¿Adónde va el Frente Renovador?

Cuando renovarse deja de ser un deseo para convertirse en un imperativo
Mientras el gobierno de Cambiemos usa todos los recursos posibles para limitar al máximo el poder de la calle y coaccionar a sus legisladores en el Congreso, sus opositores no podemos hacer lo mismo.
Macri tiene su caja de herramientas para la batalla política:
* El número de legisladores cuando necesita forzar un ajuste fiscal como el de la llamada Reforma Previsional. Propios o ajenos, sometidos por la amenaza de no contar con el Dios Dinero.
* El discurso amenazante. Es esto o el desastre. El sistema estalla. Sin estas reformas la Argentina no podrá crecer.
* La Justicia Federal, que encarcela a un procesado por vez, cuando se necesita que esa noticia tape a las otras.
* El acuerdo con los gobernadores, para que un Poder, el Ejecutivo, apriete a otro Poder, el Legislativo, con la presencia física de los mandatarios en el Congreso de modo que el mensaje quede claro.
* Los medios adictos, que relativizan el ajuste al disfrazarlo de reformas estructurales y acentúan hasta el hartazgo las acusaciones de corrupción contra el gobierno anterior, haciendo de cada detención un hecho espectacular, se ajuste o no a derecho.
* La represión como un elemento más de la negociación. “Macri tiene la Gendarmería fácil”, acierta Edi Zunino en una nota. La Gendarmería es parte del poder del Estado. No en el resguardo de las fronteras en esta gestión. Está en la calle, para limitar y achicar el poder de la protesta popular. Gases y palos primero, piedras después como el jueves 14, o piedras primero, gases y palos después, como el lunes 18.
Hemos simplificado deliberadamente la descripción del escenario reciente. La represión permanente, arriesgando vidas, es algo que no le quita el sueño al gobierno. La dura experiencia argentina en esta materia es ignorada. Se pretende legitimar siempre la violencia estatal, frente a cualquier supuesta alteración del orden.
Ante eso parece quedar solo el Congreso, pero allí sólo vale el número de legisladores, voten con sus asentaderas o con la botonera. No puede pararse una sesión por un alboroto o dilatarse eternamente, desviando el tema a tratar mediante la tortura del reglamento interno (que es ley de la Nación) de mala fe. Son mañas de tiro corto.
Queda la política
En un año estaremos abocados a la elección presidencial. En un año y medio tendrán que presentarse las alianzas o partidos. Y enseguida, los candidatos.
Hay que construir una oposición unida, seria y creíble.
Este fin de año mostró coherencia en Diputados frente al atropello a los más desamparados. Pero no siempre los proyectos oficiales serán tan obvios, tan ostensiblemente injustos, como para provocar una conmoción popular, la gente en la calle, la televisación de las sesiones. El gobierno no se expondrá tanto de nuevo. Intentará que el Congreso funcione lo menos posible. Dormir las conciencias, evitar las broncas masivas, la movilización como respuesta espontánea.
Frente a esta situación, que puede preverse será un escenario frecuente, proponemos construir política alrededor de acuerdos básicos como condición sine qua non, con una interpretación que lleve a uniones lo más estables posibles.
Esos acuerdos deberían ser los siguientes.
1) No robar; ser transparente. En los próximos años la sociedad va a poner una lupa más grande en la oposición que en el oficialismo a la hora de evaluar la transparencia. Presentar una opción que sea sana y que priorice los valores antes que el bolsillo será la primera condición para que la militen los intensos y la voten los que quieren cambiar. “Con la de todos, no”. Esto no es negociable.
2) Representar lo invisible. Así como el yrigoyenismo expresó a la clase media que nadie veía. Así como el peronismo lo hizo con el postergado mundo del trabajo. La tarea hoy es representar a los que no tienen lugar, los que tienen trabajo precario, los que tienen planes, los que hacen changas, los que ganan menos de $10.000. La justicia social hoy significa dar lugar a los que miran todo desde afuera.
3) Construir un modelo de desarrollo del siglo XXI. No alcanza con decir que hay que industrializar, ni con promover el mercado interno. Si no se las desarrolla en el contexto actual, son premisas que ya cumplieron sesenta años. La globalización presenta el desafío de tener en claro en qué somos competitivos y qué sectores productivos tenemos que promover para dar cabida a todos. Hasta cierto punto, hay roles separados. Eso sí, sin privilegios fiscales regresivos.
4) Escuchar, no evangelizar. Se trata de entender las demandas diferentes y nuevas de la sociedad actual y no bajar línea desde arriba a quienes no quieren ser conducidos, sino acompañados.
5) Entender las nuevas demandas del siglo XXI. Ya no pasa todo por la relación capital-trabajo sino por incorporar demandas vinculadas a la cuestión de género, diversidad, las comunidades aborígenes, las nuevas realidades de la discapacidad, etc. Todas estas dimensiones son hoy tan relevantes como los problemas económicos cotidianos de las familias.
6) Tomar en serio los problemas estructurales. Está claro que la Argentina tiene un déficit fiscal insostenible. También está claro que hace falta una reforma previsional seria y un rediseño de la cuestión federal. La capacidad de fugar divisas no pudo ser evitada por el gobierno anterior y es promovida por el actual. Estos temas no se pueden evadir con títulos fáciles o simplificaciones.
7) Tener claro cuál es nuestra casa. Somos Mercosur, somos América Latina. La globalización exige vínculos y nuevas formas de relación, pero desde lo que somos y desde el fortalecimiento de nuestra región.
No podemos esperar que empeore la situación para adquirir legitimidad y ser visibles. Hay que anticiparse.
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