Coyote Estepario

El perro se muerde la cola. O Soberanía y crítica a la luz del conflicto del campo. O las ganas que te dan de que el gobierno salga de la trampa discursiva progre y ponga lo que hay que poner.


La comparación de Kirchner con Hitler no fue un exceso. Está mostrando que la derrota fue mayor de lo que creíamos. Desde ya, afectó a la economía, al realineamiento de fuerzas políticas y al consenso en la opinión pública. Pero la vuelta del “fantasma del riesgo país” es una luz de alerta sobre algo más profundo que está en juego.

Se ha escrito bastante, y hablado mucho más -no podía ser de otra manera-, sobre las consecuencias de la caída del proyecto de retenciones móviles y la significación y saldo del conflicto con los productores agropecuarios. No voy aquí a profundizar en cosas que se han dicho ni a decir lo que preferimos callar. En todo caso, quisiera llamar la atención sobre una defección peor que la de Cobos (o, mejor dicho, que inscribe la acción de Cobos en una significación que lo excede). Una defección en las propias filas que es heredera de la ambigüedad y el déficit de proyecto -que no es un déficit de comunicación- del gobierno. Se trata de la defección ante el ataque por parte del enemigo al principio de soberanía, fundante de la autoridad política, con los argumentos del progresismo y de “la crítica”. Defección y complicidad, vergonzante al principio, y ahora desembozada, de los “progres” propios.

Un breve rodeo antes de volver a lo mismo. Discípulo de Carl Schmitt, el joven Reinhart Koselleck publicó en 1954 la tesis titulada Crítica y crisis, en la que se dedicaba a desgranar las condiciones socio-políticas en las que se gestó el desarrollo de la Ilustración, para explicar el porqué del fracaso de la ilusión en el progreso, etc. En este sentido, digamos que nuestro amigo Reinhart participaba del pesimismo ambiente sobre la auto-imagen explicativa de la modernidad de la Alemania de posguerra, en una línea distinta de la de la escuela de Frankfurt. En su libro, propone comprender las dos dimensiones constitutivas de la modernidad -la soberanía y la crítica – que vieron la luz a partir de dos grandes guerras civiles: las guerras civiles religiosas y la guerra civil francesa que se llamó “Revolución”. El invento que corroe la legitimidad medieval es la Reforma, que quiebra la mediación institucional de la Iglesia al principio de legitimación trascendente: en adelante, se habilitan las guerras civiles religiosas, que no tienen marco de regulación política y por lo tanto encuentran, en su fundamento trascendente, la irreductibilidad del enemigo. Se inventa la posibilidad del genocidio moderno.

Digamos, para resumir, que la solución a la guerra civil religiosa es separar la culpa de la responsabilidad, la moral de la política: de Hobbes en adelante, la soberanía se funda en su propia facticidad: la guerra o la paz son las alternativas públicas, lo bueno y lo malo es un asunto de conciencia privada.

Como contrapartida, explica Koselleck, la conciencia individual, que accede ahora sin mediaciones a Dios (la verdad, el bien, lo justo) es el campo de desarrollo de la crítica, al principio oculta en reuniones de francmasonería, en clubes, a ese estado absolutista, que es una crítica a la soberanía bajo la forma de propuestas a futuro. Olvidadas las condiciones de posibilidad de su propia existencia -la paz luego de las guerras civiles- la burguesía retoma los temas de los teólogos para recubrir con principios morales su disputa por el poder y proponer las condiciones de un progreso ilimitado, de la mano de una creciente ampliación de las esferas de la crítica en detrimento del poder. Todo poder es, para los ilustrados y luego, para los liberales, abuso del poder. Sin embargo, la crítica es meramente disolvente: no ofrece un criterio alternativo para fundamentar el orden político. De ahí que el régimen que emerge es un régimen mixto en el que conviven la soberanía y las neutralizaciones.

En esta tensión estructural de la modernidad, está claro que el progresismo es heredero de la crítica y enemigo de la soberanía. Como ella, su acción política es disolvente porque critica al poder en términos morales: el poder es “malo”, el poder es “corrupto”, el poder no es “transparente”, y reclama un estado neutral. Está claro que hegemonía del discurso progresista en Argentina encuentra su legitimidad en la crítica a la dictadura genocida. Aunque debe notarse que ha tendido a acentuar en sus críticas el carácter autoritario, más que el genocida de una dictadura que, por otra parte, reclamaba legitimidad a partir de argumentos liberales – el restablecimiento de los “valores” (morales) cristianos. La configuración de un régimen de acumulación basado en la valorización financiera, y su profundización en la década menemista, no forman parte de los argumentos hegemónicos al interior del discurso de la crítica del progresismo. En gran medida, porque el capital financiero y el progresismo coinciden en su objetivo de erosionar la soberanía. La alternativa al menemismo construida sobre la base del discurso progresista -la ALIANZA- fue una contradicción en sus propios términos: su legitimidad construida sobre la crítica del poder la sirvió en bandeja ante el dominio del capital financiero. El perro se mordió la cola. No desató la guerra civil pero seguramente ayudó a generar las condiciones para la masacre de diciembre de 2001.

Sabemos que el hecho político fundante que permite resolver la crisis es la pesificación asimétrica, que, al costo brutal de licuar el salario real, sentó las bases de posibilidad de un régimen de acumulación distinto. Desde entonces, se abrió una grieta en la hegemonía neoliberal que permitió avanzar en la reconstrucción del principio de la soberanía, que tuvo aceptación popular a partir del gobierno de Néstor Kirchner. Esta re-configuración del espacio político generó las bases para que la oposición, incapaz de construir una alternativa política, encontrara en los argumentos de la crítica su punto de unificación, partiendo literalmente al espacio del progresismo: gran parte de sus argumentos eran retomados por la oposición a un gobierno que realizaba sus demandas, aunque inscribiéndolas en un discurso ajeno. Otra parte de sus argumentos eran retomados por sus enemigos políticos para derrotarlos en la ciudad de buenos aires, otrora bastión de lo políticamente correcto.

Las retenciones móviles eran una medida “fiscalista”, en el sentido que reafirmaban la soberanía política del estado nacional y su capacidad para regular el ciclo de acumulación del capital financiero, que ahora subsume la extracción de la renta agropecuaria. Es más, el eventual carácter redistributivo de las retenciones era una derivación de su naturaleza fiscalista, derivación no necesaria, cuya realización dependía de la acción del campo popular para, en primer lugar, garantizar la existencia de las retenciones, y luego, el direccionamiento de los fondos. El carácter estratégico de la disputa por el principio de soberanía que se ponía en juego con la medida estaba claro para el enemigo: sus argumentos giraban alrededor del carácter “confiscatorio” de las retenciones, de la inmoral necesidad de fortalecer la “caja”… en fin, con el desarrollo del conflicto, la propia enunciación del carácter “fiscalista” de la medida era un argumento de la oposición para deslegitimarla.

“Monarquía”, “Totalitarismo”, “gobierno hegemónico”, “estado confiscatorio”: no es casual que los argumentos del progresismo fueran fácilmente subvertidos y resignificados por el enemigo. Las comparaciones con el fascismo, el nazismo y el stalinismo – “Kirchner es Hitler” (Duhalde), “Kirchner es Ceau?escu” (Carrió), “Kirchner es stalinista” (De la Sota)- no son divagues: responden a la misma cadena discursiva del liberalismo, las neutralizaciones políticas y los argumentos morales. Está claro para ellos que Kirchner no es un genocida. La canallada de la comparación no consiste en “elevar” a Kirchner a la altura de Hitler, sino en “descender” a Hitler a la altura de Kirchner. Al poner el rasero que los iguala en el carácter “autoritario” de ambos regímenes, el enemigo oculta, bajo la determinación general represiva de todo estado como relación de dominación, la naturaleza y el sentido opuestos del régimen nazi y del kirchnerismo (por si hace falta: vigencia irrestricta de las libertades individuales, reconstrucción paulatina de los derechos sociales, condiciones favorables para la recomposición de las organizaciones del campo popular, intento de regulación de la acumulación del capital en sentido de mayor participación en el producto bruto de los trabajadores, juicio y castigo a los genocidas…)

De nuevo, todo poder es, para los ilustrados y luego, para los liberales del s.XIX, y luego, para el antiperonismo, y ahora, para el lugar común del progresismo (lo que Koselleck llamó “la crítica”), abuso del poder.

A la luz de esto, es comprensible la parálisis político-argumentativa del “ala” progresista del gobierno durante el conflicto. Para explicar esta parálisis, se ha apelado a la falta de voluntad política de este sector, a su tradicional actitud esquiva ante el conflicto, a su temor ante la caída en las encuestas… quizás todo ello sea cierto, pero además, su repertorio argumental -su identidad discursiva-, forjada al calor de la denuncia moral y del antiperonismo, como consecuencias residuales de su antimenemismo, es incompatible con la defensa del principio de soberanía.

La frase “mi voto no es positivo”, la puesta en escena de la situación de angustia moral de un hombre común que está frente a una elección difícil, es una cristalización bastante aproximada del grado de penetración del “campo progresista” en el gobierno, y de su triunfo. La crítica, dice Koselleck, es disolvente del orden y, como discurso, no tiene una performatividad instituyente sino destituyente. La crítica no puede afirmarse sino a partir de la negación, no puede ejercer el poder sin recubrirlo de connotaciones y justificaciones morales… por eso “mi voto no es positivo”. El voto “no positivo” de Cobos no pacificó el país: hizo estallar la crisis larvada en la identidad kirchnerista, crisis que De Ipola ya avizoraba en 2006.

Ahora van por Moreno y De Vido, no tanto por sus claros defectos sino porque son el reducto que expresa, perversamente, el principio de fortalecimiento del estado en el gobierno.

En suma, reinventar los modos de legitimación del poder y de la intervención del estado, resignificar el discurso crítico a la luz de la nueva experiencia histórica y profundizar el rol del intelectual en esta etapa… antes de que el fundamentalismo de los “progres” se muerda de nuevo la cola.

Original de la foto.