No hace falta la bola de cristal
Muchos de los anuncios presidenciales estaban condenados a no ser cumplidos a partir del mismo momento en que eran difundidos.
Y no hacía falta ser adivino u opositor malicioso. Simplemente sentido común y un mínimo conocimiento sobre cómo puede funcionar un Estado ineficiente por vocación, semidestruído por la corrupción, y dirigido por personas con un supino grado de ignorancia sobre lo que es una gestión moderna y “last but not least”, falta de conocimiento de los gobernantes sobre aritmética de la escuela secundaria.
El último ejemplo, el ingreso “universal” a los niños. Tan inmediato que no pudo esperar una ley y debió ser instrumentado por decreto. Pues bien: ni “universal”, ni de rápida implementación.
No es universal porque quedan muchísimos afuera, por ejemplo los hijos de los monotributistas.
No es de rápida implementación ya que no existen padrones. Las colas en el Anses son una muestra. Ni pensar cómo podría ser su instrumentación en los lugares alejados del País. Imposible saber cuántos serán los beneficiarios a partir del 1 de diciembre, en que comenzaría a aplicarse el programa.
Una breve recorrida por otros anuncios:
Los créditos para inquilinos, con cuotas similares a las de un alquiler: Evidentemente aquí falló el mínimo aceptable conocimiento de matemática financiera. Ecuación imposible con las tasas de interés vigentes en la Argentina.
Los planes de “canje” de heladeras: basta imaginarse al Estado supervisando el destino de las heladeras usadas…
El fútbol administrado por el Estado que “ganaría dinero”, o la Aerolínea estatal rentable, cuando es mucho más fácil y habitual subsidiar que “gerenciar”, concepto que produce escozor tal vez por pertenecer a jergas de estados modernos y exitosos, modelos que rechazamos visceralmente.
El sentido común también nos hace dudar sobre planes sociales y subsidios a millones de personas, cuando en 6 años de administración K no ha sido posible dar educación primaria a 500 mil chicos solo de la Provincia de Buenos Aires.
No bastan solo los decretazos para mejorar la calidad de vida del pueblo. Hacen falta estadistas con vocación de generar políticas de estado serias, ayudando a generar una institucionalidad creíble, independientemente de quien esté ocasionalmente a cargo del Ejecutivo.
Y votantes que tengan (tengamos) la sabiduría de elegirlos.
Futbol, mi plata y los desparecidos
No me preocupa que “mi plata” (como dijo Victor Hugo Morales) se destine al fútbol. De hecho, según su lúcido análisis, muchos ciudadanos tributamos impuestos para hospitales y escuelas que no vamos a utlizar.
Así que tomémoslo como un gasto social.
De la conocida dupla “pan y circo”, el pan requiere de estadistas dispuestos a cambiar la realidad, lleva mucho tiempo, gran capacidad de gestión y profundo compromiso ético. El circo en cambio, puede proveerse de inmediato y por decreto.
Por favor, no me vengan con que el Estado va a ganar plata con el fútbol: ganar plata es tema de privados, ya sea por su eficiencia, por posiciòn monopólica o dominante, o bien por los subsidios que graciosamente les dispensa el Estado con dineros públicos (es decir de los pobres).
El estado empresario se hace cargo del Correo Argentino quebrado, o de Aerolíneas Argentinas quebrada, como lo hizo con la ENTEL residual quebrada, y seguramente convertirá el negocio del fútbol en un subsidio para los amigos del Poder. Eso sí, con jugosos sueldos para los funcionarios que administren tan formidable maquinaria.
Lo que decididamente me supera es la comparación de los goles con las personas desaparecidas.
El peronismo es pródigo en palabras que preanunciaron tragedias infinitas:
“Por cada uno de nosotros caerán cinco de ellos”
“Traidores”
“Aniquilar el accionar de la subversión”
Para qué agregar nuevas invocaciones como “me quieren fusilar como a Dorrego”
Cuando las palabras terribles comienzan a ser utilizadas irresponsablemente, banalizan su significado, y sin darnos cuenta pueden convertirse en verosímiles. Las víctimas del fútbol son un ejemplo actual y concreto.
No vaya a ser cuestión de que la violencia impuesta o tolerada pueda ser transmitida “en vivo” por Canal 7. Eso sí: fuera del horario del fútbol.
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No se me escapa que nuestra clase media tiene un difícil papel en la estructura social: la de amortiguador entre la clase baja y la intocable clase alta.
Desde lo sociológico, nuestra clase social quiere parecerse a la clase alta, pero cada vez se parece más a la clase baja, a la que ve todos los días en las calles y en los medios masivos de transporte.
Estamos en problemas, amigos: tenemos un enorme complejo de culpa porque poseemos un departamentito y tal vez un autito, y nos duele ver por las calles a los chicos mal vestidos y a los cartoneros que revuelven la basura. En el fondo somos buenos…
En lo político, siempre desorientados, los clasemedieros habitantes de las grandes ciudades, votamos hoy a la derecha, mañana a la izquierda, aunque siempre hay alguna resistencia a votar al peronismo (aún disfrazado de neoliberal o de progresista, según la década que tomemos como ejemplo).
Después de todo, hay algo razonable en esto: el peronismo, al igual que su inspirador: el fascismo mussoliniano, es una muy bien articulada asociación entre la clase baja y la siempre intocable clase alta.
Así se entiende que luego de 60 años de vigencia del casi “partido único” de la Argentina, el esquema impositivo siga siendo fuertemente regresivo, basado en los impuestos al consumo y no a la renta, lo que favorece “casualmente” siempre a las clases altas en detrimento de las otras. Aunque esto no obsta para que las clases bajas alimenten con sus votos al mismo partido una y otra vez. “Dignidad”, que le llaman…
Las encumbradas clases altas, chochas: ni siquiera las tocan en los ámbitos blogueros más pensantes.