Organización del trabajo: las redes entre mujeres también se forjan a la hora de reasignar las tareas

Rita cocina los agnolottis más rico que comí en mi vida. Para una catadora profesional de pastas como yo, eso no es un dato menor. Sus 90 años y sus achaques no le impiden cocinar ni vivir sola por decisión propia. Quizás eso que yo interpreto como una soledad que tal vez le pesa, para ella refleja la emancipación. Quizás extrañe la compañía de ese nieto que fue su último compañero de convivencia. Quizás estos últimos diez años, Rita vivió en la sombra de la soledad o quizás estos años le dieron esa soledad que satisface, que se disfruta luego de una vida signada por los mandatos del sistema que le pide a las mujeres ser casi una mujer maravilla. Y no solo por lo esplendida y maquillada a toda hora, sino por esa concepción que ubica a las mujeres en un lugar de superhéroas de la casa, los hijos, el trabajo fuera del hogar, y en muchos casos, todo eso por partida doble.

Rita fue madre de dos hijos. Un hombre y una mujer. Su marido convivió con ella hasta que un día toda la familia se enteró que había una segunda familia en la vida de Héctor.

Por temor a revelarse contra los mandatos que esta sociedad les impone a las mujeres, o probablemente por elegir seguir siendo su compañera a pesar de la actitud repudiada en el team monogamia, Rita eligió intentar continuar su vida al lado de su esposo. Esa situación no perduró por mucho tiempo y luego de algunos meses, se separaron.

Los hijos crecieron y Nilda formo una familia con el amor de su vida: Luis. Siempre me impactó  que, después de más de veinte años de la partida de Luis, no había una sola vez que Nilda no se emocionara hasta las lágrimas cuando lo nombrara, o cuando relataba las anécdotas que marcaron esa historia de amor que ambos, y junto a sus hijos, construyeron. A todas las personas que se cuestionan la vigencia del amor romántico, y sobre todo, su coexistencia con el amor compañero, esta historia les haría trastabillar un poco, y los pensamientos racionales esfumarían por un rato para empalagarse de corazones y mariposas en la panza.

Pero como no todo es color de rosa, ni celeste, y efectivamente la gama es muchísimo más variada, este relato continúa con la noticia del fallecimiento de Luis, a los treinta y seis años, a causa de una enfermedad terminal. La desolación de Nilda no solo se relacionaba con la pérdida de su compañero. Su vida, que naturalmente debía reacomodarse, la encontraba bella, joven y madre de Marian de nueve años y de Damián, de seis. Y sobre todo es por esta última razón que a partir de ese momento, esa mujer tendría que dejar las lágrimas para otro momento porque ahora lo realmente urgente era parar la olla.

Si bien es cierto que los feminismos nos han enseñado que las mujeres pueden tejer poderosas redes entre sí, lo cierto es que esos pactos se gestan desde los tiempos en los que muchas de ellas ni siquiera conocían el concepto de sororidad.

La socióloga Sol Prieto refiere que la sororidad no es ser amigas sino que es “un pacto que tiene que ver con acordar cosas con cada vez más mujeres, abriendo el juego y generando vínculos, acción colectiva y organización”

Antes de que el feminismo sea concebido como tal en Argentina, sus pilares fundacionales ya existían, por ejemplo, en las relaciones madre/hija que indistintamente de su vínculo personal, conforman esas alianzas necesarias para organizarse, criar a los y las hijas, salir a trabajar y realizar las tareas domésticas.

Esto nos muestra que si bien las mujeres logramos avanzar en la conquista de derechos, entre otras cosas, por posicionarnos en el mercado laboral esa emancipación es parcial en tanto las tareas antes mencionadas, en la mayoría de los casos, se reasignan casi en su totalidad a otras mujeres.

 

Probablemente, si Nilda no hubiera contado con Rita, su madre, no hubiera podido trabajar fuera de la casa para percibir un salario a través del cual cubrir las necesidades de sus hijos, vestirlos y alimentarlos, y proporcionarles bienestar. Incluso, en algunos momentos se hizo tan cuesta arriba que para parar la olla, Nilda tuvo que tener más de un trabajo.

A sus hijos no les falto una vivienda digna y sus necesidades han sido cubiertas. Inclusive tuvieron cubierta la inmensa cuota de amor que fuera garantizada por una abuela que, además de cocinar rico, supo dar abrazos a tiempo y poner las medias por debajo de la sabana en las mañana gélidas de esos días de invierno para cuidar que a sus nietos no se les cuele el frio en el cuerpo ni en el alma trastocada por la historia reciente de la pérdida de su padre, y la ausencia, por momentos excesiva, de su madre, que en muchas ocasiones no tenía la posibilidad de elegir entre arroparlos o trabajar 12 o 14 horas para solventar los gastos y la desidia de la soledad de un compañero y de una sociedad que muchas veces obliga a decidir entre la maternidad y el desarrollo profesional, que pareciera que no pueden articularse en una cultura que siempre le exige más credenciales a las mujeres, y más aún, a las mujeres madres.

Según el censo realizado en 2010, en nuestro país, cuatro millones de mujeres son jefas de hogar. En el 70% de estos casos, los hogares son monoparentales, es decir que no existe otro ingreso, más que el de esa mujer, que sustente dicho hogar.

Por otra parte, la mayoría de estas mujeres son pobres.

Asimismo, existe una brecha salarial respecto de los hogares en los que el hombre es jefe del hogar. Una vez más, la balanza se inclina en perjuicio de los hogares en los que las mujeres son las que generan el único sustento económico.

Este panorama plantea dos cuestiones centrales para repensar. La primera implica un cambio de paradigma cultural respecto de las tareas de cuidado, las que deberían comenzar a concebirse como  tareas equilibradas entre hombres y mujeres, y despegarse de la idea de que las mismas están asociadas únicamente a un género en particular. Además, es preciso dejar de abocar estas tareas, en su reasignación, a la esfera de lo privado. O, al menos, que ese traslado de tareas, dentro de la misma órbita familiar, no se convierta en trabajo no remunerado.

En segundo lugar, sin la adecuación de las empresas y de los distintos empleadores a este nuevo panorama, la modificación se verá truncada por las imposibilidades fácticas de su desarrollo en pos de una mayor paridad que implique la redistribución de tareas, como asimismo la  reducción de esa brecha salarial que perjudica a las mujeres.

En este contexto, es necesaria la implementación de políticas públicas que faciliten el acceso al mercado laboral, pero que a su vez garanticen guarderías y jardines en los espacios de trabajo. Asimismo, es fundamental la adecuación de los convenios colectivos de trabajo que tengan como uno de sus ejes, la perspectiva de género.

En definitiva, la lucha por acceder a nuevos espacios no descansa en esa única idea, sino que la búsqueda implica también transformar aquellos sectores en lugares más equitativos, en los que puedan equilibrarse maternidades y trabajos dignos, sin tener que convivir en una sociedad que hoy nos empuja a hacer malabares para poder lograrlo.

La concepción de familia tradicional y la división sexual del trabajo dejaron de ser contemporáneas de las nuevas configuraciones de familias. No solo es  frecuente encontrarse con esquemas monoparentales, sino que ese status quo que ponderaba como normal a las parejas encuadradas en el binarismo hombre/mujer deja de ser el único posible, frente a la diversidad de estructuras familiares actuales.

Este punto no es menor teniendo en cuenta que en base a esa división del trabajo, el acceso a un trabajo registrado se nos hace más cuesta arriba desde el inicio. En efecto, en reiteradas oportunidades en una entrevista de trabajo las mujeres somos consultadas acerca de nuestro proyecto de vida, más precisamente sobre la posibilidad de tener hijos. En las nuevas estructuras familiares, muchos hogares están compuestos por dos mujeres. Y, como contrapartida, y siendo que hay muchos otros compuestos por dos hombres, tampoco es pertinente esa división sexual del trabajo, en tanto las mujeres no tendrán en su esfera íntima un hombre abocado a lo público, al trabajo fuera de la casa, como asimismo, esos hombres convivientes se harán cargo de sus hijos, sin contar con una mujer que se haga cargo del trabajo en la órbita privada.

Por lo tanto, identificar a las mujeres con el trabajo doméstico y a los hombres con el trabajo fuera del hogar, es caer en ideas estereotipadas que han quedado desactualizadas y que, en efecto, perjudican mayoritariamente a las mujeres. A las que salen a trabajar fuera del hogar, y que a su vez dedican varias horas al trabajo doméstico no remunerado, a las que este sistema las expulsa del sistema registrado y no tiene más opción que recurrir a trabajos precarizados, muchas veces para parar las ollas de sus casas monoparentales.

 

 

 

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