El embarazo: gran ausente en el debate sobre el aborto
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¿Usted está a favor o en contra del aborto? Más que formular una pregunta, estos signos de interrogación encierran la respuesta en una sola sílaba. Como si fuera un multiple-choice, esa pregunta a quemarropa obliga a rebajar los pensamientos a un sí o un no sin vueltas, sin matices, ajenos a la experiencia, lejanos de la vida. Pero no hay nadie «a favor» del aborto. Todos están «en contra»: quienes lo condenan, se oponen al aborto legal –y favorecen, de hecho, su clandestinidad- y quienes defienden su legalización se oponen al aborto clandestino. Por tanto, antes de encarar cómo se plantea y se empantana el debate sobre el aborto, constatemos primero que su prohibición nunca tuvo como efecto disminuir la cantidad de abortos, y su legalización no generó en ningún país el aumento del número de mujeres abortantes pero sí redujo drásticamente el número de mujeres muertas por abortar en condiciones inseguras.

La pregunta interesante es: ¿por qué sigue siendo penalizado a lo largo de dos mil años bajo distintos argumentos, razones, intereses y valores? Entre los romanos abortar no significaba matar una vida humana ya que se consideraba el feto como parte del cuerpo de la madre. Sin embargo, si la mujer abortaba contra la voluntad del marido, era penada con la muerte por quitarle el beneficio y la decisión sobre su paternidad. Entre los cristianos –incluyendo a la iglesia católica hasta 1869-, abortar antes del tercer mes de embarazo no significaba matar una vida humana ya que se consideraba que hasta ese momento el cuerpo del embrión no recibía el alma humana. Sin embargo, las mujeres que abortaban eran condenadas por un crimen peor llamado «fornicación». Entre los juristas modernos, Francisco Carrara tipificó el aborto como un «delito contra el orden de la familia» y un siglo más tarde el código fascista italiano lo incluyó entre aquellos «cometidos contra la integridad y la salud de la especie».

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