la historia política nacional sino el presente gobierno. Actúa generalmente con acciones de facto, pega primero y negocia después. Por ejemplo, el macrismo no tiene empacho en cooptar diputados y senadores del anterior gobierno mediante carpetazos, dádivas o promesas, en presionar jueces o fiscales mientras los medios hegemónicos le hacen la tarea sucia de denunciar, inventar o agrandar casos de corrupción del gobierno anterior para ocultar sus pecados. La derecha apela siempre al “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, y sus intereses están siempre por encima de los intereses o derechos de las mayorías; y para ella el fin siempre justificó los medios.
El macrismo, a pesar de no tener mayoría en ninguna de las dos cámaras del Congreso, en seis meses de su revolución conservadora pudo eliminar las retenciones a los agro- exportadores y las mineras, producir una mega devaluación de la moneda, eliminar los controles a las importaciones y exportaciones, cerrar el INDEC por meses para no revelar ninguna de las cifras mientras subían la inflación, el desempleo, la pobreza y la indigencia a valores impensables debido a la  caída del salario real, liberalizar los controles a la compra de moneda extranjera, pagarle la totalidad de sus pretensiones a los fondos buitres y algo más, pudo iniciar un nuevo proceso de endeudamiento externo que ya llega a 36.600 millones de dólares en sólo 6 meses, reprimir manifestantes opositores o que peticionaban pacíficamente a las autoridades, despedir a mansalva empleados estatales (cuya característica principal es la estabilidad, para no estar atados al “clientelismo” del gobierno de turno) mientras produjo un crecimiento nunca visto desde el retorno de la democracia, de funcionarios políticos con rangos de ministros, secretarios y subsecretarios, intentó nombrar por decreto dos jueces de la Corte Suprema de Justicia (y luego logró hacerlo legalmente presionando a los senadores a través de los gobernadores), intentó y sigue intentando desplazar por cualquier método a la procuradora general del Ministerio Público (organismo externo al Poder Ejecutivo), Alejandra Gils Carbó, con el fin de provocar su renuncia y colocar alguien afín a sus políticas, borró de un plumazo (decretazo) los organismos creados por la Ley de Medios (AFSCA y AFTIC) y, de esa manera, herirla de muerte en la práctica (ley que para ser aprobada con una mayoría avasallante en ambas cámaras, fue debatida durante meses por cientos de miles de personas en asambleas por todo el país). De la misma manera, licuó la nueva ley de inteligencia y le devolvió las
escuchas telefónicas a la ex SIDE, hoy AFI, con la pequeña ayuda de sus amigos los jueces…


Las estimaciones del propio gobierno señalan que, si todo va sobre ruedas, este año tendremos una inflación superior al 40% y una caída del PBI de un par de puntos y llegaremos al 2017 con una tasa de alrededor del 25% y con un leve crecimiento de la economía. Es decir que el macrismo logrará, en la hipótesis más optimista, que a fines del segundo año de su administración lograr una tasa de inflación similar a la del denostado kirchnerismo y un crecimiento del PBI similar a los 2,4 puntos que el INDEC macrista le reconoce al tándem Cristina/Kicillof. Pero el país ya no será el mismo, y se habrá producido una enorme transferencia de ingresos desde las clases subalternas hacia la clase alta, la clase empresarial.
Clase que sembró los diversos ministerios de este “gobierno empresarial” (de empresarios y para los empresarios) con sus mejores representantes para, en el corto plazo, cosechar los frutos como estamos viendo desde el diez de diciembre.
El gobierno de Macri habrá cambiado la estructura de distribución de la riqueza, el modelo económico y el proyecto de país de forma revolucionaria. Como hemos dicho antes, como ni en 2014 ni en 2015 se produjo la crisis que tanto presagió la derecha argentina a través de sus voceros, y que necesitaba el modelo económico que enarbolaba para ejecutar la política de shock neoliberal, de ajuste salvaje similar al de la década de los noventa, el gobierno macrista la produjo en 2016 para así “menemizar” al país en 2017. Así, este verdadero macri-menemismo mediante decretos, leyes y medidas ejecutivas desmanteló en pocos meses organismos y desbarató logros que al gobierno anterior le tomaron doce años cimentar. Y todo esto en menos de un año. Pero lo que se atisba en el horizonte de este gobierno de la derecha conservadora (como de cualquier gobierno de este tipo) es más desolador todavía, tanto por el poderoso relato que se está construyendo desde el poder, desde el “círculo rojo” aliado con el gobierno, como por el escaso tiempo que le llevó al macrismo lograr lo que logró. En forma revolucionaria, desprolija, produjo un megatarifazo en los servicios públicos con la excusa de quitar los subsidios y reducir el déficit fiscal, primero, de mejorar las arcas de las empresas proveedoras, luego, cuando no alcanzó la primera explicación, y finalmente con la excusa del ahorro de energía con propósitos ecológicos. De esta manera, el esfuerzo recae sobre los usuarios, la parte más delgada del hilo de la relación en lugar de exigir esfuerzo o inversiones a las empresas o el estado. Nuevamente debemos citar el fino pincel del fileteador porteño y la brocha gorda. Por eso este es un gobierno revolucionario. Pero como cualquier revolución gestada en una sociedad democrática y con libertad, debe contar con la aceptación del pueblo, al menos de la mayor parte de él. A siete meses de haber asumido, el gobierno cuenta aún con esa mayoría, y con la casi unanimidad de la “opinión pública” (la opinión publicada), a pesar de que los efectos devastadores de sus políticas ya pueden verse claramente. El macrismo cuenta, además, con el poder de las pautas publicitarias de los tres estados más ricos del país: la del estado nacional, la de la provincia de Buenos Aires y la de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Y dirige las fuerzas de seguridad o militares de esos mismos estados, además de la ex SIDE.
Aún antes del diez de diciembre comenzó su revolución cultural, su cambio de paradigma, cuyos ejemplos más evidentes fueron los desfiles militares para festejar el bicentenario del nueve de julio y el cambio de alianzas internacionales sometiendo la soberanía decisoria nacional a los gustos de las potencias, principalmente los Estados Unidos. Esos hechos trasuntan la ideología conservadora que tiñe todos los estratos del gobierno y sus voceros, quienes a su vez tratan de difundir la creencia caprichosa de que un empleado medio con un sueldo medio no tiene derecho a tener un auto, un moderno televisor de LEDs, usar aire acondicionado o calefacción, mantener un celular por miembro de la familia y gozar de vacaciones en el exterior, porque eso no es normal, sólo pueden hacerlos los miembros de las clases más acomodadas. Esa visión clasista de la sociedad, típica de partido conservador, busca justificación en una economía “seria”, “racional”, respetuosa del libre mercado y del “clima de negocios”, que no fue, precisamente, la que rigió en los últimos años, la que a su vez trata de demonizar sistemáticamente.

La incógnita sobre la eficacia del macrismo para llevar adelante las próximas medidas de gobierno de su plan se despejará en los próximos seis o doce meses, cuando los medios de comunicación hegemónicos ya no puedan ocultar eficazmente los resultados perniciosos de la economía, cuando los titulares sobre la corrupción o la herencia kirchnerista no sirvan para “entretener” a la sociedad frente a la herencia y la corrupción propias. Será entonces cuando veremos si los métodos revolucionarios del macrismo son suficientes para seguir avanzando en su agenda de gobierno, si el establishment lo sigue apoyando o si le fija nuevos objetivos y, principalmente, si la sociedad sigue avalando su rumbo. De no ser así, veremos qué métodos utiliza entonces para continuar con su programa de gobierno, si aminora la marcha 

o si acelera a pesar de todo y de todos. Porque la historia argentina muestra, lamentablemente, que la derecha nunca se detiene en su camino y apela a cualquier método, legal o no, constitucional o no, pacífico o no para lograr sus fines. Y no tiene pruritos ni remordimiento al enfrentar a sus adversarios desde el poder, sean éstos minoritarios o mayoritarios. En tal caso, la derecha conservadora siempre fue y será revolucionaria para mantener o recuperar sus privilegios.