Postales de la impotencia y sus derivaciones: el ocaso de Moyano

Provoca tristeza haber comprobado, con el acto del 19 de diciembre último, hasta qué punto de insignificancia se redujo la incidencia de los sectores obreros organizados por obra y gracia del carril de desatino por el que transita la conducción de Hugo Moyano desde que la presidenta CFK fue reelecta en octubre de 2011.

Media plaza, y muy raleada. La foto de una derrota histórica.

Media plaza, y muy raleada. La foto de una derrota histórica.

Vale corregirse: la esterilidad política de los trabajadores sindicalizados no es, hay que reconocerlo, entera culpa de Moyano. Nos referíamos, en el párrafo anterior, al sector que él conduce al interior de esa indefinición jurídica en que se ha convertido la CGT, una vez que Moyano decidió abandonar el kirchnerismo y se quebró la condición de continuidad de su supremacía en la central obrera histórica.
El resto de los trabajadores, representados por los llamados Gordos, por un lado, y por los “Independientes” y “ex moyanistas”, por el otro, arrastran su inexistencia política desde que la complicidad con el desguace ciudadano que operó el neoliberalismo en esos sectores hizo de sus representaciones un mero trámite burocrático: concurrencia a las urnas, en aquellos gremios que aún las conserven, o el método que sea en su defecto para renovar autoridades, y gracias. La derrota de esos espacios ya alcanza edades muy avanzadas.
Ésa es una cuenta que no cabe cargarle a Moyano, cuya trayectoria, hasta estos días, había resultado ser diametralmente opuesta, comenzando por el dato de su actuación digna durante el gobierno del doctor Menem.
Lo interesante de la experiencia del MTA, luego devenida conducción de la CGT –aunque siempre fue minoría al interior de ella– por el guiño de Néstor Kirchner a su referente máximo, era su capacidad de proyección fronteras afuera del terreno de la mera reivindicación obrera. Expresado en dirigentes con interesante formación política, como Julio Piumato, Omar Plaini, Juan Carlos Schmidt y, ya más acá en el tiempo, Facundo Moyano,la CGT participó de cuanto debate conoció la sociedad argentina desde 2003.
Sindicatos participando de discusiones como las de matrimonio igualitario y la nueva ley de servicios de comunicación audiovisual representaron una novedad, y la comprensión, aparentemente, por parte del moyanismo, de que la pérdida de relevancia de los sindicatos en la lucha política –producto de la previa derrota del factor trabajo formalizado/agremiado en la estructura socioeconómica de los Estados nacionales–, requería, imponía nuevas formas de expresión ciudadana de los que habían logrado salvarse, siquiera a duras pena, del incendio.
Dicho con sencillez: Moyano representó la posibilidad del renacimiento de los trabajadores como actores con influencia política decisiva. Pero ello sólo en tanto y en cuanto se expresaron a través del kirchnerismo, que fue, por otro lado, el único espacio que quiso darles algún cobijo, y el único al interior del cual inclusos sus planteos sectoriales tienen posibilidad de despliegue. No se trata de preferencia ni caprichos, sino de describir lo que efectivamente sucedió.
Para muestra, un botón: Hermes Binner, segundo en las últimas presidenciales, expresó sin vueltas que su programa incluye congelamiento de las negociaciones colectivas. El FAP, el espacio difuso que se referencia en Binner, cuenta con la adhesión del sector de CTA que en una legalidad brumosa –y en ebullición interna constante, tanto que ni toda ATE lo acompaña– conduce Pablo Micheli, lugarteniente de Víctor De Gennaro, quien liderara las rupturas internas del movimiento obrero organizado durante el menemismo contra la entrega que consentía la denominada burocracia junto a la que ahora marcha repetidamente.
En criollo: cualquier cosa que no sea el kirchnerismo representa regresividad para los trabajadores, que por cierto no lo ignoran y responden en consecuencia. En la hipótesis de un poskirchnerismo, el debate por el impuesto a las ganancias, que en boca de algunos laderos de Moyano suena insultante porque son responsables de una pauperización que hace ilusoria esa discusión en esos sectores, será una ilusión cuando la negociación salarial vuelva a ser, más que variable de ajuste, recuerdo histórico.
Todo se rompió fallecido Néstor Kirchner, cuya decisión –se insiste– sostenía a Moyano en su lugar: el líder camionero equivocó los tantos, se creyó heredero natural en el comando estratégico del espacio cuya permanencia en el poder era, decía el mismo, condición sine qua non de la tranquilidad del descanso del general Perón y de Evita. Cristina no aceptó semejantes planteos durante el proceso de armado del dispositivo hoy gobernante, y a partir de ese saldo el estallido recorrido en estos más de doce meses de pleito.
Negar entidad a las reivindicaciones sectoriales sobre las que cabalga la aventura política de Moyano y compañía, sería tan necio como pretender que en nada impacta sobre su legitimidad el hecho de que a ella se suban dos referentes que logran aún superar en rango de impresentabilidad hasta a los Oscar Lescano y Armando Cavallieri, lo que es ya decir mucho: Gerónimo Venegas –que encima aparece al lado de uno de los responsables del negreo de sus representados, Eduardo Buzzi– y Luis Barrionuevo. Un trago amargo en el marco de un programa que los necesita como actores de la disputa de la renta: con esa foto, difícil.
El desinterés o desconcierto que expresan los hombres del moyanismo en sus respuestas cuando se les apuntan las dificultades que encontrarán para sintetizar un plexo común dentro de la ensalada que expresaron los distintos palcos que protagonizaron Moyano y Micheli durante 2012 están fuertemente hermanados con la coloratura de los cacerolazos de la clase media urbana. Llamativo, cuando se reivindican esos movimientos por parte de discursos pretendidamente institucionalistas, que se desprecie la posibilidad de canalizar orgánicamente, y por tanto por los carriles legales establecidos, las diferencias programáticas.
Como decíamos en este mismo espacio el 3 de julio último, Moyano condenó a sus representados a no tener política, justo cuando más parecía querer dar ese salto, porque las contradicciones a que los han conducido son insalvables. Hoy marcha al lado de quienes proponían destinarlo a una prisión casi como parte de sus plataformas de campaña en 2011, lo que otorga una noción bastante contundente de lo que están dispuestos a tragarse las distintas oposiciones a Cristina con tal de moverle el piso de la gobernabilidad.
Si en su momento se consideraba que un ataque al conductor era atentar contra la clase obrera por él liderada, y desde acá adherimos a esa tesis, se advierte a las claras qué es lo que ha variado cuando se habla del gobierno que mejor trato ha dado a los asalariados formales desde el primer peronismo como para que la plaza del 19 de diciembre haya evidenciado una testimonialidad raquítica y marginal.
Apuntar todas estas cuestiones en horas en que se producen saqueos, que hasta TN describe como organizados, es tan insuficiente para explicarse la situación como propio de la ceguera política ignorar hasta qué punto puede llegarse cuando se es impotente políticamente en un marco en el que las reglas del trámite de disputas políticas parecen haber quedado de lado, y voluntariamente.
Cuando se está dispuesto a todo contra un gobierno con el que se discute. El caldo en el que se cocina la trama de la irracionalidad que estamos conociendo.