Piqueteros-caceroleros, no los une el amor sino la desesperanza.

Mucho se ha escrito y opinado sobre la movilización de los piqueteros-caceroleros del último 8 de noviembre. Pero quizás poco se analizó sobre el por qué del momento y el sentimiento que subyace a esas marchas a lo largo del país.

Quienes concurrieron a ellas no reclamaron medidas para que baje aún más el índice de pobreza, o el empleo en negro, o para que mejore el sistema de salud público o la situación de los más vulnerables, temas aún pendientes de mejora para la sintonía fina del kirchnerismo post triunfo electoral de octubre último. En cambio, si se repasa el archipiélago de consignas blandidas en los piquetes de los caceroleros (algunas de ellas contradictorias entre sí) se verá que pueden sintetizarse como una solicitud para desandar lo construido desde el 2003. Es decir, fue una marcha con un contenido netamente opositor de derecha o centroderecha al gobierno nacional (aunque muchos de los reclamos deberían ser hechos también a los gobiernos provinciales, el reclamo por la inseguridad, entre ellos), y bordeando por momentos un rencor por la presidenta y bastante odio de clase.

Aunque algunos editorialistas abiertamente opositores al gobierno nacional imaginaron o forzaron interpretaciones sobre algunos porcentajes de votantes de Cristina Fernández en octubre de 2011 marchando este 8N en su contra, un análisis serio y destemplado puede fácilmente desautorizar esas afirmaciones. Es cierto, si tomamos las decenas de miles de piqueteros-caceroleros que marcharon pacíficamente sólo en Capital Federal el 8N, un breve análisis de los votantes porteños desmiente esta aseveración. Del total de votantes porteños del año pasado (1.934.230 personas) el universo oficialista consta de 660.275 votantes del Frente para la Victoria. En cambio los partidos políticos que convocaron abierta o tangencialmente a la marcha (duhaldistas, Elisa Carrió, Patricia Bullrich, Jorge Biondini, macristas) cuentan con un universo de votantes que, sumados, da un total de 896.739 personas en la primera vuelta para Jefe de Gobierno. En cambio si se toma la segunda vuelta electoral, los votantes de Macri (netamente opositores al kirchnerismo) son 1.090.389 personas. Ahora bien, este universo porteño netamente opositor sólo cuenta a los mayores de 18 años a julio del año pasado, por lo que si se cuenta a los menores de 18 años que coinciden ideológicamente con la oposición bien podemos arriesgar que el universo opositor porteño es mucho mayor (cuya población total es de 2.891.082 de habitantes), y de allí es donde los convocantes han cosechado concurrentes para la marcha. Por supuesto, también hay que considerar que existen votantes en Capital que viven en la provincia, y que no todos los que marcharon este 8N eran porteños, ya que también hubo piqueteros-caceroleros que viven en el conurbano y que se acercaron a manifestar sus reclamos al foco privilegiado de la marcha: el centro porteño. Es por eso lógico buscar principalmente entre esa millonada de opositores porteños a las decenas de miles de concurrentes a la marcha, en lugar de ilusionarse con que votantes de Cristina de hace apenas un año se hayan transformado tan rápidamente en los fervorosos opositores movilizados contra ella de hoy. Y el mismo fenómeno se repite en las provincias.

Otra pregunta interesante para hacerse es ¿qué cambió desde octubre de 2011 hasta ahora (o hasta la marcha de setiembre) que pueda explicar la necesidad de estas marchas opositoras? Las medidas del gobierno nacional no difieren del rumbo o el espíritu del proyecto kirchnerista de estos casi 10 años. Quienes votaron a favor del gobierno el año pasado, votaron precisamente ese proyecto, la profundización del modelo, y sería ilógico pensar que cuando se concreta el mismo alguien que lo votó salga desaforadamente a oponerse. Más aún cuando “casi todos los consultores, incluso los más alejados del oficialismo, piensan  que el Frente para la Victoria tiene todas las chances de ganar las elecciones del año próximo“. (Nota completa aquí)

Lo más lógico es pensar lo contrario, que ese universo opositor porteño de más de un millón de votantes opositores más sus familiares menores de 18 años hayan salido a manifestar su frustración, su desazón, su desesperanza ante una oposición evidentemente impotente pero que los medios hegemónicos habían fantaseado hasta último momento que estaba a un paso de vencer al kirchnerismo el año pasado. La dura sorpresa opositora ante una realidad distinta a la que les había prometido la hegemonía mediática, la frustración ante la renovación del proyecto de país que ellos no quieren, ratificado plebiscitariamente por la voluntad popular mayoritaria, es lo que llevó a estos miles de opositores a manifestar en forma de catársis su frustración y desesperanza. Ayudados, por supuesto por un ambiente democrático ampliamente beneficioso para ejercer la amplia libertad de expresión que gozamos los argentinos (bien diferentes de lo que se ve en EE.UU. o Europa).

Si se analiza esa muchedumbre de consignas vagas y diversas que los piqueteros-caceroleros frontalmente opositores gritaban, pueden verse reclamos por la inseguridad, la corrupción, por más democracia y respeto a la Justicia y a la Constitución, consignas tan genéricas como imposibles de contradecir (que hasta los mismos votantes kirchneristas pueden compartir). Pero también hubo consignas insólitas como proclamar que vivimos en una dictadura o insultar a la presidenta por autoritaria frente a decenas de cámaras de distintos canales de TV, en vivo en el prime time televisivo o en las reiteradas repeticiones cada media hora en los canales de noticias, sin temor a ser reprimidos, censurados u ocultados sus testimonios (algo impensable bajo un régimen dictatorial).

Ahora bien, aunque estas manifestaciones opositoras no son un fenómeno nuevo en Argentina (son similares a las vistas durante la disputa entre el gobierno y las patronales agropecuarias exportadoras por la resolución 125), sí reflejan algo novedoso en nuestra historia político-institucional. La frustración de la derecha o centroderecha argentina ante la inevitabilidad de la continuidad de un proyecto de político popular, (producto del libre ejercicio de los votos), también puede hallarse a partir de 1928 con el renovado gobierno de Yrigoyen por seis años más tras la impotencia electoral de los conservadores; y a partir de 1952 con el segundo gobierno de Perón, también por otros seis años tras la impotencia en las urnas de los partidos de la “Unión Democrática”. Incluso en 1976, con las elecciones adelantadas para agosto de ese año, que podrían reemplazar a aquel peronismo derechoso por otro gobierno de signo distinto (acorde al clima de época de entonces) y que impediría la aplicación de un proyecto reaccionario netamente de derecha y antipopular como el que instaló la dictadura cívico-militar de entonces, tal como confesó este año el ex dictador Videla desde prisión.

Esas desilusiones por no poder sacar de la Rosada a gobiernos ratificados por el voto popular parieron la irrupción del partido militar para realizar el trabajo que no podían hacer las urnas: volver al status quo anterior. Algo similar (pero con matices) pasó con los gobiernos de Frondizi e Illia, donde ya estaba aceitada la via militar para el cambio de gobierno. Pero lo que diferencia aquellas desilusiones seguidas por la concreción de los deseos de la centroderecha vernácula, consiste en que la vía militar del siglo pasado y la vía del piquete-cacerolazo para derribar gobiernos de principios de este siglo ya no tienen chances de triunfar. Y justamente por eso es que el panorama para los piquetreros-caceroleros frontalmente opositores es de frustración, ansiedad y orfandad política. Eso los mueve en forma creciente a ganar la calle para expresar sus deseos insatisfechos y escenificar su frustración.

Este nuevo fenómeno genera que aquellos que siempre criticaron ácidamente los piquetes o cortes de calles de los desocupados, los jubilados o los trabajadores que manifestaban su protesta por sus derechos cercenados, se encuentran ahora ellos mismos utilizando los mismos métodos para protestar por los que asumen que son sus derechos cercenados o sus deseos legítimos. Los otrora legalistas de la libre circulación han perdido la virginidad en materia de movilización política, han abandonado la comodidad de sus sillones frente a la TV y descubrieron la calle como foro donde manifestar sus deseos e ideas políticas. Quienes le atribuían a los piqueteros originales marchar por “el choripán y el tetra” o por el “ilegítimo” beneficio de los “planes sociales” o la asignación por hijo, marchan ellos ahora cortando decenas de calles y avenidas alrededor del obelisco, por el microcentro y los barrios de Belgrano, Palermo, Caballito, etc. abogando por “el dólar libre”, el “no pago de impuestos” (sin pedir a su vez la eliminación de los beneficios que a ellos mismos les brinda el estado gracias a los impuestos, como los subsidios a los servicios públicos, al transporte o la nafta) o a favor de “la libre importación” o contra la nonata ” re-reelección”.

Ante este panorama es bueno preguntarnos ¿qué llevó a los desocupados de los noventa, o a los jubilados que hasta el 2003 pedían pasar de una jubilación de $150 a una de $450, y a los maestros de la carpa blanca o a los marginados del estado neoliberal a ganar la calle? Fue la desesperación, porque sus pedidos no eran escuchados, sus derechos eran violados, y también por la impotencia de sus votos minoritarios en esa época del auge neoliberal y del “1 a 1” que la clase media aprovechó bastante bien. Y ¿qué lleva a quienes hoy, aunque mejoraron su situación económica en estos diez años, llenan los micros y aviones todos los veranos o fines de semana largos, compran cotidianamente electrodomésticos, motos y autos en forma creciente cada año, es decir: a los incluidos de este nuevo proyecto político, a ganar la calle? Es también la desesperación, porque sus deseos políticos expresados en los votos a la oposición política fueron derrotados una vez más desde el 2003. Porque ante este vacío de representación opositora triunfante, ante esa oposición política deshilachada, no encuentran consuelo inmediato o mediato. Porque aún durante la época alfonsinista, para los opositores existía la esperanza del peronismo anhelando llegar al poder. Durante el menemismo los opositores dentro del sistema contaban con la esperanza de una oposición vigente que luego derivó en la Alianza. Pero luego de la debacle de la Alianza, después de De La Rúa no había nada… y así llegaron los piquetes y los cacerolazos anti-sistema que tampoco llevaron a nada, a nada más que “que se vayan todos”. Pero finalmente la sensatez de Duhalde y los gobernadores (más la tragedia de Avellaneda) llevó al gobierno provisional a convocar a elecciones para descomprimir la situación y que sea el pueblo mismo el que decida quién lo gobierne en medio de aquella crisis. De ahí surgió Kirchner, hijo de esa época turbulenta, y allí nació el proyecto exitoso (ratificado dos veces más) que seguirá gobernando hasta 2015. Pero al opositor netamente antikirchnerista que se moviliza desilusionado con el resultado de las elecciones, la falta de una herramienta que reemplace a los votos para expulsar a Cristina del gobierno convierte su ansiedad en desesperación, en desesperanza, y por eso recurre a las vieja herramienta del piquete-cacerolazo para que el gobierno obedezca sus dictados o bien caiga, asociando erróneamente el 2012 con el 2001/2002. Un error histórico-político ni advertido ni señalado por la oposición política o por los medios hegemónicos, sino que es más bien alentado y justificado para utilizarlo para sus propios propósitos.

Ahora bien, ¿qué pretenden los piqueteros-caceroleros de hoy, los editorialistas de los medios hegemónicos y algunos políticos opositores al interpretar los reclamos del 8N? ¿Postulan acaso que el gobierno escuche y obedezca esos pedidos que contrarían su proyecto (que benefició también a quienes lo critican)? Hacerlo implicaría desconocer el mandato del 30 de octubre de 2011, violar el contrato electoral entre el gobierno y sus millones de votantes, desobedecer el pedido de profundizar al modelo plebiscitado el año pasado. En definitiva, sería violentar la democracia, que es el gobierno de la mayoría, y adoptar el programa de una de las minorías, la que se manifiesta más estruendosamente en forma pública, ya que las demás y la mayoría triunfante no lo han hecho. Esto generaría una batalla de manifestaciones cada vez más numerosas y ruidosas para forzar al gobierno a adoptar el programa de cada parcialidad electoral o ideológica que se manifieste públicamente. Es decir, lo contrario a lo que reclaman los demócratas o republicanos amantes de las instituciones: abandonar las formas y las instituciones y apelar a la movilización creciente y la presión para imponer programas o medidas propias. Como vemos, sería volver a los tiempos de nuestro pasado en que la democracia era una pequeña ráfaga de viento fresco entre tormentosas dictaduras… El gobierno debe escuchar los reclamos, variados, vagos y antitéticos entre sí muchos de ellos, en efecto, pero escucharlos no significa obedecerlos, satisfacerlos al punto de contraríar el proyecto triunfante en octubre de 2011.

Pero ¿qué debemos decir quienes estamos a favor de la democracia y la libertad de expresión ante estas manifestaciones? En lugar de enojarnos y criticar ácidamente las consignas vacías y las violentas, debemos darles la bienvenida a la democracia a los viejos golpistas, a los antidemocráticos o democráticos ex críticos de las movilizaciones que hacen sus primeras armas en el universo de la política práctica. Recibir a los nuevos vecinos de la cuadra al juego democrático, acompañarlos, señalarles el camino, mostrarles las reglas del juego y sus límites. Porque sin importar el nivel social, económico o educativo de los ciudadanos, la democracia tiene sus reglas, sus derechos y sus obligaciones, tiene sus tiempos electorales y sus límites. El libre juego de las propuestas de gobierno antes de las elecciones terminan cuando el soberano se expresa, y el gobierno debe cumplir el programa que lo llevó allí, no el de la oposición que más grita o que más gente moviliza en la calle, o el que fijan los medios hegemónicos. En ese caso dejaría de ser una democracia para ser un gobierno de fuerza, el gobierno de quien tuviera más fuerza para imponer su voluntad a los demás (ya sea muchedumbre movilizada o grupo económico): la negación de la democracia que todos decimos defender…