Qué les pasó

Discutir lealtades o traiciones –tanto como pulsiones despóticas–, puede resultar interesante, de hecho remite a elementos que deben incluirse en la ecuación del análisis político. Está claro que son valores caros al peronismo; pero sirve poco para explicar disputas políticas, sobre todo internas.
Lo que no debe hacerse jamás es sobredeterminar la incidencia de ninguna variable, cualquiera ella sea. Otro tanto, explicaban Artemio López y Eduardo Rinesi, sucede con la cuestión ideológica. Nada es todo. En cuanto hace a Scioli y Moyano, lo menos interesante del caso, porque responde a la lógica liberal de centrar exclusivamente la atención en individualidades, es discutir una fidelidad que además no creo que le deban a CFK, sino a sus propias bases representativas.
Lo colectivo es más rico, y ofrece mejores respuestas o guías explicativas. Entonces, no se trata de giros personales, sino de impericia para la conducción política por parte del gobernador bonaerense y del camionero. Sus espacios no se han desplegado con fuerza sino al interior de la amplia gama que conduce la Presidenta. Fuera de allí, está por verse si logran evitar la testimonialidad tipo Alberto Fernández o Felipe Solá.
Es decir, y atendiendo que “más vale pájaro en mano”, ambos apuraron una apuesta muy tipo “salto al vacío”, posados sobre pies de barro, desatendiendo antecedentes frescos que demuestran cabalmente la fatalidad de empresas similares y haciendo caso omiso a los fierros reales con que contaban para lanzarse, especialmente con tanta antelación –datazo, éste, siendo que ciertamente habrá disputa interna de cara a 2015, haber apurado los tiempos–. Que se ha repetido ahora. Fracasaron como conductores, erraron táctica y estratégicamente.
Dicho de otro modo: Moyano no está ahora aliado a Magnetto ni a Pando, pero sí ha abierto un espacio en su hoja de ruta que, por el motivo que fuere, ha permitido realineamientos tales que hubieran resultado inimaginables y que no suenan para nada atractivos como programa político para el movimiento obrero.
Y entendiendo, se insiste, la inteligencia que informó a dichas movidas, la misma que para la hora del análisis acá repugnamos, no suena que resulte muy apropiado que encima se pretendan encarar agitando peronómetros.
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Decíamos que las peripecias sufridas tanto por Hugo Moyano como por Daniel Scioli en sus respectivos intentos de disputar el liderazgo partidario de Cristina se explican mejor a partir del estudio de sus incapacidades tácticas/estratégicas en la conducción de los espacios internos que encabezan, y no a defecciones personales para con la Presidenta. Anotamos que sobreestimaron sus posiciones en la correlación de fuerzas.
Moyano se hizo secretario general de CGT sólo a partir de que Néstor Kirchner le otorgó la carta del privilegio en la interlocución Gobierno-CGT, con que HM contó hasta hace muy poco. Sólo así pudo compensar lo que era, es y siempre ha sido su posición desfavorable en el conteo de porotos cegetistas.
El camionero dejó de lado ese dato, clave en el proceso de construcción de su poder; más aún, pretendió ir en contra del mismo. Así las cosas, su espacio enflaqueció muchísimo: numéricamente hablando, y también en espesor conceptual y programático. Ni que hablar en términos de coherencia, apenas se observa el zig-zag declarativo y que, en términos de definiciones, protagonizan sus espadas más importantes, la mayor cantidad de ellos cuadros muy valiosos –su hijo menor y formado, Facundo, más Piumato y Schmidt, entre otros; versus los rebuznos su hijo mayor y bruto, Pablo, o el igualmente chato (y pro patronal) Venegas–.
Por esa hendija, se insiste, se coló la posibilidad que aprovecharon sectores que vehiculizan a través de Moyano sus cuitas particulares con el Gobierno, pero que guardan para con la representación obrera contradicciones insalvables. Ergo, el programa político de la CGT Moyano carece de bases de sustentación sólidas para discutir con el kirchnerismo que integró o acaso aún integra.
Daniel Scioli, por su parte, ha sido electo gobernador dos veces consecutivas, ambas con su boleta pegada a la de CFK. Tanto en 2007 como en 2011, Cristina obtuvo mayor cantidad de votos que él.
Los que lo quieren transformar en su gran esperanza blanca, en el hombre que les permita hacer implotar al kirchnerismo, sostienen lo contrario, a partir del mero cotejo de porcentuales entre la Presidenta y el gobernador. Mal hecho: ellos surgen de los votos afirmativos validamente emitidos –en la categoría gobernador los suele haber en mayor cantidad que para presidente–, y además existen categorías de extranjeros habilitados a elegir mandamás local, pero no nacional. A valores similares, fue Cristina la que primó siempre. Además, suena medio increíble que alguien decida tragarse el sapo de un presidente que no quiere para tener el gobernador que sí desea.
(Vale decir, dato de color, que poca falta haría tal análisis: con sólo observar una boleta de elecciones generales, que en provincia de Buenos Aires ha tenido 5 y 6 cuerpos según el año que se hable –en 2011, adiferencia de 2007, se eligieron allí senadores nacionales–, y en la cual la de gobernador va en medio de ellos –en tercer y cuarto lugar, respectivamente–, torna ridícula la suposición de posibilidad de arrastre de gobernador a presidente; en todo caso habrá sido viceversa.)
La sucesión de cruces de los últimos días mostró un Scioli aislado de organicidad activa al interior del PJ más allá de su propio equipo de gobierno. No le responden intendentes importantes, por caso; ni tampoco la CGTMoyano, que pareció apoyarlo en algún momento, fue más allá de un cotorreo de micrófono. Por fuera de encuestas que suelen mostrarlo con más apoyo que Cristina pero siempre en años no electorales, los apoyos de La Plata son más bien endebles.
Números, por otra parte, cuya veracidad debe ser puesta en duda. De otro modo, ¿cómo entender que una Presidenta cuya ponderación popular es supuestamente menor a la propia le marca el juego tan fácilmente? El mejor de los escenarios, el de encuestas de opinión que lo mostrarían primando en una puja que además no está claramente establecida, no del todo al menos, lo deja a Scioli igualmente mal parado.
No sorprende: ¿o acaso se cree en serio que se trata de un pusilánime que acepta la supuesta imposición de un vicegobernador y el igualmente presunto copamiento de la legislatura local? Ocurre que es lo que le marca la correlación de fuerzas, no tiene cómo, ni quiso intentar, evitarlo. Probó ahora ver si esa tendencia había cambiado, al comprobar que no se llamó a silencio prontamente.
Hasta nuevo aviso, claro; pero no debe esperar que algo cambie si no opera en función de que así suceda. No podrá con las complejidades a las que debe enfrentar si continúa, como hasta ahora, cuidando el mango y cultivando su imagen y nivel de relacionamiento personal con lo extra institucional, de lo que se beneficia no más que él; herramientas, por ende, a partir de las que le es difícil establecer alianzas firmes.
En definitiva, Moyano y Scioli son segmentos del kirchnerismo. Sus fortalezas se explican, ante todo, por el rol que ocupan en tanto expresiones del esquema colectivo que integran en los planos específicos en los que a ellos les toca intervenir como representación particular del mismo. El intento de convertirse en nueva síntesis de todo ello, supone la necesidad de una reconfiguración total de lógica de acción política, muy distinta a la que están acostumbrados ambos. La opción de la ruptura, encima, a la fecha, supone un salto al vacío total y absoluto; por fuera del kirchnerismo no existe sujeto social, fuerza capaz de sustentar alternativa alguna.
Y Cristina es, también por estas horas, el punto único de garantía de continuidad del marco que mejor los ha contenido, tanto a Moyano como a Scioli. Tanto como el punto de crisis, en tanto entiendan que liderar supone la necesidad enfrentarla. Un brete demasiado complejo como para intentar desanudarlo con tan poca maña como la que hasta ahora han exhibido.